N/A: MUCHAS, PERO MUCHAS GRACIAS A NADINE SEITEN TAISEI POR AYUDARME CON ESTE CAPÍTULO. ME HA BRINDADO MUCHA AYUDA. GRACIAS INFINITAMENTE.
Este cap., definitivamente, está dedicado a ella.
Capítulo 13
La última vez que se había desvelado tanto fue cuando tuvo que preparar de urgencia el disfraz de la manta con hojas secas. Se había llenado tanto de pegamento que cualquier cosa que intentaba sujetar quedaba automáticamente adherida a sus manos y prendas, excepto las hojas que se resquebrajaban al más mínimo descuido. Aún podía encontrar trocitos amarillentos bajo los muebles y entre sus armarios.
Pero esa noche, después de ser testigo del primer beso de su mejor amiga, ningún objeto ni tarea manual fueron los responsables de su insomnio, sino el impactante acontecimiento que había tenido la suerte de presenciar. Incluso cuando llegó a su casa, absorta y toda atolondrada, el ama de llaves tuvo que desconectarla varias veces de su mundo interno para devolverla a la realidad. Comió apenas la merienda y luego tomó su celular para pactar la hora de la entrega de la grabación. Era un hecho infalible que el muchacho se lo había ganado, después de todo, él también había confesado corresponder los sentimientos de la chica.
Esa noche repasó la encantadora escena en su mente cientos de veces, y soñó despierta miles de posibilidades sobre una perfecta declaración, por parte del muchacho. Hasta pensaba en las palabras exactas que podrían decirse el uno al otro para profesarse el amor que ambos sentían. Eso la llevó a fantasear sobre cómo sería la boda, la relación con el futuro "suegro", cómo serían sus hijos y hasta incluso sus nietos. En una sola noche Soyo ya se había imaginado la vida entera de su amiga y su querido amado. Y no podía esperar al día siguiente para corroborarlo.
ooOoo
Soyo no creía en el milagro del maquillaje ni en el poder de la cafeína, así que cuando tuvo que recurrir a ellos para mantenerse en pie y no aparentar ser un zombie, concluyó que debía darles más crédito a los anuncios publicitarios y sus exagerados resultados. Fue así como, después un termo potenciado de café, bebido de a sorbos entre las clases, se precipitó rápidamente a su novedoso escondite y se agazapó con los ojos bien abiertos.
Llegó mucho antes que los muchachos, dándole el tiempo suficiente para preparar todo el equipo.
—¿Qué llevas hoy bajo la falda? —preguntó él, nada más verla arribar.
—Nada, ¿no lo ves?
—¿Nada? —Okita sonrió con prepotencia—. Qué osada, China.
—C-cállate. —Kagura apretó los puños—. No llevo calzas, quería decir. ¿No es obvio?
—A decir verdad, no. Quizás estés mintiendo.
—No seas estúpido, ¿quieres?
—Levántalo un poco —demandó Sougo, con las facciones contraídas en una mueca de perfidia y absoluta maldad.
—Ni de broma. —contestó ella al instante. Se cruzó de brazos—. ¿Qué tienes para mí hoy?
Okita seguía sonriendo.
—Que te levantes la falda, esa es mi primera orden.
Kagura se quedó mirándolo fijamente, con cara de pocos amigos.
—Venga, sabes que tienes que obedecerme. Tampoco estoy pidiendo tanto.
Soyo vio a la chica aferrarse las piernas con fuerza (imaginaba que conteniéndose la cólera que sentía por dentro), y luego la distinguió subirse la falda azul unos cuantos centímetros.
—¿Contento? —consultó haciendo caras de fastidio.
—No. Aún no queda claro del todo. Un poco más. —Sin embargo el muchacho se mostraba divertido y risueño al lograr que su rival cumpliera con todas sus peticiones.
Kagura se subió un poco más el extremo de la falda, sobre su muslo derecho, hasta casi llegar al borde de la tela de sus bragas.
—Que no hay nada, ¿lo ves? —insistió con molestia.
—Bien —sentenció él, afirmando levemente con la cabeza, y permitiendo que se bajara de nuevo la prenda—. No hagas nada estúpido como ponerte una calza mañana, o te haré pagar por ello.
—Sí, sí, deja ya eso. ¿Qué tienes para mí hoy? Tengo mejores cosas que hacer, si es que solo vas a estar haciéndome perder tiempo.
Soyo distinguió un ligero crispamiento en el rostro del muchacho. Su sonrisa enseñó los dientes, le pareció que estaba realmente emocionado.
—El caso es que —comenzó él, y se puso a andar a alrededor de ella como un león a su presa, sin perderla de vista ni un instante— ahora mismo me perteneces. Y aún quedan veintisiete largos días. —Acercó el brazo hacia la falda, a sólo unos centímetros de la tela. Kagura se puso tensa, aunque lo disimuló bien. A Soyo casi le da un ataque desde su escondite. El joven, sin embargo, no llegó a tocarla—. Ten por seguro que me los vas a pagar bien.
—¿Hasta dónde llega tu alcance? —preguntó ella, con un tono tan normal que Soyo no podía creerse que estuviera tan tranquila—. No hemos hablado de eso.
—Vaya, hasta que al fin te diste cuenta. Eres un poco lenta, ¿eh?
Ella frunció el ceño. Sougo se acercó y le dijo algo al oído que ella no pudo escuchar. En respuesta, la muchacha asintió una sola vez y con firmeza.
—¿Algo más que quieras agregar? —quiso saber el joven, con tono burlón.
—Golpes y agresiones físicas.
—Hecho. ¿Solo eso?
—Es todo lo que me dejarás pedirte, así que eso solo.
—Bien. Continuemos. Traje algunas cosas para que te diviertas con ellas —prosiguió, señalando una bolsa negra que se encontraba al costado, en un extremo.
—Demonios —masculló Kagura.
La tarea encomendada era muy sencilla, y consistía en fotografiarse con una cámara instantánea con poses ridículas y objetos varios. Fue así como, en primera instancia, Soyo la observó gesticular muecas graciosas y exageradas, tales como mostrar los dientes, abrir en grande sus orificios nasales, tocarse la nariz con las punta de la lengua, inflar las mejillas, poner en blanco los ojos, hacer boca de pato, también expulsar un moco, hacer cara de cerdo, hasta incluso achinarse los párpados con los dedos. Algunas eran tomadas desde muy cerca, otros desde los costados, unas cuantas desde arriba y muchas desde abajo. Cada una era más graciosa y ocurrente que la anterior.
Luego, como segunda ronda, tocaba colocarse en posturas incómodas, interactuando con distintos tipos de objetos. De mala gana, Kagura tuvo que sentarse sobre una tabla de madera con clavos (Soyo imaginaba que hecha exclusivamente para su amiga); pararse de manos, haciendo malabares para detener la acción de la gravedad sobre su falda, mientras sujetaba un vaso de cristal; mantener sobre su cabeza un bol de vidrio; sujetar un espejo de mano con los dedos del pie; intentar lamerse el talón derecho, al tiempo que hacía equilibrio para estabilizar el vaso sobre su otro pie; y meter la cara en el bol con agua dentro.
Sin duda desfavorecería a cualquier chica preocupada por su aspecto, pero como Kagura no era de esas, no les prestaba atención alguna a las imágenes, lo único que le molestaba, más que cualquier otra cosa, era tener que obedecer a los mandatos del muchacho. Someterse a su voluntad la irritaba muchísimo, resultaba evidente, pues siempre se quejaba de ello cuando volvían a clases. Solía maldecirlo una hora entera, antes de que Soyo consiguiera calmarla.
—Bueno, ahora quédate quieta —ordenó él en la última pose.
Kagura obedeció, mas no le dio el gusto de mirar hacia la cámara, sino que volteó el rostro hacia un costado. La fotografía salió despedida del aparato y Soyo pudo notar el sonrojo de su amiga tallado en ella.
—Bien. Es todo por ahora —aseguró, sonriente, al tiempo que sostenía la fotografía delante de él, como quien enseñaba un trofeo de caza.
—No irás a mostrárselo a nadie, ¿o sí?
El muchacho ladeó la cabeza, fingiendo pensar.
—Quien sabe, a lo mejor lo haga.
—Sádico idiota, no se lo mostrarás a nadie o juro que…
Sougo se aproximó hasta la estudiante y, apretujando sus mejillas, encendidas por la vergüenza, le dijo:
—¿O qué?
Acto seguido se inclinó para besarla, pero ella lo apartó de un solo empujón, liberándose del agarre.
—Bastardo, no se lo enseñarás a nadie, te romperé todos los huesos si te atreves.
—Ok —dio por toda respuesta con expresión divertida.
Soyo advirtió que, luego de asegurada la integridad de su exhibición, ella esperó con la cabeza en alto a que llegara de nuevo el contacto de labios, pero no sucedió. Él se mantuvo a poca distancia, mirándola con soberbia. Imaginaba que el gesto podría significar algo como: "Este tren solo pasa una vez. Si no lo aprovechas, pierdes". Y lo confirmó cuando la muchacha bajó cabeza y la volteó hacia otro lado. No le divisó el rostro pero supuso no era de agrado.
—¿Qué tienes pensado para mañana?
—Continuar con las fotos no es mala idea. Hasta podrías vestirte como una chica y pintarte los labios.
Kagura hizo una mueca de desagrado con la boca.
—¿Y en dónde quieres que traiga todo eso? No pienso traer nada para cambiarme aquí.
—Bueno, podría ser después de clases.
—Ni muerta.
Okita sonrió de oreja a oreja.
—¿Prefieres venir a mi casa y posar para mí?
Oyó que la chica soltaba una fuerte maldición y luego añadió:
—Mañana. En el salón de arte. No habrá nadie a esa hora. ¿Qué tengo que traer?
—Sorpréndeme.
No le extrañaba que su amiga cerrara los puños con fuerza, esforzándose por no golpearlo. La vio respirar hondo y luego se marchó.
ooOoo
Como era de esperarse, Kagura fue a visitarla y le pidió prestada unas pocas prendas de las muchas que tenía. A Soyo solo le bastaron unas cuantas palabras para que se pusiera a buscar como loca entre sus armarios. En cuestión de minutos tenía sobre su cama una montaña de ropa y todo tipo de combinaciones. El inconveniente era que representaba mucho peso y cantidad para transportarlo.
ooOoo
Al siguiente día, en el almuerzo, el chico Okita sentenció que debían comer juntos, y se volvieron a encontrar en las cercanías del edificio de natación. Soyo también llevó su propio almuerzo y se las ingenió para terminarlo a mordiscos, mientras vislumbraba al muchacho sacarle fotografías a cada instante, procurando atacarla desprevenida.
Cuando ambos terminaron, cada uno partió hacia direcciones distintas con la promesa de encontrarse de nuevo al término de la jornada escolar. Y desde luego, Soyo también se encontraría allí.
Hasta entonces, estuvo pensando en ello. Había seleccionado las mejores prendas para que su amiga se luciera ante él. Lo imaginaba babeando por ella al verla bien presentable y con delicados toques de maquillaje, en tonalidades suaves.
Cuando sonó la campana, se apresuró a guardar todas sus cosas y a exigirle lo mismo a su amiga. La tomó de la mano sin vacilación y la condujo hasta el baño de mujeres. Ella se encargaría de la cosmética, sabía que la chica era un desastre para eso. Le delineó los ojos, le aplicó una tenue base de rubor y le arqueó las pestañas. No creyó necesario lápiz labial pues cabía la posibilidad de que se corriera.
—Parezco una idiota —murmuró su compañera cuando se vio al espejo.
En efecto, no parecía ser ella con todos esos retoques y pinturas, pero tampoco se veía mal. Soyo dedujo que se debía entonces a la falta de uso y al hecho de que le diera mucha vergüenza. Fue por ese motivo que la chica esperó a que todo el mundo se hubiera marchado para salir del cubículo del baño, antes de reunirse con su amado.
Al verla, Sougo se contuvo la risa lo más que pudo, teniendo que voltear varias veces el rostro para que la quinceañera no lo distinguiera lagrimear del esfuerzo.
—Anda, di algo y tus reglas de m***** no servirán para dejarte vivo. ¡Atrévete y verás!
Escondida en un armario con puertas a tablitas, Soyo contempló la ira incandescente de la chica y auguraba que no mentía con respecto a su amenaza. Sin embargo, lo que no llegaba a visualizar era el lugar donde había dejado el aparato. Aunque también estaba escondido, rogaba para que no lo encontrasen.
Okita la miró de arriba abajo, y frunció el ceño.
—Te ves extraña —se limitó a decir.
—Es todo, me voy —anunció, enrojecida por el enfado y Soyo advirtió que podría tratarse de algo más. En ese momento él se giró hacia ella y volvió a mostrar la expresión que siempre ponía cuando algo le resultaba propicio para entretenerse de manera malsana.
—Ahora sí estás mejor.
Y le tomó una fotografía. Murmuró algo acerca de lo poco femenina que era, con lo cual Soyo notó que iba crispando cada vez más a su amiga.
La joven espectadora recordó entonces lo que le había dicho Kagura acerca de lo mucho que a él le gustaba verla disgustada. Con eso en mente, no le costó asimilar lo sucedido y entendió mejor su accionar.
—¡Déjame de bromas, imbécil! Esto… búscate otra idiota… yo… no…
Dejó de hablar, de pronto, cuando un brazo le rodeó la cabeza y la estrujó contra su pecho. Poco les importó a ambos que la camisa, algo sucia por el uso del día, sufriera las impresiones faciales de la chica. Ella simplemente se refregó contra su tórax, mientras él aprovechaba la ocasión para retratar el momento con una selfie.
—Creí que ya habíamos superado esto —le habló de forma serena y apaciguada.
—Es que no dejas de fastidiar, idiota —lo amonestó, dándole un golpe seco en un costado, a la altura de las costillas. Se oyó un quejido pero no fue reprendida, más bien, hizo que se afianzara el abrazo.
—¿Ya? —preguntó al cabo de un rato.
—Iré a lavarme la cara —contestó ella con la voz amortiguada contra su pecho.
—No seas idiota. Sólo te ves rara, nada más. Es porque nunca te arreglas así.
—¿Y eso es… bueno? —preguntó, levantando un poco la cabeza hacia el muchacho.
—Tal vez. —La miró con una expresión que Soyo jamás había visto en él. No estaba segura de qué significaba ni a qué se parecía. Para cuando quiso arriesgarse a pronosticar algo, los chicos ya se habían separado y conversaban de lo más normal (a su manera normal, claro).
—¿Lo de las fotos sigue?
—Por supuesto.
—Maldición. Bueno… traje algunas cosas, no son mías y, bueno, a ver qué hay.
Habían resuelto el problema del transporte llevándolas en uno de los autos de la familia Tokugawa, y colocándolos en el salón antes de comenzar la jornada escolar. Lo que Soyo no dijo a su amiga, fue que había pedido a la presidenta del club de pintura —a mitad de la noche—, la copia de la llave que tenía en su poder, a razón de cobrarle uno de esos tantos favores que se debían y prometían entre chicas y confidentes. Como "paciente" regular, la encargada del club siempre visitaba asiduamente a la joven consejera, de modo que no costó mucho convencerla de que precisaba el salón para fines "terapéuticos".
—Este conjunto. Póntelo —demandó al ver el primero que se le cruzó por el camino. Y cuando se percató de que la chica intentaba colocárselo por encima de su ropa escolar, contrajo las cejas con curiosidad y luego con picardía—. No así, China. Cámbiate.
—Oh, qué despistada soy —dijo ella con evidente sarcasmo, al ver que su plan no había funcionado—. Pero no vayas a espiar, eh, o te sacaré los ojos.
—Ni quien quisiera —balbuceó revisando la cámara.
Su plan para tardar demasiado tampoco surtió el efecto esperado pues, pasados cinco minutos, con reloj en mano, el muchacho preguntaba en voz audible si estaba lista e inmediatamente se dirigía a aventar el biombo que los estudiantes de arte usaban a veces para colgar pinturas. De modo que debía darse prisa a toda costa.
Las fotografías fueron normales, a excepción del maquillaje corrido con agua, el lápiz labial rojo (traído por el chico) marcado por fuera de la boca, peinados a medio hacer y grilletes de plástico en las muñecas.
—Tú y tus porquerías sádicas —comentó ella al aire.
—Se supone que estás triste, pon cara de sufrida —pidió mientras la cámara desprendía una instantánea tras otra.
—Ni en sueños. Estoy enojada y pondré cara de enojada.
El estudiante de kendo apenas pronunció unos monosílabos inentendibles, mientras la máquina no dejaba de funcionar, y luego pidió un cambio de ropa.
Los conjuntos eran en su mayoría pantalones y blusas de diferentes estilos y colores. No le alcanzaba para colocarse accesorios, que de todas formas no los miraba como para usarlos. Hasta que una prenda de color claro se le cayó de la maleta y Sougo tomó apunte de ello.
—¿No vas a ponerte ese?
—Vestidos no.
—Pues vestidos sí.
—Ni de broma.
Se los oyó discutir un largo rato acerca de la prenda, pero al final ella ganó la contienda y acabó por ponerse el uniforme escolar. Cuando terminó se encontró con un Sougo sentado en suelo —con una pierna flexionada y la otra estirada—, contra la pared, observando cada una de las fotografías tomadas. Kagura cerró los puños con fuerza, pero con una expresión especial en la cara que a Soyo le hizo adivinar lo que se vendría después. Ya comenzaba a aprenderse los gestos y señales de la chica, sobre todo si se trataba de una ocasión especial.
Apretó los labios entusiasmada y se deleitó observando cómo su querida amiga se arrodillada sobre él y le daba una demostración de lo que había aprendido. El joven correspondió de inmediato al beso y sostuvo por unos segundos más el retrato que tenía en la mano izquierda, antes de soltarlo descuidadamente para posarlo sobre la cintura de la chica. Esta vez era el muchacho quien tenía que levantar el mentón hacia arriba, haciendo esfuerzo por alcanzarla. Soyo se dio cuenta de que la muchacha había aplicado algunas cosas de su última lección, pero también interpretó que a Sougo no le alcanzaba solo con eso. Lo notó inquieto y animado, como si estuviera esperando algo. Aun así, le pareció tierno que sus manos comenzaran acariciarla de forma lenta y fluida. Tironeó unas cuantas veces del extremo de la blusa y supuso que se debía a que la chica lo había mordido. No podía verlos con precisión, pero esperaba que su nuevo amigo, con lente de amplio alcance, lograra captar cada segundo del emocionante acontecimiento.
Estaba tan emocionada con la idea de poder repasar aquel precioso momento de la vida de su amiga que cuando volvió a centrar su atención en los chicos sus ojos enfocaron un movimiento que le sonó extraño. La mano derecha de Sougo había ascendido mucho más de lo que estaba en un principio, mientras que la otra seguía sujeta con delicadeza a las caderas de la muchacha. Buscó una mejor posición, moviendo la cabeza de un lado a otro, pero únicamente lograba visualizar la espalda su amiga, lo cual hacía difícil identificar la postura del estudiante. Pero no se dio por vencida y pasó un buen rato tratando de entender lo que ocurría. Justo cuando creyó discernir el movimiento que efectuó, unos pasos se oyeron en el pasillo y ambos tuvieron que separarse de inmediato. Kagura se apartó rápidamente y Sougo se precipitó de un salto hacia la puerta. Allí interceptó a un alumno que se disponía a entrar y lo escuchó amenazarlo con voz seria. Al rato volvió y sacó de su mochila una gorra negra de visera que extendió hacia su temporal subordinada.
—Ponte esto, eres fácil de reconocer. Conozco a ese estúpido. Es un cotilla, querrá quedarse por ahí a husmear con quien estuve aquí.
Notó a su amiga agitarse mientras se volteaba hacia él y se levantaba. Tomó dudosa la prenda y luego se la colocó, escondiendo lo más que pudo su rojizo cabello.
—Iré a distraerlo. Te espero afuera, en la primera esquina.
—¿De qué lado?
—Del de la plaza.
Ella asintió en silencio y luego ambos se dedicaron a guardar sus pertenencias, él las fotografías y la cámara, ella las prendas en la maleta, detrás de la cortina de madera. Cuando hubieron terminado, Okita le hizo una seña con la cabeza y desapareció del salón. A los pocos minutos Kagura lo siguió y Soyo quedó en un mar de ansiedad profunda. No podía salir vertiginosamente pues cabía la gran posibilidad de que fuera vista por los chicos, así que le tocó esperar. No sabía con exactitud cuánto tiempo debía ser pero no quería arriesgarse. Estuvo veinte minutos preguntándose a cada rato si sería ya el momento propicio. Se atrevió a entreabrir la puerta, despacio, y posteriormente abandonó el armario con cautela. Cuando corroboró que nadie anduviera por allí, corrió escaleras abajo hacia la calle, en busca del Dúo Problemas, pero no los encontró en ninguna parte; ya se habían marchado.
ooOoo
Pasó toda esa tarde del viernes llamando al móvil de su amiga pero esta no contestaba. Presa de la ansiedad telefoneó a su casa y Gin le dijo que no se encontraba. Decepcionada, pasó gran parte de la noche imaginando los posibles lugares a los que se habían ido y la consecuente situación. Se ilusionaba al pensar que continuarían a los besos en otro sitio más alejado, abrazándose y acariciándose. De repente lo recordó. Aquel momento dudoso y entraño en el salón. Se bajó de la cama tan rápido que casi se cae enredada entre las mantas. A las tres de la madrugada, buscó la videocámara digital que había adquirido recientemente y rebobinó toda la secuencia para regocijarse con la escena completa (no sin antes pasar por la cocina a tomar algunas galletas para disfrutar el "episodio" con el estómago lleno). Cuando llegó a la parte que le intrigaba, como el aparato estaba puesto en la parte central de una pared lateral oculta entre una bolsa con materiales de pintura, pudo descifrar con exactitud qué había sucedido. En efecto, segundos antes de la interrupción, el muchacho comenzó a llevar sus caricias hacia sus costados e intentó asir la corbata roja del uniforme, aunque no llegó a atinarle del todo y capturó más telas en el camino. Supo que su amiga también se percató de este detalle pues abrió los ojos con sorpresa.
Negó con la cabeza, sonriente, sintiendo que cada vez entendía menos los fetiches extraños del muchacho.
En la mañana del sábado la llamó por teléfono a su casa (Gintoki tuvo de pegarle un grito y un baldazo de agua para despertarla) y trató de sacarle alguna información sobre el encuentro del día anterior. Abordó el tema varias veces para que le contase qué había sucedido después de clases. Ella solo se limitó a explicar un "Nada", de forma aburrida, y luego bostezó. No tuvo más opción que cortar el teléfono e ir a visitarla para arrancarle algunos datos a zarandeos. No fue mucho lo que obtuvo, le contó a grandes rasgos lo de las fotografías en la sala de arte y que luego tuvieron que partir. Más tarde se encontraron en una plaza y allí intercambiaron números telefónicos, para mayor comodidad en cuanto a "transmisión de órdenes", en palabras del muchacho. Este le ordenó reunirse con él el lunes, en la hora del almuerzo, y cada uno se marchó a su casa.
Indignada, pensó seriamente en no volver a perderle el rastro a su amiga nunca más, pues contando sucesos era horrenda, nada detallista y poco puntillosa. Hizo varias preguntas pero todas eran respondidas de forma vaga e imprecisa. No necesitó más para saber que no podía faltar al próximo encuentro.
ooOoo
El lunes a primera hora consultó de antemano con su amiga dónde se reunirían en el almuerzo a razón de evitar molestas equivocaciones. Ya en el receso se dedicó a preparar el disfraz y la posición exacta de la máquina para un mejor ángulo, de modo que todo estuvo listo a la hora del encuentro.
—No contestaste anoche —reclamó el muchacho en cuanto Kagura llegó.
—Tuve que apagarlo. Mi móvil pilló un "virus pesado" que no hacía más que molestar.
—Eso está mal, China, debes responderle a tu amo.
—Muérete. Dijimos que solo quedaría en días de escuela. Fuera de eso no tengo por qué contestarte siquiera un mensaje. ¡Y encima a las tres de la madrugada!
—Vaya, ¿tan tarde era?
—Sé que no puedes estar sin mí dos días, pero al menos disimula.
Soyo sabía muy bien que su amiga lo había dicho como una simple broma, en un tono de voz tan despreocupado que hasta le restaba importancia. Sin embargo, vio que tuvo efecto en el chico pues al escucharla cambió a una expresión seria y desvío la mirada, poniéndose las manos en los bolsillos. Kagura se puso a atarse los cordones de sus zapatillas, sin atender a este detalle, mientras Soyo se enternecía con la escena.
Cuando la chica se paró nuevamente, Sougo sacó un block de hojas blancas, de una bolsa de nylon, y se las entregó junto con un bolígrafo.
—No debo ignorar a mi amo. Mil veces —demandó.
—Púdrete —contestó Kagura pateando las hojas apiladas, esparciéndolas por todo el césped.
—Hoy el día está rosa, eh.
Al instante, la chica se sonrojó y se aferró a su falda con afán. Sougo sonrió, satisfecho con los resultados de su comentario, y se metió nuevamente las manos en los bolsillos.
—Recógelos todos y quizás te deje comer algo.
La miró con firmeza, arrugando la frente. Soyo conocía ya esa expresión. Significaba que no estaba jugando y que la chica debía cumplirlo del modo que fuera. Tal como predijo, su amiga exhaló con ganas y pataleó un poco sobre su lugar para después arrodillarse a juntar cada una de las hojas. Él la observó con atención mientras lo hacía.
—Ya tardabas en caer rendida a mis pies.
—Mejor aléjate o te morderé los tobillos.
—Tú siempre tan bruta. Como si lo único que pudieras hacer, así puesta, fuera morder. —La muchacha levantó la cabeza hacia él, con una expresión interrogante, y este, dándose cuenta de que no había sido entendido, volteó la cabeza hacia otro lado.
Sentada sobre el césped, tuvo que escribir todas y cada una de las frases cambiantes que le dictaba el chico a su lado. Cinco minutos antes de terminar la hora del almuerzo obtuvo una barra de cereal que le fue arrojada con desgano y la cual pisoteó enérgicamente contra el césped.
—Qué carácter —murmuró con malicia, luego de que ella escupiera en el suelo.
—¿Me has visto cara de Madao? No necesito limosnas.
El muchacho se le acercó —aún sin sacar las manos de su bolsillo—, con una mirada tan intensa que a Soyo estremeció. Le pareció como si quisiera empotrarla solo con el poder de su mente, y se alivio de que ninguno de ellos fuera dotado de aquellas rarezas sobrenaturales que únicamente sucedían en las películas. Luego lo observó susurrarle algo al oído y rogó para que su videocámara tuviera gran capacidad de grabación auditiva. Más aún cuando notó que su amiga enrojecía. No obstante, lo que más captó su atención fue el hecho de verlo arrimarse a tan pocos centímetros de su rostro y contemplarla con otra nueva expresión que jamás había visto en él y que no reconocía. Pero sí entendió muy bien cuando Kagura encogió los labios, ligeramente sonrojada, y bajó la vista hacia los de él, para luego acercarse lo necesario como para concretar un beso. No uno apasionado y salvaje, sino uno apacible, dulce y hasta un poco tímido. Lo extraño fue que él no cerró los ojos y se separó al poco tiempo.
Cada vez entendía menos al muchacho.
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Cuando la clase de Historia terminó, Soyo dio un respingo al oír la campana que anunciaba el final de la jornada escolar. Se había perdido en una laguna de pensamientos y estrategias que aún estaban a medio planear. Por un momento se lamentó de no habérsele ocurrido antes la idea de salir del aula, con la excusa de ir al baño, para mudar su equipo de filmación hacia el nuevo lugar de encuentro. Más tarde se alegró de no haberlo hecho, pues el aparato no resultaba liviano ni ágil para transportar sobre el hombro.
Aún así, salió despedida en cuanto juntó sus cosas y las puso en su mochila, el nuevo horario de reunión sería pronto y no quería llegar tarde.
Le extrañó que hubiera dos pedidos en un solo día, y, aunque no pudiera contar con su preciosa máquina para retratar el acontecimiento, al menos quería estar presente para observarlo.
Se acomodó en un rincón, detrás de un muro y esperó a que su amiga saliera. La vio caminar sin ánimos y con mala cara escaleras arriba, la siguió con cautela hasta que llegar al salón de teatro. Allí divisó al practicante de kendo y trató de quedar oculta lo más que pudiera, pues el chico sí la notaría con facilidad, de modo que no pudo verlos; de nuevo, tuvo que conformarse con solo escuchar.
—¿Lista? —preguntó el muchacho con complicidad.
—Esto también debería estar prohibido, es repulsivo.
—Te lo pregunté y solo exigiste que no te golpeara, y lo otro.
—Debí pensar que me usarías para esto.
—Es tarde ya para arrepentimientos. —Se produjo una pequeña pausa y luego él volvió a tomar la palabra—. Es hora.
—Bien —concluyó Kagura, desganada.
Oyó pasos alejándose, y se asomó para confirmarlo después de unos cuantos segundos. Los persiguió hasta el salón de profesores donde vio a Kagura entrar sola, con la mochila al hombro. Reconoció las voces de Hijikata, Tsukuyo y Gintoki, y luego el sonido de objetos cayendo al suelo. El estruendo fue tal que al poco tiempo Gin estaba tirando del brazo la chica para sacarla de la sala. Su disculpa fue —a su manera torpe— tan sincera y efectiva que no dudó que le creyeran. Ella misma se lo había creído. Supo que era una actuación solo cuando los vio reunirse de nuevo en el patio, detrás de la biblioteca, y los escuchó hablando entre ellos.
—¿Lo tienes? —preguntó el muchacho al verla llegar.
Kagura metió una mano dentro de su camisa, por encima del cuello de la misma, y sacó una pequeña botella de plástico amarillo. (Por la forma en que lo extrajo, dedujo que se lo había guardado en el sostén.) Reconoció al instante el encendedor en forma de mayonesa, y comprendió de qué iba todo ese alboroto.
—¿Por quién me tomas? —alardeó, enseñándole el objeto, con el brazo extendido hacia él y la otra mano en la cintura.
—Mis disculpas por dudar de alguien que apenas sabe hablar, eh.
—Aún puedo arrojarlo a una ventana.
—Eso no sería conveniente.
—¿Entonces?
—Todavía no está terminado el trabajo, estás a tiempo de arruinarlo.
—Púdrete.
Lo vio sonreír y luego tomar el objeto sin quitarle la vista de encima. Acto seguido, le ordenó que fuera a vigilar mientras él se dirigía hacia una esquina, donde se encontraba su mochila. Lo último que pudo observar, antes de esconderse, fue al muchacho arrodillarse para hurgar en sus pertenencias y a su amiga merodear por los alrededores, fingiendo estar absorta en su móvil mientras caminaba No fue capaz de descifrar lo que tramaban, pero presentía qué no sería nada bueno.
La voz del chico le indicó que ya podía asomarse de nuevo.
—Bien, está hecho. Yo me ocupo del resto.
—Qué pérdida de tiempo —se quejó la estudiante de primer año.
—No lo será cuando veas el resultado. Súbete a un árbol y observa.
Kagura se encogió de hombros y obedeció. Eligió el más alto y con más ramificaciones, y Soyo no pudo más que envidiar su agilidad para treparse.
—Anda, China, con que bragas de fresas, eh. En mi opinión prefiero las del encaje negro —comentó el muchacho, con las manos en los bolsillos.
Para cuando Kagura se volteó, con el fuego de la ira irradiando por sus ojos, Sougo ya se había metido en su escondite, lejos del campo de visión del Peligro Carmesí. Soyo advirtió que no le era posible decir nada ni rechistar a gritos, como lo hacía siempre. Y a los pocos minutos supo el porqué, cuando el rector Hijikata apareció doblando la esquina. Caminaba de forma cautelosa e inquisitoria, mirando hacia todas direcciones. Entonces Sougo entró en escena.
—Rector Hijikata, qué gusto verlo —dijo en tono monótono y sin expresión.
El hombre apenas alcanzó a darse vuelta cuando el chico lo bañó en una nube de polvo con una sustancia que tenía sobre la mano derecha. Aún soplaba ligeramente cuando el sujeto comenzó a toser enérgicamente y a restregarse los ojos. Para cuando se recuperó, el muchacho ya no se encontraba frente a él y soltó una grosería en su honor.
El espectáculo se produjo después, cuando se hubo limpiado los restos de polvo de la cara y la camisa. Se cercioró que nadie anduviera cerca, sacó de su bolsillo una cajetilla de cigarrillos y, para sorpresa de Soyo, el encendedor en forma de botella de mayonesa. Entonces comprendió que lo anterior solo había sido una distracción para devolver el mechero hacia su dueño, pero aún desconocía el motivo. La respuesta llegó más rápido de lo que esperaba cuando el rector se dispuso a encender un cigarrillo y el amarillo del recipiente le estalló en el rostro con una explosión atronadora. El hombre maldijo más que nunca y corrió, cegado y chamuscado, hasta la enfermería. Al poco tiempo vislumbró a los chicos salir de su escondite (Sougo de entre unas columnas, Kagura del árbol), y partirse de la risa con la travesura. Fue entonces cuando Sougo la tomó de las mejillas, con una sola mano, y le dio un beso corto y sonoro.
—No eres tan inútil, después de todo.
—¡Ey! —se quejó la adolescente, frunciendo el ceño. Él sonrió más y se alejó unos pasos.
—¿Viste como quedó el muy idiota? —comentó él, pasado un rato.
Kagura volvió a reír, olvidándose de su enfado, y esta sonó tan risueña y jovial que le costó asimilar que se tratara de ella.
—No se lo esperaba, parece carbón ahora —apoyó.
—O un montón de hollín.
—O la comida quemada de Otae.
Volvieron a reír.
Se fueron todo el camino bromeando y riendo entre ellos, y Soyo no pudo evitar sentir que ya había visto suceder algo parecido.
Llamó a su chofer, quien siempre la esperaba en la esquina, y fue corriendo hacia la entrada principal para salir a su encuentro. Apenas llegó, lo primero que hizo fue revisar sus únicas tres grabaciones hechas y confirmó el déjà vu en la ocasión de la primera sesión de fotos, con los gestos y las muecas. Repasó esa secuencia unas dos veces más antes de darse cuenta que, en un momento determinado, su amiga había dejado de recibir órdenes y gesticulaba de forma voluntaria, a su gusto. Consiguió congelar el video justo en la parte en la que ella agachaba la cabeza y sonreía. No había duda, se habían divertido en dos ocasiones y estaba segura de que aquello iba camino a buen puerto.
Notas:
1. En vista de todas las personas que han tenido la amabilidad de responder a mi duda, he decidido hacer los especiales. A sugerencia de Nadine, hasta podría haber un tercer especial, desde el punto de vista de Okita, aún lo estoy considerando. Gracias a los que opinaron, lo aprecio mucho.
2. En el primer capítulo he puesto las características del narrador equisciente, para que se entienda mejor.
3. En este cap. hay varias pistas acerca de Okita y otros temas, tomen apunte de ellas, son importantes.
4. Hablando con Nadine, me he dado cuenta de que el trasfondo que hay en este fic es mucho más extenso y enredado de lo que imaginaba. He consultado con varias personas del sexo opuesto, y con Nadine, y están de acuerdo en que desarrolle el resto el fic de forma paulatina y escalonada. Así mismo, daré varias pistas que serán muy, pero muy sutiles (hay una razón para ello y tiene que ver con el final), así que tendrán que descifrarlas. Atentas.
Dudas, preguntas, sugerencias, criticas, estoy para lo que sea (menos para que me apuren con un desenlace amoroso repentino y sin motivo).
Hasta la próxima.
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Reviews: Cap. 12:
I love okikagu: Eres un encanto, gracias por apoyarme tanto con este fic, eres genial. Tengo preparada varias sorpresas para el final, espero que guste y se entienda. Sino, yo te explico xD. Gracias por seguir leyendo :)
Guest: Muchas gracias por leer y comentar :]
Mitsuki: Oh, muchas gracias por tus hermosas palabras. Qué bueno que te haya gustado tanto el cap., he esperado tanto para poner esa parte del beso xD, y hay más sorpresas. Gracias por comentar, eres un amor :]
Mi-chan: Claro que no me iré a ningún lado, de hecho ya estoy pensando en los siguientes dos fics xD. Muchísimas gracias por leer y por tus hermosos comentarios, los adoro, eres un amor :]
Lu89: Oh, qué bien que te agrade todo el fic en general, te aseguro que hay un porqué para todo, pero no quiero darlo a entender tan abiertamente, quiero lograr un trabajo prolijo y sutil, que los lectores se den a la tarea de interpretar xD. Muchas gracias por seguir leyendo y por tu apoyo :]
Maru: Lo que se viene no es del calibre al que estás acostumbrada, preparáte xD. Gracias por ayudarme tanto :]
Anonymous D: Oh, qué amor, muchas gracias por tus hermosísimas palabras, eres un encanto. Aspiro a mejorar, por eso me he metido en este tipo de narrador tan difícil xD, espero que mi arduo trabajo dé resultados y agrade al final. Gracias por seguir leyendo :]
Jugem Jugem: Oh, qué bien que te haya gustado, esperé mucho para poder escribir esta parte, la del beso, me moría de ganas xD. Gracias por seguir leyendo :]
