¡Me siento generosa! Por eso vengo a traerles capítulo estreno cuando el desenlace se acerca a pasos agigantados.
Veremos a Gianna, la madre de Ángela... no la pierdan de vista, es todo lo que les puedo decir.
Nenas, gracias por todo, por seguir aqui y acompañarme.
Las quiero mucho!
A LEER SEÑORITAS!
Capítulo 38.
Escondida detrás de un árbol a un costado de la entrada principal del Hospital, Gianna espera el momento preciso para meterse dentro del edificio y buscar a su hija. Ese es el propósito que la llevó de regreso a Leonilde después de haber abandonado la ciudad en el peor momento de su vida. El encanto que la llevó a ser una de las mujeres más cotizadas en el más exclusivo club de sexo, desapareció cuando las drogas y el alcohol tomaron dominio de ella. además, después vino su deseo de agarrarse del imperio Vulturi, quedando embarazada de Aro, de aquel entonces estaba cerca de pisar los treinta años y quien ya tenía dominio absoluto del imperio que su padre le heredó cuando él solo era un muchacho mayor de edad.
Por supuesto, al hablarle de su embarazo, Gianna no pensó que él negaría la paternidad sobre su bebita y la echaría sobre su propiedad como una méndiga. Pero su desesperación por dinero para malgastarlo en sus vicios fue entonces más fuerte que el amor por la bebita recién nacida que cargaba en los brazos y a quien poco tiempo le dedicaba. Por eso se le ocurrió la brillante idea de ir otra vez donde Aro y ofrecerle a su hija a cambio de dinero.
―Esa niña no es mi hija ―dijo Aro aquel entonces, mirando con recelo a la bebita mal alimentada que Gianna sostenía en sus brazos y que insistía en ofrecerle.
―Tienes dinero como para hacerte un examen de paternidad.
Cuando Aro lo hizo y corroboró la información, se hizo cargo de su hija y sacó a Gianna de la ciudad con una fuerte suma de dinero que tendría que haberle servido para vivir cómodamente unos cuantos años y comenzar una nueva vida. Pero lo que Aro pensó que Gianna gastaría en diez años, lo gastó en uno, después de lo que se vio sola y prácticamente en la calle, como una pordiosera más.
La edad estaba cayendo sobre ella y con eso el peso de la conciencia de haber obrado mal, poniendo los vicios para su propia subsistencia por sobre el alimento para su hijita, su Angelita como la llamó. Por eso había regresado, para ver a su niña, pedirle perdón y vivir con ella el resto de lo que le quedaba de vida.
Pero Aro no estaba dispuesto a permitirlo, eso se lo dijo desde el día que Gianna le entregó a su hija:
―Nunca te acercarás a ella, y cuando me refiero a nunca, es nunca, ¿lo entiendes? Si alguna vez te baja el arrepentimiento, más te vale que lo olvides porque no dejaré que te acerques a ella, y si insistes, yo mismo te voy a hacer desaparecer. ¿Está claro, Gianna?
Bueno, se puede decir que en ese momento Gianna estaba poniendo su cabeza en juego con tal de tener la oportunidad de hablarle a su hija, pero sentía la necesidad de explicarle cómo habían sido las cosas, aunque después de eso terminara odiándola.
Con la ropa sucia y hálito alcohólico sabía que no era la mejor manera de presentársele, pero estaba desesperada por que Ángela la conociera y por qué no, la ayudara.
Se puso en guardia cuando vio llegar a un grupo de jóvenes vestidos de bata blanca, los que ella supuso eran estudiantes de medicina. El grupo de unas doce personas iban subiendo los escalones de concreto hacia la puerta de entrada, no pensándolo dos veces antes de salir de su escondite y mezclarse entre el grupo. Por supuesto, sería cómico pensar que pasaría desapercibida cuando todos los niños iban ataviados con delantales blancos y pulcros, mientras que ella seguía usando harapos que distaban mucho de ser blancos ni mucho menos estar limpios. De todos modos lo intentaría.
Para frustración suya, su intento de ingresar al recinto hospitalario como cualquier persona normal se vio impedido por una fuerte mano que la agarró por el antebrazo y la sacó de ahí casi a la rastra. Peleó intentando soltarse, pero la mano dura no la dejó ir, soltándola solo cuando la metió a la parte trasera del un coche negro, metiéndose él por el otro lado, momento en que el coche se puso en movimiento.
―¡¿Por qué lo estás ayudando, Luis?! ―le reclamó Gianna a la mano derecha de Aro, que había llegado hasta ahí con la intuición de que la encontraría.
Ambos se conocían, no porque él haya disfrutado alguna vez de favores sexuales por parte de la mujer, sino porque desde siempre había trabajado para la familia Vulturi y conocía bien la historia de Aro. Luis había logrado sentirse como algo más que un simple empleado del señor Vulturi, e incluso había logrado estrechar lazos fuertes, sentimientos de cariño por la niña a la que él vio crecer.
―Gianna, por Dios, no sabes lo que haces… ―le dijo Luis, meneándola cabeza con desaprobación. La mujer, enojada, golpeó el espacio de asiento que había entre ambos, mirándolo casi con odio.
―¡Estás de parte de ese matón! ―le gritó, inclinándose hacia él.
Luis apenas la miró de reojo cuando le preguntó: ―¿Puedo saber qué vas a decirle a la niña cuando logres tenerla al frente?
―¡Le diré que soy su madre! ―volvió a gritar, dándole lo mismo que el hombre que conducía la mirara con desprecio por el espejo retrovisor.
Entonces Luis, con su carácter tranquilo se giró hacia ella y la miró, preguntándose dónde estaba el atractivo que alguna vez hizo que varios hombres se pusieran a los pies de esa mujer que ahora parecía una pordiosera.
―¿Y le dirás también que se la vendiste a su padre por una fuerte suma de dinero que malgastaste en drogas, alcohol?
Gianna apartó su cara hacia el otro lado, mirando por la ventana. Esa sería su gran vergüenza, pero si debía reconocerlo ante ella, lo haría.
―Sí, lo hice, pero tengo derecho a arrepentirme, de tener una vida feliz junto a mi hija ―murmuró, jugueteando con las mangas de su chaleco que alguna vez fue celeste. Entonces se giró hacia el hombre bien vestido y se agarró la solapa del chaleco ―¡Mira como estoy!
Luis no necesitaba que ella hiciera notar lo inevitable, dándole un rápido vistazo de pies a cabeza, volviendo su vista al frente.
―Perdona, pero no creo tu repentino arrepentimiento. Estás intentando salir de tu estado a través de tu hija… ¿sabes lo mucho que va a sufrir cuando sepa la verdad, cuando sepa que su madre la buscó cuando se vio en apuros, cuando gastó todo el dinero que pidió a cambio de ella?
Gianna rió con sequedad, mirando el perfil estoico del hombre.
―Estás siendo cruel… sin duda tienes al mejor de los maestros.
Luis estrechó los ojos y se volvió para mirarla, estrechándole sus ojos en una amenaza tácita, pues ella no sabía bien lo mucho que había aprendido del señor Vulturi. Habló con tono ronco sin quitar su mirada inquisitiva de la mujer que estaba intentando provocarlo.
—Tú fuiste quien le ofreció el trato a Aro, sin dudarlo. Te recuerdo que él recibió a una niña desnutrida y descuidada, lo que significa que nunca te hiciste cargo de ella, ni siquiera cuando Ángela dependía de ti. Te importó más tu propia satisfacción que el bien de tu hija…
El chofer vestido de impecable traje negro, paró el coche en un semáforo en rojo y volvió a mirar a la mujer. Ella se dio cuenta y le lanzó una mirada de odio, como queriendo decir que se metiera en sus asuntos, antes de rebatir el punto de Luis.
―Si se la entregué a Aro, lo hice por su bien…
―No fue la impresión que diste cuando se la entregaste con el apuro de alguien que nada más quiere deshacerse de un estorbo…
Eso había sido un golpe bajo y no estaba dispuesta a aguantar esos ataques de alguien que nada tenía que ver con ella. Se giró intentando abrir la puerta pero ésta se encontraba bloqueada, comenzando a golpear la ventana polarizada.
―¡Basta! ¡Para el auto y déjame bajar!
Entonces Luis volvió a agarrarla por el brazo con la misma fuerza que en un principio, haciéndola detenerse, mientras el chofer aceleraba rumbo a donde sea que se dirigiera.
Otra vez Gianna intentó zafarse, pero el ayudante de Aro aplicó un poco más de presión provocando que ella se quejara, no importándole a él eso, sino que esperando que a esa mujer vagabunda le quedara claro lo que tenía que hacer.
―Te llevaré a un hotel, te meterás adentro, te asearás y comerás algo. Las bebidas alcohólicas están del todo prohibidas, y descansaras. Cuando despiertes, te darás cuenta que lo que intentas hacer en una soberana estupidez.
Gianna soltó una risa llena de ironía.
―No tengo dinero para comer y quieres que me meta a un hotel…
―Déjame eso a mí.
Recorrieron el resto del trayecto en silencio hasta que el coche aparcó en la entrada de un hotel pequeño. Salió Luis del coche y sacó a la mujer del brazo hasta que llegaron al mesón donde ya había una reservación para ella. El hombre le dio la bienvenida y se mantuvo estoico frente a la mujer sucia y mal vestida que acompañaba a Luis, indicándole donde estaban los ascensores.
Caminaron hasta allí, Luis pulsó el botón para que las puertas se abrieran y mientras esperaba le recordó lo que tenía que hacer:
―Báñate, ponte ropa limpia, come y duerme, y por nada vuelvas a acercarte a la niña, de lo contrario no seré yo el que te lo impida y ciertamente no serán tan gentiles. Estás advertida.
Gruñendo, Gianna entró al elevador y antes que las puertas volvieran a cerrarse, miró con desprecio a Luis, levantó la mano y le demostró su agradecimiento alzó el dedo de en medio ante lo que el ayudante de Aro ni se inmutó.
Cuando Luis regresó al coche, sacó su teléfono y le marcó a su jefe.
―Señor, la mujer está en el lugar que dispuso.
―¿Logró dar con mi hija?
―No señor. Espero haberla convencido de que no volviera a intentarlo…
―Al menos me dejará tranquilo. De cualquier forma que no le quiten la vigilancia, ni dentro del hotel ni mucho menos afuera.
―Todo está cubierto, señor.
―Muy bien Luis. Ahora regresa que tenemos asuntos importantes que resolver aquí.
―Como ordene, jefe.
Colgó y le pidió al hombre que conducía que lo llevara de regreso a la mansión Vulturi, dejando atrás el hotel donde había dejado a Gianna, la que sabía que contrario a lo que pensaba su jefe, seguiría insistiendo en acercarse a su hija.
**oo**
Edward había llegado al apartamento una media hora después que Isabella lo hiciera. La había saludado con un suave y corto beso en los labios antes de retirarse al baño a darse una ducha. Estaba inusualmente silencioso pensó Isabella mientras preparaba algo de comida en la cocina, y se lo comentó a su madre quien acababa de llegar de una de sus tantas reuniones con sus amigas de la parroquia.
―Tu tío Marcus te echa de menos ―comentó Renée, sentándose sobre una banqueta ―y dice que espera que este fin de semana puedan almorzar juntos.
―Lo llamaré para ponernos de acuerdo.
―¿Está todo bien mi niña?
―No lo sé ma'… ―dijo ella, cuando el piano de la sala comenzó a sonar. Edward al parecer había salido directo de la ducha a sentarse frente a su instrumento y por la forma en la que estaba tocando, parecía buscar descargar sus tensiones contra las teclas del piano. Suspiró y tomó su taza de té caliente entre las manos a la vez que se sentaba frente a su mamá. ―Llegó tenso y no sé si es por algo que le ocurrió en el trabajo. Salió tan entusiasmado esta mañana…
―Hoy comenzaba a dictar clases en la universidad… ―apuntó Renée.
―Sí. Pensé que me llegaría contando los detalles, pero apenas me dio un beso y se metió en la ducha. Ahora está tocando así… ―levantó la mano y la ondeó hacia el lugar desde donde procedía el sonido del piano, que por la intensidad del sonido, parecía estar escupiendo bolas de fuego.
Renée suspiró apenándose por lo que sea que estuviera pasándole a Edward, pero disfrutando de las manos prodigiosas del músico, las cuales llenaban el ambiente con su ejecución.
―¿Y por qué no vas y le preguntas? ―preguntó Renée. Su hija respondió al instante y con tono pensativo.
―Lo haré, pero creo que es mejor dejarlo ahí un rato…
Edward estaba con la espalda encorvada y los ojos cerrados mientras que de memoria tocaba piezas de obras clásicas que sonaban potentes y estremecedoras, incluso en ese momento en que solo sonaban bajo las notas de un solitario piano, que estaba sirviendo como medio de relajación como Isabella lo adivinó.
El encuentro con Vulturi de esa misma mañana lo había dejado mal durante el resto del día. al aparecer el maldito hombre ese estaba decidido a pasar por encima de quien fuera para lograr su mayor objetivo y eso más que causarle ansiedad le asustaba profundamente, pues ahora no se trataba solamente de Isabella sino del hijo que estaban esperando. Tenía temor que el recurso legal que interpondrían los abogados contra Vulturi no surtiera efecto ni como para asustarlo, porque para mal suyo, Edward sabía que hombres como ese muy pocas veces se dejaban amedrentar por algo que podían resolver mediante sobornos que pasaban por encima de la justicia.
Y para colmo, el maldito insistía que él era su hijo, cuestión que de solo pensar que fuera cierto le revolvía el estómago.
Siguió por bastante rato más inmerso con sus dedos corriendo de un lado a otro por las teclas de su piano pasando por Mozart y Puccini, hasta que sintió una tibieza justo en su espalda donde un par de manos pequeñas se posaron gentilmente, apenas ejerciendo presión.
De improviso se detuvo y levantó la cabeza haciendo un ejercicio circular con su cuello que resintió la tensión con la que cargaba. Inspiró y se preparó para ver el rostro preocupado de su mujer, pero en vez de eso pudo deleitarse con su rostro sereno y sonriente que lo miraba con ternura y con el amor con que nunca una mujer antes lo había mirado.
―Amo cuando estás frente al piano, pero oírte durante estos últimos veinte minutos ha sido un poco inquietante, y no porque te hayas equivocado, aunque si eso hubiera pasado, seguro yo no me hubiese dado cuenta ―comentó torciendo Isabella su boca en disculpa.
―¿Veinte minutos? ―preguntó Edward, tomando una de las manos de Isabella para llevarla a sus labios para besarla ―Parecía como si me acabara de sentar aquí…
―Pues no, fueron veinte minutos, mamá y yo te tomamos el tiempo.
―Dios, las llevaré a cenar uno de estos días para retribuirles por aguantar los ruidos molestos.
―Cualquier día en la que mamá no tenga compromisos ni con sus amistades ni con su nuevo amigo Peter…
―¿Te has hecho a la idea de comenzar a llamarlo papá…? ―lanzó un quejido sobreactuado cuando Isabella lo golpeó en el pecho y lo miró con gesto enojado, aunque también sobreactuado ―Vale, lo siento…
Ambos se rieron e Isabella al instante se sintió agradecida de haber distraído aunque sea por unos momentos a Edward. Aprovechó para sentarse sobre sus piernas, rodearlo con sus brazos por el cuello y besar su mejilla para luego acariciarla.
―Mejor dime lo que te pasa, por qué llegaste tan preocupado.
A toda costa, Edward hubiera deseado evitar el trago amargo a Isabella, pero sabía que si no se lo contaba ella insistiría hasta sonsacárselo. Ya había advertido que algo malo pasaba con él, ahora no podía decirle que simplemente estaba cansado porque esa excusa se la creería menos que ninguna.
―Cuando llegué a la universidad, Vulturi me estaba esperando.
Isabella bajó la cabeza un poco harta de que todas las complicaciones que Edward tenía fueran por culpa suya. Ni siquiera tuvo que preguntar a lo que había ido porque seguro como ellos pronosticaron, Esmerald ya le había dicho sobre su embarazo. ¿A caso no iba a dejarla nunca en paz?
―A veces pienso que la única solución para que él me deje tranquila es ceder y…
―Ni siquiera termines de decirlo, Isabella ―la interrumpió el músico bruscamente, mirándola con desaprobación ―Ya te dije lo que iba a pasar conmigo si accedías siquiera a verte con él.
Pero a Isabella la invadía una sensación de culpa que ciertamente no se merecía, y buscaba cualquier forma de remediarlo.
―Lo que más vergüenza me da es que todo lo que está pasando es por mi culpa… ahora mismo quisiera estar feliz disfrutando de ti y pensando en nuestro hijo, pero aquí estoy, preocupada todo el tiempo de que él vaya a saltarme encima.
Edward la miró con gesto contrito, deseando ser él quien hiciera desaparecer las preocupaciones de la mujer que amaba, como tenía que ser.
―Lo siento, cariño.
Isabella le devolvió la mirada, esta vez con una pequeña sonrisa en los labios.
―No lo sientas, ¿porque sabes qué? No dejaré que ese tipo nos arruine nuestro momento.
Decidida se puso de pie y tomó de la mano a su amado músico, guiándolo hasta el dormitorio donde al llegar cerró la puerta y lo sentó sobre la cama y le quitó la camiseta negra que se había puesto después de la ducha. Él la miraba con ojos pícaros y en silencio obedecía a la mujer embarazada y hacía a un lado las preocupaciones.
"¡Y que se joda Vulturi!"
Isabella arrojó la camiseta al piso sin miramientos y se encaramó sobre la cama detrás de él. Se quitó los botines negros y los calcetines, se arremangó las mangas de su suéter de hilo azul y frotó sus manos para darles calor, mientras se sonreía a su chica, quien giró su rostro por sobre el hombro para mirarla.
―¿Qué harás conmigo, mujer? Te recuerdo que no son ni las diez y tu madre anda dando vueltas ahí afuera.
―Mi madre sabe ubicarse, y que aún no sean las diez me tiene sin cuidado. No hay hora cuando se trata de mimar a mi músico favorito…
―Eso sí que me gusta ―respondió el músico, dejando ver su complacencia cuando las manitas de Isabella comenzaron a masajear su espalda tensa.
Suspiró profundo y bajó su cabeza cerrando los ojos, disfrutando de la presión que su chica aplicaba sobre puntos precisos a lo largo de su espalda y la parte posterior de su cuello, que necesitaba justamente de ese tipo de atenciones que estaba recibiendo por parte de su amada, la que sabía lo que hacía con eso de los masajes. Sonrió cuando sintió en su cuello los labios de la chica, que fue como si presionara el interruptor que encendía el cuerpo del músico, que al parecer ya no le bastaría con simples masajes.
―¿Masajes con final feliz? ―preguntó el músico roncamente, sin levantar la cabeza ni abrir los ojos.
―Obvio ―susurró ella con voz ladina justo en el oído del músico, antes de jalarle el lóbulo con los dientes ―¿Si no, cuál sería la gracia?
Edward gruñó y a la velocidad de la luz se giró y arrojó a la chica sobre la cama, sentándose con cuidado sobre ella, con las rodillas a ambos lados de sus caderas. Isabella que había lanzado un gritito por la sorpresa ahora se carcajeaba y se removía mientras él tomaba su suéter y se lo quitaba sin miramientos, dejándola solo con el hermoso sujetador también azul cubriendo sus pechos.
―¿Si quiera sabes hacer masajes?
―Soy un hombre con dedos diestro, ¿lo olvidas? ―preguntó a la vez que sus manos se movía de arriba abajo sobre el vientre de la chica, hasta sus senos, los que apretaba ligero.
La pareja había mandado al olvido por un buen rato al viejo Vulturi, ocupándose de encerrarse en la burbuja que ambos habitaban donde olvidaban todo lo que pasaba a su alrededor, burbuja que ni siquiera Aro con todo su poder podía penetrar.
Edward disfrutaba excitando a su chica, sobre todo en esa parte de su vida donde las hormonas parecían encenderse por nada. Por las noches, él apenas la abrazaba para dormir y ella al instante se apretaba a él y se restregaba contra su cuerpo. Le parecía gracioso pero sin duda le encantaba esas reacciones espontáneas que Isabella tenía con él.
―Dios, nena, adoro ver tu rostro ―murmuró, subiendo sus manos por el torso de su cuerpo hasta su cuello, inclinándose hacia ella para besarla. ―Dime lo que quieres, hermosa…
―Ahora mismo quiero todo lo que puedas darme… una y otra vez…
―Joder…
Y como las ordenes de la mujer embarazada eran ley allí, se puso en marcha. La emoción fue incontenible a partir de ese momento, cuando él la besó con decisión, mientras ella lo abrazaba tan fuerte como podía, envolviéndolo con sus piernas y sus brazos. Edward la tomó con una mano por la nuca y con la otra rodeó su cintura, para besarla más profundamente, saltando chispas cuando las lenguas de ambos se encontraron.
Las caricias de Edward eran tranquilas pero concienzudas como si no quisiera perderse ninguna sensación. Con la boca recorrió desde el cuello hacia abajo, mientras sus manos desabotonaban el pantalón de jeans de Isabella que sacó junto a sus braguitas de un tirón, paseando sus manos por las piernas delgadas y suaves de su chica.
―Edward ―murmuró ella, echando las caderas hacia adelante cuando él del todo desnudo, la cubrió con su cuerpo para volver a recorrer con sus labios la mandíbula y el cuello, dejando sobre ellos un reguero de besos.
Alzó la cabeza para mirar el rostro sonrojado de Isabella, delineando con su dedo índice sus cejas, su nariz y sus labios.
―Eres hermosa ―susurró y ella respondió irguiendo su cabeza para alcanzar los labios de Edward de los que parecía estar sedienta. Protestó cuando él volvió a apartarse, pero al instante cerró los ojos justo cuando él quitó finalmente su sujetador, llevándose a los labios sus pechos para lamerlos y succionarlos con avidez. Isabella hundió los dedos en el pelo del músico, masajeándole el cuero cabelludo, disfrutando de sus atenciones.
Edward volvió a llevar su boca a la de ella, aprovechando ella de acariciar los músculos de su espalda y más abajo, donde sus caderas se unían a las nalgas.
―Te amo Edward ―murmuró ella, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás cuando él muy lentamente se clavó en su interior. Habían hecho el amor tantas veces, pero ella seguía disfrutando de ese acto como si fuera la primera vez.
―Mírame ―le ordenó Edward. Cuando ella lo hizo el pegó la punta de su nariz a la de Isabella y se concentró en su mirada oscura y brillante que adoraba ver. ―También te amo, Isabella…
Edward se movió lentamente en su interior, saliendo y volviendo a entrar una y otra vez con embestidas profundas e intensas, pero manteniendo el ritmo lento. Isabella jadeó de placer cuando él se inclinó y volvió a succionar uno de sus pechos, jalando su cabello y arañándole la espalda al músico que hasta hacía un rato estaba masajeando para que soltara sus tensiones.
Tras unas cuantas embestidas y profundos besos, ella volvió a perder el control gracias a un orgasmo que arrasó con todo en su interior, poderoso como la ola de un tsunami que la hizo gritar de placer cuando la atravesó, justo al mismo tiempo que él era envuelto por una ola de similares características.
Él escondió su cara en el hueco del cuello de la chica buscando normalizar su respiración, mientras ella acariciaba su cabello húmedo, volviendo a pisar tierra después del orgasmo.
―¿Estás bien? ―le preguntó ella. Él se incorporó y la miró con una sonrisa sensual en los labios.
―Claro que estoy bien. Este ha sido el mejor masaje que has podido darme, señorita.
―Cuando quieras galán ―respondió, guiñándole el ojo. Él inspiró y mordisqueó el labio de la enfermera.
―Ahora mismo quiero más, mujer… solo esperemos que tu madre haya cerrado la puerta de su cuarto, porque no voy a tener piedad… ―la amenazó, volviendo a atacar sus labios firmemente, dando la partida al segunda sesión de masajes con final feliz.
Llegó el día en que finalmente Edward iba a poder tener una foto de su pequeño porotito, como había bautizado a su hijo, o hija. Ambos padres llegaron a la consulta del ginecólogo y aguardaron su turno sentados en la sala de espera, hojeando revistas de paternidad y lactancia.
Isabella con sus ojos puestos en un artículo sobre lactancia, miró de reojo a su hombre que a su lado veía fotografías de un parto natural. Por su rostro y sus ojos abiertos como dos huevos fritos, parecía estar pensando en la posibilidad de optar a otra forma menos dolorosa. Ella sonrió y afirmó su cabeza en el hombro del músico, mirando las fotografías.
―¿Lindo, verdad?
Edward la miró como si a su chica se le hubiera caído un tornillo, volviendo a mirar las fotografías donde se veía a una madre que se esforzaba hasta el dolor casi insoportable para traer a su hijo al mundo.
―Me hace ilusión tener parto natural…
―No lo creo ―rebatió Edward, causando la risa de su chica ―si no me quieres ver, claro, desmayado en el piso. No soy bueno con la sangre, enfermera.
Ella le dejó un beso en la mejilla, enternecida con la reacción de su amado.
―Lo harás muy bien…
―Tenemos tiempo para discutirlo ―sentencio, cerrando la revista y dejándola sobre la mesa desde donde la sacó.
Diez minutos después la enfermera les anunció su turno, entrando ambos a la consulta del doctor a quien Isabella había conocido desde que estudiaba en la universidad y con quien siempre se había atendido. Un hombre bajito de tez morena que usaba unos grandes lentes de marco rojo, de sonrisa amigable que enseguida se llevó la simpatía de Edward cuando Isabella se lo presentó. Aprovechó el doctor de felicitarlos por la llegada del nuevo integrante, comenzando a hacerle preguntas a Isabella respecto a su alimentación, o algunos síntomas del embarazo, exclamando cuando Isabella le comentó las pocas veces que había sentido náuseas.
―Bueno, eres la envidia de la mujer embarazada promedio, que despierta por tres o cuatro meses y lo primero que hace es correr al baño por las náuseas. ―bromeó el doctor, acomodándose los lentes sobre la nariz.
―Sí, he tenido mucha suerte. Aunque Edward ha corrido con los antojos.
El doctor miró al músico quien negó con la cabeza, recordando un par de días atrás cuando se tragó una contundente porción de papas fritas caseras que Renée hizo para él. Así como iba, tendría que regresar al gimnasio.
―A eso lo llamo yo compartir el embarazo ―comentó el ginecólogo con voz risueña.
Momentos más tarde invitó a Isabella a subirse a la camilla junto a un monitor, donde le explicó a los padres que por el mes de gestación en el que Isabella estaba, tan solo podría ver una manchita pues el feto estaba en pleno proceso de formación, pero lo que sí podrían hacer sería escuchar muy claramente los sonidos del corazón del pequeñito.
Cuando eso ocurrió, la garganta de Edward se cerró y sus ojos se llenaron de lágrimas. Cerró los ojos y se concentró en el sonido rápido y uniforme que salía por los altoparlantes del equipo, aseverando que nunca había oído un sonido más maravilloso que un corazón latir en sus primeras semanas de vida. Memorizó el compás y enseguida su cabeza se puso a trabajar en alguna melodía que pudiera hacer en honor a ese sonido que dedicaría a ese hijo y que le tararearía cuando lo tuviera en sus brazos para hacerlo dormir.
Cuando abrió los ojos, sintió una lágrima deslizarse por su mejilla y miró s Isabella que también tenía sus ojos llenos de lágrimas, las que él se apresuró a limpiar con la mano desocupada, pues con la otra tenía sujeta la mano de ella.
―Todo va bien con este pequeñín ―anunció el doctor mirando a los emocionados padres.
―¿Cuándo podremos saber lo que es? ―preguntó Edward tras carraspear ―Me refiero a su sexo…
―Bueno, recién estamos en la semana seis de embarazo y yo generalmente entrego el sexo del bebé a la semana 12, así que habrá que aguardar algún tiempo todavía.
―Está bien… ―dijo Isabella, pero el músico volvió a tomar la palabra, indicando el monitor.
―Esto… ¿podría tener una fotografía…?
―Por supuesto ―dijo el doctor, tomando algunas e imprimiéndolas para pasárselas al hombre que las miró como si se tratara de lo más espectacular que sus ojos habían visto, y es que para él lo era.
Se metieron al coche e Isabella sostuvo las 4 imágenes de la ecografía que el doctor les había dado.
―¿Y qué harás con las fotografías?
―Mis fotografías ―apuntó él, mirándola de reojo. ―Pondré una en la puerta del refrigerador para presumir, otra en la recamara, otra la cargaré conmigo y la cuarta te la puedo prestar si quieres.
―Vaya, gracias ―respondió irónicamente, pero llena de felicidad, pues su corazón palpitaba tan rápido como el de su hijo, llenito de felicidad. Nada podría arruinar ese momento, ni la estela de Aro que seguía rondándolos, pero al que le darían la batalla para que los dejara en paz.
Después de dejar a Isabella en su trabajo, se dirigió hasta la sinfónica. Ese día no tenía que dictar clases en la universidad por lo que había concretado ensayo con sus chicos para comenzar a delinear lo que sería el inicio de conciertos del año que recién estaba comentando.
Al llegar, el joven Seth lo saludó con un gracioso saludo militar y le informó que lo estaban esperando en su despacho. Edward se paró en seco recordando las dos últimas visitas que tuvo del todo indeseadas. Cuando el chico vio el pánico y la desconfianza en el rostro de su maestro, se apresuró en agregar:
―Se trata del señor Jasper.
Edward soltó el aire que inconscientemente había retenido en sus pulmones y siguió caminando.
―Te he dicho que no lo trates de señor. No se lo merece.
―Como sea. Anda de muy buen humor, ¿sabe lo que le pasa?
―Seguro anda sobre las nubes por lo mismo que yo…
―Parece que me perdí…
Levantó el dedo índice y del interior de la americana azul sacó una de las 4 fotografías de su pequeño porotito que el doctor acababa de darle. Seth la sostuvo en sus manos y abrió ampliamente los ojos, mirando a su maestro con absoluta sorpresa.
―¿Va a ser papá? ―preguntó el joven a Edward, que sonrió con orgullo al contestar.
―Oh, sí. Y Jasper también…
Seth volvió a mirar la foto de la ecografía y otra vez al músico, rascándose la cabeza.
―¿Será hijo de ambos? ¿Optaron por un vientre de alquiler…?
Edward rodó los ojos y le quitó la ecografía, metiéndosela de vuelta en el bolsillo de la chaqueta
―Muy gracioso Seth ―respondió y siguió caminando mientras Seth se ponía en marcha también sin dejar de reírse.
―Pues lo felicito, me imagino lo emocionado que debe sentirse, maestro.
Edward miró a su ayudante, golpeándole el hombro.
―No Seth, no te lo imaginas, porque esta emoción es como de otro planeta.
Cuando entró a su despacho, se dio cuenta de que si él exageraba, su amigo Jasper lo hacía pero en otro nivel, pues el dibujante se puso de pie de un salto y exhibió una camiseta blanca en cuyo frontis tenía estampada la imagen de la también primera ecografía de Alice y su bebé. Rodó los ojos y se quitó la chaqueta, dejándola en el colgador, mientras Jasper volvía a sentarse exhibiendo con orgullo cual pavorreal su camiseta.
―Será una niña y se llamará Linda ―informó poniéndose las manos tras la nuca. Edward le dio una mirada curiosa mientras encendía su laptop ―Linda Whitlock, ¿te gusta?
―Suena bien. Por cierto, ¿cómo sabes que será niña? ¿No es muy pronto? Al menos eso nos dijo a nosotros el doctor…
―Porque lo soñé maestro ―respondió el orgulloso futuro padre, tocándose la sien. Edward soltó una risotada y meneó la cabeza con diversión. ―Y ya comenzamos a comprar todo rosa, Alice se entusiasmó con la idea está preparando todo para nuestra pequeña, desde los pañales hasta la decoración de su habitación. Aunque antes espero darle una buena sorpresa y tienes que ayudarme.
Edward se cruzó de brazos y movió la cabeza animando al loco amigo suyo.
―Suéltalo, Whitlock.
―Voy a ofrecerle matrimonio. Isabella y tú deben ser mis padrinos.
Alzó el músico las cejas y se inclinó hacia el escritorio, descansando sus codos sobre éste.
―¿Sentarás cabeza? Dios, pensé que no iba a oírlo nunca… ―comentó divertido a la vez meneaba la cabeza con incredulidad. ―Bueno, pero antes debes esperar a que ella te diga que sí.
―Está esperando por eso, estoy seguro. Por eso quiero pedírselo y que en una semana estemos diciendo nuestros votos ante un juez.
―¿Así de rápido?
—Así de rápido…. Podrías tú hacer lo mismo, ¿no crees?
Edward torció la boca y se pasó las manos por el cabello. Si bien era cierto él ya había estado casado, quería volver a tomar los votos esta vez con absoluta seguridad de que sus sentimientos eran los correctos para tomar un paso como ese. Pero antes, quería que las cosas se tranquilizaban, quería que su hijo naciera en un ambiente tranquilo y eso no iba a conseguirlo hasta apartar a Aro de su camino y el de Isabella.
―No creas que no lo he pensado, pero quiero… quiero que nos quitemos un poco de peso de encima, ya sabes.
―¿Hablas del viejo Vulturi? Peter me dijo que la demanda tendría que estar llegando a manos de los abogados de ese tipo en estos días. Eso tendría que tranquilizarlo, ¿no crees?
―Eso espero… ―se alzó de hombros, haciendo una mueca ―pero honestamente creo que tendrá el efecto contrario que calmarlo. No va a dejar que nadie le diga lo que tiene que hacer, menos con algo referente a Isabella.
Jasper se hizo hacia adelante, poniendo una mano sobre el escritorio, mirando muy seriamente a su mejor amigo.
―Lo quitaremos del camino, te lo prometo.
―Lo haremos ―concordó, tomándose de la promesa de su amigo ―Ahora dime, qué te trae por aquí fuera de presumir tu valiosa prenda de vestir.
―Ah, sí, voy a necesitar que prepares a tus chicos. Le daremos una serenata a mi chica con los temas que más le gustan.
El músico bufó mientras leía el correo de uno de sus alumnos. Miró a Jasper por sobre la pantalla del ordenador, tratando de continuar con su trabajo.
―Tendrás que pagarles a mis muchachos si los quieres tener amenizando tu boda...
―Edward, tengo suficiente dinero, no te preocupes.
"Cretino…" pensó Edward, volviendo a rodar los ojos mientras seguía oyendo las especificaciones del loco que tenía en frente.
**oo**
¿Debería enviarle una tarjeta de agradecimiento a Vulturi por sus atenciones? Pensó Gianna, escabulléndose del hotelcito de poca monta donde Aro la metió para dejarla tranquila.
El muy desgraciado seguro pensaba que mantendría a raya a esa mujer que había aprovechado bien su corta estadía en ese lugar, metiéndose en la tina de baño donde remojó su cuerpo bajo una capa de espuma y sales. Enseguida mandó a pedir comida en cantidades que perfectamente podría haber compartido con tres o cuatro personas más, eso sí, sin poder convencer a nadie de recepción que enviara una botella de vino o champaña con su comida, pues las órdenes expresas de la persona que pagaba por su alojamiento eran cero alcohol. Mientras esperaba, se sentó sobre la cama doble y se puso a trajinar las bolsas de tiendas de ropa que su "ángel de la guarda" había dejado ahí para ella. No eran prendas de las mejores tiendas, pero eran cosas decentes e incluso lindas, las que ella se probó una por una, sonriendo por la lencería de encaje de varios colores que también había allí para ella.
Si Aro pensaba que mantendría a la italiana bajo control con esos detalles, se equivocó de plano pues la mujer no dejaba de darle vueltas a su plan de acercarse a su Angelita, pasando por encima de quien fuera. Iba a lograr que ella la escuchara y de paso hacer que la careta de papito bueno que seguro Vulturi mantenía sobre su hija se cayera estrepitosamente.
Intentó salir por la puerta principal del hotel como cualquier persona normal, pero tan solo atravesar la salida, chocó con un muro de músculos enfundados en un traje negro. Se hizo hacia atrás y miró al hombre de cabeza rapada y cuyas gafas escondía su mirada amenazante que sin duda atravesaba los cristales oscuros de los lentes.
―Señora, regrese por donde vino y no se mueva de su cuarto hasta que alguien vaya por usted.
―¡¿Perdón?!
―Ya sabe de lo que le hablo. No me obligue a ser rudo…
Gianna apretó los dientes y miró al hombre como si deseara saltarle encima y molerlo a golpes. No podía negar que todo en él la amedrentaba, pero no iba a darle en el gusto de demostrárselo.
―Ve y dile a tu jefe que no va a salirse con la suya ―y deseando poder agregar unas cuentas palabras mal sonantes a sus dichos, no haciéndolo por supuesto, se dio media vuelta y entró furiosa al hotel. Caminó por el lobby hacia la zona de ascensores donde se metió a uno, y mirando el panel de números pulsó el del estacionamiento, ocurriéndosele una forma eficaz de escapar.
Miró el entorno lleno de coches buscando alguien que pudiera ayudarle, cuando a unos metros de distancia vio a una mujer desbloquear su auto para salir. Corrió hacia ella y evocando su alma de actriz se le paró en frente.
―¡Por favor, le suplico que me ayude! ―exclamó Gianna con desesperación a la mujer que asustada dio un paso atrás. ―Necesito salir de aquí y afuera hay un hombre vestido de negro que está esperándome para hacerme daño…
―Pero… pero llame a la policía.
―Eso no resultaría. Por favor… ¡Míreme, estoy desesperada!
Sin duda ayudó que Gianna se bañara, comiera, durmiera toda la noche y se vistiera decentemente con un pantalón negro, blusa blanca y un abrigo gris, porque probablemente la mujer del auto la hubiese mandado a volar si se hubiera presentado ante ella como una pordiosera mal vestida y con hálito alcohólico de paso.
―Se lo suplico… ―volvió a repetir Gianna en un susurro. La mujer de cabello rubio que apretaba las llaves de su coche en ambas manos. ―Me esconderé en el asiento trasero y me bajaré al dar la vuelta en la siguiente esquina, se lo juro.
La mujer se mordió el labio y asintió una vez.
Gianna se agazapó en el piso de la parte trasera y cerró los ojos mientras la mujer salía del edificio. Después que recorrió vario metros levantó poco a poco la cabeza mirando por la ventana trasera del vehículo, viendo a lo lejos al hombre que la vigilaba y que no se percató de su perfecta huida.
Se bajó del coche agradeciéndole infinitamente a la mujer, la que aceleró cuando se vio sola. Entonces Gianna retomó su fuga por sus propios pies, dirigiéndose hacia el hospital donde demoró en llegar al menos cuarenta minutos.
Caminó con cuidado de no ser vista por lo guardias que seguro Vulturi había puesto ahí para su hija. Preguntó la hora y calculó que su hija tendría que estar saliente de turno según lo último que averiguó la única y última vez que había logrado entrar ahí para preguntar por ella.
Se agazapó detrás de un cartel de la cafetería cercana con la vista directo hacia la entrada, donde en cuclillas esperó a ver si la veía. Cuando después de una media hora vio que su hija salió en compañía de otras dos chicas, no lo pensó dos veces y echó a correr hacia ella.
―¡Ángela, Ángela! ―gritó, cuando estuvo lo suficientemente cerca.
La chica se giró hacia donde provenían los gritos y miró con curiosidad a la mujer que estaba acercándosele y la que no dejaba de llamarla por su nombre como si esperaba tener toda su atención. Pensó que se trataba de alguna paciente a la que había atendido aunque su rostro no le era para nada familiar.
―¡Angelita, mi niña! Soy mami… ―alcanzó a exclamar cuando un auto derrapó en la calle justo junto a la mujer que gritaba, que se detuvo y que presa del pánico y como si la fuerza del infierno la persiguiera, echó a correr en dirección contraria, mezclándose con el gentío.
Los hombres que bajaron del coche lo hicieron demasiado tarde pues por más que corrieron no lograron darle alcance. Seguro ella había logrado esconderse en alguna parte, concordaron hablando el uno con el otro, rogando internamente por que el jefe se apiadara de ellos y no hiciera volar sus cabezas por ese descuido.
Mientras, la enfermera se había quedado estupefacta después de lo que esa mujer había gritado. ¿Qué significaba eso, y por qué esos hombres habían salido detrás de ella para cerrarle la boca?
―Dios mío…
―¿Ángela, te sientes bien? ―le preguntó una de sus acompañantes cuando la vio cerrar los ojos y poner una mano sobre su frente.
―Yo… creo que me iré directo a casa…
―¿Quién era esa mujer?
―No tengo idea ―admitió con pesadumbre, aunque algo dentro de ella le dijo que se preparara.
Cuando llegó a su casa gracias a que una de sus amigas la llevara, entró prácticamente arrastrando los pies. Marianne la ama de casa la recibió en la puerta, preguntándole si quería algo para comer.
―No quiero nada, Marianne. Gracias ―le sonrió, acariciándole el hombro. ―¿Y mi papá?
―Está en su despacho reunido con Luis. Pidió que no lo molestaran.
―Vale. Iré a descansar ―dejando un beso en su mejilla, enfiló hacia el segundo piso y en vez de ir directo a su cuarto, hizo lo que nunca antes que había atrevido a hacer: puso el oído sobre la madera de la puerta y se concentró en oír la conversación que su padre estaba manteniendo con su hombre de confianza.
Al parecer su padre estaba molesto, por la forma en como elevaba la voz al hablar, lo que le permitió oír un poco de la discusión.
―¡Dile a esos ineptos que más les vale no aparecerse por aquí o me olvidaré de lo indulgente que he sido con ellos! ¡¿Cómo es posible que una mujer como Gianna se les pueda escapar de esa forma?!
Ángela no alcanzó a oír lo que Luis le respondía con su siempre controlado tono de voz. En cambio, si siguió poniendo atención a lo que su padre, sulfurado, rebatía.
―¡Me vale una mierda! ¿Para qué crees que quiere acercarse a Ángela? ―la chica puso atención cuando oyó su nombre. Al parecer su padre estaba al tanto de lo que había ocurrido en las afueras del hospital. ―Esa mujer quiere aprovecharse de mi hija, y no voy a permitírselo. Perdió toda oportunidad con ella… ¡En qué momento fui a fijarme en esa puta! Maldito club de sexo que solo dolores de cabeza me ha traído. Primero con Bella y ahora con esa…
Ángela, nerviosa por como su cabeza estaba comenzando a trabajar a toda velocidad atando cabos, se extrañó cuando oyó el nombre de Bella en labios de su padre. Antes de poder seguir pensando en el por qué, su padre dio luces de ello:
―Bella está olvidando que fue mi amante porque ella me buscó primero y decidió seguir así por decisión propia por bastante tiempo. No entiendo por qué ahora está comportándose de esta manera tan rebelde, si sabía que regresaría a buscarla. Lo más probable es que busque llamar mi atención… ¿pero una demanda por abuso? Eso no voy a aguantárselo…
Ángela cubrió su boca con la mano y corrió hacia su dormitorio, donde arrojándose sobre la cama se puso a llorar. Había descubierto más de lo que ella deseaba y no le gustaba lo que había salido a la luz. No estaba preparada para oírle decir a su padre que él había tenido una relación con una de sus amigas, con una chica de su misma edad que podría haber sido su hija… claro, con razón Bella se apartó de la noche a la mañana después de siempre encantarle visitar su casa…
"Claro que le encantaba, si a lo que venía no era precisamente a estudiar, sino a encontrarse con mi padre…" gruñó en su mente, mientras el llanto salía espantosamente de ella.
Se hizo un ovillo y le dio vueltas a lo que había descubierto y a la duda que se había instalado en el centro de su pecho con respecto a la mujer que le gritó afuera del hospital.
Diez minutos más tarde y luego de dar dos golpes, la figura de Aro ingresó a la pieza de su hija después que Marianne le avisara que la niña había llegado muy cansada. La habitación era amplia y de colores amarillo pastel y blanco, con una cama doble de madera clara y un dosel que colgaba desde el techo sobre la cama de colchas blancas, dando la impresión de que allí dormía una princesa.
Él estaba preocupado por lo que su hija podía pensar después de que Gianna le diera alcance en su trabajo y la verdad estaba dispuesto a evitarle cualquier sufrimiento sobre todo si provenía de esa aprovechada que llegó a aparecerse, seguro a obtener dinero.
Aro suspiró y se sentó en la cama junto a ella, acariciándole el cabello suavemente, apretando los dientes porque daba por sentado que el encuentro con la mujer había dejado confundida a su hija.
―No llores hija…
Entonces Ángela se reincorporó, limpiándose la cara con furia de las lágrimas que habían empapado sus mejillas. Miró a su padre, que no se veía alterado aunque sí preocupado, no podía negarlo.
―¿Vas a decirme lo que pasa con esa mujer o voy a tener que averiguarlo por mi cuenta? ―demandó la chica, esperando que su padre le hablara con la verdad respecto a esa mujer que en plena calle había asegurado ser su madre, madre con la que ella soñó varias noches durante su vida.
Pero Aro se negaba a hablar de ella. Ni siquiera se apresuró en mentirle respecto a la naturaleza de esa mujer porque sabía que no tenía caso.
―No querrás averiguarlo ―dijo, ocupándose de limpiar los rastros de lágrimas que seguían surcando el rostro de su hija ―Es mejor dejar las cosas como están…
Pero Ángela detuvo las caricias de su padre sobre su cara y tomó su mano entre la suya, apretándola fuertemente.
―¿Por qué? ¿Por qué nunca quieres hablarme de ella?
―Porque para hablarte de ella sin hacerte daño, tendría que mentirte…
―¿Y cuánto me has mentido en tu vida, papá?
―Ignora a esa mujer ―demandó con tono fuerte, pero Ángela ya no era una niña pequeña para obedecer a su padre en todo, a ojos cerrados. Ahora era una mujer que demandaba respuestas para vivir tranquila y en paz consigo misma.
―¡No! ¡Dime que pasa de una buena vez o yo misma se lo voy a preguntar!
―Te prohíbo que te le acerques. Ella quiere hacerte daño, lo único que quiere conseguir es un poco de dinero y no le va a importar pasar por encima de ti.
Ella supo que no sacaría nada insistiéndole, por lo que prefirió guardar silencio y buscar ella la manera de saber la verdad, y no solo respecto a la mujer sino que también respecto a lo de Bella, tema que ni siquiera tocó con él. Así que volvió a hacerse un ovillo sobre la cama, y dejó hasta ahí la pequeña discusión con su padre, que sabía no la llevaría a nada.
Se dejó caer de regreso sobre las colchas de su cama, con el corazón triste y confundido.
―Lo que tú digas, papá.
Aro la miró y se acercó hasta ella, dejando un beso sobre su cabellera castaña, pasando a continuación su mano por la cabeza de su hija muy tiernamente.
―Te dije la verdad cuando te hablé de tu madre: una mujer que te dejó conmigo porque no podía hacerse cargo de ti. Es todo lo que tienes que saber. Ahondar en detalles sería dañarte y eso es algo que no quiero que pase.
Ángela debía darle crédito a su padre sobre aquello, aunque cuando se lo contó ella era una adolecente demandante que odió a su madre por abandonarla y nunca acercarse a buscarla… o eso era lo que ella pensaba, porque quizás como ahora, esa mujer sí había intentado acercársele pero su padre bloqueaba su presencia… o quizás no.
El padre dejó un beso en la frente de su hija y se levantó para retirarse y dejarla descansar, pensando que la había dejado tranquila respecto al tema, pero lo tranquilidad era algo muy diferente de lo que la joven sentía.
Al día siguiente, a la hora del almuerzo, como cada día la cafetería del hospital se encontraba atiborrado de funcionarios que en grupo llegaban a tomar su tiempo de descanso. Aprovechaban ese tiempo para relajarse y sentarse a hablar animadamente, y eso era lo que Ángela hacía con regularidad, pero ese día no estaba para bromas ni charlas insustanciales, por lo que decidió bajar sola y sentarse lejos en una mesa de la esquina, cerca de una ventana. Allí se puso a pensar en silencio, suspirando, sin reparar en el grupo de funcionarios y otras personas que seguía yendo y viniendo.
A penas se dio cuenta cuando una figura menuda carraspeó de pie junto a su mesa, desviando su cara cuando ésta tocó su hombro, encontrándose con el rostro de Bella que le sonreía con algo de incomodidad, ahora sabía por qué.
Isabella había llegado con su grupo de trabajo a comer algo y descansar un poco, cuando a lo lejos vio la solitaria figura de Ángela, pareciéndole extraño ese comportamiento en alguien que sabía le gustaba ser el centro de atención de las reuniones. Intentó no hacer caso de su figura solitaria, pero su preocupación fue más fuerte, por lo que decidió armarse de valor e ir con ella, pese a que la mayor parte del tiempo desde que ambas trabajaban en el mismo lugar, había estado evitándola. Ella no tenía culpa de nada, la única culpable era ella y la mala decisión de meterse con un hombre mayor, aprovecharse de la amistad que Ángela le dio.
―Ejem… hola Ángela ―la saludó Isabella con esa sonrisa tensa de la que Ángela se percató.
―Hola… ―susurró y desvió su cara de regreso hacia la ventana. Isabella incómoda, vuelve a carraspear y se sienta en la silla frente a ella al otro lado de la mesa de linóleo blanco, dándose ánimo.
―¿Qué te pasa, por qué estás aquí tan sola?
―¿De verdad te importa? ―preguntó, sin alzar la voz o devolver su vista hacia ella, pero aun así develando algo de resentimiento en sus palabras.
Isabella jugueteó son sus dedos sobre la mesa, mirándolos fijamente.
―Sé que no me he portado como la mejor de las amigas, pero…
―No te preocupes por explicármelo, porque ahora lo entiendo todo.
De golpe Isabella levantó su rostro y miró el perfil de su amiga con ojos temerosos. Tragó grueso y se preparó para preguntar, pero antes de eso, Ángela la sacó de sus dudas.
―Supe que tú y papá fueron amantes en la época que estudiábamos en la universidad. ―lentamente Ángela desvió su vista hacia Isabella, que la miraba pasmada. Se quedó muda por fracción de segundos antes de agregar ―No hay razón para que lo escondas, además tu cara justo en este momento es la confirmación de todo lo que digo.
Isabella entonces cerró los ojos y dejó escapar un gran suspiro, dejando caer sus hombros. Sentía, fuera de la vergüenza de no poder negar lo innegable, que al decir Ángela aquello en voz alta la liberaba un poco a ella. Era como si el peso de la mentira y la vergüenza se fuera diluyendo poco a poco, pese a que sabía le debía una explicación a la chica que la miraba fijamente, con los rasgos de su rostro del todo serios.
―Lo siento ―fue lo único que Isabella atinó a decir, sosteniendo con valentía la mirada de su otrora amiga.
―¿Por qué no me lo dijiste? ―le criticó Ángela. Isabella levantó las manos y las dejó caer sobre la mesa en señal de frustración.
―¡Dios, Ángela, estaba metiéndome con tu papá! ¡Con el padre de una de mis mejores amigas!
―Amistad que no te importó un comino cuando lo escondiste de mí. Te juro que si me lo hubieras dicho, hubiera entendido, aunque al principio me hubiera enojado…
―No sé qué decirte.
―Tienes que explicármelo ahora. Explicarme cómo pasó y por qué te alejaste de la noche a la mañana, y por qué ahora estás demandándolo…
Isabella ni siquiera iba a preguntarse cómo Ángela sabia lo de su demanda. Ahora mismo no le importaba, solo quería poder disculparse con su amiga y hacer las cosas bien, ¿pero cómo?
―Eso… eso no es algo que esté segura de poder explicarte
―¡Pues tendrás que hacerlo! ―exclamó un poco más fuerte, lo suficiente como para que varias personas que estaban alrededor de ambas se devolvieran a mirarla, por lo que decidió controlar su tono de voz así como su ansiedad. ―Ahora mismo mi cabeza en un caos, no solo por esto…Si tienes un poco de consideración por mí, dímelo.
―No sacas nada enterándote de los detalles de mi… relación con… con… con él.
―Si no hubiera algo que esconder, no tendrías problemas en decirlo, no habría una demanda de por medio, ¿no lo crees?
¿Se lo debía? Se preguntó Isabella mirando a Ángela que con su mirada demandaba una respuesta, respuesta que Isabella conocía a la perfección: claro que le debía una respuesta, y se la daría.
―Está bien, hablaremos pero no aquí ni ahora. Esta tarde al salir del trabajo…
Ángela torció la boca y asintió, dejando caer también sus hombros. Sabía que Isabella no le mentiría respecto a su padre y eso se lo agradecía, pese a que no sabía que tan bajo caería su orgullo por él, pues sabía que Bella le contaría cosas feas que nunca imaginó oír de Aro Vulturi, el hombre que más admiraba en esta tierra.
―Al salir del trabajo entonces ―concordó Ángela, poniéndose de pie y dejando a Isabella sola, encomendándose a los santos en el cielo.
