Había pasado toda una semana desde el incidente en la cafetería. Sakura había tenido, sin lugar
a dudas, la peor semana de toda su vida.
Nada más empezarla el lunes, le habían mandado tres trabajos. En menos de dos semanas
tendría que enfrentarse a nada menos que tres parciales y para más inri, los tres seguidos.
Y no solo eso, sino que para colmo, la cafetería se estaba llenado últimamente a rebosar y
Sakura no daba a basto con tanto cliente.
Afortunadamente, el chico rubio no había dado señales de vida. Sakura se sentía aliviada y
agradecida al mismo tiempo. Después del bajón que le había dado aquel día, no se hubiera
sentido con fuerzas de mirarlo de nuevo.
Tal vez estuviera haciendo un mundo de todo aquello, y quizá por eso mismo era por lo que su
amiga Ino había llegado a la conclusión de que estuviera realmente pillada por aquel extraño; en
lugar de simplemente un encaprichamiento pasajero.
"Son cuatro meses, Sakura." le había dicho ella. "Sai leyó en un libro de psicología que si
pasados tres meses seguías encaprichado de alguien, ya se podía hablar de sentimientos
mayores."
No sabía si hacerle caso o no. Sai había leído aquello en un libro de psicología porque estudiaba
psicología; entonces tal vez si que tuviera razón y no era ninguna tontería.
¿Debía tomarse en serio aquel libro? Sakura no sabía qué pensar.
Un desastre de semana, sin lugar a dudas.
Se bajó del autobús aquel martes de diciembre sin apenas ganas de trabajar. Aunque estaba de mejor humor, pisar la cafetería implicaba que en algún momento del día tendría que ver a aquel chico que tanto daño le hacía.
El día anterior, lunes, tampoco había aparecido, pero no esperaba que siguiera siendo así para siempre. En algún momento tendría que volver por allí, no por nada era un cliente habitual.
Pasó corriendo junto al mendigo que siempre estaba en la puerta. Él se la quedó mirando con atención hasta que cruzó la puerta de la cafetería.
- Llegas tarde, Sakura. -le dijo Jiraya con mirada severa-. Me prometiste que no volvería a pasar nunca más.
Jiraya estaba limpiando una mesa del fondo con mucho esmero. Se levantó y cruzó los brazos mientras le mantenía aquella mirada severa.
¿La iba a despedir?
- Lo siento Jiraya. Es que me he retrasado en la Universidad. - se disculpó nerviosa.
Jiraya suspiró y una pequeña sonrisa de lado se dibujó en su rostro.
- No pasa nada. No te lo tendré en cuenta, pero solo porque eres una de las mejores empleadas que he tenido. - le arrojó un delantal que Sakura atrapó al vuelo-. Pero ya sabes, que no haya una tercera vez.
Sakura sonrió y asintió con la cabeza más relajada. Se colocó el delantal y comenzó a caminar hacia la barra.
- Y cómprate de una vez un coche, mujer. - aquello lo dijo en un tono más calmado.
Sakura prefirió no contestarle y ponerse a trabajar de una vez. Llegar veinte minutos tarde por segunda vez, y que tu jefe haga la vista gorda otra vez, no pasaba todos los días.
Perdió la cuenta, del tiempo que estuvo ayudando a Lee en la cocina a preparar una tarta. Jiraya le había dicho que como aquel día no había un exceso de clientela, que ayudase al chico en la cocina un poco; él podría apañarse solo. Además, en caso de necesitarla, ya la llamaría.
Quizá fueran dos horas, tal vez tres; pero la tarta había quedado genial.
Era una tarta enorme de fresa y plátano para chuparse los dedos y volvérselos a chupar por segunda vez. Lee tenía una mano genial en la cocina y nunca se cansaría de decirlo. Aunque nunca superaría a su amigo Choji, eso seguro. Pero no quería decirlo delante del pobre Lee.
- ¡SAKURA! - la voz de Jiraya se oía desde fuera de la cocina. Sin duda ya debían de ser las siete, hora de clientela.
Sakura salió de la cocina, tras despedirse de Lee, y buscó a Jiraya con la mirada.
La cafetería estaba llena, tal como había supuesto. Jiraya se encontraba al fondo sirviendo a una pareja de ancianitos. Le hizo una señal señalando a la barra, donde había una bandeja con refrescos y pastas.
Jiraya le indicó con la mano que la llevase a la mesa cuatro.
La joven cogió la bandeja e hizo lo mandado. En la mesa cuatro había una familia de cuatro. Un matrimonio que parecía muy feliz y un par de niños, mellizos sin duda, de unos ocho años.
Le dieron las gracias por el servicio y Sakura, tras un asentimiento de cabeza se marchó a su puesto.
Jiraya se encontraba preparando unas cuantas tazas de café muy apresurado.
- Jiraya, podrías haberme avisado antes, esto no se acaba de llenar ahora. - espetó.
- No creas, acaba de llenarse ahora mismo. - contestó entre risas-. Espero que hayas ayudado a Lee con esa tarta, vendrán a recogerla en menos de una hora. - dijo mirando su reloj.
- Ya está acabada La verdad es que ha quedado perfecta. - dijo sonriendo-. Yo llevo eso si quieres. - se ofreció.
- Muy bien. Lo ha pedido aquel chico de allí, el que siempre se sienta al fondo. - dijo señalando al fondo del local.
A Sakura le dio un vuelco el corazón. Demasiado tranquilo estaba todo aquel día. Si esperaba que él tardara un poco más en aparecer, se equivocaba de cabo a rabo.
Estaba sentado, leyendo un libro, como siempre. Y esperando a que ella le llevase su taza de café. No quería mirarle a la cara después de bajón del otro día. No lo había superado aún.
- Em... ¿Jiraya? - llamó la atención de su jefe con miedo-. ¿Te importa servirle tú?
Jiraya miró hacía donde estaba el chico y ató algunos cabos, pero prefirió no decir nada. Si por algo se caracterizaba era por su discreción. Así que cogió él el café y lo llevó hasta aquella mesa.
El chico levantó la cabeza y con una ligera inclinación, le dio las gracias a Jiraya.
- Sakura, hace unos días que no cantas, ¿te animas hoy? - le preguntó un rato después-. Esto ya está más tranquilo y no vendría mal un poco de música.
Se quedó pensativa un momento. ¿Podría cantar sabiendo que él no se iba a dignar a mirarla como siempre hacía? Echó una mirada por el rabillo del ojo al joven. Bebió un sorbo de café y escribió algo en una libreta.
Definitivamente no le prestaría atención como siempre. Pero ella adoraba cantar, componer e interpretar sus propias canciones. No iba a dejar que un chico destrozase eso por el simple hecho de que no prestaba atención a unas letras que iban para él.
Sonrió con determinación a Jiraya y fue hasta el improvisado escenario para deleitar a todas las personas que sí quisieran oírla.
Cogió la guitarra y comenzó a tocar unos cuantos acordes, perdiéndose en la música. Tomó aire y se armó de todo su valor para cantar.
Has olvidado
que yo aún seguía viva?
¿Has olvidado
todo lo que alguna vez hemos tenido?
¿Lo has olvidado?
¿Te has olvidado
de mi?
¿Has olvidado
que siempre estabas a mi lado?
¿Has olvidado
lo que estábamos sintiendo por dentro?
Ahora estoy a la izquierda para olvidarnos
de nosotros
Pero en algún lugar nos salio mal
Una vez fuimos tan fuertes
Nuestro amor parece una canción
tu no puedes olvidarlo
Así que ahora supongo
Que aquí es donde tenemos que estar
¿Lamentaste
sostener siempre mi mano?
Nunca mas
Por favor no te olvides
no te olvides
La gente aplaudió como siempre entusiasmada por su voz y la música que tocaba. Sakura sonrió agradecida a su público.
Aquel día tocó y cantó un par de canciones más. Con el mismo resultado: él seguía sin prestarle atención. Pero ahora, ya más decidida, había logrado hacer como que no le importaba. O eso creía ella porque en un instante todo cambió.
Sucedió que entró un joven de pelo negro y con una mirada afilada a la cafetería. Echó un vistazo hasta que detuvo su mirada en el fondo del local. Cruzó el pasillo hasta llegar al fondo y se sentó con el chico rubio.
Sakura no perdía detalle de todos sus movimientos mientras recogía la mesa de al lado.
Y como se ha dicho anteriormente, todos sus pensamientos cambiaron en un instante. Pero no hay que alarmarse, pues fue para bien y no para mal.
El joven de pelo negro comenzó a mover las manos al mismo tiempo que hablaba. El rubio, sin perder tiempo, le contestó de la misma forma.
Y entonces Sakura lo entendió todo. No es que él la ignorase, no es que le importara poco lo que sucediera a su alrededor... Es que era sordo.
Sakura sintió como si una enorme roca se le quitase de encima. Se sentía como una estúpida por haberse puesto de aquella forma. Y se sentía la peor persona del mundo por haber odiado a aquel chico sin antes haberlo conocido mejor.
Sakura pudo escuchar su voz por primera vez. Él como es natural, no podía oírse a sí mismo, pero eso qué más daba. Tenía una voz dulce y clara. Con un timbre muy peculiar, pero bonito.
- Ah, se me olvidaba, Naruto - dijo el chico de pelo negro mientras movía las manos-. Te dejaste estos apuntes en clase y...
Sakura no escuchó nada más. Primero porque había acabado de recoger la mesa y no quería que notasen que estaba espiándoles; y segundo porque la que se volvió sorda en aquel momento fue ella.
Así que se llamaba Naruto. Le gustaba ese nombre, así como su voz. Pero tenía un problema, no podría hablar con él jamás. Bueno, jamás era demasiado excesivo tal vez. Al parecer Naruto podía leer los labios, o quizá no, pero no quería arriesgarse. Si quería hablarle tendría que aprender el lenguaje de los signos.
Decirlo era más fácil que hacerlo. Si no se había acercado a él nunca cuando no sabía que era sordo, ¿cómo lo iba a hacer ahora que sí lo sabía?
Jiraya la envió a lavar os platos al verla tan distraída. Algo que sin duda Sakura agradeció. Así podría pensar sin ninguna distracción.
Tras mucho pensarlo llegó a la conclusión de que aprendería el lenguaje de signos y luego pues ya decidiría como "hablarle".
Al día siguiente, tenía que exponer un trabajo a última hora. Así que no tuvo mucho tiempo para pensar en Naruto y en el lenguaje de signos.
Ni siquiera le había contado a Ino lo que había averiguado, pero algo le decía que debía hacerlo. Su amiga se había portado muy bien con ella, la había consolado y le había dado su apoyo durante toda la "semana maldita" como a ella el gustaba llamarla.
Así que después de clase, y como siempre, ella la esperó justo al lado de la fuente junto a facultad de letras, que era donde ambas estudiaban.
Ino llegó con su energía de siempre a pesar de haber terminado un examen súper difícil. Sakura la vio correr entusiasmada hacia ella antes de fundirse en un abrazo.
- ¡Saku! - le gritó feliz-. El mejor examen de toda la carrera-. le dijo entusiasmada separándose.
- Me alegra un montón, Ino. - dijo feliz por su amiga.
- ¿Qué tal la exposición? - empezaron a caminar hacia la parada de autobús.
- Mmm bien. - dijo distraída. Ino la miró enarcando una ceja.
- ¿Bien? Eso es que no te ha ido del todo como esperabas, Saku.
- No, no, de verdad. Me ha ido bien, Kakashi me ha puesto un 9. - Ino se relajó.
- Pues entonces no entiendo a qué viene esa cara de piedra. Pareces una gárgola de Notre Dame, hija. - Sakura contuvo una carcajada. Ino y sus comparaciones. Siempre igual.
- Es que necesito hablar contigo de una cosa. - paró de caminar. Ino la imitó.
- Uuh... miedo me das. - dijo sentándose en un banco-. Pues bien, tú dirás.
Sakura se sentó a su lado. Resopló un poco y miró a su amiga. Había dos formas de que Ino reaccionara al oír las palabras "chico" y " rubio". La primera que se volviera loca; la segunda que se callara y esperase a que terminara de contarle todo.
Sin duda la más probable era la primera reacción.
- Ayer en el trabajo volvió a aparecer el chico rubio. - Ino dio un saltó en el banco, abrió los ojos y cogió a su amiga por los hombros.
- ¡Sakura! - "ahí viene" pensó - Ya sé que es difícil, ¿pero no sufriste mucho la semana pasada por culpa de ese chico?
- Ino, tranquila. Estoy perfectamente. - Quitó las manos de su amiga de sus hombros-. De hecho, me siento una estúpida - dijo riendo. Ino no entendía ni una palabra, pero decidió esperar a que su amiga terminase de hablar-. Verás, resulta que... bueno, para empezar sé cómo se llama por fin. - Ino se sorprendió-. Su nombre es Naruto. - dijo con suavidad, como si no quisiera que su nombre se escapase nunca de sus labios.
- Naruto, eh. - Dijo Ino sonriendo.
- Pero en realidad no es por eso por lo que me siento como una idiota. - ocultó su mirada mirando al suelo-. Ya sé el motivo por el que no me prestaba atención y es de lo más absurdo. - Ino esperó impaciente a que le dijera ese motivo.
Ella era la que había tenido que aguantar a su amiga taciturna y sin ganas de nada durante toda aquella semana. Y nada menos que por un chico, lo que jamás pensó que sucedería con Sakura.
- Ino, es sordo. - dijo con simpleza-. El motivo por el que no oía nada de lo que le cantaba era porque es sordo. - contuvo su euforia como pudo.
Su amiga no pudo evitar soltar una carcajada mientras abrazaba a Sakura. Resultaba ser algo tan simple como aquello. El chico por el que Sakura Haruno se había pillado era sordo. Y ella que había estado a punto de ir y obligar al pobre chaval a oír a su amiga. Menos mal que no lo había hecho.
- No sabes como me alegra escuchar eso, Sakura. Pero aún así, ¿cómo se supone que vas a hablar con él? - le preguntó calmada.
- Le he estado dando vueltas entre ayer y el día de hoy, Ino. Y he pensado que quizá si aprendiera el lenguaje de signos... - no acabó la frase, sino que la dejó en el aire.
Ino no dejaba de mirarla. Si su amiga estaba dispuesta a aprender el lenguaje de signos por aquel chico, ya no era un simple encaprichamiento. Aunque eso estaba claro desde el principio de toda aquella historia.
Su amiga estaba enamorada de un chico que apenas conocía o le gustaba mucho o... Lo cierto es que ni ella misma lo sabía, pero ayudaría a Sakura a acercarse a él.
- Pues, entonces no se hable más. - dijo levantándose del banco-. Ahora mismo tú y yo nos vamos a una librería a comprar un libro donde aparezca ese ansiado lenguaje de signos. - Sakura se levantó también.
- ¿Eso significa que me ayudarás? - preguntó feliz.
Ino asintió.
- Por supuesto, amiga. Estamos juntas en esto. - le dijo guiñándole un ojo.
Aquella tarde Sakura e Ino entraron en una librería, compraron un libro donde venía todo lo que necesitaba para poder hablar con Naruto y se marcharon a casa de la pelirrosa.
Por mucho que deseara comenzar a estudiar aquel lenguaje, primero tenía que estudiar para sus propios exámenes de la universidad.
Al menos tenía a Ino como ayuda y apoyo en toda aquella historia. Su amiga se había prestado a ayudarla sin ningún reparo ni reproche. Y Sakura podía notar como en el fondo a su amiga aquella idea le parecía una locura.
