Niñas! Aquí vengo cuando estamos a dos o tres capítulos de decirle adiós a esta locura. Como siempre, miles de gracias por sus lecturas, comentarios y por seguir esta historia, que ya saben, está dedicada a todas ustedes. ocura,
Besos y abrazos y atentas que pronto viene un nuevo capítulo.
Capítulo 42
Renée acogió entre sus brazos a la pequeña Jane, que llegó la mañana siguiente al departamento de su hermano para pasar el día allí. No saldrían de la casa durante la mañana, pero se ocuparían de tenerla entretenida para que remitiera su pena por haber perdido a su mamá, pues Jane en sus ocho años entendía perfectamente de qué se trataba la muerte aunque lograba verlo con ojos más esperanzadores que con los que un adulto entendía ese proceso. Aun así le dolía y sus ojos se llenaban de lágrimas cada vez que la recordaba, además todo era demasiado reciente como para pedirle que lo superara, todos creían que debía vivir su duelo como la niña que era y ayudarla a no hundirse en ese proceso.
Fue el mismo Carlisle quien llegó a dejarla aquella mañana, recibiendo un fuerte abrazo de Isabella la que en verdad no sabía bien qué decirle, aunque él sí que tenía algo que decirle a esa testaruda muchachita.
—No vuelvas a ponerte en riesgo, muchachita ―la regañó bajito mientras la tenía abrazada. ―Solucionaremos el problema a nuestra manera, no es necesario que te hagas la heroína en esto, ¿está bien?
―No volverá a pasar, te lo prometo. ―prometió, cerrando los ojos. Carlisle se apartó y la miró a los ojos, estrechando los suyos propios, antes de asentir.
―Muy bien.
En verdad Isabella deseaba que eso se hiciera realidad, que todo esto se resolviera, y si las cosas ese día iban según lo planeado por Ángela, esperaba que así ocurriera.
En tanto Edward y Carlisle hablaban en un rincón de la sala, Renée e Isabella se sentaba con la niña en el sillón para hacer planes.
―Vamos a cocinar juntas algo muy rico ―hablaba muy entusiasta Renée a la niña, acariciándole su cabello. ―Después puedes ver una película o dormir un poco, y más tarde quisiera llevarte donde mi hermano.
―¿El curita?
―El mismo. Puedes hablar con él sobre tu mamá por ejemplo, sabes que él y Dios tienen conexión directa y puede ayudar con tus dudas, y de paso podríamos echarles un vistazo a los animales que unos jóvenes estudiantes de veterinaria llevarán allí. Son animalitos que han rescatado y los llevaran para que los niños de la parroquia los conozcan, ¿te gustaría ir?
―¿Animales?
Isabella sonrió de ver cómo la niña quedaba cautiva con la idea de muchos animales, y fue ella misma la que corroboró los dichos de su madre.
―De varias especies, sí. Incluso algunos se entregan en adopción. ¿Te gustaría ir y…?
―¡Sí, sí, yo quiero ir! ―respondió entusiasta antes que Isabella pudiese acabar su pregunta. Se levantó de un salto y buscó a su hermano con la mirada, que estaba apartado de ellas ―¡Edward, iremos a ver a los animales a la iglesia del curita!
Edward y Carlisle la miraron y pestañearon procesando aquella última disposición de la pequeña, a la que no pudieron negarse.
―Uhm… sí, claro.
―¿Y qué vamos a cocinar? ―preguntó la niña a Renée, muy entusiasmada, dejando a un lado su pena por la partida al cielo de su mamá ―¿Podemos cocinar panqueques con manjar?
Renée sonrió y juntó sus manos sobre su pecho.
―¡Claro que sí! Con mucho manjar… a Isabella también le gustan mucho…
―Es verdad ―acotó Isabella, rodeando a la niña por los hombros ―manjar y nueces, qué te parece.
―¡Manjar y nueces, sí!
Edward buscó con la mirada a su chica y le guiñó el ojo en agradecimiento por lo que estaba haciendo con su hermanita. Carlisle mientras tanto iría con la familia Platt para el funeral que se realizaría ese mismo día en la tarde, mientras que en la noche se leería el testamento de Esmerald, debiendo estar él presente como padre y representante legal de Jane, su única hija. Al parecer, el abogado de Esmerald se comunicó con Edward indicándole que él también debía hacerse presente en la lectura del testamento, negándose el músico en redondo y diciendo que Carlisle como su abogado lo representaría.
Isabella en tanto, pensaba que distraer a Jane serviría para distraersea sí misma, además pasar tiempo en la iglesia sería una manera de sentirse segura y de paso rezar por que todo saliera bien. Deja entonces a Renée y Jane ocupándose de Kal-El que seguía haciéndose a la idea de vivir en ese nuevo entorno del que pronto se adueñaría. Se despidió de Carlisle con un abrazo y un beso en la mejilla, aprovechó de robarle otro a su novio antes de decirle que iría al cuarto para llamar a Alice y enseguida ponerse en marcha con o que hubiera que hacer.
Llegó al cuarto y tomó el teléfono que había dejado en su mesita de noche y lo desbloqueó para ver un mensaje que Ángela había dejado allí, donde le pedía que estuviera tranquila y que actuara con naturalidad ese día, pero que por nada se comunicara con él. Al día siguiente se comunicaría con ella o esa misma noche si era necesario para contarle cómo había sucedido todo.
Isabella suspiró y se sentó sobre la cama con el teléfono en la mano, moviendo sus pies nerviosamente, mordiendo su labio fuertemente, a punto de romperlo.
―No sé por qué, pero tengo un poco de temor de preguntar qué es lo que te pasa…
Isabella cerró aún más fuertemente sus ojos y los abrió desviando su mirada hacia donde se encontraba Edward, vestido de forma casual con jeans y una camiseta azul, graciosamente igual como iba vestida ella. "Somos como gemelos" había bromeado él esa mañana cuando la vio. Ojalá su buen humor no se esfumara después de contarle la parte que omitió, pues no quería esconderle nada.
―Me conoces bien.
―Y doy gracias a Dios por ello ―caminó y se sentó junto a ella, tomándola por el antebrazo para guiarla y sentarla sobre sus piernas, donde ella lo rodeó con sus brazos e inhaló profundo su perfume. ―Ahora suelta lo que tengas que soltar. Y hazlo justo ahora que estoy en estado zen, enfermera.
Ella sonrió con agradecimiento y afirmó su frente en la sien del músico, dándose valor para poner a prueba la paciencia del músico que le había robado el corazón.
—Ángela urdió un plan ―comenzó diciendo con voz bajita ―quiere provocar con Aro una especie de reacción mediante shock… ya sabes.
―No, no sé ―respondió lento, poniéndose alerta.
―Asegura que su plan hará que él retroceda y abra los ojos respecto a todo lo que hizo conmigo, y lo que hace ahora insistiendo cuando sabe que lo único que quiero es que se olvide de mí, haga su vida como yo he hecho la mía. Ni siquiera le deseo mal, solo que se olvide de que puede volver a tener algo conmigo.
Cuando nos reunimos, ya sabes… él insistió que bastaría solo una noche para hacerme entrar en razón sobre regresar con él y tener lo que siempre quise, a su lado. Si después de eso, después que él pusiera en juego su última carta yo no cedía, prometió hacerse a un lado y olvidarse de mí.
―¿Y le creíste?
Edward quiso gruñir y gritar de frustración cuando el silencio de Isabella fue la respuesta afirmativa a su pregunta. Quiso apartarla de su regazo pero ella se lo impidió, aferrándose a él como si de eso dependiera su vida. Él respondió aferrándola igual de fuerte por su cintura.
―Quiero creerle, quiero creer que simplemente es un hombre que está confundido. Ángela siente lo mismo…
―Ángela es su hija…―rebatió lo que para él era obvio. Aun así, Isabella siguió con su punto.
―Pero no está de su lado respecto a esto, o no nos estaría ayudando.
Edward hizo su cabeza hacia atrás y obligó a la enfermera para que lo mirara y aclarara el punto.
―¿Y en qué, puntualmente, nos está ayudando Ángela? Y no quiero sonar como un malagradecido ni nada de eso, pero…
―Sobre aquello de darle a Aro la última noche… ―dijo casi susurrando, un poco amedrentada por la manera en que el músico estrechó sus verdes y brillantes ojos.
―No entiendo.
Ella se obligó a esbozar una sonrisa nerviosa y carraspear más de una vez para aclarar su voz, inspirando hondo antes de soltar todo de una vez.
—Bueno, él cree que nos reuniremos esta noche en el club de sexo para darle lo que me pidió, a cambio de dejarme en paz.
Edward levantó la cabeza al cielo y cerró los ojos pidiendo misericordia para sus nervios, los que estaban a punto de salir de su cause.
―Dios, no puedo creerlo.
―Pero yo ni siquiera tendré que ir ―se apresuró en aclarar para calmar al músico ―, Ángela tomará mi lugar y con eso le hará abrir los ojos.
―Estás tratando de decirme que Ángela irá a ese maldito club y dejará… Dios, ni siquiera puedo decirlo. ―Apretó los ojos con sus dedos ― ¿De verdad creen que con eso, Aro reaccionará y de pronto pensará que todo lo que ha hecho, está mal?
Isabella quisiera haberle respondido que sí, a pies juntos, con el cien por ciento de su seguridad puesta en ese plan, pero no podía, quizás estaban confiando demasiado en provocar una cierta reacción en Aro, que quizás podría resultar al revés, pero no lo dijo, se limitó a expresar su deseo.
―Tengo la edad de su hija, y ella quiere hacerle ver que como alguna vez abusaron allí de mí, por su culpa, podrá perfectamente haber sido ella, eso es lo que quiere hacerle entender.
―No sé si lo logre.
―Quiere intentarlo, y no solo por mí, sino por ella, por la culpa que siente…
―Ella no tiene culpa de nada.
Isabella asintió con la cabeza y besó la mejilla de su novio, volviendo a afirmar su cabeza en el hombro de Edward.
―Eso lo sé y se lo he dicho, pero insiste que es ella la que puede hacer cambiar de actitud a su padre… es su padre, Edward, y lo ama. ―Puso una manos sobre el pecho fuerte del músico y mientras hablaba, de pronto comenzó a sentir cómo la garganta le ardía al igual que sus ojos que en cuestión de segundos se desbordaron. ―Quiere salvarlo, quiere salvar a su madre, que el único propósito que la llevó a buscarla fue el interés, no el amor de madre. Soy yo la que me siento culpable por no haber hablado con ella cuando era preciso hacerla, por haber desaparecido, por haberme olvidado de nuestra amistad…
―Está bien, está bien… ―Edward la meció y besó su frente una y otra vez ―ya cariño, es suficiente de llorar…
―Lo que pasa es que ahora lloro por todo.
Edward torció la boca sonriendo a pesar de todo por el enfado de su mujer sensible que producto del embarazo, como dijo ella misma, lloraba por todo.
―Es verdad…―sonrió al responder ―entonces dime, tendremos que esperar a saber si Ángela pudo hacer reaccionar a su padre con ese shock o lo que sea…
―Sí, esta noche. Gianna la ayudará a entrar, está todo listo.
―Vale… no tengo idea de lo que esa amiga tuya vaya a hacer esta noche, pero solo espero que todo salga bien, por su bien.
―Yo también. Quiero caminar tranquila por la calle, sin la impresión que andan siguiéndome o que en cualquier momento saltarán sobre mí… ―se enderezó y golpeó sus muslos en señal de frustración. ― ¡Estoy embarazada, por Dios, y tengo un hombre guapo a mi lado a los que quiero disfrutar! ¡¿Es mucho pedir?!
―Es lo justo, cariño… sobre todo por eso del hombre guapo… ¡Auch!
Se carcajeó por el golpe que la enfermera le propinó un golpe en el costado, aunque enseguida lo retribuyó con un beso en los labios y caricias sobre su rostro con sus suaves manos.
―Eres un tonto… y sé lo que estás tratando de hacer distrayéndome del tema de Ángela y su plan. Y te agradezco que no te enfadaras como lo hiciste antes, cuando te conté que me había reunido con él…
―Sí, no tendría que haberme enfadado de esa manera, pero es tu seguridad y la de mi hijo la que me preocupa, ¿lo entiendes, verdad?
―Sí que lo entiendo.
Edward movió la cabeza en afirmativo y sorprendiéndola, se giró y la hizo caer sobre el colchón donde estaban sentados, cubriéndola con su cuerpo. Ella abrió los ojos advirtiéndole que no era buena idea lo que estaba pensando hacer… bueno, aunque ella prometería ser silenciosa si él se lo pidiera, por lo que rodeó su cuello y lo acarició con sus deditos, removiéndose al sentir la dureza de su cuerpo sobre el de ella.
―Que estás haciendo moviéndote de esa forma…
―¿De qué forma?
―No seas descarada, enfermera. ―La reprendió, escondiendo su risa canalla ―Allá afuera está tu madre y mi hermana pequeña, además te están esperando para cocinar, yo debo trabajar un poco y después iremos a la iglesia, por lo que no podré brindarte atenciones.
―¿Me estás rechazando por un piano y una partitura?
Él bajó su cabeza y atrapó el labio inferior de la boca de la enfermera, la que gimió bajito justo antes que el ardiente músico capturara su boca y la dejara prácticamente jadeando cuando se apartó, dejándola con una sensación de abandono y un ardiente deseo que comenzaba a formarse justo en su entrepierna.
―No te rechazo ―dijo con esa voz oscura que a ella le ponía los pelos de punta ―solo estoy encendiendo la hoguera para que esta noche podamos disfrutarla como corresponde.
―¿Esta noche? Falta mucho para eso…
Él negó con la cabeza, levantándose de un salto y mirándola desde su metro ochenta y ocho de estatura. Podría olvidarse de su hermanita y de su suegra y tomarla como era su derecho y su placer hacerlo, pero requeriría de horas para saciarse de ella, y de murallas a prueba de sonidos de gran decibel, porque cuando la enfermera gritaba presa de la pasión se olvidaba del decoro, cuestión que él adoraba.
―No te preocupes ―le tomó la mano y la ayudó a levantarse. Le peinó el cabello y la besó tiernamente ―haremos que el día pase rápido y poder disfrutar la noche. Ahora movámonos antes que vengan por nosotros.
Ella asintió y tomó la mano de su amado, saliendo junto a él de la habitación, dispuesta a hacer de ese un buen día y aguardar la noche, uno por las promesas de Edward y otra por las noticias que Ángela tuviera que darle.
**oo**
Aro Vulturi despertó radiante esa mañana de sábado y se dispuso a trabajar un rato, pidiendo que subieran su desayuno al despacho. Cuando preguntó por su hija, la asistente le informó que no había salido de su recamara, pidiendo él que se le informara cuando así fuera, aunque no fue necesario que eso ocurriera porque ella misma llegó allí.
Asomó la cabeza y fue recibida con una enorme sonrisa que en ella provocó un intenso deseo de llorar. Entró despacio cerrando la puerta con cuidado tras de sí. Con sus pies descalzos, y vestida sencillamente con ropa deportiva, caminó hasta la silla frente al escritorio, al otro lado de donde se encontraba su padre, que seguía esbozando aquella sonrisa tal propia de él, que iluminaba intensamente sus ojos color verdes. Se lo quedó mirando largamente y en silencio, admitiendo el atractivo que se desprendía de él y que hacía que las mujeres de todas las edades se giraran a verlo, así como alguna vez lo hizo Isabella. Honestamente, si ella hubiera estado en su lugar, seguro hubiera hecho lo mismo, no hubiera pensando dos veces antes de involucrarse con él.
―Por qué me miras de ese modo, hija mía ―preguntó Aro, a quien ya le parecía extraño que su pequeña no hubiera emitido palabras.
―Porque eres muy guapo ―respondió ella, sencillamente.
―Oh bueno, muchas gracias ―carcajeó divertido, poniendo las manos sobre la boca. Entonces fue su turno de piropearla. ―Y tú eres la muchacha más hermosa que pisa esta tierra… por cierto, ¿cuándo es que usarás el regalo que te di para navidad? Estabas ansiosa de tomar tus maletas, olvidarlo todo y conocer el mundo.
Otra vez, un nudo ardiente se ubicó en su garganta y la picazón de sus ojos que provocaron en ella el deseo de echarse a llorar. En vez de eso tragó grueso y se hizo hacia adelante estirando sus manos sobre la mesa. Aro arrugó su entrecejo y la miró con preocupación, extendiendo sus manos a la vez, sujetando las de su hija.
―Oye, dime qué pasa, por qué estás así… ¿se trata de Gianna? ¿Esa mujerzuela te hizo algo?
―No se trata de ella ―se apresuró en decir ―se trata de nosotros, de ti y de mí.
―Qué sucede.
De pronto una idea cruzó la mente de Ángela y no dejó pasar la oportunidad de pensar o meditar sobre ésta, por lo que se la dijo de una vez:
―¡Vámonos! ―exclamó muy agitada, apretando las manos de su padre ―Vámonos los dos a ese viaje y olvidémonos de todo. Hace tiempo no viajamos, ¿no lo extrañas? ¡Vámonos, hoy mismo! Te puede dar ese lujo… ¡por favor, papá!
―Cariño ―se puso de pie, preocupado al ver a su hija soltar el llanto mientras le hacía su petición.
La levantó y la arropó en sus brazos, besando una y otra vez el tope de su cabeza, mientras ella lo envolvía con los suyos por la cintura, hundiendo su rostro lloroso en su pecho.
―Hija, Ángela, ¿está todo bien? Tú no te pondrías así por una simple petición de un viaje que sabes estaré encantado de hacer contigo.
―¿Harás ese viaje entonces, conmigo? ¿Hoy mismo?
Ángela sentía que ese viaje era una vía de escape, la forma por la cual salvaría a su padre. Lo alejaría a una buena distancia de esa ciudad y por un buen tiempo. Allí lejos hablarían y se sincerarían sobre todo lo que sabía y lo convencería de dar un paso al costado y buscar la felicidad con alguien más y no a costa del sufrimiento de otros, como Isabella y como el hombre que decía con toda seguridad, era su hijo.
―¿Haremos ese viaje, papá? ―reiteró Ángela con mucha ilusión.
―¡Claro que lo haremos! ―exclamó él, muy entusiasmado.
―¿Hoy?
―¿Hoy… hoy? ―rio divertido y movió la cabeza, dubitativo ―Me temo que incluso para un hombre como yo es un poco complicado, cariño. Pero déjame solucionar asuntos pendientes, sobre todo uno importante que resolveré esta noche y que no puedo dejar, porque me ha llevado mucho tiempo concretar. Es importante, mi vida podría cambiar a partir de esto…
―¡No! ―gritó Ángela, apartándose de su padre.
Aro la miró con extrañeza y quiso volver abrazarla pero ella se negaba, volviendo a soltar el llanto, esta vez lleno de rabia, amargura y frustración.
―Ángela, viajaremos, pero deja prepararlo todo, cariño… No tienes que ponerte así…
La enfermera en envolvió en sus brazos y mirando el suelo sacó a colación a su madre, cuya presencia no había sacado Aro a colación aun, mucho menos las reuniones que ambas habían estado manteniendo.
―Gianna… ella me ha dicho un montón de cosas sobre cómo y dónde se conocieron. Se excusa en lo que hizo diciendo que era inexperta, y…
―¿Por qué sales con eso ahora? ―preguntó de pronto, inquieto de saber por qué su hija de pronto sacaba a colación el tema de la drogadicta que la parió. ―¿Es por culpa suya que quieres irte tan rápido?
―No…
―Y debes saber que ella no me regaló nada ―rebatió el empresario con rabia. ―Tú eres mi hija y ella hizo lo más sensato en ese momento. Que haya habido dinero de por medio no es importante, eras mi hija, estabas indefensa y era lo único que me importaba entonces. Tu seguridad estaba en juego al lado de esa mujer que buscaba conseguir dinero para drogarse o emborracharse. Esa mujer en aquel entonces podría haber pedido mi fortuna a cambio de entregarte a mí, y yo se la hubiera dado, sin dudarlo.
―Si entonces eras capaz de eso, por qué… por qué no quieres ir…
Aro alzó las manos al cielo y pidió paciencia. A veces su hija era capaz de sacarlo de quicio con facilidad como sentía estaba a punto de conseguirlo en ese momento.
―¡Lo haremos, Ángela! Pero por Dios, tengo cosas que dejar en orden. Dame dos días… No, dame hasta mañana en la noche, nos iremos mañana por la noche ―alzó su dedo y se acercó hasta donde estaba su teléfono ―Llamaré ahora mismo a la agente de viajes y le diré que prepare todo…
Ángela cerró los ojos y corrió para abrazar a su padre, quien estaba marcando el número de teléfono cuando se vio invadido por su hija, dejando a un lado el auricular para rodearla con ambos brazos como hace un rato.
―¿Lo ves, hija? No tienes por qué ponerte así, iremos a ese viaje y lo pasaremos increíble ―murmuró sobre el cabello oscuro de su hija, el que acarició con mucha ternura. Se apartó luego y tomó el rostro de su hija entre sus manos divagando por la hermosura de sus rasgos y contemplando s mirada triste que a él le quebró el corazón, cuestión que ocultó cuando una idea se le cruzó a él esta vez ―Uhm… ¿y qué te parece que, si en vez de ir solos nosotros dos, invitáramos a alguien más?
El desánimo volvió a caer sobre los hombros de la chica quien por un momento creyó que no sería preciso poner en marcha su plan, pero al parecer esa ilusión fue momentánea pues sabía que ese tercer invitado al viaje no se trataba de Luis su hombre de confianza, o Gianna a la que él odiaba de forma visceral.
Ahora que lo pensaba, su padre al parecer no era capaz de dejarlo todo por ella, como alguna vez dijo que era capaz de hacerlo.
―Así que ve a preparar tus maletas, arregla las cosas en el hospital, renuncia si es necesario, y ya verás que mañana en la noche seremos un excelente equipo que emprenderá un viaje alucinante. ¡Lo pasaremos genial, ya lo verás!
Se apartó y sonrió tensa simplemente asintiendo, sin preguntar ni comentar nada, dirigiéndose a la puerta mientras él torcía su cabeza y la observaba irse sin decir nada. Cuando salió se echó a correr hacia su dormitorio donde al llegar se tiró sobre la cama y se puso a llorar con su rostro hundido en las colchas.
Aro en tanto, marcaba el teléfono con entusiasmo renovado y pensaba en lo bueno que sería ese viaje, el inicio de una nueva etapa de su vida, la que comenzaría esa noche, cuando cuando le recordara a Isabella lo increíble que eran cuando estaban juntos y el garrafal error que habían cometido apartándose. Él reconocería su error y pediría perdón, aludiendo a la verdad, que se había visto enamorado por primera vez después de tantos años y que el pánico lo dominó haciendo actuar sin medir las consecuencias. Ella tendría que creerle y perdonarlo, olvidar lo que pasó y mirar hacia el futuro, un futuro que sería lleno de alegría con ellos dos, Ángela y la llegada de ese hijo que amaría como propio, aunque en verdad fuera nieto suyo.
El asunto con Edward lo arreglaría cuando pasara un poco d tiempo y el músico entendiera que así era como debían de ser las cosas.
―Ah… un viaje… ―pensó Aro ―será una increíble sorpresa para mi Bella.
Aunque en verdad Aro no sabía que quien se llevaría una sorpresa descomunal esa noche sería él, una sorpresa que no olvidaría nunca, y como dijo, cambiaría su vida por completo.
**oo**
Edward se sentía culpable, esto por todo lo que comió durante el almuerzo, como si se estuviera alimentando por dos, prometiéndose hacer un espacio en su horario para retomar el gimnasio que ahora tanta falta le hacía.
Después del almuerzo, dejó que las mujeres se adelantaran en la iglesia, mientras él se quedaba adelantando trabajo. Dentro de poco se abriría el ciclo de conciertos del año y sus chicos necesitaban comenzar a ensayar para los conciertos que se avecinaban. Además, pasar tiempo a solas frente al piano lo relajaba y no podía negar que necesitaba deshacerse de un poco de estrés. Debe admitir que lo que Isabella le contó esa mañana lo puso nervioso. No quería que la Ángela, por querer hacer una buena acción, provocara la ira de Vulturi que hasta ese momento se había mostrado inofensivo por decirlo de alguna manera.
Si las cosas no se calmaban de ahí en adelante, armaría las maletas y tomaría a su mujer y su hijo que venía en camino, y se mudaría al otro rincón del globo con tal de apartarlos del peligro, y nadie iba a interponerse en su camino.
Pasó una y otra vez sus dedos por el teclado de su piano de cola negro y se dejó llevar por una melodía que estaba improvisando, cuando el sonido del intercomunicador del apartamento lo interrumpió. Detuvo su práctica y se apresuró en atender, quizás era alguien importante.
―Señor Masen ―dijo el portero ―aquí hay una mujer que necesita verlo.
―¿Una mujer? ¿De quién se trata?
―Rosalie Hale.
El aire pareció abandonar sus pulmones cuando oyó el nombre de su ex mujer. Súbitamente recordó la imagen de ella y su hermano follando sobre su cama, la misma cama que por años ambos habían estado compartiendo. Recordó también esa última carta de despedida, donde admitía toda su "aberración" junto a los papeles del divorcio, firmados por ella.
¿Qué querría con esa visita? ¿Y cómo había conseguido su dirección? ¡Dios! Si venía con la cantaleta de "intentarlo de nuevo" no sería capaz de mantener la calma y no demoraría dos segundos en echarla de allí.
Cuando golpearon la puerta, inspiró dos grandes bocanadas de aire y tomó el pomo de la puerta, develando a su invitada que lo miró con una sonrisa nerviosa.
―Rosalie.
Fue lo único que Edward atinó a decir. Vestía un abrigo negro y entallado que resaltaba tanto su figura como su rostro blanco y aquellos ojos oscuros que en ese momento carecían del brillo chispeante que la caracterizaba. Su cabello estaba un poco más corto y más oscuro que el rubio claro y luminoso que solía usar esta escritora de gran arrastre y cuya vida desde hacía una buena parte, era un misterio, incluso para él.
―Edward, espero no molestar.
―No, no, por supuesto que no. Pasa por favor. ―Se hizo a un lado y la hizo entrar a la fortaleza que había forjado con Isabella, que dicho sea de paso no sabía cómo reaccionaría.
Rosalie observó el entorno de ese apartamento que estaba tan lleno de la pareja, deteniéndose en cada detalle como el piano de cola, las plantas de interior, los retratos de la pareja… ¿y aquello era una iguana? Pensó mirando al animalito que parecía estar tomando una siesta en la alfombra persa de la sala, bajo la mesita de centro.
La apuntó con el dedo y luego miró a Edward, quien torció la boca y se alzó de hombros, como respondiendo a la implícita pregunta en los ojos sorprendidos de la escritora.
―Se llama Kal-El y es inofensivo.
―¿Qué pasó con los gatos, o los peses? ―Rosalie sonrió y miró a Edward con extrañeza, a lo que Edward sacudió su mano, mirando de reojo al animalito.
―Están algo sobrevalorados, ¿no lo crees?
―Es un lugar precioso ―comentó mirando hacia todos lados. Enseguida le dedicó una sonrisa nerviosa, como pidiendo disculpas. ―Supe tu dirección por mi madre, y no me preguntes cómo lo supo porque no me lo dijo.
―No hay problema, descuida.
―Yo… regresé, ejem… ―se desabotonó el abrigo y se sentó en el sofá largo de espaldas al ventanal que daba hacia la playa. Edward se sentó junto a ella y esperó en silencio que hablara, no la presionaría porque ya se veía que bastante esfuerzo le estaba causando. ―Decía que regresé primero por lo que le ocurrió a Esmerald, lo lamentó mucho.
Edward arrugó el entrecejo y bajó la cabeza. A él no le correspondía recibir ese pésame, aun así no dijo nada. Además, sabía que aquello no era del todo cierto, pues apenas habían pasado un día y un poco más de la muerte de Esmerald, a no ser, claro, que haya estado viviendo cerca, cuestión que tampoco creía.
―Además regresé porque la editorial me está presionando. Hace un mes envié el manuscrito de mi último trabajo y fue aprobada, por lo que comenzaremos con los trámites de la publicación.
El músico sonrió con verdadero gusto por ella.
―Seguro será un éxito, como lo han sido todos.
No lo decía por ser zalamero, sino porque en verdad era así. Rosalie tenía una capacidad increíble de capturar la atención de sus lectores, incluso a él que no era dado a leer novelas de amor ni nada de eso.
―Gracias. Has participado en todos esos logros de mi carrera, y no quería dejar de compartir esto contigo. Bueno, quizás sea un poco altanero de mi parte decirlo, pero aún no se han publicado, pero ya siento que tendremos mucho éxito. Mi editora ha lanzado adelantos y a la gente les ha gustado, por eso vamos a la segura, ya sabes…
―Buscaré esos adelantos y compraré el libro cuando salga.
―Eso no será necesario, tendrás una copia como es la costumbre.
Rosalie sonrió y Edward lo hizo también, aunque la alegría no alcanzaba a llegar a sus ojos.
―Ya no es lo mismo de antes…
―Tranquilo, no vine… no vine a pedirte nada, ni a tratar de seducirte para que regreses conmigo.
―Ni aunque así fuera, no conseguirías nada.
Un destello de la vieja Rosalie, de aquella que vivía feliz al lado de su esposo apuesto que la quería a su manera, manera que a ella le bastaba. Quiso saber entonces cómo vivía, pese a que todo en él revelaba lo bien que estaba, de todas maneras quiso preguntar.
―¿Te va bien en tu nueva vida? ¿Eres feliz?
―Soy feliz. ―Respondió él sin dudar. No quiso contarle sobre el hijo que esperaban ni nada de eso, él sabía que esa respuesta bastaba, más quiso saber de ella, de cómo le había ido en su vida, la vida que eligió. ―¿Y tú?
La forma en que sus hombros cayeron y de cómo escondió el rostro de su mirada, adelantaron algo de lo que ella le contaría. Cuando Rosalie se fue, intuía que tendría que sortear varios obstáculos y apostó a ese futuro incierto, del cual salió perdiendo.
―Fue una de las razones por las que regresé. ―Jugueteó con los tirantes de su cartera de charol mientras hablaba ―intenté crear una realidad en base a mentiras, a situaciones que… no eran correctas, ya sabes a lo que me refiero.
―Emmett.
Tensó la mandíbula de la pura vergüenza. Recordaba con nitidez cómo es que el mismo hombre que ahora tenía en frente y que en aquel entonces era su marido, la había descubierto en la cama manteniendo relaciones con Emmett… su hermano.
―Ese ha sido el error más grande que he cometido. Todo lo que pensé que sería vivir con él se diluyó con el pasar de las semanas, todo lo que creí sentir por él se esfumó con su actitud tan demandante, avasalladora… la forma en cómo quería dominar cada aspecto de mi vida, desde mi forma de vestirá hasta mi trabajo… ¡Mi trabajo, Edward! Me obligaba a mostrarle mis manuscritos y cambiarle una y otra cosa. Fuera de eso, no salíamos por miedo a que nos reconocieran… era extraño, pero me sentía aliviada cuando él salía de viaje.
Una noche, salí con una alumna, una prospecto de escritora que conocí allí. Fuimos a un restaurante a cenar y charlar, ya que no tenía amigas ahí… nos sentamos en una mesa cerca de una ventana y a lo lejos lo vi con una morena despampanante, besándose y toqueteándose bajo la mesa. Me levanté y lo fui a encarar, pidiéndole que me presentara a mi "cuñada" para que recordara todo lo que dejé por él, por intentarlo. Ahí entendí que esos sentimientos fueron pura ilusión mía, que fui alimentando desde mi adolescencia… ¡Dios, y siento tanta vergüenza!
―¿Y a él no le importó? ―preguntó preocupado porque ella hubiera atravesado sola por todo eso.
―Se deshizo en explicaciones hasta que le dije que podía meterse sus explicaciones por donde mejor le cupieran, que a mí no me interesaba y que podía follarse a quien quisiera, a mí no me importaba.
―Vaya… ―susurró él alzando sus cejas. Ella en cambio siguió recordando y lamentándose de cómo y con tanta facilidad había tirado todo por la borda.
―Lamento haber perdido tanto por… por mi confusión. ―lo miró y sonrió tensa ―Seguro me voy derechito al infierno… seguro me ves como una depravada, y no te culparía.
Él movió la cabeza y entrelazó los dedos de sus manos, sopesando todo aquello que había pasado.
―Debo confesar que fue… impactante saber lo que estaba pasando contigo y con Emmett… ¡son hermanos por vida de Dios!
―Lo sé, lo sé…
―Aun así, solo deseé que estuvieras bien, nunca te deseé mal y siempre me sentí culpable de la manera en que te fui infiel, pero…
Rosalie lo interrumpió poniendo su mano sobre las de Edward. Él no trató de apartarse ni se tensó al toque, pues la actitud de esa Rosalie no era la misma de la que se había ido. La escritora había aprendido a punta de golpes y se notaba en su carácter, en su mirada e incluso en su semblante y en su manera de hablar. Eso fue lo que el músico confirmó con lo que a continuación ella le dijo.
―Edward, eso ya es pasado, te comprendo y te perdoné hace mucho, se te ve feliz, y eso es suficiente para mí, suficiente para saber qué hiciste lo correcto a pesar de todo. Ahora que veo las cosas con el paso del tiempo, sé lo duro que fue para ti, porque eres un hombre noble que se merece la felicidad que no pude darte, la felicidad que veo ahora en tu rostro.
El músico se hizo hacia adelante y tomó las manos de la mujer enfundada en un grueso abrigo negro que ocultaba su delgadez. Necesitaba que ella supiera que todo lo que vivió con ella fue real, que agradecía el tiempo que había pasado con ella.
―Fue feliz contigo, Rose, lo fui porque te quise, pero la forma de amor que sentíamos el uno para el otro no era suficiente para sustentar una relación.
Los ojos de Rosalie se llenaron de lágrimas y agradecieron esas palabras que él le había dado. Las necesitaba, necesitaba saber que lo ocurrido con Emmett era solo un error por el que había pagado caro, que la había apartado de todo y de todos dejándola completamente sola, sin amigos. Necesitaba recordad que tuvo una vida plena y feliz, y que podía recuperar esa vida, aunque solo contara con Edward como un buen amigo... o un lindo recuerdo.
―Ahora lo sé. Por ese amor que nos tuvimos, o ese cariño como quieras llamarlo, es una de las razones que me hizo regresar. Te debía una explicación y pedirte perdón a la cara como una vez lo hiciste conmigo. Necesito seguir adelante con mi vida, con la cabeza en alto, sin la necesidad de esconderme de nadie, ¿lo comprendes?
―Perfectamente.
―Por nada quería que me guardaras rencor
―No lo hago. ―aseguró apretando sus manos. Rosalie torció la boca y sintió cómo finalmente sus pulmones se relajaban.
―Qué bueno… yo creí que me lanzarías las teclas de tu piano una a una a la cabeza cuando me vieras… ―se atrevió a bromar, viendo el rostro relajado de Edward, quien sintió finalmente la había perdonado.
―¡Dios, no, las teclas de mi piano no! Quizás le hubiese pedido a Kal-El que te atacara…
―¿Ésta criatura? ―dijo ella, apuntando al animalito, levantándose e inclinándose para tocar al verdadero dueño y señor del lugar ―Pero si se ve manso y adorable…
Edward miró al animal con nombre de superhéroe ―o algo así―, y rodó los ojos, preguntándose por enésima vez, qué diablos le veían a esa lagartija gigante.
―Adorable, claro…
―Me alegro de poder haber hablado contigo ―dijo, mientras acariciaba el cuerpo rugoso del al iguana que al parecer no tenía reparo con el toque cariñoso de la rubia sobre su cuerpo.
Miró a Edward y le sonrió como en los viejos tiempos, cuando ni él se sentía incómodo delante de ella, ni ella con él. Era buena la sensación de cerrar etapas en buena lid.
**oo**
Edward aparcó en la entrada de la iglesia y se quedó por unos momentos dentro del coche para acabar de hablar con Jasper, el que hiperventilaba al otro lado del auricular cuando su amigo músico le contó que la rubia ex esposa suya había regresado. El dibujante se imaginó lo peor, pensando que Rose había regresado para reconquistar a su marido.
―¿O sea que no habrá peleas de barro entre tus mujeres para luchar por tu amor?
Edward rodó los ojos y se los cubrió con la palma de la mano a la vez que le largaba una sarta de improperios a su amigo que al otro lado se reía la mar de divertido.
―No entiendo por qué estás tan tenso ―preguntó divertido después de haber oído a Edward ―tu ex mujer volvió en son de paz, aunque me temo que tendrías que estar en guardia, quizás esta postura sea una treta…
―No, la conozco y no es ni una treta ni nada. Lo decía en serio ―aseguró el músico.
―Bueno, por cierto, ¿dónde estás?
―En la iglesia del padre Marcus. ―miró hacia la puerta doble de madera, la que una de ellas estaba abierta todavía, pese a que pronto serían las ocho de la noche, hora en que el cura cerraba los sábados. ―Isabella y Renée trajeron a Jane para que se distrajera. Además, Isabella me contó que había estado hablado con el cura, me refiero a Jane, y que le había hecho bien.
―Lamento la muerte de Esmerald por Jane. Pero es una estupidez que haya muerto de esa manera, ¿no lo crees?
―Hay accidentes todos los días… pero honestamente no quiero hablar de eso. Ahora estoy un poco nervioso por lo que va a ocurrir esta noche, ¿sabes de lo que te hablo?
―Oh, sí… y déjame decirte que esa Ángela está bien loca como cabra de monte, ―Jasper soltó una carcajada de incredulidad ―¿cómo se le ocurre ponerse en manos de tipos como esos para darle una lección a su padre? ¿Y si no sirve de nada? ¿Y si le hacen daño? Además, no entiendo como la mujer que dice sr su madre no tuvo reparo en ayudarla para entrar en ese club
―Tampoco lo entiendo y no quisiera que le pase nada ―se puso una mano sobre el pecho y vio sobre el parabrisas cómo unas pequeñas gotas de lluvia comenzaban a caer. ―No sé, no me da confianza ese plan…
―A mí tampoco, así que me ofrecí para ir ahí y estar atento…
Edward arrugó la frente y se preguntó si había oído bien.
―¿Irás a un club de sexo? ¿A caso Alice lo sabe?
―Lo sabe y me hizo jurar que no me metería con nadie, de lo contrario mi virilidad se vería afectada antes que ella desapareciera, ¿me quieres acompañar?
―No, lo siento, me quedaré con Isabella. Incluso me excusé para faltar a la lectura de un testamento que Esmerald dejó y en donde me nombra como heredero, por lo que tendría que ir… Carlisle me representará.
―Uhm… ¿heredero?
―No quiero nada de ella, Jasper, y lo sabes.
―Lo sé mi amigo… ahora, volviendo a lo de esta noche.
―Intenta estar lo más cerca posible de Ángela para lo que necesite y avísame en cuanto se ofrezca algo, por cualquier cosa, ¿me oyes?
―A la orden, maestro.
Edward se despidió y colgó, metiéndose el teléfono del bolsillo de su chaqueta, a la que le subió las solapas antes de bajarse y correr hacia la puerta de la iglesia, en donde vio tan solo al entrar, a una solitaria mujer de cabello corto y oscuro sentada en una de las bancas. Sin dudarlo caminó hacia ella y se sentó a su lado, cogiéndole una mano que entrelazó con la suya.
―¿Estás bien? ―susurró, besando su sien. Isabella lo miró y dejó caer su cabeza en el hombro de Edward.
―Sí, estaba aprovechando de rezar un poco.
Edward se quedó contemplando al Cristo crucificado que dominaba el altar, justo detrás de la mesa desde donde el padre Marcus impartía cada misa. Él no era un hombre de fe, ni siquiera de visitar iglesias, pero por supuesto Isabella había llegado a cambiar incluso aquello.
―Sé que es una estupidez preguntar por quién o por qué rezabas, siendo que hay tanto por qué pedir…
―Pedía por tu hermana, pedía por el alma de Esmerald, pedía por Ángela y lo que hará esta noche.
Edward torció la boca y negó con la cabeza.
―Insisto que es innecesario…
―Para ella no, porque no lo hace solo por mí, lo hace por ella y porque a pesar de todo ama a su padre…
El músico asintió en silencio y abrazó por los hombros a la chica, la que se acomodó en el seguro y acogedor costado de su amado.
―Pedía también por nuestro hijo, que nazca sanito y que sea feliz.
―Me desviviré por procurar que así sea.
―Lo sé. Sus padres ya lo aman, ¿cómo no iba a ser feliz? ―puso una mano sobre su barriga, la que ella sentía iba cambiando casi imperceptiblemente y que estaba pasando por su décima semana de gestación. ―Es tan extraño… me refiero a saber que alguien crece dentro de mí. Cuando tuve mi primer… mi primer embarazo, no me daba tiempo en sentarme a sentirlo simplemente, estaba tan sumida en la pena, la vergüenza… todo eso que me empujó a cometer un grave error y acabar con su vida…
La voz de Isabella se quebró y escondió su rostro en el hombro de Edward, que la abrazó fuertemente.
―Vamos a celebrar la llegada de este hijo y vamos a conmemorar con su llegada al niño que tuviste en tu vientre, al que amaste también pese al poco tiempo que lo tuviste….
Isabella se apartó y miró a Edward, destellando rabia y vergüenza a través de su mirada.
―Lo maté, Edward… yo maté a ese niño…
―¡Basta! ― la tomó por los hombros y la miró a la cara ―Podrías haber muerto tú también aquel entonces… ¡Basta de sentirte culpable por eso! Si no superas eso, si no te perdonas, no podrás ser feliz con este hijo, porque él siempre te recordará al que perdiste, ¿lo entiendes? Cometiste un error empujada por la desesperación, y nadie puede culparte por ello, ni juzgarte, ni siquiera tu misma. Dices que quieres olvidar todo respecto a Aro, pues bien, hazlo, partiendo por esto, pensando que ese hijo que concebiste fue lo único bueno que dejó esa relación.
Isabella asintió, tomándole el peso a las palabras de Edward, sobre las que en más de una oportunidad ella había meditado. Sabía que no sería un proceso rápido el olvidarse de ese momento oscuro de su vida, donde la única luz había sido ese hijito al que perdió, hijo que era lo único de esa época que no estaba dispuesta a olvidar.
―Este hijo será una conmemoración de ese niño que ahora es un ángel, ¿verdad? ―repitió ella algo de lo que había dicho Edward, quien inspiró y asintió, acercándola para besar su frente.
―Así será. Ahora, si ya acabaste, vámonos adentro. ―Se levantó llevando con él a Isabella, la que agradeció tener a ese hombre a su lado ―Me dijiste que estaban cocinando algo como un vacuno o algo así, y yo vengo dispuesto precisamente a comerme uno de esos. ¡Estoy hambriento!
―¿Y estuvo bien tu tarde? ―preguntó mientras se encaminaban por una puerta lateral a la casita donde vivía el padre Marcus, al costado de la iglesia.
Edward la miró y sonrió ―Ni te imaginas. Pero ya te contaré…
Caminaron abrazados por el jardín que Isabella solías recorrer a solas y que muchas veces deseó hacerlo en compañía de alguien. Se besaron justo en medio del jardín de rosas antes de oír los gritos de cierto cura que les advirtió que la cena se estaba enfriando y que no quedaría nada para ellos si no se apresuraban. Se rieron divertidos y echaron a correr de la mano hacia la casa donde los esperaba un maravilloso estofado de res, que Edward se devoró en un santiamén.
**oo**
Ángela se sintió cohibida desde el momento que atravesó la puerta principal que daba a gran salón de bienvenida. Un espacio amplio cuyo piso estaba cubierto con una antigua alfombra burdeo, sobre los cuales se ubicaron mesas pequeñas, algunas de ellas ya ocupadas por parejas, mientras que el resto de los comensales se ubicaba en el bar que rodeaba el salón principal, cargado de ornamentos costosos, o pululaban por el lobby.
Al instante que se presentó en ese lugar en compañía de Gianna, la que parecía estar en su hábitat natural, un montón de ojos codiciosos se posaron sobre ella, que había sacado de su armario un antiguo vestido negro lleno de lentejuelas, de escote redondo y amplio, sin espalda cuyas mangas cubrían por completo sus brazos y apenas alcanzaban a cubrir hasta la mitad de sus muslos, sobre unos altos zapatos de tacón negro que Gianna celebró cuando los vio.
―Todo mundo nos está mirando… somos la principal atracción esta noche ―murmuró Gianna a su hija, levantando la mano y sonriendo a varios de los hombres que la habían reconocido y que la saludaban y a quienes ella les sonreía con la sensualidad de aquel entonces, provocándolos, tentándolos e invitándolos implícitamente a acercársele, hombres que sin duda eran poderosos y con los bolsillos llenos de dinero, como su padre, pensó la chica con desazón.
Fuera de esos hombres, había mujeres vestidas de forma elegante y atrevida que se paseaban de un lado a otro, exponiéndose, mientras que otros subían hasta el segundo piso por una gran escalera, donde supo la enfermera, estaba la acción.
―¡Pero qué belleza! ―exclamó un hombre mayor, de cabello canoso al que Ángela le calculó tendría más de cincuenta años. Vestía pantalón gris grafito y una camisa cuyas mandas llevaba dobladas a la altura del codo.
―Es mi amiga ―se apresuró a decir Gianna, la que se ganó junto a la joven para exponer su cuerpo enfundado en un vestido azul sin mangas, muy corto. Pasó la mano por su cuello desnudo y le guiñó un ojo al hombre que apenas reparó en su presencia, pues solo tenía ojos para la joven y hermosa morena que lo cautivo tan solo al entrar.
―Bueno ―dijo el hombre acercándose y quedando justo frente a Gianna, demasiado cerca para su gusto. ―¿Me aceptarías un trago? Después podríamos subir al segundo piso y divertirnos un poco. ¿Qué te parece?
―Eso me gustaría ―respondió rápidamente, sintiendo una extraña mezcla de nerviosismo y calor que comenzaba a recorrerle el cuerpo, a la vez que la música sugerente y sugestiva, sonaba y envolvía el lugar que de a poco se iba llenando.
Le hizo un asentamiento de cabeza a Gianna, a la que Ángela miró por sobre el hombro justo cuando el hombre la rodeaba por la cintura y la llevaba al sector de la barra. Gianna le dio a su hija una señal de ánimo con los pulgares de sus manos, y la vio apartarse con uno de los hombres más poderosos del lugar, justo cuando en ese momento un hombre, el administrador del lugar, la saludaba y la invitaba a subir al piso superior.
―¿Y qué te gustaría probar? ―preguntó el hombre, invitando a la chica a sentarse en un taburete. Él no demoró en colocar su mano sobre el muslo desnudo de Ángela, acariciándoselo muy lentamente.
Si sintió la tensión en el cuerpo de la chica, no le importó, pues siguió acariciándole abarcando mas lugar, deseando meterse bajo la mismísima y corta falda.
―Ejem… un jugo de arándanos con mucho hielo me vendría bien ―dijo ella, intentando sonreír.
―Eres adorable ―dijo él con diversión, acariciando la mejilla de la chica con la mano desocupada. Ella enrojeció violentamente y su estómago se revolvió y luego se contrajo cuando vio el deseo oscuro en los ojos del hombre, del que no sabía ni su nombre.
Aprovechó de respirar cuando el hombre le quitó los ojos de encima y se preocupó de llamar al barman, aprovechando la chica de respirar y obligar a tranquilizarse.
Él pidió un vaso de whisky el que bebió lento sin quitarle los ojos de encima a la chica, que de un solo trago se bebió la mitad del vaso. Él sonrió de costado y dejando copa sobre la barra, acarició el cuello de la enfermera, quien se estremeció al toque.
―No te había visto antes por aquí, de otro modo lo recordaría… por cierto, ¿cómo me dijiste que te llamabas? Yo soy Adam.
―Adam… encantada. ―sonrió con tirantez, apretando entre sus manos el vaso helado del jugo a medio beber. ―Es primera vez que vengo aquí, y no te dije mi nombre. Puedo llamarme como tú quieras…
Adam sonrió y sus ojos se oscurecieron aún más, volviendo a poner su mano en la pierna de Ángela, apretándola levemente.
―Y dime, muñeca, a qué has venido.
―Vine a experimentar ―se obligó a responder con tono seguro. ―Ya sabes, me han hablado de lo bueno que es el bondage, ya saber…
―Claro que lo sé, muñeca, y estaré encantad de llevarte por allí, muy lentamente para que vayas absorbiendo cada sensación.
―¿Con látigos, esposas y antifaces, como en esa película de moda…?
―Con todo eso y aún más… ¿quieres que te lleve?
Ángela miró el reloj tras la barra y pensó que era el momento. Además no tenía ganas de socializar con ese hombre, que parece estaba tan ansioso por subir, como ella por acabar con todo eso.
―Sí, vamos por eso.
Ángela tragó grueso y aceptó la mano de Adam, que la ayudó a levantarse del taburete y poniendo una mano en su espalda baja, la guio fuera del salón hacia la amplia escalera. Giró la cabeza y vio en Adam una sonrisa triunfante de ese hombre del que apenas sabía su nombre, pero quien la hizo pensar en una sonrisa similar a la de ese hombre, sonrisa que ella adoraba mirar y que muchos decían, ella había heredado.
Adam hizo una señal a otros dos hombres que se habían mantenido apartados y que los siguieron hacia el piso superior.
Atravesaron unos pasillos amplios y de techo alto, con puertas negras a cada lado del corredor, cada una con una letra en cursiva y brillante. Uno de los hombres que los seguían se adelantó a abrir una puerta, justo la de la letra B en el frontis, y que revelaba una habitación de luz tenue y muros cubiertos de papel en tonos rojos y aplicaciones brillantes. Las ventanas estaban cubiertas con unas gruesas cortinas. Justo al centro de la habitación había un sofá sin respaldo de color rojo y en una mesa lateral había todo clase de adminículos, destacando entre ellos un grueso látigo negro.
―Aquí jugaremos, muñequita ―murmuró Adam, pegándose por detrás al cuerpo tenso de la chica, que miraba todo alrededor con asombro y un poco de miedo.
La chica estaba lista para poner su mente en blanco y dejarse ir, manteniéndose inerte a las caricias lascivas del hombre, que besaba su cuello desnudo y abarcaba sus senos por sobre el vestido, mientras que los otros dos hombres se le acercaban con precaución, como si esperaran la orden del jefe, Adam, que parecía tener el control.
―Linda muequita ―dijo Adam, mientras los dos hombres la miraban con hambre, como dos animales esperando saltarle encima a su presa ―en tu vida vivirás experiencia más alucinante que esta, y puedo asegurar que te harás adicta. Solo déjate llevar y obedece a todo lo que te diga. Ahora quitaremos este lindo vestido de este cuerpo que ansío ver y devorar, ¿estás lista para que mis amigos nos echen una mano?
Ángela asintió, con sus ojos pegados fijamente en la muralla del frente, mientras los hombres finalmente recibían la orden de Adam y se ocupaban de quitarle el vestido a la vez que sus manos recorrían su cuerpo tenso y frío.
Adam jaló entre sus dientes el lóbulo de su orea antes que su boca vagara por el cuello y la espalda desnuda, masajeando sus nalgas fuertemente, comenzando con la sesión de sexo, mientras la chica seguía en blanco, sin sentir absolutamente nada de placer en esas manos ajenas y desconocidas que intentaban recorrer cada recoveco de su cuerpo con sus manos, con sus bocas, apretando, jalando y chupando. No sintió nada, simplemente se dejó llevar por la depravación que a otros les parecía tan excitante, otros como a su padre quien no reparó en obligar a una chica de su edad a someterse en actividades como esas por su propio placer, simplemente para alimentar sus caprichos.
Ojalá y todo eso sirviera para hacerlo reaccionar, para hacerlo abrir los ojos. Así pensaba Ángela mientras esos tres hombres se encaprichaban con su cuerpo frío en inmóvil, que parece tenia propia, como si ella se hubiera desdoblado y mirara desde afuera el espectáculo, con la capacidad de no sentir nada.
Mientras tanto en la planta baja, hacia ingreso un viejo conocido del lugar, nada menos que a Aro Vulturi, cuya presencia desató una ola de suspiros entre las féminas que corrieron a darle la bienvenida y a ofrecerles su compañía, rechazando él todas las invitaciones, caminando directo hasta la barra donde le sirvieron una copa de brandi.
El administrador se le acercó después de un rato que él estuvo cruzando palabras con el barman, y lo saludó entusiasta, diciéndole que su "invitada" estaba en una de las habitaciones del segundo piso, aguardando por él. Aro se lo agradeció y palmeando su hombro dejó su trago y caminó ansioso devorando el espacio hacia esa habitación donde su Bella ya lo esperaba.
Gianna, escondida en una esquina de la sala, le guiñó el ojo cuando el administrador la buscó con la mirada, deseoso de una segunda parte del encuentro que acababan de tener en su despacho, sobre su escritorio, modo en que ella pagó el favor que él le hizo de avisarle donde se encontraba su invitada.
Cuando Vulturi llegó frente a la puerta con la letra B en el frontis, la abrió sin dudarlo y al instante una sensación incómoda recorrió su cuerpo cuando vio a tres hombres semi desnudos, intentando follar al mismo tiempo a la mujer desnuda sobre el sofá. Arrugó el entrecejo y dio un paso adentro, justo cuando en ese momento su estómago retumbó y dolió como si una bola de concreto azotara justo allí, en el preciso momento que la mujer desnuda giró la cara y se reveló a él. El suelo bajo sus pies desapareció en el instante que reconoció ese rostro
La chica no era Isabella. La chica era su hija.
