N/A: Este cap. está sin betear, sepan disculpar las futuras/posibles fallas que encontrarán. Gracias infinitas a Marisa, mi hermana, y a Nadine por brindarme su ayuda.
Editado - 21/04/2016: Gracias infinitas a Nadine por betearme el cap.
Capítulo 16
El fin de semana le pareció eterno. Pasó horas y horas frente al televisor sin conseguir quitarse la impactante conversación que había tenido con su querida amiga en su casa, la tarde del sábado. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para concentrarse en estudiar, pues los exámenes estaban a la vuelta de la esquina, pero al momento de tomar sus merecidos descansos, las palabras que intentaban pasar por indiferentes de Kagura volvían a su mente. La emoción de una verdad entrañable la invadía a ratos, como una descarga eléctrica, y la colmaba tanto de exaltación, que a menudo solía liarse a abrazos con lo que fuera que se cruzara en su camino, mientras se mecía con entusiasmo. Roberta la observaba con extrañeza cada vez que la encontraba así, e inmediatamente corría a preparar una voluminosa taza con té relajante, el más potente que hubiera en la casa. Incluso había ordenado unas cuantas cajas del tranquilizante natural al reparto de mercancía a domicilio para aplacar sus ansias, pero lo cierto era que nada lograría detener la sensación de dulzura (con tintes ácidos) que le había proporcionado aquella magnífica confesión, pues aunque el chico era famoso por ser extraordinariamente cruel en sus encuentros de kendo, perverso con todo aquel que osara desafiarlo, y terriblemente bravucón —en extremo— con cierto rector adicto a la mayonesa, nada le quitaba de la cabeza que, en el fondo, era como el apuesto galán, considerado y noble, de sus novelas.
Sonrió una última vez antes de acostarse en la cama, poco después de las diez y media (órdenes estrictas de Roberta), y cerrar los ojos para adentrarse en el suave sendero hacia el sueño.
(…)
A la mañana siguiente, pasados veinte minutos de las seis, la suave melodía del piano (de la canción Can't stop, de CNBlue), que utilizaba solo para llamadas, fue la que la hizo despertar. Como la conocía de memoria, sabía que pronto escucharía la dulce voz del cantante, seguido de los primeros acordes de la batería, y cuando efectivamente lo oyó, abrió los ojos y cogió de un salto el celular que se encontraba en su mesita de noche, a su derecha.
—¿Hola? —fue lo primero que dijo. Ni siquiera se fijó en quién había marcado, solo atendió lo más pronto que pudo, antes de que dejara de sonar—. Ah, Kagura, buenos días.
Se frotó los ojos, aletargada, tratando de no pensar en la cómoda almohada que había abandonado pocos segundos atrás. Escuchó con toda la atención de la que era capaz en esas frías mañanas de otoño, bostezando todavía. Luego puso los ojos en blanco al saber el motivo de la llamada.
(…)
Soyo era de las personas que solo creía en lo que podía ver y palpar por su propia mano. Por esa razón nunca creyó que en verdad existiera alguien capaz de cumplir, literal y religiosamente, con la expresión "dejar todo para último minuto". Pero al ingresar a la escuela superior de Kabuki, comprobó que esa frase sí podía aplicarse a la vida real y cotidiana de una persona: Kagura.
—Es común que uno se olvide de estas cosas y las haga en última instancia, la noche anterior, cuando mucho, pero tú ya colmas el vaso, Kagura —la regañaba en el aula, mientras la chica se daba a la tarea de escribir, endemoniadamente, a la máxima velocidad que le permitían sus dedos en esos momentos de frescura ambiental, pues apenas comenzaban a encender las calderas y tomaba un rato calentar el recinto—. ¿Sabes? Deberías estar más atenta a tus tareas, podemos hacerla juntas, si quieres — sugirió, imaginando con disimulo en las múltiples oportunidades que tendría para poder sacarle información a su querida amiga—. Todas las tardes puedes pasar por casa y…
—¿Tienes el ejercicio dos? —interrumpió la muchacha, alargándole el brazo, hoja en mano, sin dejar de escribir como desquiciada.
—Sí, aquí la tienes. Como iba diciendo…
—¿Qué dice aquí? —Volvió a interrumpir su amiga, entrecerrando los ojos como si así pudiera entender mejor la lectura.
—"Malversar", contestó Soyo al momento. Sabía que aquella pregunta se debía no a la incomprensión de sus pulcras letras bien contorneadas, sino por desconocer el significado de la palabra en sí, pues la chica solía retener un renglón entero en su mente, lo que facilitaba la tarea de tener que desviar la vista cada cierto tiempo. Solo las palabras difíciles ralentizaban su trabajo. A menudo eso la llevaba a pensar: si era tan inteligente para copiar de forma eficiente, ¿por qué no utilizar esa misma energía para estudiar? La respuesta, en simples palabras, era: flojera. Le resultaba más fácil copiar en dos minutos que perder tiempo y esfuerzo semanas enteras. Soyo resoplaba indignada cada vez que se encontraba con esa actitud, pero no podía resistirse a ayudarla. Al menos ese día tuvo la decencia de acordarse temprano y llamarla para que ambas asistieran unos minutos antes de las clases. El problema fue que, por esa vez, la profesora sí había llegado a horario a dictar su lección.
(…)
—¿Y tú de dónde saliste? —preguntó Sougo al verla, extrañado.
Soyo encontró en su mirada un atisbo de sorpresa.
—Buenos días, Okita —saludó, educadamente, incluso inclinándose un poco—. Kagura dice que no podrá asistir ahora, está… digamos, ocupada. Tuvo un percance con Tsukuyo y, pues, tendrá que…
—Y tú estás aquí porque… —interrumpió el muchacho, dirigiéndole una mirada soberbia y dejando la oración al aire para que ella pudiera completarla.
—Kagura me envió.
—Podrías haberme avisado por mensaje. O mejor, ella podría haberlo hecho.
Soyo frunció los labios, sintió los latidos de su corazón acelerarse. Él en cambio levantó una ceja, como si le divirtiera la situación.
—No pudo avisarte porque Tsukky la tiene… temporalmente retenida. Dice que en cuanto termine algo que tiene pendiente, la dejará salir.
—Ajá —contestó desganado—. ¿Algo más?
Era el momento perfecto, no había mejor oportunidad que esa. Intuía que el chico podía ver a través de sus intenciones. Inspiró hondo, juntó valor y dijo:
—Pues… a decir verdad sí quería conversar contigo. —Sonrió con nerviosismo, pues no estaba segura de cómo abordar el tema—. Es sobre… la grabación.
—Ella no sospechará nada extraño, es demasiado tonta para desconfiar, y menos si se trata de ti —se apresuró a indicar el joven. Soyo sintió una punzada en la boca del estómago. En el fondo tenía la difusa sensación de que estaba traicionando a su amiga. Sin duda, las palabras del muchacho, afiladas como dagas, hacían honor a la fama que tenía de bravucón.
—No debí habértelo dado —se arrepintió en voz alta, mordiéndose los labios, con la culpa escrita en toda la cara.
—¿Eso es lo que te preocupa? —Sougo se encogió de hombros, sin mirarla—. Tarde o temprano habría conseguido que me lo dijera, tu colaboración solo aceleró el proceso. Lo olvidará al poco tiempo, o encontrará alguna forma de vengarse. No es la gran cosa.
Ella lo miró con asombro, estancada en un mar de confusión. ¿Era impresión suya o el chico la estaba consolando?
Sougo parpadeó inexpresivo, sin emoción aparente.
De pronto una pequeña curva se formó en la boca de Soyo. Decidió que, a su modo, trataba de animarla, y eso le pareció tan tierno.
Se fue conmovida por el gesto, tras informarle que Kagura lo vería en el almuerzo. Camino de nuevo al salón, pensó en su amiga y en la razón por cual se sentía atraído hacia él, no le cabía la menor duda de que ese tipo de comportamientos habían hecho que ella cayera bajo el hechizo de sus encantos.
(…)
Para la hora del almuerzo, después de comer en compañía de su gran amiga, Soyo se apresuró a meterse en su basureado escondite. Por fortuna, no había nadie cuando llegó. El muchacho arribó minutos más tarde, lo que le dio tiempo para acomodarse dentro del traje.
Después de un largo rato de espera, cuando la chica apareció, la función dio comienzo.
—¿Y bien? —preguntó Sougo, clavándole una mirada penetrante y socarrona en cuanto vio a la quinceañera de rojizos cabellos detenerse frente a él. Ella, por su parte, le sostuvo la mirada con coraje, apretando los puños y frunciendo los labios.
—Ni de broma —bufó la muchacha. Soyo veía en su semblante un leve rubor asomándose a sus mejillas—. No sé qué estás tramando pero a mí esto me huele mal, sí.
—Pues báñate —dio él por toda respuesta, sonriendo de medio lado.
—Sabes a lo que refiero, desecho social. Tenemos un trato, así que no te pases de listo.
—Yo soy listo, tú eres la tonta.
—Tontas te van a quedar las neuronas de la paliza que voy a darte. No voy a hacerlo, así que vete pensando otra cosa —continuó Kagura, indignada hasta la médula. Se cruzó de brazos y escupió al suelo para reafirmar su negativa ante la nueva "orden" del muchacho.
Soyo desconocía de qué se trataba el asunto, dedujo que habían estado hablando del tema por mensajes de texto. Kagura poco había podido esconder su constante atención hacia el celular de alta gama que ella le había regalado para su anterior cumpleaños. De hecho, era un milagro que aún el aparato siguiera con vida, pues los miserables modelos que Gin solía comprarle apenas duraban unos cuantos meses de uso, ya que la mayoría terminaba destrozado en alguna parte de colegio, gracias a un muchacho de castaños cabellos.
Soyo suspiró. Por lo que veía, no se trataba de algo que agradase a su amiga. Y por lo que escuchaba, la cosa tenía especial relación con algo que la chica tendría que hacer, lo que acrecentaba su curiosidad. Se removió en su basurezca guarida, visualizando al muchacho, y escuchó:
—Qué dramática, ahora sí pareces mujer. ¿Estuviste practicando en estos días?
Vio a Kagura abrir levemente la boca, apretar los dientes y luego clavar en él una mirada avinagrada, cargada de rabia, como si deseara que le explotase la cabeza.
—¿Qué m***** fue lo que dijiste?
—Oh, ¿acaso he hecho enojar a la bestia? —contestó él con una sonrisa ladina, orgulloso con el resultado.
—Pues entonces no sé qué clase de gustos tienes, has de ser un chico de closet, o algo así.
—¿Algo así?¿Como qué? —preguntó Sougo, curioso.
Soyo entendió que Kagura se refería a la expresión "salir del closet", pero no veía la relación entre un tema y el otro.
—Pues si no soy una chica, ¿entonces qué soy, chico listo?
—Un animal raro y molesto —contestó con una mueca de indiferencia.
—Ah, ¿zoofilia entonces?
Sougo arqueó una ceja, sin entender.
—¿Qué?
—¿Cómo explicas —sonrió la pelirroja— que te toques pensando en mí?
La pobre Soyo abrió tan grande la boca y los ojos que casi se le salieron de lugar. No estaba segura si su amiga practicaba para ser más femenina o no, pero algo era seguro, sí había estado preparándose para replicarle la jugada al chico. Y lo había logrado. Sougo frunció el ceño, escocido, y volteó hacia otro lado por un momento.
—China, si no cumples la orden, lo tomaré como un acto de rebelión, y te supondrá un castigo, ¿sabes?
El cuerpo de la quinceañera pelirroja se crispó en el acto, Soyo supuso que al recordar el que recibió. La notaba tensa y alerta, como si estuviera a punto de ser atacada. Luego la vio patalear y refunfuñar unas cuantas veces antes de dirigirse de nuevo hacia él, resuelta a cumplir con la orden.
—Bueno, pero tendrás que estarte quieto. Sin tocar.
El muchacho levantó una ceja con sorpresa.
—¿Tú me estás imponiendo cosas a mí? No estás en la mejor posición de hacerlo.
—Me importa una m***** lo que pienses, esto es una clara falta a tus estúpidas reglas, así que será a mi manera o nada.
Sougo la escrutó con atención, esperando que derrapara en algún momento y desistiera de la absurda idea. Pero no fue así. Sus ojos recorrieron cada centímetro de expresión glacial en el rostro de la chica, quien se mantenía imperturbable y terminante. Soyo sabía que cuando ella se paraba de esa manera, firme, con las piernas plantadas como una roca, nada ni nadie podría convencerla de hacer lo contrario. Era terca como una mula y obstinada como ninguno; completamente inamovible de su decisión, y estaba segura de que el chico lo había comprendido también.
—Solo por esta vez —advirtió, poniendo las manos en los bolsillos y retrocediendo hasta apoyarse contra el muro—, no te acostumbres a mi amabilidad.
—¿Y quién lo necesita?
El muchacho se quedó mirándola.
—No necesito de tu "compasión", sanguijuela barata —explicó ella—. Soy perfectamente capaz de someterte cuando yo quiera. —Kagura dio los pasos necesarios para quedar frente a él, a escasa distancia, mirándolo desde abajo con expresión seria y desafiante. Le puso una mano en un hombro y empujó hacia abajo. El muchacho dobló las rodillas, deslizándose sobre la pared, hasta quedar a su altura—. Mira si voy a estar pidiendo tu colaboración, idiota —añadió a lo último, en voz baja, más para sí misma que para el chico.
Soyo se quedó admirando cómo Okita no le quitaba ojo de encima, completamente concentrado en ella, en su rostro, en sus ojos. Parecía fascinado con aquel metro cincuenta y cinco de dudosa feminidad. No dijo nada; solo permaneció inmóvil frente a ella, escudriñándola con curiosidad. Luego levantó un poco el mentón e inclinó sutilmente la cabeza hacia el lado contrario a su esclava temporal. Solo cuando Kagura le rozó la piel con su nariz, Soyo comprendió de qué iba el tema, y también por qué su amiga se negaba tanto a ejecutar la orden del día. Con dubitación, la vio posar sus labios contra el cuello desnudo del muchacho. Este incluso había llegado a desabotonarse los primeros ojales para descubrir en mayor medida las clavículas y el pecho. Inconscientemente, la joven espía reparó en esta pequeña exhibición de carne juvenil, y no pudo evitar fijarse en la escasez de vello en la zona, sintiéndose las mejillas algo acaloradas. Se sacudió la idea de la cabeza y volvió a concentrarse en la escena. Como era de esperarse de una muchacha que poco tenía de femenina, delicada y grácil, los besos no fueron más que simples roces y caricias mal llevadas. Sougo sonreía apenas, visiblemente divertido con la inexperiencia de la muchacha y sus torpes contactos.
Hasta que ocurrió lo inesperado, al menos para él, pues Soyo se lo veía venir en cualquier momento: Kagura se aferró al cuello del muchacho y, en un instante repentino, le hincó los dientes. Por la forma en la que el rostro de Sougo se contrajo en una mueca de sorpresa supuso que no había sido más que un pequeño pellizco. Este frunció el ceño, molesto, y luego la apartó con un "sutil" empujón, mientras se palpaba el pescuezo.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo?
—Oh, ¿no era esto lo que querías? —respondió altiva—. ¿No es de estas cosas que hacen los sádicos? —preguntó fingiendo ignorancia, mas era evidente que había sido adrede, con toda la intención malsana de verlo molesto.
Fue inevitable para la joven el pensar en las recientes palabras del muchacho, cuando le había dicho que su amiga se vengaría de alguna forma. Y ahí lo tenía, tal como lo había predicho él. Le pareció entre extraño y gracioso cómo ambos se conocían tan bien con tan poco. Nunca podría entender del todo cómo funcionaba la dinámica de esos dos, pero no hacía falta. Para ella los signos de compatibilidad —junto con las miles de pruebas caseras y test en sitios web— eran evidencia suficiente para demostrar la perfecta conexión entre ellos. Solo faltaba la determinación del chico, la decisión final, nada más.
Reflexionaba sobre este hecho cuando observó al muchacho moverse lentamente hacia la chica.
—¿Y desde cuándo te interesan estos asuntos, China? ¿Es que quieres practicarlas? Porque a mí no me importaría. —Levantó una ceja insinuante que a ambas dio escalofrío por igual: a Kagura, quien fruncía los labios, sonrojándose, a Soyo, quien se encogió en su cobijo basuril.
—Ya quisieras tú —replicó ella, con mala cara.
—Oh, vamos, te gustará.
—Ni hablar, Sádico inmundo, a mí no.
La mirada que se dieron fue larga y penetrante, ninguno cedió. Hasta que el joven volvió a hablar.
—Mereces un castigo por esto, ¿sabías? —advirtió mientras se sobaba la zona afectada del cuello.
Kagura rodó los ojos, inmune a su amenaza. Se cruzó de brazos nuevamente, adoptando la postura que, bien sabía Soyo, siempre usaba para escaquearse de la situación.
—Óyeme, no, hice lo que tú me dijiste, no me eches a mí la culpa de tus estúpidos caprichos.
—Pues aprende a leer entonces, porque no especifiqué mordidas en ningún momento.
—Tampoco dijiste que no pudiera haberlas. Error tuyo. Habla claro y nos entenderemos.
Sougo arqueó las cejas con picardía y la sombra solapada de una expresión turbia le recorrió la cara.
—Ah, ¿sí? ¿Quieres que hable "claro", China?
—Sí, ¿por qué no? —respondió ella, encogiéndose de hombros.
Aún dentro de su pequeño bote de lata, con dos pequeñas aberturas que daban hacia una visión muy limitada (tanto que debía girarse cada vez que los protagonistas de la escena se desplazaban hacia otro sitio, incluso si se trataba de unos cuantos pasos), la joven amante de las telenovelas podía ver las intenciones retorcidas del llamado Sádico de la escuela Kabuki. Supo al instante que Kagura había sentido lo mismo cuando la vio crisparse, inmóvil en su sitio, y ponerse en alerta. Imaginó que escucharía salir de él un rosario de barbaridades y malas palabras sobre su amiga, su comportamiento, su forma de vestir, de hablar, y cosas como esas, pero no fue así. El muchacho la arrinconó contra la pared, ayudado solo con el poder de su intensa mirada, y se colocó frente ella, posando los brazos en el muro, como si quisiera evitar que escapara. Luego lo vio acercarse a Kagura y susurrarle, muy confidente, cosas al oído derecho. Notó que ella se tensaba en el acto y que sus mejillas se teñían de carmín.
Soyo desistió, en un principio, de su primer y desesperado impulso de acercarse hasta donde se encontraban ellos. Se decía a sí misma que luego lo escucharía en la comodidad de su casa, al revisar la grabación, que luego se enteraría, que no debía moverse. Incluso se había hecho una lista mental de las consecuencias de por qué un bote de basura no debía desplazarse por sí sola en el patio escolar. Sin embargo, al ver a Kagura retorcerse en su lugar, y aumentar a cada instante el matiz del rubor, tanto que incluso sus orejas habían comenzado a arder con intensidad, no pudo resistir más los deseos de arrimarse. Y así lo hizo. Se afianzó a su traje-basura y, muy lentamente, comenzó a caminar hacia el frente, en dirección a ellos. Confiaba en que Kagura aún mantuviera la vista en el suelo, como había hecho casi de inmediato, pero no fue así. Ya en el cuarto paso la muchacha había levantado la cabeza hacia el objeto que minutos atrás se encontraba a una distancia mayor de la que estaba en ese momento. Resopló en silencio al darse cuenta de que nada podía hacer, solo esperar, tomar nota mental de sus reacciones y rogar para que los murmullos fueran lo suficientemente audibles como para que su cámara —entre las ramas—, pudiera captarlas. No veía la hora de llegar a casa y conectarlo a su televisor. Entre tanto, continuaba observando a su amiga doblarse de la incomodidad, examinando cómo su rostro cambiaba de expresión: desde indiferencia, malestar, curiosidad, fastidio, hasta pudor. De vez en cuando la escuchaba replicar, con la voz resquebrajada, algunas objeciones que, según notaba, eran respondidas en la seguridad del susurro, al igual que todo lo demás dicho por Sougo. En algunas ocasiones identificaba un ligero tartamudeo que se colaba entre sus respuestas, logrando que Soyo sintiera aún más interés por saber lo que estaban hablando. Ideaba miles de teorías y posibilidades, como amenazas, insultos, groserías, incluso perversidades, pero ninguna le parecía concordar con la situación.
Pensaba en ello cuando de repente la vio gruñir, irritada, dando unos topes al suelo, a modo de berrinche. Luego él se separó un poco, la tomó del mentón y, en un tono audible y insinuante, le dijo:
—Estaré ansioso de verte mañana.
Kagura frunció el ceño con molestia. Volteó el rostro bruscamente, liberándose de su agarre.
Aún cuando la veía refunfuñar, reprimiendo unas ganas terribles de golpearlo, aceptó obligadamente la nueva rutina que iniciarían, mientras Soyo se deshacía de la intriga.
(…)
Cuando los dos se marcharon (primero Kagura, a paso rápido, luego Sougo, tranquilamente, con las manos en los bolsillos), Soyo salió rápidamente de su escondite en busca de su enfadada amiga al único lugar en el que podía ahogar sus frustraciones: el bufet de la escuela.
—¡Kagura! ¿Cómo estás? Qué bueno verte—dijo en tono animado y casual, como si se la hubiera cruzado de paso—. Me alegra encontrarte por aquí, yo también venía a comprarme unos panecillos, y esas cosas. ¿Cómo te ha ido? —El cambio de tema fue tan brusco y su expresión tan exorbitante, con los ojos bien abiertos, las cejas bien levantadas, que la mujer del bufet levantó la vista del pedido que estaba tomando y fijó su atención en la muchacha. Kagura, por su parte, ni se inmutó, siguió concentrada en las estanterías del local, en busca de más delicias.
—Nada en especial —contestó al aire, sacudiendo la mano, sin mirar a su entusiasmada amiga.
—Claro, y por nada te vienes al bufet, ¿no?
Touché.
Kagura exhaló un suspiro de cansancio, como si se preparara mentalmente para responder.
—Bien, cuando salgamos te diré.
Soyo relajó su postura de interrogación y sonrió satisfecha de haber conseguido su cometido. La mujer del bufet miró de reojo a las chicas y luego entregó el cuantioso pedido a la estudiante de rojos cabellos.
(…)
—¿Y bien?
—¿Mmh? —balbució Kagura, atiborrada de comida.
—Cuenta de una vez, por tu forma de comer sé que ha pasado algo. Anda, habla ya.
—¿Qué quieref que te diga? Me ha moleftado con fuf eftúpidaf reglaf —gruñó, escupiendo pedacitos de golosinas sobre la mesa, a la que estaban sentadas.
—Eso ya lo sabía, yo lo que quiero saber es con qué ha salido ahora.
—Ah, pues quiso hacerse el "romántico".
(…)
A pesar de los innumerables ruegos y los incesantes zamarreos que le confirió a la muchacha, no pudo ser capaz de obtener una respuesta concreta, siempre eran vagas e imprecisas, lo que la llenaba de frustración.
Volvió resoplando a recoger su cámara y a guardar su bote-disfraz, luego regresó al aula justo a tiempo para comenzar la siguiente lección, aunque se pasó el resto de la jornada imaginando una posible explicación a los murmullos secretos. Estaba tan ensimismada pensando en ello que cuando llegó el momento del final de su clase de cocina, dio brinco de alegría, sus compañeras la miraban desconcertadas.
Como todos los días, el auto la esperaba en la puerta del colegio, ella subió a toda velocidad. Al llegar, saludó apresurada a Roberta y luego salió disparando para el primer piso, bajo la excusa de que le urgía ir al baño. (Se sintió mal por aquella pequeña mentira, pero las circunstancias lo ameritaban.) Subió a su cuarto, conectó el aparato y se colocó los auriculares. Sin embargo, allí no había nada que ver, la cámara no había registrado ninguna grabación el día de la fecha. Se quitó los auriculares, desanimada, recordando si había pulsado correctamente el botón de "grabar".
(…)
La rutina de Soyo Tokugawa solía resumirse, por esos días de otoño, en espiar, ver televisión, preparar nuevos métodos para fisgonear, estudiar para los exámenes, hacer tareas extras —impuestas por su profesor particular— y, nuevamente, espiar. Inmiscuirse en los asuntos amorosos de su mejor amiga se había vuelto su mayor pasatiempo, ocupaba casi el setenta por ciento de su tempo libre. A pesar de todo, increíblemente se daba el tiempo para cumplir con todas sus obligaciones, excepto una vez en que olvidó leer un cuento para la clase de inglés, debido a que había confundido el día de la fecha límite, pero lo demás, seguía su ritmo habitual.
Todos los días comenzaban, más o menos, igual: Se levantaba dos horas antes para desayunar, vestirse y preparar sus cosas para la escuela (equipo de gimnasia —cuando tocaba el día—, libros, carpetas, almuerzo, la cámara, etc.). Arribaba al colegio cuarenta minutos antes con el objeto de colocar el disfraz de turno en su escondite, para deshacerse del voluminoso elemento lo antes posible, luego se dirigía al pasillo del primer piso y, a través de una ventana, se quedaba a observar el intercambio de insultos y "saludos" entre Sougo y su futura esposa —en palabras de Soyo— camino a la entrada del portón principal. (Era todo un espectáculo digno de verse y que sucedía todas las mañanas, a veces incluso se repetía en la salida, cuando coincidían horarios, o en los descansos. A Soyo solo le faltaban las palomitas de maíz para disfrutar más ameno la escena.) Para la hora del receso, se escabullía sin que nadie la notara a posicionar el disfraz y colocar su preciada Blackmagic design entre las ramas del raquítico árbol detrás del edificio de natación, con su correspondiente camuflaje. Siempre que al dúo no se les diera por cambiar de lugar de encuentro, tendría capturado los exactos momentos en los que se encontraban y reñían cada tanto, así podría deleitarse con una excelente comedia romántica directo de fábrica. Luego vendría el almuerzo, donde residía en sí el hecho mismo de espiar, el arte de husmear en la vida de otras personas, en este caso, su mejor amiga. Posteriormente volvía a ocultar su artilugio, guardaba la cámara y volvía a clases. Al finalizar la jornada escolar regresaba a casa, merendaba, hacía sus deberes, estudiaba y, antes de la cena, se permitía embelesarse con la repetición del capítulo del día. Después de comer veía un poco de televisión, anotaba algunos detalles vistos en la grabación y se iba a dormir. Así eran los hechos que componían la cotidianeidad de la menor de los Tokugawa. Estaba tan acostumbrada a esta pequeña serie de costumbres, a esta secuencia de hábitos diarios, tanto como levantarse y desayunar un jugo de frutas con tostadas (no había un solo día en el que no desayunara su jugo con tostadas), que algunas de las prácticas más frecuentes le jugaban una mala pasada, como la vez que se quedó dormida, y por ello olvidó el disfraz y la cámara, o cuando desenfocó el lente. Y fue así cómo se quedó con una galleta a medio comer, sosteniéndola a centímetros de su boca, con la pregunta sin respuesta que le rondó por la cabeza durante toda la noche: "¿Acaso olvidé pulsar el botón de 'grabar'?". Era casi automático deslizarse antes que los chicos, apretar el bendito botón y luego esconderse a esperar las apariciones; lo hacía todo el tiempo. Sin embargo, no era capaz de recordar el momento exacto de aquel minúsculo movimiento, todas las memorias referentes a ello provenían de días anteriores, lo cual no servían de mucho.
Resolvió dejar de pensar en ello cuando Roberta le preguntó por quinta vez si quería comer gelatina de postre, entonces concluyó que no debía darle más vueltas al asunto, mas aún sentía una inmensa frustración por su imperdonable descuido.
(…)
El martes a la mañana se levantó decidida a no perderse de nada más, a ser más cuidadosa, tener más recaudo, ya había tenido suficientes negligencias por ese mes y no quería tener más. Se dio una palmada en las mejillas, frente al espejo de su baño, y salió a comenzar enérgicamente el día, por lo que se tomó una voluminosa taza de café con una dosis un tanto más fuerte de lo que cualquiera hubiese deseado en ese frío amanecer. Roberta tomó nota mental de ello y comenzó a esconder el frasco de la dichosa cafeína.
—¡Kagura! ¡Buen día! ¿Cómo estás? ¿Estás bien? ¿Hiciste la tarea? Si no la has hecho puedo ayudarte, pero debes prometerme que a la próxima sí lo harás tú sola, bueno, no necesariamente tiene que ser sola, podemos hacerlo juntas, es mejor así, ¿no crees? Por cierto, ¿qué hay de nuevo con cierto asunto? ¿Ya te ha dicho algo, qué va a ser esta vez?
—¿Te sucede algo, Soyo? —dijo Kagura, entrecerrando los ojos hacia su compañera—. Te noto… distinta. ¿Te cortaste el cabello?
Todos a su alrededor se dieron una palmada en la frente, resignados. Era un hecho que Kagura no era la alumna más espabilada de la clase, ni la más observadora, ni la más atenta, pero el estado de Soyo resultaba más que evidente para cualquiera que la viera, no era la primera vez que se presentaba con más "ánimos" de lo debido gracias un espumoso líquido marrón. Prácticamente tenía escrito en la frente "Estoy pasada de cafeína" y solo ella lo desconocía.
—A decir verdad me he cortado las puntas el fin de semana, ¿cómo me queda?
Algunos compañeros que se encontraban en las cercanías y que escuchaban por el simple hecho de no tener nada mejor que hacer, salvo despegarse la plácida sensación de estar metido en una cama calentita, la miraron de reojo. Nada en ella parecía fuera de lo común, el cambio era imperceptible.
—Oh, sí, te queda de maravilla, te afina el rostro —contestó la muchacha, risueña.
Los que estaban pendientes de la conversación dejaron caer sus cabezas sobre el pupitre, optando por centrar su atención en otro cosa.
(…)
Para la hora del almuerzo el efecto de la cafeína se le había pasado casi por completo, tan solo daba unos brinquitos alegres de vez en cuando pero el profesor confiaba en que pronto se le iría. Mientras tanto, ella seguía ensimismada en lo suyo, en su principal interés, esta vez atendiendo a todos los pormenores que componían su habitual práctica de espionaje.
Cuando el muchacho hizo acto de presencia, se encaramó en su sitio y se quedó esperando, al igual que él, a la coprotagonista del show. Estaba en eso cuando de repente notó hacia dónde apuntaba la mirada del chico, mientras jugaba con un colorido paquete alargado de cartón que le era poderosamente conocido. Pensó en la caja y en su traje, y una súbita idea le pasó por la cabeza. Si bien, había preparado el disfraz de manera que tuviera una tapa desprendible, igual que todos los demás botes de basura, que hasta contenía un fondo falso con un collage de pequeños envoltorios pegados, a escasos centímetros del borde, jamás creyó que de verdad alguien se arrimaría a tratar de hacer uso de lo que pretendía ser el disfraz. Se estremeció al imaginar la posibilidad de un acercamiento repentino, nunca lo había hecho, pero Sougo la miraba con especial atención.
Por fortuna Kagura apareció doblando la esquina de la manera que solía hacerlo siempre, despreocupada y atropelladamente. Sintió un inmenso alivio cuando el muchacho desvió la vista al instante de su llegada, y sonrió con malicia.
—Bueno, ¿qué tienes para mí hoy? —exigió la joven, desde una distancia segura.
—Hoy no te vi en la entrada, ¿acaso de milagro te caíste de la cama y viniste temprano? ¿O es que has vuelto a olvidar tus deberes?
A Soyo le dio un vuelco el corazón. Se regañó mentalmente por su falta de discreción y se prometió no revelar más detalles de lo necesario para la próxima ocasión.
—¿Qu-quién te dijo eso, dime quién fue? —preguntó, señalándolo con el dedo índice, bastante acusadora.
—¿No fue por eso que te dejaron sin receso el otro día?
Kagura enrojeció de ira y Sougo ensanchó la sonrisa.
—¿Con quién estuviste hablando? —Lo miró con sospecha, las manos en la cintura.
—Vamos, no hay que ser muy inteligente para suponer la forma de "estudio" que llevas, es obvio, ¿si no para qué llegarías antes de la primera hora? No eres de las que madrugan, ni mucho menos de las que agarran un libro para ir al baño —dijo él, con sorna.
—Óyeme, no, que el papel de los libros no es nada agradable, créeme.
Soyo se dio unos topes en la frente y Sougo levantó una ceja, escéptico pero divertido con la errónea interpretación de la chica.
—China, tonta —balbució en tono bajo, y luego caminó a su alrededor—. La cuestión es que no te vi en la entrada. —Se quedó en silencio, aún rondando en torno a ella, como abeja al polen. Soyo sabía que le estaba cediendo el espacio a Kagura para que lo justificara con alguna explicación enredosa y sin sentido, como siempre solía hacer, no obstante, nada salió de la boca de la chica, por lo que añadió—: ¿Y ben?
—¿Qué cosa? —se defendió esta, como si nada.
—¿Qué excusa tienes? —cuestionó, jugando aún con la cajita alargada, pretendiendo una actitud desinteresada e indiferente.
Kagura se le quedó mirando un rato antes de contestar. Soyo notó en esa pesquisa mental un resquicio de suspicacia y recelo, como si intentara descifrar el misterio oculto que se alojaba en esa simple encuesta repentina. Luego la observó relajar el semblante y cambiar a una actitud más tranquila. Dio por sentado que había llegado a una clase de conclusión, aunque no tenía idea de cuál podría ser.
—¿Te interesa? —la oyó proferir, desdeñosa, metiéndose un dedo en la nariz.
A Soyo casi le da un ataque al verla tan despreocupadamente frente al "amor de su vida"; estaba más que indignada. Aquellos pequeños encuentros diarios, durante las horas de descanso, eran lo más parecido a una cita que podrían tener, de hecho, se suponía que ella debía usar esos días para conquistarlo, y lo arruinaba así. "¡¿En qué estaba pensando?!", se dijo moviendo los labios, sin producir sonido. En cuanto saliera de su escondite iría directo a darle una buena sesión de sermones.
—Sabes que no —soltó Okita, sin quitarle ojo de encima—, pero resulta que hoy un sujeto parecía empeñado en encontrarte… Uno con cara de borrego a medio morir y permanente plateada.
—Ya, no me digas. ¿Y qué quería ese? —interpeló Kagura, sosegada, mientras se quitaba un moco del dedo índice izquierdo.
—No se lo pregunté —dijo monocorde, en un tono demasiado tranquilo para tratarse de él.
No sabía bien cómo, pero algo en esa conversación le parecía extraño, inusual, lo intuía por la forma cautelosa en que se hablaban y las miradas sospechosas que se lanzaban cada tanto.
Se produjo un insondable silencio en el ambiente, ambos se sostuvieron la mirada fijamente, atentos a las expresiones del otro. Soyo los observaba desorientada, algo pasaba allí pero ella no lo pillaba. Luego, como si nada hubiera sucedido, la tensión se rompió en un instante y ambos volvieron a hablarse normalmente.
—Bueno, ¿y qué será esta vez?, no tengo todo el maldito día —vociferó Kagura, concentrada en el paquete que Sougo tenía entre sus manos.
—¿Esto? —levantó la cajita, exhibiéndolo—. Oh, estoy seguro de que te encantará, está pensando solo para ti.
—Ya lo creo —dijo sarcástica. La cara de póker fue instantánea—. ¿Qué se supone que tengo que hacer para conseguir uno?
—Nada —canturreó—, solo terminártelos todos hasta que no quede ni uno solo.
Kagura entrecerró los ojos, dubitativa. Era evidente que algo se traía entre manos, pero, conociéndola, Soyo se esperaba que se metiera una buena cantidad en la boca (sea lo que hubiera en la caja), de una sola vez, únicamente para hacerle frente y demostrarle que no era ninguna debilucha que se amedrentaba ante un reto. Como consecuencia habitual, terminaba en la enfermería con un cuadro de intoxicación aguda. Cuando la médica preguntaba por lo sucedido, ella solo contestaba que se había tragado una fruta de plástico al confundirlo con una real, o alguna tontería parecida. Ese era el trato no verbal entre ellos, ninguno revelaba el verdadero origen de los males que los hacían acudir a la enfermería como último recurso, nunca se delatarían entre sí. Cuando Soyo preguntó por ese asunto a su amiga ella le contestó que no iba a dejar que ninguna persona luchara sus batallas, que era perfectamente capaz de hacerlo sola sin escudarse bajo ala de nadie. Y estaba claro que del otro lado la situación era igual. Ambos eran esclavos de su propio orgullo, aun cuando supusiera una maldición en ciertos casos, lo había visto cientos de veces. Y era precisamente ese apego al orgullo el que la hacía continuar aceptando los absurdos retos que él le proponía, y, como era de esperarse, Kagura caía en la red.
—No hay problema, puedo hacerlo —respondió ella. (Y ahí lo tenía, tal como predijo)—. No sé cuál sea la sucia trampa en todo esto pero te advierto que no lograrás asustarme.
Soyo la vio imponerse de tal forma, con las piernas abiertas, bien plantadas, como si fuera a atrapar un balón de futbol americano, y las manos bien agarradas a la cintura, como si esta fuera a caérsele, que no dudaba en lo que afirmaban sus palabras, mas las consecuencias son las que le preocupaban más. Ya se estaba mentalizando la ruta más rápida para llegar a la enfermería, pues aunque el paquete aparentaba ser de palillos de pocky[1], no había garantía de que su contenido fuera exactamente ese.
—Oh, ¿cómo crees? —soltó Okita con falsa modestia—, nunca haría eso.
—Sí, bueno, deja tu hipocresía para otro tonto, ¿quieres? Dámelo ya.
Hizo ademán con la mano derecha y el muchacho le entregó el paquete, no sin antes darle una última advertencia.
—Recuerda, debes comértelo hasta el final.
Ella hizo un mohín mientras le arrebataba el objeto de las manos. Soyo tragó en seco, expectante. Sin embargo, al momento de abrirlo, se sorprendió al ver salir del envase un pocky simple y en apariencia normal. Kagura se lo quedó mirando un instante, volteándolo un poco, y luego se lo metió a la boca en dos mordiscos. Sougo tuvo el buen tino de alejarse unos pasos, conteniéndose las ganas de reírse, pues en cuestión de segundos la chica comenzó a enrojecer de repente y a respirar muy agitadamente. Soyo podía observar que le estaba costando engullir la golosina, que luchaba con todas sus fuerzas el impulso desesperado por escupirlo, hasta que finalmente la vio levantar su cabeza hacia arriba, y, según creyó, tragar el palillo de un tirón. Al terminar sacudió la cabeza, como queriendo quitarse un insecto de ella, aspirando y exhalando varias veces. Luego volteó hacia todos direcciones, impaciente, buscando algo en los alrededores.
—¿Esto es lo que quieres? —atronó el muchacho. En su mano tenía una botella de dos litros con agua hasta el tope, lista para el consumo personal.
—¿Pimienta? —preguntó la chica, respirando por la boca, formando una "o" con ella.
—Cerca pero no. Es polvo de wasabi, ¿te gusta?
—Tú, malnacido hijo de perra…
—A, a, a —negó con el dedo índice—. Esa era la condición, ¿recuerdas? Hasta el final y te daré la botella.
Kagura apretó dientes y puños, frunció las cejas e hizo una pequeña rabieta como acto último de coraje antes de terminar el trabajo. Mientras, la pequeña fisgona se preguntaba de dónde había salido esa flamante botella reparadora, pues no vino con el muchacho cuando llegó.
—Maldición, pero tendrás que comerte uno también… Sí, tú, y no pongas esa cara —escuchó que decía la muchacha, mas no pudo contemplarlo, pues se había distraído pensando en la botella. Para cuando volvió a centrar su atención en el par, Kagura ya estaba apiñando todos los palillos en su mano izquierda, dispuesta a comérselos todos en una vez.
"Típico de ella", pensó, aunque admitía que era una buena táctica para acortar su sufrimiento en una sola tajada.
La vio esforzarse por acomodar cada mitad de los pocky en su boca, como si estuviera jugando al Tetris, y posteriormente embutirlos todos atiborrándose de la golosina picante. El efecto fue inmediato: los ojos se le aguaron, el rostro volvió a tomar color, esta vez de un intenso carmín, y el sudor le escurría por la frente. En un rincón apartado, lejos de la agonizante Kagura, Sougo se desternillaba de la risa al presenciar tal espectáculo, incluso lagrimeaba de a ratos. Cuando la divisó escupir una maldición entrecortada por una ola de tos, comprendió que la peor parte ya había pasado.
—¡Con un demonio, dame esa maldita cosa! —bramó la joven al aire, carraspeando alocadamente.
El muchacho, siempre cuidadoso, optó por arrojarle la botella en lugar de alcanzárselo en mano, pues sabía que podría sufrir la amputación de algún dedo, o ser víctima de una fractura instantánea si se acercaba, aunque con ello la chica se ganara un boleto directo hacia un castigo. No obstante, Soyo pensó que aquello era un riesgo que Okita prefería no correr; su cometido ya estaba logrado.
—¡Maldito bastardo, te haré pagar por esto, créeme!
Kagura continuó profesando su enojo por un buen rato, al tiempo que tomaba el agua de a sorbos, aliviando su escozor, y se mojaba la cara. Cualquiera que pasara por allí podría decir que se asemejaba a un perro sacudiéndose luego de su baño, salvo por el detalle de que esta "perra" estaba parada en dos patas y no en cuatro. De esta manera el contenido de la botella desapareció en cuestión de segundos y, al final, Sougo tenía frente a él un amasijo de ira chorreando desazón por todos los poros.
—Está hecho, maldita sea —gruñó la chica—. Ahora es tu turno.
La joven espía observó a su aguada amiga ponerse un último palillo en la comisura de los labios (por la parte en la que no tenía chocolate ni la verdosa cobertura picante) e invitar a su acompañante con una seña de dedos a que se acercara.
—Vamos, no me digas que tienes miedo, ¿o sí?
La incitación al desafío era una de las mejores artimañas de la muchacha, siempre conseguía sacarlo de sus casillas cuando quería vengarse, o simplemente cuando tenía ganas de cabrearlo, talento del que su contraparte también había sido ampliamente dotada; se podía decir que ambos competían por saberse el más valiente, eran excelentes para idearse jugarretas perversas unos a otros, sabiendo que el punto débil de cada uno era el orgullo.
—¿En serio, China? —Frunció apenas las cejas, y una sonrisa ladina se le dibujó en los labios.
—Olvídalo, no lo aguantarías. Esto no es para gallinitas como…
Antes de terminar de hablar, Kagura ya tenía frente a ella a un Sougo encorvado hacia el otro extremo de la golosina, dispuesto a confrontarla.
—Pues obsérvame —objetó él, fríamente.
Entonces ella sonrió con el palillo entre los dientes, se deshizo de la parte sin chocolate y luego comenzó una cuenta que ellos habían tildado de "progresiva" pero que en realidad saltaba inmediatamente del cero al tres (costumbre que habían adquirido a lo largo de numerosos intentos de engaños en todos sus enfrentamientos). Por tratarse de algo muy repentino, Soyo debía admitir que las facultades dentales del muchacho eran más que sobresalientes, pues en cuatro mordiscos había logrado consumir casi todo dulce, abarcando más de la mitad que le correspondía por lógica. Aunque también sospechaba que su amiga lo había dejado ganar a propósito. Cuando las bocas se rozaron, Sougo comenzó a toser enérgicamente, escupiendo en abundancia sobre el rostro de su contrincante. Como acto de reflejo, Kagura se cubrió con la mano y empujó al muchacho lejos de sí con una muy eficiente patada izquierda.
—Así que hoy el "asunto" es a rayas rojas, ¿eh? —Aun entre el picor de la sustancia y la sensación de quemazón, la pesadilla del rector Hijikata todavía conservaba su sentido del humor, así como de fisgón.
Soyo advirtió que su amiga estaba a punto de replicarle algo, pero no tuvo tiempo de hacerlo ya que el destinatario de sus futuros insultos había corrido velozmente hacia el grifo que se encontraba a la vuelta del edificio. Le tocaba esperar, aún faltaba algo. Resopló haciendo que su flequillo bailara con la brisa de sus gruñidos, había sido una venganza un tanto amarga para lo que estaba acostumbrada.
Cuando el muchacho regresó, aliviado y más tranquilo, fue directo a la oreja de la chica y volvió a susurrarle cosas al oído. Tal como el día anterior, ella se ruborizó al poco tiempo y se mostró incómoda con aquello que estaba escuchando en absoluta confidencia. Soyo lo había pronosticado de ante mano, razón por la cual tomó el riesgo de colocar su basureño traje un poco más cerca de la pared, donde siempre se acobijaba el par. Aunque no pudo oír ninguna fracción de los murmullos secretos, sí alcanzó a percibir unas cuantas respuestas dichas por su querida compañera entre carraspeos pronunciados con un hilo de voz, al igual que la última vez. Primero captó una interrogativa y una especie de burla —que no supo identificar muy bien—, luego un "¿No vueles tan alto, ¿quieres?", y por último un "No estés tan seguro."
Se frotó la barbilla intentando en vano descifrar el curso de la conversación imperceptible que mantenían. Le era imposible adivinar de qué se trataba, por lo que tendría que recurrir a sus métodos más dulces de sobornos y programar varias sesiones de sacudones; no tenía otra alternativa.
Un movimiento repentino la hizo ponerse en alerta, y cuando enfocó la vista hacia los muchachos, ella lo estaba mirando con aversión, represiva.
—Ya veremos —escuchó que la chica le decía.
—Eso mismo: ya veremos —contestó él.
Observó a Kagura marcharse dando un empujón con el hombro, sin mirar atrás. Parecía ofendida, o molesta por alguna cosa, no lo tenía muy en claro. Sougo, por su parte, se quedó unos momentos sonriendo con sorna, satisfecho con el panorama.
Soyo cada vez entendía menos.
(…)
Una vez se hubo asegurado de que el muchacho se marchó, a tan solo unos minutos del inicio de las próximas clases, Soyo se aventuró a salir de su escondite. Miró el reloj, no le quedaba mucho tiempo. Levantó su pesado traje de hojalata y lo trasladó hasta el lugar de siempre, cerca del muro que rodeaba el predio del colegio, junto a unos arbustos plantados en fila. Allí, en un sitio especialmente preparado, había un arbusto que nunca crecería ni le haría falta podar, el plástico se resistía a los fenómenos naturales y era perfecto para esconder el objeto.
Al volver presurosa sobre sus pasos, se encontró con un escenario digno de una película de horror. Ahogó un grito de asombro en cuanto lo vio y se llevó las manos a la cabeza. En el suelo yacía su preciosa Blackmagic de última generación, abollada por el fuerte impacto. Se agachó para examinarlo mejor, el aparato había caído de bruces, haciendo que el lente se agrietara en toda su circunferencia. No había nada que hacer.
Aclaraciones:
[1] Pocky: Golosina japonesa que consiste en un palito de pan cubierto con chocolate.
Notas:
Ustedes se preguntarán: "¿y para esto has tardado un mes en actualizar?". Y yo les responderé: "lamentablemente sí u.u". Tuve muchos problemas, en especial con este cap., lo he reescrito cuatro veces. Además de circunstancias personales y varios acontecimientos que me han sucedido en estos últimos tiempos, que me han imposibilitado la tarea de sentarme a escribir como se debe. No aseguro que seguiré publicando una vez por semana, porque no creo poder hacerlo. Así que sepan disculpar mis incompetentes demoras. Prometo que para mi próximo fic lo terminaré todo antes de publicar, para que nadie tenga que esperar los contratiempos que le puedan surgir a esta inepta autora.
Con respecto al cap., tengan en cuenta que las cosas se ven desde la perspectiva de Soyo, prácticamente ella ve lo que quiere ver. Y es por eso que se empeña en encajar a Sougo en el perfil de galán de telenovela xD.
Eso es todo. A los que todavía siguen este fic, gracias infinitas.
Hasta la próxima :]
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Reviews: Cap. 15:
I love okikagu: Gracias por el apoyo incondicional, todo es gracias a ustedes :]
Guest (1): ¡Qué bonito lo que me has contado! Me alegro de que mi fic haya podido animarte :]
Anonymous D: Oh, no sabes lo feliz que me haces, en serio. Gracias por leer y el apoyo incondicional, estoy eternamente agradecida :]
Mi-chan: Esto era un poco lo que quería mostrar de Sougo y de Kagura, algo que Soyo no podía entender, y es que son tan especiales estos dos XD. Muchas gracias por leer :]
Mitsuki: Cuando vi tu comentario por primera vez me hiciste dar un brinco de mi asiento, y me lamenté mucho no poder hablarte en privado xD. Solo diré que vas por buen camino. Si sientes ganas, escríbeme a kyosha (arroba) hotmail (punto) es :]
Lu89: Oh, me alegra tanto que te haya gustado el cap. Quizás este de ahora no sea tan grandioso, tuve muchos problemas por falta de tiempo, pero lo compensaré en el siguiente. Gracias por leer :]
Jugem Jugem: Oh, muchas gracias por tus hermosas palabras. Me alegra que te haya gustado el cap., estoy haciendo mi mejor esfuerzo. Gracias por seguir la historia :]
Guest (caritas): Me encantan las caritas que haces xD. Gracias, me alegro que te haya gustado. Por cierto, ¿qué es T.G.I.F? Gracias por seguir leyendo :]
Guest (2): ¡Hola! Qué bueno que te gustó el cap. Lo de que a Soyo le sonó conocido algo, es porque Sougo estaba citando frases de la grabación de voz que hizo ella a Kagura. Okita quería el sostén para A) molestar a Kagura y B) por pervertido xD. Muchas gracias por tus hermosas palabras y por leer :]
MC: Hola. A ver, si Sougo solo quisiera sexo iría al grano directamente, no se molestaría en andar con juegos. Kagura nunca fue sumisa, es perseverante, que es distinto. Saludos.
Guest (3): Gracias por leer y comentar :]
Maru: Gracias por todo. Sos la mejor :]
Guest (4): Gracias por leer :]
