N/A: Beteado por la talentosísima Nadine Seiten Taisei. Este capítulo está dedicado a ella.


Capítulo 18


La tarde del jueves tuvo para Soyo Tokugawa un sabor amargo e insípido. Aún cuando prestara toda la atención del mundo y se devanara los sesos intentando adentrarse en el mundo de la deducción, no era capaz de confirmar con certeza la verdad tras aquellos entredichos secretos. Y, según le pareció, la situación de Kagura tampoco era de las mejores, aunque no podía imaginar la razón, todo marchó como normalmente sucedería en situaciones normales, el cambio de prendas, la persecución por todo el patio, eran hechos muy propios de ellos, hasta los había visto divertirse en el transcurso. Sin embargo hubo algo diferente, algo que la hizo cambiar y no sabía qué. No creía que fuera por todo aquello de los murmullos ni las órdenes; si bien no la vio patalear como en otros casos ni mostrar signos de enfado, tampoco la vio darle mucha importancia al asunto. Más bien la notó pensativa y absorta durante el resto de la jornada escolar. No entendía lo que le estaba ocurriendo, y, como siempre, ella no quiso decir nada.

El viernes por la mañana, en cambio, el panorama era otro. Kagura apareció con un humor distinto, resuelta, determinante. No sabía a qué se debía tal actitud pero estaba claro que venía preparada para algo. Por un momento pensó que se trataba del pedido del día, pero luego lo descartó al percatarse de que el muchacho le hablaba por mensaje de texto, precisamente para comunicarle acerca de ese tema. Entonces se le ocurrió preguntar, pero solo consiguió una respuesta vaga y muchos "ya verás", lo cual no hacía sino atraer aún más su atención.

—¿Vas a decirme qué estás tramando o no? —le reclamó en el receso, harta de tantas intrigas.

—Haré lo que me dijiste, ¿ya? —respondió entonces su amiga, ligeramente irritada—. Apuraré las cosas. Ahora, si me disculpas, debo hablar con alguien sobre algo —zanjó, mirando hacia el pasillo que daba al bufet. Un muchacho, con un antifaz rojo en el cuello, se paseaba de un lado a otro aporreando a todo aquel que se le cruzara en el camino con un largo y delgado rollo de papel. Caminando tranquilo, como si fuese el dios del lugar, era fácilmente reconocible incluso sin prestarle mucha atención. Soyo supuso, de forma acertada, que su joven amiga lo ficharía aún más rápido que los demás.

Por eso no se extrañó cuando la vio apretar el paso, dirigirse a paso rápido hacia él, acercársele desde atrás, y luego "accidentalmente" hacer tropezar al joven con una zancadilla mal intencionada. El griterío y los empujones no tardaron en hacerse oír. Los curiosos que se quedaron a observar hacían sus apuestas por el candidato que se desmayaría primero o, en su defecto, el que quedara menos golpeado. Como salido de un agujero negro, a los pocos minutos Hijikata apareció en medio del tumulto, amedrentó con su severo carácter a los que hasta hacía unos segundos vitoreaban frenéticamente, y los dispersó. Conclusión: pase directo para los dos a la oficina del director. Entretanto Soyo, que había estado rezagada sobre una rama alta, bajó al verlos salir tironeados de las orejas por el rector y corrió hasta la oficina, tomando un atajo. Al pasar escuchaba:

—Ninguno terminó K.O., pero… estoy seguro de que a la China esa le faltó poco —cavilaba un muchacho, quien sonrió.

—Estás de broma, Kagura ni pestañeó —bramó una estudiante, muy convencida—. El Sádico fue el que casi se desmaya.

—Chicos, chicos. Ninguno quedó inconsciente. Punto —terció un joven de segundo—. Eso sí, la que se ha salvado de una buena fue la China, eso sin duda.

—Serás ciego. El que más recibió fue el Sádico, Kagura apenas salió con unos pocos moretones en el brazo —añadió una chica bajita y con lentes.

—Pero eso no es todo, salió cojeando cuando Mayora se los llevó, así que cuenta como un punto —un pequeño de tercero de secundaria, que se había colado al patio de los de preparatoria, se sumaba también a la discusión.

—Ah, pero si hablamos de eso, el chico Kendo también salió cojo de aquí —observó un estudiante de primero, también de secundaria.

Todo el público masculino a su alrededor se lo quedó mirando, como reprochándole: "¿Y tú de qué lado estás, mocoso?". A lo que él respondió:

—¿Qué? Yo solo estoy diciendo la verdad.

En el último vistazo que Soyo alcanzó a dar, antes de doblar a un corredor, el muchachito estaba siendo regañado a coscorrones por el resto del género varonil presente. Luego continuaron el debate con las chicas sobre quién había perdido.

(…)

Al llegar a la oficina del director, sabiendo que había ganado una considerable ventaja sobre los "acusados", buscó un rincón que le permitiera escuchar los sermones que salieran de la sala. Aunque sabría que no obtendría mucho de allí, de todas formas quería estar cerca para saber el veredicto, dudaba que saliera algo entendible de las rabietas de su amiga si se lo preguntaba, prefería estar presente. Miró en todas direcciones, buscando algún repecho que pudiera usar como guarida. Al no haber muchas opciones optó por esconderse tras la puerta del baño privado de los profesores. Esperó allí, confiando con cierta intranquilidad en que nadie tuviera, casualmente, la académica urgencia de entrar. Cinco minutos después oyó unos pasos trastabillados junto con un muy reconocible bullicio de adolescentes.

¡Silencio todos! —reclamaba el rector, con voz ronca—. Ahora esperen aquí.

Del otro lado, el sonido de una puerta al abrir y cerrarse le llegó tan claramente como si hubiese estado allí. Y luego lo inesperado:

¿Qué demonios te proponías con todo ese jaleo? Tendré que castigarse luego, China.

Cierra el ****, solo lo hice para mantener nuestro ritmo de siempre. La gente ya empieza a preguntarse por qué ya no peleamos.

Exagerada. Como si estuviéramos de buenas ahora.

Pues tu "papi" ha estado haciendo preguntas, por ejemplo.

No le hagas caso. Yo lo pondré en su lugar y se le pasará.

Pero los de baloncesto también comienzan a preguntar. ¿Qué les voy decir? ¿Que de repente nos llevamos bien? Las apuestas no se hacen solas, Sádico.

¿Te dan una comisión por ello?

Un veinte por cierto.

Ja, qué pringada. A mí me dan un cincuenta.

¿Cómo le haces para sacarles tanto?

Negocios, China. Hay que saber manejarse con la gente, negociar sacando beneficio.

Lástima que para esta ocasión no te va a servir —interrumpió la voz de Hijikata—. Anda. Tú primero, Sougo.

Se oyó un resoplido y posteriormente el rechinar de la puerta al abrirse. Unos cuantos segundos de silencio y luego el tono discreto del rector sorprendió al hablar.

¿Y bien? —preguntó con cuidado—. Creí que estaban en una tregua o algo de eso.

Pues ya se terminó —respondió Kagura, tajante—. No creíste que nos duraría para siempre, ¿o sí?

Ya lo suponía —admitió el rector—, pero al menos esperaba que tardaran otra semana más.

Lamento arruinarte los planes —Kagura, desbordaba sarcasmo en todo su hablar—. Ya no estamos en paz, así que tendrás que acostumbrarte a vernos seguido por aquí.

Alguien soltó un bufido desganado y Soyo estaba segura de que no había sido su amiga.

Ustedes dos no tienen remedio, eh.

Oye, ¿no tienes otro chascarrillo como el que me contaste? Fue interesante. Puedo pagarte.

¿Ah, sí? —cuestionó el rector, en tono burlón—. ¿Con qué dinero, a ver?

Con el de Gin, claro está. Yo no tengo para pagarte, y por más que lo tuviera no lo gastaría en ti, menos en él, lo usaría para comer. Tú estás acostumbrado a recibir dinerillo extra de cuando eras poli, así que está bien.

¡¿Qué dijiste?! —vociferó Hijikata, escandalizado.

Vamos, no te hagas. Si sabes de lo que estoy hablando.

Soyo apostaría toda su colección de novelas en DVD y Blu-ray a que Kagura le había añadido un guiño de ojo a su alusión. Y también imaginaba la cara de completa indignación del rector. Era una lástima que se lo perdiera, la mirilla de la puerta del baño no les daba a ellos.

Niña insolente…

Bueno, sí aceptas dinero "prestado", ¿verdad?

En primer lugar, y que te quede claro, nunca recibí ningún soborno ni nunca lo haré. En segundo lugar, ¿por qué crees que me interesa el dinero de ese inútil-bueno-para-nada? Ni ese ni el de ningún otro. ¿Qué me viste, cara de muerto de hambre? —replicó el hombre, emitiendo un muy audible bufido. (Esta vez sí estaba segura de que había sido él.)

Bueno… entonces un favor, lo que tú quieras, salvo, bueno, cosas de adultos, no te ayudaré en ese sentido, tienes que ocuparte tú solo de tus asuntos, ¿sabes?

¡¿Qu-qu-qué estás tratando de decir?!

Anda, ¿ahora te vas por ahí ligando con crías, Hijikata?, qué vergüenza —Sougo se unió a la conversación inesperadamente. Soyo ni siquiera había oído el momento en que la puerta se abrió. Aunque, teniendo en cuenta el alto volumen que habían alcanzado su compañera y el rector, no le extrañó que un sonido tan tenue fuera pasado desapercibido—. Además, hay mejores cortes de donde elegir, y créeme que China no es la mejor opción. Si al menos vas a ir a la cárcel por pedofilia, que valga la pena, ¿no?

¡¿Que qué?!

¿Qué estás diciendo, imbécil, que no soy un buen partido? —objetó Kagura, con la molestia entonada en su voz—. Mayora me ha elegido a mí, no te metas en esto.

¿Tú —dijo con mucho énfasis— quieres con él, China? Me sorprendes. No creí que pudieras caer tan bajo.

Oye, cada uno se ajusta a lo que puede, ¿no? Al menos él tiene los calzones para asumirlo.

Calzones sí tiene, pero dudo que los tenga bien puestos.

Pues para mí que sí, y mejor que otros. Mayora, cariño, enséñale a este.

¡¿Qui-qu-quieren dejar de decir tantas estupideces, par de mequetrefes?! —aventuró a decir el rector, en una destacable aparición de cordura (seguido de un dúo de "auch"). Soyo no sabía si su momentánea falta del habla se debió a la impertinencia de los chicos, o a que se le había trabado la lengua de tanta cólera reprimida—. So-Sougo, ¿qu-qué ha dicho e-el director?

Quiere escucharnos a los dos, aunque el castigo será el mismo, de todos modos.

Entonces será mejor que entren…

Te advierto, Hijikata, que no se vale dar inmunidad a China por estar ligan… Auch.

¡Ya cierren la maldita boca!

Oye, ¿y yo por qué? —preguntó Kagura, en tono recriminatorio. Soyo dedujo que había recibido otro pequeño coscorrón.

Por darle ideas. Ahora entren ya, antes de que cometa adolescenticidio.

La puerta se oyó abrir una vez más, con apremio, y luego fue cerrada con brusquedad.

(…)

Cuando el timbre sonó, ellos aún estaban con el director, de modo que no le quedó otra opción más que volver sola a clases. A los quince minutos a Kagura apareció en el umbral de la puerta, acompañado del hombre con flequillo en V. Este explicó brevemente al docente sobre el motivo de la tardanza de la alumna, y posteriormente, como despedida, dio una advertencia sobre el peligro de dejar la billetera suelta.

(…)

El timbre que anunciaba la hora del almuerzo le supo a gloria en cuanto sonó. Lo estuvo esperando por interminables minutos de agonía, minutos en los que su amiga se rehusaba rotundamente a abrir la boca por querer dormir en clase de forma no muy disimulada. Alegaba que después de ser amonestada su mejor consuelo era el sueño, pero la realidad que Soyo veía en esa pequeña mentira se remitía a un pícaro encuentro nocturno con la consola de videojuegos. El rector estaba en lo cierto, no tenía remedio.

(…)

Una vez en el lugar de siempre, y en su escondite de siempre, se dedicó a esperar a las estrellas de la obra, que no tardaron mucho en llegar. El primero fue Okita, como de costumbre, y al poco rato contempló arribar a su contraparte, lo cual le pareció extraño.

Buen intento, China —bramó Sougo en cuanto sintió las pisadas sobre el césped. No se había dignado siquiera a despegar la vista del horizonte amurallado que tenía a lo lejos.

Solo vi la oportunidad y fui por ella —respondió Kagura con sorna—. ¿Vas a decirme que tú no haces lo mismo?

Al menos yo tengo éxito. Digamos que sé la manera para que los demás hagan lo que quiero. —Una pequeña punzada le atravesó el pecho a Soyo y no pudo evitar sentirse aludida—. Pero de todas formas no ibas a obtener mucho de él, no de esa manera.

Pues ya me ha soltado algo. —Y le enseñó la lengua, como burla.

No es nada que no te haya contado ya, China.

¿Cómo lo…?

Él también habla dormido.

Vaya —comentó, curiosa, el interés plasmado en el rostro—, ¿y qué dice?

Ah, no. A mí sí tendrás que pagarme con dinero (y no me importa dónde lo consigas) para saber de tu "amado".

Vamos, no te has tragado eso, ¿o sí?

Fui engañado —articuló el chico, falsamente, y Soyo ya comenzaba a saborear en vivo y en directo el drama de su novela particular—. Apuesto a que me usaste para llegar a él —ironizó, desviando la vista de forma graciosamente dramática.

No seas idiota. Te he dejado en claro lo que… Bueno, tú sabes.

A decir verdad no. Repítemelo, ¿quieres? —se volvió, mirándola con una sonrisa ladina.

Vete al diablo —espetó, en tono molesto—. Y por cierto, ya di lo que quieres para hoy y deja de estar haciéndote el tonto.

Y como si de una combustión espontánea se tratase, Okita encendió su semblante maligno y perverso, con los ojos inyectados en sangre.

¿Has jugado alguna vez —preguntó, sinuoso— al "Juego del Rey"?

Kagura pensó durante un momento.

¿Ese en donde hay que obedecer todas las órdenes del idiota al que le toque la corona? Sádico, solo somos dos. A esa cosa se juega con más gente.

Puede ser, pero nosotros le añadiremos un extra, una regla que diga "Se vale todo", ¿eh? —sopesó, levantando las cajas, insinuante.

Kagura permaneció impertérrita con los brazos cruzados, la mirada vacía, el rostro carente de emociones.

Esto va para los dos —añadió él tras unos segundos. Entonces su pelirroja acompañante levantó una ceja.

Para los dos… —rumió ella, mirándolo a los ojos—. Eso quiere decir que al que le toque la corona puede pedir lo que sea.

Lo que sea —aseguró Sougo, entornando intencionadamente los ojos.

Soyo alcanzó a ver el momento exacto en el que la expresión del chico se transformaba lentamente en una mueca digna para el espanto: primero se le juntaron las cejas hacia abajo, y la mirada, penetrante, se concentró en una sola dirección: Kagura. Luego su sonrisa se ensanchó, mostrando los dientes, a tal punto que hasta a Soyo llegó el aura peligroso que emanaba de todo su ser. Vio a la chica levantar el mentón y luego asentir una sola vez con la cabeza. Contrario a lo que podría imaginar, la muchacha estaba lejos de sentirse amedrentada por la nueva regla del juego, la veía más bien emocionada, entusiasmada con la propuesta. Y eso solo podía traducirse como una mala señal, una futura masacre recíproca.

Pues en dónde firmo —sonrió ampliamente—. Voy a disfrutar esto.

Ni te imaginas cuánto, China.

Soyo los miraba con preocupación. Un escalofrío extraño le recorrió toda la espalda. El solo hecho de imaginarse a Kagura en una situación tan beneficiosa —y desventajosa a la vez—, la ponía nerviosa. Y la espeluznante sonrisa con la que ambos adornaron sus ya tétricos rostros tampoco ayudaban a calmar sus inquietudes. ¡Era una hoja de doble filo, por todos los cielos! Solo le quedaba rogar para que no tuviera que visitarlos a la enfermería como en otras ocasiones.

Bueno, ¿qué esperas? Comencemos.

Estás ansiosa, eh. Bien, si tanto anhelas el sufrimiento, te complaceré —convino Sougo, fanfarrón.

Kagura balbuceó un insulto que Soyo no logró entender muy bien, pero que tenía algo que ver con su madre. Luego vio al joven sacar unos naipes con dorsos rojizos y los desplegó, verticalmente, en forma de abanico.

Esto es simple —comenzó explicando, al tiempo que las iba mostrando en una mano—: Hay tres naipes comunes…

Momento… —interrumpió Kagura, con mala cara—. Estas cartas… no me gustan —añadió sin apartar la mirada.

Soyo alcanzó a visualizar unas siluetas impresas en los naipes. En un principio no las reconoció.

¿Qué tienen de malo? —Okita pestañeó, desentendido, en su mejor actuación de niño bueno.

Pues están feas y… huelen mal, sí.

Sougo se llevó los naipes a la nariz y olfateó con extraña parsimonia, pero con un brillo sospechoso en la mirada.

¿Como a qué te huele?, porque yo no siento nada. —El suave sonido de su voz, junto con el tono pícaro y bribón, causaban en Soyo un repentino escalofrío. Algo le olía mal. Trató de enfocar un poco más vista y prestar especial atención en los naipes.

Pues me huele a que te estuviste revolcando con ella en tus noches vacías, sí.

Sougo frunció el ceño.

La menor de los Tokugawa, concentrada en el objeto material del juego, logró discernir el rostro bonito y maquillado de una modelo. Le quedaba claro que era un mazo de cartas con sus fotografías.

China, ¿me puedes decir de dónde sacas esas frases?

De las novelas mejicanas. —El muchacho levantó una ceja, incrédulo, como diciéndole: "¿Y tú desde cuándo ves telenovelas?", entonces Kagura se apresuró a decir—: ¿Qué? Gin las ve por las noches por estar baboseándose con las actoras… Yo no las veo en realidad, es solo que…

Sí, bueno, lo que digas —masculló indiferente—. Que no se te pegue.

Un recuerdo fugaz le pasó por la mente. Sabía el nombre de la modelo, o mejor dicho la actriz. Actriz y modelo. Sí. Pero no recordaba su nombre. Lo tenía en la punta de la lengua.

Pero sabes que tengo razón en lo que dije.

Hubo un momento de silencio, tenso y cortante, hasta que Okita habló.

Bueno, como iba diciendo…

¡No me ignores, maldito idiota! Además, estas cartas no me gustan. Cámbialas.

La modelo sonreía en su estampado papel de cartón. Parecía reírse de ella. ¿Comenzaba con A? ¿Con K o con N?

Bueno, dame unas hechas por ti y listo.

¡¿Qué?! —respondió la joven, ruborizada de cólera.

¿No? Entonces deja de ser tan quisquillosa, ¿quieres? Son las únicas que conseguí.

¿Con L? No, comenzaba con M. Sí, estaba segura. M de… ¿Mizutani?

Pues búscate otras.

Dame el dinero y las compro.

Otro momento de silencio, pero esta vez fue Kagura quien lo rompió.

Bueno, no hay por qué amargarse, ¿no? La vida es demasiado corta para estar de cabrones con todo, sí.

Ajá… Bueno, ahora presta atención: estas tres serán las comunes —señaló, acercándoselas hasta dejarlas a pocos centímetros de su nariz. Kagura hacía esfuerzo para no mirar— y esta de aquí —sujetó con otra mano, repitiendo la acción— será la corona, ¿entiendes?

El muchacho volvió a alejar las cartas, las levantó en alto, para que quedaran a su vista. Kagura arrugó la nariz y se quedó observándolas con algo de repulsión.

Fue entonces cuando el nombre le vino a la mente: María Ozawa. Era ella, sin duda. Había leído sobre la modelo en una de las revistas femeninas que tanto le gustaban. El escandaloso romance con un famosísimo actor revoloteó incesante durante unas cuantas semanas, hasta que luego salieron a desmentir la existencia de un posible affair, ¡pues el tipo estaba casado con una importante conductora de televisión! Pero lo que sorprendió de todo el ajetreo fue la hermosura de la joven, y sobre todo el rubro al que se dedicaba…

Soyo tuvo que taparse la boca en cuanto el tumulto de información le invadió de lleno en el cerebro. Enfocó aún más la vista y logró discernir, por fin, el alto grado de contenido no apto para menores de edad. Y es que se había distraído tanto con la identidad de la mujer que desatendió por completo a la poca ropa que ésta llevaba puesta en los naipes, y la posición sumamente comprometedora en la que se encontraba junto a un sujeto de piel muy morena… El sonrojo hizo acto de presencia en ella casi de inmediato, incluso más que en el rostro de su querida amiga (en ese momento comprendió que su cólera no se debía al enfado, y también por qué se rehusaba a jugar con esas cartas. ¡Las imágenes estaban más subidas de tono que hombre golpeado en sus partes nobles!).

Observó a Kagura contemplar las cartas con las manos en la cintura al tiempo que ladeaba la cabeza de un lado a otro, pensativa. Prestando más atención a las figuras, notó que las tres de la mano derecha tenían sus respectivos números impresos de forma continua (del uno al tres), mientras que la de la mano izquierda tenía un doce, junto con una pequeña corona en la cabeza, dibujada con tinta azul: "la Reina".

Kagura frunció los labios e infló los cachetes. Su rostro entero mostraba desagrado.

¿Y por qué esa es la corona?—dijo, interrogante—. ¿No puede ser esta de aquí? — señaló el naipe que estaba en la punta derecha.

¿Te gusta esta, China? —la miró con sorpresa.

Antes de que tuviera la oportunidad de agregar algo más, la estudiante se apresuró a decir:

Olvídalo. Comencemos de una vez.

Porque yo no tengo problema en…

¡Dije que lo olvidaras! Y ahora reparte las malditas cartas.

Ok…

La sonrisa autosuficiente del muchacho podía notarse a kilómetros de distancia. Aún cuando no pronunciara palabra, su rostro lo decía todo.

El juego dio inicio después de que se sentaron en el suelo. Okita mezcló las barajas orgulloso de haber conseguido que accediera. Sin embargo, la forma presuntuosa en la se postrada generaba desconfianza en Soyo, intuía algún tipo de truco sucio o artimaña para ganar siempre, pero pronto vería lo equivocada que estaba, sobre todo cuando Kagura sacó a "la Reina" en el primer intento.

¡Ja! ¿Cómo te quedó el ojo, eh? Me tocó primero a mí, ¿ves?

El que ríe al último, ríe mejor.

Sí, ya, ríe todo lo que quieras ahora, porque dejarás de hacerlo cuando te haga perseguir las esferas del dragón, sí.

Sougo apenas pestañeó. Sin que nadie se lo pidiera, se puso de pie y se metió las manos en los bolsillos. Kagura también se levantó.

Ajá, bueno. ¿Tu orden? —preguntó, con voz entrecortada. Un pequeño, pero perceptible, tic le brotaba de su ojo izquierdo.

¿Mi orden? —sonrió ampliamente. Luego, con insidiosa lentitud, dijo—: Que te quedes bien quietecito

Su mirada irradiaba el brillo característico de una venganza. Y en definitiva así lo fue, lo confirmó al verla dar una enérgica patada sin ningún recato a las "esferas del dragón" del muchacho.

Maldita hija de…

Nuevamente la menor de los Tokugawa oyó a los muchachos insultarse largo y tendido (porque su amiga se mostró muy reacia a la idea de no contestarle), involucrando madres, padres, hermanos y todo el árbol genealógico de un fulano de tal.

Luego de varios minutos, cuando al fin dejó de retorcerse como lombriz, Sougo hincó las rodillas sobre el césped (cubriéndose aún sus partes bajas), y respiró hondo. Incapaz de hablar, hizo ademán para que su pelirroja contrincante revolviera las cartas.

Te dije que ibas a pagármelas, eh, Sádico —fanfarroneó Kagura con malicia, mientras colocaba las barajas boca abajo—. Y esto es solo el comienzo.

Y a Soyo le pareció ver un atisbo de pavor en el recién repuesto semblante del muchacho.

(…)

Había transcurrido ya un tiempo desde la última vez que los vio echarse alguna que otra de sus frecuentes bromas pesadas con gusto a "voy a estrangularte hasta que te salgan los ojos". Y esto se debía, principalmente, a la apuesta que habían tramado Soyo y Kagura. Recordaba con claridad la vez que Kagura recibió un pequeño paquete con vómito en su casillero, o la vez que se topó "por accidente" con un cuenco de fertilizante (como Soyo prefería llamarlo, en lugar de la incómoda y vulgar manera en la que lo nombraba su refinada amiga), o la vez en que le cayó un tarro de avena podrida en la cabeza, o… Bueno, la lista era larga, y por cada broma había también un contraataque. Era un ciclo sin fin. Había épocas de calma, en donde sólo peleaban en los recreos, y otros tantos de "intensa actividad burlona". Pero ninguna se había extendido tanto como esta última. Y aquello comenzaba a pesarle a Kagura.

El segundo turno también fue a favor de ella, y lo aprovechó al máximo.

No se vale repetir la misma orden —aclaró Sougo, en un intento desesperado por resguardar su descendencia.

Pero si has dicho que se valía todo, esa era la regla —repuso Kagura, arremangándose unas mangas invisibles.

Ten en cuenta que eso también es para mí —dijo levantando una ceja—. Y no dudaré en ponerlo en práctica.

Kagura se quedó pensando. Era fácil de reconocer cuando lo hacía pues su cara se transformaba en un mar de gestos y movimientos, que iban desde pasar por una variedad de muecas, tomarse del mentón, soplarse los flequillos, hasta rascarse la barbilla, nuca y mejillas (a veces llegaba con largos arañazos por haberse pasado toda una tarde fregándose el rostro con las uñas). Después de unos segundos bramó:

Pues me arriesgaré —y le sonrió. No como esas sonrisas dulces y alegres, sino como aquellas propias de una maldad entrañable, como si dijera: "voy a hacer que lamentes haber nacido, que ruegues por piedad mientras te revuelcas en tu propia miseria, que pidas clemencia", y cosas así. O al menos eso le pareció captar de la curvatura retorcida en los labios de su amiga. Sintió pena por el muchacho.

Sougo tomó una gran bocanada de aire y aguantó la respiración por unos instantes.

Adelante —afirmó como si estuviera frente a un tirador en proceso de fusilamiento.

Quieto —canturreó la chica, campante, a modo de orden.

Esta vez el golpe no fue en la zona genital sino en el abdomen, y por el gesto de sufrimiento del muchacho quedaba claro que también había sido un fuerte impacto. Cuando se oyó una maldición —un tanto ahogada y entre quejidos— Soyo logró cuantificar, mentalmente, una aproximación del daño recibido. (Claro, siempre dando rienda a la imaginación que le permitía una adolescente soñadora de dieciséis que nunca ha matado ni a un mosquito.)

Sin esperar a que se repusiese, la joven volvió a mezclar y apilar las cartas boca abajo.

Vaya, creo que me está gustando este juego, sí —dijo mientras tomaba una del pequeño mazo y la daba vuelta. Luego hizo un mohín con aire desilusionado. Cuando fue el turno del chico, la cara le cambió enteramente a una de desagrado, pues reconoció la satisfacción del otro.

¡Ja! —Okita, con orgullo, mostraba presuntuoso a "la Reina". Kagura levantó el mentón con ahínco, desafiando su suerte—. Ahora sabrás lo que es el sufrimiento —advirtió con malévola sonrisa. Soyo vio caer un gota de sudor sobre la frente de su compañera—. Quédate quieta, no muevas ni un músculo…

Y luego un beso inesperado.

Sougo atrapó sus labios en un acercamiento brusco y repentino. La sorpresa no se hizo esperar en el rostro de Kagura, y sobre todo en el de la pequeña fisgona entrometida, quien abrió los ojos como platos. Esta última se acomodó en su estrecho lugar y concentró su atención en ellos esperando, ilusionada, una escena romántica, unos abrazos apasionados y un contacto delicado, lleno de sentimientos. Más nada es lo que parece con ese par, lo sabía muy bien, pero a veces (por no decir siempre) su mente soñadora le jugaba una mala pasada. Cuando vio el hilo de sangre correr por el mentón de la chica lo comprendió, y su sentido común volvió a situarse en la realidad, permitiéndole observar con más objetividad. ¡El muchacho la había mordido en los labios! Dejó caer los párpados con resignación y se regañó a sí misma por no prever tal actitud.

Pues no dolió —espetó Kagura cuando él se apartó relamiéndose los labios. Una vez lejos se limpió el brote de sangre con el dorso de la mano.

Créeme que te acordarás de mí cuando comas algo salado —repuso, divertido. La mirada acechante del estudiante le hacía dar escalofríos, sin embargo concordaba con su amiga, no había sido una devolución extraordinaria ni mucho menos un movimiento implacable, no al nivel al que lo había elevado Kagura. Y eso la dejó pensando.

Bueno, bueno. Ya has hecho suficiente el vago , te toca mezclar.

Volvieron a sentarse (Sougo aún sobándose el abdomen) y se acomodaron alrededor de María Ozawa. Ella permanecía implacablemente sometida a los brazos de un hombre moreno y bien formado… Soyo sacudió la cabeza tratando de quitarse esa imagen de la mente y se concentró en los chicos. El siguiente turno también fue para él. Lo vio sonreír con satisfacción.

Vaya, vaya —dijo, y Kagura frunció el ceño—. Lo mismo: quédate quieta.

Soyo esperaba que esta vez sí se mandara uno de pequeños trucos dolorosos en honor a su orgullo maltrecho por las dos palizas que recibió, pero no fue así. Lejos de aquel resultado sacó un marcador indeleble, de punta gruesa, y escribió en letras grandes sobre todo el rostro de la chica. En la frente, el mentón y ambas mejillas se leía claramente una sola e infalible palabra: Sougo. El flamante autor rio entre dientes, contento con su obra maestra.

¿Qué, qué? ¿Qué dice?

Quién sabe —bromeó, en tanto su acompañante daba vueltas sobre sí, tratando en vano de verse la cara. Arriba, abajo, sus ojos no llegaban a identificar lo que estaba escrito. Soltó unas cuantas groserías. Para cuando terminó, las cartas ya estaban preparadas para continuar el juego. Sin perder tiempo, los chicos fueron volteándolas una por una, hasta que "la Reina" quedó al último, siendo descubierta a manos de Kagura. A modo de festejo exclamó un enfático "¡Sí!", lleno de júbilo. Y como la venganza les sabe a dulce, la muchacha atacó del mismo modo.

Quieto —ordenó en su turno de mandato. (Lo cierto era que el juego se había remitido pura y exclusivamente a una sola orden: quedarse estático.)

Sin siquiera levantarse de su plácida postura (con las piernas cruzadas), Sougo rodó los ojos con menosprecio. Kagura se acercó de rodillas y, con el mismo marcador, dibujó garabatos en todo su rostro, garabatos que insinuaban una inclinación sexual hacia el género masculino… Soyo se tapó los ojos por unos instantes y meneó la cabeza con resignación.

Ahí lo tienes. Presúmeselo a tus amigos, les encantará —dijo entre risitas desbocadas.

El muchacho solo respondió alistando las cartas, le envió un beso al aire cuando sacó a la Soberana en la primera oportunidad. Ella frunció los labios y desvió la mirada. Lo siguiente que sucedió fue un corte para la serie de órdenes monótonas que surgían. Primero, se quitó los zapatos negros y las medias blancas. Luego extendió un pie y… el resto es historia cantada.

Bromeas, ¿cierto?

Okita negó con la cabeza, sonriendo levemente.

¡Ni muerta!

Es una orden, subordinada —decretó, altivo—. Acerca tus sucios labios a mi pie y bésalo como la perra que eres.

¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? —se defendió con recelo.

No lo sé, creí que sonaría bien.

Soyo se dio golpecito en la frente con la mano. "Ninguno de los dos tiene remedio", pensaba.

(…)

Casi la mayoría de las alocadas tretas entre los dos estudiantes más problemáticos del colegio terminaban en un fiasco. Soyo había visto, oído y presenciado un numeroso repertorio de "técnicas" y "trucos" dignas de un estafador aprendiz (porque no eran infalibles) para escaquearse de sus obligaciones contractuales. En simples palabras: el sabotaje mutuo ya era una rutina cotidiana entre ellos. Era común que ambos hicieran trampa y buscaran la forma de librarse de los consecuentes castigos. El beso estrafalario en el pie del muchacho no fue ninguna excepción. Kagura terminó mordiéndolo.

(…)

Después de observar el brinco que Sougo pegó al sentir el poder de los dientes de Kagura, Soyo contempló, una vez más, una seguidilla de insultos y reclamos que derivarían en una discusión sin sentido.

Las lombrices eran tuyas, no me vengas con esas cosas —repuso Okita, sobándose la planta del pie desnudo.

Pero fue idea tuya ponerlos en el bolso de la vieja esa, sí —respondió ella con firmeza, cruzándose de brazos.

Que tu falta de cerebro se haya hecho crónico no es mi problema. ¡Te señalé el bolso de Hijikata!

¡¿Y por qué no me avisaste que lo estaba haciendo mal?!

Bueno, creí que sería más divertido ver como la esposa del director salía espantada al ver sus nuevas mascotas. —Esbozó una pequeña risilla.

Soyo especulaba que, por dentro, él debía estar sintiéndose nostálgico, como cuando se tiene un buen recuerdo de la niñez, de algún momento de inocente travesura, algo muy lejano en el pasado, pero lo cierto era que había transcurrido hacia tan solo dos meses atrás.

¿Recuerdas cómo gritó? —preguntó con aire pensativo, aún sumergido en sus memorias.

Entonces Kagura también emitió una elocuente risita.

Huyó como conejo perseguido por un lobo, sí.

Y mientras ellos recordaban con dilección el "simpático" momento en el que la mujer colapsó en un ataque de nervios, gritos y, posteriormente, pérdida de la consciencia, Soyo rememoraba el rigor con el que los habían sancionado. Otra vez, al borde de la expulsión. Era ya la cuarta del año, contando la vez que dejó a Sougo colgando inconsciente del aro de básquet. Lo peor era que ninguno de ellos mostraba signo alguno de arrepentimiento.

No era lo que te ordené —farfulló pensativo—. Pero salió bien.

¿Cómo dices? Habla más fuerte, ¿quieres?

El muchacho dio un leve suspiro y luego sentenció:

Sigamos.

Una alarma se disparó en la mente de Soyo, sabía que algo había cambiado en el ambiente, sobre todo en él. Primero que nada, no castigó a Kagura por desobedecer el pedido y segundo no la reprendió por la dolorosa jugarreta que había hecho. Para él ignorar una cosa como aquella era sinónimo de desequilibrio mental, o al menos así lo veía la pequeña espía.

El siguiente turno le correspondía a él, pero no fue hasta la siguiente vuelta cuando obtuvo el naipe triunfador. Entonces sonrió de medio lado y su contrincante lo miró con recelo.

No volveré a oler tus apestosos pies, eh, que te quede claro.

Quítatelos —ordenó Sougo, ignorando el comentario.

¿Eh? ¿Qué cosa?

Esos que parecen conos.

Kagura torció el gesto en una mueca perfecta de desentendimiento, tanto que a Soyo le pareció irresistiblemente graciosa.

Esas cosas en forma de estiércol de fresa —repitió señalando los dos rodetes con adorno rojizo.

Kagura hizo un mohín inflando los cachetes. Daba la impresión de estar viendo a una niña pequeña mientras la regañaban por haber hecho una de sus travesuras.

No tienen forma de estiércol —murmuró al tiempo que se iba quitando los rodetes, dejando al descubierto una ondulante y arremolinada cabellera escarlata. Soyo pensó en que si hubiera sabido de antemano que el chico iba a pedir eso, le hubiera alisado el pelo o al menos intentaría peinarla. Tomó nota mental de ello mientras meneaba la cabeza y se lamentaba por no habérsele ocurrido antes.

Entre tanto Sougo observaba sin decir nada. Serio, concentrado, absorto. Soyo no sabía con exactitud qué tipo de emoción expresaba su rostro. Era como si estuviera disfrutándolo muy sarcásticamente. Algo sin sentido para ella.

¿Contento? —consultó Kagura, luego de acomodarse los mechones ensortijados que se le habían formado a causa de los rodetes.

Sougo gruñó a modo de afirmativa.

Qué orden tan estúpida. Mira que desperdiciar un turno en algo como esto. —Pero a pesar de sus palabras frías e indiferentes, Tokugawa percibía un tono rojizo en sus mejillas. Sonrió. Comenzaba a entender qué tipo de expresión estaba teniendo el muchacho, una que ya había visto antes pero que no había sabido identificar. En ese momento le quedó claro. Era afecto—. Bueno, ¿seguimos?

Seguimos —concluyó Okita, seco y cortante, la mirada fija en ella. Repartió las cartas casi sin verlas, estaba hipnotizado en el fulgor carmesí que tenía enfrente.

¡Sí! ¡Me tocó a mí, por fin! Mi orden será… que escribas: "Kagura es la mejor" en un papel, sí.

Soyo se dio tope en la frente. Su amiga no había captado la indirecta en absoluto. O mejor dicho, sí lo captó, solo que no tuvo la brillantez de aprovecharla para su beneficio, para propiciar un momento de romance, de dulzura. Era un caso perdido. Otra vez tendría que hablar muy seriamente con ella sobre las parejas y el romanticismo. ¡¿Es que nunca aprendería?!

Sougo gruñó de nuevo y sacó su móvil del bolsillo.

No tengo papel ahora —explicó sin dejar de teclear, posiblemente un mensaje de texto—, así que confórmate con esto.

El móvil de la chica sonó y al revisarlo esta dio un bufido de disgusto.

¡Oye, eso no fue lo que te ordené!

Tampoco te dije que me mordieras pero lo hiciste gratis. Este es tu cambio. —Le sonrió con picardía, y luego lanzó las barajas hacia ella—. Te toca.

Kagura bufó en silencio mientras se daba a la "pesada" tarea de mezclar un "exuberante" montón de cartas.

Listo. Pero esta vez haz caso, sino no tiene gracia —reclamó de un modo tan infantil que a Soyo le hubiese gustado salir corriendo a estrujar sus pálidas mejillas.

Tira de una vez —espetó, inexpresivo, al tiempo que guardaba el celular.

Kagura le hizo caras y colocó el mazo en el suelo de mala gana. Sougo volteó la primera carta y luego la miró levantando las cejas con satisfacción; ella vociferó una grosería en un tono que nada tenía que envidiar a la de un megáfono. Soyo habría jurado que el chico se desternillaba de júbilo por dentro al ver esa reacción.

China tonta —dijo acercándose despacio—, tu destino es caer ante mí, resígnate ya.

Y m****. Si caigo tú vienes conmigo —respondió, mirándolo de arriba abajo y cruzándose de brazos, escupió delante de él para que supiera que hablaba enserio.

Vaya boca tienes. Nadie te tomará enserio como novia si sigues así —bromeó en tono burlón.

Kagura se encogió de hombros, indiferente.

Podría considerarlo, si algún día fuera novia de alguien… Pero no.

¿No qué? —quiso saber, falsamente intrigado.

No cambiaré por alguien, solo porque me lo dicen. El que me quiera… bueno, ya sabes —sentenció haciendo ademán con la mano y fingiendo restarle importancia al asunto. Pero Soyo sabía muy bien a lo que se refería, y estaba segura de que el chico también lo entendía. De alguna manera se entendían sin necesidad hablar, las palabras sobraban entre ellos.

Sougo esbozó una media sonrisa. Se situó frente a ella, a pocos centímetros.

Quédate quieta —le ordenó cambiando a una expresión malvada y traviesa. Algo traía en mente, y cuando le pasó una mano por la nuca, apartando el cabello de los hombros, Soyo supo que estaba en lo cierto.

¿Y ahora qué?

Mantente callada —le respondió, austeramente, antes de abalanzarse sobre su cuello, de forma repentina. La sorpresa alcanzó tanto a Kagura como Soyo, siendo la última más afectada. Contemplaba la escena con algo de bochorno y cierta incomodidad, no estaba segura de lo que estaba sucediendo. Hasta que la vio dar un respingo desazonado y con algo de disgusto. Entonces lo entendió, era obvio: la había mordido. Aún así Kagura no le dio el lujo de gritar o gimotear por ello, en vez de eso decidió clavarle las uñas en el brazo izquierdo del chico. Un justo equilibrio, diría ella. Pero Soyo intuía las posibles consecuencias, como él la mordiera con más fuerza.

Y así sucedió.

Transcurrió un rato, en el ambos se debatían quién infringía más dolor. Hasta que Kagura lo jaló de los pelos y lo apartó de un tirón. Sougo se alejó con rapidez, manteniendo distancia de su presa. Ella se llevó una mano al pescuezo, limpiándose los rastros de saliva. Aún desde lejos se podían ver las marcas de los dientes impresos en su nívea piel. Un solo pensamiento pasó por la mente de la espía, que no le iba a gustar.

A ver cómo explicas eso —se burló el chico, poniéndose en alerta, por si tenía que salir corriendo de un ataque repentino.

Maldito lunático. No es divertido. ¿Qué le diré a Gin?

Okita se encogió de hombros y, al notar que ya no corría riesgo de muerte, relajó un poco su postura.

¿Para qué marcas terreno si no tienes los huevos para defenderlo? —dijo Kagura en tono casual, y Okita volvió a contraer el cuerpo. Se quedó boquiabierto por escasos segundos intentando replicarle con algo pero ella lo cortó diciendo que debían seguir con el juego. Optar por el silencio fue su mejor alternativa.

Cuando retomaron la marcha y el joven obtuvo, nuevamente, a La Reina, la muchacha estalló en una clara muestra de descontento

¡Oye, esto es pura m*****! Tus cartas están jodidas a tu antojo. ¿Cómo m***** es que esta perra siempre te toca a ti? ¿Le hiciste alguna de tus m***** vudú y esas cosas?, porque están funcionando como laxante. —Suspiró, exaltada, y se cruzó de brazos—. Esta m***** ya no me gusta.

Sougo rio en silencio. Fue caminando hasta el muro del edificio y, desde allí, sentado contra la pared, emitió su soberana orden.

Cálmate, y siéntate… aquí —y señaló sus piernas.

Kagura se quedó viéndolo como diciendo "Es broma, ¿cierto?". Y solo cuando él negó con la cabeza, y la incitó a acercarse con el dedo índice, se encaminó hasta allí.

Y nada de engaños.

¿Qué dijiste? —preguntó ella, luego de hincar las rodillas sobre su muslo con toda brusquedad. El estudiante soltó una grosería en su honor. Su expresión se traducía notablemente en una mueca de dolor y desagrado, hasta que la cambió por completo a solo desagrado. Luego la observó con mala cara cuando esta finalmente acató la orden y se acomodó a su gusto.

No así. Una en cada lado —señaló, primero con los ojos luego con un dedo en un valiente intento de acariciar una pierna que, aunque llena de rasguños y moretones, lucían atractivamente femeninas.

Me pones otro dedo encima y te quedas sin brazo —amenazó, dando un manotazo al índice juguetón.

Sougo se quedó viéndola divertido, aunque también respetando la advertencia.

Entonces obedece.

Y ella obedeció, muy a regañadientes, pero lo hizo.

Mi turno —dijo después de cambiar de posición, enfrascada en un enojo desbocado pero reprimido. Soyo creía que ella tenía la esperanza de poder vengarse por medio del juego.

Revolvió las cartas casi de reojo pero fue Sougo quien obtuvo la corona en el segundo intento. Respiró hondo y se quedó viéndolo atentamente, como queriendo adivinar cuál sería su próximo movimiento, incluso Soyo desconfiaba de la próxima orden, dada la postura en la que estaban, y la cara de satisfacción muchacho. Entonces este cortó el silencio.

Dilo —demandó en voz tenue y confidente:

Kagura dio un suspiro un tanto ahogado y se dedicó a mirarlo por un largo rato. Finalmente, después de un minuto con trece segundos (según cronometró la espía), le dio un pequeño golpecito con el dedo medio en la frente y, acercándose a su rostro, le respondió en voz muy bajita. Soyo tuvo que dejar de respirar para no perder detalle:

Quiero estar contigo, ya lo sabes. Te quiero a ti. —El rubor de sus mejillas, el timbre firme y quebrado a la vez, su poderosa convicción, era por completo una encantadora obra de arte para la embelesada espectadora que los contemplaba desde su pequeño escondite. Si no hubiera estado confinada a ese reducido espacio, bajo la premisa de estar oculta, habría saltado como canguro sobre su pelirroja amiga. Se contuvo lo más que pudo para no chillar de alegría.

Pero cuando vio la expresión de Sougo la sonrisa se le borró al instante. No parecía contento con el valeroso agregado demostrativo que le habían confesado. Más bien se lo veía extrañado e incómodo, como si una alarma interna se le hubiera disparado, como si algo no le cuadrara.

"¿Por qué", se preguntó, cerrando sus manos en puños. Según ella, no había razón para tal actitud o siquiera para dudar. Estaba todo más que claro. Pero al parecer para él no, pues se quedó observándola tan fijamente que parecía que iba a perforarle el cráneo con la mirada. Tenía el semblante de alguien que intentaba ver a través de sus ojos, alguien que trataba de encontrar la respuesta a una pregunta que no había sido formulada en voz alta. Kagura, por su parte, le devolvía sin problemas el desafío espontáneo de miradas, hasta dejaba de pestañear para ver cuánto resistía (reconocía esos gestos en ella. Cada vez que lo encontraba serio o disgustado, ella buscaba la manera de cambiar la situación; era su arma secreta, nunca fallaba). Y sucedió. Algo pasó, no supo qué pero algo en él se removió y Soyo creyó que había encontrado esa respuesta, su cara de sorpresa lo delataba, aunque resultaba evidente que trataba de disimularlo con escasos resultados. También ella lo había notado, estaba más que segura de ello, pero no hizo movimiento alguno, solo se dedicó a escudriñarlo con los ojos en busca de alguna señal o algo que pudiera identificar pues ellos podían entenderse solo con la mirada, esta era una de esas oportunidades, claro estaba. Salvo por el pequeñísimo detalle de que, luego de unos instantes, él cortó el contacto visual, volteó hacia otro lado y apretó los labios.

Soyo parpadeó sorprendida. Si antes entendía poco, en ese momento entendía menos que menos. Observó a Kagura levantar el mentón y arrugar la nariz. Parecía molesta. Luego mezcló las cartas rápidamente sin verlas y colocó la carta ganadora boca arriba.

Ahora tú —sentenció tajante, fulminándolo con la mirada.

Bueno, es bastante obvio —dijo, levantando una ceja y sonriendo de medio lado—. Quiero dormir contigo.

No. Dilo —interrumpió ella, fríamente.

Okita paseó la mirada por todos lados, como siguiendo el vuelo en espiral de una abeja, antes de contestar. Resopló indiferente y luego se volvió hacia ella.

Te lo dije. Eres linda y me gustas.

Por alguna razón no parecía ser sincero. Lo había dicho muy a la ligera y en el último instante desvió la mirada. Pero aún así Kagura fue capaz de comprender algo y puso cara de enfado.

Bien —fue lo único que salió de ella. Revolvió las cartas por última vez, y, mostrándole la que tomó, ordenó—: Levántate.

Antes de que se diera cuenta ambos se encontraban de pie y se dedicaban intensas miradas. No supo en qué momento comenzaron los empujones y los golpes, pero para cuando sonó el timbre ella le estaba haciendo una llave de lucha mientras le estampaba la cara contra el césped. Lo liberó con brusquedad después de escuchar el timbrazo y se apartó dando un aviso.

No te molestes en llamarme para esa estupidez de la esclavitud porque lo lamentarás. Dime lo que quieres que haga y lo haré. Punto. El tiempo terminó, ahora te toca a ti.

Salió a paso firme del lugar y Soyo imaginó dónde podría encontrarla más tarde.

Okita se dio un golpe con la cabeza contra la pared y también partió.

(…)

Inmediatamente después de que ambos se marcharan, salió corriendo hacia el bufet (luego de pasar por el baño de mujeres, solo para descartar una alternativa). Allí encontró a Kagura en proceso de devorar una montaña de panecillos y golosinas; cada vez que le quitaba la envoltura a un dulce lo botaba contra el tacho de basura que se encontraba en un lejano rincón. Los alumnos presentes hacían sus apuestas por el bollito que encestara en el bote. Solo tres chicas vaciaban su billetera y ponían su fe en la pésima puntería de la pelirroja.

Soyo respiró hondo. Entró como si estuviera de paso y le habló en su mejor tono casual.

—¡Kagura! Yo también venía a comprar… algo. Un panecillo. Qué bueno encontrarte también aquí, creí que estarías, bueno, ocupada con cierto asunto. Ah, pero no necesitas contarme si no quieres. No te sientas presionada. Por cierto, ¿ya saliste de eso que tenías que hacer?

—He decidido darle tiempo —la interrumpió mientras abría el paquete de un chocolate y se lo llevaba a la boca—, para que se lo piense a solas.

—¿Ah, sí? —preguntó, fingiendo sorpresa al tiempo que tomaba asiento frente a ella.

—Nos conocemos bien: yo a él y el a mí. No hay mucho más por descubrir. Y él ya lo sabe todo. Ahora es decisión suya.

Soyo se quedó de piedra, y esta vez era en serio.

—Ya me cansé de correr tras él como una idiota. Ahora es su turno —prosiguió, tomando como rehén un panecillo blando e indefenso.

—No lo entiendo —reflexionó, bajando la voz y echando una mirada a su alrededor, para cerciorarse que de que sus palabras no le llegaran a nadie más que a ellas dos—. Tú le gustas, te lo ha dicho, ¿por qué duda tanto?

—Es distinto. No estamos iguales.

—¿Distinto en qué sentido?

Kagura se rascó la cabeza, dejando caer algunas migas sobre su pelo. Aún lo llevaba suelto y el nombre de su amado escrito en todas partes con marcador negro.

—Pues… estamos como en pisos diferentes, como cuando él está en la planta baja y yo en la terraza, ¿entiendes? —Soyo negó con la cabeza, desentendida totalmente. Kagura continuó sin prestarle atención—. ¿Por qué le cuesta tanto decidir? Él sabe cómo soy yo, demonios, ¿para qué tanto jaleo? Solo tiene que saltar el charco y ya —y le clavó los dientes a un pastelillo de crema.

Estuvo un rato insultándolo al aire pero Soyo solo rescató lo de la idea de los pisos. No entendía nada.

(…)

Después de volver a clases (media hora más tarde, ganándose un buen regaño por parte del rector), se pasó la tarde entera pensando y reflexionando el cabo suelto que le faltaba. Además, Kagura nunca había sido buena para explicar cosas complejas y su situación no era precisamente sencilla. O eso le parecía, porque no entendía nada. Cerca de las tres, luego de darle más de un centenar de vueltas al asunto, llegó a la conclusión de que necesitaría ayuda para poder descifrar al enigmático y siempre impredecible Sougo Okita. Y qué mejor que consultar a la fuente misma de todo aquel embrollo. Así que pidió una "entrevista" por mensaje de texto y al finalizar las clases se dirigió discretamente hacia la parte trasera del gimnasio. Mas el encuentro no arrojó más luz sobre su fría penumbra, sino más bien le agregó niebla. Hablar con él era exactamente lo mismo que hablar con su amiga, ninguno era directo con sus declaraciones. La más clara a la que pudo encontrarle sentido fue: "No me andaré jugando con cerilla en un galpón lleno de dinamita", y "China juega en una liga mayor a la mía. Aún no he subido de rango como ella", lo cual la dejaba en una penumbra más acentuada. Seguía sin comprender nada.

Su próximo intento fue más premeditado, y hasta antes de citarlo, creía que también más acertado.

Pero no.

Hijikata solo se limitó a refunfuñar y perjurar que la posible relación de esos dos "conocidos" de Soyo, que no eran ni Kagura ni Sougo, le harían la vida imposible y lo llenarían de tardes de jaqueca y raciones dobles de tabaco. Todo un melodrama. Pero sacando de lado ese tema —que conformó el 90% de su conversación—, rescató una frase que le quedó grabada: "Un hombre no toma riesgos si no está dispuesto a correrlos". Lo malo fue que tampoco sirvió para resolver mucho sus dudas. Todas ellas seguían intactas.

Su última opción, en un intento desesperado por conseguir la opinión y el consejo de una mente adulta y madura (o al menos creíble), fue alguien muy cercano a su querida amiga. Alguien que la conocía desde mucho tiempo atrás. Alguien que comprendía sus locas manías (porque él mismo era un maniático incorregible). Este, entre sus muchas frases sin sentido y sus desvaríos de atención, le dio la clave que logró resolver todo el embrollo. Le dijo aquello que no lograba comprender y que, a sus ojos, luego de que lo supo, era lo más evidente del mundo: Sougo quería a Kagura, pero ella lo amaba. Algo tan simple como eso, pero a la vez tan complicado. Y era precisamente esa pequeña gran diferencia de sentimientos lo que lo había dificultado todo. Sougo lo sabía, por ello decidió no arrojarse a sus anchas en aguas… complicadas.


Notas:

I'm back, people! Ya no sé qué excusa dar porque la verdad es que no hay excusas válidas que avalen mi desaparición por más de dos meses. ¿Falta de inspiración, problemas con la trama? No, les aseguro que ese no fue el problema, tenía muy en claro lo que quería plasmar. La causa es íntegramente de índole personal y eso indirectamente afecta también mi desempeño a la hora de escribir. Eso es todo.

Ahora, hablando del contenido del capítulo, quiero destacar el decaimiento rotundo de humor hacia el final, lo cual es necesario para entrar un poco en ambiente de tensión. Si bien, no quiero dejar de lado el intento de humor que trato de hacer, también quiero crear climas de pseudo-drama; leve, muy leve.

Con respecto a los sentimientos de Sougo, espero que este capítulo despeje las dudas sobre este tema. No quiere tomar una decisión a la ligera porque es consciente de las posibles consecuencias. Quizás en los capítulos anteriores se lo vio con una perspectiva egoísta y mal intencionada, pero en realidad es todo lo contrario, tiene muy en cuenta los sentimientos de Kagura, y es en base a ellos que no quiere apresurarse en su decisión. Traté de poner los puntos de vista de diferentes personas para que se note cómo lo ve cada uno. Kagura lo trata de "miedoso", pero reconoce el tremendo desnivel que hay (se dio cuenta con el juego). Sougo destaca como primerísima instancia esa diferencia. Hijikata sostiene que no está listo para afrontar una relación de esa magnitud, y Gin... bueno, aquí no se mostró pero en el siguiente se sabrá que lo ve precavido, pero sobre todo asustado, temeroso por perder esa valiosa conexión amigo-rival que tiene con Kagura. Si la cosa no funciona, no volverán a ser lo mismo que antes.

En fin, espero que les haya gustado. Háganme saber sus dudas, inquietudes y reclamos. Sí, la estoy haciendo muy larga. El final feliz no llegará todavía. La pobre justificación que doy a esa tardanza en cuanto al romance quizás no baste como excusa para algunos lectores, pero la realidad es que no todas las parejas tienen un final feliz ni se unen en cuestión de semanas. A veces lleva tiempo, a veces no, a veces se complica... No todo es un cuento de hadas, y menos con estos dos.

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Un agradecimiento enorme para aquellas personas que se han tomado el tiempo de leer esta historia. I love okikagu, Aleechan950, Mi-chan, Lu89, Mitsuki, Anonymous D, Jugem Jugem, Guest (caritas), Lunadragneel24, Okita kagura, AI tsukiyomi, Anyagears, KohinaHiruko y Karunebulous, mil gracias por leer y comentar. Siento no poder responder cada uno de sus comentarios, en este momento no me veo en la posibilidad de hacerlo, pero aprecio mucho sus palabras y la energía que me transmiten. Mil gracias por ello.

Hasta la próxima.