Señoritas, un capítulo más cerca del final.
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Capítulo 39
Isabella cerraba los ojos mientras del otro lado de la línea telefónica Edward hiperventilaba y le preguntaba si se había vuelto loca, esto después que Isabella le dijera que se reuniría a hablar con Ángela. Resumió para él la corta reunión que tuvo con su colega durante la hora del almuerzo y le dijo que tenía que hablar con ella de una vez por todas, que sería lo mejor.
―Dios, Isabella, por qué me haces esto…—murmuraba Edward. Isabella se mordía el dedo índice y se lamentaba por provocar esos estados en el músico, quien parece iba a sufrir un infarto.
Honestamente ella no encontraba la gravedad en el asunto, y quizás estaba siendo ilusa, pero prefería pensar y ponerse en el mejor de los casos, al menos con respecto a esto, por ello intentaba tranquilizar a Edward, con voz calmada.
―Cariño, es mejor que hable con ella de una vez y le cuente todo lo que pasó. De igual forma se va a enterar…
―Vulturi lo verá como una provocación, vas a poner a su hija en su contra ―intervino con voz ruda. Isabella se sobresaltó pero enseguida recobró la calma que se había autoimpuesto.
―O por el contrario, ella me verá como una ofrecida y se pondrá de parte de él, no lo sabemos.
― ¿Y quieres averiguarlo?
―Quiero decirle la verdad, se lo debo.
Lo oyó suspirar y supo que él la entendía y la apoyaría, aunque no estuviera del todo de acuerdo. Entonces sintió como su amor por ese hombre crecía a medida que los días pasaban.
―Pensé que te gustaría estar presente, por tu tranquilidad digo, por eso le dije a Ángela que nos reuniéramos en el departamento. ¿Te parece bien?
―Gracias cariño. Paso por ti entonces…
―No. Ángela y yo llegaremos juntas al apartamento.
― ¿Estás segura?
―Sí Edward, estoy segura. Todo va a salir bien, ya lo verás.
Isabella colgó después de enviarle muchos besos y se quedó más tranquila después de haber puesto al tanto a Edward, aunque él por el contrario sintió que su ansiedad cobraba aumento a medida que pasaban las horas.
El resto del día, el músico estuvo con el credo en la boca, mirando su teléfono a cada rato para consultar la hora o para asegurarse que Isabella no se había puesto en contacto con él. Terminó sus clases en la universidad y salió rápidamente rumbo a su casa, donde sabía, Isabella ya estaba junto a Ángela. Estaba nervioso, no podía negarlo. La idea de tener a alguien tan directamente relacionado a Vulturi en su casa y junto a su mujer, lo hacía sentir desconfianza, y no era para menos. Por lo que la misma Isabella le había contado, Ángela adoraba a su padre y él no estaba seguro que la chica se pondría de su lado, quizás la culparía de habérsele ofrecido y más que seguro que sacaba en cara el tema de la confianza en la amistad y todo eso. Además, estaba todo el otro asuntito de la supuesta paternidad de Aro sobre él, ¿sabrá la muchacha que él era el al que el desquiciado de Vulturi llamada su primogénito?
Abrió la puerta de la casa y se encaminó hacia la sala donde vio a su chica que apenas lo vio se levantó de golpe acercándose a él y abrazándolo por la cintura, mientras él respiraba aliviado y dejaba un beso sobre la frente de Isabella. El aire se notaba distendido o al menos relajado, eso sintió cuando abrazó a Isabella, la que sonreía, y no dejó de hacerlo cuando sin soltar a Edward, se encargó de presentarlo con Ángela, que los observaba con mirada tranquila.
―Él es Edward.
―El dueño del piano ―comentó Ángela, moviendo la cabeza hacia donde estaba el instrumento que dominaba una buena parte del salón. ―Y el padre del bebé.
―Es así. Gusto en conocerte ―respondió Edward, estirando la mano para saludar a la chica.
No sintió nada cuando las manos de ambos se apretaron levemente, ningún cariño súbito ni la voz de la sangre diciéndole que en efecto la chica era su hermana. No estaba bien admitirlo, pero sintió una especie de alivio al no percatarse de ninguna señal que lo hiciera pensar que Aro el demento estuviera en lo cierto.
Isabella y Edward se sentaron con las manos entrelazadas a un lado de Ángela, que los observó con una sonrisa cuya alegría no llegaba ni a atisbarse en sus ojos.
―Hacen linda pareja… por eso no me puedo imaginar que tú y mi padre…
Isabella apretó los dientes y posó sus ojos en la punta de sus botas. Edward pudo notar la incomodidad de su chica y aumentó la presión de sus manos entrelazadas a las de ella, entonces él fue quien salió en defensa de la mujer que amaba y madre de su futuro hijo.
―Creo que cuestionar eso es… algo que no nos corresponde, ni siquiera a ti ―Apuntó el músico con tono ligero. ―Una mujer puede enamorarse o simplemente decidir estar con el hombre que quiera, tenga la edad que tenga. El arrepentimiento de Isabella está en no haber confiado en ti, porque quizás se habrían evitado muchas cosas…
Isabella entendió el punto de vista de Edward, pero necesitaba una confirmación por parte de Isabella, a quien miró para preguntarle directamente.
― ¿Evitado cosas como las que te empujaron a demandar a mi padre?
Isabella levantó la vista de un tirón y miró a Ángela con expresión confusa, igual que Edward, que se preguntaba cómo era que Aro ya estaba al tanto de la demanda.
―Mira, es cierto lo que Edward dice, de que uno no elige de quien se enamora, pero ese hombre era el papá de una de tus amigas, o sea yo ―indicó enérgicamente, poniendo las manos sobre el pecho. ―Tendrías que haber confiado en mí y no apartarte sin decir nada, como si te avergonzaras…
― ¡Y es que me avergonzaba! ―exclamó Isabella, mirando a Ángela con desesperación. ―Podría mentirte y decirte que él me sedujo y me empujó a sus brazos, pero las cosas no fueron así. Yo prácticamente me lance sobre él y…
Ángela la detuvo sacudiendo sus manos frente a su rostro.
―Como haya sido, Bella… Mira, he pensado y creo que sobre la relación que tuviste con mi papá yo no tengo que pedir explicaciones, como dice Edward. Si me pusiera a esperar que todas las mujeres con las que él ha estado me pidieran una cita para contarme de qué va la relación con él, no me quedaría tiempo libre, no sé si me explico.
La ironía era muy clara, por lo que ambos, el músico y la enfermera asintieron en silencio, dejando a la invitada continuar.
―Pero hay algo que no puedo pasar por alto. Según lo que deduje por lo que le oí decir, él sigue persiguiéndote pese a que estás en pareja y vas a tener un hijo, ¿por eso levantaste la demanda en su contra, para que se aleje?
Isabella tragó grueso y miró a Edward, quien le dio otro leve apretó a su mano derecha y le guiñó un ojo, dándole ánimo a que hablara todo cuanto ella necesitara para sentirse bien. Si estaba haciendo eso de hablar con la hija de Vulturi era por sanidad, por lo que tenía que sacar afuera todo cuando pudiera entorpecer el proceso.
Entonces la enfermera novia del músico inspiró hondo y soltó su verdad resumida, para que Ángela entendiera el contexto de la demanda y supiera que era algo más que una orden de alejamiento.
―Accedí a hacer cosas que… que son normales en una pareja, además antes de Aro, yo no había estado con otro hombre, así es que él fue quien me enseñó, ya sabes… entendí que en una pareja puede darse todo mientras ambos estén de acuerdo, pero lamentablemente él no respetó esa premisa.
―Dios, dime que no es lo que estoy pensando… ―dijo la hija de Aro, cubriéndose la boca.
Isabella la miró y se mordió el labio pues un súbito deseo de llorar y esconderse bajo las colchas de su cama la invadió, sintiéndose retenida por la mano de Edward, que la aferraba firmemente, quien fue el que habló buscando las palabras con mucho tino:
―Aro llevó a Isabella a un club de sexo, donde practicó con ella algunos actos del sado en los que ella estuvo de acuerdo, los que tenían que ver con infringir dolor y recibir placer a cambio.
― ¿Club de sexo? ¿Practicas sado? ―preguntó la chica con horror, interrumpiendo al músico, quien asintió confirmando y siguiendo adelante.
― Lo cierto es que en esos lugares puedes encontrar de todo, prácticas que para uno pueden ser una abominación, para ellos es algo normal e incluso natural, dejar fluir sus instintos y todas esas cosas. El asunto es que Isabella accedió a ir en la medida que las practicas entre ambos fueran privadas, pero a tu padre hubo un momento en que eso no le pareció suficiente. Isabella se negó, a él no le gustó esa negativa, y pues la llevó sin su consentimiento, poniendo droga en su bebida, otras veces obligándola bajo amenazas con fotografías que se tomaron en ese mismo lugar sin el consentimiento de Isabella…
― ¿Bella, qué tipo de cosa te obligó a hacer? ―susurró con temor, sintiendo como si estuviera oyendo una historia de Hitchcock.
―Dejó… dejó que varios hombres me violaran y me obligó a seguir sus exigencias amenazándome con enseñarle a todo mundo mis fotos manteniendo sexo…―susurró con voz temblorosa, apresurándose Edward a abrazarla y besar el tope de su cabeza.
Ángela en tanto parecía que su corazón se había trizado y que el amor cegador que sentía por su padre cobraba un sabor amargo que se acumulaba en su boca como bilis.
―Dios, esto es asqueroso… ―murmuró Ángela, pasándose la mano por su frente, de un lado a otro. Edward entonces fue el encargado de continuar, ya que Isabella no se sentía en condiciones para hacerlo.
―Esa es la verdad. Aro no entiende por las buenas que Isabella rehízo su vida y claramente no se esperaba que yo y varias personas a su alrededor supiéramos su verdad. Aun así no la deja tranquila, por eso decidimos interponer una demanda. Sé que es tu padre, pero yo estoy velando por la paz de mi mujer y mi hijo, espero entiendas nuestra postura.
Ángela se puso de pie y caminó hacia la ventana. Quería esconder de Isabella y de Edward sus lágrimas que eran producidas por un remolino de sentimientos que la avergonzaban y la confundía. No necesitaban ahondar en detalles para que ella se imaginara la clase de lugar y las prácticas a las que su padre al parecer estaba acostumbrado y de las que ella no tenía idea. Era cierto que era su vida privada y todo eso, pero llegar a permitir que abusaran de una chica de su misma edad que perfectamente podría haber sido ella, le causó un daño irreparable en la forma en que miraba a Aro Vulturi, de quien en ese momento se avergonzaba. Ni siquiera necesitaba la confirmación del propio Aro porque algo en ella le decía que todo eso era cierto.
―Todo esto es una mierda… ―puso las manos alrededor de su estómago y miró hacia el horizonte sin percatarse de las gotas de lluvia que habían comenzado a caer y que se estrellaban ligero sobre el ventanal frente a ella, y una que otra estrella se dejaba ver en el firmamento que comenzaba a teñirse de oscuro.
Isabella se soltó del abrazo de Edward y se levantó para acercarse a Ángela. Miró su perfil entristecido y deseó haberle ahorrado todo el sufrimiento que ella no se merecía.
―Siento que hayas tenido que enterarte de todo esto. De verdad hubiera preferido que no supieras los detalles, pero…
―Entre ayer y hoy he descubierto más cosas de mi padre, sobre su verdadera personalidad… me pregunto qué otras cosas van a aparecer frente a mi sobre él ―se giró y afirmó el hombro contra el vidrio mirando de frente a Isabella ― ¿Sabes con lo último que me salió? Con que tengo un hermano, ¿puedes creerlo? Me lo dijo como si nada, como si fuera lo más natural del mundo.
Isabella automáticamente miró a Edward que se quedó de piedra sin saber bien que hacer. Ángela por supuesto se fijó en este intercambio de miradas.
― ¿Qué? ―preguntó mirando a Edward y a Isabella ― ¿Por qué se miran así? ¿Ya lo sabían?
Entonces Isabella habló quedadito, como si en realidad fuera la voz de su cabeza la que hablaba, cuando en realidad era su boca la que verbalizaba sus pensamientos.
―Cómo no íbamos a saberlo, si el hijo que Aro asegura que tiene se trata de Edward…
Edward abrió los ojos como dos grandes platos cuando Isabella sin darse cuenta soltó la segunda bomba. Cuando se percató se cubrió la boca y miró a Ángela, que la miraba con igual pasmo que el músico, a quien miró a continuación, esperando confirmación.
―Lo que… lo que… ¿Lo que Bella dice es verdad? ¿Acaso tú eres mi hermano?
Edward cerró los ojos y se levantó sacudiendo la cabeza. Caminó hasta ellas y se enfrentó a la chica que lo miraba esperando su respuesta.
―Honestamente dudo mucho que lo sea.
― ¿Hicieron exámenes de paternidad o algo? ―se apresuró en preguntar Ángela, mirando con ansiedad al músico a quien espera encontrar algún parecido en los rasgos de su atractivo rostro.
Edward se puso un poco nervioso a la mirada intensa de la chica.
―No hemos hecho nada de eso, solo él confirma sus sospechas porque él efectivamente tuvo un romance con mi madre a la que dejó de ver y quien apareció embarazada tiempo después de que él desapareciera. Una mujer que se decía amiga de mi madre le dijo que yo podría ser hijo suyo, pero...
― ¡No puedes negarte de lleno sobre algo que en verdad puede resultar cierto…!―exclamó, levantando las manos, pero enseguida su entusiasmo se desinfló ―Aunque pensándolo bien, yo en este momento desearía hacerme una transfusión de sangre y cambiarme el apellido para desligarme como sea de Aro Vulturi. No me siento orgullosa de ser hija de un hombre que permitió que te pasara todo eso que me cuentas.
Edward torció la boca y tocó el brazo de la chica con sus dedos, no atreviéndose a abrazarla o algo así para confortarla, algo que un hermano haría.
―Si yo… si yo llegara a ser hijo suyo, de lo único que me alegraría sería de tener una hermana como tú.
Otra vez los ojos de Ángela se llenaron de lágrimas, pues Edward no tenía por qué saberlo, pero mientras fue niña cada noche le pedía a Dios que le diera un hermano con quien conversar, y si ella hubiese podido elegir uno sin duda sería alguien muy parecido a Edward.
Sonrieron con algo de tirantez mientras Isabella se seguía dando cabezazos mentales por ser tan boca suelta y no filtrar sus palabras. Se había distraído y lo había dicho en voz alta sin querer, y esperaba que Edward lo entendiera. Al parecer no había resultado tan terrible por lo último que le había dicho a Ángela, aunque claro, lo mejor hubiera sido no sacar el tema. Ángela se ilusionaría e insistiría a Edward que se sacaran de encima la duda y se hicieran los exámenes de una vez.
―Yo… bueno… ejem…
―Creo ―tomó la palabra Edward, antes que su enfermera particular volviera a meter la pata ―creo que ya sabes todo respecto a la relación que tuvieran Isabella y tu padre, y el por qué de la demanda sobre la que escuchaste y de paso te enteraste que él insiste en que soy su hijo…
―Les agradezco que hayan sido sinceros conmigo justo ahora que no sé qué es cierto y qué es mentira… ―sacudió la cabeza y apartó la mirada.
― ¿Hay algo más que te preocupe, algo en lo que nosotros posamos ayudarte?
―No sé si sea algo en lo que ustedes puedan ayudar… se trata de mi madre…
―Nunca hablaste de ella… ―apuntó Isabella.
Entonces Ángela tras emitir un profundo suspiro, les contó lo que había ocurrido.
―Porque poco sabía de su existencia, solo lo que mi padre me decía entrelineas, que ella no se pudo hacer cargo de mi porque era pobre, y me entregó a él. Pero ayer una mujer me gritó que era mi madre y enseguida los hombres de mi padre saltaron y corrieron tras ella para tratar de detenerla. ¿Si no hay nada que esconder, por qué saltan sobre ella para intentar detenerla, para cerrarle la boca?
Isabella alzó sus cejas pensando que no tendría que parecerle extraño esa forma de actuar de Vulturi, hacer callar a las personas cuando a él no le convenía. Edward en tanto torció la boca y se preocupó por la chica, indagando sobre sus pasos a seguir.
― ¿Y qué harás?
―Buscarla y sentarla frente a mí para que me diga todo lo que tiene que decirme y para afirmar la historia que mi padre me contó.
―Pero siempre has sabido que no está muerta, ―dijo ahora Isabella ― ¿Por qué hasta ahora te preocupa su existencia?
―Honestamente, no tengo idea, pero tengo que hacerlo ―aseguró, cruzando sus piernas y alzando su mentón. Cuando ella se proponía algo, lo conseguía, y esta no sería la excepción.
―Puedes contar con nosotros si necesitas algo.
Ángela se mordió el labio y miró a Edward pensando en su ofrecimiento, para luego mirar a Isabella que aun sostenía sus manos y la miraba con una sonrisa tranquila, la antigua sonrisa sincera de su antigua amiga tomaba forma otra vez en su rostro, lanzándose a abrazarla rodeándola por los hombros mientras le susurraba "Gracias" una y otra vez.
Después que se fue prometiendo regresar al día siguiente para cenar con Alice y el novio de ésta, Isabella y Edward se quedaron solos y se dejaron caer sobre el sofá, exhaustos. Había sido un poco más de una hora pero lo suficiente para sentirse emocionalmente cansados, pese a que ambos se habían sacado un peso de encima.
―No fue tan mal, ¿no?
―No, no lo fue.
― ¿La ayudaremos entonces, con lo de su mamá?
―Si digo que no, tú la ayudarás por cuenta propia y no quiero no imaginarme lo que eres capaz de hacer.
―Entonces la ayudaremos.
―Lo haremos, pero nada de involucrarnos más allá. Buscaremos reunirlas y las dejamos, es todo, ¿correcto, enfermera?
―Correcto.
**oo**
Aro caminaba dentro de su despacho con sus manos en la espalda mirando la alfombra persa, preguntándose por qué su hija había salido del hospital en compañía de Bella, dirigiéndose hasta el departamento de esta última desde donde salió al cabo de una hora y media, regresando a casa y encerrándose en su habitación sin comer como si fuera una adolecente furiosa.
― ¿Qué podría estar haciendo Ángela en el departamento de Edward? ―se preguntaba en voz alta, mientras el fiel Luis, su mano derecha, lo observaba ir y venir también pensando en las opciones.
―Quizás Isabella quiso hacer las paces con ella.
Pero al empresario billonario no acababa por convencerlo.
― ¿Justo ahora, cuando lo que se supone que ella quiere es estar lo más lejos posibles de mí?
Luis se alzó de hombros y metió las manos a los bolsillos de su pantalón de tela gris. Estrechó los ojos y pensó en cuál podría ser la otra posibilidad.
―O quizás averiguó que su hermano es Edward, y quiso ir a verlo por intermedio de su amiga.
Vulturi detuvo su ir y venir, quedando frente a su hombre de confianza, pensando en esa teoría que no era del todo una locura.
― ¿Lo crees, Luis?
―Es muy probable, conociendo a la niña y su deseo de pequeña cuando pedía un hermanito, ¿olvida eso?
Aro sonrió y recordó las veces en que su hija en voz alta leía las cartas que le había escrito a Papá Noel pidiéndole un hermanito, pero uno de verdad, y no los muñecos con los que jugaba.
El hombre pensó que quizás esa relación le ayudaría a él a acercarse a su hijo y traerlo a él, de paso en el camino lo convencería de apartarse de su mujer y finalmente formaría la familia con la que estaba en deuda, una con una joven mujer a su lado, y sus tres hijos, Edward, Ángela y el pequeño que su Bella esperaba. Porque él estaba convencido que ese niño era suyo, en retribución al que perdieron en el pasado. No estaba loco ni era estúpido para olvidar el detalle de quien era el verdadero progenitor de ese bebé, pero no le importaba.
― ¿Crees entonces que no debo meterme?
―Si mi teoría es correcta, creo que no. Lo mejor será dejarlos a ellos conocerse de forma natural.
― ¿Crees también que Ángela me ayude con Edward, que lo acerque a mí?
―Yo siento que sí, pero no debe hacer presión, todo debe dejarlo que pase naturalmente. Ahora tenemos otras cosas más importantes de las que preocuparnos, ¿no lo cree?
Aro gruñó y se acercó a paso acelerado a su mesa de trabajo, donde había una copia extraoficial que su abogado había conseguido para él sobre la demanda que oficialmente le llegaría en los próximos días. Fuera de eso, lo ocurrido con Gianna el día anterior era imperdonable, y lo enervaba saber que esa mujer se le había escapado a dos ex agentes de los servicios secretos del estado.
― ¿No hay noticias del paradero de Gianna? ―Preguntó levantando uno y otro documento sin verdadero interés.
Luis se acercó también a la mesa y le respondió, dándole el último reporte del día respecto a ese tema.
―No señor. No ha habido rastros de ella en el hotel, y estamos vigilando los lugares que ella frecuentaba.
Aro lanzó una maldición silenciosa y miró a su ayudante por sobre los papeles que sostenía en la mano.
―Da la orden de traerla aquí apenas la encuentren. Ella va a saber lo que pasa cuando me hacen enojar…
― ¿Y sobre la demanda…?
―Mis abogados están preparando una ofensiva para que desistan, como un arreglo o algo así. Mañana volveré a reunirme con ellos.
Luis asintió y recordó la visita de otro personaje a quien le fue curioso ver por esos lados, no aguantándose las ganas de saber lo que pasaba, aunque ciertamente lo intuía.
―Señor, no es de mi incumbencia, pero vi también que se reunió con su abogado experto en testamentos…
―Sí, debía hacer algunas modificaciones al papeleo.
― ¿Incluirá a Edward pese a todo? ¿No cree que sería mejor hacer antes pruebas que confirmaran su paternidad y…?
Tiró los papeles sobre la mesa y se pasó las manos por el cabello, afirmando su cadera contra la mesa. Recorrió su mentón con el dedo índice, pensativo, recordando a su hijo cuya presencia le recordaba a él mismo en sus años de juventud.
―No necesito esas pruebas. Sé que Edward es mi hijo… además, dudo mucho que él quiera hacer ese tipo de pruebas, lo que me parece muy bien.
―Seguro, señor. Ahora, si no me necesita para nada más, me retiraré.
―Ve y descansa, Luis.
Se inclinó y salió del privado de su jefe, dejándolo de pie frente a su mesa de trabajo. Debería haberse sentado a leer documentos y evaluar algunas cosas, pero no estaba concentrado para pensar en los negocios, por lo que necesitaba de algo o alguien para distraerse, pensando en su vieja amiga Esmerald como primera opción, a quien desde hace días que no sabía nada.
"Quizás anda buscando al cobarde ese…" pensó con ironía, poniéndose el abrigo negro sobre su camisa azul, su bufanda de seda y sus guantes negros, aprestándose a salir. Ni siquiera se detuvo a llamarla, pues gustaba tomarla por sorpresa.
Cuando llegó a casa de la mujer manejando él mismo su coche, no demoró ella en recibirlo vestida con una bata de seda rosa pálido que bastante poco dejaba a la imaginación, y un Martini que sostenía coquetamente en una de sus manos medio alzadas.
―¿Me extrañabas, querida Esme?
―¿Y qué mujer no lo hace, Aro? Eres atractivo, rico y diestro como pocos en la cama―respondió ella misma a su propia pregunta, invitándolo a pasar y dejando el vaso sobre una mesa de la entrada, quedando libre sus manos para pasarlas por la solapa del abrigo que cubría a su invitado, levantando su cara hacia él y ofreciendo su boca.
Cuando él tomó lo que ella le ofrecía lo hizo con suavidad, manteniendo sus ojos abiertos y mirando con diversión a la mujer que al parecer, estaba más necesitada y desesperada que él, pues sabía Aro que una mujer como Esmerald no llevaba bien que la ignoraran.
―Me alegro que pienses eso, querida.
Entonces sus manos enfundadas en los guantes la agarraron por las nalgas y la pegaron a su cuerpo para atacar su boca con el hambre voraz con el que había llegado hasta ella. Esme se aferró a su nuca y lo dejó hacer, adorando la forma en que este hombre la hacía sentirse deseada.
Lo llevó hasta su dormitorio y a puertas cerradas le quitó la ropa para luego él hacer lo propio con su camisón de tela italiana que arrancó por sobre su cabeza, lanzándola a la cama y llevando a su boca un pezón, mordiendo y succionando mientras una mano la aferraba por la cadera y la otra se hundía entre sus piernas, dentro de su ansioso sexo.
Fue tal la forma en que los amantes se ocuparon de sus deseos carnales, que Aro no tuvo la suficiente fuerza para levantarse, vestirse e irse a su casa, sino que cayó rendido sobre la cama de Esme, mientras ella sentada contra el respaldo lo observaba dormir. Era cierto que no esperaba visitas para esa noche y mucho menos semejante encuentro sexual como el que acababa de tener y que la había dejado satisfecha a más no poder, pero sin duda había esperado que se diera el encuentro entre ambos para hacer algo que tenía en mente y lo que significaría probablemente una carta bajo la manga.
Se inclinó al lado de su mesita de noche y abriendo el cajón sacó una tijera de acero, brillante y bien afilada que siempre guardaba allí. Pasó los dedos por el frío elemento y miró a su durmiente compañero, paseando sus ojos por su amplia y bien trabajada espalda que dejaba a la vista. Entonces con cuidado de no despertarlo, se movió sutilmente llevando la tijera hasta el cabello desordenado del empresario, cortando un poco de éste justo desde la nuca. Cuando ya lo tuvo se apartó y guardó su botín envuelto en un pañuelo dentro del cajón de donde mismo había sacado la tijera. Enseguida apagó la luz de su lámpara de mesa y se acomodó de espalda mirando hacia el techo, pensando en los trámites que haría a primera hora del día siguiente.
**oo**
Ángela había tenido tiempo de pensar y labrar un plan para poder hablar finalmente con esa mujer, y para que su padre no se interpusiera en el camino. Los días siguientes se fijó si en los alrededores del hospital rondaba la mujer, pero para frustración suya nada que aparecía.
"Justo ahora que yo la necesito, no aparece" pensaba con pesar.
No sabía dónde buscarla y la verdad estaba perdiendo la esperanza de volver a verla, hasta que por casualidad la vio en un bar de mala muerte sentada en la mesa que daba hacia la calle. Ella iba dentro de un taxi cuando regresaba del trabajo y no tuvo fuerza de voluntad para decirle al chofer que se detuviera y así bajar para hablar con ella. No podía, no estaba preparada, y no estaba segura de poder hacerlo ella sola.
Recordó entonces el ofrecimiento de Edward y llegando a casa, se encerró en su cuarto apenas deteniéndose antes a saludar a Marianne la ama de casa y sin preguntar por su padre. Una vez a solas le marcó a Isabella, pidiéndole hablar con Edward a quien le contó lo ocurrido, pidiéndole que la ayudara. El músico no dudo en hacerlo, diciéndole que le diera la dirección del bar y que se mantuviera pendiente del teléfono.
Edward, no sabe por qué, salió esa misma noche rumbo al bar, negándose en redondo a que Isabella lo acompañara, y entrando observó a su alrededor esperando encontrar a la mujer cuyas señas la misma Ángela le había dado. Se acercó a la barra y pidió información, más el barman, un viejo de larga barba blanca, le dijo que no le daría respuesta de nada si no consumía algo, por lo que el músico se vio obligado a pedir una cerveza.
―Ahora puede preguntar ―dijo el barman, dejando la botella individual con un seco golpe sobre la barra.
―Busco a una mujer… de unos cuarenta años y que hoy vieron sentada bebiendo sola, en una mesa cerca de la ventana. Tiene el cabello…
―No tiene que seguir, sé de quién se trata. ―dijo el hombre, secando un vaso mal lavado con un sucio paño de cocina. ―La italiana viene desde hace unos días y se toma dos o tres vasos de vodka a cambio de lavar la loza que se acumula en la cocina.
― ¿Viene todos los días?
―Para suerte mía, sí. Mañana la podrá encontrar aquí a esos de las siete, pero no permitiré que se vaya sin haber acabado el trabajo en la cocina. Hay unas ollas que necesitan atención especial, y yo no estoy dispuesto a ensuciarme las manos con grasa.
Edward no dijo nada, pasando por alto la explicación que el tipo tras la barra le había dado y que había estado de más. Apenas tocó la cerveza y aun así pagó por su consumo y un poco más, sabiendo el músico que el hombre le estaba cobrando además por la información que acababa de darle, saliendo del bar y metiéndose al auto desde donde llamó primero a Ángela y luego a Jasper, a quien le explicó que necesitaba su ayuda para el plan que pondría en marcha al día siguiente.
―Sigo sin entender qué demonios tenemos que ver nosotros con esta historia… ―murmuró Jasper al otro día, mirando hacia el mismo bar donde Edward había ido la noche anterior.
Había acudido sin chistar al llamado de ayuda de Edward, aun cuando le dijo que se trataba de Ángela y la historia con su madre, que ella misma había relatado para Jasper y Alice la noche después de la reunión con Isabella, cuando cenaron juntos.
―Isabella y yo le ofrecimos ayuda a Ángela ―le informó Edward sentado tras el volante y mirando por el parabrisas justo el lugar donde la mujer a quien buscaba estaba sentada bebiendo su dosis diaria de vodka, como el barman se lo indicó.
― ¿A tu supuesta hermana, por eso lo estás haciendo?
―Mierda, Jasper, yo no soy hijo de ese desgraciado, por lo que no soy hermano de Ángela, pero eso no significa que voy a darle la espalda, menos cuando se trata de una amiga de Isabella…
―Sí claro… ―comentó Jasper, rodando lo ojos y cruzándose de brazos. Su problema no era con Ángela sino con esa mujer que no le daba buena espina.
Edward miró la hora en el salpicadero y se dispuso a salir del vehículo, no sin antes dar instrucciones a su malhumorado colaborador.
―Mira, voy a ir adentro y a traerla. Tú te sentarás aquí y pondrás en marcha el motor cuando me veas salir con ella.
― ¿Y por qué tanta parafernalia para traer a esa mujer? ―preguntó el irritado dibujante.
―Porque los hombres de Vulturi puedes estarla vigilando. No voy a exponerme, ni a ella.
―Esto se parece a una película de gánsteres…
―Como sea. Ahora haz lo que te dije ―anunció Edward, bajando del coche.
Abrió la puerta del local a oscuras y lleno de hombres que en su mayoría tenia cero cultura etílica. Caminó directo hasta donde Gianna se encontraba y se sentó en la silla vacía a su lado. La mujer tenía su cabello agarrado en una coleta baja y su ropa era sencilla, jeans, tenis y una sudadera de talla más grande que la suya. Al menos estaba limpia a simple vista, pero algo ebria por las dos o tres copas de mal vodka que había bebido.
Ella lo miró de reojo y volvió a tomar la copa de vodka entre sus manos, fijando su vista hacia el exterior.
―Eres guapo, pero no voy a chupártela. Ya no hago ese trabajo…
―Vengo de parte de Ángela ―se apresuró en interrumpirla, evitando que siguiera hablando estupideces que él no deseaba oír. ―Si quiere verla tiene que venir justo ahora conmigo.
― ¿Mi Angelita? ―preguntó con ilusión, pero enseguida se vio escéptica ― ¿Cómo se yo que no te manda Aro?
Edward habló mirando justo hacia su auto, donde vio a su amigo tomar el lugar tras el volante. De inmediato divagaron sus ojos hacia donde la ventana le permitía observar, no viendo nada que lo hiciera subir la guardia.
―Si fuera uno de los hombres de Vulturi, simplemente la hubiera agarrado y probablemente con un arma de fuego la hubiera obligado a hacer lo que yo digo, ¿no cree?
―Veo que conoce a Aro…
― ¿Viene o no? ―preguntó, impaciente por salir de allí ―Ella la está esperando.
Se puso de pie, tambaleándose un poco y salió detrás de Edward sin devolver su vista al hombre tras la barra que esperaba que volviera al día siguiente.
Edward le abrió la puerta trasera del coche y con la cabeza le indicó que se metiera. Cuando ella lo hizo, cerró la puerta con un golpe seco y se ubicó junto al chofer, el que miraba con desconfianza a la mujer por el espejo retrovisor.
Recorriendo el camino en silencio hasta que Jasper llegó a destino: el viejo edificio donde Alice vivió y donde todos esperaban. Había decidido hacer el encuentro allí para no levantar sospechas. Seguro Vulturi mantenía gente en los lugares que Isabella y él solían frecuentar, además de ser conscientes que quizás había puesto a hombres a seguir a su hija, por lo que había que despistar.
― ¿Dónde estamos? ―preguntó Gianna cuando Jasper aparcó en el estacionamiento subterráneo.
―Ya se lo dijimos. ―respondió Jasper con tono brusco. ―Ahora baje y síganos…
Gianna lo hizo siguiendo a los jóvenes que caminaban a paso seguro hacia el elevador, metiéndose con ellos mientras retorcía sus manos esperando que esos hombres le dijeran la verdad. Si su Angelita había mandado a buscarla, era porque estaba interesada. Aprovecharía el tiempo y recuperaría a la hija que se vio obligada a dejar en brazos del hombre a quien destruiría después de saquear sus bolsillos, por supuesto.
Cuando llegaron al piso, ella caminó por el pasillo siempre tras los hombres que lo hacían delante de ella, con sus espaldas bien rectas y su paso seguro. Llegaron a una puerta y tras dos golpes, una chica menuda de melena oscura y rostro pálido abrió, mirando a los hombres.
― ¿La traen?
Ninguno dijo nada, solo se abrieron y le dieron el paso para que ingresara dentro del apartamento, donde lo primero que vio fue a su hijita, la que se puso de pie y la miró de pies a cabeza. iba a echarse a sus brazos y a llorar por la alegría de verla, cuando otra figura menuda que estaba justo al lado de su hija llamó su atención, no pudiendo creérselo.
― ¿Tú, aquí? ―preguntó Gianna, mirando a Isabella que arrugó su entrecejo cuando la mujer la apuntó con el dedo índice. Enseguida miró a Ángela, que igual que Isabella, miraba a la mujer llena de confusión ― ¡¿A caso eres amiga de la chacha que se revolcaba con tu padre?!
Gianna fue testigo del ir y venir de la joven Bella cuando llegaba del brazo de Vulturi, quien se parecía pavonear de la atractiva joven que caminaba colgada de su brazo. Ella en tanto, iba para ser tomada en cuenta pero nadie quería pasar rato con alguien a quien Vulturi despreciaba y que al parecer, no pasaba por su mejor momento. Después de dar a su hija a cambio de dinero que malgastó, volvió a ese lugar que tantas satisfacciones le dio, dándose cuenta que nadie la quería allí, no así a la chica que ahora mismo tenia frente suyo.
― ¿Por qué dice eso? ―susurró Isabella, a la vez que Edward llegaba a su lado y la tomaba por los hombros, dándole una intensa y amenazante mirada de desaprobación a la mujer. El músico hubiera olvidado que Gianna era una mujer si no hubiese estado más preocupado de Isabella.
―Por qué maldita razón está hablándole de esa forma ―demandó saber el músico.
La mujer miró al hombre que fue por ella al bar y luego a la chica cuyo rostro no había olvidado, pese a que ya no estaba enmarcado por ese cabello largo que antes solía usar.
― ¡Porque te conozco! Todos los hombres del club de sexo querían contigo… claro, los que no habían tenido el privilegio ya…
― ¡Cállate, maldita vieja! ―gritó Alice en defensa de su amiga cuando ésta no pudo defenderse por sí misma, pues un súbito mareo la hizo tambalearse.
―Esto fue una mala idea… ―dijo entonces Ángela, mirando a la mujer, que al parecer recordó a lo que había ido hasta allí. Pestañeó rápido y estiró sus manos hacia ella, poniendo su cara de víctima, pero Ángela no hizo caso de eso. ―Esta mujer no puede ser mi madre, y aunque lo fuera, agradezco que no me haya criado… agradezco que no haya sido parte de mi vida.
―Mi hija querida, no digas eso… todo es culpa de tu papá… quiero recuperar el tiempo perdido, pero aparece esta… mujer, y no entiendo.
―No tiene por qué entender nada ―escupió Jasper, mirándola con desprecio, mientras Edward ayudaba a Isabella a sentarse y trataba de convencerla de salir de allí. ―La trajimos porque Ángela quería hablar con usted, pero honestamente no creo que usted se merezca una oportunidad como la que ella le está dando.
Gianna lo miró con odio y apretó los dientes, dirigiéndose al dibujante ― ¡Y qué sabes tú! ¡Todo es culpa de Aro, todo! Se aprovechó de mí como seguro se aprovechó de ella…
―Es suficiente, lárguese de aquí… ―dijo Ángela, a quien le había parecido una mala idea
―Un momento. ― Alice entonces se interpuso entre la enfermera y la mujer a la que tenía intención de sacar de ahí. Se giró, tomó la mano de Ángela, le hizo una señal a Jasper para que la siguiera, apartándose a la punta del salón donde comenzaron a cuchichear.
―Maldita sea, Alice, qué haces diciéndole a esa mujer que se quede. ―Le regañó Jasper a la loca de su novia, la que se apresuró en explicar.
―Creo que ella puede ayudarnos a sacar a Vulturi del camino ―murmuró la chica en voz baja ― No habíamos podido dar con testigos de la época en la que Isabella estuvo en el club, y por lo que se ve, ella estuvo y está dispuesta a vomitar todo lo que sabe con tal de hundirlo. Además, si Ángela se lo pide…
― ¿Te das cuenta de lo que quieres pedirle? ―rebatió Jasper, pero Ángela le tomó del brazo y apuntó también en un murmullo rabioso.
Esa mujer le daba mala espina al dibujante y nadie podía rebatir su postura. Aun así, Ángela meditó sobre lo que Alice planteaba y le encontró la razón. Si ella podía ayudar a Bella y a Edward lo haría sin chistar, aunque eso significara enemistarse con su padre.
―Por favor, déjenme hablar con ella. Si mi padre tiene que pagar por algo que hizo, lo hará, y aunque me duela ayudaré a que así sea.
Miró por encima de su hombro, primero a la mujer que miraba el apartamento con atención como quien evaluaba todo a su alrededor con ojos codiciosos y que al parecer no le importaba mucho lo que ella y el resto estaban hablando allí. Después miró a Isabella que descansaba su cabeza en el hombro de Edward, quien le acariciaba la espalda y besaba el tope de su cabeza, intentando ignorar a la mujer que decía ser su madre.
Edward avisó que llevaría a Isabella a descansar y no pidió explicaciones sobre el por qué esa mujer se quedaría ahí pese a todo. Estaba más preocupado de la salud de su mujer y la de su hijo, por eso decidieron ambos retirarse de una vez.
―Siento que ella te haya tratado de esa forma ―le dijo Ángela a Isabella mientras la mantenía abrazada, justo antes que ella y el músico se retiraran.
―No importa ―respondió ella cuando se apartó. ―Honestamente, siempre camino con un poco de temor de que alguien me reconozca en la calle. Pero lo importante ahora no soy yo, sino lo que tú tienes que hablar con ella. No te quedes con nada dentro, pregunta y dile todo lo que quieras y después toma una buena decisión respecto a ella. No quisiera que te hiciera daño…
―No puede hacerme daño alguien que en mi vida no tiene injerencia alguna.
Enseguida Edward se acercó a Ángela y también le abrazó, pidiéndole que tuviera cuidado y que no confiara a ojos cerrados en esa mujer. Ángela asintió y dejó que se marcharan, quedando Jasper y Alice con ella, vigilando como halcones a Gianna, que no le quitó los ojos de encima a Isabella hasta que ella y Edward desaparecieron.
―Ahora tú y yo vamos a hablar.
―Hijita… ―comenzó a decir ella con voz lastimera, pero a la que hablaba la detuvo.
―Soy Ángela, no tu hijita como insistes en decir. Si fuera tu hijita como dices, habrías regresado a buscarme…
― ¿Qué mentira te contó tu padre? ¿A caso me mató para evitar que preguntaras por mí?
―Pues fíjate que no, fue bastante más noble contigo de lo que creo, mereces ―respondió, poniendo sus manos como jarras en sus caderas. ―Me dijo que le pediste que se hiciera cargo de mí cuando tú no podías hacerlo, porque no tenías dinero. Cuando yo insistía en conocer más de la historia, él se aseguraba en hacerme ver que no querría saber más detalles.
Gianna tragó grueso, pensando en que, como había dicho su hija, Vulturi había sido algo más indulgente con ella. Pero aun así no estaba dispuesta a quedar como la mala de la película, no señor.
―Él se hizo cargo de ti y me amenazó con que si regresaba a buscarte, me las vería con él…
―Y veo que tomaste muy a pecho sus dichos.
―Hijita mía, estás tan hermosa… tengo tantas ganas de recuperar el tiempo, pero… mi condición me lo ha impedido.
― ¿Tu condición?
Sonrió con tirantez, pidiendo disculpa o sintiéndose avergonzada. ―No tengo dinero…
― ¿En serio piensas que eso me hubiera importado, cuando muchas noches me pregunté dónde estabas? ¿Por qué vienes ahora a buscarme, cuando ha pasado tanto tiempo? ¿Vienes a mi acaso con otras intenciones?
― ¡Ponte en mi lugar! Tú tienes todo lo que has querido, nunca te ha faltado nada, en cambio yo he tenido que mendigar para sobrevivir. El dinero que Aro me dio a cambio de hacerse cargo de ti me duró tan poco, que tuve que volver a prostituirme en el club de sexo donde solía ir también la niñita remilgada esa…
Ángela abrió su boca después de lo que Gianna había soltado presa de la rabia, mientras Alice cubría su boca y Jasper negaba con la cabeza en silencio en desaprobación. Sin duda, verse en desventaja, además de no ser creíble su postura de pobre madre la sacó de sus cabales, todo esto sumado a la cantidad de vodka que había consumido antes que el músico diera con ella en el bar.
―Hijita, perdóname… no sé lo que digo, pero es que estoy desesperada. Una cuando es joven y no tiene a nadie que la guíe, comete estupideces como las que yo hice, sobre todo cuando no tiene a nadie quien lo guíe…
Era su forma de pedir disculpas, sin duda eso pensaba Ángela, que no se vio sobrecogida por la lástima que esa mujer intentaba demostrar ante ella. Supo entonces que el amor innato de una madre por su hija no la había traído de regreso, pero sí su escases de dinero.
―Ahora que lo pienso y después de haberte escuchado, va a costarme mucho darte una oportunidad…
―Hija, Ángela, dame la oportunidad que estoy pidiéndote… Soy capaz de hacer lo que tú me pidas para demostrarte que te quiero a ti, recuperarte y darte la oportunidad que me conozcas y que tú misma elijas estar conmigo o no. Dame esa oportunidad… haré lo que quieras.
Entonces Ángela miró a Alice, que no hizo ningún movimiento sino simplemente movió imperceptiblemente sus hombros. Jasper en tanto, de brazos cruzados, no le quitaba la vista a la mujer a la que no le creía nada.
Ángela deseaba poder ayudar a Isabella y retribuirle de alguna manera el daño que su padre le había causado. Quería recuperar la amistad de Isabella que tanto había extrañado y quería hacerlo ayudándola en todo lo que estuviera a su alcance.
―Está bien. Toma una ducha, cámbiate de ropa y hablaremos mientras tomas una taza de café.
Gianna sonrió y puso la mano sobre su pecho, palpando finalmente la oportunidad de compartir con su hija. Ella sería lo primero que recuperaría y por ella intentaría ser una mejor persona, porque ella era su salvación en muchos sentidos.
