N/A: Cierre de una etapa. Chan, chan.


Capítulo 10


Habían transcurrido dos días y aún no tenían noticias sobre el chico Okita, ni las próximas nominaciones que haría. Kagura ya comenzaba a fastidiarse, convirtiéndose en un manojo de nervios e inquietud, aunque, claro, ella lo negaba siempre de forma rotunda y sin éxito.

Soyo se pasó inmensas horas en su cuarto —incluso en clases—, reflexionando sobre el último encuentro de los chicos, y la astuta táctica que había adoptado el muchacho, según su confiable amiga. Tenía sentido, si lo pensaba un poco, y se reprendió a sí misma por no haber pensado en que algo como aquello podía suceder. Después de todos los análisis y observaciones sobre rasgos, características y hábitos, anotaciones de refranes y dichos, investigaciones minuciosas en revistas femeninas y lecturas de compatibilidad —de acuerdo a sus respectivos signos del zodíaco y páginas web—, no pudo prever aquel ingenioso movimiento del estudiante. Ni tampoco podría con el próximo. Kagura estaba más que segura de que en algún punto, en la siguiente reunión, la nombraría a ella, pero Soyo no estaba muy convencida de ello, ni de nada, en realidad. Se encontraba perdida en un mar de cavilaciones, en donde trataba, inútilmente, de anticiparse a un impredecible Sougo.

Al tercer día hábil, un practicante de kendo apareció de la nada, portando su sable de madera, minutos antes del final de la jornada escolar. Cuando la puerta se abrió, todo 1º E se volteó a ver al intruso que había irrumpido en la lección de la profesora Tsukuyo. Kagura lo miró con desprecio todo el trayecto que había hecho a paso tranquilo hasta el escritorio de la docente, adjuntando una absurda disculpa y un patético pretexto inventado para llevar consigo el arma de combate. Poco después, el timbre sonó y la mitad de la clase se esfumó.

—¿No te dije que no vinieras por aquí? —le preguntó su enfada amiga al intruso, levantándose bruscamente de su asiento.

—Yo solo vine a ver a mi maestra —se excusaba el estudiante, mientras apoyaba el sable sobre su hombro derecho.

—¿Tu qué?

Kendo, boba. Da la casualidad de que tenía que hablar con ella. Que esté aquí, no tiene nada que ver contigo. Aunque —objetó, mirando alrededor hacia un grupo de chicas que se preparaban para salir del aula— no me molestaría quedarme un poco.

—¡No, claro que no! Vete de aquí, largo. No quiero…

Pero era tarde para cualquier amenaza posible, Sougo Okita se había marchado detrás del grupo de muchachas, hacia el pasillo, y, según pudo observar Soyo comenzaba a entablar conversación con una de ellas.

—Estúpido, idiota, lo mataré.

Antes de que la joven Tokugawa pudiera hacer algo para evitarlo, el vacío de su ausencia inundaba la sala y unos sonoros griteríos de amenaza comenzaban a provenir del pasillo.

ooOoo

Al día siguiente, en el almuerzo, fue dispuesta una junta de emergencia en el rincón solitario, detrás del edificio de natación, y Soyo corrió a tomar su nuevo instrumento de espionaje, antes de que se concretara el acontecimiento.

¿Eso que está ahí no es un árbol de cartón? —oyó preguntar al muchacho, en cuanto se pudo posicionar con lentitud, a una distancia de diez metros de la de ellos.

No te salgas con otras cosas, estúpido, infeliz. ¿Por qué demonios fuiste a mi salón ayer? ¡Te dije bien claro que no fueras, cabrón!

Sé que estás contenta de verme, China, ya sabía yo que me extrañas.

¡No vuelvas por allí, ¿me oíste?!

¿Por qué? —curioseó, avanzando unos pasos hacia la muchacha, con un tono de voz cómplice—. ¿Hay algo que no quieras que sepa?

¿Lo mucho que desprecio? No, ya todos saben eso, no es un secreto.

¿Segura que es eso? —Avanzó otros dos pasos, pero en el tercero fue detenido por su acompañante, gracias a una frívola mirada y un puño que fue esquivado con éxito.

Alto ahí. Esta vez no voy a dejar que te hagas el supertonto, conmigo, que no soy ninguna de tus p**** arrastradas. Tengo dignidad.

Vaya, China, me sorprendes, ¿dónde aprendiste esa palabra?

¡Cállate! No vuelvas a ir por allí o tendré que tomar medidas, como ayer. Y no necesito otra guerra en público, estoy a centímetros de que el director me dé una patada en el trasero, y si eso pasa…

Sí, sí, ya. Pareces disco rayado, cambia de canción, para variar.

No jodas, estúpido, que si me voy me aseguraré de que me las pagues con sangre y huesos.

Uy, qué miedo tengo, seré cuidado entonces —dijo, caminando unos pasos más hacia la chica de rojos cabellos. Ella lanzó dos patadas hacia su pecho y luego un ágil golpe de codo pudo impactar en su frente—. ¿No habíamos acordado que en el rostro no?

Déjate de m******, que te dejaré sin tobillos si me provocas.

Demonios, China, estás muy alterada últimamente. ¿No quieres otro "baño termal", como la otra vez, para calmarte?

¿Y a ti no te gustaría dar un paseo por el aro de básquet?

Hubo un breve instante de gélido silencio en el que se sostuvieron la mirada intensamente, tanto que Soyo estuvo tentada a caminar hacia ellos y picarlos con una vara para comprobar si aún seguían conscientes.

Bien —fue todo lo que soltó el muchacho, luego de una larga batalla visual.

¿Tienes algo para mí hoy? —preguntó, Kagura, de brazos cruzados, saliendo victoriosa de alguna manera.

Sí, algunos. Los que pude rescatar ayer.

Continúa.

Ikeda Asaemon.

¿La canosa muerta de pelo blanco? No, qué va, si apenas le dirige la palabra a un profesor, menos va a gustar de ti o de alguien. Es una de las tuyas, ¿no?

Ajá, también va a kendo —le contestó, de forma sombría. De pronto, Soyo pudo notar un destello de picardía en sus ojos, y pronosticó que algo se traía entre manos.

¿Más?

La chica Shinpachi.

¿Kirara? Olvídalo, es ciega, la pobre, pero tampoco para tanto. Otro.

El muchacho se quedó pensativo unos segundos, mientras giraba un juego de llaves sobre su dedo índice.

Ey, que no tengo todo el p*** día. Tengo que comer también, ¿sabes?

El chico la miró a los ojos, de pronto, y, con una malévola sonrisa en los labios, pronunció otro nombre:

Kagura.

Soyo se ahogó con su propia saliva y tuvo que taparse la boca con la bufanda de tela ligera que llevaba en el cuello. Casi se desmaya de la impresión.

¿Ah? —preguntó su amiga, tratando de no sonar muy sorprendida, mas el rojo de sus mejillas, demostraba lo contrario.

Ese es tu nombre, ¿no?

S-sí, ¿y? —afirmó, carraspeando un poco. Pudo ver que una gota de sudor resbalaba por su sien, la cual logró secarse al colocarse un mechón de cabello detrás de la oreja.

Bueno —contestó, alzando los hombros, divertido—, es que no lo recodaba bien, siempre fuiste solo China para mí.

Ajá, qué bien. ¿Podemos seguir?

Tú sabes el mío, ¿verdad?

Sí, maldita sea, y desearía olvidarlo. Otro, vamos. —Tosió un poco, tratando de mantener firme la voz, y junto con ella, su postura.

Pues, veamos… una tal, Gedomaru, ¿puede ser?

¿La que lleva una vincha de cuernitos? —El joven asintió, apenas, guardando de nuevo el llavero en su bolsillo—. No, está demasiado ocupada persiguiendo fantasmas en clase de teatro, no le interesan los vivos, por ahora.

Bueno, ¿y la de pelo azul?

Tetsuko ya persigue a otro, no le interesas.

Qué mal, he vuelto a fallar.

El tono sarcástico del muchacho contrastaba ampliamente con la mirada sombría y apática de la chica. Luego se acercó lo suficiente para poder quedar frente a ella y se despidió en voz muy baja, a lo que su contrincante respondió con una orden de papas Pringles, con sabor a queso, como pago de su castigo. En cuanto se fue, observó que su amiga cerraba los ojos con fuerza. No supo adivinar si era por alivio, nervios o exaltación, pero sí notaba una gran perturbación en su semblante cuando se dispuso a marcharse también.

Al observarla tan alterada, resolvió darle unos minutos de ventaja, antes de dejar su puesto de vigilancia e ir corriendo tras ella, consideraba que le haría falta un buen respiro después de ese "mini-infarto" que ambas habían sufrido, momentáneamente.

ooOoo

—Tenías razón, después de todo —admitía con voz desgastada, mientras determinaba si podría birlar una rodaja de pudin—. Por cierto, ¿cómo hiciste para mantenerlo fresco? ¿Y en qué momento te lo dio?

—En… en el receso. Lo encontré en las escaleras… tratando de subir al primer piso que da a nuestra… aula —explicaba Kagura, atiborrada de comida y rodeada de un montón de paquetes de panecillos a su alrededor.

Terminada la clase del día, juntas decidieron ir a pasar rato a la terraza del colegio, aprovechando también la ocasión para devorar algunos bocados y el almuerzo que no llegaron a degustar.

—Mejor mastica primero, Kagura, o terminarás ahogándote como la otra vez.

La sugerencia no fue tomada a la ligera y en cuestión de un suspiro, la muchacha con el pantalón deportivo bajo la falta, se metió a la boca dos bolas de arroz y un panecillo a la vez, mientras tanteaba con la mano derecha la botella de refresco que habían pasado a comprar por el bufet, antes de subir. Dispuso entonces, que lo más recomendable sería comer en silencio y conversar después. A veces no se podían ambas, Soyo lo sabía muy bien, y esa era una de aquellas ocasiones en las que el mutismo era la mejor posibilidad existente.

Cuando escuchó ruidos chispeantes a su espalda, comprobó que, en efecto, no fueron las únicas que habían pensado en que quedar en solitario en aquel apartado lugar. Kagura le dijo algo de que ni fuera del horario normal ese sitio dejaba de estar habitado, y no pudo más que darle la razón. Siempre habían querido en reunirse en la azotea del establecimiento para conversar, pero siempre se encontraba poblado de alumnos que habían tenido la misma brillante idea. Era un mito creer que estaría vacío en algún momento, y aquella tarde, ligeramente soleada, no era la excepción.

Al observar con más atención, Soyo comprobó que se trataba de una pareja muy acaramelada, lo que las incomodaba de a ratos, pues el sonido de sus besos apasionados les llegaba como eco en una cueva.

—Bueno, ¿ya terminaste? —preguntó al fin, después de solo cinco minutos. Lo bueno de tener una amiga glotona, era que podía comer en cuestión de segundos, aunque se tratara de una ración exorbitante.

Ella lanzó una exhalación de conformidad y, luego de un estrepitoso eructo, se apoyó en una de las paredes para descansar.

—Sí, ya. Me sorprende que no le haya puesto nada a la comida. Me esperaba un picante, o unas algas podridas, o sal en el pudin, algo al menos. Es raro.

—Sí, bueno, pero es lo acordado, ¿no? —espetó Soyo, tratando de desorientar a su amiga de aquel hecho (asumiendo que la falta de bromas, se debía exclusivamente al pedido que le había solicitado al joven), para pasar a lo que a ella realmente le importaba—. Oye, pero dime…

—Sí, bueno: caché al muy bastardo queriendo subir al primer piso, en las escaleras. Sí sé que su salón está hasta el último, del otro lado. No sé que se trae ese estúpido, pero no quiero verlo como rata en mi salón, sabes muy bien por qué. —Aún cuando Soyo no entendía con exactitud a lo que se refería, asentía con entusiasmo, desmenuzando lo vital de aquella explicación—. ¿A qué no adivinas? Dijo que había ido a llevarme la cosa esta, con el arroz y todo lo demás. Si sabrás que tuvimos que discutir e intercambiar "saludos", ¿no? Le dolió más a él… lo que me parece extraño… —caviló en silencio, y la pequeña "casamentera" sintió que debía reaccionar rápido.

—Bueno, pero lo importante es que lo interceptaste, luego él te dio la vianda. ¿Y después?

—Ah, sí, apareció Gin, sermoneándome de forma hipócrita, como siempre, y le pedí que me guardara la comida en la sala de profes. Allí tienen un pequeño refrigerador, pero no me dio tiempo a sacarlo en el almuerzo. Ese bastardo me quitó el apetito.

—Sí, ya, por eso tuviste que conformarte con media docena de paquetes de papas fritas, ¿no?

—Es que tampoco podía quedarme sin comer, óyeme. —Soyo se palmeó la frente, resignada, y le pidió que continuara con detalles de "mayor importancia". Cuando intuyó que su mente volvía a recordar sobre las nominaciones de los últimos nombres, observó que parte de su flequillo rojizo voló de un enérgico soplido—. Me nombró a mí. ¿Lo ves? Sabía que pasaría, aunque solo hubiera sido como una broma.

—Ha debido sorprenderte, de seguro.

—Eso no es lo que importa en verdad. La cuestión es resistir a sus estúpidos intentos por fastidiarme. En serio, Soyo, a veces no distingo bien si lo quiero o lo odio.

—Lo odias porque lo quieres —corrigió la adolescente, complacida.

—Bah. Al final, la estúpida soy yo por caer también en sus redes. Media escuela se le tira del balcón para estar a su lado, y a mí se me da por hacer lo mismo. Estoy enojada conmigo misma. Juro que si se burla, aunque sea un poquito, cuando se entere, lo dejaré sin piernas.

La amante de las novelas rió apocada, cerciorándose de que la pareja de "besucones" no se alarmara con las protestas de su amiga. Le pareció que nada había podido perturbarlos, pues se encontraban en un mundo alterno, en donde nada más existía. No tardó mucho en percatarse de que pronto deberían abandonar su plácida estadía, ya que el par comenzaba a dar signos de querer arrimarse a la "segunda base".

ooOoo

A la tarde siguiente, durante el receso, el joven quedó en entregarle el salado pedido, con sazón a queso, que su contrincante había proclamado, pero no fue capaz de arriesgarse a proponer ninguna otra candidata, pues Kagura le había dado orden de solo enunciar "precisiones" —llámese nombres, en su dialecto—. Entonces Soyo lo vio retirarse, no sin antes burlarse de su descuidado atuendo y el descoordinado pantalón bajo la falda. Como era habitual en ellos, comenzaron a discutir y lanzarse palabrotas el uno al otro, sin reparo, en las cercanías del edificio de las piscinas. Pero a la hora de subir de tono, para dar paso a los golpes, Sougo retrocedió casi de inmediato, alegando que tenía asuntos más importantes que andar de niñero con una revoltosa. Y, aunque Kagura lanzó piñas y maldiciones hacia su persona, nada impidió que el muchacho se marchara sin mirar atrás.

Hacia la noche, Soyo reflexionaba muy seriamente sobre las múltiples señales que había omitido y que delataban la extraña —pero evidente— conexión entre ambos; un lazo que jamás entendería cómo llegó a formarse. Estaba tan ofuscada en ello que cuando oyó el sonido agudo, proveniente de su móvil, dio un brinco sobre su cama que casi la hizo caer de ella. Mas su sorpresa se agravó aún más al advertir la identidad del remitente de su imprevisto e-mail. Releyó varias veces el escueto mensaje en el que solo ponía: "Amiga de China, necesito hablarte. ¿Mañana en el almuerzo? Ya sabes dónde". Nunca creyó que fuera él el que alguna vez la citara, lo cual le daba un mal presentimiento.

ooOoo

—Esto no es correcto, ¿sabes? Ella pensará mal si se entera. Podría interpretar erróneamente las cosas, e incluso enfadarse conmigo, por un simple producto de su imaginación. Luego me echará la bronca a mí, y eso no es justo.

—¿De quién hablas? —precisó saber Sougo, con astucia.

—De la chica misteriosa, claro está —aseguró Soyo, sin dudar.

—¿Y por qué no desconfía de la China, si ese es el caso?

—Ella era a la que originalmente se le pidió que te informará del asunto, y es la encargada de llevar a cabo las reglas del juego. —Sin entender muy bien cómo, Soyo se sentía acorralada, aunque ninguna valla tangible estuviera rodeándola.

—Sí, bueno, ahórrate esas cosas para otro tonto, te he traído hasta aquí porque necesito de tu ayuda para saber los nombres de las que faltan en tu salón. Ya tengo el que más me interesa, pero aún así, saber el resto no está demás.

—Oye, mira que te he dicho la verdad, y es que…

—En realidad no importa porque pronto lo sabré, quedan pocas. Todo lo que necesito son unos cuantos nombres; tu amiga La Glotona ya no me permite apodos y esas cosas. ¿No se le ha zafado un tornillo? Se inventa una molesta regla nueva a cada minuto. Maldita perra, cuando gane trapearé el suelo con ella.

—¡Okita! —gritó, escandalosa—. Prometiste ser bueno con ella…

—No te equivoques, amiga de China, solo accedí a no golpearla… por un tiempo. Ahora, a lo que vivimos, los nombres.

—No, espera, el trato era que fueras amable con ella.

—¿Y qué he dicho yo?

Soyo, entonces, comprendió que lidiaba con un ser de ligas totalmente diferente a la suya. Según lo que entendió, luego de meditarlo unos segundos, aquella ausencia de maltratos físicos era su forma más sincera de mostrar amabilidad hacia su rival, lo cual la dejaba nuevamente desconcertada, y maravillada al mismo tiempo.

—Am… Bueno, está bien, te diré los que faltan, a cambio de algo.

—Me lo imaginaba, ¿qué pides?

ooOoo

Para el siguiente encuentro que tuvieron, el día posterior, Sougo se mostraba confiado y tranquilo con la nueva lista obtenida de una fuente de primera. Pero Soyo notaba algo más en su semblante casi inexpresivo y mordaz, una mirada reticente, cargada de picardía y suspicacia, que mostró desde el momento en que la vio llegar.

¿Ya los tienes? —preguntó Kagura, ni bien se acercó. Cruzó apenas una mirada fugaz con la de él, y luego intentó por todos los medios mantenerla desviada hacia otro punto, mientras jugaba con el ruedo de su camiseta.

—respondió él, de la forma más fría que jamás le había oído hablar desde que lo conoció, peleando con su compañera, hace unos cuantos años.

¿Y bien? —exigió ella, aún resistiéndose a mirarlo.

Rei —fue el primero que soltó, caminando unos cuantos pasos hacia ella, con los ojos clavados en su rostro.

No sabía muy por qué, pero a Soyo le pareció que el aire, de repente, se había vuelto más denso y el ambiente se sentía trágicamente agobiante.

No —dijo su amiga, observando hacia un costado mientras comenzaba ajetrear los dedos sin parar.

Tatsumi —manifestó, en segundo lugar pero tampoco acertó en ello, y Soyo estaba segura de que lo sabía. Dio otros tres pasos más, quedando así a pocos centímetros de su acompañante.

Otro —demandó ella, cada vez más nerviosa.

Kimiko.

Otro desacierto, y con dos pisadas más acortó la poca distancia que existía entre ambos, prácticamente le estaba respirando sobre la cabeza, debido a la extrema cercanía.

Vamos, eres mejor que eso —reclamó, envalentonada, pues resultaba evidente su creciente nerviosismo.

Chin Pirako.

Soyo sabía a la perfección que aquel era el anteúltimo nombre que faltaba, luego de ese solo quedaría el de su querida amiga, y estaba segura de que ellos también lo sabían.

Kagura respiró entrecortado, arrugando también los pliegues de su falda azul.

Tampoco —balbuceó, en un tono bajo y calmado. Le daba la impresión de que no se trataba de la misma Kagura que ella conocía, que esa era una de esas facetas que ignoraba por completo.

Sougo sonrió con sagacidad, había llegado al final del recorrido y, con ello, desenmascarado a su rival. Ella no se atrevió a mirarlo, más bien buscaba la forma de evitar dicho contacto visual a toda costa.

Bueno… entonces ya lo sabes ¿no? —preguntó al vacío, pues su rostro apuntaba hacia cualquier otro sitio.

—respondió el chico Okita, apocado pero divertido. Sonreía con la malicia impregnada en todas sus facciones. Soyo auguraba que estaba encantado de tener a su adversaria comiendo de la palma de su mano. La mirada que le dedicaba, fija en las mejillas encendidas de la muchacha, le hacía saber que se divertía a lo grande con semejante espectáculo, desafiándola a que volteara, en algún momento.

Recuerda el trato, maldito bastardo. No quiero oír ni una sola burla o te romperé una costilla —lo amenazó, inquieta, mientras esquivaba el contacto visual que él tanto se empeñaba en encontrar.

Ajá —canturreaba, entretenido en su negativa a contemplarlo.

Bien… Eso es todo.

Y luego ella se marchó lo más rápido que pudo, lejos de él y de cualquier persona.

ooOoo

Para cuando logró alcanzarla, Kagura ya se encontraba a pocos metros del bufet principal, con indudables deseos de querer ingresar al recinto.

—Kagura, para ya, ¿qué estás haciendo?

—¿Soyo? —dijo, volteándose al tiempo que llegaba a la puerta de vidrio. Cuando se lo proponía, podía ser tan veloz como un roedor.

—¿Pe-pero qué haces? ¿Por qué te vas así como si nada? —preguntó, desesperada.

—Ya lo ha descubierto, no tiene sentido seguir dándole vueltas al asunto. Ya está.

—Pero él no te ha nombrado ni ha dicho nada, puede que sea una trampa y en verdad no lo sepa.

—Oh, vamos, tú sabes que… No, sí, es capaz de hacerlo, el muy desgraciado. Demonios, tendré que ir de nuevo, ¿cierto?

—Ahora no, le diré que te espere a la salida.

—Bien —acordó la muchacha, desganada.

ooOoo

La última hora de la jornada escolar le parecía infinitamente eterna, en comparación con otros días anteriores. La diferencia radicaba en que esa tarde, en particular, sería aquella en la que al fin su querida amiga podría confesarse de una vez por todas. Estaba tan emocionada por ello, que contaba el segunda exacto en el que timbre sonaría para dar fin a la lección aburrida de trigonometría básica que Gintoki se esforzaba en explicar (pues él, en verdad, no entendía ni J de lo que estaba hablando, solo se limitaba a leer lo que decía el manual y escribir los mismos ejercicios del libro), para correr a la parte trasera del edificio de natación a espiar tal acontecimiento.

Mas del lado de su amiga, según observaba, el pronóstico de ansiedad no era el mismo. La notaba intranquila y perturbada, como si quisiera que la clase nunca terminara. Y, al momento en que el timbre sonó, dejó escapar un gemido de cansancio, junto con múltiples maldiciones en voz baja.

—Recuerda, debe darte datos precisos. Si no quieres que te nombre, al menos que te describa, así estaremos seguras de que realmente lo sabe —ordenó, mientras le daba unos retoques a su cabello turbulento y le acomodaba el cuello de la camiseta.

—Bien —respondió ella, sin ánimos, y se encaminó hacia su perdición.

ooOoo

¿Y ahora? —preguntó el muchacho, al verla llegar. Por algún motivo que Soyo no lograba entender, él siempre era el primero en arribar.

No has dicho el nombre correcto hoy, ¿cómo sé que no me estás engañando? —Buscó actuar como lo haría normalmente, siguiendo los consejos de su mejor amiga, pero no le estaba dando buenos resultados.

¿Bromeas?

Di-dime cómo es ella —comenzó a balbucear y a desvariar su vista hacia distintos sectores, sorteando los ojos con matiz a carmín que todos juraban encontrar en aquella expresión de delincuente juvenil.

Entonces el chico se acercó velozmente hacia ella, hasta quedar frente a frente. Soyo no dudaba de que fuera una perfecta táctica para intimidar, ya lo había vivido en carne propia.

De acuerdo, te lo contaré: Es terca como una mula y tosca como una roca. Es pequeña —señaló, poniendo su mano por encima de la cabeza de la chica, midiéndola contra su pecho—, como un enano de jardín —agregó, logrando que Kagura frunciera el ceño, con disgusto—, y tiene la piel tan blanca que parece la hija de un oso polar. Y también come como un oso, aunque no sé cómo es que no engorda como un hipopótamo. —Ella frunció aún más el entrecejo, y se removió, incómoda—. No sé de qué familia viene, o qué clase de genes heredó, pero tiene una fuerza poco común… como un gorila.

Bueno, ya, evita los comentarios ofensivos, ¿quieres? Pedí una descripción… no una lista de comparaciones con defectos.

Pero es la realidad.

Pues no las digas… Desgraciado.

Ya, ya, sangrona. Bueno, como iba diciendo, es superfuerte y una peleonera. Tiene el cabello rojo como el fuego —continuó, tomando con su mano unos mechones cerca de su oreja, para luego envolverlos en el dedo índice. Soyo advirtió que su amiga se estremeció y respiró agitadamente. Fue entonces cuando soltó las hebras de cabello y la tomó del mentón, haciendo que su rostro se girara para poder verse cara a cara—. Y sus ojos son tan azules como el océano.

Se detuvo un momento para concentrar su atención en ella, observándola sonrojarse cada vez más. Le parecía que su amiga escaparía en cualquier momento, o lo empujaría en la primera oportunidad que se le presentara, la notaba demasiado inquieta y acordonada. Luego creyó que su respiración se le cortaba cuando él le pasó el pulgar por el labio inferior, y dijo:

Además tiene una boca tan sucia como la de un camionero. Puede esperarse cualquier grosería salir de ella; no es como las otras chicas, delicada y refinada, al contrario —finalizó, retirando la mano de su rostro—. Tampoco pronuncia muy bien las palabras, es extranjera, y la muy idiota se confunde a menudo. Yo la llamo "China", aunque no estoy seguro de dónde sea en realidad. ¿Crees que sea de China?

Kagura carraspeó un poco y respondió un "Sí" casi inaudible.

Bien. ¿Sigo? —Ella negó con la cabeza, apenas—. Ok.

Bueno… —pronunció, rompiendo el contacto visual—, ya… ya lo sabes, lo has captado. Re-respetarás el trato, no importa lo que pase, eh —exigió enrojeciendo aún más, inclusive hasta las orejas, y luego movió la cabeza en todas direcciones, inquieta—. Si te escucho presumirlo frente a tus compañeros o si te burlas, aunque sea un poco, te arrojaré de la azotea, y escupiré sobre tu tumba, y también bailaré sobre ella, y… y…

Kagura no pudo continuar con sus dichosas amenazas, pues Sougo la había atraído hacia él, presionándole la cabeza contra su pecho. Soyo tuvo sus dudas, con respecto a aquella acción, pensó que iba a asfixiarla, pero pronto se dio cuenta de lo equivocada que estaba, porque su amiga comenzó a emitir unos agudos quejidos mientras se frotaba la cara contra su camisa, como si se estuviera sacudiendo el agua de las mejillas, queriendo imitar a los canes. Al principio no entendió muy bien lo que sucedía. Cuando comenzó a ahogar sus gritos con la prenda, supo que se trataba de una forma de liberar tensiones, e imaginó que así había ocurrido la vez que él se desmayó a propósito para dejarla ir sin decir nada, y ella lo utilizó de almohada.

Lo vio mantenerse inexpresivo, contrario a su estado de un minuto atrás, cuando se regodeaba de haber descubierto la verdad. Sus brazos estaban relajados y a los lados de su cuerpo. No le parecía que estuviera viendo hacia ningún sitio en particular, más bien, estaba como ido, distraído.

Luego de que Kagura se apartara al fin, la miró a los ojos y puso una mano en su hombro derecho.

¿Ya?

Sí, ya —respondió su amiga, más calmada. Respiró profundo, con lentitud, y luego levantó la vista hacia él—. Recuerda el trato. No quiero tener que romperte un hueso como castigo.

Ok —fue su simple respuesta. Entonces ella se alejó repentinamente y, antes de que se marchara, agregó: —Te espero mañana, a las tres, en el parque. —Kagura puso cara de no entender—. La última regla —aclaró, poniéndose las manos en los bolsillos.

Ah, sí, los dulces. Bien.

Soyo recordaba que sus despedidas siempre solían ser frívolas y faltos de palabras, pero eso ya le parecía el colmo. Aún así, la confesión, a su torpe manera, estaba hecha, el juego había terminado y su amiga tendría su primera cita con el amor de su vida. Todavía había mucho de su particular interacción que no comprendía del todo, y se sorprendía en cada ocasión con las situaciones resultantes. Su amiga parecía una caja de sorpresas y el chico un manojo de misterios, pero de todas formas no perdía la esperanza de que el milagro ocurriera.


Reviews: Cap. 9:

I love okikagu: Eres puro amor, gracias por seguir leyendo y tus buenos deseos. Demonios, ha pasado un tiempo desde que no ando por la página, estube enfrascada en la construcción del capi. Ya estoy empezando el siguiente, pero va a llevar más tiempo. Gracias de nuevo por leer y comentar tan ocurrentemente. Eres grandiosa :]

Mi-chan: Perdón por mantenerte tanto a la expectativa xD, no pude evitarlo xD. Espero que hayas pasado unas lindas fiestas. Gracias por seguir leyendo :]

Lu89: Jaja, ¿verdad que sí se parecen Kirby y Kagura? Le falta bajarse unos tonos el color de cabello y "vualá", tenemos una secuela de Kirby xD jajajaja. Gracias por tus hermosos coemntarios, eres genial. Saludos :]

Mitsuki: Perdón por hcerlos esperar, es que este capítulo era más largo y, bueno, requiere de más tiempo. Muchas gracias por leer y comentar. Saludos :]

Guest, Anonymous D, Guest 2: Muchas gracias por haber leído este humilde fic. Actualizaré pronto. Saludos :]