Mierda.

Mierda.

A ver.

Tranquilidad.

Esta era mi oportunidad. El puto momento que había estado esperando.

Vale. Si tan solo consiguiera que mis manos dejasen de temblar mientras buscaba qué ropa meter en la jodida maleta, lo contaría como progreso. Joder. Ya bastaba. No era para tanto. Solo era otro ligue. O futuro ligue. Lo que fuese. Mi objetivo era acostarme con él. Lo de ser amiguitos no contaba. Acostarme con él. Y ya. Venganza, superación de mis inseguridades adolescentes, bla, bla. Os lo he contado, lo sabéis. Yo también lo sabía, ¿no? Sí, vale, ya estaba. Eso era todo. Dos días solos en su casa era la oportunidad perfecta. Vale. Metí condones en la maleta de viaje. Y lubricante. Todo era cuestión de seguridad, ir confiado. Yo era bueno en ir confiado. En fingir estarlo, al menos.

Sexo con el bastardo. Eso era. Mentalización. ¿Que luego iba a ser muy incómodo ponerse a trabajar juntos? Tal vez. Pero éramos unos profesionales. Yo lo era. No iba a significar nada. Solo quitármelo de la cabeza y ya.

Me había despertado a las putas siete de la mañana para preparar todo. El idiota del bastardo no me había dicho a qué hora iba a pasar. Conociéndole, no antes de las diez, pero yo quería estar preparado. Además estaba nervioso, joder. NO SÉ POR QUÉ, DEJADME EN PAZ. Aghh.

Tras ducharme, me puse unos estrechos vaqueros negros y una camisa azul oscuro. Nada demasiado elegante. Seguro que el bastardo se presentaba en camiseta. Cogí mis gafas de sol y las enganché al cuello de la camisa. Me entretuve un rato tratando de peinar un estúpido mechón de pelo que nunca se quedaba en su sitio. Fue inútil, por supuesto. Debo de tener un remolino que desafía las leyes de la puta física.

Me miré fijamente al espejo. Mi pelo castaño oscuro, algo rojizo, caía sin gracia, todavía húmedo, sobre mi frente. Mis ojos, de ese color indefinido, me devolvían la mirada, bajo un ceño fruncido. A veces me preguntaba qué coño tenía yo para gustarle a la gente. Luego recordaba que era el puto presentador más famoso y sexy de la televisión. El puto Lovino Vargas. Que claro que me merecía todo aquello, y que, en cualquier caso, me daba igual lo que la gente pensase.

No sé si lo habéis notado, pero mi equilibrio emocional tendía a ser entre nulo y una puta mierda, por mucho que lo recubriese todo con mi fantástico humor y demás.

Es duro ser yo.

Eran las nueve y el imbécil aun no aparecía. Lo que no eran buenas noticias para mí y mis putos nervios. ¿Qué me pasaba? Era capaz de hablar con el puto presidente sin alterarme, pero llegaba un puto fin de semana con el puto bastardo y estaba comiéndome las putas uñas. Ese puto idiota. Me tenía ahí esperándole. Tendría puto valor el muy cabrón. Tenía cosas más importantes que hacer que estar pendiente de él.

Llamé a Eliza para cancelar nuestra reunión de la tarde. Me llovió un aluvión de preguntas indiscretas al respecto. Las evité como pude. No pensaba contarle a esa loca que me iba dos días con el director. Era capaz de venir con su puta cámara. Tuve que acceder a conectar con ella por Skype para comentar los temas urgentes que había que tratar. No se me escapó cómo insinuó que también habría un interrogatorio respecto a mis actividades personales ese finde. Os juro que mantener relaciones de amistad con tu mánager no es lo mejor del mundo. Evitadlo. Al menos si es una húngara obsesa por el yaoi y tu vida sexual.

Luego llamé a Feliciano para comentarle que no contase conmigo para nada. Le oía mal al teléfono y cuando le pregunté al respecto, me dijo que estaba en el tren con Gillian y no había buena cobertura.

-¡¿Qué estás dónde y con quién?!

-Veee, fratello, no te enfades, ¡mi dispiace por no habértelo dicho! ¡Gil me invitó a ir con ella a ver a Luddy! ¡Fue muy de repente! ¡Pero veré a Luddy! ¿No es fantástico?

El idiota de mi fratellino se iba a ver al idiota del patatero con la idiota de la patatera loca. Oh, bueno, fantástico, sí. Justo la palabra que buscaba. Tras gritarle un buen rato en italiano y escuchar su ve ve veeee, gruñí que me iba con Toni a su casa. Podéis imaginar la reacción de Feli. Era la reina del melodrama. Casi llora de emoción. Os juro que no sé que esperaba que pasase entre nosotros. Qué pensaba esa cabeza hueca y llena de arco iris era un misterio a veces.

Al final me entretuve hablando con el idiota de mi hermano una media hora, hasta que oí un timbrazo en la puerta. Ya era hora, joder.

-Te dejo, pesado, ha venido el bastardo por fin.

-¡Oh qué emoción! ¡Cuéntamelo todo cuando vuelvas! ¡Seguro que te lo pasas genial, fratellone! ¡Y llama a nonno! ¡Y a Romeo! ¡Quieren hablar contigo y no llamas nunca!

Colgué a Feliciano sin contemplaciones y fui a abrir.

Me encontré cara a cara con la puñetera personificación del jodido sol. Antonio me dirigía una sonrisa resplandeciente y casi daba saltitos de entusiasmo. Hablando de idiotas sobreexcitados.

-¡Lovi! ¡Hola! Siento llegar tarde, aunque realmente no quedamos a ninguna hora, ¿no? Creo que me disculpo por costumbre, ya sabes que la puntualidad no es lo mío jajajaja.

Le lancé mi mejor ceño fruncido y luego me encogí de hombros.

-Da igual, bastardo, no es como si llevase esperándote tres horas.

Y tanto que las llevaba.

Eché un vistazo a su vestimenta. Já. Lo esperado. Llevaba una de sus estúpidas camisetas con mensaje, de color verde (resaltando sus ojos) y pantalones vaqueros. ¿Eran eso chanclas? Dio. A su lado, yo parecía de la puta realeza. En fin.

Salí del piso arrastrando mi maletón de ruedas. Toni se quedó mirándolo sorprendido.

-Mmm, ¿sabes que nos vamos solo dos días, no?

Le dirigí una mirada envenenada.

-Lo sé. Pero, a diferencia de cierto bastardo, yo de verdad me visto.

-Pero si no te va a ver nadie, Lovi, mi casa está en medio del campo.

Solté un bufido muy digno y cargué la maleta en su coche, un antiguo modelo de todoterreno de brillante color amarillo. Ni siquiera me sorprendí al ver ese cacharro viejo y chillón que algunos cometerían el error de llamar vehículo. Era tan típico en el bastardo que dolía. A los ojos. Iban a comenzar a sangrarme. Tenía hasta pegatinitas de sitios que había visitado en la parte de atrás, la mitad de ellas muy desgastadas.

-Además, probablemente todo lo que lleves sea demasiado elegante para lo que tengo planeado hacer.- Continuó Toni, entrando en el "coche".- Podría dejarte ropa, si quieres.

-Ni loco. ¿Y qué has planeado?- Inquirí entrecerrando los ojos y asentándome en el sitio de copiloto a regañadientes.

-¡Sorpresa!- Exclamó el bastardo, guiñándome un ojo y arrancando el trasto. No voy a describiros el horrible sonido agónico que hizo el todoterreno.

Sorpresa. Ya. Miedo me daba lo que ese idiota tendría planeado. No quería ni pensarlo.

-Mientras no sea descubrir tu vena psicótica y asesinarme en el bosque.- Rezongué.

-Náh, eso lo reservo para la segunda cita.

¿Cita? ¿Qué cojones? ¿quién había dicho nada de cita?

-No te vengas arriba, bastardo, esto tiene de cita lo que yo de economista.

Toni se echó a reír. Qué raro.

-Era broma, tranquilo. Si fuese una cita créeme que lo sabrías.- Sonrió burlonamente y yo le enseñé el dedo de en medio.- Bueno, creo que no llegué a explicarte nada ayer, peeero, ahora te cuento... Mi casa está a media hora de cualquier otra vivienda y a cuarenta minutos del pueblo más cercano.

-¿En serio?- Dije con incredulidad. Joder. ¿Dónde me había metido?

-Yup. De verdad queríamos estar en plena naturaleza, lejos de todo. ¡Oh! ¡Comparto la casa con mi hermano João! Creo que no te lo había dicho…

-¿Tu hermano?- Cada vez estaba más estupefacto.

-Mm, sí, pero no vendrá hasta mañana tarde. Es arquitecto. La casa la proyectó él, y yo mismo ayudé a construirla ¡Es preciosa, ya verás! Oh, ¡y la huerta! Estoy deseando que la veas, aunque seguro que João ha dejado morir a mis pobres tomates... ¡Bueno! Es igual, no voy a volver permanentemente hasta que acabemos de rodar la temporada, así que…

-¿Tienes un huerto?- Interrumpí. Ya veis mis grandes colaboraciones a la conversación. Solo repetía como un puñetero papagayo.

! ¡Es genial! Mi abuelo tenía una huerta enorme cuando yo era pequeño, en España. Recuerdo ir de un lado a otro con un azadón, tratando de ayudarle. A João también le gusta, pero conociéndole habrá pasado de cuidarla por fastidiarme.

-¿Y está muy lejos esa casa tuya?

-Bueno, son cuatro horas y pico.- Hice una mueca y el bastardo me dio un codazo amistoso, riendo.- ¡Vamos, Lovi! ¡No es para tanto! Además.- Dijo, subiendo y bajando las cejas significativamente, alcanzando un CD de la guantera y agitándolo.- ¡He preparado la recopilación definitiva! ¡Y no pongas esa cara, hombre de poca fe! Prepárate, vas a quedarte de piedra.

-Ya estoy temblando.- Gruñí, mirando con desconfianza el anticuado aparato de música, que se tragaba el CD a empellones.

De pronto empezó a sonar a volumen quiero-destrozar-tus-tímpanos "La donna è mobile". Me quedé ojiplático. Miré al bastardo sonriente, frunciendo el ceño.

-Dime que me estás vacilando.

El muy cretino se rió.

-¡No he podido evitarlo! ¡Lo he preparado esta mañana!- Se descojonó aun más viendo mi cara.- ¡Oh, vamos, ni finjas que no te encanta! Sé que quieres cantarlo.- Me miró de lado y susurró.- Solo estamos tú, yo y el espíritu demoniaco que posee este coche. Te prometo que se irá a la tumba conmigo.

-¡A la tumba a la que te enviaré yo mismo como me hagas cantar esto, bastardo!

Antonio me ignoró totalmente, subió aun más el volumen y se puso a cantar a voz en grito, tamborileando con los dedos en el volante.

- La donna è mobileeeee, qual piùma al ventoooooo, muta d'accento, e di pensieroo ¡Venga, Lovi! ¡Sabes que quieres! Sempre un amabileeee, leggiadro visoooooo…

-¡No! ¡Ya vale, bastardo! ¡Destrozas la canción! ¡Tu acento es espantoso!

-..In pianto o in riso, è menzognerooooo

Si no puedes con ellos únete a ellos, ¿no? Suspiré sonoramente y me uní al bastardo.

- LA DONNA È MOBILEEEE, QUAL PIÙMA AL VENTOOOOO, MUTA D'ACCENTO, E DI PENSIEEER

Los dos nos pusimos a berrear como si no hubiese un mañana, tapando a Pavarotti con nuestros gritos. Os juro que debía de estar revolviéndose en su tumba. Lo siento, Luciano, te prometo que enviaré flores algún día.

- ¡LA DONNA È MOBILEEEEEEEEE…!

La súper selección musical de Antonio consistía en un mix terrorífico (que ya debía estar prohibido en veinte países, incluido este), de canciones míticas en español y en italiano. Incluyendo flamenco, música verbenera y temas ñoños. Os aseguro que podían torturar a prisioneros de guerra con esto.

-¡Laaaura non c'eee!

-¡Laaaaauuuraa no estáaa!

-¡Es la versión en italiano, bastardo, deja de cantarla en español!

Podéis imaginar el viajecito que nos pegamos.

Habíamos cambiado de sitio y yo iba conduciendo ahora (Toni se había puesto un poco pálido cuando empecé mi genial conducción, pero parecía haberse recuperado). Íbamos por una carretera sin coches y con muchas curvas, bosque y campo a nuestro alrededor. Antonio sacaba la cabeza y un brazo por la ventanilla, e iba cantando, para variar, gritándole a las pobres vacas que pasábamos.

-¡VOLANDO VOOYYY, VOLANDO VENGOOOO! POR EL CAMIIIIINOOO YO ME ENTRETENGOOO

Teníamos las ventanillas bajadas y el aire templado de septiembre dos daba en la cara y nos revolvía el pelo. Yo llevaba mis gafas de sol y despendía sexycidad. Chst, es una nueva palabra. No juzguéis. Toni volvió a meter la cabeza, sonriendo alegremente, con el pelo todo para arriba. No pude evitar reírme, parecía que un pájaro había anidado ahí.

-Pareces Matthias con ese pelo, bastardo- Me carcajeé, mientras Antonio trataba sin mucha convicción de restablecer la normalidad en sus rizos color chocolate.

-¡Ya estamos casi! Tienes que girar la siguiente a la izquierda.- Indicó Toni entusiasmado, señalando con ímpetu.

Viré con brusquedad para tomar el desvío. Era un camino de tierra que provocó que fuésemos dando botes en el trasto amarillo.

-B-b-bast-t-ardo-o-o… e-esto-o… ¿d-dura-a mucho-o-o?- Conseguí decir, temblando con el traqueteo.

-¡D-diez min-nut-t-os! ¡T-tenemos que-e a-arre-eglar e-el camino-o!

-Ya-a veo-o-o-O-¡OH!- Un socavón especialmente pronunciado hizo que mi cabeza chocase con el puto techo del chisme.- ¡AGH! ¡Hijo-o de perra-a!

Antonio estalló en carcajadas vibrantes. La madre que parió a ese bastardo y a su puto coche.

Por fin el bosque se abrió a un amplio claro y apareció ante mi una bonita casa, de color anaranjado.

-Oh, guao.- Musité, deteniendo el coche y bajando de un salto de esa máquina infernal. Era un edificio ancho, de una planta. Los enormes ventanales daban a un jardín, cuidado y caótico a un tiempo. Había macetas de todos los tamaños y colores, con plantas de todo tipo, pero algunas flores nacían desordenadamente en la hierba, en pequeños corrillos. A un lado de la casa se extendía una modesta huerta, verde y salvaje. Antonio se dirigió hacia allí corriendo y gritando algo de sus tomates. Había un pequeño trastero a parte de la casa y una cubierta para el coche. Clavados en las macetas había molinillos de viento y figuritas. Un par de tumbonas descansaban cerca de una de las entradas acristaladas a la casa. Daba un aire acogedor, colorido y familiar, sin dejar de resultar moderno. Tenía que reconocérselo al hermano del bastardo: sabía diseñar una casa.

Cogí el maletón y lo arrastré hasta la entrada. Toni me lanzó las llaves, sin dejar de dar vueltas alrededor de su huerta. Resoplé y abrí la puerta. Tengo que decir que por dentro era totalmente anárquica, pero no decepcionaba. Las escasas paredes estaban pintadas de colores cálidos, aunque apenas quedaba nada a la vista; todo estaba cubierto por cuadros, fotografías, estanterías llenas de libros y de CDs, máscaras incas, caretas del carnaval de Venecia, pañoletas de fiestas y mil cosas más. La mitad de los objetos se sobraban de las estanterías y estaban apilados en el suelo, pero la habitación era inmensa y no daba la sensación de estar apelotonado. Salón cocina y comedor compartían espacio. Los escasos muebles eran de cálida madera, el enorme sofá de color negro estaba cubierto por cojines y mantas. Había una tele gigantesca y un aparato de música impresionante, además de una chimenea al fondo de la tremenda sala.

-¿Qué te parece?- Preguntó de repente Antonio a mi espalda, sobresaltándome.

-Es… está bastante bien, bastardo de los tomates.- Admití.

-¡Tienes que ver mi habitación!- Seguí a Toni, que había esprintado hacia una puerta. Se trataba de un inmenso cuarto, pintado de azul mar, diferenciándolo del resto de la casa. Una de las paredes había sido sustituida por cristal, y daba a la huerta. Me fijé enseguida en que otra estaba tapada por un muro de DVDs apilados. También había una guitarra en un rincón, y muchas fotos tras el cabecero de la gigantesca cama.- Hay otra habitación, la de mi hermano, pero me ha dicho que no quiere que entremos.- Hizo una mueca.- Así que vamos a tener que dormir los dos aquí. Se puede sacar un colchón de debajo de la cama.- Vio mi ceja alzada y se apresuró a continuar.- ¡Yo duermo abajo, no hay problema! Quédate la cama.

-Claramente me quedo la cama, soy el invitado, bastardo.

Antonio rió y me guió a la cocina. Fue entonces cuando noté que mi estómago rugía, que eran las dos y pico, y que hacía la vida desde que había desayunado.

-Espero que tengas algo bueno de comer, porque me muero de hambre.

-¿Qué tal pasta?

Bueno, sabía como llegar a mi estómago, lo admito.

Toni encendió el estéreo, esta vez contentándose con suave música de guitarra clásica. Nos pusimos a preparar la comida, moviéndonos ágilmente por la cocina. El bastardo me hizo ponerme un espantoso delantal de tortugas y él llevaba uno de… adivinadlo. Sí. Premio. Putos tomates. El español iba canturreando y contándome la historia de la casa.

-Por ejemplo, ¿ves que todas las paredes de la cocina está cubiertas de azulejos? Pues cada uno es de una madre porque João los colecciona. Es como una obsesión que tiene, casi compulsiva. Allá donde vaya tiene que conseguir azulejos. Una vez, tras una de sus visitas a Lisboa, volvió con cien distintos en la maleta. ¡Tuvo que tirar parte de su ropa para que le cupiesen!

Al poco rato estábamos repanchingados en el sofá, los cuencos de pasta vacíos y nuestros estómagos a reventar.

En algún momento debimos de quedarnos adormilados, porque para cuando volví a abrir los ojos, el sol había descendido considerablemente.

-¡Eh, bastardo, despierta!- Exclamé, pegándole un codazo. Se había quedado dormido con sus piernas paralelas a mi torso, la cabeza en el lado contrario a la mía. Antonio se revolvió un poco y murmuró algo. Resoplé y le pegué un empujón, tirándole de el sofá, haciendo que callera al suelo con un golpe seco.

-¡AUCH! ¿Qué..? ¿Lovino? ¿Dónde..? ¡¿Pero qué hora es?! ¡Oh, mierda, se nos hace tarde! ¡Corre, Lovi! ¡Ven!

Fuimos corriendo a su habitación, yo sin saber muy bien qué cojones pretendía. El bastardo se puso a revolver en su armario y me tiró un bañador a la cara.

-¿Pero qué coño…?

-¡Es para que te lo pongas!- Gritó alegremente, sacando otro bañador para él.

Yo paseé mi mirada de la prenda al bastardo, como si fuese un puto partido de tenis.

-¿Por qué cojones iba aponerme yo tu jodido bañador?

-¡Es parte de la sorpresa!- Y sin más el idiota se puso de espaldas a mí y empezó a sacarse el pantalón, saltando a la pata coja.

-¡Deja de hacer stripteases cutres enfrente de mí, bastardo!- Grité, sobresaltándole.- Empieza a ser como una puta costumbre.- Refunfuñé.

-¡Oh! ¡Lo siento! ¿Te molesta? Puedo irme al baño, si quieres.- Dijo el idiota, en calzoncillos, girándose para mirarme.

Abrrrlafjaflagjkdaghdf.

-…No me molesta. En absoluto. Para nada. De hecho es fantástico. Fabuloso, sí.- En este punto me encontraba farfullando como un gilipollas. Decidí sabiamente cerrar la boca antes de cagarla más.

-Ah, bueno, cámbiate entonces.- Sonrió el bastardo volviendo a girar y bajando sus calzoncillos completamente. Aparté la mirada con rapidez, notando calor en el rostro. Lo peor era que el muy idiota lo estaba haciendo a propósito, estoy seguro. La expresión de su rostro había sido burlona. El muy hijo de puta. Lo sabía.

Entrecerré los ojos. A ese juego podían jugar dos. Antonio ya se había colocado el bañador (con extrema lentitud, el bastardo), y cuando se dio la vuelta se encontró a este sex symbol italiano solo en camisa y boxers, inclinado casualmente para recoger el bañador del suelo.

Miré de reojo y vi su cara pasar por todas las tonalidades del rojo, murmurar algo y salir apresuradamente de la habitación.

JÁ. Sonreí con superioridad. Eso es. Lovino Puto Amo Máster de la Seducción 1 – Bastardo Tomate 0. Bueno, 0'5.

Salí del cuarto llevando su bañador color granate y mi camisa, arremangada. Toni me sonrió casi con timidez (increíble viniendo de ese bastardo) y me tendió unas sandalias viejas. Tras bastantes quejas por mi parte y súplicas por la suya, ambos estábamos fuera, por un pequeño sendero que se adentraba en el bosque que rodeaba la casa.

-¿No piensas decirme a dónde vamos? ¿O si tardaremos mucho? Estas sandalias tuyas me quedan grandes.

-Un poco más, Lovi, te va a encantar, te lo prometo.

El "un poco más" se alargó a quince minutos de tortura y sufrimiento por ese bosque del demonio. El bastardo iba charlando alegremente, cómo no. Yo comentaba de vez en cuando y le insultaba otras tantas, cada vez que me tropezaba con una puta roca por culpa de su puto calzado gigantesco de puto mastodonte.

De repente el español soltó un grito y se abalanzó sobre mí, cubriéndome los ojos con las manos.

-¡Quita, idiota! ¡Esto no es necesario, bastardo infantiloide!

-Chst, Lovi, solo sígueme.

No sé por qué, le hice caso. Cuando Toni me descubrió los ojos de nuevo, retirando sus cálidas manos, la luz me cegó y parpadeé varias veces. Ante mí había un pequeño río, de aguas bravas, que creaba una poza entre la roca, con una breve cascada.

-¡Vamos, Vargas!- Me dijo el bastardo, sonriendo socarrón.- ¡El último en tirarse al agua cocina esta noche!- Y con eso, el idiota salió corriendo, quitándose la camiseta y las chanclas por el camino.

-¡En tus sueños voy a cocinar yo para ti!- Exclamé, y me apresuré a imitarle.

Antonio estaba en el borde de la poza, con los ojos cerrados y los brazos extendidos, cogiendo aire. Vi mi oportunidad. Y la tomé. Cargué contra él, golpeando su estómago con la cabeza, haciendo que perdiera el equilibrio. Se agarró a mí a última hora, y ambos saltamos a la gélida agua del río. Me hundí totalmente en las claras aguas, sintiendo mi cabeza palpitar por el frío. Abrí los ojos brevemente. Ese refugio azul casi parecía otro mundo, como si hubiésemos caído por la madriguera del conejo de Alicia. Todo a nuestro alrededor había enmudecido, perdido en ese silencio. Contemplé las burbujas plateadas que se desprendían de mi piel y formaban una estela sobre Antonio, que me sonreía, con los carrillos hinchados de aire, agitando una mano y señalando la superficie. Asentí y di fuertes brazadas, hasta romper la superficie del agua, cogiendo una bocanada de aire con ansias.

Solté una carcajada exultante. El agua congelada tensando mis músculos y la suave brisa cálida acariciándome el rostro. Miré a Toni, que estaba haciendo el muerto, su pelo formando un halo alrededor de su cabeza, los ojos cerrados y las gotitas de agua atrapadas entre sus oscuras pestañas. Dejé que mi cuerpo flotara también. Una absoluta sensación de plenitud me invadía.

Os juro que fue así. Sé que parece que iba puesto. Y lo peor: esos extraños momentos seguían repitiéndose con el bastardo. Empezaba a preocuparme. Quiero decir: no he metido una puta palabrota en todo el párrafo anterior. ¿Lo habéis notado? Joder. Coño. Cazzo, cazzo, cazzo. JODER. Vale, me siento mejor. Uf. Ya está. Fin del paréntesis.

De pronto me salpicó un montón de agua en la cara.

-¡AGH! ¡Bastardo!- Me agarré a su cuello y traté de hundirle, impulsándome sobre sus hombros, haciendo que se sumergiera. Debía de estar riéndose bajo el agua, porque no dejaban de salir burbujas.-¡Idiota, deja de reírte! ¡te vas a ahogar!

No tardó en arrastrarme con él, y se dedicó a hacer carantoñas bajo el agua, provocando que yo me riera y tuviera que salir a coger aire.

-¡Lovi! ¡Tenemos que tirarnos por la cascada!

Creo que no exagero si os digo que no me lo pasaba tan jodidamente bien en años.

Al final nos cayó la noche encima y salimos del agua, tiritando y abrazándonos a nosotros mismos. Toni me pasó una toalla y se envolvió completamente en otra, como un burrito. Yo me senté sobre la hierba, cubriéndome con la mía. Antonio no tardó en imitarme, tumbándose a mi lado en el claro, mirando las estrellas. Me recosté también. Podíamos oír el sonido de la cascada cerca nuestro. La vía láctea podía verse a la perfección, como una carretera de diamantes.

No sé por qué de pronto sentí unas ganas inmensas de llorar.

Lo sé, lo sé. ¿En serio Lovino? ¿El puto hipersensible no era Feliciano? Ya. No sé qué cojones me pasaba. Parecía una mujer con la puta regla. Supongo. No es que sepa cómo es desangrarte por el coño mensualmente. No me desangro. Ni tengo coño. Bien, aclarado esto, volvamos a mi puto drama interno.

-¿Lovi?- Susurró Antonio, sacándome de ese extraño agujero en el que me estaba metiendo.

-Qué pasa, bastardo.- Murmuré, sin dejar de contemplar el cielo. Vi que él se giraba para mirarme. Por algún motivo sentí el corazón en la boca.

-¿No te pasa a veces…?- Pausó, volviendo a dirigir su mirada al firmamento.

-¿Qué?- Pregunté, curioso.

-¿No crees a veces que has conocido antes a alguien? Como antes de conocerle realmente.

-Claro, se llama mala memoria, idiota. A mi ya me conocías del instituto.

-No, sí, es decir: me pasa contigo, pero no me refiero a eso. Es como si te conociera desde siempre. Es extraño. ¡Solo somos amigos desde hace un par de semanas!

-Eso es porque eres un bastardo que coge confianzas demasiado rápido.

Se rió suavemente.

-Será eso. Pero yo creo que hay gente que está destinada a encontrarse. ¡Fíjate en nosotros! Coincidimos cuando éramos adolescentes y de repente años después, por cuestión de azar, volvemos a vernos, en una ciudad totalmente distinta ¡Y trabajamos juntos!

Solté un bufido.

-¿En serio me vas a soltar esa chorrada del destino?

-¿Vidas pasadas?- Propuso él. Pero vio mi expresión y volvió a reírse.- ¿Existencias paralelas? ¿Algo parecido?- Resoplé.- ¡Eh! No me juzgues, siempre me pongo así al mirar las estrellas.

-Eres todo un filósofo, no veas. Heracles estaría orgulloso.

Se rió de nuevo y me dedicó una mueca.

-¿Y tú? ¿En qué piensas, señor escéptico?

Me quedé callado un segundo.

-Pienso en lo diminuto que me siento al mirar al cielo. Y ese sentimiento de… pequeñez, de ser insignificante, me recuerda a una época que prefiero olvidar.

-No siempre has sido el puto Lovino Romano Vargas, ¿eh?- Dijo Antonio, suavemente, su tono cargado de comprensión. Volví a sentir el corazón en la garganta y fruncí el ceño hacia el firmamento.

-Supongo que puedes decir que fui el idiota de Lovinito.- Murmuré.

Antonio se quedó en silencio un rato, hasta el punto en que pensé que tal vez se había dormido.

-Todos arrastramos cosas.- Dijo al fin, sorprendiéndome.- Y todos llevamos máscaras para ocultarlas al mundo, imagino.

-¿Y qué ocultas tú al mundo, bastardo sonriente?- Inquirí con curiosidad.

-Ah, no. Tú primero. ¿De qué intentas protegerte, Lovino?

Se hizo el silencio.

-…De que me hagan daño… - Admití, en apenas un susurro. Nos quedamos callados. Carraspeé.- …Como todo el puto mundo.- Dije, más alto.- Ahora tú.

Tardó un rato en contestar.

-Yo… solo he estado enamorado una vez.- Dirigí la vista hacia su figura, intrigado.- Ella se llamaba Sophie, tocaba el piano en la banda del instituto.- Sentí una extraña opresión en el estómago, sabía de quién hablaba, claro que sí, ¿cómo olvidarlo?.- Yo estaba perdidamente pillado por ella, salíamos juntos y pensé que había encontrado al amor de mi vida. Pensé que pasaría el resto de mis días con ella. Era bastante idiota.-Él suspiró y yo asentí inconscientemente a eso último.-Fue al acabar el instituto, durante la fiesta de graduación, cuando le dije lo que de verdad sentía y que quería que fuésemos a vivir juntos. Entonces ella me contó la verdad. Me dijo que me tenía aprecio, pero que no estaba enamorada de mí, que nunca lo había estado. Me confesó que durante ese tiempo que habíamos estado saliendo, ella solo me estaba utilizando. Le gustaban las chicas, pero no quería que su familia ni sus amigos se enterasen porque eran bastante cerrados de mente.

Dejé escapar un ruido ahogado, realmente sorprendido por la confesión.

-¡¿Esa hija de puta solo te usó para cubrirse?!

-Chsst, Lovi.- Me reprendió Antonio, sorprendido por mi exabrupto. Aunque no más que yo mismo: ¿había dicho eso en voz alta en serio?- Éramos jóvenes, y yo me enamoré muy rápido, ella nunca me mintió a cerca de lo que sentía, si lo analizo fríamente. No puedo culparla, la verdad.

-¡Qué cojones! ¿Me estás vacilando? ¡¿Cómo puedes no culparla?!

-Está en el pasado.- Suspiró Toni, incorporándose a una posición sentada.- Pero la verdad es que desde entonces no he vuelto a sentirme así por nadie. Supongo que lo evito porque me da miedo que vuelva a pasar…- Murmuró.- Y bueno, ya sabes que en mi etapa universitaria me desenfrené un poco jajaja.- Se revolvió el pelo y se puso de pie.- Deberíamos volver.

Asentí, sin atreverme a decir una palabra y le seguí, rumiando lo que me acababa de contar. Para ser un bastardo sonriente, arrastraba su buen montón de mierda. Caminamos a través del bosque callados, Antonio iba perdido en sus pensamientos, con el ceño levemente fruncido.

-Ei, ¿bastardo?- Dije, rompiendo el silencio.

-¿Sí?

-Te echo una carrera a casa, ¡quien pierda se queda la puta cama de abajo!

Toni soltó una carcajada y echó a correr, gritando que iba a machacarme. Yo sonreí imperceptiblemente y corrí tras él.