N/A: Un agradecimiento enorme a mis dos hermanas por aconcejarme con este capítulo, y a Nadine por darme unas fabulosas ideas. Muchas gracias a las tres.

Editado - 21/04/2016: Gracias infinitas a Nadine por betearme el cap.


Capítulo 17


La muerte real y metafórica de su preciosa —y sobre todo costosa— videocámara representaba el fin de sus desvaríos televisivos. Ya no podría jugar a interpretar el papel de Tomoyo con sus grabaciones clandestinas, ni podría divertirse con los acercamientos que les hacía a los rostros embadurnados de multifacéticas expresiones. Ya no tendría el placer de coleccionar los inéditos encuentros secretos entre dos personas que, para todos en general, se odiaban a morir. Si se ponía a pensarlo, pocos sabían cómo era en verdad la relación entre aquel dúo sin igual. Para empezar, estaba ella, que era la que más sabía de todo el asunto, gracias a sus ingeniosos métodos de espionaje. Luego le seguía Shinpachi, un compañero y amigo de ambas, que había logrado parar la oreja cuando no debía mientras ellas hablaban en clases. Por otro lado estaba Yamazaki, un compañero de Sougo, que había tenido la fortuna —y desgracia, pues no salió airoso— de presenciar, en el maravilloso arte del "ocultismo", detrás de una pared, una pequeña conversación un tanto comprometedora. Y por último, según creía Soyo, cabía la posibilidad de que Gintoki también supiera o tuviera un ligero conocimiento de la situación de su "hijastra", lo intuía de una manera curiosamente inexplicable.

El timbre sonó estridente a lo lejos. Aun cuando la campana se hallaba a una considerable distancia, los altavoces repartidos por todo el patio daban a conocer el mensaje que transmitía. Soyo se sobresaltó al instante, saliendo de su letargo abismal. Debía volver.

Todavía resentía la poderosa pérdida que había sufrido cuando subió por las escaleras hasta su clase. El estado de shock era más que evidente. Sin embargo, hizo un esfuerzo por parecer natural, excusándose en que se sentía algo descompuesta, pero nada que implicara la necesidad de ir corriendo a la enfermería. Kagura, por su parte, estaba tan ensimismada en su postura de "molestia refunfuñona", que ni se percató del sonambulismo agravado de su querida amiga, lo cual agradeció, no se le daba muy bien el fingir una enfermedad inexistente, y menos con ella, su azulada mirada siempre lograba conmoverla cuando sus ojos la enfocaban directamente, con su cara de perrito mojado; no resistiría la idea de preocuparla por algo así.

Al terminar las clases, cuando arribó a la residencia Tokugawa, flaqueó al colocar sobre la mesa del living el bolsón negro donde reparaban los restos de lo que había sido una espléndida aliada. La miró con pena. Se sentó sobre el sillón beige de chenille, frente al cadáver electrónico, y dio un largo suspiro, dando así por finalizado su duelo. Posteriormente se lo llevó a Roberta para que buscara un servicio técnico (milagroso), aunque era consciente de las pocas probabilidades de verlo funcionar de nueva cuenta.

Horas antes del atardecer llamó a su pelirroja amiga y preguntó por sus deberes. Como imaginaba, no los había hecho, por lo que la invitó a "realizarlos" en conjunto en su casa. Y por "realizar" sabía que la chica interpretaría "copiar", ambos eran sinónimos inseparables para la muchacha. Soyo no entendía cómo lograba salirse con la suya en los exámenes, o en las exposiciones orales, cuando tocaba trabajos de investigación y debían presentarlo ante toda la clase, pues obtenía un satisfactorio setenta en lo que fuera; era todo un misterio para ella.

Pero el más grande misterio que quería resolver se remontaba a los murmullos que encandilaban a su temperamental amiga en el mutismo desolado del secretismo, aquello que no había sido revelado. Ya saboreaba las jugosas respuestas que podría sonsacarle, había soñado con ello noches enteras. Y aquella era la oportunidad perfecta.

(…)

A pesar de su elaborada estrategia de invitarla para sacarle información, Kagura fue lo suficientemente astuta como para evadir el tema con su espontáneo déficit de atención, una clara estrategia, desde luego, pero Soyo persistía esperanzada. Intentó con pequeños comentarios sugestivos, luego con "la forma amable", las amenazas, los ruegos, con promesas, hasta con masajes, mas nada pudo conseguir.

No tuvo más opción que rendirse, era obvio que lo mantendría en secreto, por lo que optó por cambiar de tema.

—Oye, ¿y cómo crees que va avanzando la cosa? ¿Tus "encantos femeninos" surten efecto? —preguntó con no demasiada delicadeza, solo para tantear el terreno.

Kagura se encogió de hombros, indiferente, lo que le indicaba a Soyo que podía adentrase aún más en el ambiente.

—No sé tú, pero yo estoy algo confundida —comentó mientras ordenaba las hojas de los recientes ejercicios resueltos, listos para pasar a manos de la flamante invitada—. Le gustas, él mismo te lo ha dicho, pero sin embargo se toma todo este asunto muy escrupulosamente, como si temiera algo.

—Bueno, sabe que le romperé una pierna y más si él se atreve a jugar conmigo, eso lo tiene muy en claro —le respondió, posando el lápiz sobre su mejilla, buscando la sección que debía copiar.

—Sí, bueno, eso ya lo haces siempre, pero… ¿Por qué tomarse tantas precauciones? Es decir… —Levantó las manos con las palmas abiertas, como si esperara que algo cayera del cielo y ella fuera a sujetarlo.

—Sí, lo sé, pero esto… no será como los demás, ¿sabes? Es… distinto. Y será distinto después de que se decida. Quizás teme que todo cambie, y de hecho así será. Solo hay dos caminos para nosotros a partir de ahora: el final "bien" o el de pesadilla.

Soyo se quedó estática, congelada en su sitio. Le sorprendía el poder de deducción de la chica, nunca la había visto tan avispada como en ese momento.

—Vaya, ¿qué has hecho con mi amiga, la chica torpe y despreocupada de la vida, eh? ¿Dónde está? —cuestionó, anonadada.

—Bah. Eso es obvio. Pero si por mí fuera tomaría las riendas de todo el asunto y lo apostaría todo. Si algo sale mal, aún puedo quebrarle un par de huesos y dejarlo medio año en el hospital, y medio más en rehabilitación.

Soyo torció el gesto, no le gustaba nada la parte de romper huesos.

—¿Y por qué no lo haces?

—¿Qué cosa? —La chica la miró fijamente, desviando su atención de las insípidas hojas que tenía en frente, sobre el suelo verdosamente alfombrado.

—Tomar las riendas del asunto.

Kagura arrugó las cejas, incrédula.

—Tú sabrás cómo hacerlo, lo conoces mejor que nadie. Apura el asunto, la autoridad parece funcionar con él. —Le guiñó un ojo, con una sonrisita pícara.

—Mmmm, puede ser. Oye, ¿y cómo sabes eso?

(…)

Después de ser regañada (muy sutilmente, pues Kagura no era buena regañando a las personas, menos a su mejor amiga por quien sentía especial debilidad), se dio a la tarea de terminar con las actividades asignadas para que la muchacha pudiera copiar con tranquilidad. Además, eso daría tiempo a que cierta persona masticara la sugerencia. Si bien, había sido un consejo algo apresurado, sentía que podría servir de ayuda para acelerar un poco el trámite de la decisión, pues para ella estaba todo más que claro, faltaba la determinación, unas simples palabras y al final feliz.

Faltando unos minutos para las seis, Roberta apareció cargando una bandeja con dos humeantes tazas de té con tostadas y panecillos varios, argumentando que se merecían un pequeño descanso, aunque lo cierto era que ya Soyo había terminado, solo faltaba la transcripción de la acompañante y esta sería en menos de lo que cantara un gallo.

—¿Cómo, no hay café? —se quejó la anfitriona, mirando fijamente el líquido amarillo que yacía en su taza de porcelana blanca, adornada con florecillas rosas.

—Se nos acabó —contestó la señora. Soyo entrecerró los ojos, olía el engaño.

—Pero si ayer había un frasco entero —repuso, extrañada.

—Estaba malo, tuve que tirarlo.

Ambas se dedicaron una desconfiada mirada que duró apenas unos segundos. La señora se marchó ganando la contienda.

—¿Pasa algo? —quiso saber la invitada, viéndose en el medio del fuego cruzado.

—Quiere quitarme el café porque dice me pongo "alterada". Puff, ¿te lo crees?

—Pues no, se lo estará imaginando.

—¿Verdad que sí? Como sea, creo que es mejor dejarlo por ahora, al menos hasta que se le pase la paranoia.

—Amén.

(…)

Al día siguiente la pareja de chispeante rivalidad volvió a "saludarse" como era habitual en ellos. Kagura no tuvo que asistir temprano a clases, él pudo verla en la entrada (Soyo tenía la ligera impresión de que no le gustaba perderse ese encuentro matutino, antes de empezar la jornada escolar) y ella tuvo el placer de deleitarse al contemplar desde la lejanía cómo se dedicaban "dulces palabras" entre sí, era todo un espectáculo, incluso algunos se le habían sumado a la discreta observación. Lástima que no podía capturar la secuencia con su preciosa videocámara. La sonrisa le cambió al instante por una mueca de amargura. Soltó un suspiro apesadumbrado. Luego tomó aire, lo retuvo un momento, exhaló, y se obligó a concentrarse en la escena, quitándose los malos pensamientos de la cabeza.

Para la hora del receso ambas acordaron pasarlo en el salón, en compañía de algunas compañeras, hablando sobre temas triviales. Estuvo toda la mañana atenta a su pelirroja compañera, no parecía haber noticias sobre cierto alumno de último año. No le prestó especial atención.

Las horas transcurrieron velozmente y el mediodía se avecinó galopante. Kagura comenzaba a mostrarse impaciente.

—¿Qué te ha tocado hoy? —preguntó estratégicamente, mientras hacían fila para comprar el almuerzo aunque Soyo había llevado su propia comida, estaba más de acompañante que otra cosa.

—No sé, el idiota no me ha dicho nada. Es extraño.

Soyo se quedó de piedra, y sabía que la muchacha se sentía algo inquieta, mas no supo qué decirle para animarla.

Se sentaron en la primera mesa vacía que encontraron, comieron en silencio —Kagura a una mayor velocidad que la de costumbre—, y esperaron por un mensaje que nunca llegó.

—Bueno, ya, iré a ver qué demonios le sucede a este estúpido. Nadie me deja plantada —aseguró la chica, parándose de su asiento y tirando una papa frita hacia el plato.

—Pero si no te ha citado. ¿Cómo puede dejarte plantada si no te ha citado?

—Es igual —repuso la muchacha, airada—. No ha dicho nada, es lo mismo que dejarme plantada. Y a mí nadie me deja plantada. —Golpeó la mesa con el puño y se marchó. Soyo salió corriendo tras ella con su vianda en mano, había estado evitando desplegar todos los utensilios y pisos del recipiente por si tenía que salir pitando del lugar, y, en efecto, había acertado.

Corrió hasta el primero arbusto más cercado y arrancó unas cuantas ramas para usarlo de camuflaje de urgencia. Había visto a su amiga dirigirse hacia al edificio de natación y permanecer allí, por lo que dedujo que había encontrado a quien buscaba. Se asomó un poco por un lado de la pared, divisándolo a él sentado contra el muro y a ella de pie, a unos cuantos metros. Inspiró hondo, se echó las ramas encima, y caminó muy despacio de cuclillas hacia el falso bote. En el transcurso escuchaba:

¿Qué dices, idiota? —oyó que reclamaba Kagura.

¿También eres sorda? La estupidez crónica no tiene cura, pero la sordera tiene solución. Hazte revisar.

Mira, escarcha defectuosa, a mí nadie me dice qué debo hacer.

Soyo alcanzó a ver la mirada irónica del muchacho, pues el mes de esclavitud suponía el cumplimento de las órdenes dadas por él, lo cual no concordaba con las palabras de la chica.

¿En serio, China?

Bueno, lo del mes es… una esección. Lo que en realidad…

¡Lárgate! —bramó Sougo, en un tono extrañamente severo.

Anda, no estás de buenas hoy, eh. Dime cuál es tu maldita orden y me iré, hasta entonces me tendrás aquí.

Mi orden es que desaparezcas —atronó indiferente, volteando a hacia otro sitio.

Ni hablar. No estés jugando —Soyo llegó junto al falso cesto de basura, desde allí contempló al muchacho ponerse de pie y echar a andar hacia la chica—, no me voy a echar atrás, ¿me oyes? No soy ninguna miedosa, no le temo a tus estúpidos jueguitos, soportaré cualquier…

Kagura se vio interrumpida al ser impactada contra los labios de Sougo. Este la tomó fuertemente de la cintura y la atrajo hacia sí con vigorosa energía. No supo bien por qué, pero casi al instante Soyo vio a su mejor amiga abrir bien grande los ojos —notablemente sorprendida—, cortar el beso de inmediato y separarse del muchacho rápidamente, como si se hubiera quemado al tocarlo.

Vale, ya entiendo —asintió ella, desviando la vista hacia arriba. Evitaba mirar al suelo a toda costa. Daba la impresión de que no quería mirarlo directamente, ni a él ni al piso. Soyo se comía las uñas de la intriga.

Entretanto Sougo la contemplaba con firmeza, aún sujetándola de la cintura.

Márchate ahora —le murmuró—. Si te quedas… —Dejó la frase al aire. La miró fijamente durante un largo rato, escudriñándola detenidamente. Soyo sentía el filo de sus ojos atravesándola como una daga, y estaba segura de que Kagura también lo percibía, aunque evitara verlo directamente.

Después de lo que le pareció una eternidad, lo vio relajar el semblante, al igual que el agarre, pasarse una mano sobre la cabeza, despeinándose un poco, y luego volverse para tomar asiento de nuevo contra la pared, la pierna derecha flexionada y la izquierda estirada.

Soyo no entendía nada de nada, estaba más desorientada que un pez fuera del agua.

Vete de una vez —dijo esta vez en un tono más suave.

No —declaró Kagura con firmeza. El muchacho chasqueó la lengua, hastiado, y se mostró incómodo al notar que la chica se sentaba a una mesurada distancia, ni muy lejos ni muy cerca, lo suficiente para entablar una conversación que, según parecía, no estaba dispuesto a emprender.

Idiota —musitó él sin verla.

Tú eres el del problema aquí, así que tú eres el idiota.

Por entre las hojas, la menor de los Tokugawa divisó al muchacho apoyar la cabeza contra la pared y a su amiga cambiar de postura a cada rato, primero cruzando las piernas, al estilo indio. Rogaba para que ambos continuaran mirando hacia el suelo, o mutuamente, los ramilletes no encubrían en su totalidad su blanco uniforme, que resaltaba fácilmente entre el verde de las hojas.

¿Sabes? —dijo Kagura, con aire pensativa—, cuando yo era pequeña y volvía a casa de malas, mamá siempre me preparaba un delicioso bizcocho de chocolate con almendras (me encantan las almendras) y me hacía un batido de fresa. Adoraba que hiciera eso. Para cuando terminaba, olvidaba todo lo malo que me había sucedido. Vaya, extraño eso.

Almendras… —murmuró Sougo, ensimismado. Después de un rato añadió—: Mi hermana solía cocinarme todo lo que quería y estaba siempre pendiente de mí, no había días malos con ella, ni siquiera en "esos" días. En ese tiempo los cementerios no surtían efecto en mí.

Dicho eso, la joven espía lo vio llevarse una mano hacia la cabeza y comenzar a jugar con sus cortos cabellos, absorto en sus pensamientos, en sus memorias.

Nos los recuerdas, ¿verdad?

Mi madre murió cuando nací y mi padre a los pocos años por una enfermedad.

La misma que atacó a tu hermana tiempo después.

Sougo pestañeó acentuadamente, afirmando, aunque Kagura no formuló ninguna pregunta.

Éramos solo dos.

Y por eso saliste como saliste.

¿Qué? —preguntó desganado.

Nada, nada. Tienes suerte. Cuando mis padres murieron en un "accidente", mi hermano se distanció y se fue por el mundo en busca de sueños de grandeza. Qué idiota.

Con que hermano, eh… ¿Dónde está ahora?

Espero que muy lejos.

¿Es igual de estúpido que tú o es que fuiste la única en nacer defectuosa? —Rió entre dientes, apocado.

Es peor: estúpido y fuerte. Y es hereditario.

No se llevan bien —comentó él, ladeando la cabeza y apoyando el codo derecho sobre la pierna flexionada, la mano sobre la barbilla.

Para nada, siempre competíamos por la atención de mamá. Él dice que yo era su favorita, pero no es cierto. Nos quería a los dos por igual… Tonto.

No crees que fue un accidente, ¿cierto?

No lo fue. Eso es lo que se dice cuando se quiere ocultar algo, pero todos allí sabíamos la verdad, lo que sucedió realmente.

Entonces Sougo se volvió para mirarla con una ceja levantada.

Veras, una noche un vagabundo apareció frente a nosotros en un oscuro callejón. Quería robarnos —comenzó explicando la chica, de manera muy tranquila—. Sacó un arma, disparó y ellos cayeron al suelo. La lucha por superar mi trauma me hizo enfrentar mi miedo a los murciélagos. Luego me hice propietaria de una gran mansión y la compañía de armamentos militares, y fabriqué mis propios robots murciélagos con telaraña[1]. Y luego…

Si al menos te vas a inventar una historia no mezcles compañías, China tonta.

Soyo creyó ver una pequeña sonrisa dibujarse en los labios del muchacho.

Pero sería interesante, ¿no crees? Bueno, mi padre era científico, un tipo muy calmado, pero cuando se enojaba le cambiaba el color de la piel, si lo hubieras visto….

China…

No, no se ponía verde… sino gris. Y se volvía enorme y…

China —dijo Sougo, terminante y con el ceño ligeramente fruncido, tratando de no reírse.

Bueno, bueno, ya está bien. Amargo. En realidad mi padre era detective, esos de alto rango y todo. Hacía el trabajo sucio. Un día le tocó ir tras a un tipo que pertenecía a la mafia china; estaba todo arreglado. Y, pues, el resto es algo sabido, ¿no? Murió en un incendio al tratar de salvar a mi madre. El fuego arrasó con todo, nadie se salvó. Los diarios dijeron que fue una fuga de gas o algo así, pero él y yo sabemos que no fue solo eso.

Ahora tu hermano busca vengarse.

Eso ha dicho, pero ya no estoy segura de que solo sea por eso.

¿Y cómo fue que terminaste con el diabético de permanente natural?

A decir verdad ni yo lo sé. Aunque China es grande, preferí venir a Japón, el idioma no cambiaría demasiado así que partí escondida en un barco.

¿Y luego?

Bueno, probé diferentes trabajos: pordiosera, mendiga, indigente, pidiendo limosnas…

Te das cuenta de que todos son lo mismo, ¿no?

Oh, no. Cada uno tiene su propio sindicato y sus propias reglas, el problema era que yo no estaba afiliada a ninguno, y como todos me daban miedo en ese momento los molía a golpes. No me hice popular haciendo amigos, pero conseguí un empleo recolectando objetos para restauraciones.

O sea chatarrera.

Asistente de chatarrero, en realidad. Me pagaban diez yenes por día.

Qué estafa.

Sí, bueno, tenía ocho años, era eso o nada. Y fue por esos días que conocí a Gin, siempre recogía sus envases de cartón de la basura. Llegó un momento en el que me los dejaba todos en una bolsa a parte, solo para mí. Luego me dejaba comida, luego me invitaba a tomar algo caliente en el vestíbulo, luego a almorzar, luego a cenar. Y para cuando nos dimos cuenta, ya estaba viviendo con él. Nunca hablamos nada acerca de adopción, pero cuando tuve que inscribirme para la escuela, los papeles ahí estaban; ya estaba hecho.

¿Nunca temiste que fuera un violador o algo por el estilo?

Puede que sea tonta, pero sé defenderme, papá nos enseñó bien. Además… él jamás haría eso. Tú entiendes, es diferente. No es el mejor padre del mundo: sale a emborracharse, es irresponsable, no sabe cocinar ni es atento, pero aún así…

Siempre está cuando lo necesitas.

Kagura lo miró de soslayo por un momento. Una pequeña sonrisa se coló en su rostro al volverse.

Exacto. —Dio un largo suspiró—. ¿Y tú? ¿Cómo fue que terminaste viviendo con el adicto a la mayonesa?

Simple: el muy bastardo se casó con mi hermana. Ella murió y adivina con quién me dejaron los de servicios familiares.

Esos nunca entienden nada de nada.

Sougo asintió apenas, con la mirada perdida. Se revolvía un mechón de pelo, tironeando de él de vez en cuando.

¿Y qué tienes en mente?

Me uniré a la fuerza policiaca, es lo que ella hubiera querido. Comenzaré a trabajar y me mudaré solo.

Sabes que él quiere hacer lo mismo, ¿no?, unirse a los polis.

Mitsuba le hizo prometer que me cuidaría. Cada cual cumple con sus promesas.

Por eso vino a esta escuela. Para estar cerca, a pesar de que él ya es policía.

El año que viene regresará a su puesto, Kondo le aseguró que podía volver cuando quisiera.

¿El tipo gorila que siempre acosa a la hermana de Shinpachi?

Él insiste en correr tras esa mujer, yo no entendía por qué.

Pues cocina muy feo, es algo agresiva y mandona, pero es buena. Gori lo sabe.

Sí… Tiene talento para ver cosas en otros que ni ellos mismos ven.

Pues ha de estar ciego porque contigo y con Mayora…

Es lo que digo yo también…

Ambos se quedaron mirando hacia la nada en un torbellino de sosiego. Kagura juntó las rodillas y apoyó los brazos en ellas.

Hey… no era Gin el que me buscaba el otro día, ¿verdad? Era alguien más.

De pronto un brío manto de silencio cayó sobre ellos que duró solo unos segundos, lo suficiente para poner en tensión el ambiente.

Decía que quería verte porque hace mucho tiempo que no lo hacía —contestó al fin.

Y me lo mencionaste para saber si me lo había encontrado… Oye, mira, no te metas en esto, no importa lo que te diga, es asunto mío, ¿entiendes?

Como quieras —balbuceó Sougo, estirándose un mechón de pelo con los dedos.

Lo digo en serio. No quiero que metas tus narices en esto.

Ok.

Quedaron en silencio unos cuantos segundos, hasta que ella volvió a hablar.

¿Se te pasó? —siseó acercándose hacia él.

Quien sabe, quizás me vuelva si te acercas tanto —espetó juguetón, levantando una ceja.

Kagura se detuvo a pocos centímetros de él, guardando cierta distancia.

Entonces tendré que golpearte.

Sabes que va contra las reglas.

Lo tuyo también, así que estamos a mano.

Un fugaz recuerdo le cruzó por la mente a Soyo, en donde recordaba que el incumplimiento de las condiciones de Kagura la habilitaba a golpear al muchacho.

Ahora dime cuál es tu maldita orden, Sádico idiota.

La sonrisa apocada del chico se ensanchó, mostrando los dientes. Algo en esa expresión taimada hizo dar escalofríos a las dos. Luego se arrimó despacio hacia la muchacha y le susurró nuevamente al oído, con la diferencia de que esa vez fue de corta duración pero con igual resultado, Kagura se veía incómodamente alterada. Y nerviosa sobre todo.

Entonces procuraré no estar cerca —respondió ella, poniéndose de pie.

Como siempre, no hubo despedidas ni últimas miradas, ella se fue tan velozmente como había llegado, y Sougo quedó sentado contra el muro, con la cabeza apoyada, mientras se mordía el labio inferior con picardía. Sin duda había logrado otra de sus tretas, pero la recompensa había sido liberarla de sus obligaciones diarias con la apuesta por un día, era un trato justo.

(…)

Al regresar a clases no encontró a Kagura irritada o alborotada, como normalmente le sucedía luego de los encuentros con su amado, en lugar de eso yacía pensativa sobre su pupitre, tenía los codos sobre la mesa, las manos en las mejillas. Era como una pieza de única edición y por tiempo limitado. A todos extrañó el repentino mutismo de la chica y la poca participación en clase con sus payasadas convencionales, pero más que nadie a la chica que se encontraba en el asiento anterior al de ella, aquella que la había conocido desde la primaria. Cuando llegó la hora de matemáticas, y tuvieron que hacer ejercicios de práctica sobre lo explicado en el pizarrón, Soyo aprovechó al máximo esos escasos minutos de distensión ambiental para voltear hacia atrás y sacar a su amiga de su ensueño. Esta apenas se había dado cuenta de la actividad que debían realizar.

—Ey, Kagura, ¿estás con nosotros? Debemos hacer práctica, vienen los exámenes —comentó, zamarreándola del brazo en el que se hallaba descansando su cabeza.

—¿Eh? ¿Qué? ¿Qué pasó?

—Vaya, no has escuchado nada, ¿cierto?

—Luego me lo enseñarás en casa.

—¿Y? ¿Qué tal fue? Has estado en las nubes desde que lo viste, ¿pasó algo interesante? —preguntó cuidadosamente, sonriendo inocente. La actuación nunca fue su fuerte, por lo que dudaba de su credibilidad.

—No hubo petición hoy, estaba de mal humor. —Por otro lado, su amiga era un raro espécimen con exceso de ingenuidad—. Intenté levantarle el ánimo pero…

—¿Pero qué? —demandó, expectante, sujetando el respaldo de su silla y acercándose un poco para ganar algo más de intimad.

—Dijo algo sobre Kamui. Está en el distrito, y me está buscando.

—Gin, díselo a Gin, él sabrá qué hacer.

—No, hablaré directamente con Mayora, esos dos me dan mala espina.

(…)

El timbre del final de clases sonó y todos salieron disparando escaleras abajo, ella y Kagura eran las únicas que aún seguían dando vuelta por los pasillos.

—Te digo que no, Soyo, estoy bien. Vete a casa.

—Me quedaré afuera. No puedes ir sola, sospechará de ti. —Mintió solo para tener el privilegio de estar cerca para husmear la conversación—. Si él te ve hablando con Mayora sospechará, ¿no crees?

—Tiene práctica hoy, estará ocupado en otras cosas. Vete a casa, esto es algo que necesito hacer sola.

Adiós excusas, no había nada que hacer frente a aquella determinación. Aceptó la petición y se despidió de ella, luego dio media vuelta con la mochila sobre su espalda. A la mitad del camino se detuvo y volvió veloz sobre sus pasos, cuidando el detalle de no ser vista. Nadie andaba por allí para ese entonces, lo cual era una ventaja, si alguien la encontraba pegada a la pared, caminando en puntillas de pie, pasaría por maniática enseguida. Esperó a que Kagura entrara a la sala de profesores, en busca del rector, y saliera con él a los pocos segundos. Se detuvieron en el descanso de la escalera, hasta donde pudo ver, luego se escudó tras una pared y pegó la oreja en el frío muro de concreto:

¿Cuál es el misterio, acaso volvieron a pelear? —oyó que preguntaba el hombre.

No, no es eso, este… Eh… Mira, sé que ese estúpido va a hacer alguna estupidez, no dejes que lo haga, ¿ok?

¿Tú, preocupándote por él? ¿Desde cuándo?

N-no es que yo m-me preocupe, no es nada de eso.

¿Entonces?

Es que… Em…

Ustedes dos han estado extraños últimamente, no han pasado por la oficina del director en un buen tiempo.

¡¿Qu-qu-qué estás insinuando? ¿La mayonesa te consumió e-el cerebro?!

Baja la voz, ¿quieres? No estoy insinuando nada, solo estoy diciendo una verdad que me incumbe. ¿Acaso han hecho las paces o algo?

Pu-pues algo así. Es temporal. En fin, vigila que no se le acerque a un chico de pelo rojo, ¿ya?

No es la primera vez que retan a Sougo de otras escuelas…. ni la última, me temo.

Esto es diferente. Este sujeto no quiere solo ganar, se lo toma en serio, le gusta aplastar a sus oponentes. Si aparece, tú hazte cargo.

¿Y por qué me dices todo esto?

Solo… digamos que le debo un favor y se lo estoy pagando. No digas que hablé contigo, ese engreído tiene el orgullo del tamaño de un elefante.

Y no es el único.

¿Qué?

Nada, nada. Estaré atento. Por cierto… ¿hay algo que quieras preguntarme?

¿Como qué?

Sobre él. ¿Sabías que te menciona mientras duerme?

Como si eso me importara, qué tontería —respondió encogiéndose de hombros, pero luego calló un segundo y dijo—: ¿En serio lo hace?

Desde su lejano rincón, Soyo pudo escuchar el sonoro bufido respiratorio del rector, lo cual interpretó como una sonrisa.

E-es decir, genial, eso m-me servirá para… para… extorsionarlo y… y, para hacerlo molestar. Sí, es perfecto.

Niña…

Bien, eso es todo. Cuida de ese imbécil del que nada me importa, porque, tú sabes, debo ser yo quien lo venza, así que no puedo dejar que nadie más lo haga, no hago esto porque me importe, claro que no.

Bueno, estaré atento a tus intensiones desinteresadas. Y… si algún día quieres hablar, búscame.

No veo por qué razón. —Y rió un poco entre dientes.

Kagura dio la risa más falsa de toda la historia y se marchó. El rector tardó un poco más en volver al salón de profesores. Con estas últimas palabras, estaba claro que el hombre se había sumado a la pequeña lista de personas que sabían y/o sospechaban del caso de la pareja rival de la escuela.

(…)

Durante las siguientes seis horas Soyo se la pasó tratando de localizar a su querida amiga, para cuando logró dar con su paradero (su casa, respectivamente), el reloj marcaba ya las diez de la noche.

—Kagura, ¿dónde te has metido? Estuve llamándote por horas. ¿Olvidaste la tarea de mañana?

Por alguna razón, que no entendía muy bien cómo ni de dónde surgió, se le estaba haciendo costumbre mentir en reiteradas ocasiones, sobre todo si se trataba de su compañera de clase, y cada vez le costaba menos hacerlo.

—¿Eh, qué? —respondió la muchacha, al otro lado de la línea—. Demonios, lo olvidé por completo.

—Estuviste jugando videojuegos toda la tarde aprovechando que Gin no está, ¿cierto?

—Am…

—Kagura, si no empiezas a estudiar no pasarás los exámenes…

—Ya, ya —protestó la chica, algo desganada—, pareces disco rayado. Te prometo que empezaré a estudiar.

—Que así sea. Por cierto, ¿cómo te fue con el Señor Mayonesa?

—En general, bien. Pero creo que está echándome ojos, se está poniendo algo celoso. Tendré que cuidarme de él.

—¿Y no crees que quizás sospeche que Sougo te gusta?

—Ah, claro. También puede ser eso.

(…)

Al siguiente día, bien temprano en la mañana, antes de las clases, Soyo se dedicó un buen rato a regañarla a sacudones, tanto que la dejó tambaleándose como un borracho intentando caminar en línea recta, hasta que pudo sentarse. Luego le pasó el trabajo que debían presentar para ese día y se maravilló al ver su espléndida habilidad para escribir a la velocidad del sonido. Para cuando el profesor arribó a la clase, Soyo estaba terminando de dar los toques de color que Kagura se había negado a hacer por considerarlo una pérdida de tiempo.

—Me debes la vida, ¿sabes? El trabajo irá con nota.

—Vaya, no estaba ni enterada —comentó sarcásticamente, con la mejilla apoyada en su mano, cerrada en un puño.

—¿Y qué hay para hoy?

—¿Cómo lo sabes?

—Vamos, no traes esa bolsa solo para nada.

Kagura resopló, haciendo volar sus flequillos.

(…)

El nuevo pedido de la fecha comprendía, en resumidas cuentas, un cambio de atuendo. Más específicamente un disfraz. No cualquier disfraz, sino el Disfraz, en cuestión. Y, aunque ambas mostraron desconcierto al saberlo, para Sougo parecía cobrar todo el sentido del mundo.

Vaya, veo que has tomado la bolsa. Buena niña.

Por algún extraño motivo, que Soyo no entendió en lo más mínimo, Kagura se estremeció al escuchar las últimas palabras, y respondió con algo de nerviosismo al inicio.

De-déjate de idioteces y dime qué debo hacer con esto.

Pues es obvio: póntelo.

¿Aquí?

¿Dónde más?

No seas payaso, iré al baño…

No inventes excusas para perder el tiempo. Tienes una blusa debajo de la camiseta, así que esa parte no es problema. Y con la falda pues… confío en que sabrás cómo solucionar ese asunto.

No te voltearás, ¿cierto?

Oh, no —sonrió enseñando los dientes— lo quiero ver todo.

Aquella sonrisa ladina hizo que Soyo esperase un puñetazo por parte de su enfurecida amiga, pero, de algún modo, ella se contuvo.

Maldito seas, pervertido de pacotilla. ¿Sabes qué? No me importa, no voy a darte el gusto de verme enojada, estúpido infeliz… —dijo mientras comenzaba a desabotonarse la camisa para luego ponerse la que estaba en la bolsa—. ¿Sabes?, a veces pienso que te caíste de cabeza cuando eras bebé.

Sougo apenas torció el gesto al escucharla. Se limitó a recargarse sobre el muro, con las manos en los bolsillos.

Y hasta puede que te hayan bautizado con aguarrás —rió estrepitosamente—. Sí, seguro eso pasó, por eso quedaste tan tarado. —Soltó un audible soplido por la nariz. Luego sacó unos pantalones negros de la bolsa y lo sujetó frente a sí—. Con un demonio…

A través de los pequeños agujeros de su basurezca guarida, Soyo observaba expectante a la muchacha quitarse las zapatillas rojas para meter un pie tras otro en las aberturas de los pantalones.

Lo que no me explico es cómo saliste con un alma tan negra. ¿Eres pariente de los gremlin o algo así? —continuó, mientras se iba subiendo la prenda con facilidad, pues le quedaba mucho más holgada que sus ropas de gimnasia—. Ah, pero eso sí, si los idiotas volaran, estoy segura de que tú no tocabas el suelo en la vida

No me digas —comentó el muchacho con poco interés en la conversación pero con mucha atención en el cambio de vestuario.

Pues sí te digo. Tú eres la razón por la que hay señales de "precaución" en todos lados.

Ajá… ¿Algo más? —espetó irónico.

Que… Que eres tan estúpido que te tendrían que dar dos medallas, una por estúpido y otra por si la pierdes.

Mira, enana de jardín, cuando tu coeficiente intelectual supere tu estatura en metros hablaremos de "estupidez", ¿ok?

Cuando la tela le llegó hasta los muslos, se metió la falda dentro del pantalón y se lo abrochó.

No lo creo, China —reclamó Sougo, sin darle tiempo a que Kagura respondiera el insulto—. Anda, vamos, quiero el trabajo completo.

La chica hizo una pequeña rabieta, cerrando los puños con fuerza.

Cuando termine todo esto voy a sacarte los intestinos y te voy a ahorcar con ellos.

¿Tú y quién más?

Bah, como si necesitara a alguien más, puedo sola.

Deja de hacer tiempo. Quítatelo ya.

Kagura rezongó balbuceante durante unos segundos antes de tirar de su falda hacia afuera, para luego bajar el cierre de esta.

Listo, ahí lo tienes —dijo, arrojándole la prenda hacia él.

Uy, esto se pone interesante.

Ya está, ¿no?

Aún no. Falta esto.

Del bolsillo izquierdo, Sougo sacó un alargado objeto de color rojo con pequeñas curvas hacia el medio, sobre la superficie resaltaban dos ojos dibujados en ella.

No irás a vendarme los ojos, ¿o sí? Porque de ser así no tendré más remedio que golpearte.

Solo póntelo en el cuello.

Le lanzó el antifaz, y la chica obedeció.

Ahora sí —zanjó el muchacho.

Y yo que creía que tu tutor estaba loco de atar… ¿No estarás contagiándote de él?

Mira quién habla.

Al menos el mío tiene una adicción más razonable.

Eso es cierto.

Kagura dio una vuelta para su "demandante", aun cuando este no se lo había exigido, y luego se miró a sí misma de un lado a otro, de arriba abajo.

¿Y cuál es el chiste de hacerme vestir como chico?

Ninguno, solo quería que te pusieras mi uniforme.

(…)

Después de ver a Sougo salir corriendo velozmente, perseguido por una Kagura muy furiosa, Soyo hizo un esfuerzo casi sobrehumano para poder seguirlos con la vista, pues el par dio unos cuantos rodeos por todo el patio escolar antes de volver al punto original. Para ese entonces ya les había perdido el rastro por completo, por lo que el regreso fue repentino y abrumador, no tuvo otra opción que quedarse paralizada en su sitio, aun cuando se había trasladado varios metros hacia la izquierda. Rogaba para que no notaran el pequeño gran movimiento del cesto.

Lo primero que oyó, luego de las rasposas pisadas sobre el césped, fue un golpe seco. Soyo dejó de respirar por escasos seis segundos, concentrando toda su atención en los sonidos que estaba segura le seguirían al golpe. Se encontraba de espalda hacia los chicos y darse la vuelta, dentro del bote, no era para nada viable, puesto que no tenía espacio para tanto, además el "agujero de la observación" daba hacia el Este, ellos estaban en el Oeste, debía girar con bote y todo, pero eso supondría un riesgo bastante sonoro.

Ya he dejado que te diviertas, ahora me toca a mí —escuchó que el muchacho decía, muy entrecortadamente.

Pero si te has estado mofando desde que empezó todo esto.

Pues tú no fuiste un querubín que digamos. ¿Recuerdas todas las porquerías que me hiciste comprarte?

Es lo menos que podías hacer después de burlarte de mí cuando lo sabías desde un principio.

Quédate quieta de una vez.

Pues tú salte de encima mío.

Y ese fue el pie perfecto para la operación "giro de bote de basura hacia Kagura y Sougo". Y así lo hizo, con toda la delicadeza del que era capaz, mas por el griterío de los muchachos, ni aunque hubiera sonado un tambor los sacaría de su estado de plena euforia verbal. Cuando volteó a verlos Kagura se contorsionaba en el suelo mientras el chico se encontraba sobre ella, con las rodillas hincadas en el suelo y situadas a cada lado de sus caderas, sujetándola de las muñecas.

En serio, Sádico de m*****, quítate ya o te olvidas de tener hijos.

China, ¿ya pensando en eso? —dijo Sougo con falsa sorpresa.

Ca-cállate, sabes a lo que me refiero. Salte de una maldita vez.

¿Y si no quiero?

Haré que te salgan por boca, si sabes a lo que me refiero.

China, ¿sabes qué hora es?

¿Hora de aventura?

No, es hora de tu dosis diaria de frases… "bonitas".

Maldición. ¿Por qué lo haces siempre al final?

¿Tú qué crees?

Y de esa manera, en esa tan incómoda posición (para Kagura), el muchacho se acercó despacio hacia su oreja derecha y le murmuró al oído. A Soyo le daba una especie de picor en la mente cada vez que lo hacía, pues no sabía de qué cosa hablaban entre murmullos escondidos, y por más que rogara o pataleara frente a su amiga, sabía que no podría obtener la verdad de ella, mucho menos de él. Se mordió los labios con impaciencia, tratando de prestar especial atención a cada movimiento y contestación de la joven, con el fin de si quiera intentar descifrar alguna que otra parte de lo que le estaba diciendo.

Y escuchó:

Pues la verdad no —dijo Kagura, tajante.

Al cabo de un rato la vio rodar los ojos con fastidio, seguido de un "Me imaginaba que dirías eso". Luego balbuceó:

Ya, no me digas y luego tú te ofreciste a…

Los ojos de Soyo la miraron expectante, más que predispuesta a que terminara su oración pero en cambio la dejó al aire. Maldijo internamente. Después de unos segundos la contempló hacer un mohín como niña pequeña. Estaba atenta a su semblante con aire sobrador cuando la escuchó decir:

Puaff, nunca haría eso.

Soyo desesperó por saber "el qué", pero no hubo tiempo de formularse más preguntas pues luego la oyó hablar de nuevo en un tono firme y demandante.

Claro que estoy segura.

La espía sopló en silencio, rogando una pizca de información, tan solo un poquito, más aún cuando observó a Kagura poner mala cara.

"Vamos, amiga, tírame un hueso, ¿quieres? Algo, lo que sea. ¿Por qué me dejas con la intriga?", pensaba exasperada.

No me interesa —contestó al aire con claros signos de indignación.

"Bueno, a ti quizás no pero a mí sí. Anda, vamos", le respondió mentalmente, aunque sabía que no le hablaba a ella sino al ente de perversas intenciones que tenía enfrente.

Entonces no preguntes cosas estúpidas.

Soyo parpadeó de par en par, sorprendida. Se refregó los ojos y las orejas. ¿Acaso le había hablado a ella? Al cabo de unos segundos la distinguió erizarse como un gato atrapado y mostrar el sonrojo de sus mejillas. Kagura tragó saliva y posteriormente atacó.

Si-sigue soñando, imbécil.

Quién sabe, puede que se convierta en real —contestó el muchacho en voz audible e insinuante, antes de levantarse y alejarse por completo, siendo esta una de las tantas veces en las que él se retira primero.

Kagura quedó tendida en el suelo, resoplando ruidosamente. Más que enojada parecía estar cavilando entre sus pensamientos, mientras Soyo se deshacía en un mar de suspenso y enigmas.

Cuando Kagura finalmente se decidió a partir hacia el salón, luego de oír el timbre, a la joven espía le pareció ver un pequeño brillo entre el césped que ya presentaba signos de querer ser podado. Mas no hubo tiempo de investigar, pues debía volver. Pensó en ello mientras corría con prisa hacia el aula.


Aclaraciones:

[1] Alusión a Batman, de DC, y a Iron man y Spiderman, de Marvel.


Notas:

Eh, no hay mucho que aclarar aquí salvo, quizás, el acercamiento repentino de Sougo y el desprendimiento de Kagura (cof cof)... Si alguien no lo entendió que avise. Y no, lo que vio Soyo en el final no es ninguna clase de líquido ni nada por el estilo eh, tampoco se imaginen cosas raras.

Bueno, no les mentí con lo de las actualizaciones, no va a ser continuo como antes pero intentaré regresar a esos tiempos.

Les cuento que me hice un Tumblr y que comenzaré a colgar allí algunos de mis fics, este sobre todo. Lo editaré un poco y lo iré subiendo de a poco (lo de las ediciones es más que nada por comas y esas cosas), así mismo lo iré actualizando aquí también.

Bueno, eso es todo. Actualizo rapidín porque no dispongo de mucho tiempo.

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Reviews: Cap. 16:

Muchas, pero muchas gracias a: I love okikagu, Mitsuki, Jugem Jugem, Anonymous D, Lu89, Guest (caritas), Mi-chan, Aleechan950, Catanoe, Grell Whoops, Anyagears, Lunadragneel24, Okita kagura, KohinaHiruko, Guest y Karunebulous por leer esta pequeña larga historia. Este fic no sería nada sin ustedes. Muchas gracias.

Por cierto, Manuel, sí hay animé de este fanfic del que me baso y se llama Gintama. Pero esta pareja no está consolidada en el animé (es lo que todos queremos que pase y el troll del autor no nos lo da xD).

Abrazos enormes a tooodos =]