Vale. Tal vez sea el momento de un flashback.

Pongamos diez años antes, en letras en cursiva, plano amplio de un instituto americano. Nos acercamos y vemos a un chaval esmirriado escondido tras la puerta de su taquilla, observando de reojo al origen de todos sus conflictos internos. Y ahí va: Antonio Fernández Carriedo, Toni. Dieciséis años, dos más que mini-Lovino, pelo marrón en una coleta despeinada, pantalones verdes bombachos, camiseta de tirantes, dejando al descubierto unos brazos morenos suavemente musculados. Sonrisa cálida, ojos vibrantes. Cierto aire hippie. A su lado marchan, como siempre, Gillian: una chica albina, con los ojos rojizos enmarcados por sombra negra y pintas de metalera (chaqueta de cuero negra y botas militares enormes), y Françoise: una rubia espectacular, francesa, con un corto vestido azul como sus ojos y sonrisa de pervertida. Los tres componen el grupo conocido como BTT, y son famosos y reverenciados en todo el instituto por meterse constantemente en problemas. Son completamente diferentes entre sí, pero inseparables.

Mini-yo suspira como un imbécil y siente su corazón acelerarse. Lleva sintiendo eso desde la primera vez que vio a Toni.

Avanzamos un año en el futuro. Ayer Toni le habló. Fue solo para devolverle algo que se le había caído, pero al idiota de mini-Lovino le basta para sentirse en una nube durante toda la semana. Hoy sus manos se han rozado un instante por accidente. Y Lovinito tiene su primer sueño erótico con él esa misma noche. Suele soñar con Toni, pero esta es la primera vez que hacen algo más que besarse. A partir de ahí no puede evitar tocarse pensando en él. Empieza a volverle loco. Mini-Lovino cree que está enamorado.

A Lovinito le preocupa que Toni no sea como él. ¿Y si le gustan las chicas? Al fin y al cabo sus mejores amigas son tías. Pero su hermano Feli le dice que oyó a Gillian decir que a Toni eso le daba igual cuando estuvo en casa de su amigo Ludwig, hermano menor de la chica de pelo blanco.

Justo antes de que Toni se gradúe y vaya a la universidad, Lovinito decide armarse de valor. Va a pedirle salir a Antonio. Se prepara a conciencia. Sabe lo que tiene que decir. Mini-yo no ha estado más nervioso en su vida. Espera a que Toni se quede solo, sin las pesadas de sus amigas pegadas a él. Le divisa sentado en las gradas del campo de fútbol. Se le corta la respiración al verle. Es el momento. Mini-Lovino coge aire y se dispone a ser valiente por una vez en su vida. Se dirige hacia él, le dice hola. Toni le mira sorprendido, se ríe, le dice hola y le pregunta si le conoce de algo. El idiota de mini-yo se siente encoger, y justo cuando va a hablar de nuevo llega esa chica austriaca, la que toca el piano, y Toni se lanza a abrazarla. Y se besan. Y mini-Lovino simplemente puede mirar. Mirar como se comen la boca el uno al otro. Mirar como Toni la observa con adoración. Mirar como olvida que Lovinito está allí mismo, parado. Como el pequeño idiota que es.

Fin del flashback.

Ahora Lovinito es el puto Lovino Romano Vargas, el hombre más deseado del continente. Le sobran los tíos que se lanzan a sus pies. Puede tener a quien quiera. A quien quiera. Y mientras miro a esa aparición de mi pasado y dejo de narrar en tercera persona, me doy cuenta de que sigo queriendo a ese tío en mi cama. Y como que me llamo Lovino que lo voy a conseguir.

Antonio está casi igual que la versión de mis recuerdos. Más adulto, el pelo más corto, las facciones más marcadas, más alto. Pero los mismos ojos verdes. La misma sonrisa. El mismo aire despreocupado. El puto cuerpo y cara de un dios enviado a atormentarme. O un demonio.

Pero no, no, no. No. Yo tenía el control ahora. Tenía el poder. Eso es. E iba a vengarme. En una semana me iba a tirar al español. No. Todavía mejor: iba a hacer que fuese él el que me suplicara, se iba a enamorar de mí, íbamos a follar, y luego por fin me sentiría libre de esa parte de mi pasado y seguiría adelante con mi vida. En dos meses tendría al español bebiendo los vientos por mí. Lo juré por toda la pizza del mundo. Iba a hacerle pillarse de mí tan fuerte que no podría ni respirar, sufriría como yo había sufrido. Oh, sí. Mi diabólico plan maestro estaba en marcha.

Así pues el nuevo director nos expuso a todos su visión de la temporada, hablando animadamente y gesticulando sin parar. Esto solo era nuevo para mí y para los guionistas, el resto del equipo se dedicaba a asentir, entusiasmado. Al parecer el español contagiaba esa vitalidad horrible, porque al terminar todos hablaban animadamente, compartiendo perspectivas. Por lo que parecía, el bastardo quería llevar el programa más a la calle, centrándose en problemas reales. Quería que yo jugase un papel más activo. Quería que el público empatizase más conmigo, que dejase de verme como el intocable presentador. Eso y otro montón de historias que no escuché del todo, centrado como estaba en observar la manera en la que se movían sus labios, imaginándome lo que esos mismos labios podían hacer en ciertas partes de mi cuerpo. De vez en cuando clavaba sus ojos en mí, cuando lo que decía me involucraba directamente, sonriéndome. Y yo tenía que luchar para no apartar la mirada sonrojado, recordando mi plan y que ya no era un jodido adolescente inseguro. Me las apañé para dirigirle una sonrisa torcida.

A las dos horas acabó la reunión y todo el mundo fue saliendo de la sala, charlando entusiasmados. Los que eran capaces de mostrar semejante sentimiento, quiero decir. Por supuesto Lucía no expresaba nada remotamente parecido. Y Arthur seguía frunciendo el ceño, aunque tal vez un poco menos.

Yo por mi parte reflexionaba sobre El Plan. No tenía claro si sería mejor un ataque directo, o dejar que fuese él el que me persiguiese. Lo segundo era mucho más sutil y requería de más tiempo. ¿He dicho ya que no soy un hombre paciente? El bastardo me lo puso fácil al inclinarse a recoger algo, dejándome un balcón con vistas a ese culo. Jo-der. Me planteé seriamente si lo estaba haciendo a propósito para acabar conmigo. De pronto se giró hacia mi. Cerré la boca tan rápido como pude y redirigí mi mirada hasta sus ojos. Sonreía, por supuesto, no solo con la boca, sino con todo su cuerpo. Ese hombre radiaba alegría.

-¡Oh, wow, Lovino Vargas! ¡Es un verdadero placer conocerte al fin!- dijo acercándose a estrecharme la mano. La apretó firmemente y el cálido contacto dejó mi estómago saltando arriba y abajo.- Quería hablar contigo personalmente antes de la presentación general, pero parece que eres difícil de localizar.- Se rió algo nervioso y llevó una mano al pendiente de su oreja (que por algún motivo yo encontraba increíblemente sexy).

-Uh… oh…- Muy bien, Lovino, locuaz sex symbol rebosante de encanto ¿eh? Esto iba a ser duro.- Estaba de vacaciones.- Bien, buena remontada.- En Italia. Suelo apagar el móvil del trabajo cuando voy, intento alejarme de todo esto.- Gesticulé hacia alrededor.

-¡Oh! ¡Lo entiendo totalmente! Puede ser demasiado, ¿no?- Se rió.- Y te lo estoy diciendo yo, que no soy ni la mitad de famoso que tú.

-¿Es coña? ¡Eres el director más famoso de tu generación! ¡Tu última película obtuvo el premio de la crítica y el del público!- Las palabras abandonaron mi boca antes de que pudiera pensarlas. Adiós a mi actitud desinteresada. Había seguido su carrera un poquito, lo admito. Un poquito ¿vale?

Se rió otra vez y se frotó la nuca, casi tímidamente.

-Ya bueno, tampoco es para tanto, nadie se acuerda realmente de mi cara ¡y lo prefiero!- ¿Estaba de broma? ¿cómo iba alguien a olvidar esa cara?- De todas formas, quería decirte que admiro mucho tu personaje.

-¿Mi personaje?- repetí, desconcertado.

-¡Sí, claro! Toda esa actitud indiferente y agresiva, realmente sabes sacarla adelante.

Le miré con incredulidad. ¿De verdad me estaba diciendo…?

-¡¿Qué cojones?! ¿Personaje? ¡No es un puto personaje, soy yo!- exploté, notando mi cara arder de furia. Sí, adiós al Plan. El tío se quedo congelado, mirando como yo perdía mi pose de tipo guay por momentos.- ¿Acaso no soy lo suficientemente real para ti? ¿Demasiado indiferente? ¿Te parezco un puto agresivo, joder?

El bastardo retrocedía con las manos en alto en actitud conciliadora. Los ojos como platos.

Lo siento, lo siento! ¡No quería decir eso! ¡Quiero decir que no creo que seas realmente así!- Vio mi cara y tragó saliva.- Uh, mm… ¿La estoy cagando más?

-Sí.- Respondí secamente.

-Lo que digo.- empezó a explicar lentamente, pensando lo que decía y lanzándome miradas cautelosas.- es que creo que hay mucho más de lo que dejas ver. Apuesto a que por dentro no es tan sencillo ¡No sé! ¡Nadie lo es! Por eso digo que es un personaje. No deja de ser un acto que pones de cara al público, una actitud…- dejó la frase en el aire, inseguro. Le miré de arriba abajo.

-Yo no finjo, bastardo. Puede que no sea todo, pero no deja de ser una parte de mí.

Antonio asintió, visiblemente aliviado al verme más calmado.

-¡Claro! No he dicho eso. Creo que es genial, de todas formas.

Me sonrió, como tanteando las aguas.

-Por supuesto.- Contesté, entrecerrando los ojos.

-¡Lo digo en serio! Joder, lo siento un montón.- Empezó a hablar muy deprisa, con el acento más marcado cada vez. Y no, eso no me afectaba para nada.- Soy un desastre con estas cosas, ¿sabes? Suelo cagarla mucho cuando hablo con gente a la que admiro, y eres muy intimidante, y yo suelo decir las cosas antes de pensarlas, y te aseguro que es una putada porque más de una vez he cabreado a quien no debía, pero de verdad lo siento, te aseguro que me encanta…s… tú.

Me quedé mirándole con incredulidad. Él pareció darse cuenta de lo que acababa de decir y volvió a empezar a hablar, atropelladamente.

-¡Quiero decir tu programa! ¡Y tú! …Ay, dios, por qué no puedo hablar como una persona normal contigo.- Esta última frase fue en español y apenas entendí nada. El bastardo se pasaba una mano por la mata de pelo castaño con nerviosismo. Yo me limité a seguir mirándole fijamente.- Mira, hemos empezado con el peor pie posible, y de verdad quiero que nos llevemos bien, ¡vamos a trabajar juntos! Así que te propongo que ignores la mitad de lo que digo casi siempre, porque tiendo a decir idioteces cuando estoy nervioso. ¡Pero te aseguro que soy un profesional!- Lo dijo con vehemencia, avanzando hacia mí por inercia. Esto provocó que yo diera un paso atrás, tropezándome con una silla y cayendo hacia el suelo. El bastardo trató de agarrarme, pero perdió el equilibrio y acabamos ambos sobre la moqueta. Él encima mío. Nuestros rostros a punto de tocarse. Noté su respiración en mi cara. Sentí como toda la sangre del cuerpo se agolpaba en mi rostro, que parecía arder. Estoy seguro de que salía humo. Oh dio. Notaba los duros músculos de su torso a través de la ropa, apretados contra mi tripa. El resto de su cuerpo entre mis piernas abiertas. La sangre no se me fue solo a la cara. Quise que se me tragara la tierra. No era el mejor momento para que se me pusiera dura. Oh, no, por favor no. No. No. No. Estoy seguro de que se dio cuenta, porque sus ojos verdes se clavaron en los míos, abiertos por la sorpresa. Matadme, per favore. Y justo en ese puto momento, gracias a mi puta suerte, se abrió la puta puerta. Puta. Vida.

-¡Eh, gente!- gritó la inconfundible voz de Amelia, irrumpiendo en la habitación. El bastardo que tenía encima me impedía verle la cara. Pero os aseguro de que puedo imaginarla. Ahí estaba el presentador más inalcanzablemente sexy y gay de la tele, haciendo la estrella de mar sobre la moqueta de la sala de reuniones, con el buenorro del nuevo director sobre él, entre sus piernas. Llega a ser Elizabeta y estaría haciendo un reportaje y mojando las bragas como si no hubiera un mañana. Pero era Amelia Jones.- Uh… ¿chicos? ¿Pero qué hacéis? Oh…Ooooooooohhh ¡Tío, Roma, tú si que te das prisa!- empezó a reírse escandalosamente, echando hacia atrás la cabeza. Yo seguía paralizado y Antonio continuaba con los ojos muy abiertos fijos en los míos.- No es por interrumpir, pero, venía a deciros que todo el equipo está invitado a una pequeña fiesta esta noche en mi casa. ¡Van a venir los de informativos y muchos de los grandes de la cadena! ¡No podéis no venir!

Por fin recuperé mis facultades mentales, aunque mi dignidad seguía en el suelo, escondida debajo de la mesa.

-¡Quítate de encima, bastardo! ¡Esto no es lo que parece, Jones!

Antonio pareció despertar y pegando un respingo se apartó de mí como si quemara. Lo que no me ofendió. Para nada.

-¡Claaaaaro que no, Roma!- gritó Amelia, guiñándome un ojo y sonriendo con sorna. Me levanté, todavía rojo, alisándome la camisa de Prada y alternando miradas de odio entre la americana y el bastardo español.

-¡Voy en serio, come-hamburguesas! ¡Y tú no has visto nada o tendré a la mafia siciliana tras tu pista!- Amelia palideció y yo sonreí victorioso. Al parecer basta con ser italiano para que amenazar con la mafia sea efectivo. Por si estáis dudando: era un puto farol como una casa. No conozco a ningún mafioso, joder. Putos estereotipos. Que sea italiano no significa que me relacione con la mafia, ame la pasta y la pizza, la moda sea mi vida y desprenda sex appeal. Bueno, excepto lo de la mafia, todo lo demás es cierto. ¿Y qué? Putos estereotipos.

-¡No he visto nada, claro! No hace falta que les digas a tus "amigos", Roma. Ya sabes, un gran poder conlleva una gran responsabilidad y todo eso. No hay que abusar de tus influencias, ¿eh?- Se apresuró a decir la rubia americana, poniendo morritos. ¿Acababa de hacer una referencia a Spider-man? ¿En serio? Puta Amelia. Tuve que contenerme para no bufar.

-Adiós, Jones.- Dije fríamente, apuntando hacia ella con los dedos, fingiendo que eran una pistola. La americana se rió de nuevo y desapareció corriendo.

Me giré resignado hacia el español, que tenía la vista puesta en la puerta y las mejillas algo sonrosadas. No dije nada. ¿Qué cojones podía decir? Todavía me encontraba pensando como recuperar esa desastrosa situación cuando el bastardo habló, volviendo sus ojos hacia mí.

-¡Bueno! Eso ha sido… ehh… interesante, jajajaja. ¡La verdad es que no defraudas, Lovino!- sacudió la cabeza, sonriendo.- Estoy deseando verte esta noche y presentarte a un par de personas. ¡Y tú podrías introducirme a gente también, porque no conoceré a la mitad! En fin, tengo que marcharme ya, pero ha sido un placer conocerte, caerme encima de ti y todo eso, jajajaja. ¡Adiós!

Habló a una velocidad que yo no creía posible y antes de que yo pudiera mediar palabra había esprintado hacia la puerta.

Me quedé solo. Parado en medio de la habitación como un idiota, con una ligera sensación de déjà vu por algún motivo.

Para no aburriros con detalles penosos, como mi vuelta a mi piso de lujo y mi tarde tirado en el sofá viendo una telenovela a la que estaba enganchado (callaos, era bastante buena), preguntándome qué coño había pasado con el bastardo y qué iba a hacer con la fiesta, saltaremos a la parte donde me pongo mi mejor traje de Armani, negro con camisa azul ultramar, sin corbata, y unos zapatos elegantes pero casuales de Gucci (Sí, estaba vestido para matar) y puse rumbo a la fiesta en mi Ferrari.

La casa de Amelia F. Jones era enorme no, lo siguiente. Todo era gigantesco: la piscina, el jardín, la cancha de baloncesto, la terraza, las ventanas, las habitaciones y hasta los muebles. Por que os hagáis a la idea era la típica casa americana (hablando de estereotipos), pero más grande. Por supuesto no faltaba la bandera roja, blanca y azul. Obvio.

Enseguida me encontré sentado cerca de la barra que Amelia había colocado junto a la piscina y donde un hombre mexicano con cara de cabreo estaba sirviendo las bebidas, murmurando por lo bajo cada vez que nuestra escandalosa anfitriona se acercaba. Sentí empatía por el chaval, que tenía que soportar no solo a los cada vez más achispados famosos, sino a Jones, que gritaba de vez en cuando en frustrados intentos de hablarle en español "¡Eduuuarrrrrrrdoo! ¡HOLAA! ¿Tú dame tequila? HAHAHA ¡no sé que acabo de decir! ¡Eduuaarrrrrdooo! ¡Mi amoorrrrrr!" El tal Eduardo resoplaba, hasta que de pronto Amelia, que iba medio bebida ya, recibió una zancadilla y cayó a la piscina con una gran salpicada, resurgiendo boqueando y mirando alrededor enfadada, en busca de su agresor. Eduardo se reía a mandíbula batiente, Arthur casi se tiró al suelo de la risa y yo tuve que contenerme para no hacer lo mismo. Al lado de Amelia apareció su medio hermano Matthew, que le ofreció una mano para ayudarla a salir del agua, sonriendo.

-¡Gracias, Mattie! ¡Menos mal que tú nunca…!- Y ahí fue cuando Amelia notó que la sonrisa de su hermano era una divertida.- ¡HAS SIDO TÚ! ¡TRAIDOOR! ¡No me esperaba esto de ti!

Por muy entretenido que fuese observar a los hermanos, decidí moverme y buscar caras conocidas por ahí. Entré dentro de la casa y me serví otra bebida.

-¡Lo que oyes, Kiku! Y justo en el siguiente tomo, cuando yo pensaba que iban a hacer un trío al fin…- Ah no. No. Simplemente no estaba de humor para hablar con Eliza sobretodo cuando parecía metida de lleno en una de sus historias yaoi con su amigo Kiku Honda, un japonés bajito, metido en producción, que era casi peor que mi mánager.

Seguí rondando por la casa. Atento a fragmentos de conversaciones, saludando de vez en cuando y parando a hablar un poco. Era una fiesta más bien íntima, y conocía a casi todo el mundo, gente de la cadena. Continué con conversaciones tipo:

-Pues eso, Vargas, en esta nueva temporada como que deberías arriesgar más con la ropa. Porque, o sea, los trajes italianos te quedan perfectos, pero como que no sorprendes. ¡Mírame a mi! O sea, ¿tú crees que alguien se esperaba esta falda con esta camisa?

-No Feliks, no creo que nadie esperase una falda en general.

-Exacto, Lovino, como que hazme caso en esto. ¡Toris! ¿Verdad que sí?

O también:

Fratellooo! ¡Pensaba que no iba a poder verte! ¡Como estás tan ocupado, ve! ¡Estoy tan contento de que estés aquí! ¿Sabes que hoy casi piso al invitado especial? Vee… ¡Menos mal que fuimos a publicidad enseguida! ¡Me disculpé veinte veces, pero no me di cuenta de que lo estaba haciendo en italiano! ¡Y el señor no entendía nada! ¡Es un cantante muy famoso, seguro que lo escuchas, fratello! ¿Debería haberle pedido un autógrafo?

Pausa. Puede que haya olvidado comentarlo pero ¿recordáis al idiota de Feli, mi hermano pequeño? Bueno, pues él también tiene un programa de éxito y ha triunfado, por supuesto. Porque Feliciano es bueno en todo, y la tele no iba a ser menos. Así que sí, algo de sana rivalidad entre hermanos. Al menos por mi parte. Feli es demasiado feliz e inocente como para importarle. Lo que me saca de quicio. Tiene uno de esos programas de entrevistas divertidas a famosos, con los que ríe y hace juegos. Para nada similar a lo mío, que es mucho más adulto. Y Feli es muy bueno en lo suyo, tengo que reconocerlo. La cosa es que debido a eso de trabajar en la misma cadena, apenas podía despegarme de Feli. Acabábamos compartiendo conocidos, fiestas y eventos. Yupi. Parecía que jamás podría escapar de verme comparado con mi hermano pequeño. Una putada, si me preguntáis.

Retomando el tema: volví a salir a la barra junto a la piscina, donde el tal Eduardo parecía bastante más contento y canturreaba en español, mientras iba sirviendo bebidas. Yo iba por mi tercera copa de magnífico vino italiano, mientras charlaba distendidamente con Heracles, que a ratos soltaba comentarios filosóficos con voz calmada, a ratos se quejaba de lo horriblemente mal pagado que estaba su trabajo, a ratos parecía que iba a quedarse frito sobre la barra.

Y en ese momento Adonis salió de la piscina. No lo había visto hasta ahora, y estoy bastante seguro de que me lo estaba comiendo con los ojos, y de que, si no Heracles, que finalmente se había sobado, Eduardo sí que se daba cuenta, porque me dirigía una sonrisa burlona. Pero yo apenas lo registré, centrado como estaba en ese cuerpo moreno escultural por el que resbalaban las gotitas de agua y brillaba a la luz anaranjada de los farolillos del jardín. Cazzo. Joder. Lovino céntrate. El bastardo se fijó entonces en mí y sus ojos verdes se iluminaron, dirigiéndome una de sus resplandecientes sonrisas. Parpadeé, cegado. Él se acercó a mí y se sentó a mi lado. Entonces sacudió la cabeza como un perro, mojándome.

-¡Eh, bastardo! ¿Qué te crees que haces? ¡Vaffanculo!

-Jajajaja, lo siento Lovino, no he podido evitarlo. ¡Me alegro de verte por fin! ¡Oh, hola, Edu!- saludó de pronto al chaval moreno de la barra.

-Toño.- Dijo éste, con una cabezada de reconocimiento.- ¿Qué te pongo?

-Un cubalibre, por favor, ¿qué tal todo?

Y ahí fue cuando se enfrascaron en una conversación en rápido español de la que no pillé ni la mitad. Me centré en las diferencias entre los acentos, algo molesto por haber sido dejado de lado. En un momento, Eduardo me señaló, divertido, y Antonio me miró sorprendido, para luego comenzar a sonreír de manera algo torcida, como provocadora. Era la primera vez que le veía poner esa cara y ya notaba como empezaba a ponerme rojo.

-¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Tengo algo en la cara?- me las apañé para peguntar.

-Edu dice que me estabas desnudando con los ojos cuando he salido de la piscina.

¿Creíais que lo de antes era estar rojo? ¡Já! ¡Pues no! Estoy seguro de que mi cara alcanzó algún record. No sé qué me pasaba, normalmente llevaba yo las insinuaciones y flirtear era mi especialidad. Por algún motivo, no con Antonio, con el que reaccionaba como una colegiala estúpida.

-¡No! ¡Y tampoco es que dejes tanto para la imaginación! ¡Ya vas medio desnudo, bastardo!- farfullé, ofuscado, señalando hacia su figura, que solo llevaba un bañador verde con tomatitos… Espera ¿qué? ¿tomatitos? ¿qué clase de obsesión tenía el bastardo por dicha fruta? ¿Y por qué cojones tenía yo que estar pillado por un hombre que llevaba un bañador de tomatitos sonrientes?

-Bueno, algo sí que deja para tu imaginación.- Dijo entonces el bastardo de los tomates, guiñándome un ojo. ¡¿Qué?! ¿Acababa de decir lo que yo creía que acababa de decir? ¿Estaba él ligando conmigo? ¡Iba a ser al revés, joder!

-¡¿Y para qué iba yo a querer imaginar nada tuyo, bastardo?!- Me di cuenta un poco tarde de que había gritado, y de que hasta Heracles se había despertado. Discreto, Lovino, como siempre.

-Jajajajajaja, tranquilo, Lovi, era broma.- Dijo el español, sonriendo. ¡Sonriendo! ¿Cómo se atrevía?- En realidad quería presentarte a… ¡Oh! ¡Ahí están!

Y así sin más el bastardo me agarró de la muñeca y me arrastró hasta el borde de la piscina, mientras yo hacía todo lo posible por ignorar las descargas eléctricas que su contacto me producía.

Allí había un tipo muy alto y rubio, con cara de pocos amigos y una cicatriz sobre la ceja, fumando un porro con tranquilidad, sentado en una de las tumbonas. A su lado una chica, de melena rubia y una cinta verde a modo de diadema, sonreía, sentada en el borde de la piscina, con las piernas metidas, mientras hablaba con un hombre grande, muy moreno y con rastas, que se encontraba nadando a su alrededor. Y tras él una chica de pelo a lo pixie, blanco como la nieve y ojos rojizos se dedicaba a apuntar con una pistola de agua hacia una mujer rubia despampanante, que daba saltitos y trataba de quitarle la parte de arriba del bikini a la otra. Tragué saliva al reconocer a esas dos. ¿Cómo olvidarlas? Eran Gillian Beilschmidt y Françoise Bonnefoy, el resto de componentes del BTT.

-¡Eh, chicos! ¡Este es Lovino Vargas! ¡El Lovino Vargas!- asentí inconscientemente a eso último. Se giró hacia mí y señaló al chico rubio fumando, que nos miró con una ceja alzada y no se movió ni un ápice.- ¡Ese con cara de querer cargarse a alguien es Abel! Tranquilo, no suele morder. Es el técnico de sonido del equipo.- Señaló después a la chica de sonrisa gatuna, que se levantó de un salto y me estrechó la mano cálidamente.- Esta es la encantadora señorita Emma, nuestra directora de fotografía. Es hermana de Abel.- Gesticuló hacia el tío de las rastas, que me saludó sonriendo con parsimonia.- Ese es Carlos, el mejor cámara a este lado del océano.- Y esas dos son…

-¡Ei, Toni! No es por cortar tu magnífica introducción, pero mi asombrosa persona, pude presentarse solita ¡Hola Vargas! Es un placer conocerte, pero es todavía mejor para ti conocerme a mi. ¡Gil Beilschmidt! Soy la que maneja el ordenador y se asegura de que no la caguen. Sé que es un honor para ti.- Me dirigió una sonrisa creída.

Antes de que pudiera contestar que no lo era tanto, la rubia espectacular se me plantó enfrente. Y era alta, muy alta, además de llevar tacones, así que de pronto me encontré ahogándome entre sus tetas, mientras ella me estrujaba. Noté como una de sus manos se deslizaba hacia mi culo.

-Hé là! Mira que dejarme a mi para el final… Bonsoir, mon petit, yo soy Françoise Bonnefoy, c'est un plaisir. ¡Realmente eres una belleza! Aun más mono en persona, honhonhon.

Yo luché desesperado por deshacerme de su abrazo de muerte.

-¡No soy mono! ¡Sexy en todo caso!- dije, indignado.

-Ah, c'est vrai, mon petit italien. Sí que eres sexy…- Ronroneó la francesa junto a mi oreja.

-¡Bueno Franny, creo que es suficiente! ¡Vas a ahogarle!- interrumpió Antonio, ganándose una mirada agradecida por mi parte.

-¿Sabes que es gay, verdad Fran?- comentó Gillian con una mirada divertida.

-Ouais, pero una puede intentarlo, ¿non?

-¡No!- grité yo, escapando al fin de sus brazos y sus pechos del apocalipsis. Y me encontré chocando contra el torso desnudo de Antonio. Otra vez. Él se rió. Otra vez. Yo me puse rojo. Otra vez. Veis un patrón aquí, ¿no?

-¡Puedes respirar feliz, porque Françoise no forma parte del equipo! Ha venido de invitada, pero no trabaja con nosotros, ¡ella es chef!

-Oui, la mejor, y modelo, mon ami, no te olvides.- Asintió la francesa, sin dejar de desnudarme con la mirada, hasta el extremo de que me encontré cubriéndome con los brazos, como si no llevase mil euros de traje encima.

Y justo entonces nos interrumpió Elizabeta. Juro que no me he sentido más feliz de oír a mi mánager en la vida. Claro que eso se fastidió al escuchar de verdad lo que había dicho.

-¡Ei, venid dentro! ¡Vamos a jugar a Yo Nunca!