N/A: Beteado por Nadine. Muchísimas gracias.


Capítulo 19


Las cuestiones de amor siempre le habían parecido cosa fácil, casi como un juego de niños. Había un chico X y una chica Y, descubrían que se gustaban, se hacían novios y, por último, se casaban y vivían felices para siempre. Así de sencillo. Todas las novelas lo probaban, era la regla general en toda relación. Pero al parecer las cosas no eran tan simples como creía. La gente no accedía a comprometerse así como así en la vida real, ni se juraba amor eterno en cuestión de semanas sin una base fundamentada. Había cierto tipo implicancias en el medio, factores que influenciaban a la hora de consolidar una pareja. Cuestiones como la química entre dos personas, sus intereses, madurez e inclinación sentimental llenaban la talla para el paquete de requisitos (entre muchos otros). En ese momento la puerta a un mundo totalmente distinto se le abrió ante sus ojos. La puerta de la realidad.

—Y así llegamos a la conclusión de que la chica del clima y yo somos almas gemelas. Ey, Tokugawa, ¿estás ahí? —Gintoki chasqueó los dedos frente a ella, sacándola de su epifanía monumental. El descubrimiento la había dejado tan atontada que parecía estar sumergida en una intrincada red de pensamientos.

—¿Eh, eh? —fue lo único que atinó a decir, mientras meneaba la cabeza de un lado a otro para espabilarse y retomar sitio de nuevo en el mundo real.

—Lo que me preguntaste, sobre la chica del clima y yo… —continuó Gintoki, alterando el motivo de la visita a la sala de profesores.

Y de repente su cerebro hizo click.

—¡Sí, sobre eso! Ahora lo entiendo. Ella está enamorada, pero él no. Esa es la razón.

—Oye, no. Él sí está enamorado, en serio. Ahora, ella, bueno, es cuestión de que conozca al tipo en persona. Se derretirá en cuanto lo vea, te lo aseguro. Será amor a primera vista.

—Entonces ahí está el problema de todo —caviló Soyo, ignorando los desvaríos soñadores del profesor con su amor platónico del clima—. Eso es lo que quería decir con que no está a su nivel. Aún le falta —vociferó exaltada, levantando los brazos con júbilo, como si eso fuera todo lo que se necesitara para resolver el asunto. Pero tan pronto como encontró la causa de todo el embrollo, halló también el quid de la cuestión—. Pero… aun así podrían estar juntos, creo yo. Se puede intentar y todo.

—Eh, Tokugawa, esa amiga tuya de la que hablas no será Kagura ¿no? —Gintoki, quien en apariencia estaba perdido en una nube de ilusiones y corazones centelleantes, atendió rápidamente a la conjetura de la joven, mirándola con cierto recelo.

—¿Eh?¿Ah? No, qué va. No se trata de ella —disimuló—. Es sobre, bueno, una chica de otro salón y de otro grado. Usted sabe que estoy en el departamento de ayuda estudiantil. Mi trabajo es brindar apoyo anímico a los demás, eso es todo. —Esbozó una risilla nerviosa, mientras una gota de sudor le escurría por la sien esperando que su mentira fuera masticada por el docente.

—Oh. ¿Sigues con eso?, ¿a pesar de ser un departamento en el que sólo estás tú y de que el director denegó tu solicitud para integrarlo como club oficial? —comentó Gintoki, sacándose un moco de la nariz, luego lo tiró al suelo y se limpió con su bata de doctor que siempre traía a clases.

Soyo dio un suspiro, aliviada. Su mentira había funcionado. Luego torció el gesto, asqueada, al pensar en que aquella bolita de mucosidad verdosa se encontraba libre y pegoteante sobre las baldosas claras de la sala. Podría pisarla tranquilamente. Su cuerpo sufrió un ligero estremecimiento al imaginarlo.

—Bueno, es que… —trató de responder, aún con la cabeza baja, buscando no dar con algo viscoso a su lado.

—Entonces dices que no se trata de Kagura, ¿cierto?

—Claro, claro. No es ella. De ninguna manera. —Continuó con la mirada perdida entre la mugre alrededor del escritorio del profesor.

—Y ese mocoso del que hablas tampoco es Sougo, ¿no?

A Soyo casi le da un ataque cardiorrespiratorio al oírlo. De no ser por la silla en la que estaba sentada, hubiera derrapado limpiamente en un desmayo repentino en vertical, como un poste cayendo en picada.

—¿Eh? ¡¿Eh?! —se sorprendió, dando un respingo del asiento, aferrándose a su falda que ya se encontraba hecha jirones. Trató de articular palabra, pero nada salía de su boca. Solo conseguía negar con la cabeza pronunciando monosílabos tartamudeados.

Mientras tanto, para desgracia de Soyo, Gintoki seguía insistiendo con el tema.

—Porque Kagura y ese chiquillo han estado muy raros últimamente.

Palideció ante aquello último, el sudor frío brotaba de su frente. ¡El hombre sí que sabía cómo robarle el aliento a una chica! En ese momento se preguntó si también tendría las agallas para hacerlo con la mujer del pronóstico…

"Naaa. Lo más seguro es que él se quede sin palabras antes que ella", pensó. Y entonces recuperó el color que había perdido, y una pequeña sonrisilla se coló entre sus labios. Meneó la cabeza, espabilando.

—Pe-pero qué dices —dijo al fin, tratando de sonar natural, sin éxito—. ¿Esos dos juntos? Uff. Nada que ver. Nooo.

—¿Y quién dijo que estaban juntos?

Otra vez el mini infarto arrasador. ¡Ese hombre era una bomba de tiempo!

"Anda, dame un respiro" hubiera querido gritarle, pero aún conservaba la compostura necesaria para no hacerlo.

—Eeeh. Es que usted dijo que yo dije, porque ella me dijo a mí, y es que me dijeron… —Ya se había hecho bola—. ¿Acaso no fue eso lo que me preguntó?

—Pero si eres tú la que ha venido a preguntarme algo.

—¿Eh? —Terminó igual de enredada que un revoltijo de luces navideñas—. A-a ver: Kagura no tiene nada que ver en esto, yo pregunto por…

—El mocoso ese que aún no cuadra con la chica de tu consulta, ya.

—¡Sí, sí! Eso mismo, esa es la cuestión. Ahora entiendo que ella siente algo más fuerte pero él todavía no. Hasta ahí lo capto. Pero lo que no me cierra es que no se anime a intentarlo, ¿me entiende?

Gintoki esbozó un desganado bostezo apoyando el codo contra el escritorio. Abolló el envase acartonado de la leche de fresa que había sobre el mueble, y, tratando de encestarlo en el bote de basura, respondió:

—Bueno, es simple. Tiene miedo.

El tiro salió errado pero nadie se molestó en levantarse a recogerlo, ni siquiera el autor.

(…)

La respuesta quedó repiqueteando en sus oídos con una sensación extraña. Aquello último le sonó tan irreal como insólito. No parecía creíble, no viniendo de él, que se mofaba de burlar su suerte todos los días, ya sea molestando a la estudiante más temperamental de todo el colegio, o atormentando a un rector con una disciplina intachable. La palabra miedo no iba con él. Más bien padecía de un exceso de valentía. Por esa razón la palabra miedo le sonó inusual para describirlo.

—¿Miedo? No lo creo —negó efusivamente—. Conozco al muchacho del que me habla esta paciente. —Gintoki levantó una ceja, incrédulo—. Y no es eso.

El docente se acomodó en su sitio y se comió un dulce que sacó de un bolsillo.

—Óyeme, lo más probable es que tema perder la relación actual con esta… "chica". Tiene una conexión con ella, una forma de llevarse. Si se lanza hacia el río y luego tiene que salir pitando de allí, las aguas no serán las mismas.

Y de nuevo sucedió. La epifanía le golpeó de lleno como si le hubieran dado una bofetada con un bate de béisbol. ¿Cómo no lo había visto venir?

—¡Gin, eres un genio! ¡Le has dado en el blanco! —exclamó, sobresaltándose—. Eso es exactamente lo que está sucediendo. Sí.

Gintoki bostezó de nuevo con mientras la emocionada Soyo seguía desvariando en su pequeña silla de metal. Si hubiese sido giratoria, hubiera terminado devolviendo el almuerzo del mediodía de tantas vueltas que hubiera dado. El docente simplemente la dejó ser durante un rato. Soyo sospechaba que, en parte, al hombre le servía de excusa para no atender a la pila de trabajos que debía corregir, y en parte para cabrear al rector que se encontraba en pleno ataque de abstinencia de cigarrillos. Cada tanto lo veía palpar el bolsillo derecho con nerviosismo, tentado a sacar el paquete que sobresalía rectangularmente sobre la tela.

Hasta que no pudo más.

Después de que el rector finalmente se decidió a marcharse a toda prisa de la sala, su efusiva reacción menguó y entonces una nueva cuestión le asaltó con efervescente intranquilidad.

—Pero ahora existe otro problema. Es decir, no puede quedar así. Tengo que pensar en algo, alguna forma de…

—Tokugawa, no hay nada que puedas hacer.

Soyo lo miró sorprendida, por un momento había olvidado que aún seguía en la sala de profesoras frente al tutor de su mejor amiga. Luego tradujo sus palabras desganadas y puso cara de desentendida.

—Esto ya es algo que tiene que decidir él por sí mismo —continuó el hombre, bostezando por tercera vez—. No puedes ayudar en este caso.

—Pero…

—Complicarás las cosas. Déjalo ser. Además, si ella sabe que intentas interferir te matará. Y a él tampoco le hará gracia que quieras empujarlo al río. No eres de su rollo pero se las cobrará.

Estaba a punto de decir algo cuando el rector irrumpió en la sala hecho una furia y se robó la atención de los presentes.

—¡Tú, maldito cabeza de cebolla, ¿dónde están? ¿Dónde demonios los metiste?!

—Otra vez con lo mismo —refunfuñó el docente—. ¿Por qué no le preguntas a tu crío, a ver dónde los tiene?

—¡No me vengas con eso, bastardo, dime dónde están de una maldita vez! ¡Me estoy hartando de este estúpido juego!

Soyo miró a ambos adultos con algo de congoja. De pronto se sintió muy pequeña. Nunca había estado frente a una riña entre dos figuras de autoridad, generalmente todos los que conocía solían retirarse discretamente para no ser escuchados, sin embargo esos dos discutían libremente como si no estuviera allí observándolos, y eso le provocó cierta incomodidad. En ese momento una silueta con melena rubia pasó junto a ella y le habló en tono cansino.

—Han estado así desde hace unos días —explicó la profesora Tsukuyo con una pipa a burbujas en la mano (a falta de nicotina, tuvo que conformarse con el jabón)—. El chico demonio y Gin han formado alianza para molestarlo.

La contienda verbal comenzaba a subir de tono mientras la mujer los contemplaba con cara de indignación. Soyo, en cambio, temía que de un momento a otro comenzaran a volar muebles por las ventanas, a soltar puños contra quijadas y desprenderse dientes de bocas; podía ver chispas salir de aquellas enfurecidas miradas. No obstante lo que voló fueron dos manchas oscuras que se batieron a toda velocidad frente a sus narices. En un pestañear de ojos, los hombres se encontraron tendidos sobre el suelo con tres lápices clavados en la cabeza cada uno.

—He tenido que ir aumentando gradualmente los lápices. Estos desgraciados cada vez resisten más —explayó la mujer antes de hacer burbujear su artilugio placebo para calmar su insaciable dependencia.

(…)

La tarde se estaba marchitando más rápidamente de lo que hubiera deseado y junto con ella sobrevino una fría ventisca de otoño. Una ventisca que auguraba una noche torrencial; las nubes grises del mediodía poco a poco se fueron tornando más y más negras. La mujer del clima había pronosticado sol para toda la semana, por lo que no trajo el paraguas a la escuela. Se lamentó por ello en cuanto salió a toda prisa hacia los salones de deportes y vio el lúgubre panorama borrascoso del atardecer. Mientras corría, las hojas amarillas que cubrían todo el patio de un pardo follaje crujieron bajo sus pies. Apretó el paso, antes de irse a casa tenía algo muy importante que hacer.

Cuando al fin llegó a su destino la clase ya había finalizado. Suspiró aliviada. Aún tenía tiempo. Solo restaba decidir si esperaba allí o en el edificio principal, frente a la entrada. No quería parecer impertinente ni tampoco resultar molesta, pero era preciso que fuera ese día, antes que terminara la semana escolar y tuviera que agonizar hasta el lunes para saciar sus ansias de curiosidad.

Echó un vistazo hacia dentro, no veía su objetivo por ningún sitio. Dudaba que aún se encontrara allí, pero de igual manera su mirada se perdió inexorablemente entre el vaivén cansino de los estudiantes que marchaban uno a uno hacia los vestuarios. Se ciñó al marco de la puerta cuando una voz monótona la sorprendió.

—¿Buscas a alguien? —preguntó la voz, y a Soyo le dio un vuelco el corazón. Pegó tal brinco que casi perdió el equilibrio de sí misma; tuvo que sostenerse del muro para no caer de la conmoción. (Por alguna razón ese día se las habían apañado para obsequiarle más ratos de sustos que cuando se ponía a ver películas de terror con el barril sin fondo de su mejor amiga) Al voltearse, aún toda temblorosa y apabullada, encontró a la fuente de su repentino sobresalto erguido frente a ella, mirándola con singularidad.

—Okita —llamó en tono de reproche, mientras se tomaba el pecho, agitada—, casi me matas del susto.

Traía puesto el conjunto azul del equipo de Kendo, el cual se conformaba por los pantalones de pliegues anchos y lo que Kagura llamaba "bata de pitufo marica". No tenía los protectores a la vista, a excepción de la máscara que llevaba a un costado, bajo el brazo. Sobre el hombro reposaba la correa de su abultado bolsón negro, algo bastante parecido al suyo, por cierto. Con todo y uniforme, con el aire despeinado y el sudor que resbalaba por su frente, Okita se veía intimidante pero encantador. No pudo evitar sentir la sensación de estar en presencia del típico galán apático de las telenovelas coreanas que, en contadas ocasiones, se erigía con una de sus frases súper geniales de breve consideración.

—China no está ahí —dijo este en cambio, sondeando el ambiente. Soyo intuía que sabía a qué había venido.

—Lo sé. Es a ti a quien busco.

—Ah —fue todo lo que respondió, echando a andar hacia el edificio central.

Sin siquiera pensarlo emprendió camino tras él, cuidando de guardar algo de distancia, como si no fueran juntos al mismo lugar. Los pasos de él eran largos y firmes. Los suyos pequeños y presurosos. Quería lucir calmada, pero simplemente no podía. Tenía las ansias a flor de piel. Nada más llegar quiso asaltarlo con decenas de preguntas, quejas y reclamos, pero en lugar de eso prefirió darle el espacio y tiempo necesarios para que él le indicara cuando estaría listo para hablar. De hecho cuando lo vio detenerse frente al estante para zapatos, supo que había llegado el momento. Fue así que se situó atropelladamente unos tres cubículos más atrás, fingiendo sin discreción ser la dueña de algún calzado.

—Así que lo has pillado, eh —inquirió él, metiendo la mano en el cubículo.

Soyo pretendía acomodar unas alpargatas de interior, muy grandes para su talla.

—Sí. Sí. Ya lo entendí todo. Debí habérmelo imaginado, soy una despistada.

—No me digas —masculló, sarcásticamente.

Soyo sacaba y metía las alpargatas grises con abrojos rojos.

—Pe-pero ahora ya lo tengo todo claro…

—Dime, ¿eres tú quien aconseja a China? —Se volteó con dureza hacia ella. Su mirada era gélida y penetrante. Había un brillo en sus ojos que a Soyo inspiró pavor.

Estaba a punto de decir algo cuando el dueño del cubículo anterior se interpuso entre ellos, en busca de su preciado calzado. Tuvo que guardar silencio por unos instantes, esperando con impaciencia a que se quitara de en medio; le hervían las venas de ansiedad por contestarle al amado de su amiga. Miró al "intruso" de reojo, no parecía llevar prisa, al contrario, se tomaba todo el tiempo del mundo para hurgar entre un reducido espacio de veinticinco centímetros cuadrados, donde sólo cabían un par de zapatos. Movió la cabeza de un lado a otro intentando ubicar al Sádico detrás del chico, por desgracia este era mucho más alto que ella, y más robusto también. Maldijo para sus adentros y se preguntó seriamente por qué la genética estaba de parte de los varones al otorgarles crecimiento prematuro en cuanto a contextura. La injusticia más injusta del planeta después del período menstrual por el que tenía que padecer cada maldito mes como consecuencia de la madurez corporal, mientras ellos simplemente "sufrían" de un aumento altura, vello facial y cambio de tono voz. Era sencillamente ridículo. Lo peor de todo era que se volvían más guapos con el tiempo. Y entre más viejo, más apuesto se volvían… como George Clooney. Pero volviendo al tema de las injusticias, la que más le pesaba en ese preciso momento fue la inoportuna intromisión del muchacho alto que no le dejaba ver nada, ni hablar con quien tenía que hablar. Carraspeó sutilmente con la esperanza de que aquello bastara para que se largara. No funcionó. Probó de nuevo, exagerando notablemente el gesto. Nada. Ya harta de tantas indirectas, irrumpió en un estallido de histeria contra el pobre muchacho.

—¡Por Dios, quítate ya. ¿Qué no ves que tratamos de hablar?!

El tinte ambarino, con gruesa aureola café, se pudo apreciar perfectamente en todo el iris cuando el "mal tercio" abrió los ojos como platos, completamente sobresaltado, ante el grito desesperado de Soyo. Titubeó un "lo siento" y luego se marchó trastabillando, rojo de pies a cabeza. Dejó un florido acordonado a medio hacer en las agujetas blancas de sus zapatillas de tenis rojas. Soyo suspiró al ver lo patético de su labor y meneó la cabeza con pesar. Se giró finalmente hacia la izquierda solo para encontrarse con la flamante ausencia de su interlocutor.

(…)

No era muy propio de ella maldecir internamente. Tampoco lo era hacerlo dos veces, en un mismo día, a un mismo sujeto. Eventualmente se le cruzaba por la cabeza la idea protestar contra algún que otro profesor pero nunca lo hacía en verdad. Se llevaba estupendamente con todos en el colegio, incluso con el grupo de cocina de segundo, contra los que competía en los festivales escolares. La relación con el cuerpo docente también era de las mejores, y lo mismo con los rectores. Soyo era una alumna ejemplar, en conducta y estudio. Pero en el momento en que había salido tras Okita Sougo, corriendo con todas sus fuerzas para alcanzarlo antes de que entrara al baño de varones, se desconoció a sí misma imaginándose cómo se sentiría el cuello estrangulado del alumno alto entre sus manos. Lo despreciaba por haberle robado aquel precioso momento de rebuscada intimidad. Tanto que le había costado y él lo arruinaba. Ya arreglaría cuentas con él. Primero debía encargarse de otro asunto.

—¡Okita, por favor espera!

Llegó casi a los tropezones, sin aliento. Solo cuando se detuvo sintió el peso del cansancio por haber atravesado todo el patio central en fracciones de minutos; un nuevo récord para ella.

—¿Sí? —Sougo se volvió apenas, calmado e indolente.

—¿Por… e… te fuiste? —preguntó Soyo, agitada—. Yo… no… es que… Un momento, por favor.

Se agachó apoyando las manos sobre las rodillas, respiró enérgicamente durante unos segundos, y luego tomó una gran bocanada de aire.

Sougo estaba por decir algo cuando ella lo interrumpió precipitadamente.

—No, escucha. Yo no suelo hacer esas cosas, es decir sí, pero con Kagura es distinto, no es como con las otras. —Se detuvo un instante para tomar otra bocanada de aire. Continuó—: En general doy consejo a todas las que me lo piden, les brindo ayuda, ¡ah! pero Kagura nunca me lo ha pedido, yo la escucho porque es mi amiga, pero no me pide nada, sabes cómo es ella. En realidad es muy testaruda y necia; siempre termina haciendo lo que ella quiere, no acepta consejo de nadie y…

Soyo se interrumpió a sí misma cuando el muchacho extendió un papel doblado en dos frente a sus narices.

—Toma —dijo en tono sereno y despreocupado.

Parpadeó sorprendida. Miró extrañada al papel, luego a él, y de nuevo al papel. Por un momento se sintió totalmente fuera de lugar. Hasta que comprendió que le estaba dando una nota. Posteriormente reflexionó sobre la idea de ser ignorada (algo le dio la ligera impresión de que no había estado siendo escuchada). Pensó que podría deberse a su imaginación. O tal vez no.

—Dale esto en cuanto la veas —agregó. Y eso fue todo lo que necesitó para que sus sentimientos dieran un vuelco completo.

Instantáneamente sus emociones volaron hasta la Luna y revolotearon sin cesar mientras hacía lo posible para reprimir un grito de alegría y entera conmoción. Agarró el trozo de papel sintiéndose bendecida por haberle encomendado a ella esa importante misión. Lo sostuvo entre sus manos como si se le fuera la vida en ello.

—¡Por supuesto! Hoy mismo se la daré, sí tú quieres. Pasaré por su casa. Ten por seguro que lo recibirá.

Okita exhaló un apocado "bien", mientras Soyo observaba el pedazo de papel como si fuera una delicada pieza de valiosa colección. Se sentía tan orgullosa de la importante misión que le habían encomendado que ni siquiera se percató cuando el muchacho se volvió de nuevo, en marcha hacia el baño. Lo detuvo a casi en la puerta.

—Okita, por favor espera —lo llamó con apremio—. Dime, ¿qué harás?

—Pensar —respondió, seco y desabrido. Apenas se había vuelto hacia ella.

—Sí pero eso ya lo has venido haciendo desde hace tiempo. Porque tú lo sabías desde un principio, ¿no? Sabías todo.

—Ajá…

—Pe-pero…

—No era consciente de que esa cavernícola no lo sabía. Se supone que ella ha de ser la primera en enterarse. —Hizo una pausa. Miró hacia el suelo, pensativo—. Pero… es natural, digo, nunca le sucedió algo parecido. Salvo el afecto "particular" que le tiene al jefe. Pero seguro tampoco sabe de eso.

—¿Eh? ¿Qué? ¿Qué afecto particular, de qué hablas?

—China es más ingenua de lo que parece —continuó, ignorando la expresión de sorpresa de Soyo —. Todo esto no sería justo para ella, ¿entiendes? Siempre peleamos como iguales en cada recreo, en cada juego. No sería justo que no estuviéramos iguales ahora.

—Am, pero, puedes intentarlo…

—Mira, amiga de China —dijo, volviéndose por completo hacia ella, con un semblante austero y severo—, puedo hacer bromas y maldades pero no hago esas cosas. Ella fue sincera conmigo y esto es lo menos que puedo darle a cambio. No voy a hacer promesas que no voy a cumplir.

Soyo se quedó a medio camino de reclamar algo que ya perdió sentido hace cuarenta palabras atrás. No lo había visto de esa manera, desde esa perspectiva. ¿Cómo podía Sougo aceptar una relación cuando no estaba dispuesto a entregarse por completo a ella? Su mente volvió a maravillarse con las claras diferencias entre la realidad y la fantasía. Definitivamente las cosas de amor no eran como ella creía.

—Vaya, tiene sentido —musitó, estupefacta—. ¿Alguna vez te has enamorado, Okita?

De pronto Sougo pareció perder la vehemencia de hace un rato y su rostro decayó en un gesto amargo y melancólico. Miró hacia el suelo por unos instantes y luego hacia el horizonte, del lado contrario al de Soyo.

—No. Pero conozco alguien que sí, y le ha ido mal durante un tiempo.

—Y no quieres que Kagura pase por lo mismo, ¿no?

—No quiero terminar en el hospital cuando le desinfle el globo de ilusiones. Prefiero que me golpee en una de nuestras apuestas y no en un rompimiento… Rompimiento de cara, huesos, porque no se lo tomará bien. Seguramente querrá arrancarme los dientes y…

—Em… Okita, de casualidad esa persona de la que hablabas, ¿acaso era….?

—Y luego querrá enterrarme bajo tierra, o ahogarme en el mar, o…

—¡Okita! —lo reprendió para que despertara del círculo de la tortura.

—¿Qué? —preguntó este, inocentemente.

—Para ya eso, ¿quieres? Lo que yo pregunto es que…

Sougo suspiró apenas y se hinchó un poco los pulmones para hablar. Soyo cayó al notarlo porque quería darle lugar para expresarse.

—Escucha, es sencillo: no estamos a la misma altura. Sentimentalmente y eso. Y no está bien que pretenda disimilar con que es así. Es simple.

—Leí en… en algún lado sobre una teoría de que quizás tengas mied… —se corrigió— eh, digo, de que quizás no quieras a-arruinar la relación que tienes con Kagura, es decir…

—Sí —respondió Sougo, suave y sereno. No había rencor en su tono, ni orgullo, ni maldad. Se sentía honesto y salido desde lo más profundo de su ser. Se sentía tan real, tan impropio de él que siempre jugaba a ser el malo, el travieso, el sarcástico. Nunca pensó en la posibilidad de una postura similar para su edad.

—Okita, eres muy maduro para estar diciendo esas cosas —admitió ella.

—No. Sólo no quiero condenarme a menos que esté seguro. Eso es todo.

Y aunque sabía que mentía, sus ojos se lo terminaban de confirmar. Gin tenía razón.

Se quedó un tiempo observándolo, sin medir el tiempo ni el espacio. Solo cuando otro estudiante les pasó por al lado, Soyo despertó de su encantamiento. Se aclaró la garganta y esperó a que el nuevo "mal tercio pasajero" hubiese entrado al baño, sin embargo fue Sougo quien terminó por hablar primero.

—Dale eso y que me llame —exigió, cortante, y luego se marchó.

Soyo se quedó de pie, frente a la soledad con las palabras atoradas, mientras su mente divagaba entre los hilos de pensamientos que bailaban en su mente. La estela de sudor varonil se fue atenuando rápidamente gracias a la fría brisa que corría sin cesar.

(…)

Cuando se metió al auto, las primeras gotas ya habían comenzado a caer. Dio instrucciones a su chofer y el vehículo se encaminó hacia La Casa del Horror, como le decían en el vecindario, porque cada vez que la casera pasaba a cobrarle al inquilino del primer piso, el recinto quedaba desierto, en penumbras, como si estuviera embrujada. Como el trayecto solo duraría unos cuantos minutos —veinte, con mucho tránsito—, se apresuró a sacar de su bolsillo la nota que le habían dado. Sonrió al recordar el momento de la entrega. Su inmejorable dicha por haber sido escogida le hacía aletear como colibrí frente a su preciado néctar. De hecho así se sentía. La novela de amor que estaba presenciando en primerísima persona era el motivo de su despertar de cada mañana, la miel de su panal, la ambrosía suprema. No podía dejarlo por más que quisiera, era más fuerte que ella.

Suspiró con valor luego de festejar entusiasmada en su lugar, y extendió la pequeña hoja frente a sus ojos. Se planteó la posibilidad de no hacerlo, pero dudaba que su amiga quisiera compartir el secreto si se trataba de algo obsceno.

Y no se equivocó. En la hoja decía:

"Esas pantis blancas te sientan bien. Tráelas más seguido."

Soyo se dio una palmada en la frente, totalmente decepcionada. Solo era una más de sus tretas.


Notas:

Bueno, este cap. es decisivo, es aquí donde se ve con mayor claridad cuáles son los sentimientos de Sougo y cuál es su postura. Lo que quería dar a entender es precisamente las diversas perspectivas que cada uno puede tener sobre una misma situación. Soyo ve las cosas más simples, más estructuradamente. Kagura es un mar de incertidumbres porque desconoce sus propios sentimientos, pero sabe y tiene la convicción de que quiere estar con él, y con eso le basta. Sougo cree que no es junto, ni para él ni para ella, involucrarse en una relación por la que no está dispuesto a apostarlo todo. Por experiencias ajenas, ha aprendido que jugar con cosas de amor no resulta grato. Y sabe que Kagura no se quedará llorando por los rincones si es lastimada, descargará su dolor con puños y llaves de lucha.

En fin. De eso trata este cap. Espero que les haya gustado. Saludos

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Reviews: Cap. 18:

Lu89, Guest (caritas): Muchas gracias por seguir esta pequeña historia, en verdad gracias :]
Anonymous D, Jugem Jugem, Mitsuki: Gracias a ustedes por seguir leyendo y por comentar. Me suben los ánimos hasta el infinito. Gracias :]
Mi-chan: Siento haber puesto en vela tus sentimientos. Te aseguro que el final será muy bonito :]
I love okikagu: Gracias, eres un amor. No desesperes por lo que pasará, Sougo solo se lo está pensando con mucho cuidado. Ya verás cómo sigue la historia. Gracias por tu inmenso apoyo, es de gran ayuda :]
Guest: Me hizo gracia tu comentario. Gracias por leer y comentar :]