N/A: Un agradecimiento inmenso a Nadine Seiten Taisei por betearme el cap. y por sus preciosos consejos. Y también a mi hermana Marisa, por ayudarme tanto. Gracias infinitas a ambas.
Capítulo 14
Soyo solía pasarse varios minutos haciendo zapping hasta la hora de su novela de las diez. Con algo de renuencia, soltaba el control de la televisión[1] cuando se topaba con alguna transmisión que le llamara la atención. Fue así cómo un día descubrió un simpático programa semanal que tenía como fin televisar bromas estrafalarias a través de "cámaras ocultas". Muchas iban desde disfrazar a un perro con melena de león hasta materializar a un personaje ficticio de terror, en una serie de persecuciones aleatorias capaces de asustar hasta al más valeroso que transitara por la calle. No tardó en convertirse en una asidua seguidora, por lo que cada lunes, después de la cena, esperaba ansiosa la novedosa emisión, preparada con un cuenco de papas fritas, y snacks variados, por si le daba hambre.
En cierto modo le hacía recordar a su propia experiencia personal con el caso de su amiga y su amado. Se sentía igual que los actores del programa, escondiéndose entre distintos objetos (las cuales fueron su fuente de inspiración para sus novedosos métodos de espionaje en la escuela), listos para dar el gran susto. La diferencia radicaba en que ella solo quería capturar el momento, pero, en cierto modo, el fin era casi el mismo.
Y, en efecto, las filmaciones clandestinas y encubiertas demostraron ser mucho más efectivas y prácticas de lo que inicialmente creyó. Lo comprobó de primera mano al obtener las valiosas escenas que había rescatado esa misma tarde, y en anteriores ocasiones. Pero esa noche en particular, luego de haberle comunicado a su ama de llaves una descompensación inexistente —para evitar la hora de la cena—, reconoció las maravillosas ventajas de una Blackmagic Design, Ursa 4k, cuando se acomodó en su esponjoso puff rosado y se acordó de que aún no había puesto a prueba la capacidad auditiva de la máquina con respecto a las últimas grabaciones.
Y no la decepcionaron.
Se ajustó los costosos auriculares de copa que le regalaron para navidad, y retrocedió hasta las partes en las que el muchacho le había hablado en el oído. Primero se trasladó hasta el mediodía del jueves, poco antes de comenzada la primera sesión de fotos.
Y escuchó:
"—¿Contento?
—No. Aún no queda claro del todo. Un poco más.
—Que no hay nada, ¿lo ves?
—Bien. No hagas nada estúpido como ponerte una calza mañana, o te haré pagar por ello.
—Sí, sí, deja ya eso. ¿Qué tienes para mí hoy? Tengo mejores cosas que hacer, si es que solo vas a estar haciéndome perder tiempo.
—El caso es que ahora mismo me perteneces. Y aún quedan veintisiete largos días. Ten por seguro que me los vas a pagar bien.
—¿Hasta dónde llega tu alcance? No hemos hablado de eso.
—Vaya, hasta que al fin te diste cuenta. Eres un poco lenta, ¿eh? —Un momento de silencio, Soyo apretó los auriculares sobre su oreja, ansiosa, y escuchó en un tono más bajo—: No te usaré como juguete privado, si es lo que temes. Pero ten en cuenta que si desobedeces, ninguna restricción te salvará. ¿Entendiste? —El tono volvió a ser normal—. ¿Algo más que quieras agregar?
—Golpes y agresiones físicas.
—Hecho. ¿Solo eso?"
Soyo pulsó el botón de "pausa". Una vez más, no comprendió las palabras del muchacho, ni el alivio que sintió su amiga en ese instante, pero tenía la certeza de que si, en efecto, su amiga no cumplía a sus exigencias, no iba a pasarla de maravillas.
El próximo audio que se dispuso a escuchar, tuvo lugar después de los dictados obligados con las hojas de papel. Esta vez, tuvo que subir hasta el máximo el volumen del auricular, pues ese día corría una fría ventisca y esta afectaba al micrófono.
Después de que la muchacha pisoteara la barra de cereal y escupiera en el suelo, indignada, el chico se acercó a decirle al oído lo siguiente:
"—¿No es genial? Tan sucia que eres y aún así consigues crearme un bulto en los pantalones. ¿Y si te educo hasta que seas una perrita obediente?"
Se estremeció tanto, incluso más que su amiga al escucharlo. Sus ojos se abrieron como platos y acompañaron a un semblante asombrado, pero cómplice a la vez.
Ahogó más de un grito contra su almohada con forma de corazones esa noche, y se desveló hasta la madrugada repasando, una y otra vez, las mismas encantadoras escenas, sobre todo las concernientes a las ocasiones de besos.
Ese día no importó que fuera lunes de travesuras televisivas, ni que la hora de su novela hubiera pasado hacía más de dos horas, la exclusividad de grabar su propio romance juvenil, era pretexto suficiente para olvidarse de todas las demás programaciones de entretenimiento.
ooOoo
Al despertar, lo primero que oyó fue la voz apremiante de Roberta, quien se paseaba de un lado a otro en la habitación llevando cosas consigo. Cuando miró la hora en su reloj, sobre su mesita de luz a su derecha, comprendió la tragedia en la que estaba sumida la señora y el porqué de sus incesantes ajetreos, pues se había quedado dormida.
No era la primera vez que trasnochaba, ni tampoco una práctica poco habitual o fuera de lo común en su rutina, sin embargo, cuando viajaba en el asiento trasero del auto hacia la escuela, no pudo evitar cuestionarse a sí misma. Nunca, en sus quince cortos años de edad, se había quedado completamente adormecida como ese día. No lo entendía. Se bebió lo más rápido que pudo su taza de café "súper fuerte", mientras trataba de tragar el pan tostado que le había metido Roberta en la boca cuando salía; no se atragantó de milagro.
Cerca de las nueve, en clases, cayó en la cuenta de su irremediable fallo matutino y comprendió que se debía a la falta de sueño que venía arrastrando desde hace casi una semana. Se prometió dormir temprano esa noche, dependiendo de cuán emocionante fuera el capítulo de aquella jornada.
Cerca de las diez, poco antes del receso, dio un respingo sobre su asiento al recordar un detalle de suma importancia. Unos compañeros a su espalda conversaban sobre sus planes para el almuerzo, y, súbitamente, se le vino una ecuación a la mente:
Almuerzo = Kagura
Kagura = Encuentro
Encuentro = Televisión
Televisión = X
"Y X es…"
No pudo evitar gritar a todo pulmón la respuesta cuando la halló:
—¡Blagixmackic[2]!
La clase entera se volteó hacia ella y el profesor Sakata la miró por sobre sus anteojos, levantando apenas una ceja, en señal de curiosidad.
ooOoo
Pasado ya el vergonzoso instante de precaria "ecuanimidad[3]", se puso en marcha para ejecutar su plan maestro, que consistía en salir del aula bajo la patética excusa de que tenía una urgencia femenina… Gintoki siempre se mostraba abochornado en cuando temas de mujeres, debilidad que todas en el salón tomaban gusto a sacar provecho; Soyo no era la excepción. Una vez fuera, en el "baño", llamaría a su ama de llaves para ordenarle que le enviaran el bolso negro que se olvidó en el living. Ya en el receso, aprovecharía para escabullirse hacia el edificio de natación, y colocaría la videocámara en posición de novelofilmación. Todo eso en una fracción de cincuenta y tres minutos. Le pareció que el Dios del deseo amoroso[4] le sonrió ese día, en ese momento, pues todo le había salido viento en popa, realizando su bien planeada hazaña. El único detalle que le faltó fue agregar era el pomposo bolso verde a la lista de prioridades
ooOoo
"Improvisar" era su segundo nombre si se trataba de espiar a su querida amiga. Y eso fue exactamente lo que tuvo que hacer al no tener consigo el fabuloso traje de arbusto realista.
Se paró frente a un enorme bote de basura de color gris, y se alegró de que pospusieran la renovación a unos modelos más reforzados y anclados para la siguiente mitad del año. Para empezar, tuvo que armarse de valor, probar el nuevo "traje" y señalar los puntos en los que tendría que agujerear con una inútil tijera escolar. Le costó más de lo que hubiera querido, mas consiguió su objetivo con éxito.
Lo siguiente era pan comido, si se comparaba con la anterior tarea, y se trataba de dirigirse hacia el "sitio feliz". Llegó un poco más tarde, como bien sabía, pero, según escuchaba, no se había perdido de mucho, apenas iban por los "saludos preliminares".
Aprovechó el momento de alboroto y se colocó el bote de basura encima, procurando no emitir sonidos que los alertaran. Se alejó unos pasos de la pared y, muy despacio, fue caminando silenciosamente hacia la ubicación que siempre utilizaba para espiar. Tal como predijo, ninguno se dio cuenta de la presencia repentina del Señor Bote de Basura. Se giró un poco y enfocó la mirada en los adolescentes que estaban discutiendo sin ningún recato.
—Ni pienses, ya te lo mostré antes —reclamaba Kagura, cabreada hasta en las orejas—, no estés jodiendo siempre con el mismo tema. Esto… esto es abuso de autoridad, está fuera del trato, es… es…
—No volveré a repetirlo —amenazó Okita, de manera tajante. Se mantenía serio pero con un brillo particular en los ojos.
—¡No! —continuó ella. Se cruzó de brazos y levantó el mentón con tanta firmeza que Soyo creyó que por un momento iba a descoyuntarse.
La negativa, lejos de amedrentar al "demandante", hizo que este cambiara de expresión, pues levantó una ceja, sonrió de medio lado y la miró como si hubiera descubierto su más oscuro secreto.
Por el pequeñísimo agujero del cesto de lata, pudo observar al estudiante acercarse hacia la chica, sin perderla de vista, mientras sacaba la mano derecha del bolsillo de su pantalón (la otra seguía dentro). Kagura no quiso mirar hacia abajo, Soyo sospechaba que ella sabía lo que vendría. Inclusive no la vio sorprenderse cuando el muchacho tomó el extremo de su falda, la levantó con lentitud y echó una mirada solapada hasta que se dio por satisfecho. Entonces sonrió ampliamente y la miró directo a los ojos.
—Creí haberte dicho que no podías llevar calzas debajo, ¿no? —Soltó la prenda y se mordió los labios con picardía.
—Bueno, relájate, eh. Ya acordamos que esas cosas estaban prohibidas, así que no te aproveches porque… —se defendió ella, acorralada. Sougo la silenció al acto.
—Baja la voz, China —dijo el chico con un tono tan sereno y tranquilo que a Soyo le costó creer que se trataba de él.
—Pero si aquí no hay nad…
No supo bien la razón, pero de pronto su amiga calló sin terminar la frase y se quedó mirando atentamente al ser maligno que tenía enfrente. Sus ojos irradiaban temor.
—Oye…
—Te has portado mal, China. Y sabes las reglas.
—¿Y-y qué sobre eso?¿Qué vas a hacer? ¿Darme de nalgadas? —lo desafió con las manos en la cintura, fingiendo no darle mucha importancia.
En respuesta, Soyo observó al estudiante levantar nuevamente una ceja, mitad sorprendido mitad curioso. Dio un paso hacia ella, quien retrocedió al momento con extrema cautela en sus movimientos. El joven no se detuvo, y Kagura seguía alejándose. Antes de perderlos de vista, vio que el muchacho se sacaba la mano izquierda del bolsillo. Luego, por el sonido hueco que escuchó, supuso que la empujó contra la pared.
—¿Recuerdas ya, que desobedecerme suponía sufrir un castigo? —escuchó qué decía el joven, y eso aumentó su desespero por retomar el enfoque sobre la escena.
Giró con delicadeza sobre sí misma —con bote incluido— hasta que logró ubicarlos en un rincón lejano, a su izquierda. Para su mala suerte se habían alejado casi hasta la esquina de la pared del edificio, mucho más lejos de lo que hubiera querido. Infló los cachetes, molesta. Su visión se encontraba gravemente afectada y el pequeño agujero, por el que miraba, no alcanzaba para contemplar en múltiples direcciones. Se maldijo en silencio y se lamentó no haber luchado por conseguir una abertura más amplia. Solo pudo distinguir la espalda del muchacho, acorralando a su amiga contra el muro. Notó que el chico le buscaba la mirada con el rostro, mientras ella escondía el suyo hacia abajo.
Sin pensarlo dos veces, Soyo fue acomodando el bote, a fin de que pudiera obtener una mejor visibilidad, e inconscientemente sus pies se fueron desplazando solos hacia un costado, como si tuvieran vida propia. Se fue acercando con lentitud y a pasos pequeños, mientras el bote bailaba ligeramente sobre su cabeza al tratar de centrar el orificio en la escena. Distinguió entonces al muchacho con la mano zurda levantada, y el rostro sonrojado de Kagura. Sintió una gran tensión en el aire, lo cual la extrañó.
Avanzó unos cuantos pasos más, buscando una mejor perspectiva. Pero a mayor distancia avanzada, menos entendía la situación: Notaba que el chico movía el brazo sin descanso, que le susurraba a la muchacha cosas al oído y que su mano derecha le sujetaba las muñecas con firmeza, por encima de su cabeza. Kagura, que reprimía algún tipo de emoción que Soyo no terminó de identificar, se sonrojaba hasta las pestañas, y daba respingos cada cierto tiempo.
Soyo frunció el ceño, sin comprender.
Se movió unos pasos más hacia el extremo de la pared, y creyó divisar el brazo de Sougo metido por debajo de la blusa de su amiga.
Ahogó un grito de asombro.
Estaba tan impactada que sin querer sus pies tropezaron entre sí de manera torpe. Se pegó el susto del año al trastabillar repentinamente, tambaleándose de un lado a otro, mientras hacía un esfuerzo por mantener equilibrado su pesado traje. Cuando al fin se pudo acomodar nuevamente, agudizó el oído con atención para comprobar si la habían oído. Nada. "Ellos están en lo suyo", pensó, inquieta. Luego escuchó unos cuantos insultos, sin duda proveniente de Kagura, y se giró violentamente hasta dar con las siluetas estáticas de los chicos, pegadas a la pintura clara del edificio. Entornó los ojos, expectante, justo a tiempo cuando el chico Okita sacaba la mano izquierda de debajo de la camisa. Kagura seguía sin mirarlo y el muchacho se alejó unos pasos, palpándose las yemas de los dedos criminales. Se metió la mano diestra en el bolsillo.
—Por mucho que tú lo creas, yo no me ando con juegos. A la próxima no seré tan gentil, China.
Desde su nueva posición, pudo apreciar la sonrisa burlona del muchacho. Ella, sin mirarlo aún, murmuró:
—Eso último no era necesario.
Él se encogió de hombros.
—Era parte del castigo. Te lo advertí.
Kagura volteó entonces a verlo con unos ojos cargados de ira. Él la contempló por un momento, luego ensombreció su expresión, borró su sonrisa y cerró el puño con fuerza.
—Te lo repito: El trato es que desobedecer conlleva un castigo. Si tan poco te gusta, no lo olvides de nuevo —dijo por último, antes de marcharse. La joven de primer año apoyó la cabeza contra la pared y respiró hondo. Se quedó un largo rato en su sitio sin moverse, hasta que terminó la hora del almuerzo.
ooOoo
Soyo Tokugawa se pasó el resto de la jornada escolar pensando en el increíble suceso que acababa de presenciar, convencida de que había un error en las conjeturas que creyó percibir. Intentó preguntarle a su amiga acerca de su reciente encuentro, pero esta solo respondió con rabietas, insultos y agresiones verbales hacia el perverso alumno de tercer año. Conclusión: no le sacaría ni un ápice de información, como ya lo había predicho. Su sedienta curiosidad seguía intacta. Siguió especulando.
La primera tentativa de explicación que pensó fue en que le estaba pellizcando el abdomen. Pero eso no justificaba el sonrojo de ella, y la camisa de la chica le cubría apenas el codo, lo que la llevaba a deducir que la mano se encontraba a una distancia superior a la del ombligo.
La segunda posibilidad que se le pasó por la mente fue que el joven le estaba pellizcando las mejillas y la nariz… Pero se quedó sin argumento para completar esta hipótesis.
La tercera opción que le ocurrió tenía lugar con un Sougo rodeando la cintura de Kagura, pellizcando a lo último alguna parte del cuerpo y confesándole su amor eterno en secreto…
A decir verdad, Soyo nunca fue buena especulando, ni mucho menos imitando al soberano de la deducción[5], pero aún así quería entender lo que había sucedido. El problema era que no terminaba de encajar las piezas en el rompecabezas.
ooOoo
Apenas llegó a su casa, lo primero que hizo fue conectar la filmadora a la computadora, para que quedara descargando el video en ella.
Luego de merendar junto a su hermano mayor, quien milagrosamente había llegado temprano a casa, fue directo a su habitación y se puso los auriculares. Sin embargo nada pudo rescatar de la misteriosa reunión, pues el lente del equipo apuntaba hacia arriba, a dos metros por encima de ellos. Resopló, indignada. Recordaba haberlo puesto correctamente, luego le vinieron a la mente las muchas otras cosas que olvidó (además de quedarse dormida) y todo le cuadró a la perfección.
Dejó el video pausado y se dirigió a la cocina.
ooOoo
A la mañana siguiente, después de haber tenido una noche de sueño reparadora, se percató de que su hermoso disfraz de arbusto realista no se encontraba en su cuarto, ni en el living, ni en la cocina, ni en ningún lado. Preguntó a Roberta sobre ello y esta le respondió que lo envió el día anterior al colegio, junto con el bolso negro.
ooOoo
No importaba cuánto preguntara por el preciado bolso verde en toda la escuela, nadie había visto tal cosa ni sabía dónde podría encontrarse.
Soyo, entonces, dio por perdido su precioso disfraz.
ooOoo
Como último recurso, ante la necesidad, tuvo que volver a utilizar la manta con hojas secas de dudosa eficacia. Rogaba para que no le cayera ninguna en los ojos, como la última vez, pero pronto se dio cuenta de que no debía preocuparse por ello, pues no se perdería de mucho. Kagura se mantuvo, ese mediodía y el siguiente, con una postura distante y callada cada vez que se tenía que reunir con Sougo. Él, por su parte, solo se limitaba a darle órdenes insulsas como escribir groserías en un cuaderno que tenía una etiqueta con un nombre y un apellido escrito (Soyo sospechaba que pertenecía a un compañero de clase o al rector Hijikata) y delegarle la pesada tarea de hacer sus deberes de Matemáticas y Química. Como bien sabía él, la chica no supo solucionar ni uno solo de los ejercicios, pero se divirtió mientras la veía intentarlo con ingenuidad.
Soyo no los vio entablar mucha conversación entre ambos, durante esos dos almuerzos, e intuyó que su querida amiga estaba molesta con su amado, aunque no entendía la razón.
De nuevo intentó sacarle conversación para averiguar algunos detalles, pero solo consiguió charlas vacías y carentes de información, como siempre. Incluso trató de invitarla a su casa, bajo el acompañamiento de sus buenos amigos: el azúcar y la comida. Mas, para sorpresa de la señorita Tokugawa, la muchacha declinó la generosa oferta y lo pospuso para la tarde siguiente. En todos sus años de amistad, Soyo jamás había tenido que rogarle más de dos veces para que fuera a visitarla, ni tampoco fue testigo del milagro del rechazo acomedido. Se sorprendió tanto como Roberta, cuando se lo comentó en la cocina.
ooOoo
Aún bajo la sombra del desconcertante rechazo en mente, se internó en su habitación a estudiar para los exámenes de la semana siguiente. Llevaba ya dos horas en ello cuando descubrió que le faltaban unas hojas de sus apuntes en clase. Las buscó entre sus libros, carpetas y folios, hasta que recordó que su querida amiga se los había pedido prestados para copiar las respuestas de los ejercicios de física. Sonrió meneando la cabeza, era típico de ella que tuviera que pasarle todas las respuestas. Simplemente por curiosidad, y como pretexto para hablar con ella, la llamó al móvil mientras admiraba el colorido trabajo que había hecho con sus preciosos bolígrafos/marcadores. Siempre seguía el mismo patrón: rosa para subrayados, celeste para la fecha del día, rojo para ítems y violeta para enunciados de ejercicios. Se sentía toda una artista viendo la prolijidad de sus hojas, aun cuando implicara un ritmo acelerado de de escritura durante las clases. Estaba tan embelesada en su obra de arte, que cuando escuchó el contestador de repente, se sorprendió. Intentó algunas veces más, pero su amiga seguía sin contestar. Creyó que lo tendría en silencio, enterrado en la montaña de ropa que era su ropero, como era costumbre en la chica, y telefoneó a su casa, preguntando por Kagura, Gintoki le comunicó que había salido, ella se quedó pasmada, con el teléfono pegado a su oreja. Sus ojos visualizaron la razón a la extraña declinación de galletas y comida que su casa le proporcionaba siempre que la invitaba a pasar la tarde allí. Entonces lo entendió: ¿Qué podría ser más importante que la comida? Y solo hubo una respuesta que se le cruzaba por la mente a la querida Soyo. Al otro lado de la línea, Gintoki habló varias veces, intentando obtener señales de vida de la estudiante. Cuando la joven salió al fin de su estado de trance epifánico, lo llenó de preguntas sobre su paradero, forma de vestir, hora de salida y muchos otros detalles de precisión que el profesor apenas pudo responder.
Colgó el teléfono sobresaltada.
La poca información que pudo recabar de la conversación arrojó el siguiente resultado, escrito en un papel:
-Kagura salió de casa alrededor de las 17:30.
-Llevaba un cheongsam rojo y un pantalón de chándal negro. Gintoki cree que también unas alpargatas negras.
-Llevó su paraguas rojo, a pesar de la nubosidad de la tarde.
-El señor Sakata supone que salió al parque o al centro comercial o a jugar videojuegos. En definitiva, no sabe dónde está.
-A las 19:52, hora de la llamada a casa de Kagura, la chica no volvía.
Conclusión: Kagura salió a encontrarse con alguien.
Soyo desesperó por llamarla nuevamente al celular, pero esta seguía sin responder.
ooOoo
—¡Kagura! ¡Por fin respondes! —exclamó la espía, sobresaltada—. ¿Dónde estabas?, llevo un rato intentando comunicarme contigo. Estoy estudiando y me di cuenta de que me faltaban un par de hojas. Las tienes tú, recuerdo habértelas prestado, las necesito. ¿Estás en tu casa? Iré a buscarlas.
—¿No es un poco tarde? —preguntó la quinceañera, en tono calmado, a través del parlante del tubo telefónico—. Es de noche ya, te las entregaré maña…
—¡No, no! Son muy importantes, tengo muchos apuntes en esas hojas, las necesito ahora. Iré en un momento. Llevaré comida.
Antes de que pudiera decir algo más, Kagura se precipitó a responder en tiempo récord.
—Ok, estaré esperando.
ooOoo
Exactamente a las 21:30 el auto de los Tokugawa aparcó frente a la casa rosa con tejas oscuras. El bar de la planta baja había abierto sus puertas desde las ocho, aunque apenas en ese momento comenzaba recibir asiduos clientes semanales. El chofer salió del vehículo, abrió la puerta de atrás, y Soyo bajó emponchada en un grueso abrigo de lana. Saludó con la mano, y una gentil sonrisa, a la mujer del local al pasar (no podía entrar, como siempre solía hacer, en parte porque tenía asuntos de vital importancia que atender, y en que parte porque uno de los clientes comenzaba desenfocar la vista, lo que la ponía nerviosa). Subió por las escaleras de madera, que se encontraban a un costado, y tocó a la puerta, emocionada. Sentía sus mejillas sonrosadas por la fría noche que se avecinaba, y los guantes de terciopelo azul marino apenas lograban calentar sus dedos. Exhaló una nube pomposa de vaho por la boca, y esperó. Pasados unos segundos, Kagura salió a recibirla, con el rostro encendido al contemplar el voluminoso paquete que tenía la muchacha en sus manos.
Después de quitarse los zapatos y saludar al dueño de casa, con una cordial inclinación, pasó directo al cuarto de Kagura, arrastrándola en el camino.
Una vez dentro, las cartas fueron puestas sobre la mesa.
—Primero el paquete —exigió la anfitriona estirando el brazo, demandante—, luego lo demás.
Soyo entregó la caja blanca, cuyo logo se veía impreso en el cartón a los costados. No le alcanzó tiempo a pedirle que Roberta preparara algo para llevar, por lo que tuvo que pasar por una confitería a comprar una variedad de masas y panecillos para sobornar a la enamorada.
Como bien imaginó, su amiga se deshizo del nudo de cartón de los alrededores casi en tiempo record. Para cuando quiso darse cuenta, la adolescente ya se había devorado media docena de macitas. Soyo, en cambio, se sentó en una solitaria silla de pino, hasta que su compañera dio paso a la conversación, decidida.
—Las hojas están sobre el escritorio —dijo, indicando con el dedo índice hacia el escritorio que Soyo tenía detrás.
—Perfecto —respondió la joven de negros que cabellos, que pocas veces hacía de invitada, en lugar de anfitriona. Sonrió algo nerviosa, pues aún le quedaban muchas dudas rondando por la cabeza—. Esas notas son muy importantes, tengo mucha información allí, sí, eso mismo.
—Vamos, ve al grano —instó, con mirada severa—, que no has venido hasta aquí solo por las hojas. ¿Qué quieres?
Soyo sonrió de oreja a oreja, se alegraba de no tener que sacarle las declaraciones a zarandeos, como otras veces.
—Te encontraste con él hoy, ¿verdad?
La vio suspirar, extenuada, y notó algo más en su semblante dubitativo y reflexivo.
—Sí.
Fue todo lo que necesitó para gritar de alegría y saltar hacia su amiga, conmocionada.
—Calma, Soyo, Gin está del otro lado.
—Oh, cierto. Lo siento. Bueno, cuenta, cuenta. ¿Qué pasó?
—Nada —contestó, encogiéndose de hombros.
—¿Cómo que nada? —se escuchó reclamándole, sin pensarlo—. No has contestado mis llamadas por "nada". Has pasado más de una hora con él, cuenta de una vez.
Kagura rodó los ojos resignada, la caja de postres aún seguía entre sus manos, albergando las últimas piezas de delicia celestial. Se sentó sobre la cama y, para sorpresa de Soyo, dejó a un lado el azucarado regalo "para charla".
—Pues… no hay mucho que decir. Lo vi en el parque. Peleamos un poco, intercambiamos puños y patadas (iba a morderlo en el mentón, pero no me dio tiempo), lo arrojé al suelo, y ¿qué más? Ah, sí, bueno, nos sentamos en una banca. No hablamos mucho, ya sabes, lo suficiente.
—¿Y de qué hablaron? —preguntó, acercándose con la silla de madera, en pequeños saltitos.
—Que tenga paciencia, que se lo pensará.
Soyo estalló de emoción con la declaración, esas simples palabras le hicieron brincar las ilusiones hasta el cielo. Comprobó, entonces que el descabellado viaje en medio de la noche había valido la pena.
—Oh, oh. ¿Y luego?
—Lo golpeé —afirmó la chica, encogiéndose de hombros como si nada.
—¿Cómo que lo golpeaste?
La expresión de Soyo cambió, repentinamente, de un rostro conmovido a uno consternado. Le parecía increíble que hubiera arruinado un momento tan íntimo como aquel.
Antes de que Kagura pudiera siquiera responder a la retórica pregunta, Soyo se levantó aprehensiva, envuelta en un manto de indignación. Se paseó durante diez largos minutos por todo el cuarto sermoneándola sobre el delicado tacto qué debería tener, la forma correcta de responder con enfado a sus provocaciones, la ropa que debería usar para encontrarse con él, y muchos otros consejos que se había memorizado de las cuantiosas revistas femeninas a las que consultaba semanalmente.
Estaba tan enfrascada en su enojo con el actuar de su amiga, que cuando volteó a verla para continuar reclamándole notó que, como siempre hacía, no la estaba escuchando en lo más mínimo. Se paró en seco, en su lugar, y la observó detenidamente: Kagura estaba sentada sobre su cama, con la espalda contra la pared y las piernas flexionadas. En sus dedos enrollaba una y otra vez el ruedo de su camiseta blanca de dormir. Sus facciones reflejaban una mirada vacía y lejana, un aire pensativo como pocas veces había tenido. Entonces Soyo se acercó despacio, preocupada, y preguntó:
—¿Sucede algo?
La muchacha salió de su trance repentino, despistada.
—Quizás, solo quizás, esto valga la pena. —Volvió a centrar la mirada en la nada, y sonrió apenas—. Creo que tengo posibilidades, aunque… no será fácil, y él lo sabe.
Soyo abrió bien grande los ojos, sorprendida. Asintió apenas para darle el espacio necesario para que pudiera hablar con soltura, teniendo cuidado de no interrumpirla demasiado, pues corría el riesgo de que decidiera callarse en ese mismo instante.
Se sentó en el borde de la cama y esperó. Esperó y esperó, hasta que no pudo aguantar más.
—¿Cómo que él lo sabe? ¿Qué te dijo ese día? —preguntó, con cautela.
—Que no quería hacer algo de lo que podría arrepentirse después.
Kagura respondió sin dudar un solo instante, las palabras le salían con naturalidad y con calma, demasiado para el gusto de Soyo, quien estaba acostumbrada a verla más animada que el perro, que siempre se metía al patio del colegio, con comida.
—¿Cómo qué?
—¿Has sentido alguna vez que quieres comerte un delicioso helado con fresas, pero lo dejas hasta el final porque sabes que así podrás disfrutarlo mejor?
Soyo se quedó estática pensando en la pregunta de su amiga, y reconociendo que era pésima inventándose metáforas.
—O sea que… él esperará un tiempo ¿hasta que estés madura? Oye, que no eres una fruta. Si me preguntas, yo creo que debe considerar mejor sus opciones del menú, porque…
—No es eso —interrumpió—, es solo que… Bueno, se lo está pensando bien. Dijo que… —contuvo la respiración unos segundos, mientras el rubor comenzaba a hacer acto de presencia en sus mejillas— que no quiere lastimarme —soltó, antes de que cubrirse el acalorado rostro con la almohada.
Soyo, quien ya saltaba de emoción sobre la cama, fue directo hacia la chica y la abrazó de manera torpe hasta que ambas cayeron al suelo.
Insistió un poco más sobre la interesante conversación que tuvieron pero no obtuvo mucho más que lo que le había sido confesado.
Una vez en la comodidad de su casa, bajo las atenciones de Roberta (que le preparaba un té con somnífero para que durmiera de una vez, pues la muchacha había llegado a la mansión tan entusiasmada que intuyó que pasaría otra noche de poco sueño), se sentó sobre la cama, apoyando la espalda en las numerosas almohadas que servían de pared acolchonada. Y pensó. Allí, en la cálida soledad de su habitación, se dedicó a organizar declaraciones de su querida amiga. Después de reflexionarlo unos minutos, comprendió que lo que le quería decir era que el muchacho quería ir en serio con ella y que, según entendió, quería tomarse el tiempo necesario para evaluar si quería arriesgarse a una relación de verdad con Kagura.
Se durmió con una sonrisa en los labios (luego de beber el té) y soñó con una bella escena de los chicos, ya convertidos en adultos, en donde se encontraban en un altar lleno de invitados y un hombre de túnica frente a ellos. Soñó con una boda de ensueño y en ella, ambos eran felices.
Aclaraciones:
[1] Control remoto o mando a distancia, para que se ubiquen mejor.
[2] Anagrama de X = Blackmagic (la marca de la filmadora de Soyo).
[3] Juego de palabras. Distinto significado.
[4] Referencia a Cupido.
[5] Referencia a Sherlock Holmes.
Notas:
El bloqueo de escritor es un molesto bichito de perdición que gusta de colarse entre las células de la inspiración y la creación. Se alimenta de ideas coherentes y defeca incomprensiones difíciles de discernir. Aquel que sufre de la picadura de este mortal incordio suele sufrir desvaríos textuales, fiebre de desatención, vómitos de vacíos y frecuentes parálisis de producción.
Queridos lectores, antes que nada, quisiera disculparme por tanta demora. He padecido los indeseables síntomas de un pequeño-mini-bloqueo, que me ha hecho la vida imposible en estos últimos días. Pero creo que ya me estoy curando.
Enunciada ya la disculpa, como bien se merecen, tengo algunas cosas para decir sobre el anterior capítulo y sobre este:
Cap. 13: He notado que muchas no comprendieron lo del "día rosa" que menciona Sougo a Kagura, y este hace referencia a las bragas de color rosa que lleva ella. Fíjense que ella patea unas hojas, él hace el comentario, Kagura se sonroja y luego se sujeta la falda. Este último detalle es el indicador de la burla. Y así hay un par de cosas como estas en, bueno, todo el fic.
Cap. 14: Este capítulo está hecho de esta manera a propósito por varias razones. Un poco es para dar el contexto de los audios, y una gran parte para demostrar la postura y la personalidad ingenua e inocente de Soyo, para que se entienda por qué a veces no puede darse cuenta de algunas cosas o por qué a veces se niega a ver una realidad que se contrapone con su perspectiva del romance. Más adelante ampliaré un poco más sobre Sougo, no desesperen.
Dudas, quejas y sugerencias, estoy para lo que sea. Si no se entiende algo, pregunten y yo despejaré las dudas. Saludos a todos, son amor :]
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Reviews: Cap. 13:
I love okikagu: Oh, ¿así que ya has comenzado a deducir cosas? ¿Qué me dices de este capítulo xD? Muchas gracias por seguir leyendo, espero que te guste el episodio de hoy xD.
Mi-chan: Oh, hay una razón para que Sougo prohibiera usar calzas y es, pues, porque quiere ver e qué color es el día, en cada ocasión xD. Gracias por leer, eres un amor :]
Lu89: Oh, pobre de Hijikata si estos dos deciden unirse en complot contra él xD. Muchas gracias por seguir leyendo y el apoyo incondicional. Eres un terrón de azúcar :]
Mitsuki: Claro que sí, el pasatiempo favorito de Sougo, después de molestar a Hijikata, es hacer enojar a Kagura xD. Muchas gracias por seguir leyendo, eres genial :]
Guest: Oh, gracias por tus hermosas palabras, y por brindarme tu opinión, me ayudan mucho. Muchas gracias por continuar leyendo :]
Jugem Jugem: Gracias, qué encanto. Muchas gracias por continuar leyendo :]
Anonymous D: Me he tardado más de lo que hubiera querido, qué horror xD. Me alegro que te guste el fic y el cap. Eres un amor. Gracias por seguir leyendo :]
