N/A: Las palabras mal escritas, en cursiva, son intencionales.
Este cap. va a dedicado a: I love Okikagu, Mi-chan, Lu89, Catanoe, Yunia-san, Karunebulous, y Marisa, que hacen posible que este fic cobre vida, y me alientan a esforzarme un poco más. Muchas gracias.
Más comentarios al final.
Capítulo 7
Sougo Okita era la clase de chico que jamás se acobardaría ante un desafío —pues le gustaban los retos—, y bien sabía mantener su postura hasta el final, incluso cuando era derrotado.
Solía ser sombrío algunas veces, principalmente cuando tomaba un sable de madera y lo mantenía entre sus manos; la mayoría de los presentes se amedrentaba tan solo con la mirada de asesino serial que le nacía como por arte de magia. Daba la sensación de que se transformaba al sostener, tan siquiera un palo, aunque fuese de juguete —él sabría cómo convertirla en una potente arma, ya se había visto antes—.
Su círculo de amigos era muy pequeño en realidad, caminaba acompañado de tres o cuatro alumnos del mismo salón o club, y otras veces simplemente se sentaba solo en una banca despoblada a consumir bebidas no deseadas.
Era revoltoso y rebelde, como todos los adolescentes de su característica edad, y tenía grandes dificultades para corresponder a las autoridades, sobre todo, a la de cierto rector de preparatoria con flequillo en V, que gustaba de ponerle mayonesa a cualquier cosa que pudiera ser comestible.
También solía ser propenso a convertirse en el abusador de los de menor año (y todo aquel que pudiera proporcionarle diversión), o proclamarse como "amo y señor" cuando alguna estudiante caía rendida a sus pies, dejándose arrastrar como su "perra personal". (Aunque nunca se encontraba con ellas más de dos o tres veces; eran poco más que desechables.)
A todo esto, se le sumaba, además, la insistente decisión de adoptar un comportamiento kamikaze al empeñarse en provocar —y burlar— al "adicto a la mayonesa", como le decía una gran mayoría, y, sobre todo, a la muchacha más impetuosa y de fuerte temperamento de todo el colegio. Y era un hecho que la elegía a ella, como primera opción, para extralimitarse en sus bromas y travesuras, aunque ello significara un riesgo a su salud física; en el caso del tipo, era mero desprecio hacia su persona, nada más.
Soyo, a menudo, acostumbraba a recopilar y observar cada pequeño detalle y característica de este "ejemplo" de alumno, con la esperanza de encontrar alguna compatibilidad con la de su amiga. Repasaba una y mil veces los comportamientos, actitudes, gustos y pasatiempos de cada uno (hasta había llegado a realizar dos columnas con dichas características, para luego poder unirlas a las del contrario), pero por más que se partía la cabeza pensando y analizando, no encontraba tales puntos en común, y eso la acongojaba de sobremanera.
ooOoo
Como imaginó, su amiga no tardó en dar la orden para volver a encontrarse con él, esta vez, en el receso. (En el mismo lugar, detrás del salón de natación).
Había reflexionado sobre la pequeña "distorsión" que había hecho al mencionar lo del saludo. Pero, ahondando en sus pensamientos, encontró el pretexto perfecto que necesitaba para excusarse a sí misma. Ella misma había dicho al rector "así es como nos saludamos siempre", y creyó que, haciendo honor a sus palabras, era su deber mantener dicha tradición. Después de todo, así se llevaban siempre, no sería ninguna sorpresa.
Apenas él puso un pie al alcance de su vista, la joven de cabellos de fuego lo recibió con una literal lluvia de escupitajos, bañándole no solo el rostro —levemente perplejo—, sino también parte del cuello de su camisa y algunos mechones de pelo. Y, luego de aquella pequeña muestra de su amor, le dedicó un versado rosario de sus mejores y más "elegantes" palabras, que Soyo preferiría olvidar que las oyó.
El chico no entendía muy bien lo que estaba sucediendo, pero, según creyó ella, debió pensar que se trataba de esos ataques típicos de las mujeres, en sus días sensibles. Y, cuando la chica se marchó y él pronunció un "Estúpida lunática. Menudo charco de histeria te has vuelto", supuso que había dado en el blanco.
ooOoo
—Tenemos que hablar, Kagura. No puedes seguir de esta manera.
—Sí, bueno, sé que tengo que mejorar las notas pero es que algebra es tan difícil. Tú podrías ayudarme, ¿no? Anda, di que sí.
—Em… sí, te ayudaré con algebra, pero yo estoy hablando…
—¡Perfecto! ¿Entonces a las cinco en tu casa?
—Sí, claro. Pero yo me refiero…
—Bueno, tengo algo que hacer, eh. No pases a buscarme después de clases, te veré allá. Adiós.
—Pero, Kagura… —fue todo lo que pudo decir, antes de ver desaparecer a su amiga hacia una dirección que ella desconocía. Estaba segura de que tramaba algo, y presentía que no sería nada bueno.
ooOoo
—¿Vas a decirme ya en qué andabas?
—Soyo, amiga, ¿me crees capaz de hacer maldades?
—No es lo que insinuaba, pero sí, lo creo.
—Qué desconfiada eres, eh. Descuida, no fui por ahí forzando casilleros y llenándolos de m*****. No, nada de eso. Ni lo pienses.
Soyo se llevó angustiada una mano a la frente en señal de desaprobación.
ooOoo
Había llegado el momento en el que ambas debían ejecutar esa clásica charla de amigas y que tanto les hacía falta, sobre todo a la desorientada Kagura, quien, según Soyo, no tenía idea de cómo atraer adecuadamente la atención del hombre de sus sueños. Tampoco esperaba que lo supiera de buenas a primera, ella apenas se estaba iniciando en ese largo camino hacia el romance por el que todo ser humano atraviesa alguna vez en su vida. Era normal suponer que la muchacha desconociera las palabras delicadeza, seducción, cortejo, amabilidad o atención. La creía la campeona olímpica de la ignorancia en cuanto relaciones amorosas, y se afirmaba a sí misma que, sin su ayuda, jamás llegaría a buen puerto. Definitivamente el asunto dependía exclusivamente de ella.
Fue así como le propuso la idea de una improvisada pijamada —que desde luego la muchacha aceptó— para darse el tiempo de iluminarla en algunos temas elementales, en esto del "romance".
Después de auxiliarla como prometió, con sus muchos puntos débiles en algebra, se dio la tarea de pedir que le llevaran unos cuantos bocadillos y dos termos[1] con café y agua caliente, después de la cena. Además, se aseguró de que nadie interrumpiera su querida y espontánea "charla de chicas".
—Bueno, Kagura, ya es hora de que hablemos de ciertos temas que tienen que ver con Okita.
—¿No irás a decirme que tengo que ser más blanda, o sí?
Soyo se quedó de piedra al oír las palabras de su amiga, la cuenca de sus ojos dejaban ver lo sorprendida que la había dejado.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, con cuidado.
—¿Para qué, sino, me has pedido que me quede a dormir? No es por lo de la tarea. Quieres hablar de él, es evidente. —Con cada nueva palabra que la escuchaba salir de su boca, la joven Tokugawa se asombraba más y más sobre el poder de deducción que poseía aquella chica. Era como leer las entrelíneas pequeñas de un contrato a largo plazo.
—Sí, así es. Creo que es importante que hablemos de algunas cosas —le respondió, carraspeando un poco.
Su flamante invitada soltó un bufido al aire, indignada, pero aun así cooperó.
—Bien, adelante. ¿Qué vas a decirme?
Pensó un poco en la mejor forma de abordar la conversación, pues lo había planeado de una forma distinta a la situación que se le presentaba ante sus descolocados ojos.
Hasta que, de tanto pensar, la poca paciencia de la chica la hizo reaccionar.
—Debes tratar de ser más amable con Okita, ¿sabes?
—¿Por qué? Él no lo es conmigo así que yo no lo seré con él.
—¿Y si de repente comenzara a hacerlo? ¿Si, supongamos, comienza a ser más cortés contigo? ¿Lo serías tú también?
—Es es imposible, Soyo. Él me odia, y yo a él. Es natural que nos llevemos así.
Y allí cayó en la cuenta de la mirada que tenía su temperamental amiga. No se había tomado el tiempo ni la delicadeza de analizar este pronóstico tan abrumador que amenazaba con estropearlo todo.
—¿Crees que él te odia, Kagura? —le cuestionó, casi con pena.
—Pues claro que sí, ¿por qué piensas, entonces, que me molesta cada vez que puede y me dice cosas feas? Él me detesta —anunció, desviando la mirada en la última frase. Creyó notar algo de desgano en aquella simple respuesta, dándose cuenta del enorme trasfondo que existía en realidad.
Se quedó callada unos momentos, tratando de encontrar las palabras más apropiadas para el avasallador rumbo que había tomado la plática.
—Bueno, yo no creo que él te odie, Kagura. Simplemente le gusta molestar a los demás, y sabe que tú le das pelea y no te rindes. Pero en verdad no creo que te desprecie.
—Aun así… él no me miraría con esos ojos. —Sus párpados desaparecieron al abrir bien grande los ojos, ante esa revelación que le daba pie perfecto para entrar en la dirección que ella quería.
—¿A cuáles ojos te refieres? —dijo, acercándose aún más hacia la silla de su compañera.
—Tú sabes, "esos ojos" de borrego a medio morir que pone la gente cuando… cuando… cuando alguien le interesa.
—Pero…
—Mira, si de algo sé, es que es más que probable que él no se fije en mí como chica o como amiga o como algo más. No le gustaré, Soyo. Eso lo sé perfectamente.
Soyo tuvo el impulso de llorar ante la sombría declaración de su querida amiga. No imaginaba que ella pensara siquiera en esa alternativa. Y fue en ese momento en el que se dio cuenta del porqué le había afectado su suposición acerca de que el chico pudiera estar coqueteándole, días atrás.
Ahogó lo más que pudo las lágrimas que estaban a punto de salírsele sin permiso, y luego continuó:
—Bueno, eso no lo sabremos hasta que lo intentemos. Él es muy difícil de predecir, ¿sabes? Aún más que tú.
Pero su joven amiga no respondió por un buen tiempo. Se entretuvo jugando con una galleta, con forma de oso, mientras la remojaba cada tanto en una taza de té, y se lo iba comiendo de a partes.
La anfitriona de la casa decidió darle el tiempo y el espacio necesario para que pudiera meditar sin presión alguna. Eso le daría tiempo, por su parte, a reflexionar sobre el nuevo descubrimiento que había hallado:
Con aquella pequeña primer parte de su conversación, pudo deducir que la muchacha, efectivamente, pensaba más en él de lo que ella hubiese imaginado. Incluso se planteó la no-posibilidad de que sus sentimientos fuesen correspondidos, y por esa causa, se mantenía al margen de toda sensibilidad en cuanto a su relación con él. Estaba segura de que se empeñaría en mantener una fría indiferencia para impedir que se filtrara alguna clase de susceptibilidad que pudiera afectarla. Pensándolo bien, no lo estaba pasando en grande respecto a ese juego.
Al cabo de diez agonizantes minutos, oyó una pregunta que tampoco esperaba:
—¿Y qué conseguiremos cuando lo sepa? Es decir, ¿qué sucederá luego?
Por primera vez en años, Soyo creyó que su mejor amiga había hecho una pregunta importantísima e inteligente.
—Pues, queda en manos de él. Tendrá que decidir si también le gustas o no.
—Bromeas, ¿cierto? —preguntó la joven con el ceño fruncido—. ¿Entonces para qué hago esto, si de todas formas ya sé cuál será su respuesta?
—¿Y cómo lo sabes? Quizás te sorprenda y en realidad…
—No hay mucho que pensar, en verdad. No jugará conmigo porque no soy de esas y le partiré toda su hombría si lo intenta. Tampoco pretendo hacer o decir cosas para gustarle… su imagen de mí no cambiará de todos modos. —Suspiró, fatigada, tomando otra galleta, esta vez, con forma de gato.
—¿Has estado pensando en ello, verdad?
—Sí —respondió vagamente, sin dejar de ahogar al gato-galleta, dentro de la taza.
—Vaya, creí que… —Pero decidió dejar la especulación sin terminar, no aportaría nada al ánimo demacrado de su invitada.
—No, bueno, yo tampoco quería pensar en eso… ni en él. Es decir, quería alejarlo de mi mente y que pasara lo que tenía que pasar pero… desde que lo hemos descubierto no he podido evitar hacerlo. Se… se cuela en mis sueños muchas veces. No dice nada importante, peleamos como siempre, pero solo es eso. Discutimos, él se enoja, yo me enojo y ahí acaba el sueño. ¿Entiendes eso? No puedo siquiera imaginar que él un día se acerque a mí, me tome de los hombros y me abrace como en una de esas novelas que pasan en la televisión. Nosotros somos distintos. Y eso no cambiará.
El gato-galleta pasó a mejor vida en el fondo del recipiente, deshaciéndose mientras se sumergía por completo.
—¿Y qué piensas hacer ahora? —le preguntó, sintiéndose toda una psicóloga, dejando que ella averiguase el camino que debía tomar.
—Pues… no lo sé. Lo he pensado pero no sé qué hacer.
Cuando estaba a punto de darle el mismo final que el anterior, al tomar otra galleta, con forma de corazón, Soyo tomó la iniciativa de conducirla hacia el pasado.
—Y, dime, ¿cuándo fue que él comenzó a gustarte? ¿Lo sabes?
—¿Qué? Am… no lo sé, déjame pensar…
La joven de largos cabellos y fleco recto, se tomó al atrevimiento de cambiar de asiento a uno con ruedas, que se reclinaba —al estilo ejecutivo, de oficina—, y mecerse escasamente hacia los costados, imaginando la dura tarea que le había encomendado a la pobre muchacha.
—Creo… que fue esa vez, cuando —miró hacia el suelo, buscando allí la imagen de su recuerdo— me llevó en brazos hasta un pequeño centro médico. Habíamos peleado y luego me hice la inconsistente. La idea era romperle la cara o el tobillo en cuanto se acercara pero parece que el muy idiota se lo tomó en serio y… —su rostro entero cambió de color súbitamente— me cargó como una estúpida e inválida princesa Disney hasta un lugar, para que me curen. Vaya tonto, solo tenía un chichón en la cabeza. Sangraba un poco pero no era el fin del mundo. Aún así me llevó.
—¿Y luego? —la interrogaba Soyo, ansiosa.
—Nada, me dejó allí y de seguro llamó al mal padre de Gin.
—¿No fue a visitarte? —necesitó saber con urgencia.
—No.
—P-pero cuando descansabas él pudo…
—No, le pregunté a las enfermeras y dijeron que no había venido nadie.
—¿Y cuando dormías?
—No estuve mucho tiempo allí, solo una tarde. Me hicieron pruebas y todas esas cosas, y luego me vendaron la cabeza. No hubo mucha historia. Al día siguiente él me molestaba, dándome toquecitos en la herida y me decía que era una débil. Para él, yo había perdido ese día y eso era suficiente para andar presumiendo como pavo real.
—Entonces…
—También hubo otro momento —la interrumpió la chica, pensativa—. Fue cuando salía de una tienda. Había ido a comprar y logré conseguir unas veinte tiras de sukonbu, con el dinero que le robé a Gin —a Soyo le hubiese gustado que omitiese ese pequeño detalle—, y entonces vi a Kamui andando por ahí. El muy patán me vio y me retó a pelear. Como no quise, me escupió en la mano, en donde tenía las tiras, y me las tiró al suelo. Sé que me estaba provocando pero yo no quería, y salí corriendo.
—Entonces él apareció y te defendió, ¿cierto?
—No, nada de eso.
—¿Te compró otro poco de sukonbu?
—Tampoco.
—¿Y entonces?
—Se quedó a mi lado, en silencio, después de "saludarme" con un empujón.
Ahora entendía Soyo por qué algunas veces ella le daba los buenos días con un golpe que lo hiciera caer al suelo. Todo iba cobrando sentido. Todo, menos el último recuerdo.
—No entiendo. ¿Solo se quedó a tu lado, sin hacer ni decirte nada?
—Caminamos a casa juntos.
—Y era bueno porque…
—Kamui venía detrás de mí. El idiota se quedó para "hacerme compañía" y así evitar dejarme sola.
Entonces Soyo lo comprendió, y en su mente levantaba una estatua en su honor, en medio de la ciudad de los héroes platónicos.
—¿De verdad hizo eso? Y… ¿él sabía que tú sabías que él…?
—Los dos lo sabíamos, pero no dijimos nada. Así somos, ya sabes. Como agradecimiento le di un pisotón y le dije que de ninguna manera dejaría que conociera mi casa, aunque ya la conoce, de todos modos.
—¿Y después?
—Se fue.
—¿No te dijo nada?
—No. Se fue en silencio, así como llegó hasta mí. Kamui me vio entrar a la casa y también se alejó.
—Oh, vaya. Esto es material de primera para el libro. Espera, lo anotaré.
—También hay otro momento.
—¿Más? —se sorprendió una ya emocionada Soyo.
—Sí, ¿qué crees? ¿Que cualquier idiota puede conquistarme con tan solo unos pocos momentos de amabilidad? No, señor. Esta chica necesita más que eso.
—Bueno, bueno, dime —la incitó, tomando el móvil y poniéndolo en modo "grabador de voz", pensado que sería más práctico que intentar tomar nota a mano.
—Fue en el cumpleaños de Gin. Quería comprarle unos calcetines, porque era lo más barato que podía costearme y…
—Él te ayudó a pagarlo, ¿cierto? —completó la joven Tokugawa, deslumbrada— ¿O te dio su opinión de alguno que podría gustarle a Gin? O…
—No, nada de eso. Me dio un cabezazo porque discutimos y se quedó oliendo el perfume que traía puesto. Claro, él decía que era horrible pero… sabía que no era cierto. O eso quise pensar, puede que sea verdad también.
—¿Y luego?
—Sentí su aroma también. Y… en un momento, se… me acercó mucho a-al rostro… —sus mejillas volvían a confundirse con círculos de color carmín en su acalorado semblante. No fue necesario que dijese nada más, Soyo ya se imaginaba el resto de la historia.
—Oh, por Dios. ¡Oh, por Dios! ¿Y-y después qué hizo?
—Pues, compró una corbata para el entierro de su hermana, que era el lunes próximo.
—Oh, no. —Soyo pasaba de la intriga, la emoción, la exaltación y la angustia de un momento a otro, sin darse tiempo de deglutir del todo las nuevas emociones—. Pobrecillo. ¿Y luego?
—Se fue. Lo vi ese lunes a la mañana. Ganaba tiempo para no enfrentarse a realidad. Reconocí ese sentimiento, pues yo lo tuve al perder a mamá. Y bueno… me quedé a hacerle compañía sin decir nada, como él hizo conmigo.
—Oh, vaya —atinó a decir una muy, muy emocionada Soyo.
—Estábamos sentados en una banca y… em… acerqué mi mano al lado de la suya.
—¿L-lo acariciaste? ¿Le tomaste de la mano? ¿O solo te quedaste así, y luego…?
—Él tomó la mía y me la apretó muy fuerte.
Soyo casi se quedó sin habla.
—Y luego me la escupió.
Y ahí se derrumban las esperanzas de un pequeño momento agradable de simpatía.
—Claro, discutimos e intercambiamos algunos golpes, pero creo que se sintió más aliviado después de eso. Ya no tenía los ojos tristes.
—Ah, bueno. Eso está bien también… ¿Algo más?
—Sí —Soyo volvió a sorprenderse, su libro sería el más grande éxito de todos los tiempos, en la historia del romance y novelas de esa categoría—. Fue un día realmente malo para mí. Uno de esos en los que todo sale mal y tienes que poner la cara de frente a las cosas feas de la vida y simplemente tienes ganas de desaparecer. Me salté la clase de gimnasia ese día y me escondí por ahí, a descargar mi enojo. El muy bastardo también estaba allí y quiso provocarme como siempre. Al principio no le importó que estuviera de mal humor, pero luego se dio cuenta de que no tendría sentido seguir, no para esas cosas.
—¿Y qué hizo?
—Me dejó ganar en una pelea de puños. Dejó que me descargara lo suficiente y luego se hizo el desmallecido. No sabía que se estaba haciendo, y tenía tantas ganas de llorar que… que…
—¡¿Qué?! ¿Qué pasó? ¿Qué hiciste?
—Pues… —suspiró, tomando valor para revelar una verdad que jamás había sido contada y que, según Soyo, le costaba tanto admitir—, me abracé a su pecho y lloré. En realidad quería una almohada para ahogar mis lágrimas, pero el zopenco me sirvió de reemplazo.
La anfitriona no pudo evitar pensar en que su amiga era experta en arruinar los momentos más emotivos de la confesión.
—Movió un brazo y temí que fuera a despertarse, pero solo había sido porque se desacomodó en la banca. Estaba inmóvil, como muerto. Lloré y lloré todo lo que pude hasta que me cansé. Para cuando había terminado, su camisa estaba un poco mojada. Le saqué el estúpido antifaz que llevaba en el bolsillo me soné la nariz con ella.
—¡Kagura!
—Bueno, no tenía papel el muy idiota, y yo el dinero lo valoro.
—Vaya, qué chica. ¿Y después qué pasó?
—Me senté a su lado hasta que despertó, para asegurarme de que no hubiera daño cerebral.
—¿Y luego?
—Me dijo que la próxima vez ganaría. Yo ni lo miré, aún tenía los ojos rojos, no quería demostrarle nada. Así que se levantó y se fue.
—¿No hay nada más?
—No, eso es todo.
—Oh, vaya. Debiste contarme todo eso antes, ¿no?
—A decir verdad, ni yo misma me acordaba de que todas estas cosas pudieran, bueno, ocasionar mi "estado" hacia él.
—Pues es magnífico, amiga. Hemos encontrado la raíz de tu amor por él. Todas estas cosas que me has contado, ¿qué te dicen de él? —dijo, volviendo a adoptar su papel de psicóloga.
—Que es un idiota buscapleitos, que le gusta cabrear a los demás y que es un bastardo que pelea como niña, pero —replicaba, ante la mirada reprochante de Soyo— que en el fondo es una persona con sentimientos, y que puede ser compañero cuando las cosas se ponen malas. Y que tiene unos ojos intensos y una boca provocadora. —El móvil de la dueña de la habitación cayó al piso alfombrado, casi al instante que abría la boca en señal de extrema sorpresa—. Bien, ya lo dije, ¿eso querías oír, no? Ahí lo tienes, no me pidas más nada, no te volveré a contar algo similar jamás, ¿entendiste?
Comprendía que la reacción de Kagura era una simple molestia consigo misma, por dejarse al descubierto tan abiertamente. Sopesaba la posibilidad de que era una confesión que había estado reprimiendo hace mucho tiempo, y ni si quiera a ella misma se permitía tal desnudez de sus sentimientos.
—No hay duda, Kagura, ¡él definitivamente te gusta! No solo eso, ¡te encanta, te fascina y, de verdad, te vuelve loca! ¿No es así? Lo quieres, ¿cierto?
—Ah, no es para tanto Soyo. No te confesaré otra estupidez más, ya te lo aviso.
—No puede ser, yo tenía razón. —Pero la joven ya no escuchaba a su pelirroja amiga, se encontraba ya en las nubes pomposas de Cupido, sobrevolando la tierra en una canoa de corazones.
—Ey, ¿me escuchas? ¿Seguimos con lo del juego?
—Ah, ah. Sí, claro —tosió un poco, volviendo a recobrar la compostura—. Bueno, y entonces, ahora que sabemos cómo nació todo, y que él a veces puede ser "un buen muchacho", ¿qué piensas hacer?
—¿Qué me sugieres tú?
—Que sigas, desde luego. Debe saberlo, quizás te corresponda.
—¿Y si no es así?
—Tendrás la certeza de que no te molestará, pues está sujeto al trato, o no cumplirás tú con tu parte. Y él comenzará a verte como una chica, respectivamente. Cambiarás su visión de ti en él.
Kagura suspiró, pensativa. Mientras aún sostenía la galleta-corazón entre sus manos y la miraba atentamente.
—De acuerdo. Seguiré. En cuanto lo sepa, le advertiré que no aceptaré ninguna burla de su parte o morirá.
—Me parece bien, una advertencia estará bien.
—Bueno, entonces, ¿qué pista puedo darle para el lunes?
Aclaraciones:
[1] No estoy segura de cómo nombrar a este objeto en forma neutral. Tampoco sé si en todos los países se entiende de la misma manera. Háganme saber si no se capta la idea, ¿sí?
Notas:
¿Querían romance y confesiones? Pues aquí lo tienen xD.
Bueno, aquí quise mostrar todo lo que la pobre Soyo no ve de, al menos, uno de los personajes. Literalmente, logra arrancarle estas confesiones que mucho le ha costado conseguir. Traté de que fuera algo con sentido. Son muchos pequeños momentos, porque no basta solo una cosa para que ella se deslumbre. Y esto es lo que a Soyo le estaba faltando en su columna de características. Ellos se entienden sin necesidad de hablar.
Bueno, espero que lo disfruten.
Sugerencias, dudas o preguntas, todas serán bien recibidas.
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Reviews: Cap. 6:
A: I love okikagu y Michan: Muchas, muchas gracias por leer, comentar y seguir esta pequeña y desbaratada historia. Son amor, en verdad. Espero siempre sus comentarios para saber si el cap. les ha gustado. Muchas gracias por todo :]
A: Lu89: Mcuhas gracias por tus hermosas palabras y por comentar. Valoro muchos tu opinión y la de todos los lectores :]
A: Maru: Bueno, acá está el cap. del recuerdo del que hablamos. Quedó algo cursi y un poco cliclé. Traté cortar con tanta dulzura, porque bueno, es Kagura xD. Decíme, a ver qué te pareció.
