Lovincio, hermosísimo! ¿Me pasas la sal, corazón?

Miré a la abuela de Antonio en estado de pánico.

-¿Qué cojones ha dicho?- Susurré a Toni, que se sentaba a mi lado, sin dejar de sonreír hacia la abuela Fernández y tratando de mover la boca lo menos posible, como un puto ventrílocuo.

-La sal, Lovi. Aunque te llama Lovincio, por algún motivo.- El muy idiota empezó a reírse mientras yo le tendía el botecito a la simpática señora.

Era Noche Buena y me encontraba reunido con la familia Fernández Carriedo al completo, todos distribuidos en una mesa kilométrica, en la cálida bodega de la casa de los abuelos de Antonio. El barullo y la constante conversación se entremezclaban con una vieja cinta de villancicos que sonaba de fondo.

-Y dinos, Lovincio.- Dijo la madre de Toni en un inglés con marcado acento español.

-Es Lovino.- Intenté explicar.

-¡Oh! ¡Perdón! Entonces, Lovinio.- Suspiré calladamente y el idiota de los tomates empezó a descojonarse por lo bajinis. Una puta gran ayuda, eso es lo que era ese jodido bastardo.- ¿Cómo es eso de ser una estrella?

La señora Carriedo me sonreía cálidamente. Tenía el pelo más rizado que su hijo, pero del mismo tono chocolate. Sus ojos eran marrones y amables y compartía la sonrisa constante que había heredado Antonio. Era una mujer muy guapa.

-¡Eso, cuéntanos!- Exclamó el señor Fernández, riendo alegremente. Era un hombre de cabellos grisáceos y ojos de un afilado color verde, con arruguitas en la comisura, probablemente de reír. Me pregunté distraídamente si Toni también las tendría en unos cuantos años.- ¡Aquí nuestro hijo el artista no nos dice na'!- Soltó otra carcajada y revolvió el pelo de Toni con cariño.

Ay, papá! ¡Os he dicho mil veces que no soy famoso!- Dijo Toni, sonriendo divertido.- Pero Lovi sí que puede hablar de eso, ¡en Ámsterdam estaba todo preocupado por los paparazzi!

-Ooh, debe de ser horrible.- Se apiadó la señora Carriedo.

-Bueno.- Carraspeé, semi disfrutando, semi aterrado por toda la atención que tenía. La historia de mi vida.- La verdad es que tener a la prensa rosa todo el día tocándote los coj… eh, los pies, es una auténtica put… esto… incordio, sí.

El imbécil que tengo por amigo se estaba poniendo rojo de tanto intentar contener la risa.

-¡Qué putada!- Exclamó el padre de Toni, ganándose una mirada recriminatoria de su mujer y una carcajada de su hijo y sus sobrinos. Sonreí sinceramente.

-Pobre chiquillo, está todo esmirriao', Toñito, cielo, dile que coma más, que se nos va a quedar en los huesos.- Dijo la abuela, mirándome con preocupación. No capté más que el nombre del bastardo y este se apresuró a traducir. Y yo obviamente tuve que ponerme colorado.

-¡Cuéntanos en qué líos se mete Toño por América!- Exclamó uno de los primos de Toni con expresión burlona, salvándome de las ganas de cebarme que tenía la abuela Fernández.

-¡Eso!- Rió una de las chicas de la familia.- Porque él intenta convencernos de que es un ciudadano modelo, pero no se lo cree ni su madre.

-¡Martina!- Exclamó la señora Carriedo.

Lo siento, tía!

Todos estallaron en carcajadas. Sonreí disfrutando del ambiente que reinaba en la mesa. Lo cierto es que la familia de Antonio me había recibido con los brazos abiertos. Y todos parecían tan cercanos y tan felices… Muy distintos de la actual política reinante en mi familia, que por lo visto era la de sálvese quién pueda, dispersaos por el mundo. Pero ni siquiera podía seguir cabreado con nonno, con mis padres o con el traidor de Feli. Al fin y al cabo me lo estaba pasando muy bien.

Me apresuré a contarles con pelos y señales todas las anécdotas vergonzosas que había vivido con Antonio. Éste se reía y negaba la mitad de lo que yo decía.

-¡Noooo! ¡Eso es mentira!- Dijo, entre carcajadas.- ¡El que tiró la pértiga encima del dictador de Sudán fue Abel! ¡Y luego hizo como si nada!

A veces me pregunto cómo seguíamos vivos. En fin.

-¿Y tienes a alguna buena moza esperándote en casa, ricura?- Preguntó la abuela.

-Eehhh…- Farfullé en cuanto Toni tradujo. Le pegué un pisotón para que me ayudara.

-¡Ay! Oh, uh… Lovi no tiene novia, abuela.- Dijo el bastardo, frotándose el pie dolorido.

-¿No será uno de esos maricones?- Dijo entonces el abuelo, hablando por primera vez en toda la cena, con talante malhumorado.

Papá! Hemos hablado mil veces de esto, tu opinión te la guardas para ti, el resto no tiene por qué aguantarla.- El padre de Antonio se había puesto serio. Yo miré a mi amigo muy perdido. Toni negó imperceptiblemente con la cabeza e hizo un gesto con la mano para indicarme que luego me lo contaría.

-Yo solo digo que ahora todos los famosillos esos resulta que son mariquitas.- Gruñó el señor mayor.

-Abuelo, de verdad, no empieces.- Dijo una de las primas.

-Cualquier día Toño viene del brazo de uno de esos.- El hombre casi escupió las palabras.

-¿Y qué tendría eso de malo, abuelo?- Contestó Toni, y pude ver que la sonrisa había abandonado su rostro.

Su abuelo dio un puñetazo en la mesa y se levantó bruscamente, gritó algo más en español y salió de la bodega. Todos se miraron entre ellos, el ambiente feliz roto por un segundo. La madre de Toni suspiró y me dirigió una mirada de disculpa.

-Perdónale, cielo, está un poco chapado a la antigua.

-A cada uno lo que le parezca tesoro, para gustos los colores. Ni caso a ese cabeza dura.- Dijo la abuela Fernández, con una risa, sonriéndome cálidamente y guiñándome un ojo. Pese a no entenderla me pareció captar lo que quería decir y la miré agradecido.

-Un día descubre lo tuyo, Toño, y te deshereda.- Bromeó uno de sus primos.

-A callar, Iker, que te oye y la armamos.- Le regañó el señor Fernández.

Miré al bastardo desconcertado.

-Todos menos el abuelo saben que soy bisexual.- Explicó Toni al ver mi cara.

-¡Como para no saberlo! ¡Es un milagro que el abu no se entere de nada! No es que seas muy disimulado.- Rió la prima Martina.

-¡Aun me acuerdo del tío ese que trajiste cuando estabas estudiando! ¡El de la sonrisa de vampiro! No sé cómo el abuelo no captó nada, si prácticamente os morreabais delante suyo.- Dijo otro de los primos, partiéndose el culo.

Antonio se estaba poniendo rojo y su madre le dio una cachetada cariñosa en la mejilla, al parecer divertida con la actitud de su hijo pequeño.

-A ver cuando sientas la cabeza de una vez, cariño, que ya va siendo hora. Con una chica, con un chico, lo que sea, pero yo quiero a mi Toñín casado.

-Mira que eres conservadora, Carmen.- Rió su marido, y toda la mesa volvió a estallar en carcajadas y conversaciones alegres, la tensión ya olvidada.

-Ei.- Dijo de pronto Toni, en voz baja, mirándome.- ¿Quieres salir a dar una vuelta?

Asentí y Antonio se disculpó ante su familia, diciendo que iba a enseñarme un poco más el pueblo.

-¡No cojáis frío! ¡Abrigaros bien!- Nos gritó la señora Carriedo.

El frío intenso de la calle nos acogió gustosamente entre sus gélidos brazos. Tirité un poco.

-Joder con el país del puto sol.- Murmuré, los dientes castañeándome.

Toni soltó una risotada y me dejó su estúpido gorrito con orejeras.

-Eso es solo una trampa para turistas.- Sonrió.- En invierno nos congelamos como simples mortales.

-Ya veo.- Apreté el ritmo, tratando de mantener el calor en el cuerpo. La noche de la sierra era silenciosa y limpia. Las luces anaranjadas del pueblito permitían ver las estrellas. Tragué una bocanada de aire helado, olía a tierra y a madera quemada. Eché un vistazo a las casitas de piedra, al humo que salía de las chimeneas, al sonido de conversaciones y de música en el interior. Me recordaba a Italia. Sonreí inconscientemente.

-¿Qué te parece?- Peguntó Toni, alcanzándome y mirando a nuestro alrededor con expresión risueña.- Siempre me ha encantado venir al pueblo.

-Huele a mierda de vaca.- Contesté, por incordiar. Mi amigo me miró con falsa indignación.

-¡Es el aroma de la libertad y de la naturaleza!

-Seguro.

-Oye, perdona lo de mi abuelo antes…- Comentó Toni, frotándose el pelo y toquiteando su pendientito plateado.- Es que al hombre no le entra en la cabeza otra cosa que no sea lo que conoce.

-No, ya, lo pillo. La mitad de mi familia de Nápoles es diez veces peor. De hecho tengo un par de tíos que se niegan a reconocerme como su puto sobrino.- Resoplé, asintiendo.- Lo jodido es que Feli, que es más homo que un jodido arcoíris, es su sobrinito preferido.

Antonio soltó una carcajada.

-Pobre Lovi. El eterno incomprendido.

-Un paria en mi propia puta familia que me abandona en navidad.- Asentí, sonriendo un poco.

-Al menos eres un paria rico y famoso con un Ferrari.

-Pensaba que ibas a decir que al menos te tengo a ti, idiota.- Le espeté, mirándole con falso enfado.

-Creo que vengo después del Ferrari.- Rió y se lanzó a abrazarme. Hice una finta y el muy imbécil acabó dándose de bruces con un árbol.

-AUCH. Lovi, eso ha dolido.- Lloriqueó, frotándose la nariz.- Pues me quedo con mi árbol, ¡ella sí que me deja darle abrazos!- Exclamó teatralmente y se aferró al tronco.

-¿Es un ella? Yo creo que es bastante masculino.

-Es un ella, y podrías decir que la chica tiene los pies en la tierra.

-No te andes por las ramas y… ¿qué cojones? ¿por qué te sigo el puto juego?- Me lamenté. No me juzguéis, la idiotez es contagiosa.- Déjalo en paz.

-Chst, no le escuches, amor, tu eres lo más femenino del mundo.- Dijo Toni, fingiendo taparle los oídos a un puto árbol.

-Eso se llama dendrofilia, bastardo, y es bastante perturbador. Vámonos antes de que empieces a intentar enrollarte con un puto manzano.- Le agarré de la capucha y lo arrastré lejos del árbol, mientras ese idiota agitaba una mano dramáticamente, despidiéndose.

-¿Por qué soy amigo tuyo?- Refunfuñé. Toni soltó una carcajada y me abrazó, esta vez con éxito. Porque no tuve tiempo de esquivarle, no porque me dejara ni nada.

-¿Porque traigo cosas interesantes a tu vida? ¿Porque no podrías vivir sin mí?- Propuso él, entusiasmado.

-Creo que está probado que puedo vivir sin ti, idiota.

-Náh, antes de llegar yo estabas todo aburrido, siendo una estrella, yendo a fiestas, conociendo famosos, viajando por sitios que no son Europa… Aparezco yo y tienes cenas familiares en un pueblo olvidado del mundo.

-Ya, ni punto de comparación.- Ironicé, cruzándome de brazos.

-Reconoce que esto no lo habrías imaginado nunca.- Sonrió Toni.

-¿El qué? ¿Estar en un pueblucho solo habitado por vacas en navidad?

-No.- Se rió.- Que casi diez años después coincidieras con un tipo de tu instituto, que se convierta en tu director y en tu amigo y que ahora estés pasando la navidad con su familia en España.

-Pf. Añade a eso que estaba pillado de ti por entonces.- CAZZO. HOSTIA PUTA. ¡NO QUERÍA DECIR ESO! Abrí mucho los ojos al darme cuenta de que acababa de confesar como si tal cosa. Demasiado tarde.

-¿Quéeee?- Exclamó Toni, mirándome con incredulidad.

Joder. Joder.

¿Por qué se me escapaban estas cosas con el bastardo?

Era su puta culpa, me hacía bajar la guardia.

Bueno. A la mierda. Ya no había marcha atrás.

-Hmm, cuando éramos putos críos, no tiene importancia.- Murmuré, poniéndome rojo.

-¡No, no, no! ¡Ahora tienes que contármelo!- Gritó el muy cabrón, con los ojos chispeantes.

-¡Te digo que fue hace mucho tiempo y yo era muy gilipollas!

-¡Lovi!

-¡Puede que me gustases un poquito! ¿Vale?- Farfullé, con el rostro ardiendo pese al puto frío.- E-eras más mayor, y te veía en el pasillo y… oh dio, que jodidamente patético suena.

El muy idiota boqueó un par de veces, alucinado.

-¡Entonces sí que te acordabas de mi!- Chilló emocionado.

-Puede que un poco…- Murmuré, mirando al suelo.- ¡No te vengas arriba! ¡Solo era un estúpido enamoramiento adolescente! ¡Era un crío idiota y…! ¿Te estás riendo?- Pregunté, extrañamente dolido al ver a Toni tratando de reprimir las carcajadas.- ¡Vete a la mierda!- Grité, y me di la vuelta, alejándome de él a grandes zancadas, echando humo.

-¡No! ¡Lovi! ¡Perdona! ¡Espérame!

Aceleré el paso, notando a ese imbécil corriendo tras de mí. Fruncí aun más el ceño, realmente enfadado.

-¡Déjame, stronzo! ¡No sé para qué te cuento nada si luego te descojonas!

-¡No, Lovi, no es eso!- Me alcanzó y me agarró por un hombro, haciendo que me diese la vuelta con brusquedad, dispuesto a llamarle de todo.

Pero entonces Antonio se inclinó hacia delante y juntó sus labios con los míos en un movimiento rápido.

¿Q-qué? ¿Qué estaba pasando? Antonio… ¿me estaba besando?

Apenas tuve tiempo a notar la calidez que desprendían sus suaves labios cuando un grito nos hizo separarnos.

-¡LOVINIOO, TOÑOOO! ¡…! ¡OH! ¡Oh! ¡Perdón! ¡No sabía que interrumpía!- Era una de las primas de Antonio, que nos miraba con los ojos como platos. Poco a poco se formó en su rostro una sonrisa burlona, mientras los dos seguíamos paralizados. Yo todavía no procesaba lo que acababa de pasar. La sensación de dejà vu era palpable, la escena era casi igual y a la vez totalmente distinta al día en que Antonio apareció de nuevo en mi vida, cuando se cayó encima mío, Amelia interrumpió, ambos nos paralizamos… en ese momento habría correspondido a su beso sin pensarlo dos veces. Habían cambiado tantas cosas… Oh dio, oh dio. Joder. No podía pensar.- Toño, sabes que si el abuelo te ve se arma la de dios, ¿no?- Inquirió, con malicia. Nosotros nos miramos fijamente sin hablar, el bastardo abrió la boca un par de veces para decir algo, pero acabó quedándose callado. Debíamos de parecer bastante patéticos, porque al final la prima de Toni soltó un suspiro aburrido.- Lo que sea, la tía Carmen quiere que volváis ya, los primos pequeños van a hacer una obra de teatro.

-Ya vamos.- Dijo Antonio al fin, pero sin apartar la vista de mi. La chica se alejó refunfuñando por lo bajo. El bastardo cogió aire.- Lovi, yo…

Eché a andar tras su prima, evitando mirarle.

-Vamos, idiota, que nos mata tu madre como no lleguemos.- Gruñí con la vista al frente.

-Pero es que yo…

-Chst, no. Olvídalo, ¿vale? Aquí no ha pasado nada.- Le interrumpí, poniéndole una mano en el pecho para evitar que se acercara más. Podía sentir el rápido latir de su corazón bajo mi palma. O tal vez era el eco del mío propio, que palpitaba desbocado. Respiré tratando de calmarme.- No ha pasado nada.- Repetí, más firme, clavando mis ojos en los suyos, tan verdes, tan llenos de un sentimiento que no supe descifrar ¿angustia?

-Pero es que quiero que…

-¡Joder! ¡Que no! ¡Que te calles! ¿En qué puto idioma te lo digo? Stai zitto!- Estallé, notándome enrojecer de rabia.- No. Ha. Pasado. Nada. Capisci?

Se quedó mirándome con expresión casi triste y con el ceño algo fruncido. Pasamos así unos segundos, yo todavía tenía mi mano en su pecho. Cuando me di cuanta la retiré con rapidez, como si quemara. Con esto él pareció reaccionar al fin. Asintió secamente.

-Si es lo que quieres.- Murmuró.

-Sí lo es. Y ahora acelera.- Dije, tratando de sonar firme.

Los dos nos encaminamos en silencio hasta la casa.

El resto de la noche transcurrió sin más "incidentes". Me divertí bastante, era imposible no hacerlo, con la loca familia de Toni. Él se portó como si nada hubiera pasado, tal y como le pedí, pero no podía ocultar un cierto aire decaído, o incluso molesto. Molesto conmigo.

¿Por qué? Era yo el que estaba jodidamente molesto. Le cuento a ese bastardo mi secreto adolescente y él se empieza a partir el culo. Yo me enfado y el me da un beso.

¿Por lástima?

¿Por pena?

¿Tan patético le parecía?

Era un cabrón igualmente.

Por algún motivo me encontré llevándome inconscientemente la mano a los labios durante varios momentos de la noche. Como si pudiera sentir el fantasma de la boca de Toni sobre la mía. Apenas había sido un roce, demasiado poco para ser llamado ni siquiera un pico. Acabé cabreado conmigo mismo por seguir reviviendo el momento, apartando los dedos de mis labios con brusquedad cada vez que me pillaba haciéndolo.

La semana que siguió a esa noche fue extrañamente tensa. Ninguno de los dos se comportó de manera distinta, pero aun así se podía percibir una barrera entre nosotros.

Pasamos el día de Navidad en su pueblo y yo tuve que recibir llamadas de mi familia-abandona-Lovinos para felicitarme las fiestas. Supongo que lo hacían para limpiarse las conciencias. La cobertura iba de culo, así que tuve una excusa para colgarles a todos y dejarles con la palabra en la boca.

¿Qué? Estaba de malhumor. Y en la llamada de Feli podía oír al come-patatas de fondo, regañando a la loca de su hermana en su idioma demoníaco. Esto solo agrió aun más mi humor.

Antonio insistió en llevarme a hacer turismo durante lo que durase mi estancia. Y su concepto de turismo resultó ser ir de excursión al puto monte, acompañados por un par de sus primos.

Yo fui toda la caminata resollando, y me alegra decir que al final Toni no iba mucho mejor. Aunque probablemente se debía a que caminó el doble que el resto, porque acostumbraba a adelantarse casi corriendo cuando veía algo que le llamaba la atención (ese algo podía ir desde una piedra brillante a un pino con forma de señor), y luego volvía hasta nosotros. El caso es que para cuando alcanzamos la dichosa cascada, objetivo de la marcha, íbamos los dos medio muertos, apoyados el uno en el otro. Los dos primos de Antonio nos miraban burlones.

-¿Cansados, princesas?

-Que poco aguante tiene nuestro primito del sur, ¿eh, Iker?

-¡Oye! ¡Madrid no es el sur!- Exclamó Antonio, jadeando. Sus dos primos compartieron una mirada cómplice.

-Todo por debajo de Burgos es el Sur, primo.

Bufé manifestando mi poco interés en lo que fuese que intentasen discutir.

Pasamos todo el día en la montaña, y reconozco que era muy bonito. No la típica imagen que tenía de España, con playas y toros, pero bonito.

Otro día fuimos con sus padres a ver un montón de pueblitos de la costa al norte del país. El verdor del bosque contrastaba con el cielo gris plomizo y el azul intenso del mar. Encajaba más con la concepción que tenía de Inglaterra que de España, pero cuando se lo comenté al bastardo se indignó exageradamente, para mi divertimento.

El padre de Antonio era de allí y no dejó de contarme la historia de la zona con pelos y señales. Para mi sorpresa me encontré escuchando con mucho interés.

Estuvimos paseando por las playas, acompañados por el rugido d las olas y caminando entre las impresionantes formaciones rocosas. Confirmé lo que ya había pensado: los padres de Antonio eran una encanto. En serio. No lo diría si no fuese cierto, no soy de regalar halagos. Su padre podía parecer demasiado directo y burlón, pero era una persona sincera y buena gente. Su madre, que al parecer era andaluza, del sur, era incluso más alegre y entusiasta que su hijo, divertida y cariñosa.

Y al parecer los primos y tíos de Antonio estaban repartidos por toda la geografía de la península. Algunos incluso eran de Portugal, como su hermano João.

Con algunos de sus primos visitamos ruinas de castillos, fuimos a esquiar (fue traumático porque ni Toni no yo pudimos ni siquiera ponernos en pie con los putos esquís), me llevaron a ver cuevas con pinturas paleolíticas, y mil cosas más. Agotador. Y todo eso sin visitar ninguna ciudad importante o salir del norte y centro del país. Antonio dijo que lo dejaríamos para la próxima vez.

La verdad es que no paramos en toda la semana. Y siempre acabábamos acompañados por un familiar u otro. Nunca solos. Lo que en realidad nos vino bien para ignorar esa puta tensión que había aparecido entre los dos. Por suerte poco a poco fue desapareciendo, hasta el punto en que creí que la "normalidad" había vuelto a instalarse entre nosotros.

El caso es que era día 31 y Antonio me anunció que por fin iríamos a Madrid.

Yo había cogido un vuelo para el día dos, de vuelta a Estados Unidos, pese a las súplicas del bastardo para que me quedase a pasar los Reyes con él (fuera lo que fuera eso). Pero no quería abusar de la hospitalidad de su familia, y además había prometido a Feli que nos veríamos ese día, pues él volvía de Alemania.

Al parecer los padres de Antonio se quedaban en su pueblo, y todos sus primos tenían planes. Así que estábamos solos.

Toni me condujo por el estrecho pasillo del viejo edificio en el centro de Madrid en el que al parecer había crecido. Era una de esas viviendas antiguas, de las que dudas si tienen un encanto decadente o si simplemente están jodidamente cochambrosas y a punto de caerse. Me inclinaba por lo segundo. El suelo crujía a nuestro paso y podíamos oír los gritos de los vecinos de la misma planta. Miré con disgusto el horrible papel pintado de la pared mientras Antonio maniobraba con las llaves para abrir de una vez la puerta. Íbamos cargados hasta arriba de comida y bebida, como si estuviésemos preparándonos para el puto apocalipsis.

-Ah, por fin.- Suspiró aliviado cuando la puerta cedió, abriéndose con un crujido.- He perdido práctica.- Sonrió agitando la tremenda llave. En serio. Era enorme. Como un puto martillo. Esas jodidas casas viejas.

-Sí, sí, sí, entra de una puta vez, que se me van a caer los brazos de cargar con todas tus puñeteras bolsas. ¿En serio era necesario comprar cinco kilos de uva?

-Absolutamente, Lovi, absolutamente.- Me dijo, muy serio.

Con un bufido pasé por delante del bastardo y me interné en el piso. Toni dio la luz y me encontré rodeado por una cálida atmósfera familiar.

El interior mejoraba mucho, era radicalmente distinto de la zona común del edificio. Avancé entrando en un salón pequeñito pero agradable, decorado con buen gusto, de manera muy personal.

Las paredes estaban repletas de fotografías, al igual que los muebles. Pude ver a una versión diminuta de Antonio, sonriéndome desde todos los marcos, muchas veces al lado de su clon; solo que en las imágenes se les distinguía más, pues el portugués le sacaba a su hermanito casi una cabeza en algunas. Conforme se acercaban al presente la diferencia de altura disminuía. No pude evitar sonreír viendo a un pequeño Toni disfrazado de pirata, sus grandes ojos verdes brillando de emoción, mientras la que reconocí como su abuela le sujetaba de la mano, riendo. Otras fotos mostraban a todos los primos de pequeños, vestidos con distintos trajes regionales, jugando en el pueblo. Vi una en la que aparecían los padres de Antonio el día de su boda, jóvenes y emocionados. Otra tenía a Toni de bebé regordito con João, los dos desnudos en la bañera. Solté una carcajada.

-¿Qué pasa?- Preguntó Antonio, asomándose mientras se quitaba el abrigo.- ¿Encontrando maneras de chantajearme?- Se echó a reír al ver la foto que yo sostenía.

-¡Mírate! ¡Eras un jodido bebé gordinflón!- Me burlé sonriendo.

-¡Oooh! ¡Pero mira esos papitos! ¡Dime que no te mueres por achucharme!- Canturreó el idiota ese.

-Sigue soñando.- Gruñí, pero sin poder evitar reírme. Mi mirada se posó en otra foto.- Oh, ¿y qué tenemos aquí?

La imagen mostraba a un Toni de unos diecinueve años, mirando a la cámara con expresión retadora. Era una de las pocas fotos en las que no sonreía. Tenía el pelo largo solo por atrás, con unas cuantas rastas. Su oreja izquierda tenía varias perforaciones además del pendiente de siempre. Llevaba unos vaqueros agujereados y un jersey enorme y raído, además de por lo menos tres collares. Aparecía sentado en el techo de una furgoneta, fumando.

-Oh, no, por favor.- Suplicó Toni, cubriéndose los ojos.

-Así que aquí está el testimonio de la famosa época universitaria de Antonio Fernández Carriedo.- Dije, socarrón, disfrutando del momento.

-No sé por qué insisten en tener esa foto por aquí.- Farfulló él.

-Y mira esa cara de chungo de barrio.- Continué.- Y ese… ¡AGH!

Me vi placado en el sofá por un avergonzado español con complejo de jugador de rugby.

-Mientras yo me aseguro de darle la vuelta a todas las fotos puedes ir haciendo la cena, ¿eh, Lovi?- Jadeó el idiota, quitándose de encima y esquivando una patada dirigida a sus huevos.

-Ni de coña voy a hacerte la cena mientras tú vagueas.- Refunfuñé, pero me levanté rumbo a la cocina. Toni se rió y me siguió.

Pese a que intenté evitarlo, gritando que era la casa de sus padres y que tuviese puto cuidado, el bastardo acabó pringando toda la jodida cocina con su increíble habilidad para hacer tigres. Debería explicar, en caso de que, como yo, os hayáis quedado flipando al leer "tigres". Se trata de una tapa que se prepara con mejillones y está "deliciosisisisisima", palabras textuales del bastardo (Obviamente. Yo no hablo así ni de coña).

-¡LAS ONCE Y MEDIA! ¡OH DIOS! ¡CORRE TENEMOS QUE ENCENDER LA TELE!- Gritó Antonio, pasando a una velocidad sobrehumana a mi lado, con el plato de tigres haciendo equilibrios en una mano, desapareciendo en el salón.- ¡LAS UVAS! NECESITAMOS LAS UVAS, LOVI, LOVI, LOVI ¡COGE LAS UVAS!- Exclamó desde el otro extremo de la casa, a pleno pulmón.

Alcé una ceja, planteándome seriamente si le habría echado algo a su bebida, porque os juro que lo de ese hombre no era ni medio normal. En fin. Me resigné a coger las jodidas uvas para ese idiota y le seguí al salón. Tenía la tele puesta a todo volumen y cambiaba sin parar de canal, zapeando de uno a otro, sentado sobre sus talones en el suelo y sin dejar de dar pequeños brincos, sonriendo emocionado. Os haría una comparación original para deciros qué coño parecía ese bastardo, pero honestamente no se me ocurre nada.

Solté un resoplido y me dejé caer a su lado, ignorando también el sofá.

-¿Quieres dejar de una vez una cadena?- Pregunté observando con incredulidad la rapidez con la que se sucedían los presentadores de los distintos canales.

-Nop. Es tradición en mi familia pasar por todas las cadenas. Así no nos perdemos nada.- Contestó felizmente, bebiendo un sorbo de su copa de champán. Puse los ojos en blanco y cogí uno de los tigres que me ofrecía.

-¡Joder!- Exclamé sin poderlo evitar, con la boca aun llena.- ¡Esto está buenísimo!

Antonio me sonrió de oreja a oreja, los ojos chispeantes.

-¡Te lo dije!- Se rió y volvió a dirigir su mirada a la tele, donde una chica con un vestido despampanante decía algo en español.- ¡Tenemos que preparar las uvas ya! ¡Van a dar los cuartos!- Exclamó.

-Vas a tener que explicarme cuál es el tema con el rollo ese de las uvas.- Dije, harto de tanto misterio.

-¡Es muy fácil! ¡Con cada campanada tienes que comer una uva! Son doce en total, hay que hacerlo rápido, porque casi no da tiempo, y no te adelantes. Me acuerdo de una vez que mi padre se atragantó con una uva y se puso todo morado porque no podía respirar, y al final mi madre tuvo que hacerle la maniobra de Heimlich, y el grano salió disparado hacia la cara de la bisabuela, ¡le dio en un ojo! y, claro, luego tuvimos que ir al hospital, porque la pobre bisabuela casi se queda tuerta, y…

-¿Y para qué cojones hacéis eso? ¡Es una minchiata! Una gilipollez.- Interrumpí, gesticulando hacia los racimos.- ¡Voy a morir por una jodida uva atascada en la garganta!

-No es la muerte más épica, pero al menos es original.- Rió Toni.- Aquí todo el mundo lo hace y nadie ha muerto que yo sep… ¡Empiezan!- Exclamó de pronto, girando de nuevo hacia la tele, que mostraba una abarrotadísima Plaza del Sol, donde miles de españoles idiotas se congelaban los huevos para comer putas uvas mirando todos un reloj.- ¡Corre, coge doce! ¡Ah, no! ¡Falsa alarma, estas campanadas no son! ¡Ah! ¡Sí! ¡Ahora sí! ¡Corre, Lovi! ¡Una! Gñam, ¡dosmf! Grumpf, no dah tempof ¡Trehf!

-¡Dejaf de hablah y come, 'diotah!- Exclamé, con la boca llena también, sin darme tiempo a masticar las putas uvas. ¡Esas jodidas campanadas iban demasiado rápido!

-¡Y… DOCE!- Gritó Antonio, poniéndose de pie de un salto, con los brazos en alto, mientras en la tele todos se volvían locos. Podía oír petardos y cohetes sonando en la calle.- ¡FELIZ 2017 LOVIIII!- Exclamó, lanzándose a abrazarme mientras yo trataba a duras penas de tragar las doce jodidas uvas que aun estaban en mi boca. ¡Era imposible! Lo juro. Quien fuese que lograse comérselas a la primera debía engullirlas como una puta serpiente.

-Feliz año nuevo, Antonio.- Refunfuñé sonriendo, apretado contra su hombro mientras ese idiota feliz me estrujaba.