PENÚLTIMO CAPÍTULO SEÑORITAS!
Así como leyeron, a continuación os dejo el capítulo que antecede el ultimo capítulo de esta historia que me ha dado puras satisfacciones. Gracias a todas por cada semana estar atentas a esta locura que está dedicada precisamente a ustedes.
A leer y atentas que pronto el último capítulo!
Capítulo 43.
Cuando Aro Vulturi pensó que finalmente su vida tomaba el rumbo que él quería, ésta lo golpeaba con la violencia como nunca antes la sintió.
Si le pidieran explicar sus sentimientos de ese momento, no podría hacerlo con claridad, solo podría hacer alusión a la forma en como todo desapareció a su alrededor cuando vio los ojos enrojecidos de su hija, llorosos y lastimeros, y que en ese instante hicieron que todo su ser hirviera, como si en vez de sangre corriera fuego por sus venas.
Lo que vino a continuación fue lo más lógico que podía pasar: el empresario reaccionó y saltó sobre Adam, agarrándolo por el cabello y por la camisa que llevaba desabrochada, empujándolo y estampándolo contra la pared justo antes de propinarle una serie de golpes en el rostro, el estómago y la entrepierna usando su rodilla. El agredido trataba de defenderse, sin entender verdaderamente por qué Vulturi estaba reaccionando de esa manera, cuando en otras oportunidades habían compartido presa juntos, como él lo estaba haciendo en ese momento.
―Mierda… joder… ―se quejaba Adam, tratando de apartarse ― ¡Qué mierda te pasa, Vulturi! Suéltame, maldito hijo de puta!
― ¡¿Qué crees que estás haciendo?! ―le gritó a la cara, rojo de furia, girando su vista hacia los otros dos acompañantes que estaban escabulléndose del dormitorio como ratas, mientras se subían los pantalones, chocando con una mujer que iba llegando al lugar mientras fumaba un cigarrillo y bebía del mejor whisky de la casa. Enseguida volvió para ver a su hija, de rodillas en el suelo, desnuda, y con sus manos atadas por la espalda, revelando una serie de marcas rojas que el látigo había dejado sobre su piel.
Se olvidó de Adam y corrió hasta su hija, quitándose la chaqueta para cubrirla después de haber desatado sus manos. La arropó entre sus brazos y besó su frente, llorando de rabia y preguntándose por qué una niña como ella había llegado a ese lugar. No sacó conclusiones respecto a nada, se olvidó de su supuesta cita con Isabella, simplemente se preguntaba qué mierda hacía su hija en ese lugar.
―Mierda, Aro, si querías que la compartiéramos, podrías haberme dicho y…
― ¡Cierra la puta boca y lárgate antes que te mate! ―gruñó, girando su cabeza por sobre su hombro.
― ¡Interrumpiste mi juego con la muñequita!
― ¡Es mi hija, maldito imbécil! ―Enajenado aclaró Aro.
Adam abrió los ojos como dos platos y tragó grueso. Juró por Dios que si hubiera sabido que se trataba de su hija, jamás se hubiera metido con ella, es más, él mismo la hubiera llevado de regreso a su casa.
―Mierda! No lo sabía… Gianna no me dijo eso cuando me la presentó.
Muy lentamente, desvió su rostro hacia Adam y arrugó el entrecejo, esperando haber oído mal aquella última parte.
― ¿Qué fue lo que dijiste?
―Tu hija llegó con Gianna… dijo que era su amiga…
Aro apretó los dientes, cerró los ojos y volvió a dejar caer su boca sobre la cabeza de su hija, la que parecía estar es estado de shock, pues no lloraba ni decía nada, no se quejaba ni rabiaba respecto a nada, solo estaba allí como un cuerpo muerto, sostenida y mecida por los brazos de su padre.
―Vámonos a casa, cariño ―le susurró Aro a su hija sobre la cabeza. Arropó su cuerpo desnudo lo que más pudo con su chaqueta y se puso de pie, ayudando a su niña a levantarse ― ¿Puedes caminar? Puedo pedir algo de ropa liviana para que te cubras y salgamos de aquí…
― ¿Ahora te preocupas por ella?
Aro inhaló profundo y desvió sus ahora furiosos ojos hacia la voz femenina cuyo tono embriagado de alcohol parecía estarse burlando no solo de él, sino de esa situación, como si se tratara de un extraño, como si la joven que él sostenía entre sus brazos no fuera su propia hija, sino una desconocida.
Cuando la vio afirmada contra el quicio de la puerta y con su vaso bien aferrado a una de sus manos, sonriendo como hiena, quiso olvidarse de todo y saltar sobre ella, golpearla hasta hartarse y enviarla al lugar más recóndito del planeta, pero sabía que enviarla a ese lugar no sería suficiente, pues ella siempre regresaría por más. Lamentó que su hija hubiera creído que Gianna se le acercaba para estrechar lazos, él la conocía bien y sabía que ella tenía de espíritu materno lo que él tenía de monje.
―Desaparece de mi vista de forma definitiva, Gianna, o te arrepentirás de haber regresado a molestarme. ―Sacó el teléfono del bolsillo de su pantalón y llamó a Luis, pidiendo que entrara y lo buscara en el segundo piso. Que llevara un abrigo o algo para cubrir el cuerpo de su hija y que lo hiciera rápido. Después de esa orden colgó, guardó su móvil y abrazó a su hija, intentando darle calor a su cuero, el que comenzaba a temblar.
―Merecías que esto te ocurriera…
―Deja de provocarme ―gruñó Aro en respuesta, pero ella ni caso de la amenaza implícita en ese hombre.
― ¡No! Llegaste aquí para encontrarte con tu putita, que tiene la misma edad que tu hija, ¡¿Cómo se te puede ocurrir?!
―¡Cierra la puta boca, ahora! ―gritó lleno de ira, deteniéndose solo cuando sintió las manitos de Ángela aferra su camisa por el pecho. La miró con preocupación, tomando su rostro con una de sus manos. ―Ya nos vamos, cariño…
Pero otra vez la boca pendenciera de Gianna salió a la luz en abierta provocación al poderoso empresario.
―Me alegro que Angelita haya visto donde pasas tu tiempo libre, lo que haces, lo que obligas a hacer a las mujeres para satisfacer tus fetiches…
Aro hizo una mueca de desagrado y miró a la indeseable mujer que seguía provocándolo. La miró de pies a cabeza y sintió asco de haber compartido con ella la cama, nunca pensó que la degradación la envolvería de ese modo, que ni siquiera el maquillaje o un lindo vestido conseguían ocultar su naturaleza de mujerzuela.
―Hablas de este lugar como si en verdad no formara parte de ti, como si ésta casona no hubiese sido tu hogar, donde le abrías las piernas a desconocidos desde la mañana hasta la noche por un poco de dinero para drogarte.
―Papá, por favor… ―murmuró Ángela, volviendo a la realidad. Aro sacudió su cabeza y la miró con ansiedad.
―Sí, cariño, ya nos vamos…
― ¡Tú no te la llevas a ninguna parte! ―exclamó Gianna, poniéndose en el espacio de la puerta, como si su cuerpo fuera suficiente impedimento para Aro.
Entonces apareció en la puerta, justo detrás de Gianna, la figura de Luis quien no pudo ocultar su rostro de impacto cuando vio la figura de la niña Ángela, semidesnuda, cubierta apenas por la americana del señor Vulturi. Apenas se dio cuenta de la mujer en la puerta, a la que hizo a un lado con muy poca caballerosidad, caminando directo hacia su jefe con su abrigo entre las manos. Miró a la chica con desaprobación y un rastro de tristeza, cubriéndola con el abrigo.
― ¿Señor?
―Saca a Ángela de aquí por la puerta de atrás. Espérenme en el auto.
―Como ordene…
―No, papá… ven conmigo…. ―rogó la chica, estirando su brazo hacia su papá.
―Voy enseguida cariño ―tranquilizó aro a su hija, dejando un beso en su frente.
A continuación miró a Luis y hacia el lugar donde su ayudante siempre guardaba su arma, justo en el interior de la chaqueta. Aprovechó que Ángela miraba a su madre como en espera de algo para recibirla y guardarla con discreción en la parte trasera de su pantalón. Miró a Adam que se encontraba agazapado en una esquina recuperándose de los golpes y con un movimiento de cabeza le indicó a que saliera, obedeciéndole este al instante. Vulturi entonces esperó a que su ayudante y su hija salieran por la puerta para arreglar cuentas con Gianna.
Al segundo que estuvieron solos, Aro sacó el arma que había escondido detrás y la apuntó directamente en su frente. Gianna alzó las cejas y soltó el vaso vacío, agarrándose del quicio de la puerta. Sus estúpidos pies no respondían cuando su cabeza le ordenaba echarse a correr, su cuerpo estaba paralizado pues estaba viendo en primera fila toda la ira de Aro Vulturi, que ella sin querer había provocado.
― ¿Qué…. qué vas a hacer con esa arma? ―preguntó nerviosa.
― ¿Qué crees tú? ¿Pensaste que saldrías ilesa después de haberte atrevido a traer a mi hija a este lugar?
―Ella quiso hacerlo ―se defendió rápidamente. Claro, como si eso la fuera ayudar…
―No me digas ―respondió con voz oscura y su mano firme que sostenía aun el revolver en dirección a ella ― ¡¿Y a ti no se te ocurrió nada mejor que ayudarla a entrar?!
Gianna hizo una morisqueta de desagrado y se atrevió, pese a que no era un buen momento, a seguir respondiendo y provocándolo.
― ¡Ella tenía que ver con sus propios ojos qué clase de hombre es su padre, que no es un santo como ella piensa!
―Ángela es lo suficientemente inteligente como para saber que no soy un santo, a diferencia de lo que tú, maldita zorra, quieres aparentar frente a ella.
― ¿Y ahora vas a convertirte en un asesino?
Aro esbozo una sonrisa que a cualquier mortal hubiera provocado escalofríos en toda la piel. El hombre sabía cómo sembrar el pánico en el resto de las personas.
― ¿Asesino? Si tuvieran que encerrarme en la cárcel para pagar por tu asesinato, lo haría. ―Se alzó de hombros ―Pero los suicidios en mujeres drogadictas y alcohólicas, son pan de cada día…
Gianna tragó grueso y supo que existencia había llegado a su fin. Lo pudo ver en los ojos de aro, en los cuales se podía ver claramente su determinación asesina, y era tan poderoso que estaba seguro que podría hacer parecer aquello como un suicidio, como había dicho.
Por su parte, Ángela iba caminando lento por los largos y amplios pasillos ayudada por la mano de Luis, que iba sujetándola por la espalda, en tenso silencio. Si él hubiera sido su padre, le habría regañado y sin importarle su edad, la hubiera castigado de por vida.
Mientras miraba la punta de sus pies descalzos y aferraba el abrigo con que Luis la había cubierto, trataba de recordar algo de lo que había ocurrido con ella antes que llegara su padre, cuando esos tres hombres se hicieron cargo de ella, y debe decir que nada de eso fue excitante ni encendió su lívido, sinceramente no entendía como esa casona podía estar llena de personas que buscaran esas sensaciones. Recordó entonces a su progenitora, la que trabajó allí tantos años, la misma que había quedado a solas en la habitación con su muy furioso padre, y una voz de alerta la asaltó dentro de su aletargada cabeza. Su cuerpo, que hasta hace unos momentos había estado del todo laxo y casi sin vida, ahora recobraba fuerza por el pánico que se posó en su pecho, tanto como para darse la vuelta, escabullirse de Luis y correr de regreso hasta la habitación.
― ¡Ángela! ―gritó el ayudante de Vulturi al momento que vio a la chica dar la vuelta y echarse a correr. La chica había pillado por sorpresa a este hombre que por lo general nada ni nadie lo toma por sorpresa.
Corrió detrás de ella con el fin de alcanzarla, pero de pronto se detuvo, justo en el momento que se oyó retumbar un disparo seco del arma que le había entregado a su jefe y que él sabía ocuparía para deshacerse de Gianna, aunque por el grito de pavor que oyó por parte de su jefe, intuyó que las cosas no habían salido como él las esperaba.
― ¡Hija! ¡Ángela! ―el grito lleno de pavor salió del pecho de Aro cuando vio a su hija interponerse entre la arma y la mujer que debería haber recibido el disparo.
La chica entró de súbito, justo en el momento en que Aro estaba dándole la despedida de este mundo, recordándole cuánto la odiaba. Vio a su padre enfundar el arma hacia la mujer que ella quería salvar y sin pensarlo dos veces se puso delante, tomando por sorpresa al empresario que apenas alcanzó a desviar el arma que apuntaba hacia la cabeza un poco más abajo, sin poder detener el disparo.
Gianna ahogó un grito cubriéndose la boca ambas manos al ver a su hija caer de rodillas contra el piso, desangrándose por interceptar un disparo que tendría que haber acabado con ella. Su hija había servido como escudo frente a ella, escudo humano que no se merecía.
Al momento que Ángela tocó con sus rodillas el suelo, Aro llegó junto a ella soltando el arma para sujetarla entre sus brazos, manchándose la camisa blanca con la sangre que escurría de la herida que dejó la bala en el tórax, muy cerca del corazón. Con un brazo rodeó su cintura y con la mano libre sujetó la mejilla, mirando las pupilas cristalinas y dilatadas de su niña, con ojos cristalinos llenos de súplica y desazón.
―¡Llamen a una ambulancia! ―gritó con voz en cuello y llorando por su hija mientras acariciaba su mejilla. ―Qué hiciste…. Por qué…
―Quería… ―hizo una mueca y tragó grueso. Le era muy dificultoso hablar —quería salvarla…
Ángela cerró los ojos y aro la sacudió para evitarlo.
―No cierres los ojos, cariño ―le imploró con voz quebrada. Enseguida levantó la cabeza y vio a Luis ingresar con paso tembloroso y ojos desconcertados. Se acercó y se inclinó junto a ellos, mirando a la chica a la que conocía desde niña y a la que había aprendido a querer.
— ¡Luis, por Dios, que traigan a una ambulancia!... ¡¿Dónde demonios está esa ambulancia?! ―gritó Aro al final a nadie en especial, nadie de los que se habían agolpado en la puerta cuando oyeron el disparo y los posteriores gritos.
Cuando Luis tuvo la intención de revisar la herida de la niña, Aro le sujetó la mano celosamente para impedírselo, pero con la mirada el hombre que custodiaba su seguridad le rogó que lo dejara revisarla, sabiendo que no había mucho que hacer.
Ángela gimió apenas Luis la tocó con sus dedos sobre su piel desnuda alrededor de la bala y Aro se mordió el puño para contener su deseo de soltar un alarido profundo. Gianna en tanto seguía paralizada observando con esos grandes ojos verdes, esa escena que parecía sacada de una película de terror.
―Mi niña, Luis… ―decía Aro con voz rota, tan rota como todo dentro de su pecho ―Ayúdala…
―La ambulancia viene en camino, sin ellos aquí no hay mucho que se pueda hacer… ―dijo el ayudante, intentando mantener su voz fría y serena. ―Tampoco es bueno que la movamos…
―Papá ―se oyó entonces la voz débil de Ángela, respondiendo el aludido, deseando abrazarla contra su pecho para protegerla como no había logrado hacerlo antes.
—Sí, cariño, aquí estoy.
―Te amo… ―susurró ella ―y confío… confío y creo en ti…
―Oh, Dios ―lloriqueó él —También te amo, mi cielo, pero no hables. Ya viene la ambulancia, te llevarán al hospital y te recuperarás para que hagamos el viaje, no lo olvides…
―Intenté… intenté salvarte…
― ¡De qué me hablas, mi vida! ―exclamó deseando desaparecer de ese lugar y desaparecer la ultima hora de su vida ―Guarda silencio, te pondrás bien…
Pero nada de eso ocurrió, porque justo después de decir eso, Aro vio como de la boca de su joven hija comenzaba a escapar sangre a borbotones y la hacía toser. Fue imposible seguir sosteniendo ella sus ojos abiertos, pese a las suplicas de su padre que lloraba desconsolado rogándole que no apartara su vista de él, que al menos no cerrara los ojos, pero ella simplemente no podía hacer caso, ya no tenía fuerza y lo único que quería era hacer desaparecer el dolor que se extendía desde el centro de su pecho.
Aro Vulturi vio el momento justo cuando su hija se dio por vencida, dejando caer su cabeza hacia atrás a la vez que su pecho dejaba de moverse por la necesidad y el esfuerzo por respirar. Abrió los ojos desbordados de lágrimas y sujetó por los hombros el cuerpo de su hija, comenzando a sacudirlo para hacerla reaccionar, mientras gemía en mudo dolor.
La sacudía incesantemente hasta que una de las manos de su ayudante lo detuvo. Éste lo miró con desaprobación, pero cuando vio la mirada triste de Luis que negaba ligeramente con la cabeza, entendió que ni por mucho que sacudiera a su hija, ella no abriría los ojos. Su corazón había dejado de latir por la bala que había pegado justo en el órgano vital y que por misericordia le había concedido unos segundos de vida para mirar a su padre por última vez.
―Mi niña… ―lloró Aro mirando a su ayudante quien parecía tan contrito como él.
―Lo siento ―respondió Luis con voz rota ―De verdad, señor, lo siento…
Aro miró a su hija entre sus brazos, a su niña, y sintió cómo su corazón se quebraba y se rompía en cientos de pedazos.
―Ángela, mi niña… ―rogaba el empresario a su hija ―Cariño, abre los ojos, vuelve con papá…
Entonces un grito interrumpió el dolor de Aro, el grito de la mujer que más odiaba en este mundo.
― ¡Mataste a mi hija, maldito animal, mataste a mi niña!
Entonces todo se oscureció para Aro, quien no se había percatado del grupo de personas que se había amontonado en la puerta. Había olvidado incluso donde estaba y a qué había ido hasta allí, solo sabía que entre sus brazos estaba su hija muerta y lo único que quería era estar a solas con ella. ¿Qué hacían todos esos intrusos allí?
Pero más que esas personas lo que Vulturi más odiaba era a esa mujer que seguía gritando, sobreactuando y diciendo sentir el dolor por su hija muerta, que bien Aro sabía no sentía. Se oía como gallina clueca cacareando a todo volumen, y eso le molestaba de sobre manera, por ello sin pensarlo, tomó el arma que había dejado caer junto a él y levantó su vista llena de dolor mezclada con odio hasta divisar su objetivo, apretando dos veces el gatillo y con su certera puntería acabó con esos gritos, dando muerte a la mujer que más odiaba en esta vida, en medio de gritos y exclamaciones de pavor de quienes estaban alrededor contemplando esa escena que ya era aterradora, pero Aro solo oía en ese momento la voz débil de su hija diciéndole que lo amaba.
"Te amo, papá, confío en ti… creo en ti"
Soltó el arma y siguió abrazando fieramente a su hija, mientras que entre los testigos que observaban la espeluznante escena, se encontraba en particular un joven dibujante que subió con la masa de gente cuando se oyó el disparo y el posterior grito de una mujer. Sintió su estómago revolverse cuando vio a Ángela en el piso, rogando que no fuera nada grave, pero ciertamente no tuvo suerte, pues vio el momento en que Ángela murió en brazos de su padre y posteriormente cómo Gianna, la puta de oro que fue la reina de ese lugar años atrás caía muerta también al suelo con dos disparos en su pecho propinados por Vulturi.
"¡Santa mierda!" exclamó Jasper, cubriéndose la boca con la mano, alejándose del gentío y afirmando su espalda en un muro del pasillo, absolutamente impactado. Nunca había presencia una escena de ese calibre y deseó no haberlo hecho, deseó haber puesto más objeciones cuando la hija de Vulturi propuso su plan, deseó haberlo impedido… pero ya era tarde para lamentarlo.
"Joder, mierda" y ahora tendría que llamar a su mujer, embarazada, y decírselo… "No, no, no… no puedo… la impresión la haría caer derechito al hospital con síntomas de perdida" pensó rápidamente, saliendo del pasillo con paso presuroso y bajando por la escalera mientras sacaba su teléfono y le marcaba a Edward, el que no se dignó a contestar.
― ¡Mierda, Edward! ¡Dónde demonios te metes! ―dijo en voz alta cuando estuvo abajo, decidiendo dejar un mensaje de texto en su buzón antes de abandonar el lugar, justo cuando una ambulancia iba anunciando su llegada con el sonido de su baliza.
**oo**
Isabella soltó el teléfono, dejándolo caer al suelo de la habitación. Ahogó un grito de pavor, cerró los ojos y se mordió el puño, canalizando su horror. Si bien era cierto y el mensaje de Jasper no decía mucho ― "Operación Vulturi un desastre. Dos muertos. ¡¿Dónde estás?!" ―, era suficiente para saber que las cosas no habían salido bien.
Habían llegado de la iglesia su madre, Jane, Edward y ella. Eran pasadas las diez de la noche y pese a la hora la hermanita de Edward que esa noche alojaría con ellos, no tenía una pisca de sueño, por lo que animó a las mujeres a ver una película. Edward dijo pasar de la idea porque estaba cansado y solamente pensaba en dormir, despatarrándose sobre el sillón apenas llegaron, durmiéndose por diez minutos, justo hasta cuando Isabella lo despertó con un beso y le dijo que se metiera a la cama, que ella lo alcanzaría cuando acabara la película que verían instaladas en el dormitorio de su madre. Al músico le pareció una estupenda idea, aunque antes pensó en meterse bajo la ducha caliente para dormirse relajado. Como un zombi caminó hasta el cuarto, dejó las llaves del auto y su teléfono sobre el buró, se quitó los zapatos con la punta de los pies y caminó hacia el baño, donde se desnudó para luego meterse bajo el chorro de agua caliente donde estuvo por un buen rato.
Isabella siguió al dormitorio para cambiarse la ropa por su pijama antes de instalarse a ver la película cuando alcanzó a oír el teléfono de Edward. Cuando lo tomó este dejó de sonar pero casi al instante apareció un mensaje de Jasper el que ella abrió por curiosidad, el que leyó y que la sumió en ese estado de desesperación que la hizo tirar el teléfono al piso. Su instinto le dijo que se preparara para lo peor, no pensándolo dos veces antes de salir corriendo del dormitorio, agarrando las llaves del coche de Edward y saliendo a toda velocidad del apartamento sin tomarse el tiempo de avisarle a Edward, mucho menos a su madre que junto a Jane la aguardaban en su dormitorio.
Bajó por el ascensor hasta el estacionamiento subterráneo y al llegar corrió hasta el sitio donde Edward dejaba estacionado el coche. Lo desbloqueó y se metió dentro, y una vez sentada en el asiento tras el volante, se puso a temblar incontrolablemente mientras observaba el tablero, la palanca de cambios y todo lo demás, y se odió por no estar segura de no saber bien cómo hacerlo, pese a que años atrás había hecho el maldito curso de conducción, pero no practicó lo suficiente como para tener el dominio del vehículo, aunque en ese momento se obligó a poner en marcha lo que aprendió.
Miró el teléfono que tenía entre sus temblorosas manos pensando en llamar a alguien, pero no podía perder más tiempo, debía ponerse en marcha, por lo que lanzando el móvil a un lado, metió la llave en la ranura correspondiente y le dio contacto al vehículo haciendo arrancar el motor. Se cruzó el cinturón de seguridad, adecuó el asiento para alcanzar bien los sensibles pedales y afirmó fuertemente el manubrio con ambas manos, mirando hacia adelante a la vez que hacía ejercicios de respiración. Se olvidó del deseo que tenía de hacerse un ovillo y echarse a llorar de miedo y quitó el freno de mano, saliendo muy despacio del estacionamiento. Mientras avanzaba sin salir del primer cambio, se preguntaba dónde demonios tenía que dirigirse… "Operación Vulturi… Dos muertos…" recordaba el mensaje de Jasper y una amargura le llenaba la garganta como bilis. Sintió la frente helada y sudorosa como sus manos que aferraban el manubrio fieramente y que apenas soltó con una mano para abrir la reja de salida al exterior.
―Dios… dime donde tengo que ir ―dijo en voz alta, señalizando con la luz hacia la derecha, donde salió a la carretera que corría en paralelo al mar.
Apretó los dientes y se obligó a respirar para tranquilizarse, obviando a los automovilistas a quienes les molestaba su lentitud y poco dominio frente al volante. Se mordió el labio cuando sus ojos se desbordaron de lágrimas rogando a Dios que la protegiera, a ella y a su hijo, y que ese mensaje no haya sido sino una falsa alarma.
Mientras tanto, Edward salía de su larga y caliente ducha con ánimo renovado, vistiendo un pantalón de chándal negro y una polera roja, con una toalla en las manos para secar su cabello, dispuesto a acompañar a las damas y sacrificarse a ver alguna película de Disney a cambio de una buena porción de arroz con leche que de pronto sintió deseos de devorar. Al entrar al cuarto, lo primero que vio fue su teléfono en el suelo, extrañándole no haberse percatado de cómo se le había caído. Cuando lo desbloqueó para ver si tenía mensajes, vio que había uno de Jasper que había sido recientemente leído ―no por él―, y que daba alarma sobre lo que había ocurrido en esa casona.
― ¡Mierda! ―exclamó, percatándose de las llamadas perdidas de su amigo. Entonces ató cabos, entendiendo que ese mensaje lo había leído Isabella y que seguro ella, por la impresión, había dejado caer el teléfono al suelo. ― ¡Mierda, mierda!
Salió corriendo de la habitación y asomó su cabeza a la habitación donde Jane y Renée ya estaban instaladas viendo la película.
― ¿Isabella?
―Iba a cambiarse de ropa, pero no ha regresado y nos aburrimos de esperarla. ―Explicó Jane con los ojos fijos en la pantalla.
Renée en tanto enseguida se sentó en la cama y dijo con tono un poco más preocupado:
―Yo oí la puerta de entrada abrirse y cerrarse, pensé que había olvidado algo en el coche…
El músico no agregó nada antes de salir del cuarto y regresar al suyo, revisando la mesa donde sabía había dejado las llaves del vehículo y al no encontrarlas, miles de alarmas sonaron despiadadamente en su cabeza.
"Mujer loca, pobre de ti que te hayas atrevido a sacar el vehículo…" pensó furioso, poniéndose un par de tenis y un chandal antes de correr fuera del apartamento, directo al estacionamiento. Mientras bajaba, llamó a Isabella una, dos, tres veces, pero nada que respondía. Dejó de llamarla cuando llegó a su lugar de estacionamiento y novio su carro, agarrándose el cabello húmedo con ambas manos.
―Qué hago… qué hago…
Entonces, en ese preciso momento entra una llamada de Jasper que él contesta instantáneamente.
—¡¿Qué mierda ocurrió, Jasper?!
―Esto… esto fue como una película de horror, maestro… ―se oyó quejumbroso el dibujante. Suspiró pesado y Edward oyó claramente cómo inhalaba el humo del cigarro. ―Aro quiso matar a Gianna cuando supo que había llegado a su hija allí, pero la tonta de Ángela se atravesó y recibió el impacto… se desangró en el suelo de la habitación. Después Aro volvió a tomar el arma y mató a Gianna de dos tiros. ¡Joder, Edward, eso fue una mierda! Estoy aparcado a un costado de la carretera y no sé dónde ir…
Mientras oía, Edward cerraba los ojos y se lamentaba por lo ocurrido, pareciéndole completamente irreal, mientras Jasper seguía hablando y hablando. Pero Edward no podía perder el tiempo en lamentaciones, su mujer había leído el mensaje, sabía lo que ocurría y se había apresurado en salir sabe Dios donde.
―Escúchame, tengo que colgar. Isabella leyó tu mensaje y salió no sé a dónde, debo encontrarla
―Jodida mierda…
―Jodida mierda, sí ―dijo y colgó. Se pegó con el teléfono en la frente y automáticamente regresó al elevador, maldiciéndose por no tener dos coches para suplir emergencias como esa.
¿Qué haría? Esperar a que Carlisle o alguien más llegara sería perder mucho tiempo, por lo que recordó a rogarle a cualquier vecino, incluso pagarle por prestarle el coche. Recordó entonces a un joven matrimonio que una vez se acercó a él y le contó lo mucho que adoraban su trabajo en la sinfónica a la que ellos iban con regularidad. "Sí, ellos tendrán que apiadarse de mi"
Salió del elevador en el piso donde el matrimonio vivía y caminó mirando las puertas, buscando la de ellos, sobresaltándose cuando sintió su teléfono vibrar en la mano. Vio el nombre de Isabella en la pantalla.
― ¡Me quieres matar de un maldito ataque! ―gritó Edward, jalándose los cabellos ―Dios, no me digas que vas conduciendo y hablando por teléfono a la vez…
―Está en alta voz…y este auto… ―lloriqueaba Isabella ―Este auto es muy sensible… es muy raro... y necesito llegar rápido…
Si Isabella hubiese tenido dominio del vehículo, sabría que sin problema podría atravesar la carretera a ciento setenta kilómetros por hora. El músico, agradecido que no se atreviera a eso, a punto de comenzar a subirse por los muros, intentó llamar a su calma y hablarle de esa forma por el teléfono.
―Aparca el coche en este momento, Isabella.
― ¡No puedo! ―gritó la muchacha ―Algo muy malo pasó, lo vi en el mensaje de Jasper, y necesito… necesito…
Edward apretó los parpados y respiró para tratar de tranquilizarse. Necesitaba calmar a Isabella y gritándole no sacaría nada.
―Tranquilízate cariño. Te lo suplico, detén el coche y espera a que llegue yo allí. Dime dónde estás…
―Yo… en la autopista… hay muchos autos y no dejan de hacer sonar sus bocinas… y lo único que quiero es ir allí… por poco me olvido de encender las luces…
―Por vida de Dios, amor, ―suplicaba Edward, a punto de sufrir un paro cardiaco ―enciende las luces de emergencia y aparca el coche al costado del camino. Hazlo con calma, señaliza, mira bien los espejos y hazlo tranquilamente…
―Oh Dios, oh Dios… bien, estoy señalizando ―Edward se cubría los ojos con los dedos y oía el sonido de los cláxones de la carretera, rezando porque su mujer no tuviera inconvenientes. ―Y ya estoy fuera de la autopista… ¡Oh, Dios… Oh Dios, me duele!
― ¿Isabella? ―preguntó, cuando su chica comenzó a quejarse.
La enfermera detuvo el coche y se envolvió el vientre por el repentino dolor que la hizo gemir del dolor.
―¡¿Isabella?! ¡Responde!
―Mi estómago… me duele…
"No, por Dios, no"
―Nena, escúchame. Estaré ahí en breve, ahora colgaré y…
―¡No te vayas, por favor, Edward no te vayas!
―Cielo, estaré ahí enseguida, ¿sí?
Colgó oyendo el ruego de Isabella al otro lado, pero tenía que ser práctico, por eso golpeó como un poseso la puerta del matrimonio, cuyo marido abrió la puerta y se sobresaltó cuando el músico, muy nervioso y ansioso, suplicándole que le prestara el auto. Le ofreció una fuerte cantidad de dinero y entradas a la sinfónica de por vida. El hombre, alto, delgado y de cabellera rubia muy bien peinada, conmovido por la desesperación del maestro, salió con las llaves en la mano y lo acompañó hasta donde tenía aparcado su lindo Audi. Se ofreció a acompañarlo, así él podría regresar con su coche y él tomar el suyo.
Edward reconoció que era una buena idea, agradeciéndole el detalle, o quizás tenía miedo que ese músico loco abollara su hermoso Audi. Por lo que sea, Edward volvió a agradecérselo una y otra vez, subiéndose al asiento del copiloto
Puso atención en la carretera hasta que a pocos metros vio su vehículo aparcado, con las luces de emergencia encendidas. El vecino aceleró y se aparcó detrás del coche del músico, quien salió a toda velocidad y corrió a abrir la puerta del chofer, donde encontró a su chica llorando con el rostro cubierto, inclinada hacia adelante.
―Cariño, ya estoy aquí…
Entonces ella levantó los ojos y miró a Edward con ojos desolados que pudieron la piel de gallina del músico.
― ¿Isabella?
―Estoy sangrando ―fue lo que la chica respondió en un susurro lleno de dolor, el mismo que Edward sintió en su pecho, desgarrándole el corazón.
Llegó al hospital en tiempo record gracias a las hazañas de su vecino que no permitió que él en su estado de nervios se fuera conduciendo. Se fue sosteniéndola en el asiento trasero, apretándola contra su pecho, besando su cabeza y rogando en silencio que todo eso, que toda la mierda sobre la que sentía, se estaban sumiendo, desapareciera.
Ingresó con Isabella sobre los brazos y la dejó en una silla de ruedas justo cuando una de las chicas la reconoció y corrió a ayudarla. Edward le explicó que tenía dolor en la boca del estómago y sangramiento. La enfermera amiga de Isabella hizo las preguntas de rutina mientras la ingresaban a un box de atención, con la chica todo el tiempo tomada a la mano de su novio.
La enfermera los dejó solos, momento que Edward se sentó junto a su desconsolada chica, y le acariciaba el rostro contrito, le repetía que la amaba, que nada más aguardarían a un médico que la revisara para irse a casa y descansar. Olvidó lo ocurrido con Aro en la casona y se concentró en su mujer… y en su hijo.
―Perdóname, Edward… yo… no quería que esto volviera a ocurrir…
―Basta, cariño, por favor ―suplicaba él de regreso, conteniendo ese extraño deseo de llorar como un niño ―Deja de pedirme perdón por algo que no es culpa tuya…
―Sí lo es, igual que la vez anterior… yo maté a este hijo también…
―Basta, Isabella, te lo suplico. Intenta calmarte, no quiero dejarte una noche aquí, y si no te calmas eso es lo que harán…
Isabella se mordió la lengua para no seguir hablando, deseando que alguien entrara y le diera un golpe seco en la cabeza que la hiciera dormir y olvidarse del dolor que sintió hace un rato atrás y del hilo de sangre que manchó sus pantalones. Y aún más que eso, la duda de lo que había ocurrido con el plan de Ángela y su intuición de que era ella la que había salido lastimada.
No dejó que Edward se apartara cuando entró el doctor de turno, un hombre de sonrisa amable y cabello canoso quien la reconoció como una de las enfermeras que había llegado trabajando en ese mismo sector de urgencias. Se le acercó, le tocó la cabeza con un gesto cariñoso, mirando enseguida a su acompañante, saludándolo con un gesto de cabeza.
―Soy el doctor Fox ―le dijo a Edward, antes de dirigirse a la chica tendida en la camilla ―Me dijo la enfermera que llegaste con sangrado, ¿cómo te sientes?
"Quiero morirme"
Quiso decir, pero simplemente movió sus hombros, mirando a Edward que le sonrió con tristeza.
―Estuvo… sometida a una situación de estrés, después de eso sintió dolor en el vientre y… sangrado… está embarazada ―agregó eso último con algo de titubeo en la voz, denotando cansancio.
―Veamos entonces. ―Se acercó a la chica y tomó uno de sus brazos, apretándolo levemente ―No tengas miedo, ¿está bien? Te trasladaremos para hacer una ecografía y revisar qué ha pasado con tu bebé.
Otra vez Isabella solo asintió y apretó la mano de Edward cuando éste trató de soltarse para que un enfermero se la llevara donde el médico le indicaba.
―No me dejes…
―No lo haré, cariño. Nunca.
El hombre la preparó para analizarla, pidiéndole que se desvistiera y se cubriera con una bata verde. Nunca soltó la mano de Edward ni dejó de mirarlo, ni siquiera cuando le pidió levantar y flectar las rodillas. El médico decidió hacer una ecografía vaginal para asegurarse, lo que resultó un poco invasivo para ella, aun así no dejó de buscar el perdón en los ojos de Edward, que nunca dejaron los suyos, esto hasta que el médico dio su veredicto:
―El pequeñín está en perfectas condiciones.
Al unísono ambos padres miraron al doctor quien acababa de devolverles el alma al cuerpo.
―Pe…pero ella estaba sangrando… ―intentaba explicar Edward, pero no podía. Simplemente la sorpresa lo paralizó, igual que Isabella que no atinaba a decir nada.
El doctor sabía lo que estos padres se habían imaginado, por eso no pudo evitar sonreír cuando tanto Isabella como Edward lo miraron con ojos muy abiertos.
―Muy mal que una enfermera no recordara que el sangrado puede ser algo totalmente normal, sobre todo si como dice, Isabella fue sometida a situaciones de estrés, cuestión que no me parece. ¿Has tomado vitaminas? ¿Controles periódicos con el ginecólogo? ¿Buena alimentación?
Isabella miraba la pantalla donde el doctor había congelado la imagen donde se veía a su pequeño niño aún vivo dentro de ella. Estaba tan embobada, emocionada y agradecida que ni siquiera pudo responder a las preguntas del médico, teniendo Edward que responder por su chica.
―Todo eso está en orden, salvo algunas situaciones…
―El estrés, lo entiendo. ―El médico sacudió la mano, anotando algo en la bitácora de atención. ―Bien, se irán a casa pero concretarán una cita con el ginecólogo y obligarás a esta muchachita a guardar reposo. Esto es un aviso, una embarazada no puede pasar por ese tipo de emociones, ¿correcto?
―La ataré a la pata de la cama si es necesario, doctor. Ella lo sabe.
―Eso está bien. ―Se dirigió a la chica, llamando su atención ―Ahora cuídate, señorita. Pide licencia hasta que te sientas bien, ¿entendido?
―Claro.
Cuando el doctor que atendió a Isabella salió, Edward sonrió aun algo tenso y abrazó a Isabella, suspirando de alivio. Ella se agarró fuertemente a la solapa de su chándal y hundió su rostro en el hueco de su cuello.
―Ultima vez que me haces pasar por algo así, ¿lo entiendes?
―Me cuidaré, te lo juro… pero… pero… el mensaje de Jasper, de quienes se trataba. Decía que había dos muertos… ¡Por Dios, Edward!
El músico se mordió el labio inferior y acarició la cabeza de Isabella. Deseaba no darle esa noticia, pero prefería contársela él que dejar que se enterara por otra persona.
―Cariño, pero las cosas se salieron de las manos de Ángela…
― ¿Es ella? ―susurró, mirando al músico y rogándole con sus ojos hinchados que le dijera que no, aunque su instinto le dijo otra cosa. ― ¿Ella es una de las personas que cayeron muertas, verdad?
Edward no tuvo que decir nada, con la mirada que le dio a Isabella fue suficiente para confirmar la terrible noticia que sumió en la pena a la enfermera, quien acababa de prometer que se cuidaría por el bien de su hijo, pero que no podía soportar la pena que esa noticia desató en su pecho, y la culpa que de paso se instaló en su cabeza, repitiéndole una y otra vez que por ella, Ángela había terminado muerta en ese lugar, no sabe ella como.
El músico en tanto, deseaba rogarle a Isabella que se tranquilizara, pero sabía que lo mejor en ese momento era llorar y desahogarse. La meció durante mucho rato, dejándola llorar por la muerte de su amiga y pidiéndole que no le preguntara nada más, pues no estaba en condiciones de hacerlo, no cuando ella aún estaba en el hospital y no cuando acababa de pasar por un buen susto.
Después de mucho rato y cuando la misma chica aseguró que estaba tranquila, y que solo quería irse a casa, la ayudó a quitarse la bata y ponerse su ropa, para salir del hospital en compañía del buen vecino que los había llevado hasta allí y que no se movió de la sala de espera durante las casi dos horas que estuvieron adentro. Edward no dejó de agradecerle por haberlo ayudado, después que Jack, el arquitecto y vecino del músico, preguntara si todo estaba bien con Isabella, a lo que Edward contestó que gracias a Dios, todo había sido una falsa alarma.
―Estoy para lo que se les ofrezca. Por favor, no duden en avisarme de cualquier cosa que necesiten.
―Otra vez, muchas gracias, Jack.
―Para eso están los vecinos ―miró a Isabella ―y cuídate mucho, por favor.
―Seguro ―respondió la chica a su vecino de buena voluntad. ―Gracias.
Apenas atravesaron el umbral de la puerta, Renée salió disparada a recibirlos. Había quedado profundamente preocupada por la salida intempestiva primero de su hija y luego de Edward. Ella no podía ver, pero podía percibir en el tono de las voces una fuerte tensión, sobre todo por parte de Edward, y no estaba dispuesta a dormirse sin saber primero dónde estaba su hija y su novio, y por qué de su salida. Dejó a Jane viendo la película que ni siquiera la niña pudo ver completa, pues se durmió a la mitad de ésta. Llamó a Peter el que no demoró en llegar, y quien ciertamente sabía todo lo ocurrido con Ángela esa misma noche, por una llamada que su hermano le hizo, pero sobre la que no dijo nada.
Edward dejó que madre e hija se sentaran a hablar en la sala, dejaría que Isabella se desahogara con su mamá y le contara lo que ella considerara pertinente. Se tomaría un whisky y le prepararía algo caliente a su chica para que se relajara y para que pudiera dormir. Peter lo acompañó a la cocina y se sentó a tomar una copa de Chivas Regal con el músico, sentado en la barra de la cocina. Lo miró con gesto triste, pues el músico se veía realmente cansado.
―Tú necesitas unas buenas vacaciones…
―Lo que necesito ―terció Edward dejando una copa frente a Peter ―es que esto se acabe de una vez por todas.
―Bueno, sin sonar frívolo, con todo lo ocurrido esta noche, digamos que esto se acabó…
― ¿Ya lo sabes? ―preguntó Edward cuando se tragó la primera gran bocarada de licor. El abogado asintió, haciendo girar el licor en la copa.
―Jasper me llamó y me explicó a grandes rasgos. Estaba nervioso y apunto de ponerse a llorar como una niñita. Tenía miedo que lo culparan de algo por estar en la escena del crimen, pero le dije que se despreocupara, que nada pasaría con él ni con nadie de los que estaba presentes.
― ¿Y Alice ya lo sabe?
―Lo sabe y no podía creerlo. Jasper no tiene mucho tino como para dar ese tipo de noticias, y aunque le impresionó mucho parece que lo tomó un poco mejor que Isabella. ¿Por eso salieron así, sin avisarle a nadie?
Edward dejó su copa sobre la barra y se pasó las manos por el cabello una y otra vez, cerrando los ojos y moviendo su cuello para relajarlo.
―En primera instancia sí. Leyó un mensaje que Jasper me dejó y salió en mi coche. ―miró a Peter, afirmando su cabeza sobre el brazo que apoyó con el codo sobre la encimera ―Ella no maneja, me refiero a que no practica… la cuestión es que estaba nerviosa, sumado al hecho que no conoce el vehículo… ¡Dios, casi me da un infarto!
Entonces a Peter le hizo sentido ver aparcado al costado de la carretera y en dirección contraria a la suya, un vehículo parecido al de Edward. Era de noche y no podía confiarse de su visión además pasó rápido, aunque debe reconocer que se imaginó lo peor, sobre todo después delo que agrandes rasgos le había contado su hermano. Armó todo el cuento en su cabeza y aceleró para llegar prontamente a acompañar a Renée, la que se oía desesperada por el teléfono.
―La convencí que se detuviera y me esperara ―siguió explicando Edward, ―pero cuando llegué estaba con dolor abdominal y estaba sangrando…
Peter abrió los ojos grandemente, con la copa en la mano, suspendida de camino hacia su boca.
― ¡Mierda, Edward! ¿Ella está bien, el bebé?
Edward dejó escapar todo el aire de sus pulmones y asintió despacio, pasándose la mano por el pecho. Aun podía sentir el dolor que se alojó en ese lugar cuando intuyó lo peor.
―Fue todo nada más un susto por el que no estoy dispuesto a volver a pasar.
Se quedaron unos segundos en silencio, ambos procesando toda esa historia que parecía sacada de una novela de drama.
―Te estuve llamando, después que Renée se contactara conmigo y me contara lo que estaba pasando… ―el abogado que recordó que llamar al músico fue lo primer que hizo después de decirle a Renée que iba en camino.
―Dejé el teléfono en el auto de Jack, un amigo que vive aquí y que me llevó con ella. ―explicó someramente, deseando hora tener más detalles de lo ocurrido en la casona ― ¿Por cierto, sabes algo más de lo que te contó Jasper?
―Es muy pronto, pero si las cosas son según lo que me las relató Jasper, seguro tuvieron que llevarse a Aro detenido, pero por la hora no comenzaran sino hasta mañana con el proceso. Deben haber llamado a un fiscal antes de levantar los cuerpos… por la mañana iré al juzgado y veré qué averiguo.
Otra vez el músico suspiró, alzando su cara al cielo y luego dejando caer su frente sobre el helado granito de la encimera. Cerró los ojos con la impresión de que nada de lo ocurrido con la pobre chica que resultó muerta, era real.
―No puedo creer que esto haya acabado de este modo.
Peter podía entender ese comentario lleno de pesar que lanzó el músico, pese a que en verdad todo seguía pareciéndole confuso pues no tenía una visión real de lo que había ocurrido.
― ¿Me puedes explicar qué demonios ocurrió? ―preguntó, intentando que Edward lo sacara de su confusión ―Cómo es que Vulturi está involucrado en la muerte de su hija, no lo entiendo.
Otro suspiro arrancó de los labios del músico, que lentamente se reincorporó, abriendo la cremallera de su chándal de deporte, antes de volver a tomar su vaso y beberse de una sola vez el contenido.
―Esa es una larga historia.
―Adelante, tenemos tiempo.
Edward entonces comenzó a relatarle la historia de cómo es que Ángela fue a acabar muerta en ese lugar, mientras que Isabella le relataba parte de lo ocurrido a su madre, la que no pudo evitar llorar por el triste final de Ángela, aunque no le contó todo el lujo de la historia, solo le dijo que la chica había caído muerta por un disparo que no debió haber sido para ella. Le dijo que se había atravesado entre la bala y su madre para salvar a esta última, la que de cualquier forma había caído muerta también. Esto lo supo Isabella cuando le pidió a Edward que le diera detalles de lo que había ocurrido, justo después que se despidieran de Jack un par de pisos más abajo.
―Me asusté mucho y quise ir… ―le explicó la chica a su madre con la voz ronca de tanto llorar, llanto que no había cesado desde que supo lo ocurrido y que simplemente variaba en su intensidad.
― ¡Pero para qué! ―exclamó Renée con algo de enojo. Entendía la pena y la desesperación que motivó a su hija a salir corriendo, lo que no acababa de comprender era que se pusiera en peligro, ella y el bebé ― ¿Te das cuenta que te pusiste en riesgo? ¡Por qué no esperaste a Edward, saliste sin decirle a nadie…!
Isabella se enderezó y salió del resguardo que para ella significaban los brazos de su madre. Se odió por hacerla pasar por toda esa preocupación.
―No volverá a pasar, mamá, te lo juro ―aseguró con voz quebrada, que desencadenó otra vez el llanto en la chica, cuya madre abrazó y arropó otra vez en sus brazos.
―Está bien, cariño. Está bien―murmuró Renée sobre la cabeza de su hijita. ―No llores más, ahora es tiempo de descansar, porque se vienen días largos… además, no le hace bien a mi nietecito.
―Es cierto… ahora quisiera irme a la cama.
― ¿No quieres que te prepare nada?
―No ma', solo quiero acostarme y descansar.
Renée acompañó a su hija al dormitorio, allí la ayudó a quitarse la ropa y ponerse la pijama, le abrió las tapas de la cama y dejó que se metiera dentro, acomodándose a su lado y apoyando la cabeza de su hija en su pecho, donde la arrulló mientras le cantaba una linda canción de cuna como cuando era bebita.
Todo a partir de ese momento se vivió con la vorágine de lo ocurrido. Todas las personas en el hospital lamentaban la muerte de Ángela, una chica tan alegre y que nunca le había hecho mal a nadie cuya muerte encontró en un sitio poco habitual para una chica como ella, lugar que se clausuró por prácticas sexuales que involucraban a menores de edad además del consumo ilegal y tráfico de droga.
Fue despedida en un hermoso y sobrecogedor funeral un par de días después bajo un cielo cubierto de nubes negras que parecía acrecentar el lamento de los asistentes, entre ellos Isabella que por supuesto no dudó en ir acompañada por Edward quien sostuvo su mano durante todo lo que duró la ceremonia y posterior entierro en el cementerio general.
Divagó sus ojos por los asistentes, deteniéndose en la figura visiblemente afectada de Luis, que vestido de riguroso luto no dejó de contemplar el féretro hasta que este desapareció bajo la tierra. El hombre no lloraba pero se denotaba en su postura y en su mirada carente de luz la pena de sepultar a una chica tan joven y que no mereció morir como lo hizo, por muy heroica que haya sido su acción.
Algo muy distinto pasó con el funeral de Gianna, a quien nadie acompañó cuando fue sepultada en una fosa común del cementerio, sin nadie que la llorara.
Cuando acabó la ceremonia de despedida de Ángela en el cementerio, Alice y Jasper se fueron a descansar, alentando a Isabella a hacer lo mismo, aunque ella tenía otro plan en mente, que se lo hizo saber a Edward cuando estuvieron solos.
―Yo… no he dejado de culparme por esto y…
―No, Isabella ―dijo Edward con voz firme, poniéndosele delante. ―Ya lo hablamos. Esto fue un accidente.
―Pero lo que la llevó a ese lugar…
―Lo que la llevó a ese lugar fue el amor que sentía por su padre y su deseo de salvarlo. ―tomó el rostro de la chica entre sus manos y acercó su rostro al de ella, casi rozando la punta de su nariz con la de ella ―Isabella, no lo hizo por ti, lo hizo por él, por ella misma… por su madre. Recuerda que la bala que la mató no era para ella.
―Lo sé ―asintió ella, poniendo sus manos sobre las de Edward, que sujetaban su rostro ―lo sé. Y he pensado mucho, y siento… necesito hacer algo.
― ¿Algo?
En el funeral hubo un gran ausente, alguien que supo había sido procesado por homicidio y que había desistido de cualquier beneficio al que pudiera optar. Un hombre que lo tuvo todo, pero que en dos segundos se quedó absolutamente sin nada. Isabella podía imaginarse la culpa de ese hombre y la manera tan cruda que la vida usó para abrirle los ojos, tal como Ángela quiso hacerlo. ¿Le hubiera dado Ángela la espalda a su padre, si su plan de matar solamente a Gianna hubiera resultado? Ella sabe que no, entonces sintió que una manera muy pequeña de retribuirle a su amiga muerta era perdonando a su padre. La pena remitiría y sería feliz junto a Edward y a su hijo, pero no acabaría por cerrar ese capítulo de su vida hasta no pararse frente a él y decirle todo lo que tenía atascado en el pecho para decirle.
―Dios ―murmuró Edward sin quitarle los ojos de encima durante esos segundos que ella estuvo en silencio, pensando cómo decirle cuál era su deseo. ―Siento que te conozco tan bien…
― ¿Por qué lo dices? ―preguntó extrañada ella.
― ¿Quieres que te diga que es eso que quieres hacer? ―la chica alzó sus cejas, pero asintió esperando que se lo dijera. ―Quieres ir a visitar a Vulturi, ¿no es así?
Lentamente ella confirmó con un movimiento de cabeza. Edward sabía que la terca mujer de a que se había enamorado, visitaría a Vulturi de cualquier forma, estuviera él o no de acuerdo, por lo que prefería respetar ese deseo y estar cerca de ella cuando eso ocurriera. Además, si eso serviría para dejar atrás ese pasado, y cerrar las heridas de su amada, él la ayudaría.
Se apartó, torciendo la boca, y la abrazó por los hombros dirigiéndola hacia la salida sin decir nada, hasta que ella no soportó más su mutismo.
― ¿No me vas a decir nada?
―Iremos, pero antes e pediremos a Carlisle que nos gestione una visita. No sé si tenemos que simplemente ir al penal y visitarlo o debemos pasar por otros procesos…
― ¿Nos? ―pregunto mirándolo con extrañeza ― ¿Eso significa que me acompañarás?
El músico rodó los ojos y siguió caminando.
―Por supuesto que lo haré. Siempre contigo, ¿lo entiendes? ―besó su frente fuertemente ―Ahora iremos a casa y descansaremos. ¿A caso no tienes hambre? Además quedamos de decidir qué nombre le pondremos al bebé, ¿lo olvidas?
Después de muchos días, y pese a estar donde estaba, Isabella se dio el lujo de esbozar una sonrisa. Finalmente sentía que iba a poder seguir adelante con su vida después de tantos traspiés, después de tantos lamentos y llantos. Ahora era el momento de cerrar ciclos y mirar hacia el esplendoroso futuro que le esperaba.
