NOTHING TO APOLOGIZE FOR

Capítulo 2

Seis meses antes de la Guerra Santa del siglo XVIII

Albafica se sentó en su jardín, entre sus rosas, y se puso a podarlas con cariño y dedicación. Mientras se veía sumido en esa tarea, era común que el santo de Piscis se pusiera a charlar con sus propias rosas. Suspiró. Eran sus únicas amigas y compañeras en esa vida de soledad a la que estaba destinado desde que sobrevivió a la sangre envenenada de su maestro.

-Hoy te ves un poco triste- murmuró el santo de Piscis, extendiendo sus dedos hacia una de las rosas y acariciando sus pétalos con suavidad- ¿qué es lo que sucede?¿porqué no estás feliz, como tus hermanas?-

El rosal se dobló suavemente hacia abajo, en una pose entristecida, que el santo entendió perfectamente. Albafica tomó una pequeña vara de madera y la clavó en el suelo, junto al rosal, y entrelazó sus ramas para que se mantuviera firme. Cortó las hojas marchitas y removió un poco la tierra, y finalmente le puso un poco de agua.

-Espero que sea suficiente para ti, pequeña- dijo Albafica.

-¿Otra vez hablando solo, Albafica?- dijo una voz detrás de él.

El santo de Piscis no se volvió. Sabía que se trataba de Shion, el santo de Aries, quien estaba de pie en la salida de su templo, apoyando el hombro en una de las columnas del edificio. Albafica suspiró. Shion le caía bien, era uno de sus pocos amigos, si eso podía llamar al santo de Aries, a falta de una palabra mejor para definir a una persona que lo toleraba, con todo y sus mañas, y su necesidad de estar solo.

Albafica extendió su mano para tomar otra rosa y comenzó a acariciar sus pétalos.

-¿Necesitas algo, Shion?- preguntó Albafica, sin quitar la vista a sus flores.

-Iba con el Patriarca, y aproveché para venir a verte- dijo Shion- quería saber como estabas-

El santo de Piscis se mantuvo en silencio por unos minutos, aún acariciando sus rosas y podando sus ramas secas para ayudarlas a crecer mejor.

-Yo estoy bien, Shion, gracias por preguntar- dijo Albafica.

Shion sonrió astutamente.

-También vine a decirte algo importante- dijo el santo de Aries- el día de hoy se celebrará una feria en el pueblo de Rodorio, y cierta persona va a estar vendiendo flores ahí-

Por primera vez desde que escuchó que Shion estaba ahí, Albafica se volvió hacia él, alzando las cejas y mirándolo con interés.

-Si te refieres a esa niña que trae flores para Athena y el Patriarca, ya te dije que no me interesa de la manera que insinúas-

Shion dejó escapar una involuntaria exclamación de incredulidad, que hizo que Albafica frunciera el entrecejo, algo molesto, y que su habitual calma se perdiera por un momento.

-Lo lamento- dijo Shion, dándose cuenta de que había hecho enojar a su amigo- no quería ofenderte. Solo sé que entre Agasha y tú sucede algo que no la relación normal entre un santo de Athena y una aldeana de Rodorio-

Albafica lo miró. Claro, tendría que ser un tonto para no darse cuenta de lo mucho que quería a Agasha, pero Shion se equivocaba. No la quería así como todos intuían. Era su amiga, una chica que compartía su amor por las rosas.

-Le tengo algo de cariño- admitió por fin el santo de Piscis- no es común que una persona comparta mi gusto por las rosas. No, no es gusto- se corrigió- mi pasión por las rosas-

Shion sonrió.

-Bueno, si te sientes bien y con ganas de visitar el pueblo- dijo Shion- estoy seguro que a Agasha también le dará mucho gusto volverte a ver-

Shion se despidió de él y procedió a subir al templo del Patriarca, como había dicho que iba a hacer. Mientras lo veía alejarse del templo de Piscis, Albafica siguió meditando las palabras de Shion. Quizá no sería mala idea ir a Rodorio, después de todo. Finalmente, él era el santo encargado de proteger esa villa, y no le desagradaba pasar una tarde tranquila mirando a los aldeanos. Y tampoco le molestaría ver a Agasha una vez más.

El santo de Piscis sonrió levemente, y comenzó a buscar entre sus rosas no venenosas alguna muy linda para regalarle a la chica.

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Más tarde

Albafica salió del Santuario y comenzó a caminar hacia Rodorio un par de horas antes de que oscureciera. Sonrió ante la perspectiva de ver los fuegos artificiales en la celebración anual del pueblo. Bueno, no exactamente. Sabía que Agasha amaba las flores de fuego que se formaban en el cielo cuando lanzaban los cohetes, y no había nada que el santo de Piscis amara más que la sonrisa emocionada de la chica griega.

Después de caminar un poco, el santo de Piscis llegó al pueblo, y rápidamente buscó a Agasha con la mirada. No la vio. Decidió entonces pasar por la casa de la chica, donde seguramente ella y su padre estarían vendiendo flores. Quien sabe, quizá aprovecharían el festival para vender algunas flores extra.

Mientras caminaba por el pueblo, no pudo evitar notar las miradas de algunos de los pobladores. Lo miraban con admiración, con asombro y, hasta cierto punto, con algo de miedo. El santo sonrió para sus adentros. Agasha nunca lo miraba así. Claro que a veces la veía sorprendida y admirada, pero… era diferente, y Albafica no podía decir exactamente que era lo que tanto le gustaba de ella.

No pasó mucho tiempo cuando llegó a la casa del florista del pueblo. El hombre alto estaba arreglando su estante, y algunos clientes ya se habían acercado y comenzaban a comprar sus flores. El santo de Piscis notó, para su decepción, que Agasha no estaba ahí tampoco. ¿Qué habría pasado con ella?

Albafica suspiró decepcionado. Y pensar que solo había ido al pueblo para ver a la chica. ¿Se habría ido del pueblo?¿Estaría enferma? ¿O porqué no estaba ahí, junto a todos sus demás paisanos, disfrutando del festival?

El santo de Piscis suspiró y, arrastrando los pies, se dirigió hacia las afueras del pueblo, en una pequeña colina que él conocía, que estaba situada junto al lago. Si sus cálculos eran correctos, la colina estaría vacía, ya que todos los habitantes de Rodorio estarían disfrutando el festival. Era el sitio perfecto para ver los fuegos artificiales antes de regresar al Santuario. Seguramente se verían lindos reflejándose en las aguas cristalinas del lago.

Albafica caminó hacia la colina, alejándose poco a poco de las multitud que se reunía para esperar el lanzamiento de los fuegos artificiales. No tardó mucho en llegar a la colina, y eligió un sitio junto a un árbol. Respiró profundamente. El agradable olor a hierba húmeda lo hizo sonreír. Era un atardecer hermoso. Solo faltaba una cosa para que fuera perfecto.

-¿Señor Albafica?- escuchó la vocecita que tanto había estado esperando escuchar ese día.

Albafica sonrió involuntariamente antes de siquiera volverse a mirarla.

-Buenas tardes, Agasha- dijo el santo de Piscis, volviéndose hacia ella con una sonrisa. En lugar de su habitual vestido color morado claro, la chica estaba usando un peplo de color blanco. Esta vez llevaba sus largos cabellos sueltos, y se había hecho una sencilla corona con margaritas, que hacía que se viera muy linda y resaltara el color verde de sus ojos.

-Qué sorpresa encontrarlo aquí- dijo Agasha- no esperaba verlo el día de hoy-

Albafica sonrió levemente, y dio un paso hacia Agasha, acortando la distancia entre ambos. El santo de Piscis se sentó en el paso, e hizo un gesto para que Agasha se sentara junto a él, aunque no muy cerca, con aproximadamente un metro de separación. La chica tomó asiento también y se abrazó las rodillas.

-Esperé todo el año para ver los fuegos artificiales- dijo Agasha- espero que sean todo lo que esperé de ellos-

-Espero que le hagan justicia a tus expectativas- dijo Albafica. Agasha asintió con una sonrisa- ¿porqué decidiste venir aquí, tu sola?- añadió.

-Oh, es que me gusta disfrutar los fuegos artificiales sola- dijo la chica- le pedí permiso a mi padre de venir, aunque me sentí un poco mal por dejarlo solo con el asunto de la venta de las flores-

De pronto, el santo recordó la rosa que llevaba con él, y se la mostró.

-¡Es hermosa, señor Albafica!- exclamó Agasha- mucho más hermosa que cualquier flor de las que cultiva mi familia-

-Me alegra que te guste, Agasha- sonrió el santo- yo…-

Pero se interrumpió al darse cuenta de que los fuegos artificiales ya habían comenzado. Flores de color rojo, azul, amarillo, comenzaban a iluminar el cielo. Ambos se tumbaron en la hierba, boca arriba, para mirar el espectáculo. Albafica miró de reojo a la chica, quien estaba sonriendo embelesada mientras observaba el cielo teñirse de todos colores para formar varias figuras, y éstas reflejándose en el pequeño lago que estaba frente a ellos.

-Vaya, que hermoso- comenzó Agasha.

Albafica sonrió, comprendiendo porque le gustaba tanto la chica. Ella, igual que él, sabía apreciar y disfrutar las cosas hermosas que había en la vida. Pasaron los minutos, y ambos no dejaban de observar el cielo sin dejar de sonreír. La chica tuvo el impulso de tomar la mano del santo dorado, pero éste la retiró antes de que se acercara mucho.

-No me toques…- dijo Albafica con suavidad- recuerda que soy peligroso para ti-

Agasha se volvió hacia él. Alguien tan bueno como Albafica, quien protegía su villa, interactuaba con los habitantes y le regalaba hermosas flores no podía ser una persona malvada o peligrosa. Quizá Albafica tenía una impresión equivocada de sí mismo.

Ambos disfrutaron el hermoso espectáculo de luces hasta que éste terminó. Cuando esto sucedió, Agasha se dio cuenta de que ya había pasado un par de horas desde que había oscurecido, y que sería difícil regresar a casa.

-Vamos a casa- dijo Albafica, sacándola de sus pensamientos.

-Sí, claro- dijo la chica, levantándose del suelo y sacudiéndose las hojas secas de su vestido. Se prendió la rosa que Albafica le había regalado de la cintura, y comenzó a caminar.

-¿A dónde vas?- Agasha escuchó la divertida voz de Albafica, y se detuvo de golpe- si das tres pasos más, vas a caer al lago-

-A diferencia de ti, yo no tengo un cosmo y no puedo ver en la oscuridad- dijo la chica. Pudo escuchar la suave risa del santo dorado.

-De acuerdo, entonces ven- dijo Albafica, encendiendo suavemente su cosmo- sígueme-

Agasha sonrió ilusionada al verlo de esa manera, y asintió. Ambos caminaron juntos, conversando animadamente, hacia el interior del pueblo, hasta detenerse en la casa de la chica.

-Muchas gracias por acompañarme, señor Albafica- dijo la chica, volviéndose hacia él.

-No es nada- dijo el santo de Piscis.

Agasha tenía verdaderas ganas de abrazarlo, pero sabía que eso estaba prohibido. Miró la rosa en su cintura y sonrió levemente. La chica se quitó la corona de margaritas de la cabeza, y se la ofreció a Albafica.

-¿Qué…?- comenzó el santo de Piscis, sonrojándose levemente.

-No es mucho- dijo Agasha- pero es para demostrarle que estoy agradecida-

-No es necesario, Agasha- dijo Albafica.

-Tómela, por favor- insistió ella.

Albafica asintió y la tomó con mucho cuidado. Cuando lo hizo, sus dedos rozaron los de Agasha, y ambos se ruborizaron levemente.

-Buenas noches, señor Albafica- dijo la chica, antes de desaparecer tras la puerta de su casa.

El santo de Piscis sonrió. Apagó su cosmo y caminó de regreso al Santuario, con una extraña sonrisa en sus labios. Mientras caminaba bajo la tenue luz que iluminaba los templos dentro del refugio de Athena, Albafica continuó sonriendo al ver la pequeña corona de flores blancas que Agasha le había obsequiado. El santo de Piscis la estrechó contra su pecho, y respiró hondo.

Había sido un buen día.

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