Capítulo 4. Quetzalcóatl
—No queremos tu ayuda— dijo Matt enojado, de verdad estaba furioso, ¿quién se creía esa tipa? Primero le apuntaba con un arma y después ya quería escoltarlos.
Y lo entendió.
Ella estaba enamorada de Dominic. En cuanto Matt le mencionó a Dom: ella bajó el arma. Ahora que lo veía con él: decidía ayudarlos. ¡Por dios! Qué ciego había sido al pensar en ella de otra forma.
—Cállate, Matt— dijo Dominic sacándolo del pequeño sopor en el que se había hundido sin darse cuenta.
La chica lo miró con ojos envenenados y abrió la puerta del baño.
— ¡No! ¡Espera! — gritó Dom corriendo tras ella. Pero ella comenzó a correr— ¡Por favor, espera! — Jadeó pero ella no se detenía.
— ¡Trinidad!
De pronto, ella se detuvo. Matt hizo que ella se detuviera. Lo cual lo sorprendió porque no creyó tener un solo poder sobre la joven. En un parpadeo ella estaba junto a Dom.
— ¡¿Qué?! — Chilló asustado el hombre— ¿Cómo…?
—Mutación— respondió ella recordándole lo que le dijo hacía unos minutos.
Matt corrió hacia ellos y se detuvo a un metro de Trinidad. No sabía qué decir, salvo: "¿por qué jodidos te detuviste cuando yo te llamé?" Si lo que pensaba era cierto, Matt no tendría por qué estar pensando en alguna sola posibilidad que existiera con ella y después de todo, hacía apenas un año que su novia y su hijo habían muerto.
— ¿Por qué quieres acompañarnos? — preguntó Matt. Sí, esa era una pregunta mejor.
—Porque no quiero que los maten— dijo ella. Por un momento, por un solo segundo se vio en ella una juventud tan pura y una dulzura tan enorme que Matt no pudo resistirse. Soltó un aliento que no sabía que estaba conteniendo y Dom lo miró exorbitado.
—No van a matarnos— respondió Dom intentando darle algún tipo de coherencia a lo que estaba pasando.
—Ni siquiera sé por qué vinieron aquí— bufó ella en burla.
—En el mundo no queda nada.
—He oído que en el norte, los americanos tienen internet y drenaje— dijo Trinidad pensativa. De verdad se veía muy curiosa.
— ¿El norte? — Preguntó Dom atónito— Yo tenía mi casa en Los Ángeles… No queda nada allí— dijo como si fuese una muy mala noticia para ella.
—Eso es… lo que te quieren hacer creer— dijo ella después de mirar a los lados a ver si alguien los escuchaba.
Jaló a Dom de la camisa y caminó deprisa hacia afuera, hacia la calle. Matt los siguió aunque se preguntó si ella quería que lo hiciera.
Caminaron rápidamente por calles que jamás habían pisado, calles desiertas en las que las casas estaban casi intactas.
— ¿Nos dirás qué pasa? — preguntó Dom algo nervioso.
—Cuando lleguemos al cuartel— respondió ella casi en un susurro.
Dom se detuvo y detuvo a Matt también y entonces habló: —Matt tenía razón. No queremos tu ayuda. Lo siento pero no te conozco y no sé qué demonios es lo que quieres de nosotros o lo que pretendes.
— ¿Matt no te habló de mi, Dom? — dijo realmente dolida.
— ¿Hablarme de ti? Pero si…
Ella negó con la cabeza.
—Soy la última muser que queda en el mundo. Si no fuera por mi o por ustedes, MUSE ya no existiría.
— ¿Y por ser muser nos salvarás?
—No. Quizás ustedes que vienen del viejo mundo no lo sepan pero aquí hay leyendas. Aquí hay profecías. Aquí hay magia— respondió misteriosamente.
—No nos tomes el pelo.
—Sólo síganme y escuchen lo que tengo que decir. Si después de eso no quieren nada de mí, me iré y jamás me volverán a ver.
Matt y Dom se miraron a los ojos. Estaba loca. Todos estaban locos. Ellos también lo estaban, la guerra los había vuelto así. Así que sí. La seguirían.
Llegaron a una casa enorme en la calle Río Escondido. A un kilometro de donde estaba el tren. A unas calles de su viejo escondite. Se preguntaban cómo es que jamás habían visto nada cuando llegaron pero era muy normal. Ellos también tenían sótano.
—¡Rachel! ¡Rachel! — llamó en cuanto entraron a la casita que parecía ser bastante humilde pero por dentro tenía tecnologías muy desarrolladas. Cuadros con rayos laser que detectaban a cualquier partícula que pasaba por allí. Micro cámaras en las masetas que colgaban del techo e impresionantes cuartos de vigilancia a los que no pudieron husmear a gusto porque les impidieron la vista unos gigantones.
—¡Trinidad! — llamó una voz con un acento holandés.
La voz se materializó frente a sus ojos y se convirtió de una pelusa a una joven muy pequeña de estatura, cabello rojo intenso y ojos azules como el cielo. Era realmente hermosa. Ambos hombres se recordaron que esta gente tenía súper poderes por ser experimentos fallidos de mutación.
—Lo he traído, Rachel. Quetzalcóatl ha venido a salvarnos.
