N/A: Beteado por la brillante Nadine Seiten Taisei. Muchas gracias. También a mi hermana, Marisa, por darme la idea del helado.


Capítulo 15


La brillante luz que se colaba por la ventana le acarició las mejillas con suavidad. Sentía su calor, y la molesta sensación de incomodidad reluciente del amanecer. Recostada sobre la cama, entre el terso cobijo del edredón, Soyo se abría paso hacia la frontera entre lo onírico y la realidad. Movió apenas la cabeza, abriendo los ojos lentamente, saliendo, a su vez, del profundo estado somnoliento en el que estaba sumida hacía poco tiempo. Despertó con una agradable sonrisa en los labios, conmovida por las encantadoras imágenes que su mente era capaz de reproducir en el magnífico universo de los sueños. Miró hacia el techo, ilusionada, aún con su tierna sonrisa dibujada en sus facciones.

—Buenos días —saludó, girando la cabeza hacia un costado. Roberta ya había preparado el uniforme, la mochila con los libros, el equipo de gimnasia y, lo más importante, el pesado bolso negro. Estaba colocando una bandeja con el desayuno sobre la mesa de luz cuando la voz de la joven la sorprendió. Esta la saludó con la amable sonrisa de siempre y le besó la frente. Soyo amaba esa espléndida calidez de su ama de llaves, había aprendido a contar con su compañía desde que tenía memoria. Era como la madre que había perdido hacía tanto tiempo gracias a una desafortunada enfermedad.

—¿Es necesario que lleves la cámara todos los días? ¿Es para un trabajo, o algo así? —preguntó Roberta, antes de retirarse de la habitación. Con el tiempo, Soyo fue instruyendo a la señora para que dejara de tratarla de "usted", como solía hacer con los miembros de la familia. Con ella había tenido éxito, pero no resultaba igual con Shigeshige, aún cuando este le ordenaba dejar las formalidades a un lado, pero el respeto que le nacía hacia él era auténticamente natural. Para la joven adoptó, según cree ella, una postura más maternal.

—Ah, porque… —sonrió, repentinamente alegre— hay cosas que no se volverán a repetir.

Roberta le devolvió la sonrisa, meneando la cabeza. Colocó la bandeja sobre el regazo de la antes durmiente, y se marchó con una advertencia:

—Bueno, solo ten cuidado.

La más joven de los Tokugawa sonrió. Aquellas palabras le indicaban que tendría que ponerle fin a sus desvelos alocados y noches de poco descanso. Respiró hondo y asintió, aún cuando la mujer ya se hubo marchado.

(…)

Ese mismo viernes por la mañana, aunque el clima estuviera fresco y nuboso, para ella fue como si saliera el sol en todo su esplendor, sobre todo tras haber tenido una magnífica noche de sueño reparadora. Sin embargo, en el caso de su querida amiga, el asunto no parecía pintar precisamente como un día metafóricamente soleado, lo supo en cuanto la vio entrar a clases, a hurtadillas, con grandes ojeras oscuras y, como era habitual en ella, irremediablemente tarde (leía en aquellos ojos cansados que había pasado gran parte de la madrugada jugando videojuegos). Por supuesto que todos la notaron, hasta el profesor Katsura, quien no tardó en llamarle la atención —vagamente pues no era conocido por sus grandes amonestaciones—. Nunca había sido buena amiga del silencio y la discreción, por lo que solía ser reprendida constantemente. Aún así la notó algo más animada y risueña, incluso más de lo que solía estar a menudo durante las clases. Mientras todos en el salón aún luchaban por dejar de extrañar la almohada, Kagura se aparecía frecuentemente con una alegría poco habitual para tan temprana hora del día. Siempre había sido de ese modo, y esa mañana no fue la excepción, a pesar del poco tiempo de descanso nocturno.

Cuando llegó el breve encuentro en el receso, tuvo la ocasión de comprobar que sus especulaciones estaban en lo cierto, la fuente indiscutida del aumento de ánimos venía en forma de una silueta varonil y de aura peligrosa, con el logo de Superman estampado en su camiseta azul, debajo de la camisa escolar. Volvieron a sus delicados saludos a empujones y a sus "cariñosos" intercambios de palabras fortuitas. Todo marchaba como antes, excepto por una cosa, no sabía con exactitud cómo explicarlo pero lo sabía, estaba segura de que algo allí era diferente, y nada ni nadie podría convencerla de lo contrario.

(…)

—¿Y qué te dijo? —exigió saber impaciente, pues no había entendido bien la orden que el chico le había dado en el receso.

—Pues lo mismo: quiere que nos veamos a la hora del almuerzo, después de comer. Pero… antes me pidió que comprara algo del bufet.

(…)

Aun cuando sabía que Kagura debía pasar a comprar aquello que tenía que comprar, Soyo tuvo que almorzar a velocidades extraordinarias, puesto que debía estar a tiempo para colocarse su nuevo disfraz de bote de basura (esta vez bien elaborado y sin la presencia de bacterianos desperdicios ni envoltorios, y sobre todo, completamente esterilizado), además de revisar, una tercera vez, el enfoque de la Blackmagic encaramada sobre dos delgadas ramas de un árbol ya sin hojas.

El primero en llegar fue Sougo, como de costumbre, con la grata compañía de un misterioso cubo blanco en su mano derecha, cuyos colores de la tapa se le hacían inexorablemente conocidos. A los pocos minutos arribó Kagura con la adquisición en una bolsa. La muchacha quedó petrificada en el acto al ver el pequeño recipiente de maravilla plástica en los dedos del chico.

¿Y ahora qué tramas? —preguntó, cautelosa. Se colocó las manos en la cintura, fingiendo no estar emocionada por el fabuloso objeto que Sougo presumía orgulloso de poseer en esos momentos.

Te gusta el helado, ¿cierto?

Quizás…

Fresa y melón son tus favoritos, ¿cierto?

Continúa —respondió asintiendo, al tiempo que se acercaba con lentitud hacia él.

Sougo retiró la tapa del cubo.

Y apuesto a que sabrá aún mejor con el jarabe de chocolate que has traído —prosiguió el muchacho, consciente de la intensa mirada que la quinceañera pelirroja le dedicaba al níveo objeto.

Ella no respondió. Sus pies se deslizaron sobre el césped con precaución, hasta conducirla a escasos centímetros de su delicioso objetivo. Soyo pronosticó que estaba a punto de dar el golpe, cuando el muchacho alzó el premio hasta lo más alto que le permitía su privilegiada estatura.

Kagura soltó una grosería, y él sonrió.

No voy a bailar como un mono para conseguirlo, te lo advierto —exclamó ella, sus mejillas enrojecían de la furia.

Oh, ¿en serio? Pues qué lástima, hubiera sido interesante de ver.

Sí, ya, no vas a manipularme a tu antojo solo por eso, ¿eh?

Ok —aceptó el muchacho, sonriente. Tomó la bolsa que colgaba de la muñeca de la chica, bajó el brazo con el pote y asió una cuchara de plástico que tenía en su otra mano. Frente a ella se dispuso a comer lentamente, mostrando los dientes de vez en cuando, mordiendo el pequeño utensilio descartable y transparente.

Kagura pasó por varios intentos para ignorar el fresco aroma a jarabe dulzón que le llegaba a su nariz —gracias al ingenio del practicante de kendo—, y que iban desde cruzarse de brazos y darle la espalda; taparse los oídos, pues al muchacho se le había dado por elogiar en voz muy audible lo exquisito del helado que de derretía en su boca, además de algunos chasquidos de lengua; hasta alejarse de hacia cualquier otra parte. Pero nada funcionaba pues el chico la seguía a donde sea que ella fuera y encontraba siempre la manera de atraer su atención. No había escapatoria.

Soyo la observó resistirse lo más que pudo, e intentarlo con todas sus fuerzas, hasta que llegó un punto en el que no pudo más.

Maldita sea, ¿qué demonios quieres, qué debo hacer?

Sabes lo que quiero oír —le dijo Sougo, de manera confidente, mostrando los dientes al morder la cuchara.

No sé de qué hablas —contestó ella, desentendida, aunque Soyo sospechó que sí lo sabía.

Pues haré que lo recuerdes, entonces —masculló, clavándole una mirada tan intensa que parecía que iba a atravesarle el cráneo. Acto seguido, caminó hacia ella, lentamente, hasta quedar a pocos centímetros de su rostro. La observó unos segundos, con expresión traviesa, y luego olisqueó el aire—. Vaya, así que te pones perfume para mí, eh —acercó la nariz hacia el cuello de la chica, ella frunció el ceño. Estaba a punto de replicar, cuando el muchacho volvió a hablar—. Pero no es el mismo de aquel día.

¿Cu-cuál día?, no sé de qué me hablas.

La tienda de ropa.

Ella volteó el rostro hacia otro lado, permitiéndole a él deleitarse al recorrer toda la extensión de su cuello.

Sougo hizo una mueca con la boca.

Este me gusta más.

Ah, pues muy bien. La próxima vez te traeré el bote para que te lo bebas entero. A ver si te atragantas.

La joven Tokugawa detectaba un pequeño temblor en la voz rasgada de su amiga.

Has de saber —continuó él—, que no es la primera vez que alguien desea mis labios, pero sí eres de las pocas afortunadas de probarlos. Felicidades.

Soyo abrió tanto los ojos de la sorpresa, que sus párpados desaparecieron por unos escasos segundos, acción que su amiga repitió, a su vez, aunque un poco más disimulada.

¿Qué dijiste? —preguntó la chica, arrugando la frente, interrogante.

Algo en las palabras del chico le sonaban familiares, y estaba segura de que Kagura tenía la misma sensación, pero no sabía de dónde.

A decir verdad, también me he sentido tentado muchas veces, pero, tú sabes, no era lo mejor.

¡¿D-de qué diablos estás hablando?!

Y por cierto, el perfume de ese día sí estaba feo, pero en algo tuviste razón, me gustó de todos modos.

La expresión de la estudiante cambió completamente a uno de extremo asombro, y sus manos ya comenzaban a cerrarse en un puño fuertemente ceñido. Antes de que pudiera si quiera decir alguna palabra, el muchacho le mostró el cubo plástico que tenía en su mano y le hizo una seña de alto con la otra.

Mira que el helado se derrite —canturreó, moviendo el pote en la mano. Kagura lo miró de reojo una fracción de segundo, antes de volver a centrar su atención en el rostro burlón que tenía en frente.

¿De dónde sacaste eso? —cuestionó, ignorando las últimas palabras del chico.

Okita negó con el dedo índice de la mano izquierda.

Primero lo primero. Ya habrá tiempo para eso. Ahora, a lo que vinimos. —El muchacho ladeó la cabeza hacia un lado, Soyo advirtió la fiereza de una amenaza en la ceja que levantó.

Pero…

Oh, ¿entonces no quieres esto? —Levantó la otra ceja y luego las bajó, ensombreciendo la mirada que fijó como una daga hacia ella—. Entonces me lo comeré yo solo… a no ser que respondas a lo que pregunté el otro día.

Soyo dio un respingo en su lugar, sabía que su amiga no le había contado todo acerca del encuentro en la plaza, y se encargaría de reclamárselo con creces. La pelirroja, por su parte, desvió la vista y murmuró:

—¿Eres tonto? Ya sabes la respuesta, así que no juegues conmigo.

Oh, vamos. Te daré —hizo una pausa, relamiéndose los labios con toda mala intención— un plus si lo dices.

Soyo visualizó a su amiga tragar en seco y agachar la cabeza al tiempo que su respiración iba en aumento. Él acercó el oído izquierdo hacia su boca y esperó. No creía posible que su temible amiga, la muchacha más orgullosa y fuerte de todo el colegio, fuera capaz de confesar si quiera un ápice de afecto ante su eterno rival, de modo que se sorprendió en grande al percibir que luchaba internamente por escupir unas palabras que, según notaba, le costaban tanto pronunciar.

Como para incentivar la declaración, Sougo la tomó delicadamente de la cintura y le murmuró algo acerca de que le gustaba verla sonrojada (según lo que pudo entender). Kagura apretó los labios, cerró los ojos con fuerza y, con un movimiento brusco, se aferró a los brazos del chico, Soyo imaginó que incluso le hacía un poco de daño. Después, despacio, dijo:

Quiero… estar contigo.

Soyo sonrió ampliamente desde su pequeño escondite, y supuso que el muchacho también, porque lucía una perfecta curva dibujada en el rostro cuando se separó de ella, satisfecho con el resultado. Entonces lo vio morderse el labio inferior, sin despegar los ojos de ella, antes de llevarse a la boca una cuchara con helado, para luego darle un beso manifiestamente con lengua. Soyo pensó que aquel fue el ósculo más fresco que jamás haya tenido el placer de presenciar, y se preguntó qué tan dulce habrá sabido.

Al cabo de unos cuantos minutos, la joven vio a Sougo cortar el beso tras haber recibido un golpe seco a la altura de las cosillas. A Kagura no le agradó ser mordida en la boca, y sin dudar, se lo demostró de la mejor manera que conocía, a los golpes. Después de limpiarse el hilo de sangre que le salía de la comisura de los labios, la chica extendió la mano, exigiendo su premio.

Lo que prometiste, vamos.

Anda, ¿no prefieres cometerlo así? —Sougo se pasó la lengua por debajo de los dientes superiores, insinuante.

De-deja de fastidiar, ¿quieres? Eres de lo más molesto.

¿Acaso no te gusta? —insistió.

No si no respondes a mis preguntas, idiota.

Él suspiró.

Bien, en el club de ajedrez, a las 4:30. Pero tendrás que traerme algo a cambio. —Kagura estaba a centímetros de marcarle el puño, cuando el muchacho le sujetó el brazo—. Eh, eh. Recuerda las reglas, China. No querrás otro castigo, ¿o sí? No soy tan aficionado a perdonar.

Para cuando la soltó, Soyo vislumbró una aureola rosa alrededor de su antebrazo que la dejó impresionada. Kagura no tuvo más remedio que desistir de su enojo y voltear hacia otro lado, solo para recibir el pedido del muchacho en forma de susurro en la oreja. La reacción que tuvo ella fue exorbitante. Se negó unas quince veces antes de acceder a regañadientes, con una creciente ira irradiando por todos sus poros. Sougo se alejó con las manos en el bolsillo y se despidió con un guiño travieso.

(…)

La parte más difícil de ser una espía de medio tiempo se remitía a los momentos de preparación para la tarea en sí misma, tales como la colocación de los "accesorios" de espionaje —llamase videocámara—, la difícil labor de conseguir el correcto disfraz para cada ocasión, y el tiempo en ejecutar dichos movimientos "expiatorios". No era un trabajo sencillo, para nada, Soyo lo sabía muy bien. Y aunque a veces le costara noches de vigilia, demacrándose los dedos para conseguir el atuendo ideal, o meterse en un basurero con tal de husmear los detalles de los hechos, nada impedía que sus ánimos decayeran al buscar el éxito en sus estrategias. Y así se encontraba en aquellas dos horas antes de que finalizara la jornada escolar. Como último día hábil de la semana, no podía permitirse el fracaso de perderse tan jugoso encuentro. Además, ella también precisaba saber la explicación a las frases que le había soltado a su amiga, pues le sonaba un tanto sospechosa, de modo que tenía el deber, la obligación, de asistir a la extracurricular reunión. El problema residía en el disfraz y los pocos minutos que tenía para inventárselo mágicamente en el lapso tortuoso de un cuarto de hora.

(…)

Buscó la oportunidad perfecta para salir del salón, antes de finalizar la clase, para acudir antes que nadie al dichoso salón del club de ajedrez. La puerta estaba desafortunadamente cerrada, por lo que tuvo que conformarse con escudriñar desde la ventana. Veía muchos objetos inútiles y esqueléticos que en nada le ayudaban a favorecer su situación, ni siquiera había un mueble pequeño en el que esconderse detrás o debajo. Todo le parecía incómodamente inhóspito. Regresó frustrada al aula con el reloj corriendo en su contra.

Poco antes de que sonara el timbre y todos en el salón volaran como perseguidos por un látigo, se le ocurrió la idea más simple y tonta por la que podría optar en esos casos, y se lamentó no haberlo pensado en su pequeña fuga excusada, fuera del aula. Aprovechó los pocos minutos que le conferían un pequeño ejercicio de aritmética y se dedicó a escribir en una hoja con letras grandes en las que se pudiera leer claramente "Frágil". Procuró no ser vista por nadie y lo dobló en cinco partes para metérselo en bolsillo de su falda, junto con una cinta adhesiva de tamaño pequeño y una tijera plegable. Cuando llegó el momento de partir, saludó vagamente a su amiga y se dirigió velozmente hacia el bufet en busca de su preciado objetivo. La suerte le sonrió esa tarde ya que la mujer de la sala de comidas tenía en su poder el objeto que precisaba, de un tamaño más o menos aceptable: una caja de cartón. Corrió con él hasta el tercer piso, sintiendo que el aliento se le escapaba de los pulmones. Se detuvo a escasos metros de la escalera, escaneando el pasillo, y avanzó hasta su primordial destino. La puerta aún estaba cerrada, por lo que tuvo que entrar por la ventana que, por fortuna, sí estaba desbloqueada. Apenas tuvo el tiempo suficiente de pegar sobre el dorso del cartón, la hoja con la palabra "Frágil" escrita, cuando sintió unos pasos aproximarse. Presa del pánico, se echó la caja encima y se quedó estática en su lugar, de cuclillas sobre el suelo. Sin embargo, nadie entró en el recinto, por lo que se animó a perforar dos diminutos agujeros con la tijera. No eran lo suficientemente amplios como para que pudiera contemplar toda la habitación pero tenía la ventaja de que su traje fuera, en esa ocasión, más ligero, de modo que podía girarlo a su antojo, solo esperaba que nadie notara a una extraña caja moviéndose por sí sola.

Terminó el segundo agujero segundos antes de que el muchacho apareciera por el pasillo, del lado izquierdo. Ingenuamente, Soyo pensó que tendría la llave para entrar, puesto que él había propuesto el sitio, pero se equivocó. El joven no solo desposeía las dichosas llaves, sino que ni siquiera tenía un plan de acción para ejecutar. Por la forma en que se envolvía una mano con la camiseta de gimnasia, dedujo que el chico tenía intensión de romper el vidrio sin siquiera titubear, hasta que notó la pequeña abertura en la ventana que ella había dejado al entrar. Sougo torció el gesto y saltó hacia adentro, despreocupado. Al cabo de un rato llegó Kagura, quien también intentó en primera instancia romper un cristal que no se hallaba en su lugar, puesto que la ventana estaba completamente abierta.

Ey, se robaron la ventana —exclamó la chica, asomándose sorprendida.

Entra ya, cavernícola —le ordenó él. Soyo no pudo evitar pensar en la ironía de la situación, pues el muchacho mismo había tenido el mismo impulso de romperlo todo en un principio.

Meneó la cabeza mientras veía cómo su mejor amiga atravesaba con amplia destreza por encima del ventanal que a ella le había costado tanto sortear.

¿Y bien? ¿Lo has traído?

¿Tú qué crees, Sádico estúpido? —Él extendió el brazo hacia ella, e hizo un gesto con la mano, demandante—. Ah, no, ahora esperas tú. Primero vas a cantarme tus verdades, monigote. Luego será tuyo.

China, sabes que eso no pasará. Entrégamelo y todos en paz.

A mí no me engañas, yo te lo doy y tú te callas, eso va a pasar, sí. No dejaré que me tomes por idiota.

Haremos lo siguiente: tú me lo das, y si yo no respondo como lo esperabas, te autorizo a que me golpees.

Menuda estupidez, como si necesitara tu permiso para eso, lo hago todos los días.

Eso era antes, porque ahora eres…

Sí, sí, tu maldita esclava y todo eso —interrumpió ella— Pareces disco rayado. Bien, pero tiene que dolerte, eh, no llores como idiota luego.

No te pases de lista, te lo permito para que veas que…

Vale, sí, no me interesa. Toma tu maldita cosa y habla de una maldita vez, maldito bastardo.

Parece que no estás de buen humor, China. Quizás es mejor… que lo dejemos para después —sugirió Sougo, con el siempre tono sarcástico que lo caracterizaba.

¿Y si mejor te pudres?

¿Y si mejor me lo das ya y dejamos de darle vueltas al asunto?

La joven Tokugawa observó a su querida amiga fruncir los labios y el ceño, en un gesto que solo podría traducir como la degradación de su orgullo maltrecho. Tras incesantes segundos de cólera reprimida, la chica de rojos cabellos entregó al muchacho un revoltijo de tela blanca que tenía encerrada en un impenetrable puño de firmeza. Soyo no pudo evitar recrear una imagen en su mente cuando Kagura abrió la mano, sintió como si se hubieran abierto los brazos del gancho de las máquinas para sacar peluches, y Sougo hubiera atrapado el codiciado premio. Este lo examinó, desplegándolo en alto.

Oh, lunares. Sabía que era blanco, pero no esperaba que te gustasen los colores. ¿Para cuando uno negro de encaje?

¿Era impresión suya o el chico sostenía un sostén entre sus manos?

¡Como si fuera a ponerme una cosa así! Ya está bien, dámelo —lo reprendió la estudiante de primer año.

No, no. Es mío ahora, puedo hacer lo que quiera con él —se defendió el muchacho, divirtiéndose con su nueva adquisición.

¡Pero no aquí, sucio pervertido! Has tu-tus porquerías e-en tu casa, aquí ni se te ocurra.

¿Mi-mis qué? —preguntó él, burlando a la chica.

Ya sabes, eso que hacen los que son como tú.

¿Los que son como yo? China, —el joven zarandeó un poco el sostén en el aire— te aseguro que nadie querría masturbarse con esto. Si lo hicieran, lo suyo es buscar las de alguien con más relleno.

Kagura volteó el rostro indignada, haciendo puchero con la boca.

Bueno, puedes estar tranquila. Por suerte yo no tengo problema con eso —añadió él, antes de trazar una línea recta desde la clavícula izquierda de ella hasta la cintura, con el dedo índice derecho.

Solo entonces Soyo se percató de las pequeñas montañas puntiagudas que sobresalían de la camisa de su amiga, y todo cobró sentido en ese momento acerca del "objeto de tela blanca".

Oye, no te pases —replicó la muchacha, enojada. No dudó en quitarse el dedo travieso de un bofetón.

Vamos, ¿desde cuándo estás tan susceptible?

Desde ahora. Ya tienes lo que querías, así que tienes que explicarme aquello que has mencionado hoy. Habla —ordenó.

Vaya, qué impaciente.

Ella enrojeció (aún más de lo que ya estaba), disgusta, y Sougo se mofó, triunfante por hacerla enojar. Se alejó unos pasos, antes de que comenzara a recibir puñetazos en el abdomen, al tiempo que sacaba una cosa negra del bolsillo del pantalón.

¿Y? Estoy esperando.

Inmediatamente después del reclamo de la chica, el ambiente se colmó de una voz aguda, abombada, demasiado amortiguada para estar en las inmediaciones y demasiado cerca para provenir del pasillo, daba la sensación de que salía de alguna radio, cosa extraña porque no había ninguna allí. De pronto reconoció, al escuchar con más atención, las frases entrecortadas y amilanadas que le hicieron dar cuenta del origen del sonido. Kagura ahogó un grito de asombro, se aferró a los ruedos de su camisa con fuerza.

"… se quedó oliendo el perfume que traía puesto. Claro, él decía que era horrible pero… sabía que no era cierto…", decía la grabación auditiva, desde el celular que sostenía Okita en la mano derecha.

"¿Y luego?

»Sentí su aroma también. Y… en un momento, se… me acercó mucho a-al rostro…"

Soyo vio arder las mejillas de su amiga e intentar quitarle desesperadamente el aparato de las manos, sin embargo, él volvía a hacer alarde de su ventajosa altura, evitando que su electrónico aparato le fuera arrebatado. Sonreía altivo, hasta que su flamante acompañante le propinó un golpe en la cintura.

¡Oye! —exclamó, enfurecido.

"Lo vi ese lunes a la mañana…", continuaba irrefrenable la grabación.

¡Calla esa maldita cosa! ¿D-de dónde lo conseguiste? Esa es no mi voz, por cierto, ¡esa no soy yo, joder!

"Y bueno… me quedé a hacerle compañía sin decir nada, como él hizo conmigo.

»Oh, vaya."

Y supongo que esa no es la voz de tu amiga. —Aquella no era ninguna pregunta. Pausó el audio, aún con el móvil en alto.

Kagura volvió a regalarle una de sus "delicadas" caricias en el abdomen, consiguiendo que él retrocediera del dolor.

¡Maldita…!

Te dije que tendría que dolerte. ¡Y no estás contestando satinfantoriamente!

El joven sonrió por la siempre mal pronunciación de su contrincante, mientras se sobaba la zona afectada.

Se lo robé a alguien muy cercano a ti.

Aun cuando confesó una mentira que le permitía salir con el pescuezo intacto, Soyo se percató de que su amiga no captó bien el mensaje.

¡¿Y quién demonios tendría esta grabación, eh?! Dime quién y le haré probar el sabor de la sangre, dientes partidos y muchos huesos rotos. Nadie se burla de…

¿Le harías todo eso a tu amiga?

Soyo tragó en seco, una copiosa gota de sudor frío resbaló por su mejilla.

¿Eh?

Se lo robé a tu amiga, Harriet.

No conozco a ninguna Harriet, ¿de quién me hablas?

Sougo y Soyo se dieron una palmada en la frente por igual, Kagura podía ser muy distraída cuando se lo proponía.

La de pelo negro, retrasada mental. No creí que hubieras llegado tan tarde a la repartición de cerebros, si quiera esfuérzate por simular que tienes uno, ¿no?

En primer lugar, ella no se llama Harriet, idiota, su nombre es Soyo. Yo sí sé cómo se llama. Y en segundo lugar, lo que me falte a mí no es asunto tuyo, a ti te sobra demencia y yo no digo nada.

¿Y aun así te gusto? Vaya, debes estar loca.

El rostro de la chica pasó, entonces, por todos los matices de rojos habidos y por haber. Desvío la mirada, frunciendo los labios.

Cierra la boca —fue lo único que atinó a decir la muchacha, avergonzada.

Oblígame.

En ese momento se produjo unos instantes de completo silencio. Ella lo miró dubitativa, nerviosa, él se apoyó en la única mesa de frágil madera que había en el ambiente. Ambos se miraron intensamente por unos segundos que parecieron eternos, hasta que la chica caminó firme hacia adelante. Se la podía ver agitada, concentrada en los ojos caoba del muchacho, quien tuvo la cortesía de inclinarse lo suficiente como para quedar a su alcance, mas fue ella la que dio el primer paso, lanzándose a los labios de su acompañante.

Soyo sonrió alegre desde su preciado escondite. Ya imaginaba en qué gastarían la mayor parte del tiempo cuando formalizaran la relación. No obstante, le inquietaba la forma en la que Okita acariciaba la cintura de su amiga, sin contar las repetidas ocasiones en las que intentó meter mano bajo la camisa, acción que no fue permitida por ella y Soyo la felicitó mentalmente.

El beso se alargó mucho más de lo que hubiera esperado, pero fue él quien lo interrumpió de manera brusca y cortante, alejando a la estudiante hacia atrás. Giró hasta darle la espalda y se metió las manos en los bolsillos.

Tengo práctica hoy. —Se limitó a decir.

Mientes, las tienes los jueves y martes —Kagura contradijo sin vacilar, mientras se limpiaba la comisura de la boca.

Él se encogió de hombros.

Tengo ya mi premio, puedo irme a casa y hacer lo que quiera con él.

¿Lo usarás para hacer un muñeco vudú?, porque te aseguro que esas cosas no funcionan, lo he intentado varias veces, créeme, las películas mienten.

Él negó con la cabeza, y Soyo dio por sentado que debía estar riéndose por la forma en la que temblaban sus hombros. Lo vio despedirse sacudiendo la tela en la mano, como quien saca una bandera blanca de rendición, y partió sin decir nada más. Kagura, por su parte, sacó una campera roja de su mochila y se la abotonó hasta el cuello, luego abandonó la sala sin mirar atrás.

(…)

La desilusión de no haber podido llevar la cámara al salón del club de ajedrez solo podía equipararse a la decepción de no haber recibido la información completa sobre el encuentro de su amiga en la plaza, y no descansaría hasta encontrar la verdad de todo el asunto.

—Presiento que no me lo dices todo Kagura, algo más pasó ese día, cuenta de una vez —exigió una Soyo muy impaciente, sentada sobre su cómoda silla ejecutiva con ruedas, en un sábado de mucho sol.

—Me invitaste solo para eso, ¿cierto?

Le parecía extraño cómo Kagura tenía astucia para percatarse de ciertos temas, con respecto a ella, pero desentendiera muchos otros concernientes a su adorado. Comenzaba a sospechar que lo hacía a propósito.

—Es que siento que hay algo que no me estás contando. Creí que, no sé, él te trataría mejor, que sería más cariñoso contigo, pero no veo que suceda. Cada vez que se encuentran por los pasillos se llevan a los gritos, incluso cuando está Hijikata cerca. Sé que tienen que guardar las apariencias pero…

—No es eso —interrumpió su querida invitada—. Lo que pasa es, ¿cómo decirlo? Bueno, que él se portará mal conmigo y me mostrará sus lados más oscuros, todos los peores defectos que hay en él. Algo así.

Soyo arrugó el entrecejo.

—¿Y eso para qué?

—Insiste en mostrarme lo peor de sí para que yo, no sé, lo vea. En mi opinión no está bien de la cabeza, tú sabes, por todo lo que pasó y con el idiota con el que le tocó vivir.

—Sigues sin contarme todo, lo sé.

—Bueno, ya, quiere mostrarme sus defectos para que esté segura de que yo aun así quiero estar con él, como… como…

—Como si quisiera prepararte para el momento de dar el paso definitivo.

—¿Cuál paso distintivo? Ese idiota solo aprovecha la situación.

—No, no, tiene sentido: quiere abrirse en todo sentido hacia ti, quiere mostrarte lo que hay en su interior, incluso lo malo, para advertirte de cómo serán las cosas con él. Piensa en un posible futuro a tu lado. Oh, es tan tierno —suspiraba Soyo, completamente ida en los pliegues de su imaginación.

—Pues te aseguro que es todo menos tierno, al contrario.

La anfitriona dio un respingo en su asiento, tenía el pie perfecto para tocar un tema que le andaba rondando por la cabeza desde hace un buen tiempo.

—Oye, por cierto, ¿cómo vas con eso de las diferencias de edades? Es decir, él ya tiene dieciocho y tú apenas vas a cumplir los dieciséis el mes que viene, este…

—El Sádico piensa en cosas sucias, como todos los hombres a partir de esa edad. Quiere asustarme con ese tema pero no lo logrará, no señor. Sé que quiere espantarme a toda costa porque teme que yo me asuste de lo inmoral que es y lo podrido que está, pero no lo haré. Sé muy bien de lo que es capaz y de lo que no.

Soyo quedó impresionada con la declaración de su amiga, nunca la vio tan decidida como lo estaba con aquel chico de castaños cabellos. No cabía duda de que realmente lo quería, lo que no imaginaba era hasta qué punto.

—Pues —atinó a decir, luego de un rato—, entonces demuéstrale tú también a lo que se enfrentará si se decide.

—Pues eso hago, muchas veces soy yo la que comienza todo, la que se anima, para demostrarle que no soy como las que conoce, no necesito ser rescatada de mi inmundicia, ni cargada en un pedestal. No caeré sin luchar, jamás.

Soyo volvió a quedar sin habla, solo que esta vez, sonreía con ahínco, formulándose en su mente la idea de que la escuela tendría que sobrevivir a una futura explosiva pareja de películas.


Notas:

No hay mucho qué decir aquí, Kagura al fin comienza a largarle información a Soyo sobre las cosas que ella no captaba desde un principio. Esta es la explicación a todo eso.

Por cierto, veo que muchas se han percatado de algo en el anterior cap. ¡Bien!

Nos vemos en el siguiente. Besos a todos =]

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Reviews: Cap. 14:

I love okikagu: Oh, sí, escribir desde el celular es como Misión imposible, toda una proeza xD. Qué bueno que te haya gustado el cap., a ver qué opinas de este. Gracias por seguir leyendo, eres un encanto =]

Guest (1): Muchas gracias, qué bueno que te gustó. Gracias por leer y comentar =]

Anonymous D: Al contrario, gracias a ti por leer las ocurrencias de una admiradora de esta deseada pareja xD. Por favor, que en el final del manga se queden juntos, es lo único que pido xD

Jugem Jugem: Es verdad, sin duda Soyo será la madrina de bodas, la madrina de los futuros pequeños traviesos, todo xD Gracias por leer, eres un amor =]

Mi-chan: Oh, oh, los audios han contado varias cosas, y sí, el castigo fue lo que imaginas. Chan, chan. Je, lo de la cámara y el disfraz… tienes razón xD. Gracias por leer =]

Mitsuki: Pues, el pervertido, en realidad, es Sougo, mira que hacerle eso a la pequeña Kagura xD. Oh, sí, las cosas se ponen cada vez más interesante, espera y verás xD. Gracias por seguir leyendo =]

Lu89: Oh, gracias a ti por seguir leyendo este pequeño fic que se me ha alargado tanto xD. No sería lo mismo sin el apoyo de ustedes, eso anima mucho. Gracias en verdad =]

Guest (2): Oh, muchas gracias por tus hermosas palabras. Me alegra que te guste, esa es mi mayor satisfacción, el saber que lo que escribo agrada a alguien. En verdad gracias por leer =]

Guest (3): Así es, Soyo es demasiado inocente. Está demasiado acostumbrada a las novelas y cuentos románticos, lo ve todo tan ingenuamente xD. Esa es la gracia de este fic. Sougo hace lo que hace por varios motivos, en este se explica un poco. Gracias por leer =]