N/A: Beteado por la grandiosa NADINE y revisado por AMBIVALENCE027. Muchísimas gracias.


Capítulo 20


Kagura recibió a su inesperada invitada con una tira de sukonbu en la boca, una lata de refresco en la mano y un montón de migas de bizcochos esparcidas por toda su roja vestimenta. Al abrir la puerta se refregó los ojos con el dorso de la mano y se quedó unos buenos segundos pestañeando de par en par, revelando una expresión cansada e incluso irritada. Saludó con un simple "¿Qué hay?", a lo que la recién llegada contestó con un "Todo en orden", y luego ambas pasaron al living. La "ilustre" anfitriona hizo alarde de sus mejores modales de camionero y se despatarró sobre el suelo, a cinco centímetros del televisor, con las piernas abiertas mientras se rascaba el trasero. En cambio su refinada acompañante desplegó toda su elegancia y grácil encanto, acomodándose delicadamente sobre el borde del sofá: los pies en punta, las rodillas pegadas, las manos sobre su regazo; toda ella convertida en una auténtica señorita.

—No vienes a llevarte la consola, ¿o sí? —preguntó Kagura, absorta en la pantalla mientras sostenía con vehemencia el joystick de color rosa—. Que conste que esa marca de ahí la hizo Gin, yo no tuve nada que ver —agregó, presionando con rapidez los botones del comando—. Pero lo arreglaremos, en serio, ya verás que quedará como nuevo.

Kagura permaneció un largo rato escapando y disparando virtualmente a diestra y siniestra, hasta que una bala en el punto justo la sacó de juego. Dejó el joystick en el suelo y volteó hacia su flamante invitada quien se mantenía inminentemente silenciosa.

—¿Soyo? —indagó.

La visitante solo sonrió con dulzura y develó entre sus manos un pequeño trozo de papel doblado en dos.

(…)

La respuesta de Kagura tras leer la nota fue casi la misma que la de Soyo, solo que ella reaccionó… con un poco más de efusividad que su amiga: en vez de una palmada en la frente, Kagura abolló el papel —luego de escupirlo y pisotearlo durante un período de tiempo cuestionablemente largo—, y lo aventó contra la pared de la vecina, atravesando la ventana del comedor. Soyo contempló impresionada cómo el bollo de papel se incrustó en el muro de concreto de la otra casa, y, a su vez, se fascinó con el poderoso alcance de su amiga; tenía el maravilloso talento de convertir hasta la cosa más inofensiva en una terrible arma mortal. Tomó nota mental de no hacerla enojar mientras tuviera cerca algún montón de hojas, no fuera a ser cosa que le diera por hacer volar unos dardos homicidas de papel.

El berrinche duró más de lo previsto. Aún se podía ver la cólera impregnada sobre el rostro colorado de Kagura, los ojos inyectados en sangre, la nariz arrugada y los labios fruncidos. Hasta se podía palpar el aura asesina rodeándola por todo el cuerpo. Se pasó un buen rato dedicándole "poesías de amor" al autor de la nota, y luego salió a toda prisa hacia el exterior.

(…)

Desde el momento en que tuvo conciencia de la broma en la nota, Soyo especulaba una reacción algo violenta y nada agradable por parte de su amiga. De hecho el que despotricara insultos y escupiera groserías por toda la casa no le sorprendió en lo más mínimo, hasta se figuraba que atentaría contra el inocente trozo de papel y se desharía de él. Pero lo que jamás se imaginó fue que Kagura saltaría del balcón y saldría a toda prisa calle arriba envuelta en una nube de ira.

Como su mejor amiga y consejera particular, Soyo sentía la obligación de ir tras ella, así que no lo pensó dos veces cuando salió en pantuflas hacia la calle, haciendo hasta lo imposible para alcanzar a la fugitiva. El único inconveniente fue la asombrosa rapidez con la que Kagura atravesaba las frías calles de Kabuki. Soyo apenas había terminado de bajar las escaleras cuando la silueta de la chica se perdió detrás el toldo de una pequeña tienda ambulante, a tres manzanas de la casa. Y eso que solo iba caminando, desenfrenadamente, pero caminando al fin. Tuvo que salir al trote para siquiera seguirle la pista, y con pantuflas de interior la cosa se complicaba un poco. Al cabo de unos minutos y siete calles más adelante, pudo distinguirla frente a una casa de tejas negras con paredes claras, golpeando insistentemente la puerta mientras gritaba maldiciones y vociferaba amenazas a todo pulmón. Cansada y sin aliento trató de llamarla para que volvieran a la casa, pero sus palabras murieron en el segundo en que vio salir un muchacho de claros cabellos a medio camino de darse un baño. La impresión de verlo con el torso desnudo no fue tanta como al reconocerlo, pero aún así le hizo desviar la vista por unos instantes. Lo curioso fue que a su amiga ese pequeño detalle le pasó totalmente desapercibido, pues comenzó a predicarle el rosario de insultos que venía pregonando desde hace varios minutos.

En cuanto a él, simplemente contestó:

—Así que recibiste mi mensaje, eh, China —dijo, y sonrió con malicia.

Kagura respondió con un puñetazo que fue a parar al marco de la puerta, mientras que Sougo replicó lanzando una patada alta que fue desviada. Y así, en un pestañear de ojos, ambos comenzaron a pelear. Soyo, entre tanto, observaba escandalizada la escena sin creérselo del todo. ¿Sougo vivía a tan solo diez manzanas de la casa de Kagura y ella no lo sabía? Era un crimen, un delito atroz, y se lo haría pagar con creces a su amiga.

Los chicos siguieron en su riña interminable hasta que llegó un punto en el que Soyo se vio forzada a intervenir: Kagura había logrado aprisionar a su adversario contra el suelo y considerando que él estaba semidesnudo de la cintura para arriba, su significativo gesto de bajar las manos hacia la cintura de la chica iba a hacer que terminara con serias lesiones en el hospital. Por fortuna para Okita, Soyo entró en acción antes que eso pasara y consiguió quitarle a su amiga de encima a base de insistentes zarandeos y tirones de orejas.

—¡Ey! —protestó Kagura, aún pataleando en el aire mientras era arrastrada, lejos de su víctima—, aún tengo que arreglar cuentas con esta sabandija apestosa. Suéltame, lo voy a dejar en su sitio, sí.

—Aquí te espero, China.

—¡Pues ahora mismo, entonces! ¡Voy a partir tu mandarina en gajos, sí!

—¡Kagura! —exclamó la intermediaria.

—¡Soyo! —le respondió Kagura, imitando sarcásticamente su tono recriminatorio. Se zafó del agarre y se incorporó, cruzándose de brazos, en pos de protesta.

—¿Es que no ves que estamos en plena calle? E-estamos al descubierto. —Soyo miró de reojo a Okita, quien estaba parado en umbral de la puerta con las manos en los bolsillos, expresión juguetona y una muy visible parte superior expuesta. Y añadió—: Em, muy al descubierto, diría yo, así que tenemos que comportarnos. Recuerda que eres una señorita y todo eso… ¡¿Okita, por el amor de Dios, podrías cubrirte con algo?!

—Oh, ¿te incomoda? China, tu amiga me está echando el ojo, cuida tus amistades.

Una patada directa al pecho mandó al chico al otro lado de la sala, derribando algunas sillas por el camino. Hijikata llegó en el momento en que Sougo se desplomaba inconsciente sobre los restos de madera.

—Oye, tú, vigila más a tu crío, ¿no? Se anda exhibiendo como pollo al matadero. Ha asustado a mi niña. Tsk. Estos padres de hoy en día —se fue diciendo Kagura, cual madre llevándose a Soyo de la muñeca. El rector se quedó mirándola boquiabierto, con el cigarrillo colgando del labio inferior.

(…)

El fin de semana se le hizo condenadamente largo, en especial porque no pudo encontrarse con su amiga en todo ese tiempo porque, en palabras de ella, tenía una cita con la Play, ediciones antiguas de la Jump y algunos de los mangas que Gin había comprado unas semanas atrás. Su excusa era que debía ocupar su mente en otros asuntos no productivos para quitarse el impulso de ir a la casa de tejas negras y asesinar a un Sádico con tendencias "naturistas". Y la visita de Soyo no era, según ella, de esas que ayudaban a olvidar el asunto, al contrario, lo reavivaría con toda intención. Soyo admitió que estaba en lo cierto, no podía evitarlo, así que decidió dejarla por esa vez. Pero eso no quitaba el hecho de que estuviera agonizando por días enteros. Sobre todo con la advertencia que recibió el viernes, mientras volvían a casa de Gin:

"No escuches a ese idiota, eh, Soyo, está pirado como cabra ebria de montaña. Más te vale que estés lejos de él."

Aunque lo había dicho en medio de una rabieta, y en un tono graciosamente infantil, sabía que hablaba en serio. Era una advertencia, muy sutil, pero una advertencia en sí. De ella, de ambos. Automáticamente pensó en el profesor Sakata y su sermón de no interferir, pero más que nada en lo que había mencionado acerca de no meterse con Sougo. En ese momento comenzó a creerle.

(…)

La mañana del lunes se levantó más temprano de lo usual, pues debía realizar los preparativos para la ocasión. Había estado esperando ese día y ese momento por mucho tiempo, y había llegado al fin. Desayunó como el rayo antes de partir y fue directo al vestíbulo, a enlistar sus pertenencias. La ocasión no podía ser más oportuna, se decía, era perfecto.

Cuando llegó a clases miró entusiasmada la cara soñolienta de su mejor amiga. Según imaginó, pasó largas horas frente al "GTA 5". (Había oído que era de los juegos más populares, pero ella apenas había visto la portada. Como la consola era suya, y se la prestaba con regularidad a su frenética amiga, decidió preordenar el juego en su semana de lanzamiento, alegando que ese le gustaría. Y así fue. Ya lo ha jugado por cuarta vez consecutiva, en su extensión más larga, cumpliendo las misiones secundarias y demás. Era un caso perdido.)

—Kagura, ¿irás hoy a ver a ya sabes quién?

Algunas cabezas voltearon inmediatamente hacia ellas, incrédulas, esperando escuchar la respuesta de la pelirroja revoltosa. De tanta ansiedad, Soyo había olvidado tener tacto y discreción a la hora de hablar. ¡Era culpa de Kagura por no dejarse ver el fin de semana!

Sonrió con nerviosismo y añadió para las demás.

—A la oficina del director, claro, ¿dónde más? —y entonces las miradas expectantes se convirtieron en resignación. Todas se desviaron hacia los pupitres o ventanas, ya se sabía a qué iba Kagura cada tanto a la oficina del director: para ser sermoneada y castigada por alguna travesura, o para hacer pedidos ridículos como extender el receso una hora diaria.

Habiendo arreglado la metida de pata que cometió, se acercó hacia su amiga. Con indignación descubrió que esta estaba por completo a merced del sueño, babeando sobre el pupitre de blanca madera. La frustración llenó el semblante de Soyo y la despertó con un coscorrón. Kagura le extendió el móvil, abierto en un mensaje de texto, y volvió a dormirse. Soyo se frotó las manos, satisfecha, y regresó a su estratégico asiento, detrás de su amiga.

El mensaje era claro, corto y conciso:

"Al mediodía."

(…)

Nunca fueron muy extensos de palabras para entenderse, eso lo sabía muy bien, a veces ni hacía falta hablar, pero ese escueto mensaje ya le parecía el colmo. No había ni una pisca de romanticismo entre esos dos. Su novela, viéndolo a rasgos generales, se asemejaba más a una serie de acción que de romance. Aunque, debía admitir, se podía esperar cualquier cosa viniendo de ellos, hasta incluso cierto tipo de acción en particular…Como fuere estaba dispuesta a presenciar el desenlace de la historia, y, cuando no, propiciarlo si era necesario.

Fue así que, para la hora del almuerzo, se dirigió al lugar de siempre, y se montó su "pintoresco" disfraz. Esta vez tuvo el agrado de presionar el glorioso botón de "grabar" de su nueva y mejorada cámara ultra HD: la Blackmagic Ursa mini 4K. Más pequeña, más discreta, y con el coqueto disfraz de un acolchonado farol, con poste y pie metálico. Imposible de ver, imposible de romperse. Ya no se perdería de ningún otro susurro ni palabras entredichas, no más.

Se acomodó de rodillas en su escondite-basura, y en menos de un minuto escuchó:

Te dije que dejaras eso, sabandija de alcantarilla. No es con ella el asunto —fue el saludo "amistoso" que le ofreció la dulce Kagura.

Ha estado soltando la lengua por donde no debiera. Tengo a Mayokata platicándome de cosas de látex, responsabilidad social y que su seguro médico no cubre más de diez sesiones de kinesiología por año.

Eso no es nada. Gin me ha hablado sobre parulencias, el SADA, el alpes de Tijuana y la extirpación de lombrices parasitarias.

Sougo levantó una ceja con algo de impresión.

También me habló de las semillas, algo así como la germinación de las flores, el recorte de tallos podridos, usos de pesticidas potentes y el beneficio de tener una katana sin filo. Dice que es su forma de cortar las malas hierbas de raíz.

Sougo gesticuló una leve pero perceptible expresión de desagrado.

Eee… se ha pasado un poco de tema, ¿no crees?

Kagura se encogió de hombros con toda soltura y le restó importancia al asunto.

Me da igual, lo que me importa ahora es que dejes de joder. El juego es conmigo.

Jo, qué gracia tiene tener a una stalker si no puedes molestarla —dijo, y Soyo creyó verlo hacer un puchero de niño pequeño.

No puedes. Punto.

Entonces cuida que no suelte la lengua tan ágilmente.

¿Qué pasa, las pláticas con papi Mayora no son de tu agrado? —bromeó Kagura, mirándolo con autosuficiencia, como quien ve estancado y mal parado a su rival.

¿Tú lo crees? —Y le sonrió, maliciosamente.

Conociéndote, hasta le seguirías el asunto para cabrearlo.

El muchacho sonrió de medio lado. Soyo supuso que era su manera de afirmar que estaba en lo cierto.

Lo que imaginaba… En fin, me encargaré de eso, despreocúpate.

Porque según recuerdo, la cosa solo era entre nosotros. No querías que nadie se entere y demás estupideces…

¡Dije que lo arreglaré ¿ok?!

Sougo sonrió mostrando los dientes, y se guardó las manos en los bolsillos. Faltaba que se recargara sobre el muro para darle un aire más altanero del que ya mostraba al lograr enojar a la chica.

Bien. Eso es todo —exclamó Kagura, aún echando humo de las narices.

¿Solo para esto me hiciste venir? —Okita preguntó en tono insinuante y juguetón.

Tú y tus mugrosas órdenes de m***** me las paso por el c***. Mándame tus asquerosos pedidos por paloma mensajera, no me importan. No vendré aquí más.

Anda, ¿todavía sigues de malas?

¿Tú qué crees, bastardo?

Ambos se dedicaron una mirada tan intensa, que Soyo creyó que salían chispas de aquel mortal cruce, hasta podía ver látigos oscuros emanando de sus cuerpos extendiéndose como víboras venenosas. Solo faltaba una pequeña llama para que el caos se desatara.

Y sucedió.

Por cierto —Sougo se aclaró la garganta—, ¿te gustó la demostración de anatomía? Sé que te quedaste con ganas de ver más. Pero tranquila, puedo darte pases gratis para una exhibición privada cuando quieras.

Soyo desvió la mirada para no ver el puñetazo que su amiga le atizó en plena cara. Oyó un golpe seco y luego volvió a enfocarlos solo para observar a Kagura salir tartajeando insultos de despedida.

(…)

Lo sucedido en el almuerzo fue la excusa perfecta para pedir idioteces en la orden-castigo del día. Alegando que merecía una "compensación" por la evidente hinchazón en la nariz y el morado que le dejó, Sougo exigió una sarta de tonterías como una tarjeta de disculpas, hecha con puño y letra de Kagura y con un dibujo de ella bañándose en estiércol; unos masajes "terapéuticos", por el estrés al tener que explicar a todo mundo que lo golpeó una pelota de fútbol en vez de una niña de primero; veinte hojas con la frase "No debo hacerle daño a mi amo", en letras pequeñas y con color rosa; y un batido de fresa por las molestias.

Como era de esperarse, Kagura no cumplió ni con la quinta parte del extenso pedido y se desentendió por completo del asunto hasta último momento. Y solo entonces elaboró un manojo de apenas tres hojas con muchos "Vete a la m****", en grandes letras rojas, compactadas en un voluminoso bollo que luego terminó estampado contra la cabeza del muchacho.

Otra lesión más, y la lista se iba acrecentando. Se sumaba así una contusión craneal a la nariz maltrecha por Kagura. Soyo intuía unas duras represalias por ello.

(…)

La noche transcurrió lenta y pausada, aún en compañía de sus preciadas novelas de diversas nacionalidades y un grato sueño en donde ambos rivales se profesaban amor eterno. Sin embargo la mañana trajo consigo el mismo clima tenso y frío que la tarde anterior, y a pesar de que Sougo y Soyo esperaron puntuales en el escondite habitual, Kagura no asistió. Ni ese día ni en toda la semana.

Las represalias tampoco estuvieron a las expectativas de Soyo. El chico solo ordenó una disculpa pública, de rodillas, y un beso en la suela de sus zapatos, como escarmiento, a lo cual Kagura se negó rotundamente al mandarlo al demonio a viva voz en el pasillo, frente a muchos alumnos.

Lejos de darse por vencido, Okita subió la apuesta y comenzó a hacer uso de uno de los recursos tecnológicos de la era: Internet. Ya fuese por mail, redes sociales o aplicaciones de mensajería instantánea, Okita se dedicó gran parte de la tarde a molestar a una indiferente Kagura, quien no solo no cayó en ninguna de sus provocaciones, sino que además delegó la importante tarea de tomar nota de los mensajes, para poder aventarlos a la basura, a su querida y bien intencionada amiga. Y aunque Soyo comentó con relativa elocuencia los intentos desesperados de atención, Kagura no devolvió ni un solo mensaje. No bloqueó el contacto únicamente porque Soyo le rogó, casi de rodillas, que no lo hiciera. Sostenía que aquello era una importante fuente de información para ser tomada en favor del ya terminado juego, que cabía la posibilidad de recibir un mensaje importante y muchas otras excusas que solo sirvieron para avalar la decisión que Kagura tomó a la primera: no habría bloqueo. Pero eso no significaba que fuera a responderle, o que viera los mensajes, o que el aparato estuviera exento de ser arrojado a la basura o que fuera por el barrio, a la casa de tejas negras, a "charlar" con su joven residente. De modo que, para mayor seguridad del teléfono y del muchacho, ambas estuvieron de acuerdo en que lo mejor sería que Soyo tuviera el móvil de Kagura, al menos por ese día.

(…)

La menor de los Tokugawa recibió un total de veinte mensajes, tres llamadas y dos correos de voz al buzón de Kagura. Poco antes de las once escuchó el silbido del último de la noche, y aunque no estaba dormida se sorprendió de igual forma al escucharlo sonar en medio del silencio que la acompañaba en su habitación.

El mensaje, como todos los anteriores, no fue en absoluto de utilidad para ningún caso aplicable; no importaba la excusa o vueltas de tuerca que se inventara, no había motivo alguno para que justificara el impedimento de bloqueo. Para el final del día solo tenía una pila de notas con absurdos pedidos y múltiples insinuaciones impúdicas, mezcladas con burlas de por medio. En conclusión: una pérdida de tiempo.

La mañana del miércoles Soyo había preparado una excusa poco creíble y un poco sacada de la galera para sostener su férrea convicción del día anterior. Pero no hizo falta, Kagura botó las notas a la basura sin siquiera leerlas. Poco le importaba lo que dijera, nada cambiaría su determinación, y ello se vio reflejado claramente en su comportamiento en el resto de la semana. No sólo no asistió al punto de reunión, sino que contrariaba todas las órdenes impartidas por el muchacho.

Ese miércoles, Sougo cesó con el acoso virtual pero exigió verla al mediodía. No sucedió. Luego ordenó que lo esperara en el patio, con un emparedado en las manos y ella lo sorprendió con una bombita de olor cuando entraba al lavabo masculino.

El jueves demandó una colección de sujetadores —suyos, por supuesto—, y recibió un vale para verle el trasero al director.

El viernes a la mañana se le ocurrió pedir una de las bragas de Kagura, a lo que ella le envió un bóxer de Gintoki. Por la tarde le encomendó servirle agua durante su clase de gimnasia, y ella se coló en medio de la práctica, lo golpeó en la boca del estómago y le metió prácticamente un cuarto de la botella en la boca, haciendo que tragara todo el líquido que se había ocupado de volverlo tan picante como las aguas del infierno.

El lunes Okita fue más lejos y optó por un cambio de estrategia. Mejor dicho, optó por una estrategia al fin. Soyo desconocía si había hecho contacto con su amiga el fin de semana (calculaba que no) pero era evidente que hubo una reflexión previa por los actos que acontecieron ese día: Sougo solo pidió, como única orden de la jornada, que lo esperara en las inmediaciones del bufet, en el receso. Kagura olvidó desatender esa orden y fue allí porque su estómago así lo quería, y fue testigo de un encuentro que a las dos dejó crispadas. Sougo y Nobume se hallaban de pie, a un costado del recinto, conversando tan animadamente como podían estarlo dos sujetos muy carentes de expresiones normalmente acostumbradas y en ambiente de relativa confidencia. Entonces Soyo tuvo el placer de contemplar una escena más insólita aún, cuando Okita se percató de la presencia de su rival, y del bolsillo sacó una rosquilla que luego fue a parar a manos de la chica de pelo oscuro. Las reacciones fueron inmediatas: Sougo sonrió de medio lado, y la miró de reojo. Kagura inspiró hondo y apretó con sus manos los pliegues de su falda. Nobume comió su rosquilla muy tranquila. Y Soyo se cubrió la boca para esconder su sonrisa de complicidad. Era la segunda vez que lo veía provocar a su amiga de esa manera, y aunque sabía que jugaba con fuego, admitió que era una buena idea.

Pero Kagura fue más astuta.

La vio exhalar pesadamente y luego pasarles por al lado sin siquiera mirarlos. Salió a los tres minutos con diez panecillos entre los brazos, una cajita de Pocky adornando la cima, y una paleta todavía con envoltura entre los dientes. Bajo un árbol, comieron en silencio, Kagura su panecillos, Soyo una galleta dulce. Resultaba evidente la molestia arraigada en ella, echaba chispas con cada mordida. Hizo un par de rabietas y, a la hora del almuerzo, puso en marcha el contraataque.

(…)

Toshiii —entonó con una voz demasiado melosa para tratarse de la mismísima Kagura—, necesito atención, creo que tengo que la fiebre amarilla.

El panorama era de película: ella asomada sobre el escritorio del rector, con la paleta en la boca (en un intento mal logrado por parecer sexy), mientras se rizaba un mechón de pelo con el dedo índice.

Dile a ese vago de Gin que traiga su trasero aquí y me mande a casa porque me siento mal —hizo una pausa y lo miró directo a los ojos—, ¿sí? —Y le pestañeaba de tal forma que parecía persiana descompuesta.

Si es otra de tus tretas para escaparte de un examen no te va a funcionar —respondió el hombre, sin levantar la vista de, según supo Soyo después, un crucigrama de revista.

Ese toca la semana que viene. Ya preparé una diarrea para entonces —admitió, con todo descaro—. Lo de hoy es diferente.

¿Y para qué es, se puede saber?

Adivina.

Sougo Okita contempló parte de la escena desde la puerta, estrujando al instante la lata de zumo de naranja que traía en su mano derecha.

Soyo, en cambio, observó todo el rompecabezas desde detrás de una columna mientras se mordía la solapa de su camisa. Le brillaban los ojos de emoción al ver la expresión de fastidio del muchacho. Y más aún cuando lo vio dar un paso hacia ellos y jalar a Kagura de un tirón.

Hijikata, ¿otra vez con lo mismo? ¿No era que ibas a dejar la pedofilia para tus noches de sueños húmedos?

El hombre se atragantó con su propia saliva y varios docentes se voltearon hacia el trío escandaloso con miradas incrédulas. Aún tosiendo descontrolado, Hijikata se abalanzó contra el muchacho por sobre su escritorio, pero este se alejó antes de que lo tomara por el pescuezo, llevándose arrastras a una pelirroja con una paleta en la boca.

(…)

Sin pensarlo demasiado, y de la manera más silenciosa y discreta posible, la pequeña espía persiguió a los muchachos hasta un salón desocupado y se pegó a la pared en cuanto los vio entrar.

¿Sigues con esas, China? —le escuchó decir al muchacho, al poco tiempo.

No sé de qué hablas, yo solo fui a pedir que me retiraran por hoy —Kagura respondió con tono inocente e infantil. Soyo la imaginaba haciendo puchero y cruzándose de brazos.

Deja ya eso. Sé bien lo que hacías, y no me gusta.

Pues tú empezaste, ¿no? Bueno, yo tengo lo mío, así que no pienses que no lo usaré, que te quede claro.

No lo hubiera hecho si hubieras respondido cuando te llamé.

¿Qué te crees, el amo del universo? ¡Yo decidiré cuándo y a quién respondo las p**** llamadas a las tres de la maldita mañana!

Es madrugada, idiota, y te llamé a las tres de la tarde; tienes el cerebro al revés.

Lo que sea, no me importan tus tontos pretextos. Además, te dije que ya no te vería en persona y cumplí. Ahora te toca a ti.

Nunca estuve de acuerdo con eso…

Pues es tu problema, no el mío —interrumpió la chica, indignada—. Ahora, si no hay más nada que discutir…

China tonta, no estás entendiendo, el que da las órdenes aquí soy yo.

Un sonido de pasos a lo lejos hizo entrar en alerta a Soyo. Presa del pánico, hizo lo único que podía hacer para salvar su propia integridad y la de ellos.

—¿O-otra vez peleando ustedes dos? —irrumpió en la sala, con vacilación—. ¿Cuándo van a dejarlo?

—¿Eh?

—¡Kagura, Okita, dejen de golpearse entre ustedes —vociferó en voz alta, procurando que se oyese desde afuera—, volverán a suspenderlos!

Caminó hacia ella, la sujetó desde atrás, por debajo de las axilas, y pretendió estar separándola de una ardua pelea, justo en el momento en que dos estudiantes pasaban por el pasillo. Estas se asomaron escandalosas hacia la sala, observando a Kagura forcejear de su repentino agarre, y se alejaron ruidosas, intentando en vano contener las risas y murmullos.

—Ustedes dos, no están siendo muy prudentes ahora. Deben tener más cuidado —los regañó con dulzura, luego de soltar a su amiga, aunque el sermón iba más para Sougo que para la chica.

—Tienes razón, no queremos que nadie se entere, ¿verdad? —Las palabras de Kagura sonaron ponzoñosas en medio del silencio, y la fría mirada no hizo más que aumentar el peso de un reclamo encubierto.

Desde la puerta, Soyo recibió un ademán para marcharse, pero antes de hacerlo miró de reojo al muchacho quien se encontraba recargado sobre un pupitre, con aire abarrotado.

Al salir, un pequeño apretón en el hombro fue el gesto de gratitud que su amiga expresó en silencio. La entendía de ratos, pero otras veces no tanto.

(…)

La orden del día fue no acercarse a Hijikata por ningún motivo. Soyo vio a Kagura sonreír con satisfacción cuando recibió el comunicado telefónico y no pudo más que alegrarse por ello; la estrategia estaba funcionando. Aun cuando nunca fue notificada, oficialmente, ni consultada acerca de las nuevas tácticas de la chica, podía observar los resultados y deleitarse con las reacciones de ambas partes. Todo un espectáculo digno de verse a sus ojos de espectadora.

Al día siguiente Kagura fue un poco más lejos con su nueva maniobra y se enfiló directo a la sala de profesores, durante el primer receso de la mañana. Se sentó sobre el escritorio del rector y comenzó a hablarle alegremente, mientras toqueteaba todo tipo de objetos que encontraba a su paso. Hijikata, por su parte, se encargaba de quitárselos de las manos y devolverlo a su sitio original, soltando regaños malhumorados. Se encontraba relativamente solo, a excepción del profesor Sakamoto, quien tomaba una pequeña siesta en ese momento, y de igual forma se mostró reacio a la visita de la chica en la sala. Lo notaba incómodo y sobre todo nervioso. Desde su pequeño rincón, detrás de la columna de concreto, Soyo observó con precisión cómo, con gritos y regaños, intentó que se marchara de allí, y cómo lo invadió la frustración al no conseguirlo.

Niña, no me metas en el medio, ¿quieres? Ya está todo bastante mal ahora, no quiero tener que lidiar con esto también —increpó el hombre, dejando las apariencias de lado. Él, como todos, sabe bien que las indirectas no funcionaban con ella.

¿De qué hablas, Mayora? —se defendió Kagura, inocentemente—. ¿Acaso insinúas que estoy tratando de hacer algo? ¿Me crees tan idiota?

Por supuesto que sí, por eso lo digo. Baja de una maldita vez y lárgate de aquí. No quiero más problemas.

¿Desde cuándo un alumno es un problema, eh? No estás cumpliendo con tu deber, eres un mal rector, sí, uno muy malo.

Mira —dijo, alzando la voz y parándose de su incómodo asiento de metal—, arreglen entre ustedes sus asuntos pero no involucren a terceros…

Bueno, él es de tercero…

¡Kagura!

¿Qué? Solo estoy diciendo que…

Sabes a lo que me refiero. Y si de algo sirve para dejarme en paz, te diré que no hace falta que hagas estas cosas, no deja de parlotear durante las noches.

¿Ah, sí? —preguntó con cierto interés.

China, ¿sigues acosando a los viejos bastardos? Vas a ser viuda en poco tiempo si insistes —Sougo apareció en escena para cortar el ambiente (que, desde afuera, se veía muy amigable), gracias a un pequeño mensaje que Soyo envió por "accidente". Creyó que su estrategia de los celos serviría más si el chico lo sabía, de lo contrario no tendría efecto.

No supo bien si estuvo en lo correcto al enviarlo o todo lo contrario, pero hizo su pequeño aporte.

Baja de ahí, vas a contraer gangrena —ordenó Sougo, seco y adusto, empujándola con la delicadeza de un bárbaro.

Demonios, no comiencen a pelear aquí o los mandaré directo a la oficina del director.

¿Quieres apostar?

Por alguna razón que no entendía muy bien, Soyo lo notó mucho más desafiante de lo que se mostraba normalmente. Era ferviente devoto a molestarlo y jugarle sucias bromas cada vez que podía (casi siempre una vez por semana), así que no era novedad verlo provocándolo o causando alboroto en su honor. Sin embargo esa ocasión tuvo un tono particular, un aire diferente. Algo en el brillo de sus ojos, en la intensidad de su mirada y en el timbre grave de su voz no encajaban en el rito habitual que mantenían. El niño descarado que a sus espaldas lo insultaba en discreción se revelaba contra el adulto que suplantaba la figura paterna en su vida y que hacía las veces de silueta de autoridad en su entorno educacional.

Estaba segura de que Kagura no lo notó en un principio, pues estaba muy distraída enfadándose por el poco delicado empujón que recibió, pero luego supo leer al instante la expresión del muchacho, y decidió actuar como solo ella sabía hacerlo.

Sádico idiota, me vuelves a tocar un solo cabello y te desfiguro esa cara de niña a garrotazos.

¿Cara de qué? ¿Disculpa? —Sougo no pudo evitar responder al insulto y desvió su atención por completo hacia la chica—. Aquí bajo tengo tu boleto para saber si soy niño o no, ven a verlo cuando quieras —y se sujetó la hebilla del cinturón, muy altivo.

Qué mal, no he traído mi cámara. De haber sabido que habría exhibición gratis de idiotas con "pequeñas" fallas de fábrica, la hubiera traído. Lástima. Oh, pero mañana estás disponible ¿verdad?, traeré palomitas también.

El chico pareció tragarse unas palabras, que estaba segura pasarían de sazón para la hora del día, y se infló de complacencia al escuchar semejante insulto. Soyo creyó que se debía a que, como ya sospechaba, le gustaban los desafíos, y las riñas con su rival favorita estaban a la orden del día.

Qué pena, China. Hoy va por cuenta de la casa, pero mañana tendré que cobrarte. No eres la única interesada.

No me digas. ¿Y la fila especifica que cada una traiga su microscopio o es que ya viene incluido en la exhibición?

Microscopio es el que yo necesito para ver tus pechos.

Desde su remoto escondite, la pequeña espía contempló a Hijikata arquear las cejas con leve sorpresa y dejar la mano a medio camino de ponerles un alto. Saltaba a la vista el interés despertado por saber cómo continuaría la discusión. En tanto Kagura se llevaba las manos a la cintura, indignada, el hombre descansó el brazo sobre el escritorio y se acomodó en su asiento.

Mis "amigas" están perfectas como están, no necesitan germinar demás ni tampoco demostrar algo que no son, no como el "asunto" de otro, que no quiero decir su nombre pero que lo estoy viendo en este momento —y le clavó una mirada tan directa que el muchacho parecía estar siendo apuntado con mira láser.

¿Demostrar? Pero si eres tú la que necesita pruebas. Anda, admite que quieres verlo.

Bésame el trasero, idiota.

Bueno, si lo pones así…

Y ese fue el pie para interferir en la querella.

Suficiente. Vayan a sus salones, que el receso está por terminar.

Pero si apenas he llegado, Hijikata —se burló Sougo, mirándolo de soslayo.

Y sin embargo te has quedado el tiempo suficiente —respondió el rector—. Lárguense de una vez. Vamos, fuera.

Sí, fuera, vete a tu salón. Fush, fush.

Tú también, niña Sakata, vete ya.

Kagura puso cara de sorprendida y se llevó una mano hacia el pecho, exagerando su gesto.

—¿Esqqie si mua? —pronunció con su peor pronunciación de francés. Okita río por lo bajo.

Los dos. Fuera de aquí. ¡Ahora!

Ya arreglaremos cuenta, Mayora —y se marchó dando media vuelta con el mentón en alto y los ojos cerrados. Sougo la siguió luego de clavarle otra fría advertencia al rector con una mirada tan escalofriantes que a Soyo hizo temblar.

(…)

Después de la rencilla en la sala de profesores, la joven Tokugawa creía que cada uno se iría por lados distintos y que comenzarían de nuevo sus provocaciones en la tarde o cuando se cruzaran de nuevo. En vez de eso, Sougo siguió a Kagura escaleras abajo y hasta donde supo, antes de que los perdiera de vista, continuaron molestándose el uno al otro hasta llegar al final. No hizo falta preguntar lo que se habían dicho, los gritos de ambos resonaban con facilidad en todas direcciones; hasta en las aulas se podían oír con claridad.

La disputa concluyó con la promesa de un "ajuste de cuentas" en el almuerzo, antes de que sonara el timbre. La orden del día fue presentarse a dicho encuentro y no medirse con la fuerza que usarían, pues una de las reglas del muchacho establecía que no debía golpearlo (aunque Kagura nunca tuvo muy presente este requisito). Como resultado, los dos terminaron empapados, gracias a la colaboración del alumnado presente, quienes amablemente ofrecieron sus latas de refresco para el caso; repletos de diversos moretones en todo el cuerpo; y el cabello pegoteado por el dulce del refresco. Y como bonus, cinco días de sanción y acciones comunitarias para ambos.

Estuvieron cerca de cuarenta minutos en la oficina del director siendo fuertemente regañados. Cuando lograron salir, ya habían perdido una hora entera de clases y tuvieron que esperar afuera del salón, a la espera del comienzo de la siguiente disciplina.

—¿Y? ¿Quedaron en algo? —preguntó Soyo, con cuidado de no ser oída por sus compañeros.

—En que es un pedazo de m***** andante —respondió Kagura, desde su asiento sin siquiera voltearse.

—No me digas, ¿alguna otra cosa? Vamos, te dijo algo, lo sé.

La observó reposar la nuca sobre el respaldo de la silla y mirar al techo, pensativa.

—No es sincero con sus palabras, pero sus acciones hablan por él.

—¿Y bien? ¿Qué te dijo?

Volteó la cabeza hacia ella y le sonrió de forma macabra, con suficiencia.

—Lo tengo donde yo quiero —contestó.


Reviews: Cap. 19:

Lu89, Guest (caritas), Anonymous D, Mitsuki, Mi-chan, I love okikagu, Jugem Jugem, BlueSkyMoon: Muchas gracias a todas por leer, por ser tan pacientes y tan encantadoras. Se los agradezco de todo corazón. Sus comentarios me alegran el día. Muchas gracias a todas.