Señoritas todas! Aquí estoy con un nuevo capítulo, cada vez más cerquita del final... muy muy cerquita, así que atentas.

Como siempre, gracias a todas las que me acompañan con las lecturas, que me escriben sus comentarios, y para aquellas que lo hacen en silencio, también mi cariño y mis respetos. Va dedicado a todas ustedes.

Abrazos y atentos al siguiente capítulo.


Capítulo 41.

Edward Y Carlisle estaban sentados uno junto al otro en las sillas de plástico del pasillo del piso subterráneo del hospital. Nunca antes, a ninguno de los dos, les había tocado ir allí y percatarse de lo frío que era ese lugar, tan lúgubre pese a las luces amarillentas que colgaban desde el techo.

A Carlisle, como ex esposo de Esmerald, se le había permitido entrar a reconocer el cuerpo, lo que significó para el abogado un shock como nunca antes sintió. Ver a la mujer a la cual amó tendida en horizontal, con sus labios morados y su piel pálida, hizo que en su pecho se arremolinaran sentimientos entremezclados y nada claros, que le eran difícil de definir.

Cuando la descubrieron con la sábana blanca que la cubría, apretó instintivamente los dientes y respiró apresuradamente, como si de pronto le faltara el aire. Se sintió mareado y tuvo que poner una mano sobre su boca para evitar lanzar un alarido de horror: la muerte no es algo para lo que se está preparado, por mucho que uno piense que es algo que debe pasar. Y si bien era cierto, su relación con Esme se había roto del todo después de saber su historia con Edward, algo hacía mella en el pecho de Carlisle, que lo empujó a sentir pena y desear llorar por ese amor que no había alcanzado a rescatar.

Cuando salió, el doctor de la familia le entregó una bolsa con las pertenencias de Esmerald y le pidió que firmara el documento de defunción, negándose el abogado a lo segundo, pues era la familia que venía de regreso de un viaje al extranjero, quienes debían hacerlo. Él mismo se encargó de comunicarse con ellos y darle la noticia, prometiéndoles que se quedaría con Esme hasta que ellos llegaran. Y quizás había hecho mal pero no soportaba estar solo, por eso llamó a Edward, que pese a todo no demoró en llegar y abrazarlo apenas lo vio.

No debía de ser fácil para el músico estar en ese lugar, no cuando tanto rencor justificado lo hizo desear apartarse a como diera lugar de esa mujer que decía amarlo como a un hijo, pero que en un momento de su vida no respetó de dicho amor y lo mancilló en lo más profundo.

―Quizás fue desconsiderado de mi parte pedir que vinieras y me acompañaras, cuando tú y Esme…

Edward inspiró profundo y miró a su padre antes de devolver su vista hacia la pared frente a él.

―Me siento muy extraño, no puedo negártelo. Pero la muerte de alguien no es algo que vaya a celebrar, por muy mala relación que yo haya tenido con ella… lamento que su vida haya terminado de esa forma…

El músico no pudo seguir hablando, porque al decir eso último, recordó las muchas veces que de adolecente deseó la muerte a esa mujer. Si bien era cierto él había madurado, nunca había podido perdonar a Esmerald por lo que le hizo y por lo que seguía haciéndole. Su muerte no trajo paz para él ni mucho menos, como le dijo a Carlisle, se sentía tan confundido como él.

―¡Dios! ―exclamó de pronto Carlisle, pasándose las manos por el cabello. Sonaba desesperado ―Ni siquiera sé cómo voy a decírselo a Jane… esto la va a destruir…

El músico torció la boca y recordó que de todo, era la niña a la que debían poner atención, a quien debían apoyar para que la noticia de la muerte de su madre no la derrumbara. Él ciertamente estaría ahí para ella.

―Claro que no. Ella es una niña madura que sabrá entender que fue un accidente. Se pondrá triste es verdad, pero no la dejaremos sola, estaré contigo cuando tengas que decírselo.

Carlisle miró a su hijo, que sostenía sus codos sobre sus rodillas y lo miraba a él a su vez, aseverando su promesa de acompañarlo en lo que iba a ser algo difícil de hacer. Le sonrió en agradecimiento y volvió su vista a la muralla del frente.

―He pensado… he pensado y me pregunto si mi amor hubiera sido suficiente para salvarla, para hacer que se arrepintiera de lo que te hizo.

―Nunca lo reconoció, por lo que nunca se arrepintió. ―Deseó que Carlisle no hubiese hecho ese comentario, y deseaba no seguir hablando del amor que éste sintió alguna vez por ella, pero el abogado al parecer necesitaba hablar.

―Lo sé, pero si hubieras estado en mi lugar y la mujer a la que amas hubiera cometido ese tipo de depravaciones, ¿la hubieras perdonado?

―¿La seguías amando aun después de divorciarse? ―preguntó, confundido. Carlisle sacudió la cabeza y agitó los hombros. Se miró los dedos de las manos y los entrelazó y los soltó, repitiendo ese ejercicio mientras hablaba.

―Es difícil de responder, cuando hice todo lo que estuvo a mi alcance para salvar el matrimonio. Como sabes, hubo un momento que besé el suelo que ella pisaba, pero ese amor decantó… se transformó y quizás se aplacó por todo lo que supe más tarde, aquello que te concierne a ti y que me hizo pensar que me había enamorado de una ilusión y no de la verdadera mujer que ella era.

―Lo entiendo… y en tu caso, no sé qué hubiera hecho.

Carlisle asintió pensativo, mirando a su hijo cuando recordó algo importante después de todo el tiempo que Edward llevaba haciéndole compañía allí.

―Por cierto, ¿le hablaste a Isabella? Ella debe estar preocupada.

―Le dejé un mensaje… ―escuetamente respondió. Carlisle arrugó el entrecejo y quiso ir más allá.

―¿Está todo bien?

El músico dejó escapar aire ruidosamente y se restregó los labios con los dedos, mientras recordaba lo fácil que esa mujer lo hacía enojar.

―Odio cuando trata de hacerse la heroína… me exaspera, de verdad…

―¿A qué te refieres?

―No vale la pena, pero tiene que ver con Vulturi. ―respondió secamente, escupiendo el apellido de ese hombre con el desprecio que sentía por él ―La encontró en una tienda del centro comercial y la amenazó a reunirse con él, de lo contrario mi cabeza y la de Marcus su tío, correrían peligro.

Carlisle abrió los ojos ampliamente mirando a su hijo, quien arrugaba la cara de solo recordar lo que Isabella le había dicho.

―No me digas que fue…

―Lo hizo, sí…

―Vaya con Vulturi… ya me parecía que no respetaría la orden judicial.

Edward quiso reírse pues concordaba con ese comentario de Carlisle. Era obvio que Vulturi intentaría encontrarla, pero diferente era que ella accediera a verse con él por voluntad propia, cualquiera haya sido el motivo.

―Isabella tampoco la respetó, por cierto.

Carlisle torció la boca e intuyó que esa acción de Isabella había repercutido en la relación de ambos, pues a Edward se le veía molesto y solo le faltaba gruñir como ogro. Intentó entonces mediar por los muchachos:

―Entiendo que estés enfadado, pero ponte en su lugar. Ella debe sentirse culpable por lo que está pasando, seguro que siente que ella tendría que buscar solucionar todo dejando a su entorno de lado y tratando de protegerlo mientras pueda...

―Está embarazada, Carlisle. ―le recordó Edward, golpeándose el muslo con la mano ―Se está poniendo en riesgo sin pensarlo… además insiste en que él no sería capaz de hacerle daño… ¿Puedes creerlo, después de todo lo que hemos pasado, que justifique a ese…?

"Hijo de puta" eso es lo que pensó Edward, pero se contuvo de decirlo por respeto al momento que estaba viviendo Carlisle.

El abogado en tanto se restregó los ojos y los dejó cubiertos con la palma de la mano mientras el silencio dominó por unos instantes el ambiente frío del pasillo, recordando el sobre blanco que él abrió por un impulso y que develó la verdad sobre la relación sanguínea entre Edward y Aro Vulturi, quien insistía en afirmar que el músico era su hijo. Leyó rápidamente el documento y lo volvió a meter en el sobre, guardándoselo en el bolsillo interno del su abrigo, recordando entregárselo a Edward más tarde. Ese era el momento de hacerlo, pues más tarde lo olvidaría, por lo que se incorporó y sacó del bolsillo interno el sobre del laboratorio con el nombre de Esmerald en el frontis. Lo miró y se lo extendió a Edward, quien miró el papel y luego a él.

―Esto es tuyo ―dijo Carlisle antes que Edward pudiera preguntar.

― ¿Mío? ―lo tomó entre sus dedos y miró el nombre de Esmerald en el frontis ―No es mío, aquí dice Esmerald…

―Estaba entre sus cosas. El doctor me entregó sus pertenencias y esto lo encontraron en el coche junto con su cartera. Lo abrí… ―se alzó de hombros sin poder encontrar una respuesta de por qué lo hizo ―y lo que hay adentro es algo que debes saber.

―¿De qué se trata? ―el músico miró adentro del sobre, sintiendo algo helado recorrerle la espina dorsal. El logo que traía el sobre era el de un laboratorio sabía, por tanto intuyó de qué se podía tratar. Aun así quiso asegurarse con Carlisle, que ya conocía el contenido.

―Un examen de paternidad… a través de muestras capilares…

Algo hizo click en la cabeza de Edward, no necesitando mas explicaciones para saber quienes estaban involucrados en ese exámen.

―No quiero saber…

Edward intentó devolverle el sobre, pero Carlisle se negó, negándose a recibirlo de vuelta.

―Quédatelo.

―¿Por qué?

―Por si alguna vez quieres conocer la verdad.

―La verdad ya la conozco ―farfulló con rabia, evitando ver el rostro de Carlisle, lleno de compasión. El abogado extendió la mano hasta tocas el brazo de Edward, hablándole con sutileza.

―Hijo, conserva esto y devela su contenido para cuando te sientas preparado.

―Maldita sea…

―Edward, lo que haya allí como resultado no significa nada.

―¿Por qué no me dices el resultado de una vez? ¡Tú ya lo leíste!―destilaba rabia por los ojos y por la voz, rabia que no iba en contra de Carlisle por supuesto ―Lo siento, no debí hablarte así.

―No te disculpes, y ciertamente no haré eso. Fue una impertinencia de mi parte hacerlo, abrir ese sobre, pero pensé que… viniendo de un laboratorio, quizás Esme escondía algo, no sé.

Masculló unas cuantas maldiciones más y guardó el sobre doblado en el interior del bolsillo de su chaqueta, dejando caer su cabeza entre las manos como si ésta le pesara. Suspiró y cerró los ojos preguntándose cuándo demonios iba a tener un poco de paz en su vida.

Carlisle lamentó haber provocado esa reacción en el músico quien se mantuvo en esa posición hasta que veinte minutos más tarde apareció la familia de Esme, llorando y preguntándose qué había ocurrido. el músico no aguantó mucho tiempo con ellos, pese a que nada tenía en contra de esa familia, simplemente quería ir a su departamento y descansar, cerciorándose de paso que la insensata de la enfermera que hacía latir su corazón y que compartía su cama no hubiera cometido alguna estupidez en su ausencia.

Se despidió de todos, a Carlisle le dio un abrazo y le dijo que al día siguiente a primera hora iría al apartamento para hablar con Jane, y enfiló finalmente hacia su casa pasada la medianoche.

Entró a la penumbra de su hogar, soltando un profundo suspiro, quitándose la chaqueta y lanzándola en el sofá antes de ir al dormitorio, pasando por fuera del cuarto de Renée, quien dormía con la puerta abierta probablemente atenta a si su hija pudiera necesitar algo, por lo que cerró con cuidado y se dirigió hasta su recamara, donde vio a Isabella hecha un ovillo al centro de la cama. Sujetaba sus rodillas con ambos brazos, y a pesar que parecía estar dormida, su posición denotaba tensión, cuestión que hizo torcer la boca de Edward en desaprobación. Tomó una colcha celeste que Isabella siempre dejaba doblada a los pies de la cama y la desdobló para cubrirla y protegerla del frio.

Se sentó despacio al filo del colchó, mirándola y sintiendo un poco de culpa por haberla dejado sola, aunque su enojo no había desaparecido y no lo haría hasta hablar con ella y dejar bien claras las cosas. Si él iba a tener que amarrarla a la pata de la cama para evitar que hiciera estupideces que la pusieran en peligro, lo haría sin pensarlo.

Cerró los ojos y pasó sus dedos por la frente, recordando lo que habían sido las últimas horas de su vida, recordando el mal que Esmerald Platt, ahora muerta, había provocado en él y lo increíble que parecía su muerte, como si al menos él todavía no cayera en cuenta. No lloró ni tampoco lo haría, pues el rencor que sentía hacia esa mujer no desaparecería con su muerte, solo esperaba que con el tiempo se diluyera y lo dejara vivir en paz.

"Y que Dios tenga misericordia de ti, Esmerald…"

Sintió a su espalda un movimiento en la cama y vio a la chica removerse y estirar sus músculos tensos antes de abrir los ojos y verlo sentado en penumbras, como si fuera una gárgola. Carraspeó y con lentitud se incorporó, cubriéndose hasta la barbilla con la manta de cachemira que Edward había usado para cubrirla.

―Intenté esperarte despierta… y no quise llamarte después de recibir tu mensaje… presumí que seguías enfadado conmigo

―Y sigo estándolo ―respondió sin levantar la voz ni moverse de su sitio ―Pero necesitas dormir y yo intentar hacer lo mismo…

―¿No quieres hablar de lo que pasó? Sobre Esmerald, me refiero…

―No ahora. Por favor, metete bajo las colchas y duerme, mañana tienes que trabajar.

―Está bien…

Isabella deseaba decirle el propósito de su reunión con Aro, cuestión que no pudo hacer porque el músico se fue hecho una fiera. Después, cuando recibió el mensaje que le decía que debía ir a acompañar a Carlisle al hospital por la muerte de Esmerald, deseó salir corriendo para acompañarlos, pero intuyó que no sería bien recibida. Lo que sí hizo fue comunicarse con un doctor amigo suyo que trabaja en urgencias y que estaba allí al momento que llevaron a Esmerald. Un accidente automovilístico la había dejado en estado grave, estado que no superó, falleciendo en el hospital cuando estaba siendo atendida. El doctor le dijo a Isabella que su ex marido estaba al tanto y que permanecería atento a lo que pudiera necesitar. Eso al menos la dejó más tranquila.

Deseó que Edward la llamara y le dijera que la necesitaba a su lado, pero al parecer él y con la actitud tan distante que tenía incluso en ese momento cuando la ayudaba a cubrirse con la ropa de cama, él necesitaba distancia de ella, y eso le dolía más que cualquier cosa

Intentó sonreír cuando él dejó un beso corto en su cabeza, caminando él a continuación fuera de la habitación, dejándola a solas cuando lo que ella necesitaba era que él la abrazara y le dijera que todo iba a estar bien.

"Esto te lo buscaste, Isabella…" pensó con pesar, cerrando sus ojos y dejando que silenciosas lágrimas cayeran por sus mejillas hasta la almohada.

**oo**

―¿Tu padre no se preocupa que a estas horas no llegues a casa?

Ángela, que estaba mirando por la ventana del cuarto de hotel que había rentado para Gianna, miró hacia atrás por sobre su hombro al oir la voz de la mujer hacerle esa pregunta, destilando ironía. Se volvió y mirando hacia el exterior de la calle iluminado por farolas y letreros de neón.

―Lo llamé diciéndole que estaría cubriendo un turno en el hospital.

―¿Y te creyó? ¿Sus monigotes, esos que te siguen, no le habrán dicho que no estas donde dices?

―Me tiene sin cuidado.―hizo figuras sobre el vidrio con la punta de su dedo índice a la vez que respondía las preguntas de su progenitora ―Mi padre siempre hace parecer que sabe menos de lo que en verdad lo hace, pero honestamente ahora no me importa.

―Eso es bueno. ―se sentó contra el cabecero de la cama celebrando internamente ese desinterés de su Angelita hacia el maldito ese. ―Entonces, ¿me dices por qué has venido? ¿A caso quieres comenzar a pasar tiempo conmigo simplemente? Eso me haría muy feliz, pero desde que llegaste, no has hecho otra cosa que pararte en esa ventana y mirar en silencio…

Ángela se giró y afirmó su espalda contra la ventana frente a su madre, cruzándose de hombros. Se demoró más de lo normal en responder pues recién en ese momento había tomado la decisión definitiva sobre su plan.

―Tengo algo en la cabeza... y necesito que me ayudes.

―Voy a ayudarte en todo lo que esté a mi alcance ―se levantó de la cama y caminí hasta ella tomándola por los hombros. Ángela cerró los ojos al toque de esa mujer a la que quería acostumbrarse a llamar mamá, pero no dijo nada. ―Solo tienes que decírmelo y lo haré.

Inspiró hondo la chica y se preparó para soltar su plan, mirando directo a los ojos de Gianna para medir su reacción.

―Quiero ir al club de sexo donde conociste a mi padre.

El rostro alegre de la mujer se contrajo y se convirtió en una muestra de desconcierto. De cualquier persona podría haber oído eso, pero menos de su niña.

―¿Co… cómo? ¿Y por qué quieres hacer eso?

―Simple curiosidad. ―hizo un movimiento con su mano en el aire, restándole importancia ―No sé cómo llegar allí, si necesito ser invitada, o pagar algo…

Gianna entonces, que no era tonta, negó con la cabeza dando un paso atrás para observar a su niña de negro, que la miraba con su mentón alzado como lista para responder en caso de ser necesario.

―Tú no eres de las chicas que se sientan curiosidad por vivir experiencias como esas, tú traes algo más…

―¿Vas a ayudarme? ―preguntó fuertemente ―Si lo vas a hacer, no hagas más preguntas…

Intentó moverse hacia la puerta con la idea de salir, pero su madre la detuvo agarrándola por el brazo.

―¿Sabes lo que hará tu padre cuando sepa que tú estás en ese lugar?

Ángela lo sabía y por eso quería provocarlo. Y ciertamente Gianna también lo sabía… y quizás podía sacar algo de provecho de eso, por el bien de su hija, por supuesto.

―Su mundo va a venirse abajo, y eso es lo que quiero, quiero hacerlo entrar en razón.

O sea que la decisión de ir a ese lugar tenía que ver directamente con Aro, cuestión que le pareció interesante a la mujer que usaría cualquier grieta entre ambos, para apartar a su hija de él. Entonces puso una sonrisa ladeada a la vez que alzaba una de sus cejas, mirando ladinamente a su hija.

―¿Y por qué tendrías que querer eso? Pensé que la vida sexual de tu padre no te importaba.

―No se trata de la vida sexual de mi padre, se trata de algo… más importante.

―Lo que digas mi niña. Ahora dime, qué es lo que quieres saber del club de sexo.

―Lo que quiero saber es cuando puedo ir.

―Vaya, ¿y por qué tanto apuro? ―Ángela se la quedó mirando rogando al cielo paciencia, entendiendo Gianna el mensaje implícito en su mirada ―Está bien, veré si hoy miso pedo comunicarme con alguien de mis antiguos conocidos para que puedan dejarnos entrar y para que participes en algunos de los actos.

―¿Puedes tener mañana una respuesta?

―Puedo, sí. ―Gianna ni siquiera pensó su respuesta, lo que le dio a entender a Angela que la mujer seguía manteniendo contactos con alguien de allí, lo que haría fácil su ingreso. Seguro ella aprovecharía también de echar una canita al aire, como en los viejos tiempo.

―Está bien, háblame cuando sepas algo.

Otra vez enfiló hacia la puerta pero rápidamente la mujer que estaba vestida con un camisón de dormir color lavanda que llegaba hasta los tobillos, una de las tantas prendas de vestir que compró su Ángela para ella, se le puso en frente para evitar otra vez que saliera.

―¿Y ya te vas? Hijita, quédate conmigo, podemos pedir algo, y ver una película romántica en la televisión. Anda hija, no me dejes sola ahora que tengo la oportunidad de pasar tiempo contigo… por favor, hijita…

Ángela se quedó mirando a la mujer alta y delgada que esbozaba una sonrisa tierna y ojos llenos de esperanza mientras la miraba. ¿Sería que como ella, Gianna quería recurar a su hija, o era simple interés como Ángela vaticinaba? Decidió darle una oportunidad, y regalándole una sonrisa tensa asintió y dejó que la llevara hasta la cama, donde se acomodó mientras su madre pedía servicio a la habitación con comida como para un regimiento. ¿No eran ese tipo de cosas las que hacían las madres? Suspiró y se acomodó, buscando con el control de distancia algo bueno que ver en televisión.

Después de comer y ver una estúpida comedia romántica, el sueño de Ángela sucumbió y se quedó dormida junto a su madre. Ella se la quedó mirando mientras dormir y como la vez anterior, deseó ser una mejor persona por ella, haber podido no tener el pasado que tenía, poder darle algo para demostrarle que la quería… o que quería aprender a hacerlo. ¿Será que tendría esa oportunidad?

Afirmó su espalda en la cabecera de la cama y pensó en la cara de Aro cuando supiera que su niña estaba frecuentando los mismos lugares que ambos en su juventud. El empresario pondría el grito en el cielo y probablemente habría un distanciamiento entre su hija y Aro, algo que ella aprovecharía para incluso vivir con ella… vivir como la gente normal, como ella se merecía hacerlo.

Sonrió y se metió bajo las colchas de la cama, apagando la luz y cerrando los ojos con una enorme sonrisa del triunfo que sentía, tenía entre las manos.

Al día siguiente y pese a que era su día libre, decidió pasarse por el hospital para reunirse con sus amigas, a las que vio a la hora de colación en la cafetería del hospital que como era costumbre a esa hora, estaba llena de profesionales y visitantes.

Isabella tenía marcas bajo los ojos que denotaban su falta de sueño y por su ánimo parecía que no lo había pasado nada de bien, seguro Edward no había logrado perdonarla.

―¿Saben lo que quiero? ―dijo ella, mirando su sándwich de pollo y lechuga que apenas había probado ―Dormir diez días seguidos y despertar en medio de una caza en un bosque donde no me alcancen ni dramas ni problemas de ningún tipo. Ojalá con mi hijo entre los brazos…

―¿Y a Edward?

Isabella quiso convertirse en una bola compacta, encerrarse en sí misma para no responder a esa pregunta de Ángela, pero no podía hacerlo, por lo que dijo con tono apesadumbrado:

―Siento que desconfía de mí, después de reunirme con aro… anoche llegó muy tarde y esta mañana apenas me habló para desearme un buen día.

La chica torció su boca y sintió pena por su ella, mientras que Alice era un poco más fría al momento de llamarle la atención por lo arrebatada que era Isabella.

―Entiéndelo, primero sales con la locura de reunirte con Aro y después el pobre recibe la noticia de la muerte de esa mujer…

―¿La muerte de quién? ―preguntó Ángela un poco perdida, poniéndola Alice al tanto.

―De la bruja Esme… y que el diablo la tenga en su caluroso reino…

—¡Alice, suficiente! ―le reclamó Isabella a su amiga, pero esta ni caso, no iba a tener ninguna consideración por esa vieja asquerosa por muy muerta que estuviera.

Ángela en tanto repetía ese nombre que se le hacía familiar, recordando a una invitada que su padre tuvo en casa en más de una oportunidad, apostando incluso que podían ser amantes.

―¿Esme, Esmerald Platt? Ella es una de las amigas de mi padre

―Por supuesto que lo es ―asintió Alice. ―La cuestión es que Edward tuvo que ir al hospital a acompañar al pobre Carlisle, su ex esposo.

―Oh… lo lamento.

―Nadie aquí lo lamenta, de verdad. Mucho menos Edward…

Alice iba a seguir lanzando dardos contra la difunta, pero Isabella que no estaba para esos comentarios, intervino explicando el por qué de su pesar. Necesitaba sacarlo fuera, contárselo a sus amigas.

―No me pidió que lo acompañara, ni siquiera me llamó para contarme, simplemente envió un mensaje para mí. Cuando regresó era pasada la medianoche y apenas habló conmigo, dijo que no podía hablar y que seguía furioso conmigo.

Alice estiró las manos sobre la mesa y tomó la de su amiga, pensando que si bien Isabella había actuado impulsivamente, no era bueno que el músico la dejara al margen, aunque también lo entendía a él, por lo que con un tono algo más mediador le dio su parecer.

―Dale tiempo Isa.

Angela, que hacía poco se había puesto al tanto de la situación, deseaba poder ahuyentar el detonador de todos los males de su amiga, que no era otro que su padre, pues su plan cobró más fuerza y determinación. Estaba segura y lista para hacerlo entrar en razón.

Se hizo hacia adelante y puso una mano al centro de la mesa, mirando fijamente a Isabella.

―Después de que llames a mi padre para concretar la cita, te juro que será la última vez que tendrás que aguantarlo ―lo dijo con voz firme, tanto que sorprendió a Alice y sobre todo a Isabella.

―No puedes jurar eso.

―Sí que puedo, ―rebatió Ángela firmemente ―algo me dice que mi plan dará resultado.

―¿Pero a qué costo? ―la voz de Isabella sonaba preocupada porque para ella significaba un riesgo que no merecía padecer ―Tú no sabes cómo son las cosas en ese club de sexo, lo que los hombre demandan de las mujeres, de lo que ellas son capaces de hacer…

Ángela negó con la cabeza y trató de sonar ligera y parecer relajada.

―Bella, no soy tonta, y no soy virgen por cierto. He experimentado algunas… cosas, ya sabes. Además, no pretendo hacerme clienta habitual, solo quiero que él entre en razón. Quiero intentarlo, eso también lo salvaría a él.

Isa y Ángela se quedaron mirando, mientras Alice acariciaba su vientre sobre la chaqueta azul de su uniforme, pensando en qué tan peligroso podría ser eso, poniéndose de lado de la hija de Vulturi.

―¿Entonces, qué es lo que Isa tendría que hacer? ―preguntó la novia de Jasper Whitlock.

―Llamar a mi padre y concretar una cita. Propón el club de sexo, diciendo que allí te sentirás más cómoda y que no haga más preguntas

―No sé si podré… ―invitó Isabella con voz débil e insegura.

―Sabes que no es llegar y entrar en ese lugar… ―recordó Ángela, sabiendo por Isabella que a ese lugar se entraba con invitación directa de algún miembro habitual de la "comunidad". Pero Ángela parecía tenerlo todo cubierto.

―Lo sé, mi madre me ayudará…

―Dios… ustedes están bien locas. ―exclamó Alice, pensando en Gianna y Ángela ― ¿Cómo es posible que tú madre sea quien te ayude a entrar ahí?

―Lo hará porque yo se lo pedí.

―Bueno, pongámonos manos a la obra.―Alice sacó su teléfono del bolsillo y se lo extendió para poner en marcha el plan ―Anda, llámalo ya y acabemos con esto de una vez.

"Dios, Dios, Dios…" tomó entre sus manos temblorosas el teléfono de Alice donde Ángela había marcado el número de su padre. Le dio al botón verde, se llevó el móvil al oído y oyó dos tonos, apresurándose a colgar.

―¡¿Qué haces?! ―le dijo Alice cuando Isabella dejó el teléfono sobre la mesa, como si este quemara.

― No puedo, no puedo…

De pronto el móvil de Alice empezó a sonar, apareciendo en la pantalla el número al que hace intentes le marcó y que correspondía al de aro.

Isabella abrió desmesuradamente sus ojos y negó con la cabeza, evitando tomar el móvil. Pero Alice no dejaría pasar esta oportunidad que le estaban dando de bandeja para apartarla de ese demente. Por lo que la novia de Jasper recepción la llamada y le estiró el aparato a Isabella, que la miró suplicando, no convenciéndola.

Oía la voz de aro preguntar quién estaba ahí, quien estaba llamando. Fue suficiente para el empresario oírla carraspear para saber de quién se trataba.

―¿Bella, cariño, eres tú?

Volvió la aludida a abrir sus ojos cuando se dio cuenta que el hombre la había reconocido.

―¿Bella? ―insistió el hombre.

―Esto… ejem… hola Aro.

Oh, Dios, no puedes saber lo que significa para mí oír tu voz, saber que me llamas.

―Yo… quisiera que nos viéramos. ―dijo sin más, muy nerviosa, mientras las otras dos chicas la miraban expectantes. Cerró los ojos con fuerza cuando oyó la risita triunfadora de Vulturi al otro lado del auricular.

Dime donde y cuando, mi linda niña. ¿Hoy mismo?

―Pero no quisiera interrumpirte…

No amor, solo dime. ―dijo él haciendo notar su ansiedad. Isabella se mordía el labio mirando a Alice que tenía los ojazos tan abiertos como los suyos, y luego a Ángela, que articuló con su boca la palabra "mañana"

―Yo… uhm… mañana… mañana por la noche… en el club.

―¿En el club? ―preguntó Aro de pronto, muy extrañado ―¿Estás segura? No te gustaba ir allí…

―Necesito… quiero sobreponerme a ese lugar, ya sabes…

―¿Y por qué te oyes tan nerviosa?

A la pregunta, Isabella sacudió su mano en el aire, como si quemara, rogando que sus nervios de los que Aro ya había reparado, no le jugaran una mala pasada. Carraspeó y trató de sonar un poco más segura.

―No quiero que nadie lo sepa… sabes a lo que me refiero.

―Seré discreto, cariño. Dime donde te recojo.

―No, nos reuniremos allá. A las nueve de la noche, mañana.

Estoy ansioso, Bella mía. Sabrás entonces que todo este tiempo he tenido razón y que después de reencontrarnos mañana, no podrás alejarte de mí. Seremos felices, te daré lo que quieras, pondré el mundo a tus pies como alguna vez lo quisiste. Dejaremos el pasado atrás, me perdonarás y pensaremos en el futuro junto a ese hijo que es nuestra segunda oportunidad. Todo saldrá bien, cariño, lo juro.

Isabella estaba segura que cualquier otra mujer hubiera dado lo que fuera por oír al todopoderoso Aro Vulturi decir eso, o quizás ella misma en otro momento de su vida hubiera dejado todo para irse con él, pero ahora era diferente.

―Eso espero. Nos vemos mañana.

Adiós Bella, no olvides que te amo.

Isabella tragó grueso ante aquella aseveración de Aro y colgó sin añadir nada más. Dejó el móvil sobre la mesa y se cubrió la cara con las manos.

―Mañana a las nueve es la cita entonces.

―Espero que tengas razón y este plan funcione, porque de lo contrario Aro va a dejar todas las sutilezas de lado y va a darme caza a como dé lugar. Y si eso pasa, dejarás a mi hijo sin padre porque tendré que escaparme muy lejos de aquí.

―Calma Isa, te juro que resultará, ya lo verás ―aseguró Ángela.

Cuando Isabella y Alice avisaron que ya era momento de retomar el trabajo, Isabella no lo hizo sin antes tomar a Ángela por los hombros y darle un abrazo muy apretado. Sentía que la chica estaba poniendo demasiado en riesgo con esta idea que se le ocurrió solo por ayudarla.

―Me siento tan mal…

―¿Por qué dices eso?

―Estuve lejos de ti por pura vergüenza durante todos estos años, y pienso que si hubiera hablado contigo sinceramente como las amigas que somos, muchas cosas habría podido evitar.

―Eso ya es pasado. Ahora tenemos que pensar en el futuro y para eso, hay que limpiar el camino, y yo te ayudaré con ello.

―No tienes que hacerlo…

―Isa, no lo hago solo por ti, sino que por mí también y por sacar a la luz la verdadera naturaleza de mi padre. Quiero que entre en razón y que viva siendo el buen hombre que sé puede llegar a ser. Y quizás lo estoy idealizando, pero es mi padre y lo amo, por eso quiero salvarlo… debe darse cuenta que lo que hizo y lo que está tratando de hacer contigo no está bien…

―Espero tengas razón Ángela.

La chica le sonrió con esa sonrisa característica que dejaba ver sus relucientes dientes, deseando Isabella tener la misma seguridad y optimismo frente al futuro.

―Ahora ve a trabajar, después anda a tu casa y pasa un increíble fin de semana con tu hombre, porque se lo deben

―Lo intentaré.

Ángela le dio un beso en la mejilla y le sonrió, peinándole el cabello a Isa, que le devolvió la sonrisa con un nudo en la garganta de la pura emoción.

―¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? Ni siquiera haber conocido a mi madre, sino haber recuperado tu amistad, por eso lo hago.

―Gracias.

Volvieron a abrazarse antes que Isabella retomara el camino hacia su trabajo y Ángela hacia su casa, ambas expectantes por lo que ocurriría al día siguiente con el plan de la hija de Vulturi, que estaba completamente segura de lo que quería hacer.

Cuando Isabella más tarde regresa a casa después del trabajo, se encuentra con el sonido de las notas del piano que le indican que Edward está en casa. Bajó los hombros con pesar por no haber recibido llamada alguna de parte del músico como para, por ejemplo, ir por ella al trabajo o tan solo preguntarle cómo se encontraba o si se había tomado sus vitaminas como solía hacerlo. Eso demostraba el nivel de enfado que Edward tenía por su culpa.

Caminó con la cabeza gacha hasta el salón y solo la levantó cuando el piano dejó de tocas, mirando hacia el sector del instrumento y viendo a Edward tomar notas con un lápiz grafito sobre lo que parecía ser una partitura.

―Ejem… ―carraspeó ella y Edward dirigió su mirada hacia ella ―Hola…

―Hola. ―respondió Edward, apenas mirándola, manteniendo su concentración en la partitura.

Isabella se mordió el interior de la mejilla deseando preguntarle cómo había estado el día o cómo era que estaba en casa tan temprano. Deseaba ir donde él e inhalar su perfume, dejarse envolver por sus brazos seguros y oírlo decir que la amaba, pero se contuvo de hacerlo. Simplemente y suponiendo que estaba interrumpiendo al músico en su trabajo, se giró sobre sus talones y se dirigió al cuarto donde se quitó el abrigo rojo el que guardó dentro de su sitio en el inmenso closet. Se sentó en una otomana redonda y pasó sus manos por las pantorrillas adoloridas después del ajetreo del trabajo que la tuvo corriendo de un lado a otro, y mientras lo hacía pensaba en el muro que estaba levantándose entre el hombre que amaba y ella, todo por su culpa.

La escasa emoción que vio en el saludo de Edward le heló la sangre y le provocó en el pecho el deseo de lanzarse sobre su cama y enterrar su cara en las almohadas para llorar. ¿Qué estaba pasando con su relación? ¿Será que acaso estaba perdiendo al amor de su vida? ¿Será que Edward estaba aburriéndose de su comportamiento, de todo el peso que ella cargaba sobre sus hombros, de todo…?

― ¿Estuvo bien el día?

La pregunta que se oyó desde su espalda la sobresaltó y la hizo detener sus cuestionamientos mentales. Se giró y vio a Edward afirmado en el marco de la entrada al closet ese que tenía el tamaño de una pequeña habitación. Estaba cruzado de brazos y vestía una camisa azul cielo y unos pantalones negros, su cabello desordenado y su incipiente barba que oscurecía su mentón, lo que en su conjunto era para Isabella lo más lindo que había visto en su vida.

―Sí… bien.

Él asintió a la corta respuesta de la chica, torció la boca y lanzó un suspiro a la vez que negaba con la cabeza cuando ella bajó la mirada hasta la punta de sus pies, evitando sus ojos.

"Testaruda" pensó, caminando hacia ella e inclinándose justo en frente de la chica, tomó una pierna entre sus manos, quitando primero un botín y luego el otro, antes de pasar sus manos por las pantorrillas de la chica, tal como lo vio hacerla a ella misma cuando se asomó allí. Estaba concentrado en su trabajo de masajear las piernas de su chica, que no reparó en el rostro lleno de lágrimas del que se percató cuando levantó el rostro hacia ella.

―Oye…

―Yo… perdóname, Edward. Sé que soy una tonta, y que soy llevada a mis ideas, pero no soporto más esto… lo siento, lo siento…

―Ya basta ―susurró, levantándose para tomarla entre sus brazos y apretarla fuerte como ella lo había deseado. Se sentó en el lugar donde la chica estaba y con ella sobre sus piernas y bien instalada en su regazo, besó su cabeza y la meció levemente. ―Solo me preocupo por ti y por nuestro bebé. No quiero que nadie les haga daño y hago lo posible por que así sea, entonces cuando te pones en riesgo innecesario… me saca de mis casillas.

―Lo siento ―volvió a repetir con voz acongojada ― Soy la culpable de todo esto que está pasando y quería ayudar…

Edward le acarició el rostro mojado y torció la boca. Por supuesto que ella iba a querer hacer lo suyo para ayudar, pero él no quería eso, no cuando era peligro.

―Bueno, no quiero que ayudes. Preocúpate de cuidarte y cuidar a nuestro pequeño, ¿entendido?

―Entendido.―acordó ella, suspirando tranquila porque parte del drama que tenia con Edward había quedado atrás. Entonces recordó el asunto con Esmerald, deseando que él se abriera con ella sobre eso ―Y dime como te siente, por lo de Esmerald…

Edward se encojó de hombros y besó su barbilla antes de contestarle.

―¿Es muy raro decir que no siento nada? Me refiero que no siento alivio, ni paz, ni mucho menos pesar… es como si alguien ajeno a mi hubiera muerto, como cuando leer el nombre de las personas en el obituario, algo así. Lo que me destrozó el corazón fue ver la pena de Jane esta mañana, cuando Carlisle le contó lo ocurrido.

Isabella sintió pena por Jane, suspirando y recostando su cabeza en el hombro de Edward en tanto acariciaba su barbilla. Entonces pensó que quizás sería buena idea ir a acompañarla, distraerla quizás. Se enderezó y miró a su músico, alzando ambas cejas.

―Dios, pobre pequeña, ¿podemos ir a verla?

―Mañana será ―tocó la punta de su nariz con su dedo ―ahora estará en casa de la familia de Esmerald.

―¿Y Carlisle?

―Carlisle siente la pena de un hombre que vio muerta a la mujer a la que amó profundamente en un momento de su vida, pero que más tarde lo defraudó hasta lo más profundo. Se siente confundido, y no es para menos, pero igual está triste, lo sé.

―Lo siento por él… y por ella, tampoco puedo estar feliz por la muerte de alguien, menos de esa forma, aun cuando intentó hacernos tanto daño…

―Es verdad… pero hay otra cosa.

Isabella sintió el cuerpo de Edward tensarse y no le gustó nada eso. Volvió a incorporarse saliendo del hueco de su hombro lo miró con preocupación.

―¿Otra cosa?

―Carlisle recibió las pertenencias de Esme, y entre ellas había un sobre de un laboratorio. Él lo abrió por curiosidad supongo, y se encontró con los resultados de una prueba de paternidad.

―¿Prueba de paternidad?

―Envió muestras capilares mías y de Vulturi para que fueran analizadas y resolver el maldito misterio ese…

―¡Oh Dios mío! ―exclamó, poniéndose la mano sobre la boca ― ¿Y?

Edward arrugó el entrecejo y miró hacia el suelo.

―Carlisle me entregó el sobre. Él conoce el resultado… pero yo me he negado a verlo.

―¿Estás seguro?

―¿Y qué cambiaría? ―preguntó mirándola otra vez y apretando el agarre de sus manos alrededor de su cintura―No voy a ir corriendo a sus brazos como él espera que ocurra. Además, no podría soportar saber que llevo su sangre…

―Entiendo cariño. Lo que decidas para mi está bien. ¿Y qué hiciste con el documento?

―Lo guardé en una gaveta.

Isabella torció la boca y pensó que tener ese papel ahí, gritando su existencia, no era lo mejor. Le acarició el cabello por la nuca mientras le dio su parecer.

―Si ese examen sigue existiendo te verás tentado una y otra vez a verlo, alguna vez querrás saber la verdad por un motivo u otro.

―¿Y qué propones?

―Que lo destruyas si es lo que quieres. ―Isabella se levantó del como sitio entre los brazos de Edward ―¿Dónde lo dejaste?

―En el cajón de mi mesa de noche.

Isabella corrió hacia la habitación y abrió el cajón de la mesa de Edward donde sin rebuscar encontró un sobre blanco, doblado, donde vio en el frontis el nombre de Esmerald Platt. Lo tomó entre sus manos fuertemente y se devolvió al walking closet donde había dejado a Edward, pasando a tomar de una mesita un encendedor que mantenía ahí para prender velas o incienso cuando se les antojaba.

―Ven ― lo tiró y lo llevó al baño. Dejó el sobre el lavamanos y por el espejo miró el rostro del músico que miraba el papel, como tomando la decisión final sobre el proceder de ese papel. ―¿Lo hacemos?

Edward inspiró profundo y se quedó pensando en el resultado que arrojaba ese documento y que él desconocía, pero pese a ello, él ya sabía la verdad, su verdad, por eso respondió con seguridad, mirando a su chica que esperaba su respuesta, que daría luz verde.

―Mi único padre fue mi abuelo Richard, y Carlisle incluso por quien siento un cariño muy cercano al amor paternal, nadie más. Ese hombre que dice ser mi progenitor no significa nada para mí, por lo que puedes destruirlo, mi verdad es esta y es todo lo que necesito.

―Hagámoslo entonces.

Isabella encendió con fuego la punta del sobre y en minutos éste se consumió por completo, dejando en incognito al menos para ambos, el resultado de esos exámenes que Edward aseveró no significaban nada para él. Su padre sería su abuelo Richard, al único que le debía todo en esta vida y quien se desvivió por darle todo lo que necesitaba en cuanto estuviera a su alcance. Esta conclusión lo dejó tranquilo, tanto así que soltó el aire que retuvo en sus pulmones y relajó sus músculos cuando el fuego hizo su trabajo.

―Bueno, ¿qué hacemos ahora?

Edward inspiró y rodeó a su mujer por la cintura, pegando su frente a la de ella.

―Sexo de reconciliación.

―Sexo de reconciliación… ―repitió, mordiéndose el labio. ―¿Pero y si llega mi mamá?

―Peter la mantendrá entretenida hasta tarde, visitarás a tu tío incluso, por lo que me temo que las cosas son más serias de lo que parecen…

Le golpeó en el hombro como siempre que hacía cuando Edward insistía en decir que había un romance no reconocido entre Renée y Peter.

―¡Edward! Son solo amigo….

―Amigos, sí claro…

Ella lo miró a través de sus pestañas y sonrió con picardía, dejando atrás cualquier sentimiento de congoja que pudo haber tenido, apretando los dedos de los pies cuando vio la mirada oscura y llena de deseo del músico, cuyo objetivo estaba implícito en la mirada de ese hombre.

Edward la rodeó por la cintura fuertemente apretándola contra su pecho cuerpo, la miró con detenimiento, agradeciendo la suerte por tener a esa mujer a su lado, a la que podría ser capaz de mirar durante horas y sin interrupción. Bajó lentamente su boca rozando la de ella apenas, sin dejar de mirarse el uno al otro. Ella recorrió los brazos del músico hasta llegar a su cuello y el pelo de su nuca, acariciando allí con sus dedos mientras que con la punta de su lengua acarició el labio inferior de él, soltando Edward un gemido hondo, perdiendo el control sobre ella.

La besó como si fuera su única salvación, como si ansiara ese tesoro que ella le ofrecía, como si no necesitara nada más para vivir, nada más que no fuera ella, toda, por completo.

―Edward… Edward… ―gimió sobre los labios del músico al momento que él se ocupó de levantarla y sentarla sobre el lavado, donde ella no demoró en rodearle con sus piernas y acercarlo más a ella.

―Te extrañé ―murmuró Edward, metiendo sus manos cálidas bajo el suéter de hilo blanco que ella usaba y que con destreza él hizo desaparecer, haciendo lo mismo con la odiosa camisa que traía puesta.

La besó en el cuello y los hombros, pasando sus manos por la piel de su espalda y apretando sus caderas, no bastándole con eso. Necesitaba tomarla y hundirse en lo más profundo de su ser… y fue lo que hizo, justo sobre ese lavado que un par de veces antes fue testigo del arranque pasional de la pareja compuesta por la enfermera y el músico.

Le arrancó los pantalones y destrozó sus tanguitas de encaje negras, deshaciéndose de su propio pantalón y su ropa interior que apenas y pudo bajar hasta sus tobillos.

Suspiraron aliviados cuando estuvieron unidos en lo más íntimo y gimieron entre besos cuando comenzaron a moverse de tal manera que dicha fricción entre ambos comenzó a hacer su magia, la que en poco tiempo los llevó a lo más alto del placer con movimientos duros y profundos hasta que con un grito y abrazados el uno al otro encontraron la bendita liberación, quedando exhaustos pero apenas saciados. No era suficiente.

―Qué bueno es el sexo de reconciliación ―murmuró el músico mordiendo el lóbulo a su chica.

Ella soltó esa risita de niña que a él le volvía loco, y acabándose de quitar los zapatos y el resto de la ropa con los pies, agarró a su enfermera por las nalgas y la llevó hasta la cama, donde volvió a tomarla, esta vez con más lentitud, besando cada recoveco de su cuerpo y diciendo lo mucho que la amaba y lo feliz que era de tenerla, eso aunque a veces y con mucha facilidad lo sacaba de quicio.

Isabella eran pocas las palabras que podía articular coherentemente, pero cuando lograba hacerlo decía simplemente que lo amaba, que lo amaba mucho.

Disfrutaron el uno del otro por un buen rato, como siempre conjugando el amor y el placer en ese acto que era mucho más que simple sexo.

La enfermera se relajó sobre el pecho del músico mientras él acariciaba su espalda desnuda con la punta de sus dedos, hasta que la respiración de la chica le indicó que se había quedado dormida. Besó su cabeza y despacio la movió hasta dejarla sobre la cama, arropándola con las colchas mientras él decidía levantarse, vestirse e ir a la cocina a preparar algo de comer para su chica.

Fue hasta la cocina donde encuentra a Renée, oyendo la telenovela en la pequeña televisión que habían instalado allí para ella. Gustaba pasar tiempo en ese lugar, decía, por lo que agradeció tener el aparato allí para que le hiciera compañía.

―No te oí llegar, Renée ―dijo él en tono de disculpa, rogando al cielo que ella, con su agudo oído, no se hubiera percatado del ruidoso sexo de reconciliación que Isabella y él acababan de compartir.

―No llegué hace mucho. Vine derechito a prepararme mi té de menta y oír mi telenovela.

―Huele delicioso.

―Ven, sírvete un poco y siéntate conmigo ―le indicó el sitio junto a ella en el mesón de la cocina, estirando una de sus manos buscando las del músico cuando lo oyó ubicarse junto a ella, las que tomó entre las suyas, apretándolas levemente ―Ahora dime cómo te sientes por todo lo que ha pasado. Peter me contó lo de Esmerald…

Edward apretó también levemente la de Esme y soltó por enésima vez en esas ultimas horas, un suspiro.

―Es extraño Renée, y no sé si eso me hace mala persona, pero no siento nada. Lo mismo le dije a Isabella, es como si me enterara de la muerte de una persona a la que no conozco, por la que no tengo sentimientos.

―Claro que no te hace mala persona, muy por el contrario. Te regañaría si te alegraras de su muerte…

―Pero no es así. Yo podría haberla querido mucho, de niño recuerdo haberlo hecho, pero ni siquiera el recuerdo de esos sentimientos me mueve a sentir algún tipo de pesar por su muerte.

Ambos guardaron silencio por un momento dejando que las voces procedentes del televisor fueran el único ruido que llenara la cocina, pero que no eran molestas para ninguno de los dos, sobre todo cuando Edward estaba más ocupado en repasar sus sentimientos, que había vuelto a sacar a flote con la madre de la mujer que amaba y que lo miraba con la ternura de una madre, la que él nunca sintió tener, pues si era cierto tuvo amor paterno por parte de su abuelo y del mismo Carlisle, el amor de madre fue algo que no sintió y que si alguna vez lo hizo, se difuminó con el tiempo. Agradecía por eso, la forma en que esa mujer le abrió los brazos y le brindo más cariño del que se merecía recibir.

―Bueno ―dijo Renée después de un rato, golpeando el dorso de la mano del músico antes de soltársela ―Dios sabe cómo y cuándo moriremos, solo debemos procurar estar con las cuentas claras aquí abajo para llegar a buen lugar allá arriba.

―Usted habla como toda una hermana de cura…

―Pues porque lo soy ―asintió con diversión y orgullo ―¿Y qué hay de tu hermanita?

―Se puso muy triste, en verdad triste cuando entendió que no volvería a ver a su mamá nunca más. Pero espero que salga adelante pronto, que olvide esto.

―Niña más hermosa es Jane, seguro sabrá canalizar su pena y entender con el tiempo que así es la vida, como dice mi hermano, según los designios de Dios.

―Y hablando de su hermano, ¿Y cómo estuvo la visita que le hicieron? ¿Peter está haciendo su trabajo?

Edward volvió a recibir un golpe en el brazo por parte de Renée esta vez, que fue certera en su derechazo. Pero más que dolerle, a él le pareció graciosa su reacción, atinando solo a reír.

―¡Ten respeto Edward Masen!

―Lo siento, lo siento, pero sabes que no me trago ese cuento que son solo amigos, es cosa de mirarle la cara cuando te ve, y ver como se pone usted, suegra querida, cuando lo sabe cerca…

―¿Acaso no tengo derecho? ―preguntó la mujer, poniendo su mano sobre las caderas, que a él le pareció un gesto muy tierno la verdad. Esta vez fue su turno de tomar las manos tibias y lozanas de Renée entre las suyas y apretarlas ligero.

―Todo el derecho del mundo y si es con alguien como Peter, mejor aún. Hacen una linda pareja.

―Es extraño para mi… ―reconoció ella en voz baja, jugueteando con uno de sus pendientes ―nunca los hombres me miraron como mujer, fuera del padre de mi niña que era un cretino. Mi ceguera y cargar con una hija los ahuyentaba.

―No puedo entender por qué, si es joven y hermosa, autosuficiente a pesar de sus limitaciones. No necesita valerse de nadie para salir adelante y así lo ha demostrado, es una triunfadora y merece que los hombres que pasan por tu lado se den vuelta a mirarle.

Renée mordió su boca y ahogó una risa, pero no pudo ocultar el sonrojo de su rostro que sentía arder por las palabras tan lindas que el músico con alma de poeta acababa de decirle.

―Eres todo un galán, Edward, con razón mi hija se enamoró de ti casi a primera vista.

―No digo las palabras por decirlas, es lo que veo y lo que siento. Así que disfrute de su romance, que todos estamos feliz por ustedes, incluyendo a Isabella.

Le apretó la mano con la que Edward la tenía sujeta y le regaló una sonrisa sincera, antes de rodear la taza de té con ambas manos.

―No me dijiste en qué estaban cuando yo llegué, ni siquiera me sintieron…

―Suegra, no quiere saberlo, de verdad que no ―respondió Edward, levantándose de la mesa y pasando a un lado de la mujer que repentinamente se había puesto roja cual tomate, dejando un beso tierno en su cabeza antes de ponerse manos a la obra con su labor de chef, mientras Renée intentaba poner atención a su telenovela, tentándose casi enseguida a levantarse y ayudar a su yerno en las labores de la cocina.

Al músico se le había abierto el apetito también después del sexo de reconciliación, sumado a eso su apetito voraz que había aparecido al mismo tiempo de la gestación de su hijo, lo que reconocía con todo orgullo, pues si engordaba sería por él.

Patatas nuevas cocidas y salteadas en aceite de oliva y especias y un buen trozo de carne roja en su punto fue lo que prepararon a modo de cena y en cuestión de poco tiempo, el suficiente para dejar dormir a la dama embarazada a la que Edward fue a despertar cuando estuvo listo.

Lo hizo dejando besitos suaves por su rostro hasta que los labios de ella sonrieron al percatarse de la forma tan gentil que su hombre tenía de despertarla, pese a que hacía poco rato atrás estaba demandando su boca como un poseso.

―¿No puedo seguir durmiendo? Preguntó ella, cubriendo su cuerpo desnudo hasta la barbilla, sin abrir los ojos. Él metió las manos por debajo de la sábana y encontró sus caderas las que empezó a atacar con suaves cosquillas, que acabaron con la modorra de Isabella, que se carcajeaba y se removía pidiéndole que se detuviera.

El músico tuvo piedad después de disfrutar de la risa que amaba oír y la besó bajo la oreja que aún olía a perfume de lavanda.

―Te dejaré dormir cuando hayas comido algo… y yo también estoy hambriento, así que levántate muchacha, que tu madre nos está esperando.

―¿Ya llegó?

―Sí… y yo creo que nos oyó por la forma en que se sonrojó cuando preguntó por ti…

―Dios… ―salió de la cama desnuda y pasó por delante del músico que seguía sentado en la cama siguiéndola con la mirada, tentándose a ir tras ella.

Isabella se puso pantalones de yoga, una camiseta de Edward y sus grandes pantuflas de oso que provocaron que él rodara los ojos cuando la vio reaparecer y llevarlo hacia la cocina, donde se reunieron con Renée.

Se le acercó a su madre y besó su cara antes de instalarse en el mesón, pellizcando un trozo de pan mientras Edward vertía en un vaso algo de jugo para ella.

―Huele increíble ―dijo la enfermera, inhalando profundo cuando Edward sirvió los platos.

―Hacemos un buen equipo en la cocina Edward y yo ―dijo Renée, agradeciéndole al chico cuando puso su plato servido frente a ella, pese a que ya había comido algo donde su hermano. ―¿Y cómo estuvo tu día, mi niña? ¿Alguna novedad?

Isabella recordó el dialogo con Ángela y Alice y luego el llamado telefónico que hizo a Aro, negándose a hacer mención de eso. Le sonrió a Edward cuando dejó su plato frente a ella y agradeció levantando su cara hasta él para ofrecerle su boca. Ese hombre era el único que le importaba, igual que la mujer a la que tenía en frente y al niño que llevaba en sus entrañas. Por ellos iba a dar un paso al costado y dejar que Ángela pusiera en marcha su plan, esperando que diera resultado, por lo que respondió a su madre, contándole de sus pacientes en el piso de cardiología, de Alice y las locuras que se le habían ocurrido a Jasper y sobre algunas ideas que ella tenía para comenzar a preparar el cuarto de su niño, a quien ya se imaginaba de sexo masculino heredando las facciones de Edward, que la miraba desde el costado y le guiñaba el ojo, gustoso de ponerse en marcha también para recibir a su hijo.

―Deberían ir pensando cómo van a llamarlo… ―comentó Renée con mucha ilusión, dejando a un lado los cubiertos después de haber desocupado su plato. ―Un lindo nombre para mi nieto.

―Jasper insiste en llamar Jasper Junior a su hijo, y si es niña Jasperina o algo así ―dijo el músico como si nada, provocando que las dos mujeres estallaran en risa.

―Mi hijo va a llevar un nombre lindo…

―¿Y tan segura estás que será un niño? Puede ser una niña…

Edward e Isabella se miraron y tomaron sus manos sobre la mesa, imaginándose ambos al unísono a una pequeña niña de risos y ojos en alguna tonalidad verde que mezclaba las de ambos.

―Puede ser una niña… ―repitió ella en un murmullo soñador sin dejar de ver los ojos de su amado, por quien lucharía para que el futuro que los aguardaba fuera brillante, lejos de las tinieblas que pudieran amenazar su felicidad.