CAPÍTULO SORPRESA, DEDICADO A MI FIEL AMIGA Y COLABORADORA MARITZA, QUE ME APOYA EN TODAS LAS MALDADES.
DAMAS, SE DIO AVISO EN EL GRUPO DE FACEBOOK QUE USARÍAMOS TRES FÉRETROS... YA SABEN A LO QUE ME REFIERO... ¡Y HOY SE VA UNO!
ASÍ QUE A LEER.
FELIZ CUMPLEAÑOS MARITZA MADDOX.
Capítulo 40
Aro Vulturi estrechó su mano a los abogados Carlisle Cullen y Peter Whitlock, quienes fueron contactados por su equipo jurídico después que se le hiciera llegar la notificación de la demanda que la señorita Isabella Swan había interpuesto en su contra, además de una orden de alejamiento que la fiscalía acogió.
Los abogados de Vulturi le señalaron que lo mejor sería reunirse con ellos y llegar a un acuerdo en términos consensuales, antes de pasar a tribunales y que el nombre del empresario saliera a luz pública envuelto en el escándalo de la demanda. Para ello, Aro insistió tener el control de la situación llamando a los representes de la señorita Swan a sus dominios, un lugar donde sintieran efectivamente el poder y el control de Vulturi, y qué mejor lugar que su ostentosa casa, que más bien parecía un palacio o un museo de arte, por la variedad de piezas artísticas que había repartidas en varios lugares de la casa por donde los abogados Cullen y Whitlock pasaron, y quienes intentaron no hacer notar su impresión por el lugar.
"Joder, este viejo tiene más dinero que sentido común" pensó el más joven de los abogados, mirando los cuadros que colgaban en la sala principal y que sabía, eran de alto valor comercial.
Se sentaron en torno a una mesa ovalada de doce puestos quedando Aro frente al rostro impasible del hombre que había compartido su vida con Esmerald y que tenía la suerte de haberse ganado la estima y el cariño de su hijo, cariño que él hasta ese día no había tenido oportunidad de ganar.
―El señor Vulturi está sorprendido por la demanda que la señorita Swan puso en su contra, y que a su parecer parece nada más una forma de llamar su atención… ―dijo el abogado número uno de las filas de Vulturi, un estirado hombre de pelo perfectamente peinado a la gomina que hablaba con altanería mientras Aro no dejaba de mirar a Carlisle, que no se vio cohibido ni había apartado la mirada.
En tanto, Peter soltó un bufido largo y sonoro, mirando con desaprobación al abogado que con ese comentario estaba tratando de provocarlo.
―Según los testimonios creo que la demanda contra el señor Vulturi tiene bastante peso, de lo contrario no nos habrían invitado a esta… "reunión de avenimiento" ―comentó Peter, alzando las manos y dibujando cremillas en el aire. ―Si accedimos a venir fue porque buscamos que el acoso que el señor Vulturi ha estado incurriendo contra mi clienta, que nos llevó a levantar una orden de alejamiento que fue acogida, cuestión que indica que nuestra demanda tiene más peso de la que usted quiere hacer ver…
―Lo que quiero ―tomó la palabra el empresario, mirando a Peter y luego a Carlisle, quien se reacomodó sobre la silla ―es que esto se acabe. No tengo tiempo ni ánimo para enfrentar una demanda, mucho menos presentarme a un juicio que podría poner mi nombre a la luz pública y sacar a flote asuntos que son absolutamente privados, entiende a lo que me refiero.
Carlisle sonrió de lado y estrechó sus ojos, poniendo sus manos sobre la mesa una sobre otra, con movimientos relajados. La mirada ni el entorno ostentoso lograban amedrentarlo.
―Entiendo que hace alusión a su privacidad y todo eso, pero no fue lo que le dio a entender a Isabella cuando la amenazó con mostrar fotografías de ella si no accedía obedecerle, fotografías que dicho sea de paso fueron tomadas sin su consentimiento. Además, existe un video que usted le envió a Edward Masen, actual pareja de la señorita Swan…
―Debía estar seguro ―interrumpió Aro a Carlisle con voz atronadora ―de que mi hijo supiera todo el bagaje que Bella tenía sobre sus hombros. Cualquier padre haría eso por su hijo, ¿no lo cree, abogado Cullen?
Carlisle sabía que Aro estaba haciendo alusión a la relación paternal que él había estrechado con Edward, pero no caería en la tontera de seguirle el juego.
―Honestamente, Aro, no sé qué pretende con Isabella. ¿Por qué no la deja de una vez en paz? Derechamente lo que usted hace con ella es acosarla, ¿por qué no la deja seguir adelante con su vida?
Aro ahogó un gruñido y taladró con la mirada al metiche abogado, ex esposo de Esmerald.
―Como dije, no estoy dispuesto a ventilar mi vida privada con nadie, y Bella forma parte de mi vida privada, y lo que haya entre ambos es algo que solo los dos vamos a conversarlo, no ante un juez ni ante sus abogados ni los míos, solo ella y yo.
―Bueno, ella no piensa lo mismo ―intervino Peter, mirando primero a Aro y luego a los tres remilgados abogados. ―Así que la demanda está en curso y fiscalía acogió la orden de alejamiento, por lo que les recuerdo que si el señor Vulturi insiste en acerarse a menos de doscientos metros de mi defendida, será considerado una falta grave que se consideraría como un agravante en el proceso de investigación.
De lo contrario, si insiste en acercársele y molestarla, la demanda con la historia y todo el detalle estará en manos de la editorial del periódico de más circulación de la ciudad, y cuando eso pase, las acciones de su empresa se irán a pique, y eso a usted no le gustaría, ¿verdad?
Uno de los tres abogados de Vulturi, el más joven que se había quedado en silencio, levantó el dedo para hacer seguramente un comentario, pero el atronador sonido de la mano de Aro golpeando la fina madera de la mesa lo detuvo.
―Eso es una amenaza.
Ni Peter ni Carlisle se sobresaltaron ni mucho menos se asustaron al estallido de furia de Vulturi. Fue entonces Peter el que respondió con toda la calma que le daba saber que eran ellos los que tenían el sartén por el mango.
―Debería estarme agradeciendo que lo ponga en alerta sobre lo que va a ocurrir. Y ciertamente no es una amenaza.
Entonces Aro miró con deseo asesino al altanero abogado y apretó las manos sobre la mesa lacada.
―Todo lo que hicimos fue bajo su consentimiento. Ella sabía lo que hacía.
―No es cierto, de lo contrario no la hubiera amenazado. ―Dijo ahora Carlisle, mirando con desaprobación a Aro, recordando lo mal que Isabella lo había pasado por ese maldito cabrón arrogante ―Lo que usted hizo, lo que permitió que hicieran con ella, se llama violación, y eso es un delito muy grave, ¿lo comprende? Usó drogas para quitarle su voluntad, la amenazó con mostrar fotografías íntimas, así que no me hable de consentimiento. Quizás en un principio ella aceptó, y lo reconoce, pero lo que hiciste después con ella, es asqueroso, y es por eso que vas a pagar.
Entonces Carlisle se puso de pie, siguiéndolo Peter casi al instante, mirando ambos a Vulturi, quien se quedó sentado, hirviendo de rabia, mirándolo como si estuviera planteándose la forma de matarlos.
―La reunión ha terminado. No hay manera que desistamos de la demanda, mucho menos con la actitud del señor Vulturi.
―¿Una buena suma de dinero no los haría desistir? ―preguntó de pronto un abogado de Vulturi. Carlisle y Peter se miraron y soltaron risas incrédulas mientras movían su cabeza, como si no pudieran creer lo que Aro, a través de uno de sus abogados, estaba ofreciéndoles.
Sin añadir nada y apenas moviendo la cabeza en señal de despedida, los abogados de Isabella salieron de ahí, siguiendo el camino que Marianne les indicó, dejando el castillo Vulturi ambos con el mentón levantado, tranquilos, aspirando profundo el aire frio de Leonilde que no daba tregua en ninguna estación del año. Vieron de primera mano la reacción de Vulturi frente a la demanda que apenas una joven chica interponía en su contra, amenazándolo con hacer tambalear su vida pública que siempre servía como ejemplo para otros, empresarialmente hablando. Poner en primera plana la privacidad de la que decía no avergonzarse, pero la que claramente quería esconder.
―Debería despedirlos y contratar a esos dos abogados… ―murmuró Aro, restregándose los dedos en los ojos, inhalando profundo para no perder la compostura y romper todo lo que tuviera a la mano, incluido los rostros de los tres abogados que lo miraban con incomodidad. ―Me aseguraron que sería fácil de llegar a un acuerdo para que ellos desistieran de la demanda, o al menos detuvieran el proceso.
―Me parece que no están dispuestos. ―dijo uno de los tres abogados, tratando de ganarse el beneplácito del jefe, que parecía hervir de rabia. ―La orden de alejamiento es una señal de que es mejor seguir las reglas que ellos ponen, y seguir con la investigación lo más bajo perfil para no dañar su imagen, señor Vulturi.
Aro se levantó y caminó alrededor de la mesa, rodeando a los tres abogados que lo seguían con la vista. Se metió la mano en los bolsillos de su pantalón, pensativo, intentando remitir su rabia, buscando una salida.
―¿Y qué puede ocurrir si la demanda es ganada por ellos?
―Una compensación en efectivo probablemente y… ejem…
―¿Qué? ―preguntó al abogado rubio que carraspeó incómodo.
―No ha pasado mucho tiempo, por lo que podría ir a la cárcel.
Vulturi lanzó una carcajada siniestra y se sacó las manos de los bolsillos poniéndose sobre el pecho, negando con la cabeza como si sus abogados hubieran dicho una estupidez tan grande, que lo hizo reír.
―Yo no voy a ir a la cárcel. ―Se detuvo en la cabecera de la mesa y puso sus palmas sobre ésta, mirando seria y amenazante a sus tres abogados. Todo rastro de risa había desaparecido de su rostro. ―Necesito que averigüen de quien son los testimonios de los que se valieron para la demanda, nadie sería tan estúpido como para hablar cuando hay un asunto judicial de por medio.
―Veremos qué podemos hacer…
―¡No quiero que vean lo que pueden hacer, quiero que lo hagan y que lo hagan bien! ―gritó, sobresaltando a los tres remilgados hombres que sintieron miedo de ese hombre ― ¡No quiero más errores!
Dicho esto, caminó hasta el segundo piso encerrándose en su despacho y ganándose justo frente al ventanal para pensar en sus siguientes pasos a seguir… porque malditamente nadie iba a decirle lo que tenía que hacer, por lo que Bella tendría que acceder a una aclaratoria reunión con él en privado si no quería sacar lo peor de él.
**oo**
Ángela, Alice e Isabella encontraron un momento para reunirse y hablar sobre lo ocurrido la noche anterior con Gianna. Sin duda la hija de Vulturi había recibido más información que nunca antes, haciendo tambalear su vida, sobre todo después de lo de la noche anterior.
Alice y Jasper que se quedaron acompañando a Ángela y la mujer que se decía su madre, aunque se retiraron al antiguo cuarto de Alice donde esperaron a que madre e hija hablaran con calma.
―Papá tenía razón cuando me decía que había una parte de la historia que había omitido por el bien mío ―comentó Ángela, jugueteando distraídamente con una cuchara de plástico. Alice e Isabella se miraron en silencio, un poco incómodas a la alusión de Aro que Ángela distraídamente había hecho. ―Mi madre me entregó a cambio de dinero que malgastó en vicios. ¿Se dan cuenta?
―Vaya padres que te gastas…
Isabella propinó un codazo a su amiga después de hacer ese comentario del que al parecer Ángela no se percató, porque siguió hablando como si nada.
―Y sé que me buscó porque está viviendo como una mendiga, porque quiere ver si consigue dinero a través de mí… ¿pero es de ilusa decir que vi arrepentimiento ayer que hablamos?
―¿Arrepentimiento? ―preguntó Isabella, levantando una ceja. Ángela se alzó de hombros, soltando la cucharita de plástico.
―Me lo dijo, me dijo que estaba arrepentida, pero que no tenía de otra, de lo contrario hubiera tenido que criarme en la depravación de la que ella vivía. Sé que no puedo hacer caso a sus palabras cuando se lo que quiere, ¿pero será muy tarde para rescatarla?
―Creo que nunca es tarde cuando se trata de una madre ―la animó Isabella con una sonrisa, estirando sus manos hasta tomar las de ella por sobre la mesa ― Y es loable lo que quieres hacer, en tratar de darle otra oportunidad, de que tú como hija le enseñes lo que ella debería haberte enseñado a ti.
Ángela agradeció la sonrisa y apretó las manos de la amiga a quien hace poco tiempo había recuperado, sintiéndose libre de hablar sobre lo vivido con su madre la noche anterior.
―Me dijo que había desaparecido después que papá le diera lo que le pidió, e incluso más. Derrochó todo en un corto tiempo, después de eso buscó un trabajo normal encontrando uno de camarera, pero se aburrió porque decía que era mucho trabajo y poca paga.
Rentaba un cuarto de mala muerte hasta que se encontró con… con un cliente que frecuentaba el club de sexo donde decía, le iba muy bien. Él había viajado por negocios a la ciudad donde ella vivía en aquel entonces y la animó a regresar, pues pese a los años, se mantenía muy bien y más de alguien pelearía por estar con ella y pagar bien por eso. Me habló de su historia con mi padre, y de cuando volvió a verlo, esta vez con otra chiquilla que como ella en el pasado, colgaba de su brazo.
Isabella bajó la cabeza y arrugó el mentón sintiendo mucha vergüenza, pero pronto las manos de Ángela volvieron a apretar las suyas hasta que Isabella levantó otra vez el rostro y se encontró con los ojos de su amiga.
―Ya te lo dije, no voy a juzgarte por lo que hayas decidido hacer en tu vida privada, solo me dolió que no confiaras en mí, que no me lo contaras. Así que no tienes de qué avergonzarte, además tu no eras una puta como mi madre, era la pareja de alguien que accedió a ir a ese lugar y probar cosas nuevas…
―Es muy doloroso saber que podría haber tomado mejores decisiones y me podría haber evitado todo este… pesar. ―respondió Isabella con voz quedadita, como si la vergüenza de saber aquello fuera más fuerte.
―Pasó lo que pasó, Isa. Ahora hay que seguir adelante, ya lo sabes ―intervino Alice, chocando su hombro con el de su amiga, a la que tenía sentada junto.
Entonces Ángela deseando dejar esos temas oscuros a un lado, inspiró profundo y palmeó las manos, mirándola ambas amigas con diversión.
―¡Es verdad, hay que seguir adelante! Hay dos niños que vienen en camino y a los que pretendo malcriar tanto como pueda…
―Antes de eso, dime lo que hiciste con Gianna, ¿la dejaron en el apartamento de Alice? ―quiso saber Isabella antes de cerrar el tema, saliendo Alice a responder en una rotunda exclamación.
―¡Dios, no!
Ángela miró a Alice y rodó los ojos, volviéndose hacia su amiga de ojos verde agua y rostro pálido que la miraba esperando una respuesta.
―Por supuesto que no. La llevé a un hotel donde le pedí se quedara. No era necesario que siguiera yendo al hospital y ponerse en evidencia, porque los hombres de mi padre siguen tras ella.
―¿No sería mejor que le dijeras a tu padre que has hablado con Gianna? ―le aconsejó Isabella ―Seria peor que se enterara por sus propios medios, ¿no dices que tiene hombres siguiéndote también? Podría descubrirte a través de ellos y cobrársela a tu madre.
―Tienes razón, hoy mismo hablaré con él. Pero mejor coordinemos algo para esta tarde, estoy ansiosa por salir de compras y estoy segura que ninguna ha comenzado a comprar nada para sus bebés…
―Jasper ya le tiene el uniforme que va a ocupar cuando entre a la escuela… ―comentó Alice meneando la cabeza, mientras sus otras dos colegas se reían. Jasper era capaz de eso y de mucho más. Su entusiasmo parecía estarlo volviendo loco de amor por su hijo.
―Nos hará bien distraernos, no creen. ―Dijo Isabella, deseando poder pasar un momento divertido junto a ellas. ―A mí me parece buena idea.
―Tendrás que adelantarte y esperarnos en el centro comercial. Eres la que sale primero del trabajo.
―Las espero allá. No tengo problema. ―le respondió a Alice, mirándola hora en su celular, levantándose apresuradamente y despidiéndose a la carrera para regresar a su trabajo. Gracias a Dios usaba cómodos tenis que le permitían correr de un lado a otro.
Cuando llegó al piso de cardiología donde trabajaba, el doctor Ananías bromeó con ella, aludiendo que solo tenía esas ventajas en el trabajo, primero por su embarazo y luego porque era amigo del doctor jefe del departamento de cardiología que en ese momento parecía un manicomio, aunque ninguno se quejaba porque todos quienes trabajaban allí lo hacían amando lo que hacían. Salvar vidas no era algo menor, sino algo de lo que debían sentirse orgullosos, eso al menos pensaba Isabella.
Al salir, llamó a Edward, quien iba de camino a su próxima clase en la facultad de arte en la Universidad de Leonilde, donde dijo ir con ánimo de hacer sufrir a un par de alumnos. Isabella por cierto le llamó la atención pidiéndole que fuera bueno con sus muchachos, a lo que el músico contestó:
―¡Por supuesto que no!
Salió del trabajo a la hora estipulada y fue hasta el centro comercial donde se reuniría con sus amigas, pensando en que aprovecharía para comprarse algo bonito con lo que sorprender a Edward, lencería de esa que él decía, gustaba acariciar antes de arrancársela.
Entró a una tienda Victoria's Secret donde miró varios conjuntos de color blanco y encaje que estaban colgados en un sector al fondo de la tienda. Estuvo por mucho tiempo acariciando la delicada tela con admiración preguntándose hasta cuándo podría usar esos conjuntos antes de convertirse en una ballena andante.
"No es un reclamo, hijito" pensó, poniendo una mano sobre su vientre, hablándole al niño que cargaba en el vientre.
―Estoy ansioso de verte en un conjunto como ese.
Isabella al instante se sobresaltó y se giró hacia la voz que provocó que sus músculos se tensaran y que la sangre en sus venas se helara. Automáticamente dio un paso atrás y lo miró espantada, como si se hubiera encontrado con un monstruo, que para ella efectivamente lo era.
―No puedes… no puedes estar aquí…
―Es un lugar público. ―respondió él, con su sonrisa triunfal muy bien puesta en su rostro. Pero ella, con todas sus fuerzas, intentó no sentirse amedrentada por él.
―Sabes de lo que hablo. Hay una orden que te impide estar cerca de mi…
―Bella mía, podría darte cualquier cosa que me pidas, cualquier cosa, menos esa tontera de mantenerme alejado de ti. ―Estiró la mano cubierta por sus guantes negros con el fin de acariciarle el rostro, pero ella se apartó antes de permitírselo ―Eso ha sido demasiado y es todo lo que estoy dispuesto a soportar, así en adelante harás lo que te diga…
―¡No!
Entonces el rostro del empresario se endureció y sus ojos verdes adquirieron un matiz oscuro y amenazador que hizo estremecer a Isabella, inquietándola.
―Bella, no me hagas enojar porque no sabes de lo que soy capaz. Ahora, nena, pon atención a esto: nos reuniremos en una hora en el café de la terraza del Hotel Iris. Si no vas, daré la orden a los hombres que siguen al cura Marcus y a Edward que se dejen caer sobre ellos. Así te darás cuenta que mientras más demores en aceptarme, más gente irá desapareciendo a tu alrededor hasta que te quedes sola y no te quede de otra que volver a mí, ¿lo comprendes? Una hora cariño, un café, una charla amena, es todo lo que pido hoy… de momento.
Le acarició la cara y salió de la tienda con paso seguro y espalda recta, dándole a las mujeres que estaban ahí y que se lo quedaban mirando, un buen espectáculo.
Isabella en tanto se afirmó en la pared más cercana, poniendo la mano sobre su pecho justo donde sentía su corazón desbocado latir, desesperado así como se sentía ella.
La enfermera sabía que Aro Vulturi no hacía amenazas a la ligera y que era más que probable que si decía tener a gente siguiendo a su tío y a Edward, sería cierto, aunque al amenazar a Edward, echaba a tierra su deseo de acercarse a quien decía era su hijo.
Apresurada y no pensando en lo que hacía, salió minutos más tarde de la tienda de lencería sin haber comprado nada, metiéndose a un elevador para salir por la puerta principal, sentándose en un banco al aire libre, donde inspiró el viento halado de enero que corría suavemente. Sabía que tenía que reunirse con Aro porque de lo contrario él cumpliría su amenaza y no la dejaría en paz, ni a ella ni a nadie. Se iría antes que sus amigas llegaran porque la descubrirían, sobre todo Alice que la conocía muy bien y notaria sus nervios y cuando mintiera diciendo que otra cosa se había presentado. Ni pensar en decirle a Edward o a su madre, porque saltarían para evitar el encuentro, y no los culpaba, si ella pudiera hacerlo, lo haría y pasaría de reunirse con él.
Se levantó de la banca de madera donde estuvo sentada pensando por al menos cinco o diez minutos. Se abrochó el abrigo negro de cuello alto que estaba usando y se dirigió camino al sector de los taxis donde se montó en uno, pidiéndole que la llevara al lujoso Hotel Iris, mientras envía un mensaje a Alice, pidiéndole disculpas porque algo se había presentado, no detallándole qué cosa.
Se bajó del taxi que la dejó justo en la puerta de entrada doble de vidrio. Se quedó quieta mirando el acceso del elegante hotel al que llegó al menos con media hora de anticipación. Inspiró profundo, deseando que sus nervios cedieran mientras se preguntaba si había hecho lo correcto yendo a la cita y quebrantando la orden de alejamiento que pidieron para ella, ¿pero sería eso suficiente esa medida para tenerla al resguardo?
Tragó grueso y caminó despacio atravesando las puertas de vidrio con paso vacilante sonriendo con tirantez cuando el portero le saludó con zalamera cordialidad para luego indicarle el sector de los elevadores que la llevaría a la terraza del hotel.
El viaje en elevador se le hizo demasiado corto, abriéndose de repente las puertas, donde la recibió una mujer vestida con traje azul de dos piezas, peinada con un moño alto, muy bien maquillada, que la recibió y le dio la bienvenida con su nombre y apellido.
―El señor Vulturi la está esperando ―dijo la mujer, indicándole que la siguiera por entre las mesas vacías del restaurante que a esa hora tendría que tener comensales pululando por ahí.
Salieron hasta la terraza, donde la empleada la dejó a solas, acercándose Isabella hasta el vidrial que rodeaba el espacio y que dejaba ver la mejor vista de Leonilde que se pudiera dar en cualquier lugar.
Se acercó hasta allí, ignorando la vibración de su teléfono que había guardado en el bolsillo y sobresaltándose cuando desde su espalda, oyó la voz del hombre que la esperaba.
―Mi Bella, me sobrecoge que llegues media hora antes de nuestra cita, como si estuvieras ansiosa de verme…
Aro se había quitado el abrigo negro y los guantes, quedando vestido con sus pantalones de talle perfecto, una camisa blanca y un chaleco negro, viéndose del todo esbelto, con el cuerpo trabajado incluso para la edad que tenía.
Él alzó ambos brazos en señal de bienvenida, deseando poder abrazarla, pero se contuvo deseando evitar que se asustara, aunque no entendía como una mujer que alguna vez gozó entre ellos ahora podría sentir recelo.
Ella miró hacia todos lados, preguntándose donde estaban las demás personas que por lo general inundaban ese tipo de restaurantes, pero que en ese momento se encontraba vacío. Enseguida lo miró mostrándole su rostro enfadado.
―Lo que ansío en librarme de ti de una vez por todas, ¿por qué no puedes entenderlo?
Él torció la cabeza a la forma tan adorable que ella tenía de enojarse, pero no repararía en eso, no quería hacerla enojar.
―No hablaré contigo aquí, de pie, cuando pedí que prepararan una estupenda mesa para hablar más tranquilamente.
―No tengo hambre ―protestó, cruzándose de brazos. Él se cruzó de brazos y torció la cabeza, insistiendo.
―Tienes que alimentarte, por ti y el bebé. No queremos que nazca débil, ¿verdad? Ven, nena, acompáñame.
―¡¿Qué es lo que quieres, Aro?! ¡¿Por qué no me dejas en paz?!
Entonces él dio un paso hacia ella, quedando muy cerca de su pequeño cuerpo enfundado en su abrigo negro que la hacía verse bien. Miró sus ojos y se mordió el labio, deseando en verdad morder no solo el labio de la chica, sino cualquier otra porción de su cuerpo lozano y juvenil. Inhaló y sintió el perfume que ella solía usar, haciéndosele agua la boca.
―Una noche, Bella, una noche bastará para que vuelvas a mi, para que te des cuenta que en realidad andas buscándome en el cuerpo de otro, que en verdad es a mí a quien extrañas… admítelo, cede y pasa una noche conmigo, después no tendré que perseguirte, porque tú misma por tus propios medios volverás a mi lado, de donde no tendrías que haber salido…
Isabella se quedó mirando al hombre a quien antes habría seguido sin pensárselo dos veces, mirando directo a sus ojos verdes, llenos de ansia por que ella le diera una respuesta, el sí que esperaba para demostrarle que la energía que serpenteó en el pasado entre ellos y los ligó inevitablemente seguía fuerte, seguía viva.
―Tengo que pensarlo… ―dijo sin saber por qué, haciendo que en el rostro del hombre se iluminara con una sonrisa llena de esperanzas.
―Alimentas mi ilusión, y eso es bueno, porque no eres tan cruel como para jugar conmigo o con cualquiera. Ahora ven, vamos a comer y hablar como en los viejos tiempos, solo eso, puedes irte cuando quieras pero antes come algo conmigo, por favor…
Isabella asintió, porque negarse quizás lo provocaría. Además sabía que si ella deseaba irse al cabo de diez minutos, la dejaría, y era mejor así. Quizás en ese tiempo lograra hacer que bajara la guardia, quizás lo convencía de seguir adelante, preocuparse de su hija y ayudarla con Gianna, por el bien de Ángela, por lo que se sentó a la mesa de la terraza del restaurante que seguro Aro hizo cerrar para tener privacidad con Isabella, pues tenía claro que estaba quebrantando una ordenanza judicial acercándose a ella. Pero no le importaba, no cuando su futuro con ella estaba a punto de cambiar a su favor.
**oo**
"Biogenetics" es el nombre del laboratorio desde donde Esmerald salía en aquel momento, sujetando entre sus manos un sobre blanco que contenía el resultado de un análisis de paternidad entre Aro Vulturi y Edward Masen.
Había llevado hace dos días las muestras de cabello, la que le arrancó a Aro después de haber follado con él y el mechó de cabello de Edward que guardaba celosamente entre sus pertenencias, esto cuando él mismo siendo un niño se lo regaló, después que tuvieran que cortárselo.
Se metió en su coche, dejando su cartera de cuero burdeo en el asiento de junto, mirando el sobre blanco y sellado, que tenía su nombre en el frontis. ¿Por qué no la leía? Podría develar de una vez la verdad sobre lo que tan firmemente aseguraba Aro sobre su paternidad sobre Edward, podría confirmar los dichos del empresario y seguir salvaguardando la seguridad de su hijo como ella insistía en llamar a Edward, pues si Aro confirmaba que él no era nada suyo y con toda esa guerrilla de recuperar a la puta enfermera, no demoraría en darle un tiro a Edward con tal de sacarlo del camino, nada lo detendría.
Pero en cambio, si Edward confirmaba que ese hombre no era nada suyo, sabía que se quitaría un peso de encima, y quizás, solo quizás, Edward la vería por primera vez en mucho tiempo con agrado por haberle llevado esa noticia… pero su vida correría peligro.
Además, fuera cual fuera el resultado, Edward estaba ligado a esa enfermera de forma irremediable a través de esa criatura que crecía en el vientre de la muchacha… claro, a ni ser de que por alguna triste circunstancia.
En todo eso pensaba Esme mientras conducía su coche por las calles de la ciudad sin un destino claro donde llegar, mirando de reojo el sobre que había dejado en el salpicadero del vehículo y meditando sobre cuál debía de ser su destino.
Entonces decide hacer algo bueno en esta vida y enfila hacia la Universidad de Leonilde donde sabe que Edward está impartiendo clases. Pone el pie en el acelerador y enfila por la carretera hacia allí, mirando la pantalla del teléfono que dejó a un lado cuando oye el timbre del aparato repicar. Como poco manejaba, nunca se dio el trabajo de conectar el aparato al altavoz del vehículo, por lo que tuvo que tomarlo y descolgarlo para contestar, lo que no llegó a ocurrir, pues su pie derecho pisaba a fondo el acelerador y no alcanzó a reaccionar a un signo pare, estampando su auto contra un camión de carga.
El interlocutor de la llamada entrante en el teléfono de Esme quedó con el aparato en la mano, mientras su cejo se arrugaba profusamente al oír el estallido, imaginándose lo peor.
Carlisle estaba intentando comunicarse con Esmerald y pedirle explicaciones, ya que el día anterior había dejado plantada a Jane, que se quedó esperándola sentada y lista para salir. Estaba entusiasmada de que su mamá la acompañara al ensayo de Cello y viera lo bien que tocaba, pero eso no ocurrió pues su madre al parecer había olvidado completamente ese compromiso. Por eso estaba llamando Carlisle a Esme, para reclamarle, pero se quedó con el teléfono en la mano oyendo el estruendo y las bocinas que tocaban descontroladamente.
―¡¿Esmerald?! ¡¿Esme, sigues ahí?! ¡Responde! ―gritaba él, pero su voz se perdía en la cacofonía de sonidos estruendosos que auguraban lo peor.
**oo**
Edward entró a su apartamento algo preocupado, dejando el bolso en el sillón y se quitó la chaqueta de cuero tirándola sobre el sofá de camino al cuarto.
Después de que Alice lo llamara preguntándole cuál era el compromiso que le salió a Isabella en último momento y que arruinó sus planes de una tarde en el centro comercial.
Él le dijo que no tenía idea, pero que lo averiguaría. Llamó a Isabela varias veces pero ella nada que contestaba, por lo que su ansiedad y su preocupación fueron en aumento, tanto que le costó concentrarse en las clases, acabándolas antes de la hora para retirarse, pues tenía un mal presentimiento que no lo dejaba en paz.
Logró comunicarse con ella y ésta se oía muy nerviosa e insistió en que él llegara al apartamento para hablar de lo que había ocurrido, por lo que el músico enfiló a su casa y se dirigió directo al dormitorio donde ella lo esperaba, sentada sobre la cama.
―Oye, me tenías preocupado. ― Se inclinó hacia ella y le besó en los labios, levantándole el mentón con sus dedos. Ella le sonrió, respondiendo a su beso de bienvenida. ―¿Qué ha pasado?
Entrelazó sus dedos y los observó como si allí encontrara las respuestas a sus preguntas. Mirándolos le habló:
―Yo… sé que vas a enfadarte, pero tenía que hacerlo.
―¿Hacer qué?
Entonces respiró profundo y soltó la información de una sola vez. ―Aro me encontró en una tienda del centro comercial mientras esperaba a las muchachas
―¿Te hizo algo? ―preguntó él, preocupado, sentándose junto a ella y abrazándola. Ella negó con la cabeza, mirándolo y diciéndole la segunda parte de la información.
―No, pero me pidió que nos reuniéramos a conversar.
―Y supongo que tu no accediste ―cuando ella bajó el rostro con vergüenza, él se puso de pie, desesperado, alzó el rostro al cielo y suspiró hondo, lanzando una maldición. ―¡Mierda, Isabella! ¿Qué pretendes?
―Me amenazó con hacerle algo a mi tío o a ti si no accedía. ―explicó Isabella, pero él no justificaba su accionar ni siquiera con eso.
―¡Bobadas! Ese tipo incumplió una medida judicial y hay que denunciarlo…
―No
Edward la miró con su frente arrugada, extrañándole la manera en que ella se había negado tan rotundamente.
―¿Cómo de que no? ¿Lo estás defendiendo?
―No, pero sería provocarlo. ―explicó con calma, tratando que él también se calmara ―Además, él solo quería hablar, y lo hicimos en un lugar público, no sería capaz de hacerme daño ahí…
―No puedo creer que lo estés defendiendo. ¿Acaso has cambiado de opinión y quieres volver a intentarlo con él? Porque puedes decirlo, así nos ahorramos todo este pesar, ¿no crees?
Y él salió furioso primero de la habitación, luego del apartamento, azotando la puerta detrás de él. Mientras, ella se quedaba a solas en la habitación, oyendo el sonido seco del golpe de la puerta al cerrarse y el eco de las palabras de Edward martillándole la cabeza y el corazón. Se abrazó a su estómago, protegiendo a su niño y repitiéndose que él había dicho eso producto del enojo… y que no lo culpaba. ¿No sería mejor dejar todo hasta allí y apartar el peligro de todos quienes la rodeaban, incluyendo al mismo Edward?
Se dejó caer de espaldas sobre la cama y sintió las lágrimas correr a la vez que su pecho se apretaba, oyendo aún el tono acusatorio en las palabras de Edward.
Después de un rato de lamentarse en silencio, se levantó para ir hasta la cocina y beber un vaso de agua. Llamó a su mamá que se encontraba en la iglesia con su tío Marcus, y que se quedaría allí un buen rato, hasta que su amigo Peter fuera por ella y la llevara a casa. Le preguntó si le pasaba algo y solo le dijo que había tenido una discusión con Edward, afirmando Renée con mucha confianza que seguro era de esas discusiones que se superan con facilidad. Le recordó que alimentara a Kal-El que aún estaba acostumbrándose a su nueva casa y que no se preocupara, que todo estaría bien, que lo único que tenía que hacer ella era descansar, y no olvidar de que a veces los hombres son unos estúpidos. Eso último hizo reír a Isabella, que colgó con algo más de calma después de haber oído a su madre.
Se sentó frente al mesón de granito de la cocina, rezando porque Edward regresara y la escuchara. Que supiera que no era estúpida como para ponerse en peligro, y que jamás lo dejaría a menos que él ya no la quisiera a su lado, mucho menos que regresaría al lado de alguien que se aprovechó de lo que alguna vez sintió por él.
Mientras pensaba y jugueteaba con el borde su vaso de agua, oyó el timbre de la puerta y corrió hacia allí rogando que fuera Edward y que por el apuro y la rabia, haya salido sin sus llaves, pero no es el que está en la puerta, sino Ángela y Alice, que llegaron preocupadas después que Isa no llegara al encuentro.
―¿Nos puedes decir qué pasó? ―protestó Alice al entrar ―Llamamos a Edward y no tenía idea de nada, volvimos a llamarlo y nos pidió que viniéramos y que te hiciéramos entrar en razón…
―¿Qué pasa? ―insistió Ángela al ver el rostro triste de su amiga.
Isabella dejó caer sus hombros y las invitó a pasar a la sala, donde tras sentarse les contó el por qué de la rabia de Edward. Alice gruñía entendiendo la rabia de Edward, mientras Ángela se ponía de lado de Isabella, sabiendo ella que era mejor tener a su padre como aliado que como enemigo. Quizás que ella haya accedido a reunirse esa tarde con él, bajaría la guardia y lo haría relajarse.
―¿Y para qué te quería? ―preguntó Ángela. Isabella respondió, poniéndose las manos sobre el vientre.
―Para convencerme… me dijo que bastaría una noche con él para hacerme regresar a su lado… le dije que lo pensaría…
―¡¿Qué?! ¡¿Estás loca?! ―la regañó Alice con fuerza ― ¡Con razón Edward estaba como loco?
―Edward ni siquiera quiso escuchar lo que hablé con él, simplemente se enfureció porque accedí a reunirme con él.
Alice bufó, golpeando las manos contra las piernas. Su amiga se había vuelto loca y extrañamente temeraria. Ángela en tanto, intentaba ponerse en el lugar de Isabella y calmar el ambiente que estaba siendo dominado por la rabia de Alice, que era pura preocupación.
―¿Y qué pretendías reuniéndote con él? ―preguntó suavemente la hija de Vulturi.
―Primero entré en pánico cuando lo encontré en el centro comercial. Estaba en una tienda de lencería esperándolas… de pronto lo vi a mi lado y me dijo que si no accedía a hablar con él, sus hombres se dejarían caer sobre Edward y sobre mi tío… eso me puso histérica.
―¡Deberías haber llamado a tus abogados! ―gritó Alice, que pensaba que en cualquier momento iba a dar a luz a su hijo de apenas unas semanas de gestación, a lo que Isabella respondió desesperada.
―¡Pues no lo pensé! Lo único que quiero es que esto se acabe y estar tranquila, esperar a mi hijo en paz, estar con Edward en paz…
―Entonces te pidió que se reunieran en un lugar público, eso es para darte confianza, de lo contrario podría haberte empujado de ir a casa, eso hubiera sido diferente ―pensó Ángela en voz alta, a lo que Isabella respondía en acuerdo con esa conclusión.
―Es lo que pensé. Y también creí poder sacar provecho, no sé, hacer entrarlo en razón por las buenas. Alguna vez sentí algo por él, alguna vez él fue bueno conmigo, ¿por qué las cosas no pueden terminar bien?
―¡Porque ese tipo es un desquiciado y está loco! ―volvió a exclamar Alice, mirando a Ángela enseguida ―Perdona Ángela.
La aludida miró a Alice sin darle importancia, quitándose la bufanda roja que iba atada alrededor de su cuello y soltándose el cabello castaño. Se rascó la nuca pensando en la forma de actuar de su progenitor.
―Me cuesta creer que mi papá esté haciendo todo esto solo para cumplir un capricho. Yo creo que te ama y está desesperado… pero tratando de hacerte volver con él usando su poder y todo lo que puede conseguir a través de él, pasando por encima de gente inocente… aún me cuesta creer que te haya llevado a ese lugar y haya dejado que esos hombres… Y no lo digo porque no te crea, sino que pensé que lo conocía y que jamás sería capaz de hacer algo así… ¡Dios, si podría haber sido yo!
Alice torció la boca y se sentó para rodearla Ángela por los hombros dándole ánimo porque enterarse de que el padre de una es un monstruo en su tiempo libre es un gran y duro golpe que la chica estaba recibiendo en ese momento… y no solo su padre, sino que su madre igual de loca que el padre, había regresado como una pordiosera a buscarla, y a la chica no le había importado eso, sino que intentaría rescatar a su madre y por qué no, crear lazos con ella, como nunca los tuvo.
Las tres chicas se quedaron en silencio, pensando y sacando conclusiones, hasta que Ángela levantó la cabeza y extendió su mano hasta el brazo de Isabella
―Acepta.
Alice se apartó y la miró como si la chica a la que sujetaba por los hombros también se hubiera vuelto loca.
―¿Qué… que cosa?
―Acepta reunirte esa noche con mi padre, como él te lo pidió. Dile que se reunirán en el club de sexo, y que ahí lo esperarás para darle lo que quiere…
―¡Te volviste loca o qué! ¡¿Acaso has estado cerca de Isa todo este tiempo para lavarle la mente y convencerla…?!
―No Alice, jamás haría eso. Simplemente me veo en la necesidad de ayudarla, y quien más que yo para hacerlo
―Ayudarla llevándola a ese lugar para que folle con tu viejo…
―Isabella ni siquiera tendrá que ir, porque quien irá seré yo.
Isabella que se había mantenido en silencio mientras las otras dos enfermeras discutían, ahogó un grito y sintió mareos, mientras Alice miraba a Ángela como si a ésta le hubiera salido otra cabeza.
―¿Qué pretendes?
―Pretendo que abra los ojos y se dé cuenta de lo que está haciendo. ¿Han oído hablar de la terapia de shock? Pues eso es lo que recibirá mi padre cuando vea a su hija en ese lugar, recibiendo esa clase de tratos denigrantes, usadas como si fueran un artefacto, sin dignidad ni amor propio, solo a cambio de un poco de placer y atenciones pasajeras. En verdad no entiendo como mujeres buscan ese tipo de vida…
―Decir que no es lo que Aro nunca me perdonó. Yo sé y entiendo que cuando hay confianza, respeto y amor en la pareja, todo está permitido, pero cuando la persona en la que confiaste abre esa intimidad y permite que otros abusen, eso ya no es amor, ni mucho menos respeto.
Otra vez calló el silencio sobre las muchachas, mientras cada una sacaba conclusiones y decidía si el plan de Ángela era una buena idea.
―Ángela, no puedo permitir que hagas eso.
―No va a pasarme nada, solo voy allí y le doy una lección. Es todo.
**oo**
Cuando Carlisle se comunicó con Edward, éste estaba en dentro de su coche estacionado frente a la playa y oyendo a Puccini a todo volumen dentro de su coche. Cerraba los ojos e inhalaba el aire frío que entraba por las ventanas a medio abrir.
Ni siquiera quería pensar en la idea de Isabella reuniéndose con Aro, intentando hacerse la valiente y poniéndose en peligro ella y el bebé. Estaba intentando calmarse para regresar y hablar con ella, pero antes de conseguirlo, la llamada de Carlisle interrumpió su intento de meditación. Esperaba que le tuviera buenas noticias.
―Carlisle.
―Edward… hijo, necesito que me ayudes.
Lamentablemente el tono de voz del abogado no presagiaba una buena noticia, por lo que el músico se preparó para oír lo que Carlisle le iba a decir.
—¿Qué sucedió?
―Un accidente… estoy en el hospital…
Edward se hizo hacia adelante, sujetando el volante fuertemente con su mano desocupada. La preocupación crepitó en su pecho, imaginándose lo peor.
―¿Te pasó algo? ¿Estás bien?
―Sí, sí…
―¿Le pasó algo a Jane?
―No, Edward, se trata de Esmerald… ella, ella tuvo un accidente…
Edward apretó los dientes y su vista quedó fija en el océano.
―Un accidente automovilístico. La trajeron al hospital, pero no pudieron hacer nada. Ella falleció cuando la estaban tratando.
El joven músico pestañeó y no estuvo seguro de lo que sintió en ese momento. Carlisle al otro lado del teléfono seguía hablando, dándole los detalles del accidente que le quitó la vida a la mujer que arruinó la suya en un momento donde él era un chico indefenso. ¿Qué era lo que tenía que sentir?
―Escúchame, Carlisle, voy al hospital en este momento. Espera ahí por favor.
―Gracias, gracias hijo.
Colgó y arrancó el motor del coche, pensando en que debía llamar a Isabella para informarle y que no se preocupara, pero no lo hizo, aún seguía molesto y era urgente que fuera a acompañar a Carlisle para lo que necesitara. Lo haría por él y se olvidaría de lo confuso que era todo para él en ese momento.
