El bastardo se lo había buscado.

Corrimos como si nos fuera la vida en ello. La primera ronda ganó él. ¡Pero porque tenía ventaja, joder! Nos internamos en el camino del bosque a las afueras de la ciudad, sin dejar de lanzarnos pullas y retarnos constantemente, como imbéciles. Las tres siguientes rondas ganó este orgulloso italiano.

Al final jadeábamos sin aliento, doblados hacia delante, con las manos sobre las rodillas y el pelo chorreando sudor.

-Qui… quiero… la revancha.- Consiguió decir el bastardo, casi sin aire.

-Te he dado… tres oportunidades… cabrón.- Murmuré yo.- No te piques, soy… ag… imbatible.

-¡Una más, Lovi! ¿O tienes miedo de que gane?

El muy capullo sabía como conseguir lo que quería. Mi orgullo no me permitía negarme.

-Solo una.- Avisé.- Y quien gane esa gana todas.

-Trato hecho.- Asintió Antonio, sonriendo triunfante.- Pero espera un poco más, creo que todavía no te has recuperado, no quiero ganarte injustamente.

-¡Serás hijo de puta! ¡Eres tú el que está sin aliento, bastardo!- Exclamé indignado, pero sin poder evitar sonreír divertido.

-¡Que va! ¡Ni siquiera estoy sudando!- Rió Antonio, poniéndose recto con dramatismo.

-¿Y esto que es?- Señalé hacia su frente perlada.

-¿Lluvia?

-¿Tienes una nube particular?

El bastardo fingió sorpresa.

-¡Justamente! ¿Cómo lo has sabido, Lovi? ¿Tú también tienes una?- Me tocó el pecho con el dedo índice, apuntando a la empapada camiseta. Su sonrisa burlona me hizo entrecerrar los ojos.

-Espero que estés listo, idiota, porque te voy a machacar. Hasta ahora he sido blando contigo. Ya no tendré piedad.

-Perfecto, porque te vas a comer el polvo.

Le lancé una mirada asesina.

-Luego no vengas llorando, "Toñito".

-Te espero en la meta, "Varguitas". Tres, dos, uno… ¡YA!

Salí disparado, corriendo tan rápido como me permitían las piernas. Siempre he sido bueno en atletismo y correr era liberador. Notaba al bastardo justo detrás de mí y forcé aun más el ritmo. Mis pies apenas tocaban el suelo y tenía la sensación de que en cualquier momento perdería el equilibrio y caería, si osaba parar.

Una sensación de euforia me invadía. Había olvidado lo increíblemente bien que me sentía al correr al aire libre, forzando mis músculos hasta su límite, luchando por traer aire limpio a mis pulmones, viendo el verde paisaje convertido en un borrón por el rabillo del ojo. Notaba el ritmo del corazón palpitando en mis sienes. Oía mi propia respiración y la de Antonio, nuestras rápidas pisadas sobre el camino de tierra. Giré la cabeza, exultante, mirando al bastardo sin dejar de correr. Le mostré el dedo de en medio, sonriendo con suficiencia. Él me sacó la lengua y pegó un acelerón, lanzándose hacia delante, agarrándome de la cintura y arrollándome. Ambos perdimos el equilibrio. Solté un grito (muy viril), y los dos nos precipitamos por la pequeña pendiente a un lado del camino, rodando sobre la hierba hasta que chocamos con un jodido árbol. El bastardo estaba tirado sobre el suelo, a mi lado, respirando agitadamente y riendo casi sin aire.

Cazzo! ¡Figlio di putana! ¡Fiyo della gran mignotta!-Le grité, indignado, golpeándole repetidamente en la tripa, que era lo que tenía a mano.- ¡Sei uno stronzo!¡Eres un idiota! ¡Podríamos habernos roto algo, joder! ¡Testa di cazzo!

Antonio se rió aún más y rodó sobre su estómago hasta encararme.

-¡Pero no ha pasado nada! Y reconoce que ha sido divertido.

-¡Y una mierda divertido!- Exclamé indignado, en un chillido agudo. Soltó una carcajada al oír mi tono y yo no pude evitar sonreír también. Mi voz había sonado jodidamente ridícula.

El bastardo casi lloraba de la risa y yo acabé uniéndome.

Me recliné contra el árbol, suspirando y cerrando los ojos, con algo sospechosamente parecido a una sonrisa en mi cara.

Antonio se apoyó contra una roca y sacó una papeleta del bolsillo del pantalón, disponiéndose a liar un peta. Le miré alzando una ceja.

-¿Salir a correr para luego ponerte a fumar no es contraproducente?

Me miró divertido, encendiendo el canuto y dándole una larga calada. Me lo pasó con una sonrisa, expulsando lentamente el humo. Lo cogí de entre sus dedos y le di una calada también. Hacía años desde la última vez que había fumado maría, desde mis primeros años en la universidad. Noté la garganta rasposa y el familiar sabor en el paladar.

-Voy a confesarte que hacía años que no fumaba.- Dije, observando como el humo abandonaba lentamente su boca. Había echado la cabeza hacia atrás y tenía los ojos cerrados.

-Tampoco te creas que yo fumo de normal.- Aclaró, sin abrir los ojos.- Abel me ofreció y me entró la nostalgia.

Me quedé mirándole, aceptando de nuevo el peta.

-O sea que entre tú y Abel…- Dejé la frase en el aire. Me costaba admitirlo, pero tenía curiosidad. Mucha. Joder.

Abrió los verdes ojos y me observó sin decir nada, mientras yo fumaba, con la cabeza gacha. ¿En serio acababa de preguntarle por su puta vida amorosa? No me interesaba, joder, solo quería saber si estaba disponible. Sexualmente. No románticamente. Malpensados.

Noté el familiar ardor en mis mejillas.

-Fue cosa de una vez. No tengo por costumbre acostarme con compañeros de trabajo.- Gruñó Antonio, haciendo una mueca.

-Ah.- Murmuré yo. Mierda puta. ¿En serio me lo estaba contando? ¿Política de no hay sexo con compañeros de trabajo? ¿Era coña? ¡Esto era la puta televisión! No el ejército o algo. Claro que jodes con compañeros de trabajo. Evidentemente. Es la puta tele. La gente más atractiva del planeta está aquí metida (yo incluido). Además, estamos hablando del bastardo, que sospechaba que era más salido que un mono en celo. Es decir, ¡vamos! ¡Se había tirado al intimidante pelo pincho! ¡Y era su puto subordinado! ¡Y el striptease en la fiesta! No es como si tuviese una actitud súper profesional. Esa era Lucia, y hasta ella parecía estar follando con su socio, el danés escandaloso. ¿Era yo el único que se iba a quedar sin cogerse a alguien? Puta vida. No. No, Lovino, no. Tenía una promesa conmigo mismo. No iba a rendirme fácilmente.

-Además, Abel tiende a odiarme la mayor parte del tiempo.- Continuó el bastardo, ajeno a mi interesante monólogo interno.- Fue más como sexo ultra agresivo. Como para desfogarnos, ¿sabes? Estuvo bien, pero no lo repetiría. Y él tampoco, créeme.

-Lo que sea, tampoco me des detalles, gracias.- Refunfuñé, volviendo a dar una calada.

-Pasa la chusta.- Dijo el bastardo, extendiendo el brazo hacia mí. Le miré desafiante y me acabé el porro, aplastándolo luego contra el suelo.

-Te lo voy a cobrar.- Dijo Antonio, mirándome entre divertido y molesto. Me encogí de hombros. Porque soy así de guay.- De todas formas, Lovino.- Fruncí el ceño ante el cambio de tono.- Tenemos que hablar del programa, tarde o temprano.- Se rió entre dientes.

-¿De qué, exactamente?

-Bueno, como dijo Jack el destripador: vamos por partes.- Hice una mueca ante el horrible intento de chiste. El bastardo sonrió.- ¿Qué opinas tú? De cambiar ciertas cosas y así.

-Me gusta tu idea de hacerlo más activo y comprometido.- Él asintió, entusiasmado.- Pero.- Me miró poniendo carita triste y yo sonreí maliciosamente, disfrutado de tenerlo en el aire.- No sé si yo soy tu hombre.

-Uhh… ¿qué?

-Yo no soy así. Soy distante, agresivo, ácido. Es la imagen que me he labrado en la televisión.- Vi que parecía a punto de protestar y le interrumpí.- Sí, sí, ya sé que es un puto "papel".- Dibujé unas comillas en el aire.- Pero es como la gente me percibe. No puedes borrar eso de un plumazo. Además no sé si deberías, al fin y al cabo es lo que ha dado fama al programa.

Se quedó pensativo, mirando hacia el cielo.

-No sería nada tan radical. No quiero cambiar tu personalidad televisiva. Quiero cambiar la perspectiva desde la que se ve esa personalidad.

Le miré desconcertado, sin entender exactamente a qué se refería.

-Pensé que querías hacerme una puta hermanita de la caridad.

-Ni de coña.- Se echó a reír.- No sería ni la mitad de interesante. Lo que quiero es variar tu entorno, la situación. Hacerte confrontar otras cosas. Sacarte de tu zona de confort.

-¿Quieres que yo haga el trabajo de reportero?- Pregunté incrédulo.- ¿O un puto reality?

Chasqueó la lengua y se inclinó hacia mí, gesticulando.

-Más bien lo de reportero, pero no exactamente. ¿Sabes cuando hiciste ese episodio sobre los pandilleros en los barrios marginales?- Asentí.- En todo momento controlabas la situación. Tenías enviados en los barrios, no dejaste el plató apenas. Las entrevistas con los pandilleros fueron en el estudio o en lugares neutros.- Volví a afirmar.- Yo quiero meternos ahí de lleno. Mostrarlo de verdad.

-Quieres que acabe con la garganta rajada, bastardo.

-Me he ido al extremo. Es lo mismo con los escándalos políticos que destapasteis la temporada pasada. Quiero que la gente de verdad se involucre. Tenemos que estar dentro de verdad.

-¿Y en torno a qué tema gira esta temporada? Por ver si debería contratar un buen seguro de vida.

-Tres temas principales.- Sonrió el bastardo, contando con los dedos.- Abuso de poder, Sexualidad y Drogas de diseño.

-Drogas, sexo y política.- Sonreí torcidamente.- Vas a lo seguro, ¿eh? Solo falta Rock 'nd Roll.

-Tenemos que ir por algo que sepamos seguro que va a interesar.- Se encogió de hombros.- ¿Y? ¿Qué opinas?- Me miró expectante.

A partir de este punto nos embarcamos en una animada discusión. Nuestros puntos de vista diferían constantemente. A mi me parecía que Antonio mantenía una actitud demasiado idealista y muy poco práctica la mitad del rato. Además tendía a divagar y a arriesgar demasiado en cada idea. Sinceramente no tengo ni puta idea de cómo un tío como él había sido contratado por la cadena. Era cierto que era famosa por innovar, pero la visión del nuevo director hacía temblar los pilares del programa. Era un movimiento muy arriesgado. Antonio era un joven director con reputación de inconformista y renovador. Era un agitador y eso gustaba. Pero esto no era una película independiente, ni un par de episodios especiales. Era uno de los programas más vistos de América.

Aun así, tengo que reconocer que me fascinaba su punto de vista de las cosas, pese a no compartirlo siempre. Su entusiasmo y su determinación hacían que pareciera que podía funcionar. Le odiaba por ello.

A él, por su parte, le parecía que yo era demasiado cínico, que debía poner más esperanzas en la gente y en el público. Que todo iba a funcionar, que iba a ser divertido, que nos lo pasaríamos bien, que íbamos a remover conciencias, que íbamos a agitar lo establecido. Era un puto idealista. Con mayúsculas. Tan optimista que sentía ganas de potar arco iris.

Como dato curioso: los dos teníamos una tendencia pronunciada a agitar los brazos al hablar, gesticulando mucho, y a ir subiendo el volumen de voz cuando nos emocionábamos. Esto desembocó en que pareciésemos dos putas Amelias Jones puestas de speed o algo.

Al final se instaló entre nosotros un cómodo silencio. Me encontré sorprendentemente relajado, sin esa tensión con la que convivía y que era mi puta mejor amiga. Sentía mi cara extraña de tanto rato que llevaba sin fruncir el ceño. Os aseguro que era una novedad. Es mi marca de identidad. Sin mi ceño podrían confundirme con el idiota de Feliciano.

El sol había avanzado hasta alcanzar el centro de la cúpula celeste. La suave brisa agitaba las copas de los árboles y las últimas chiribitas del verano despuntaban entre el verde de la hierba…

Joder. Soy un poeta. Un puto poeta. Si me lo propusiera esta historia sería un drama narrado de puta madre.

Continúo con mi bucólica descripción, sé que la estáis disfrutando.

El aire aun olía a verano, a rayos de sol; pero había un nuevo frescor, que anunciaba la incipiente llegada de un temporal. Antonio yacía sobre un lecho de hierba, con los brazos morenos tras su cabeza. El cabello castaño reflejaba la luz del sol y brillaba suavemente, sus desordenados rizos apuntando en todas direcciones. Las ramas de los árboles creaban sombras en movimiento sobre su rostro. Mantenía los ojos cerrados y su perenne sonrisa. Parecía casi dormido. Sin un solo problema en el mundo.

…Estaba tan follable ahora mismo…

Umh. Adiós a la poesía, jé. Me estaba cansando, de todas formas.

-Eh, bastardo.- Llamé, simpático como siempre.- Deben de ser más de la una ya. Me muero de hambre. Has estado hablando sin parar y se nos ha ido la hora.

Abrió los ojos lentamente, clavando en mí sus adormilados orbes. ¿Por qué cojones tenían que ser tan jodidamente verdes?

-¿Yo he estado hablando sin parar?- Preguntó, risueño.- Porque tú has estado taaan callado…

-Stai zitto, idiota.- Gruñí, mandándole callar. Había descubierto que Antonio sabía algo de italiano y pensaba aprovecharlo, pese a que yo mismo lo tenía un poco oxidado. Excepto los insultos, claro.

-Bueno, creo que te debo una comida.- El bastardo me dirigió una deslumbrante sonrisa.

-Joder, y tanto.- Sonreí torcidamente, regodeándome de mi victoria en nuestra improvisada carrera.- Más te vale que me lleves a un sitio decente. Tengo altos estándares, bastardo.

Antonio me dirigió una sonrisa ladeada.

...

Un puto Taco Bell.

Como os lo cuento.

Ese idiota me llevó al puto Taco Bell, y no dejaba de mirarme, divertido. Seguro que se pensaba que era gracioso. Gracioso por los cojones. Estábamos aun en nuestra ropa deportiva, sudados y asquerosos en general. Decir que me encontraba incómodo es suavizar bastante. Era consciente de que la gente nos miraba sin disimular siquiera. Y no soy un puto paranoico, es la verdad. ¿Y si me reconocían? Había sido una mala idea. Mierda. Mierda.

-Pst, Lovi, relaja. No te están juzgando ni nada.- Me susurró el bastardo, sonriendo tranquilamente. ¿Cómo podía atreverse a estar tranquilo? La gente nos miraba, algunos hasta cuchicheaban.- Es que te has parado en medio de la fila, y ya se ha movido un buen trozo.

Ah. Umh… sí.

Me moví con la fila y me relajé un poco. Nadie nos miraba. Cada uno estaba a lo suyo. Soy un puto paranoico.

Resulta que los tacos están jodidamente buenos. Y yo no me acordaba cuándo fue la última vez que comí uno. Mientras yo zampaba vorazmente, Antonio me contaba anécdotas divertidas que le habían pasado cuando rodaba su famosa película documental. No os creeríais las cosas que le ocurren al bastardo. Está mal de la cabeza. En serio.

-¿De verdad esperas que me crea que te persiguió por dentro de la puta pirámide escalonada maya? ¿Con una piña?

-¡Pero es verdad, Lovi! Te lo juro.- Marcó una cruz con los dedos sobre su corazón, como una especie de boy scout.- Y luego se escaparon los monos, y a partir de ahí se armó de verdad.

Acabé riendo con la mitad de las historias de Antonio. Le insulté mil veces y él solo me sonreía. Normalmente la gente se cabreaba, o como mínimo ponían los ojos en blanco. A él parecía divertirle. Gesticulaba tanto al hablar que tiró el vaso un par de veces. Yo me quedaba embobado, mirando como sus ojos se iluminaban cuando se metía de lleno en lo que contaba.

-…Y por eso nos han prohibido la entrada en el museo del Louvre de por vida.- Finalizó Toni, revolviéndose el pelo y tocándose el pendiente plateado. Era como un tic nervioso que tenía. Y yo, por algún motivo, lo encontraba adorable. Ugh. Adorable. ¿En serio?- Pero no se lo menciones a Françoise, todavía no lo ha superado. Y no perdona a Gil.

-La albina está loca.- Apunté.

-Sí, Gillian es… sí, bueno, está loca, pero por eso la quiero.- Se rió desenfadadamente.- Y no la llames albina o tendré que perseguirte con un hacha.

Miré su resplandeciente sonrisa con incredulidad. Él la señaló y vocalizó "la maldición". Yo rodé los ojos y asentí.

-Bueno, sí, la bastarda de las patatas hermana del patatero.

-¿Patatero?

Sonreí torcidamente. Y ahí me lancé de lleno a contarle la historia de cómo Ludwig, el amiguito de la infancia de Feli (al que yo no soportaba), había tenido una vez un accidente con uno de esos odiosos tubérculos, y como, a día de hoy, yo seguía descojonándome al recordarlo. Hasta me lloraban los putos ojos. Era tronchante.

Antonio se había quedado con la boca abierta. ¿Tanto le había chocado mi hilarante historia?

-¡Entonces es verdad que fuimos al mismo instituto!

Puse los ojos en blanco. El puto bastardo olvidadizo. Ya sabía yo que no se acordaba, pero aun así.

-Supongo.- Repuse, encogiéndome de hombros, fingiendo desinterés.

-¡Increíble! Gil siempre nos aseguró que te conocía, que habías ido a nuestro insti, y que recordaba que su hermanito era amigo del tuyo. ¡Pero no acababa de creerla! ¡Lovino Romano Vargas! ¡En nuestro instituto! ¡Y ahora eres famoso!

Bufé.

-Ya bueno, mi etapa en el instituto no fue la mejor.- Rezongué. Pero viendo que Antonio parecía a punto de preguntar algo me apresuré a continuar.- Si te sirve yo tampoco me acordaba de ti, bastardo.

Ahh… las deliciosas mentiras. ¿Qué? No iba a decirle que me había pasado media vida suspirando por él, atesorando su foto de la orla, haciéndome pajas pensando en… ejem. Basta. Era un adolescente gilipollas.

-Aun no me creo que fuésemos juntos al instituto. ¡Parece increíble!- Repitió con los ojos muy abiertos.

Fruncí el ceño (hacía ya tiempo, bienvenido de vuelta, viejo amigo). Resoplé sonoramente y di un sorbo a mi refresco. No quería ni pensar en las calorías. Elizabeta me mataría si se enterase. De repente Antonio pegó un grito de sorpresa.

-¡Pero si son las tres y media! ¡Tengo que irme! ¡Adiós Lovi, te veo mañana, mehaencantadoestarcontigoeresgenial!- exclamó de repente el bastardo, sin apenas pausa para respirar, saltando de la silla como si le hubieran puesto un resorte. Echó a correr precipitadamente, dejándome allí plantado con cara de idiota.

Fruncí el ceño descolocado, mirando hacia la puerta por donde había desaparecido Antonio. Preguntándome qué coño había pasado y si habría dicho algo mal. ¿Había sido por llamar a Gillian albina? ¿Algo que había dicho sobre el instituto? ¿Había sido por insultarle tanto? ¿Mi forma de hablar? Pero no había parecido importarle… Estuve a punto de darme cabezazos contra la mesa. Seguro que ya la había cagado. Como de costumbre. Porque soy un puto desastre. Porque no sé comportarme como una persona normal. Porque parece que odio al universo.

De pronto oí unos golpes en el cristal de la ventana, interrumpiendo mi bajada al pozo de la inseguridad (que llevaba tiempo sin visitar y pensaba que había superado). Me sobresalté y alcé la cabeza hacia allí. Antonio tenía su cara pegada al cristal, deformándola en una mueca extraña. Pegó aun más los papos y empezó a mover la boca como un besugo. No pude evitar soltar una carcajada. Era un idiota. La mitad del local parecía estar mirando a ese adulto haciendo el gilipollas contra la ventana como un crío. Antonio sonrió ampliamente y dio unos cuantos golpes más al cristal gesticulando con los brazos hacia mi. Por lo que interpreté parecía estar diciendo: "tú y yo rodamos bailando, sol, sol, sol". Mmm. No, vale, entrecerré los ojos y alcé una ceja. Antonio se puso a vocalizar exageradamente. "Nos vemos mañana, va a ser genial". Sonreí un poco y puse los ojos en blanco. "Eres un idiota" vocalicé yo, señalándole. El bastardo aplastó su cara contra el cristal otra vez y se deslizó por él hacia abajo, fingiendo desmayarse. Resoplé tratando de contener otra carcajada. Antonio se alzó en un movimiento ágil, me dijo adiós con la mano y dio un beso al cristal. Luego echó a correr de nuevo, perdiéndose de vista.

Noté mis mejillas ardiendo y miré a mi alrededor con el ceño fruncido, retando a los mirones a comentar. Todos volvieron su atención a sus asuntos. Já. Eso es. Mi aura intimidatoria seguía funcionando.

Me acabé el taco sin dejar de mirar por la ventana, una media sonrisa plasmada en mi cara.


Yyy...- redoble- aquí estaba el último capítulo, recién salido. Todavía asentando la relación entre estos dos. Tranquilos, avanzará, Lovino no piensa descansar hasta que lo logre (;

mr-nadie: ¡Muchas muchas gracias por seguir comentando! Me anima un montónnnn. Jajaja sip, Lovi es un poeta.