ÚLTIMO CAPÍTULO

AGRADECIMIENTOS Y DEMASES AL FINAL

A LEER!


Capítulo 44

Edward agradeció que las semanas posteriores al funeral de Ángela pasaran con rapidez, semanas en las que tuvo que calmar a su chica y convencerla que lo mejor era esperar un poco con respecto a la visita que tenía pendiente realizarle a Aro Vulturi, al que sabía, había sido procesado a treinta años de cárcel sin la posibilidad de optar a beneficio alguno.

Y en el correr de esas semanas pasaron cosas como el hecho de que Edward se vio obligado a recibir la herencia que Esmerald había dejado para él.

Se trataba de la propiedad completa, incluyendo la casa patronal y las hectáreas circundantes donde Edward creció y vivó con su abuelo. Esme había heredado en vida esta propiedad por manos de su padre, con el solo propósito de poder dejárselas a Edward algún día, cuando ya no estuviera.

― ¿Te das cuenta lo que me estás diciendo? ―preguntó Edward a Carlisle, sosteniendo la carpeta marrón entre las manos que lo dejaba a él como dueño de esas hectáreas, que ni siquiera sabía cuántas eran. ―Te lo dije, no quiero nada de esa mujer.

Edward tendría que haber augurado que Esmerald iba a salirse con la suya.

―Esmerald fue muy inteligente ―acotó Carlisle, quitándose la corbata azul y soltándose el botón de superior de su camisa blanca mientras miraba al músico pasearse de un lado a otro dentro de la pequeña sala del apartamento que alguna vez fue suyo y que ahora él compartía con su hijita Jane. ―Hay un punto en el testamento sobre esa propiedad que dice que si rechazas la herencia y no firmas los papeles de traspaso, el lugar será vendido a una constructora que hará desaparecer todo cuanto conociste. Construirán edificios y galpones, será toda un área empresarial que sepultará la tierra donde toda la vida trabajó tu abuelo, ¿es lo que quieres?

Edward lo miró y bufó, pasándose la mano por el cabello.

―Por qué me haces esto, Carlisle… ―preguntó Edward con tono resentido.

―Oye, entiendo que no quieras nada de ella, pero siento que esto tienes que recibirlo, si no por ti, por tu abuelo, incluso por tu hijo ¿acaso no quieres que el pequeño conozca el lugar donde creciste?―Cruzó las piernas, afirmándose contra la encimera, metió las manos a los bolsillos y alzó el mentón mirando a cualquier parte, mientras hablaba sobre la imagen que proyectaba en su cabeza: ― Lo que es yo, me lo imagino sobre un caballo, galopando por ese inmenso campo, pasando sus vacaciones en ese lugar, paseando contigo mientras le cuentas tus aventuras de infancia…

Edward se restregó los ojos y pasó el dedo índice por el mentón mientras contemplaba al traidor abogado suyo, el hombre que decía lo quería como a un hijo y cuyo cariño era recíproco. Y aunque trató de no hacerlo, también se imaginó paseando por esos lugares tan misteriosos y llenos de vida donde había crecido. Se preguntó si el árbol donde solía trepar a buscar nidos aún existía o si las plantaciones de maíz seguían dando sus frutos.

―Supongo que vas a firmar… ―apuntó Carlisle mirando al músico. Edward miró al abogado y le estrechó su verde mirada, apretando y soltando sus manos.

―Eres un tramposo.

Carlisle sonrió y supo que Edward había tomado una decisión pensando en su hijo y en su abuelo, aunque pensó también que había cedido en memoria de lo poco bueno que vio de Esmerald, que sabía que de alguna manera estaba tratando de resarcirse a través de eso.

―Hazlo por mi nieto y por la memoria de tu abuelo. Él se volvería a morir si supiera que sobre la que sentía su tierra, construirían edificios.

―Por él voy a hacerlo. Por cierto, ¿nadie puso reparos en como Esmerald dejó repartidos sus bienes?

―No. Nadie en esa familia tiene carencia monetaria y por lo que vi, no se esperaban recibir nada fuera de lo poco que les dejó. Es la heredera directa del matrimonio Platt, la hija única como recordaras. El resto de la familia está agradecida con lo poco que recibió. La mayoría de sus bienes fueron para Jane y para ti, porque fuera de la propiedad te dejó acciones en empresas y…

―No quiero nada más

―Lo sé, por eso como tu representante, hice el traspaso de tus beneficios a nombre de Jane, como me lo pediste. Tu hermana, literalmente, está nadando en dinero. Pero no se lo diré, no vaya a ser cosa que me haga llenar la piscina de billetes, como en las caricaturas del Tío Rico, ¿las recuerdas?

Edward sacudió la cabeza y recordó esa tira cómica que podía pasar horas viendo frente al viejo televisor.

―Y por si las dudas, nadie podrá tocar los bienes de Jane, ni siquiera yo, solo podrá hacerlo ella hasta que cumpla la mayoría de edad y decida por ella misma a alguien a quien poner a cargo de lo que Esme le dejó.

―Tu hubieses sido una buena albacea…

―Pues no. Hubo una razón por la que me casé con Esme con separaciones de bienes y lo hice pensando que nadie pudiera decir que estaba con ella por su dinero, ¿lo comprendes?

―Por supuesto.

―Me alegro. Ahora firma esos papeles para llevármelos al conservador de bienes raíces, ¿acaso no tienes un ensayo que dirigir?

Carlisle extendió para Edward una pluma Mont Blanc, la que el músico recibió y con la que firmó el documento que tenía entre sus manos y que lo convertía en dueño de esa área rural a las afueras de Leonilde. Mientras lo hacía, recordaba el ensayo que durante los últimos cuatro días lo había mantenido ocupado, fuera de todo el trabajo que tenía en la universidad dictado sus clases y en la sinfónica. ¿Por qué aceptó hacerle ese favor al loco amigo suyo?

―En qué estaría yo pensando cuando ese cretino me lo pidió ―comentó el músico, dejando el documento firmado sobre la mesita de centro, sentándose en el viejo sofá y mirando por el tragaluz que había en el techo, pensativo.

Para distender el ambiente, y para pasar el trauma que significó para el artista del diseño gráfico ver dos muertos desangrándose en el piso, decidió poner manos a la obra su plan de pedir en matrimonio a Alice, que también necesitaba distracciones. Por eso se concentró en preparar una fiesta como a su chica le gustaba

― ¿Y cuál es el pretexto de la fiesta? ―quiso saber Edward, más concentrado en las partituras que en lo que su amigo decía.

―Mi paternidad… ―respondió, mirando a la iguana que estaba junto al ventanal disfrutando del sol que entraba por allí a esas horas de la tarde.

― ¿Y si dice que no? ―preguntó Edward a su amigo, revisando la partitura que tenía en frente, poniéndose el lápiz grafito en la oraje. Segundos después lazó un quejido y se volteó a ver a Jasper que lo había golpeado severamente en el brazo con el puño.

―No digas eso. Mejor ponte en marcha con mi lista de canciones ―respondió el casi novio, indicando con su dedo índice el papel que había dejado sobre el piano. Enseguida sacó la chequera del bolsillo interno de su abrigo y llenó el documento, quitándolo del talonario y extendiéndoselo al músico, que lo miró con las cejas alzadas, rodando sus ojos a continuación. El cheque estaba en blanco, porque el dibujante no le tenía miedo a la amenaza de que sus chicos pedían caro cuando se presentaban fuera de los escenarios sinfónicos, lo que era una vil mentira pues sus chicos generalmente tocaban gratis. Eso no se lo dijo a Jasper, pues a su equipo le vendría bien un pago por su trabajo.

Por lo que tuvo que ponerme manos a la obra con la lista de canciones, todas muy lejos de los sonidos sinfónicos, lo que significó un aliciente para los muchachos del grupo a quienes les encantó la idea. Algunas eran bastante cursis, pero eran del gusto de la pareja, pero las que usó Jasper para amenizar la fiesta que tenía unos treinta invitados y que al parecer eran del gusto popular.

―¿Por qué Jasper está tan nervioso? ―le susurró Isabella a Edward, quien la miró, puso cara de inocente y se alzó de hombros, como si no lo supiera.

Isabella no tuvo que esperar mucho para saberlo, pues sus ojos se abrieron como dos huevos fritos cuando Jasper pidió a la banda que tocara una extraña canción de amor que solo él conocía, y los músicos que tuvieron que buscarla y aprendérsela, justo antes de tomar la mano de su chica y llevarla al centro, pararse frente a ella e inclinarse a continuación, poniendo una rodilla en el suelo, mirándola con los mismos ojos de cordero enamorado que ponía desde que la conoció.

―Oh, por Dios ―murmuró Alice, cubriéndose la boca con la mano, mientras la otra la dejaba sobre su pequeña barriga bajo el vestido azul de seda italiana.

Se dio el lujo de recitar un párrafo de un romántico poema de Pablo Neruda, antes de pedirle a Alice, la mujer que lo había hecho por completo feliz en esa tierra, tuviera el honor de atarse a él de por vida y por todas las leyes conocidas por el hombre. Le juró desvivirse por hacerla feliz, por procurar también la felicidad la pequeña Linda, nombre que habían escogido para la niña que venía en camino. Alice pasó por alto la insistencia de Jasper en llamar de esa forma al niño, y asintió entre lágrimas con vehemencia, aceptando la petición del dibujante, quien se apresuró en sacar una cajita negra de su bolsillo, la que contenía un hermoso anillo de oro blanco con piedras de topacio adornando la hermosa joya y que Jasper se apresuró a poner en el dedo de Alice.

Isabella, como el resto de los asistentes, se sintió feliz por su amiga y se acercó a ella para felicitarla y se apartó de la algarabía para mirar desde lejos como todo el mundo celebraba la buena noticia. Fue ese el momento en que ella se preguntó si alguna vez tendría esa dicha de ser pedida en matrimonio. No dudaba ni por un segundo del amor de Edward, aunque no podía decir lo mismo de su deseo de volver a contraer matrimonio. La primera vez que lo hizo fue empujado más por algo lógico que creyó debía pasar entre él y Rosalie. Seguramente para el músico significaba solo un pedazo de papel, un trámite más por el que no estaba dispuesta a pasar, ¿pero y lo que ella deseaba? Secretamente Isabella siempre, desde pequeña, se imaginó atravesando el pasillo cubierto por una larga alfombra roja de una iglesia adornada con flores blancas de todos los estilos, y alrededor todos sus más cercanos, esperándola en el altar su tío Marcus para oficiar la ceremonia, que la uniría en el sagrado vinculo al hombre que amaba. ¿Tendría que desistir de ese deseo? Se preguntó mirando al hombre que lo era todo para ella abrazar a Jasper y felicitarlo.

Cruzó el salón hacia el baño de damas y allí se quedó por un tiempo mirándose al espejo mientras con algo de frustración veía sus ojos llenos de lágrimas. Por supuesto toda esa emoción del matrimonio de su amiga, sumado a lo que ella misma sentía, le provocaron el llanto cuyas lágrimas surcaban su rostro y estropeaban su maquillaje. Con cuidado trató de secarse, pasándose las manos por el cabello corto y por su vestido de fiesta verde agua, reemplazando en su cabeza aquel color por uno blanco, con encajes y pedrería, un verdadero vestido de novia.

―Soy una tonta ―se auto reprendió, sacando más papel de una cajita de pañuelos, limpiándose las lágrimas con cuidado.

Se abanicó el rostro y retocó su maquillaje, justo cuando la puerta del baño se abrió y apareció la flamante novia, que corrió directo a su mejor amiga. Iba a dejar escapar con ella toda su emoción de la petición de matrimonio, pero el rostro de Isabella la detuvo.

― ¿Pasó algo? ―preguntó Alice preocupada ―Estuviste llorando…

― ¿Y cuando no? ―sonrió con tristeza, elevando los hombros. ―El embarazo me hace llorar por todo.

Alice estrechó sus ojos y puso sus manos sobre sus caderas.

―A otro con ese cuento, a ti te pasa otra cosa. ¡Dímelo!

Isabella suspiró y afirmó su cadera contra el lavado, mirando hacia el suelo. Lo que menos quería era preocupar a su amiga en ese momento, pero ¡qué diablos!, necesitaba desahogarse.

―Yo… me preguntaba cuándo sería mi turno…

― ¿Tu turno? ―repitió, confundida. Isabella la miró y torció su boca, pasándose la mano por el cuello, nerviosamente.

—Creo… creo que a Edward le basta la convivencia en pecado, como diría mi tío Marcus.

―Oh… ¿Y lo han hablado?

―No, pero es lógico, ¿no crees? Divorciado una vez, seguro está curado de espanto. Ya estoy embarazada, estamos viviendo juntos… quizás haya aprendido que no necesita del contrato solemne, ¿me entiendes?

―Te entiendo, pero creo que deberías tomar el toro por las astas, si es que tú quieres lo contrario.

Esta vez fue Isabella la que arrugó su frente y se preguntó de qué diablos estaba hablando Alice.

― ¿A qué te refieres? ¿Qué sea yo la que le pida matrimonio?

― ¿Y por qué no? No estamos en la época en que el novio debía ir a casa de la madre de la novia y pedirle la mano de su hija. Lo que hizo Jasper es romántico y lo amo aún más por eso, pero si no lo hubiera hecho, algo se me hubiera ocurrido a mí, no sé si en una fiesta como esta, pero…

Isabella se mordió el labio, pensando en lo que su amiga estaba aconsejándole.

― ¿Y si me dice que no? ¿Y si acepta solo por no hacerme daño?

― ¿Y si cae rendido a tus pies?―terció Alice, poniendo sus manos sobre sus caderas ― ¿Y si lo haces el hombre más feliz sobre la tierra?

― ¿Tú crees?

―Está en tus manos averiguarlo.

Un nuevo aire de esperanzas hizo que los ojos de Isabella volvieran a iluminarse y que su boca esbozara una sonrisita. ¿Por qué no? Pensó entonces, abrazando a su amiga y agradeciéndole que la haya puesto en perspectiva.

―Ahora regresemos adentro. Edward estaba buscándote y me ofrecí en venir a verte aquí.

Salió entusiasmada del baño de damas, tanto así que llegó hasta donde estaba su amado músico y haciendo oído sordo a sus protestas por saber dónde se había metido, lo agarró de la mano y lo llevó a la pista de baile, donde se colgó a su cuello y comenzó a moverse al ritmo lento de la balada ahora sonaba de fondo. Edward no pudo hacer otra cosa que contagiarse del ánimo de su chica, rodearla por la cintura y moverse junto a ella, olvidándose que a su alrededor otras parejas disfrutaban también del momento.

― ¿Qué te traes, eh? ―quiso saber Edward, cuando la enfermera no dejaba de mirarlo y sonreír con picardía.

― ¿Yo? Nada ―respondió inocentemente, batiendo sus pestañas ―Solo quiero bailar contigo.

―Uhm… Voy a hacer como que te creo… ―aclaró Edward, bajando su boca hasta la de Isabella, la que besó con moderación.

El lunes siguiente después del trabajo, Isabella se sintió animada de dar un paseo por el centro comercial. Había oído de la inauguración de una gelatería que preparaba helado de fruta al instante y ella moría por uno de esos. Además, estaba tentada de comenzar a comprarle ropita a su hijo, ahora que sabían el sexo del pequeño después que Edward pidiera saberlo en la última ecografía.

― ¡Aquí tenemos sin duda a un baroncito! ―había exclamado el doctor, provocando el éxtasis en el músico, que salió de la consulta prácticamente levitando de la dicha. Aún no habían encontrado un buen nombre para el niño, por lo que continuarían llamándolo cariño o simplemente bebé hasta encontrar el nombre perfecto.

Habría deseado estar disfrutando de ese paseo por el centro comercial con alguna de sus amigas, recordando a Ángela sin poder evitarlo, o con Alice la que no pudo escasearse de su turno en el hospital. Su madre estaba atendiendo sus actividades en la iglesia por lo que no pudo contar con ella, pensando en que quizás era un buen momento para disfrutar ella, a solas. No le pareció incómoda la idea, por lo que siguió mirando las vitrinas de las tiendas mientras disfrutaba del helado tamaño jumbo de frutilla y arándano que compró cuando dio con la heladería.

Caminaba despacio disfrutando de lo que veía, animándose a comprarse algo lindo, darse un gusto, esto hasta que vio una tienda para bebé donde se apresuró en ir, sacando esto y lo otro para el bebé. Iban a comenzar a arreglar el que sería el cuarto de su hijo, por lo que compró el primer móvil que ella misma colgaría sobre la cuna de su príncipe, del que colgaban animalitos de vívidos colores los que giraban al son de una hermosa melodía. La dependienta de la tienda celebró la elección de Isabella, además de todas las otras cositas que había comprado: ropa, zapatitos, algunos juguetes y ese móvil. Salió feliz de la vida, enviándole un mensaje a su hombre, diciéndole que había comprado cosas para el bebé, y que en breve iría a casa. Edward le respondió que se relajara y que pasara un buen rato… ah, y que no se olvidara de él. Y claro que no lo haría, pues la siguiente tienda a la que fue, era una joyería.

Se paró al otro lado de la vitrina y miró los anillos de compromiso, pues sostenía la firme idea de tomar ella el toro por las astas, como su amiga Alice le había dicho. Estaba a punto de entrar cuando al volverse, se encontró de frente con una alta y rubia mujer que la miró con una leve sonrisa en los labios. Isabella en tanto se paralizó y de a poco sus ojos fueron abriéndose hasta llegar casi a la desmesura. Con su figura alta y delgada, su rostro blanco enmarcado en la cabellera rubia que brillaba refulgente, elegantemente vestida con un abrigo beige que cubría hasta debajo de sus rodillas, abrigo que cubría una falda de tubo negra y una blusa rojo carmesí, y para completar su elegante vestuario, unos zapatos negros, muy alto, que Isabella no se veía alentada a usar.

―Hola, Isabella ―saludó Rosalie con voz tranquila y suave.

―Ho… hola… ―Isabella tragó grueso y apretó fuertemente el asa de las bolsas de las compras en cuyo frontis llevaban el logo de la tienda maternal que Rosalie miró, alzando sus cejas con verdadero asombro.

La enfermera aún estaba demasiado delgada para revelarse su estado, pese a tener 14 semanas de embarazo y por su chaqueta que ocultaba su figura, pero para la rubia escritora era más que obvio que Isabella estaba embarazada. ¿Quizás el brillo en los verdes ojos de la enfermera? Probablemente.

―Oye, no tienes que ponerte nerviosa ―le aseguró Rosalie continuando con su voz tranquila. ―No voy a saltar sobre ti para arrancarte el pelo a jirones…

Sonrió la escritora cuando Isabella también lo hizo, viendo como los hombros de la chica se relajaban. Ella había regresado a Leonilde para recobrar su vida, no para pelear. Ya se lo había hecho saber a Edward, ahora era el turno que Isabella lo supiera.

― ¿Ha… has estado bien, Rosalie?

―Ahora sí. Estuve en proceso creativo, quise apartarme después de… lo del divorcio, ya sabes…

―Sí, me imagino… ―Isabella inhaló profundo y miró a un lado y a otro. En esas últimas semanas había estado pensando en los ciclos que debía cerrar para concentrarse en su futuro, y pues ella sentía que le debía una disculpa a esa mujer. ―Uhm… ¿estás libre ahora? No me iría nada mal algo caliente.

―Ni a mí.

Subieron al segundo piso y entraron a un café, en donde Rosalie pidió un chocolate caliente, e Isabella un té de naranjas. Fueron directo a la caja, pagaron dos bebidas calientes y se ubicaron en una mesa desocupada en una esquina tranquila del concurrido café. Isabella se desabotonó su chaqueta y dejó las bolsas de sus compras en la silla desocupada junto a ella.

―Presumo que esas compras… ―murmuró Rose, indicando las bolsas con su mentón. Isabella carraspeó y se sentó derecha en su silla, pasando su dedo sobre la base de la mesa. Enseguida carraspeó y miró a Rose, pensando en que no tenía por qué tener miedo de hablar de su bebé, por lo que se lo dijo, con una sonrisa en sus labios.

―Para mí… para mi hijo, digo. Tengo casi 4 meses de embarazo.

―Te felicito. ―Sonrió Rose honestamente ―Edward será un padre genial.

―Lo sé. Está muy entusiasmado y ansioso… debo decir que nos tomó por sorpresa, pero estamos muy felices.

―Es lo que Edward me dijo… ―Isabella torció el gesto, Rosalie rápidamente aclaró la duda que se alojó en su rostro ―Lo visité el día después que murió Esmerald. ¿No te lo dijo?

―Uhm… no…

―Pero no te inquietes, te lo pido. Fue una visita corta, conocí a Kal-El incluso ―sonrió la rubia escritora recordando a la iguana. ―Tenía que hablar con él, saber que estaba bien y que él viera que estoy bien, que he pasado la página y que ahora mi vida es buena.

― ¿De verdad lo es? ―preguntó sin querer, y como era tarde para arrepentirse, aprovechó el momento para decir todo lo que tenía atravesado en el pecho y que de no sacarlo, no la dejaría vivir en paz. ―Yo… no podría estar tranquila sabiendo que no has superado… ¡Dios! Y yo te debo más que una disculpa. Juro por Dios que hice todo lo posible por mantenerme lejos de él, porque sabía que estaba mal, que él estaba casado contigo y que te pertenecía, pero… pero era algo tan fuerte, tan poderoso que acaba uniéndonos aunque deseáramos alejarnos, por el bien de todos. Edward siempre estuvo al pendiente de tu salud mientras estuviste en el hospital, siempre, te lo juro. Nunca te descuidó y siempre deseó que salieras del coma. Perdóname, te robé a tu hombre…

Rosalie la miraba afirmando su cara en su mano, mirando con gesto tranquilo a Isabella. Veía completa sinceridad en los ojos de la enfermera y en sus palabras.

―Edward nunca fue mi hombre… nunca me miró de la forma que te mira a ti, ni siquiera sus ojos se iluminaban de la forma que lo hacen cuando hablaba siquiera de mi o de la vida que teníamos juntos

―Pero él siempre estuvo orgulloso de ti, de lo buena profesional que eras, de lo exitosa, de lo buena mujer que siempre habías sido…

―Muchos de mis logros los compartí con él, lo mismo que él conmigo respecto a sus logros laborales, pero hablo de la conexión entre un hombre y una mujer, las dos partes de un todo que en algún momento se encuentran en esta vida… y yo no era esa mitad, no la mitad que a él le correspondía…

―Pero sí la mitad de alguien que está esperando por ti…

―Y espero encontrarlo pronto… ―bromeó la escritora. Después de un momento en la que ambas bebieron de sus pedidos calientes, Rosalie volvió a tomar la palabra. ―No sé si sea posible que tú y yo seamos amigas, pero si me lo preguntas, espero que así sea. No quiero estar lejos de la vida de Edward, a quien quiero, no como hombre, sino como alguien con quien compartí cosas importantes en esta vida, y quisiera seguir estando presente de algún modo…

―Soy buena haciendo amigas ―interrumpió Isabella sonriéndole, dejando a un lado el nerviosismo que tomó todo su cuerpo cuando la vio. ―Y si para ti ni para Edward es algo extraño, o inquietante, pues para mí tampoco lo será.

―Gracias, Isabella.

Siguieron hablando de lo que Rosalie hacía en la ciudad, sobre el lanzamiento de su próximo libro, donde dijo le gustaría verlos a ella y a Edward, y sobre la próxima novela sobre la que estaba ya trabajando. Isabella le contó de su trabajo en el hospital y de su nueva aventura de la maternidad, contándole que se trataba de un varoncito, que tenía al músico de cabeza esperando su llegada.

Cualquier persona que pasara cerca de estas dos mujeres, creería que se trataba de una reunión de dos viejas amigas, por la forma distendida y la manera en que se reían al hablar. ¿Quién iba a pensar que se trataba de la ex mujer y la actual pareja de un músico?

Cuando Isabella se subió al taxi para ir a casa, pensó en ello y se sintió conforme con lo que había pasado, aunque no le parecía que Edward se lo hubiera ocultado, mucho menos cuando la escritora había regresado, por lo que desataría su furia contra el músico… al menos para hacerlo pasar un mal rato, aunque fuera por unos segundos.

Cerró de un portazo la puerta principal del apartamento y sonrió con satisfacción cuando el piano que sonaba con notas suaves se detuvo bruscamente. Enseguida volvió a poner su rostro enojado y caminó a paso firme hacia la sala, donde el músico miraba hacia la entrada con sus cejas alzadas. Pestañeó rápido cuando la enfermera le dedicó una mirada desdeñosa, antes de dejar las bolsas de sus compras sobre el sillón, seguido de su abrigo y su bolso.

― ¿Cariño, como estuvo tu día? ―preguntó con tono discreto.

Ella le dedicó una sonrisa mordaz y se cruzó de brazos, dejando varios metros de distancia entre ella y su hombre, que la miraba con extrañeza.

― ¿Mi día? ¡Estupendo!... ¡Hasta que me encontré con Rosalie en el centro comercial, y me dijo que había venido a verte! ―tomó un cojín y lo arrojó contra Edward, quien alcanzó a esquivar el proyectil ―¡Por qué no me lo dijiste! ¡¿O acaso querías mantener el secretito?!

Edward tendría que haber tenido mucho miedo en ese momento, pero la realidad era que ese arranque le pareció francamente divertido, intentando con todas sus fuerzas suprimir la sonrisita que pudo más y que elevó la comisura de sus labios, lo que parece hizo gruñir a la furiosa mujer embarazada que tenía en frente.

― ¿Estás celosa? ―se levantó despacio del sillín frente al piano, siempre con la sonrisa en los labios, acercándose de a poco a la fierecilla que parece buscaba otro elemento para lanzarle a la cabeza, no lográndolo, pues antes que ocurriera, él ya la había captura y la sujetaba por la cintura.

― ¿Por qué reaccionas así? ―le golpeó en el pecho, cosa que no le hizo ni cosquillas al músico ― ¿No te preocupa que ella se pueda haber lanzado sobre mí y vengarse por lo que le hice?

―Chistosita ―pasó la punta de su nariz por sobre la de ella antes de darle un beso en los labios que relajó a la enfermera —Vino el día que fueron a pasar la tarde a la iglesia. Honestamente lo olvidé, mi amor. Por supuesto iba a contártelo, pero no tengo otra excusa más que esa, además después sucedió lo de Ángela y pues…

―Lo comprendo. ―la chica suspiró y dejó caer su cabeza en el pecho del hombre. Edward inhaló el olor a lavanda tan característico de ella y habló con calma, meciendo levemente a su chica.

―No me preocupa por el encuentro que tuviste con ella, fortuito me imagino, porque vino aquí en son de paz.

―Sí, a pesar de todo, fue muy bueno encontrarme con ella. Sentía le debía una disculpa… no estuvo bien lo que hicimos en ese momento.

―No, no estuvo bien, y también le pedí me perdonara, y lo hizo. ―se apartó para verla a la cara. Cuando lo hizo pasó la punta de sus dedos por la frente de la enfermera, por sus pómulos y su barbilla. ―Bueno, antes lo hizo pero ella se negaba a aceptarlo, lo que comprueba que las cosas pasaron como debían de ser, ¿no lo crees?

―Fue como… cerrar ciclos, para ella y para mí.

―Me alegro.

―Y sobre cerrar ciclos… ―mordió el labio y agregó antes de arrepentirse ―hay algo que tenemos pendiente y que quiero hacerlo. Ya.

Edward inspiró profundo y soltó lento el aire mientras miraba a Isabella, que con esos ojazos claros lo miraba esperando una respuesta. Él se lo había prometido y sabía que si él se negaba, ella iría de cualquier forma, y eso él no lo permitiría. Ya había aceptado suficientes arranques por su parte que lo llevaron a estar a punto de sufrir constantes ataques cardiacos, y no estaba dispuesto a soportar uno más, por lo que aceptó acceder a que ella se enfrentara a Vulturi por última vez, pese a que él no sabía si era necesario… al parecer, para ella lo era.

―Nos comunicaremos con Carlisle para que lo arregle todo. ―Apuntó él, muy solemnemente.

Pero por supuesto, ella no se quedaría tranquila con esa respuesta, por lo que insistió en una respuesta concreta.

― ¿Cuándo?

―No sé… mañana, pasado…

― ¡Ahora! ¡Llamémoslo ahora!

― ¡Tengo hambre! ―rebatió Edward, pero ella ni caso.

―Te daré comida después que llamemos a Carlisle ―se soltó de su abrazo y rebuscó en su bolso su teléfono celular, buscando entre sus contactos a Carlisle, a quien le marcó ahí frente a Edward, que ahora torcía su boca y se preguntaba por qué le tenía que haber tocado a él enamorarse de esa testaruda mujer.

A mediodía del día siguiente, se reunieron con Carlisle quien ya les tenía noticias de sus gestiones respecto al pedido de Isabella. Se reunieron en su despacho, una amplia oficina en el duodécimo piso de un edificio del centro de la ciudad, muy luminoso y decorado de forma moderna, con colores vivos.

―Bueno, el permiso está concedido para mañana y solo tendrán media hora para la visita, espero que les baste con eso.

―Con diez minutos hubiera sido suficiente ―murmuró Edward de mal humor. Isabella, que estaba a su lado, le pegó en el brazo para que dejara a un lado su enfurruñamiento. Carlisle sonrió y siguió explicando el proceso.

―Por cierto, me costó que permitieran la entrada de los dos al mismo tiempo. Esas visitas no se permiten a reos recién llegados…

―O somos los dos, o no es ninguno, Carlisle… ―apuntó el músico. Isabella esta vez alargó la mano hasta que tomó la de Edward, apretándola levemente.

—Gracias, Carlisle. ―dijo Isabella ― ¿Y… qué has sabido sobre su proceso?

―Como sabes, él está declarado culpable por el homicidio de Gianna, mas no por el de Ángela, que según los testigos y la cámara, fue un accidente.

― ¿La cámara? ―preguntó la chica, extrañada por ese dato ― ¿Había cámaras?

Carlisle asintió con su cabeza, confirmando la información. Enseguida agregó:

―Una de las agravantes que llevaron a cerrar el lugar. Todos los actos eran gravados sin consentimiento de los participantes, y posteriormente subidos y rematados por internet. Algunos circulaban por páginas de porno incluso.

―Mierda… ―dijo el músico, apretándose el puente de la nariz.

― ¿Y él, cómo está? ―preguntó Isabella en un murmullo. Carlisle buscó una respuesta para darle a la preocupada chica.

―Aro Vulturi está… como estaría un hombre que alguna vez lo tuvo todo, pero que ahora no tiene nada. Absolutamente nada.

Las palabras del abogado eran muy certeras al describir esta nueva vida de Aro Vulturi dentro del centro penitenciario.

Vulturi acató con la cabeza gacha y hombros caídos el veredicto de la corte, mirándose la punta de los zapatones negros que le habían entregado como parte del uniforme de los reclusos, junto con el pantalón de jeans azul oscuro y la camiseta del mismo color de un material corriente que no figuraba entre ninguno de los trajes que colgaban todavía del armario que había en su recamara en el castillo donde vivía y que ya no figuraba como de su propiedad.

Pasaba los días mirando fijo hacia la pared, recordándose una y otra vez cómo la bala que salió del arma que sostenía entre sus manos, atravesó el cuerpo de su hija, matándola a continuación. Constantemente los ojos oscuros y ahora opacos y sin vida de Vulturi, se llenaban de lágrimas y su pecho escocía de dolor cuando en el silencio de la celda parecía oír el ultimo respiro de su niña, o el eco de sus ultima palabras… "Papá, te amo y confío en ti"

Si hubiese podido se hubiera pegado un tiro en la cabeza, porque ese dolor era demasiado incluso para él, que siempre trató de mantener a raya los sentimientos, incluso de medir el amor que le demostró a su hija, y solo dios sabe cómo se arrepentía de eso… y de muchas otras cosas.

Siguió con su vista fija en la pared, incluso cuando el sonido de las cerraduras automáticas se abrieron y dejaron entrar a un guardia, que carraspeó antes de hablarle.

―Tiene que acompañarme.

Vulturi no preguntó nada respecto a dónde tenía que acompañarlo o por qué, simplemente se levantó y siguió las órdenes del guardia que tras esposarlo, lo llevó por los pasillos fríos y oscuros alejándolo de la celda individual, única petición que Vulturi pidió y que se concedió por la fuerte donación de dinero que hizo Luis, su mano derecha, al recinto.

Cuando la última puerta se abrió y reveló la sala de visitas, el otrora empresario pensó que se trataba de Luis, pero haber errado en su predicción lo paralizó en la entrada, sobre todo cuando vio la figura menuda de una chica de cabello corto, castaño y muy brillante, mirarlo desde el otro extremo de la sala, flanqueada por un hombre que no ocultó su sorpresa cuando lo vio aparecer.

El guardia tuvo que llevarlo hasta la silla y sentarlo en ese lugar antes de cerrar la puerta, quedándose el uniformado al otro lado del vidrio, listo para entrar si era preciso.

Aro no le quitó los ojos ansiosos de encima a la chica que parecía temblar bajo el abrigo gris que llevaba puesto, sobre todo cuando tomó asiento frente a él. La vio entrelazar sus dedos y apretarlos furiosamente sobre su regazo. Tenía tanto que decirle pero parece que el voto de silencio que se auto impuso dentro de la cárcel, le estaba pasando la cuenta pues su garganta no cedía, hasta que ella lo hizo primero.

―Siento… siento mucho lo de Ángela ―dijo ella con voz quebrada. Vulturi emitió un jadeo, cerrando los ojos y cubriéndose el pecho con su mano. Intentó serenarse para no acabar llorando en el piso a voz en cuello como llevaba deseando hacerlo.

―Yo… ―se mordió los labios y volvió a mirar a la chica, sacudiendo la cabeza. Su voz sonaba rasposa y de ultratumba. ―Qué haces aquí, Bella.

La chica se removió inquieta en su asiento y mordió su labio furiosamente antes de contestarle.

―Estoy aquí pensando en Ángela precisamente y en lo mucho que ella hubiera agradecido este gesto. ¿Entiendes por qué te la encontraste a ella en vez de a mí en ese lugar?

―Una lección.

―Sí, una lección. ―Bajó la vista y se quedó contemplando sus manos mientras hablaba con voz temblorosa ―Quería salvarte porque no se conformaba de saber el tipo de hombre en quien te convertías ahí adentro, no se conformaba imaginándote como un acosador, persiguiéndome y usando amenazas para volver contigo…

―Ya basta, por Dios… ―rogó Aro, como si las palabras de la chica fueran una verdadera tortura, que él sin duda se merecía ― ¿Quieres saber si aprendí la lección? Pues sí, la aprendí y estoy pagando el precio, y no hablo de estar encerrado en esta cárcel, hablo del dolor que llevo en el pecho que me hace desear volarme la tapa de los sesos, ¿lo comprendes? La muerte de mi hija me hizo ver la perspectiva de las cosas, la degradación en la que caí por este… enceguecimiento que tenía contigo.

Pero es que nunca supe manejar el amor, nunca. Siempre pensé en ese sentimiento como algo que nos hace vulnerables y yo me negaba a eso… tenía que tenerte de cualquier modo, y pensaba que si alguna vez estuviste conmigo, ¿cómo iba a ser posible que para alguien como yo eso fuera imposible? Me quisiste, lo sé…

―Sí que lo hice, ―afirmó ella con voz débil ―pero era un amor frágil, de una chica inmadura que no sabía de mundo ni de nada respecto al amor. Una chica que se vio encandilada por tus atenciones… por las cosas que descubrí contigo. Fui descubriéndome a mí misma, y aunque no lo creas, gracias a ti me hice fuerte.

Aro esbozó una débil sonrisa, mirando a la hermosa mujer por la que hubiera sido capaz de dejarlo todo, excepto la vida de su hija.

―Y me alegra. Me encanta tu valentía, tu determinación, pero ahora mismo eso no significa nada para mí. Nada significa nada para mí ahora, cuando lo único que quiero es morirme…

―No digas eso…

― ¡Mate a mi hija! ―gritó con voz en cuello ― ¡Maté a mi hija!

―Eso fue un accidente ―susurró Isabella con voz temblorosa.

―La empujé a ir hasta allí ―rebatió él lleno de cólera consigo mismo. ―Ella le pidió a la puta de su madre que la llevara ahí para abrirme los ojos, y te juro que lo consiguió… en el momento que le quité a esos malditos de encima, tuve la determinación de irme de aquí, viajar con ella como lo habíamos planeado e intentar pasar la página respecto a ti.

Cerró los ojos y alzó la cara, respirando en busca de un poco de calma. Cuando lo consiguió, siguió adelante: ―De cualquier forma iba a deshacerme de Gianna, y hacer crear una coartada para hacerlo parecer un suicidio sería fácil… hasta que… hasta que a mi hija se le ocurrió atravesarse, porque también quería salvar a su madre…

―Eso habla de su nobleza.

―Mi niña… ―sonrió recordando la generosidad de su pequeña, la que muchas veces él mismo cuestionó. Entonces miró a Isabella y ladeó su cara bañada en lágrimas antes de atreverse a preguntarle algo que llevaba queriendo saber desde hace días: ― ¿Crees que ella me hubiera perdonado?

―Te perdonó cuando supo la verdad, cuando supo la historia que tú y yo escondíamos, por eso quería hacerte entrar en razón. De lo contrario, hubiese dado medie vuelta y se hubiera marchado, odiándote, pero no lo hizo.

― ¿Y tú? ―elevó sus ojos y miró también a Edward, que se mantuvo en silencio cerca de Isabella, con sus manos sobre los hombros de su mujer. ― ¿Ustedes? ¿Algún día podrán…?

―Por eso hemos venido ―dijo Edward entonces, tomando la palabra por primera vez ―Isabella necesitaba hacer esto, pasar la página, pero para hacerlo, tenía que cerrar el capítulo contigo, cerrarlo sin que nada quedara pendiente, al menos de parte de ella.

― ¿Y tú? ―le preguntó al joven sobre el que aun creía tener un lazo sanguíneo que los unía. ―No puedes negar que hay una historia…

―No hay historia alguna. ―Lo detuvo el músico. ―Tuviste una historia con mi madre biológica, lo entiendo, pero eso es todo. Mi padre fue mi abuelo Richard, y ya está.

Aro asintió despacio y sonrió con tristeza.

―Tienes razón. Y por cierto, no pudiste tener mejor padre que ese hombre. ―Se puso de pie lentamente, entrando enseguida el guardia que los custodiaba al otro lado de la habitación. ―Ahora váyanse y sean felices. Nunca más volverán a saber de mí, se los juro… se los juro por la memoria de mi hija…

Miró a Edward y luego a Isabella, antes de darse la vuelta y caminar hacia la salida. Pero antes de atravesar la puerta, la voz de la chica lo detuvo y lo hizo darse la vuelta.

― ¡Aro! ―cuando él la miró, ella se había puesto de pie y sujetaba su pequeña barriga. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y sus dientes mordisqueaban su labio inferior. ―Yo te perdono, y espero que… espero que encuentres la paz y que logres vivir conforme a lo que prometiste ese día. Demuestra por la memoria de Ángela que ir allí y sacrificarse, no fue en vano. Sana y se feliz, en la medida que te sea posible…

―Lo intentaré ―susurró, volviendo a girarse antes de desaparecer del todo de esa habitación.

Isabella en tanto se cubrió la cara con las manos y lloró abiertamente en el pecho de Edward, que se acercó a ella para sostenerla. Dejaría que llorara lo que fuera necesario dentro de ese cuarto y dejaría allí las lágrimas que serían como la llave que cerraba esa historia llena de angustia, desesperación y dolor.

Después de unos minutos y cuando sintió que el llanto de Isabella había remitido, se apartó y le limpió con sus dedos el rostro mojado. Le sonrió, le besó la punta de la nariz y sin decir nada, la tomó de la mano y se la llevó de allí, dispuestos ahora sí, a seguir adelante con su próspera vida.

**oo**

Isabella miraba por la ventana de su apartamento, habiendo dejado atrás el acto valiente que la llevó a ir donde Aro y perdonarlo, para poder seguir adelante con su vida. Ahora estaba tranquila y podía asegurar que vivía con la seguridad de que nadie andaba detrás de ella intentando darle caza, lo que la hizo respirar con tranquilidad, sin el peso que siempre sintió sobre sus hombros.

Repasando algunos pendientes en su cabeza, mientras con ambas manos sostenía un tazón de té caliente, miraba el mar mientras sobre el que caía algo de lluvia ligera. Era media tarde y no hacía nada de frío, el cielo gris estaba dejando ver algunos reflejos color oro que auguraban el cambio del clima que traería días despejados y un alza en la temperatura, algo poco habitual para Leonilde, que siempre parecía estar sumida en otoño. Entonces, esta mujer de cuatro meses de embarazo se preguntó cuánto tiempo más iba a tener que pasar para que volviera a llover de esa manera, recordando lo mucho que a ella le gustaba caminar sin apuros bajo la lluvia.

Entonces sonrió, y aprovechando que estaba sola, dejó el tazón sobre la mesita de vidrio junto a un retrato de Jane y Carlisle, y poniéndose una liviana chaqueta de mezclilla sobre el chaleco de lana blanco invierno que le cubría hasta la mitad de los muslos, salió del apartamento y bajó por el ascensor hacia el lobby, saludando al conserje antes de salir por la puerta principal, justo hacia la vereda en donde alzó el rostro y dejó que la lluvia mojara su cara, como si fueran estas caricias refrescantes.

"Que solo un tonto se pone a correr, cuando la lluvia le besa los pies" recordó la frase de una de sus canciones favoritas y disfrutó de esa lluvia ligera, caminando de aquí para allá por la vereda, mientras que desde el mesón el conserje la miraba y negaba divertido con la cabeza.

Oyó un par de bocinazos que para su pesar, la sacaron de su éxtasis, abriendo sus ojos por instinto para encontrarse con cierto músico que la miraba como quien mira a quien está a punto de regañar, mientras negaba con la cabeza.

― ¡¿Estás loca?! ¡Vas a pescar un resfrío!

― ¡Oh, claro que no! ―sonrió y volvió a elevar su rostro al cielo, desde donde seguía cayendo gotas de lluvia.

― ¡Métete ahora mismo, mujer! ¡No hagas bajarme y hacerlo yo mismo!

Isabella le dedicó una mirada molesta y palmeó el costado de su cuerpo

― ¡Eres un aguafiestas!

Como niña pequeña a quien le habían arrebatado la diversión, protestó dando un fuerte pisotón en el suelo con sus botines negros y se giró para entrar al edificio. Edward rodó los ojos, pero sonrió divertido a la vez que se metía en el estacionamiento.

Cuando llegó al departamento, ella estaba secándose el cabello con una toalla lila, sentada en el sofá, hablándole a Kal-El sobre las injusticias de la vida.

―Podrías al menos cambiarte la ropa mojada, ¿no crees? ―le dijo mientras se quitaba la americana. Ella lo miró, con su cabello revuelto y sus pómulos rosados, batiendo sus pestañas y hablándole con voz melosa.

― ¿Y por qué no lo haces tú?

La sonrisa de Edward se amplió en su rosto a medida que se le acercaba. ―Ah… estás hablando, mujer.

La tomó de la mano, la levantó del sillón y la besó en los labios a modo de saludo antes de tironearla al dormitorio, ocurriéndosele la estupenda idea de un baño de tina bien caliente para dos. Le quitó el suéter por sobre la cabeza y se agachó para besar el vientre abultado que de a poco iba creciendo.

―Hola, campeón. Papá ya está en casa.

Isabella lo miró y llevó su mano hasta el cabello del músico que acarició con ternura.

―Ha estado inquieto, como si ya quisiera salir…

―Es muy pronto para eso ―dijo, levantando su rostro hacia Isabella. Enseguida volvió a pegar sus labios sobre el vientre y le habló a su hijo: ―también estamos ansiosos de conocerte, pero las cosas aquí no están listas para recibirte todavía… ¿podrás creer que tu madre aun no elige un color para pintar tu dormitorio?

Isabella rodó los ojos. No estaba convencida que el celeste fuera el color ideal para el dormitorio de Alan Richard Masen, nombre que había elegido para el niño. Alan por el significado del nombre que tenía que ver con nobleza, y Richard en memoria del abuelo de Edward. Para su bebito ella quería un lugar especial donde pudiera descansar y sabía que los colores influían mucho, por eso que el celeste no la convencía del todo, además era tan poco original que lo descartó a la primera.

―Tendré eso resuelto para finales de semana. Creo que me quedaré con el amarillo pálido y el blanco, ¿qué te parece?

―Perfecto. ―Se levantó, volvió a besarla y de regreso a inclinarse para desatar las agujetas de sus botas. Mientras lo hacía preguntó, con el temor de llevarse un golpe o un jalón de cabello: ― ¿Cómo llevas el noviazgo de Renée y Peter, entonces? ¿Estas lista para decirle tío a Jasper…? ¡Auch!

Acertó con el golpe en el estómago, aun así se rio de buena gana.

―No puedo decir que me sorprenda, no cuando la vimos aquella vez en el estacionamiento… ―dijo, rememorando aquella vez cuando ella y Edward llegaban de un concierto de la sinfónica, cuando vieron a Peter tomar el rostro de Renée y besarlo como quien lo hace por enésima vez. Pues la forma en la que ella respondió, rodeándole el cuello con los brazos, daba a entender que ya llevaban tiempo explorando el arte del ósculo.

―Es verdad. Está como una quinceañera, y al menos a mí me encanta. Además, Peter besa el suelo por el que Renée camina.

Se apartó para preparar todo en la tina y quitarse su ropa, mientras ella se miraba al espejo y acariciaba su vientre, sonriendo.

―Por cierto, mañana Jasper me pidió que lo acompañara no sé a dónde. Me obligó a jurarle que no lo plantaría y yo le hice jurar que no sería mucho rato… aunque con él nunca se sabe…

―Uhm… ―murmuró ella, mordiéndose el labio y evitando no sonreír ― ¿Y no te dijo dónde te llevaría… o mejor dicho para qué te necesitaba?

―No. Pero me dijo que se lo terminaría agradeciendo. No entiendo…

―Bueno, maestro, mañana saldrás... saldremos de la duda.

―Sí. ―volvió a acercársele y la tomó por la cintura, besando sus labios. ―Ahora, quítame la ropa mujer testaruda, y metámonos en esa bañera. Tuve un día agotador y estoy ansioso por un baño caliente.

Ella sonrió y asintió, comenzando a desabotonarle la linda camisa negra que el músico estaba usando. Apretó los dedos de los pies y sonrió coqueta, lista para el placer que él iba a darle.

A la mañana siguiente, ella se despido de un rápido beso de su chico y salió apurada rumbo al hospital. No dejó que Edward la llevara pues tenía que arreglar asuntos en casa y después salir a la universidad antes de reunirse con Jasper a eso de las cuatro de la tarde. Prometió llamarla cuando supiera dónde lo llevaría y cuanto se demoraría, a lo que ella respondió con un enérgico "está bien" antes de salir por la puerta.

Iba en el taxi que el portero pidió para ella, pensando en la ilusión que crepitaba en su interior sobre lo que iba a pasar esa tarde. El día había amanecido brillante con el sol refulgiendo sobre su cabeza, lo que la había animado aún más.

Cubrió su turno en el hospital como correspondía, junto al doctor y buen amigo suyo, Eleazar Ananías, que descaradamente había vuelto a sus andanzas y coqueteaba descaradamente con otra de las doctoras que trabajaba en ese piso. Isabella sacudió la cabeza cuando lo vio, a la vez que él también lo hizo, guiñándole un ojo antes de desaparecer con la colega, quizás a visitar a un paciente o sabe Dios a qué.

Almorzó con Alice y repasó lo que haría esa tarde, llamando por teléfono a su cómplice, un divertido y emocionado Jasper, que le aseguró todo estaba listo.

―Supongo que no vas a ir vestida de uniforme de enfermera… ―apuntó Alice, para quien siempre era importante vestir conforme a la ocasión.

― Claro que no. Tengo un lindo vestido de tirantes y falda de plato de color lavanda pálida. A Edward le gusta el color lavanda y el aroma a lavanda…

―Desde que sintió que ese es tu aroma característico…

―Pues sí ―respondió Isabella juntando sus manos con gesto de ensueño. Alice sacudió su cabeza y sonrió al gesto de su amiga que gracias a su consejo, había tomado el toro con las astas. ¿Quería casarse? Pues debía ir por ello.

Cuando llegó la hora de su salida, corrió al baño, se dio una ducha rápida y se vistió con el traje que el día anterior había dejado en el casillero. Su vientre podía notarse perfectamente bajo ese vestido, que para ella fue perfecto. Se peinó el cabello, se maquilló con tonos suaves, y revisó en su cartera que llevara todo lo importante. Enseguida se despidió de sus colegas, que la llenaron de cumplidos cuando la vieron así de linda. Bajó hasta la entrada principal y saludó a Peter, el chofer que la llevaría a destino.

―Jasper me dijo que no preguntara nada, pero… te veo vestida así de linda, y te llevo a un campo… ¿qué tramas, eh?

―Ya lo sabrás…

― ¿Puedo quedarme a ver lo que sea que vaya a pasar ahí?

―Absolutamente no.

―Vale… ¿Y Edward lo sabe?

―Lo sabrá a su momento. ―lo miró y sonrió con picardía. Peter meneó la cabeza y sonrió también, preguntándose qué se traía esa chica. ―Por cierto, tienes planes hoy con mamá…

Peter, este abogado de 42 años, lanzó un suspiro nervioso. Apretó el manubrio con ambas manos y se removió en su asiento, mientras Isabella lo miraba con su entrecejo fruncido, preguntándose por qué estaba tan nervioso.

―Tío Marcus quiere vernos, a Renée y a mí. Sé que va a someterme a los cuestionamientos de hermano mayor… ―Isabella no pudo evitar reírse y llevarse una mirada de reprimenda del abogado ― ¡¿Por qué te ríes?!

―Oh, Peter, no es para tanto…

―Es para tanto, cuando pretendo pasar mi vida con tu madre.

― ¿Y no es a mí a quien debes decírselo?

―Te lo estoy diciendo ahora. Pero pensé que ese hecho había quedado claro aquella vez que cenamos y te contamos que estábamos juntos.

― ¿Y tu familia, aparte de Jasper, qué dice?

Se detuvo en un signo de ceda el paso, dejando pasar a un grupo de niños guiados por dos maestras vestidas de delantal verde. Se giró a mirar a Isabella con rostro solemne y muy seguro.

―Si te refieres al hecho que Renée es mayor que yo, eso es algo desestimado a estas alturas. Además, ella se mantiene joven, es hermosa, inteligente, tanto o más que muchos de los que gozamos de tener todos nuestros sentidos funcionando, o eso creerlo. Ni su ceguera ni su edad es un impedimento, al menos para mí. Me atrapó apenas la conocí, y atrapó a mis padres cuando la conocieron.

La chica puso la mano sobre su pecho, pensando que alguien que hablara así de su madre era un hombre que se la merecía, porque no eran solo palabras, eran hechos y era el brillo de la mirada de ese abogado, que podría ir del brazo con cualquier modelo de pasarela, joven, curvilínea, pero no. Él se había enamorado de su madre y con ella se iba a quedar.

―Bueno, entonces nada tienes que temer respecto a mi tío ―afirmó ella. ―Con lo que le digas lo que acabas de decirme a mí, es suficiente.

Peter se puso en marcha de nuevo, pensando en voz alta sobre su reunión con el cura Marcus.

―De todos modos llevaré un buen vino… ¿por qué toma vino, verdad? Es cura, ya sabes…

―Lo hace, pero con prudencia. La comida y la música son sus verdaderos deleites, y la iglesia ciertamente, que es su vocación…

―Vale, llevaré vino y me colgaré un rosario al cuello para convencerlo…

Isabella volvió a reírse, feliz por su madre que parece que como ella, había encontrado a su media mitad justo en el momento preciso. Sin duda, había valido la pena esperar por alguien que hablara así de ella.

Jasper en tanto, esperaba a Edward en la entrada de la universidad mientras se fumaba un cigarro. Había hecho voto de no fumar dentro de la casa o cerca de su novia, incluso había prometido dejar el tabaco, pero el amigo del músico estaba nervioso… ansioso quizás. Él, un romántico empedernido, iba a ser parte de la sorpresa que haría caer de bruces a su amigo cuando viera lo que Isabella le tenía preparado, aunque de cualquier modo se preguntaba por qué demonios el maestro no había tomado la iniciativa. Nunca lo había conversado con él, quizás por todos los hechos anteriores y porque su divorcio estaba reciente, Edward no quería faltarle el respeto a Rosalie, casándose enseguida, ¿o era que de plano no estaba en sus planes?

Cuando vio aparecer al músico acompañado de otros dos jóvenes que iban hablándole muy animadamente, levantó las manos e indicó su reloj de pulsera, animándolo a seguir el paso. El músico le pidió tiempo con las manos y se detuvo para explicarles algo a los chicos, antes de despedirse de ellos y reunirse con tu amigo.

― ¿Por qué demoras tanto?

―Ellos no iban a dejarme tranquilo hasta no darles una respuesta… ―Se metió por la puerta del copiloto y se sentó, cruzándose el cinturón de seguridad. ― ¿Me vas a decir ahora cuál es tu apuro y donde diablos me llevas?

―Pues no.

―Entonces no voy a ninguna parte…

―Es tarde para eso, maestro.

Aceleró y se encaminó por las calles de Leonilde tarareando las canciones alegres de Pharrell Williams, de quien se había hecho seguidor, mientras Edward enviaba mensajes a Isabella, diciéndole que el loco de Jasper lo había raptado y que no sabía dónde lo llevaba. "Quizás y vamos a su despedida de soltero" remató el mensaje, recibiendo por parte de Isabella un emoticón con un rostro rojo y enojado que a él lo hizo reír.

Cuando Jasper tomó la autopista que salía de la ciudad, se lo quedó mirando en espera de una respuesta que no llegó. Todo le pareció más raro cuando tomó la entrada que daba a la parcela que había heredado de Esmerald, la que había visitado por última vez meses atrás, cuando necesitó de un momento a solas.

― ¿Por qué me traes aquí?

― ¿No te hace ilusión recorrer el campo con tu mejor amigo?

― ¡No me vengas con esas! Odias ensuciarte con polvo tus zapatos italianos

―Quizás he cambiado de idea…

― ¡No me hagas reír! ¿Acaso Carlisle te pidió que me trajeras? Le dije que no haría ninguna modificación a la casona… ―se quedó mirando la gran casa patronal tras las verjas de hierro que dejaron atrás. ― ¿Por qué pasas de largo?

― ¡Oh, cierra la boca, Edward!

A lo lejos el músico vio aparcado un coche negro, parecido al que usaba Peter… No, no parecido. Era el que usaba el abogado, lo que concluyó cuando lo vio salir del asiento del piloto y levantar la mano hacia ellos. Jasper detuvo su coche y miró a Edward, indicándole con un movimiento de cabeza que saliera.

— ¿Qué hace Peter aquí?

―Bájate de mi auto y averígualo por ti mismo.

Eso hizo el músico, que salió rápido y se acercó al abogado que sonreía divertido, mirando al ansioso músico.

― ¿Qué pasa, Peter, qué haces aquí?

― ¿Yo? No tengo idea.―El abogado cerró su auto con el mando a distancia y le entregó las llaves a Edward, que las recibió no del todo convencido, pensando que los hermanos Whitlock se habían vuelto locos.

Se giró para mirar a Jasper e insistir sobre el por qué estaba ahí, pero antes de eso, el dibujante alzó la mano y le indicó el viejo camino que daba hacia la vieja casita donde Edward nació y vivió su niñez.

―Si quieres saber lo que te depara el destino, sigue el camino hacia tu lugar feliz, Edward Masen.

El aludido arrugó la frente, mirando a los hermanos, y luego el camino, el que titubeante comenzó a recorrer. A su espalda oyó el sonido del motor de Jasper, que se alejaba de allí, cosa que le pareció más extraña. Apresuró sus pasos y se detuvo cuando alcanzó a ver a lo lejos la vieja casa, que no fue lo que lo dejó paralizado. Lo que lo hizo fue una pérgola de madera, adornada de madre selva, flores blancas y lavandas. Una mesa pequeña con un largo mantel blanco y dos sillas enfundadas en paño del mismo color, lo que fue revelándose a medida que iba acercándose más y más a ese lugar.

Miró hacia todos lados en busca de quien sabía él, había sido la propulsora de esa sorpresa, encontrándose con ella cuando salía de la pequeña casita, con dos copas de pie en sus manos, y su sonrisa radiante adornarle su hermoso rostro. La miró de pies a cabeza y sintió como la primera vez que la vio, con aquel perfil tan armonioso y su presencia como espectral que la hacía parecer un hada o un ser luminoso de otro mundo, que lo hicieron estar a punto de ceder y caer sobre sus rodillas.

―Un traguito de espumante no me hará nada de mal ―dijo ella cuando se reunió con él en el centro de la pérgola, entregándole su copa a Edward, que recibió sin decir nada. ― ¿Y? ¿Qué te parece?

―Que… ¿qué cosa?

―La sorpresa. ―levantó la mano y la hondeó en el aire, refiriéndose a todo ― ¿Te gusta?

Edward sonrió y asintió, feliz y sorprendido con la sorpresa.

―Yo… me encanta, ha sido un detalle maravilloso, ¿pero hay alguna razón en especial?

―La hay.

―Si preparaste esto para decirme que estás esperando un hijo…

―No ―se rio ella, mirando de reojo la cajita que había escondida detrás del arreglo de centro que había sobre la mesa redonda.

Todo había sido arreglado conforme ella lo pidió, cosa de la que Jasper y Alice se encargaron, incluso se sorprendió cuando Jasper mandó a montar una casita prefabricada, pequeña, en el mismo lugar donde alguna vez estuvo la que donde Edward nació. El detalle de instalar la pérgola le pareció fantástico, habiéndole bastando a ella una manta sobre el pasto y un picnic romántico para dos.

―Bueno, ¿entonces? ―insistió Edward, que se mantuvo de pie frente a ella ― ¿O es solo que me estás mimando?

"Es el momento, Isabella" se dijo. Dejó la copa sobre la mesa e inspiró profundo, dejando sus manos sobre su barriguita.

―Yo… ―carraspeó y se obligó a no quitar sus ojos verde agua de los de Edward, que la miraban con expectación. ―Ya sabes que por mi historia, pensé que no llegaría tan pronto para mí el amor como el que tú me has entregado. Incluso cuando era algo prohibido para los dos, nuestros sentimientos fueron más fuertes… y aquí estamos.

―Aquí estamos ―repitió Edward con voz solemne.

―Te di todo lo que soy desde el primer momento, y quiero reafirmar ese compromiso. Son tuyos mi cuerpo y mi alma, mi corazón, mi presente y mi futuro, mis sueños y deseos, mis miedos también te los entrego porque sola con ellos no podría hacerles frente. Eres mi dueño, mi sueño hecho realidad, todo lo que siempre desee tener.

Edward tragaba grueso y notaba el nudo en su garganta que se formó de la pura emoción al oír esas hermosas palabras, que eran más que un simple discurso. Amaba a esa mujer con la fuerza arrolladora de un huracán y con la profundidad del mar más hondo, así como ella lo amaba a él.

Quiso tomar la palabra, decirle que todo lo suyo también era de ella, pero no pudo, pues las palabras se quedaron atoradas en su boca cuando Isabella se inclinó y tomó de sobre la mesa una pequeña cajita de terciopelo azul, que abrió lentamente, revelando dos alianzas, las que parecían ser de oro blanco.

―Quiero que todo el mundo lo sepa, y quiero que Dios nos bendiga, por eso estoy parada frente a ti, pidiéndote que… tuvieras a bien de convertirte en mi esposo ante la ley de Dios y la de los hombres, y firmar un acuerdo mutuo de fidelidad y amor por el resto de lo que nos queda de vida. ―El inicio del relato lo hizo mirando las brillantes alianzas, levantando sus ojos llenos de amor hacia el músico, que la miraba con una mezcla de sentimientos que ella no supo describir bien. ― ¿Te casarías conmigo, Edward Masen?

―Yo… ―Edward meneó la cabeza… y semblante de Isabella se contrajo de nervios… quizás no había sido una buena idea.

―Yo sé que ya estuviste casado, y quizás esto te parezca apresurado, pero… ―sonrío con gesto tenso. Se había mentalizado para afrontar la reacción de Edward, cualquier fuera ésta. ―No tiene que ser ahora mismo… no es lo que digo… o simplemente podemos olvidarlo y hacer como que nunca pasó. Podemos… podemos aprovechar el lindo día y comer…

Se vio bruscamente interrumpida por la boca de Edward que la hizo callar de forma diestra, sujetando el rostro de la chica con ambas manos después de deshacerse de la copa de espumante que ni siquiera alcanzó a probar. Cuando la sintió otra vez relajada se apartó y la miró directo a los ojos con la intensidad que solo sabe mirar quien ama como él lo hacía.

―Hay una cosa que debes saber antes de darte mi respuesta ―susurró, acariciándole la mejilla con los dedos. —También te pertenezco desde ese primer día que cruzaste tu mirada con la mía. Todo lo que soy es tuyo… pero esto del matrimonio…

Isabella otra vez intentó sonreír ante la duda del músico ante la propuesta de matrimonio. Él en cambio, se estaba haciendo el difícil, ¿no era eso lo que hacían las novias?

―Entiendo… entiendo… ―se levantó sobre la punta de los pies y besó los labios fruncidos del músico ―Guardaré los anillos y los usaremos cuando estés listo.

―Sí… ―elevó los hombros ―debo pensarlo, ya sabes. Después de todo el tiempo que estuve casado, mi libertad es algo que valoro.

―Entiendo.

Entonces sonrió abiertamente y la tomó por la cintura, volviendo a besar sus labios de fresa. Cuando se apartó, ella lo miraba con sus amplios ojos verde agua, perdida un poco por la reacción del músico, que parecía dichoso como nunca antes lo vio.

―Dame eso ―le arrebató la cajita y sacó la alianza más pequeña, poniéndola en el delgado dedo anular de la enfermera. ―Según lo que sé, el anillo de compromiso es un privilegio de las novias…

—Quise comprar los anillos de ambos… ―pestañeó tratando de entender lo que estaba pasando. Puso la mano en su pecho y trató de no distraerse con el brillo del anillo ― ¿Esto quiere decir que aceptas?

― ¿Tengo otra opción? ―preguntó Edward de regreso, alzando sus cejas. Ella sacudió su cabeza en afirmativo.

―Sí que la tienes, no te sientas presionado…

―Cállate, enfermera ―volvió a basarla, poniendo su mano sobre el vientre de su futura esposa ―Solo tendrías que haber esperado solo un par de días. El anillo que mandé a hacer para ti aún no estaba listo...

― ¿Mandaste a hacer un anillo para mí? ¿Ibas a pedirme…?

―Sí, enfermera. Y sobre el anillo, pues no encontré nada lo suficientemente especial para ti. ¿O qué creías, que te iba a tener viviendo en pecado, cuando tienes un tío que es cura? ―levantó entonces su mano izquierda, señalando su dedo anular ― ¿Vas a ponerme el anillo o no?

―Sí ―respondió la chica con su voz llena de emoción y sus ojos llenos de lágrimas. Puso el anillo más grande en el dedo delgado del músico y enseguida besó su mano con verdadero amor, a la vez que él besaba su frente. Levantó su rostro y miró al músico, tan o más emocionado que ella al que le sonrió con infinita ternura ―Gracias, gracias por todo lo que me has dado, por defenderme, por pelear mis batallas, por amarme y por aceptar pasar el resto de tu vida conmigo.

― ¿Y de qué otra manera iba a poder vivir si no es contigo y con todo lo que me das?

Hubiera sido perfecto que de fondo se oyeran las suaves notas del piano para amenizar el momento, pero a falta de música estaba el sonido ambiente de ese lugar que seguía albergando en Edward sus mejores momentos, incluyendo ese instante en que ambos, en privado, sellaron el compromiso, con el sol refulgiendo sobre sus cabezas y la naturaleza celebrando con ambos el triunfo de su amor.

Estaba dispuesto a seguir peleando sus batallas con tal de ver esos ojos iluminarse con su luz propia, la luz que manaba del interior de esa mujer por la que sería capaz de dar su vida sin dudarlo. La mujer que sería la madre de sus hijos y con la que compartiría el resto de su existencia, hasta que ambos ya canosos, se vieran uno al otro sentados mirando todo lo que habían construido.

―Te amo Isabella Swan.

―Y yo te amo a ti, Edward Masen.

Se besaron, volvieron a tomar las copas con las que brindaron y bebieron, antes de disfrutar de las maravillas culinarias que Isabella con sus cómplices había preparado para la ocasión.

**oo**

Los meses que siguieron a la petición de matrimonio corrieron con rapidez y con ello, llenas de hechos dignos de destacar.

Por ejemplo, Jasper tuvo que suspender su boda, pues a su hija Linda se le ocurrió adelantar tres semanas su llegada a este mundo. El dibujante se desmayó cuando su novia rompió fuente justo un día antes de la boda. Fue una suerte que los abuelos paternos de Linda hubieran estado presentes pues con Jasper desmayado ciertamente no era de mucha ayuda. Solo despertó cuando Peter le vertió encima una jarra de agua helada y lo metió en el coche directo al hospital donde habían llevado a Alice. Cuando llegar, Isabella y Edward lo esperaban y trataban de explicarle dónde se habían llevado a Alice y que debía esperar hasta que todo estuviera listo para entrar, aunque nadie tenía mucha fe en que lo hiciera, pues probablemente se desmayaría, pero el dibujante contrario a todas las predicciones en su contra, aguantó estoicamente el parto natural al que Alice se sometió y tuvo la dicha de recibir en sus brazos a su niña, la más hermosa bebita que pisaba la tierra, al menos para él.

―No hubo complicaciones. Todo salió muy bien―explicó Isabella, que había entrado y se había encontrado con una colega que asistió el parto de su amiga, donde ella hubiese deseado estar, pero su condición de mujer embarazada no se lo permitía.

Ella se diferenciaba de Alice por unas cuantas semanas menos, por lo que al menos faltaban unas seis semanas para ella dar a luz. Aunque no podía negar que estaba tan nerviosa como ansiosa por ver nacer a su príncipe.

― ¿Y Jasper volvió a desmayarse? ―preguntó Peter a lo que Isabella negó con la cabeza.

―No, pero me dijeron que lloraba mucho, igual que la bebé que tiene unos pulmones llenos de fuerza.

―Espero que no lo dejen dormir por las noches

―No escupas al cielo, Edward, te recuerdo que en breve ocuparás el lugar de Jasper…

―Con mucho más estilo, te lo aseguro.

Y eso no fue del todo cierto. De lo nervioso que Edward se puso, caminaba de un lado a otro preguntando una y otra cosa, tirando al suelo lo que llegara a sus manos y sufriendo con los dolores que las contracciones provocaban en su mujer.

Apretaba los dientes cuando el obstetra y las dos enfermeras que lo ayudaban animaban a Isabella a seguir pujando, hasta que la cabecita de Alan asomó. Después de eso bastaron unos cuantos esfuerzos más de la madre antes que el médico recibiera al niño, cortara el cordón, lo envolviera en una sábana celeste y se lo pasaba a su padre, que lloraba sin tapujos, lleno de emoción. El bebito tenía sus ojos cerrados y su boca fruncida y de vez en cuando emitía sonidos graciosos que a él le parecía la forma de describir la música del alma.

―Es lo más hermoso que he visto en mi vida… ―susurró cuando puso al niño en el pecho de su madre, que también lloraba de emoción, acariciando con cuidado el rostro rojizo del pequeño, olvidándose del dolor por el que acababa de atravesar.

―Hicimos un buen trabajo, Edward…

―Claro que lo hicimos, cariño. ―Besó su frente y se sintió orgulloso de la mujer con la que había elegido pasar su vida, y con la que se casó meses atrás en una sencilla ceremonia en medio del campo donde ella le pidió matrimonio.

Fuera de los dos nacimientos que llenaron de alegría el ambiente y provocaron largas noches de desvelos a ambos padres, celebraron la ceremonia de matrimonio de Renée y Peter, además de la boda de Jasper y Alice que finalmente se realizó con toda la algarabía como si se tratara de la boda real.

Jane fue la primera niña, después de un par de años, en dar un concierto en una de las aulas de la Universidad de Leonilde. Hablaron de lo prodigiosa que era y de lo cerca que le seguía los pasos a su hermano Edward, el virtuoso músico que la acompañó junto al piano en esa presentación y que no pudo ocultar su profundo orgullo, igual que Carlisle que cada vez que podía, gritaba a viva voz entre los aplausos, que esa niña era su hija.

De Aro no supieron nunca más y fue lo mejor, aunque Isabella deseaba que incluso dentro de la cárcel, el entonces empresario pudiera encontrar la paz que ella halló con el paso del tiempo. Tenía todo lo que una vez deseó, e incluso más, tanto que deseaba el bien de todo aquel a quien conocía, ¿y quién no, después de conocer el amor profundo, en su estado más puro? Así se sentía ella cada vez que su esposo la besaba o le hacía el amor, o cada vez que miraba dormir a su príncipe, como en ese momento. Suspiró profundo y extendió su mano para apartar de la frente de su bebé un mechón de cabello castaño tan parecido al suyo.

―Mujer, deja dormir a ese niño y ven a brindarme atenciones ―dijo Edward a su espalda, que la sorprendió como muchas otras veces. La sujetó por la cintura desde la espalda y descansó el mentón en el hombro de su mujer, concentrándose en la figura durmiente de su pequeño campeón. ―Espero que esta noche pase de largo y deje dormir a su padre…

―No te hagas ilusiones, todavía. ―respondió la chica, mirando a su marido al que dejó un beso en su mejilla. ―Anda, vamos adentro y pongámonos en marcha con esas atenciones, que yo también necesito.

―Tú sí que sabes, nena.

Dejaron a Alan dormir profundamente y se ocuparon de ellos por un rato… dejándose caer en el sofá frente al televisor, sujetando un cuenco de patatas fritas y dos vasos de jugo mientras se relajaban viendo una buena película de acción.

Momentos como esos hacían feliz al matrimonio que supo llegar a ese punto después de muchas batallas que pelearon con hidalguía y de la que salieron victoriosos, después de equivocarse y reconocer sus errores, perdonar y pedir perdón… perseverar para alcanzar la felicidad que ambos se merecía y que los acompañaría por el resto de sus vidas.

**FIN**


Uf! Como en cada capítulo, les agradezco a todas las que pasaron por aquí y se detuvieron a leer esta locura que me trajo un montón de satisfacciones. GRACIAS, GRACIAS. GRACIAS!

A las que fueron parte en el proceso creativo y de edición: Gaby Madriz, Maritza Lobos, Manu Aznar, Jenny Arias

A mis nenas lindas del grupo de WhatsApp, gracias por el apoyo y por la buena onda!

A las que son parte del grupo de Facebook "Mar de Sueños: letras de Catalina Lina" también gracias.

Y bueno, ya pronto tendrán noticias mías con mi nueva locura, que está en proceso creativo!

GRACIAS Y LAS QUIERO MUCHO!