Aproximadamente cinco mil años atrás, el rey Lycaon de Arcadia se casó con la mujer de quien se había enamorado. Sabía que ella tenía algunas costumbres extrañas, pero la amaba tanto que estaba dispuesto a pasarlas por alto. Hasta su vigésimo séptimo cumpleaños. Ese día, su hermosa esposa comenzó a desintegrarse lentamente. Fue entonces cuando se dio cuenta de que era una Apolita, y que los dos hijos que le había dado también morirían a los 27 años.
Renuente a dar semejante destino a sus amados hijos, Lycaon se dispuso a encontrar un modo de extender la vida Apolita. Reunió a tantos como pudo, y utilizó su magia para experimentar en ellos.
Esperaba que, si podía combinar su fuerza de vida humana a aquella de los animales, eso de algún modo rompería la maldición.
Funcionó. En vez de vivir sólo 27 años, ahora tenían esperanzas de vida cercanas a los mil años. Y como eran nacidos de la magia y descendientes de los Apolitas psíquicos, terminaron con un montón de dones extra, tales como la telepatía, la telekinesis, habilidades para viajar en el tiempo y cambiar de forma.
Como cada persona y animal fueron divididos a la mitad, Lycaon terminó con 2 seres en lugar de 1. Una criatura estaba basada en el humano, queriendo decir que tenía el corazón de un humano, mientras que la otra estaba basada en el animal, con un corazón animal.
Aquellos con corazones humanos fueron llamados Arcadianos y aquellos con corazones animales fueron apodados Katagaria, que quiere decir pícaros/desertores (rogue) Desde el principio hubo conflicto entre ambas razas. Los Arcadianos creían que los Katagaria eran seres inferiores porque permitían que sus instintos animales los gobernaran. Debido a eso, pensaban que los Katagaria necesitaban que los vigilaran de cerca.
Los Katagaria estaban recelosos de su equivalente humano, porque los humanos suelen ser engañosos. Si no le caes bien a un lobo, él te ataca abiertamente. Si le desagradas a un humano, él puede sonreírte en la cara y apuñalarte por la espalda.
No pasó mucho tiempo antes de que la guerra surgiera entre estos dos grupos, y continúa hasta el día de hoy. Hay villanos y héroes en ambos lados.
Cada grupo ha designado a soldados que luchan y a protectores que cuidan a las mujeres y niños. Sus sociedades y su existencia son extremadamente complejos, y generalmente se separan para estar con los de su misma especie. Por lo tanto, un Ursulan (oso) Katagaria vivirá en un clan (patria) de Ursulan Katagaria, mientras que un Ursulan Arcadiano vivirá con otros Ursulan Arcadianos.
Los soldados Arcadianos son llamados Centinelas, y generalmente patrullan en grupos de cuatro. Los Centinelas son elegidos por los Destinos, y son marcados en la pubertad con un pálido tatuaje que aparece en su rostro. Los soldados Katagaria son llamados Strati entre los Katagari, y los Arcadianos se refieren a ellos como Slayers (asesinos).
Hace aproximadamente 3,000 años
París se vestía de blanco dando la bienvenida al invierno. Las calles se llenaban de gente, de risas, de esperanza. Para Damian Aristo aquello era más de lo mismo. Él no pertenecía a este tiempo. Con una existencia más antigua de lo que quería reconocer, aquel Were Hunter era, no de los últimos de su especie, sino el último de su linaje. Sus hermanos tenían familias, hijos. Pero él había dejado todo eso atrás desde la muerte de su compañera de vida. La hermosa Sofía había sido humana. Algo que no suele ocurrir pero él se había enamorado tan pronto la vio por primera vez. Se sintió torpe y virgen la primera vez que la había tocado. Y después de hacerla suya, había aparecido su marca de emparejamiento en las manos de ambos. Lamentablemente, ella no había tomado muy bien lo ocurrido. Lo había llamado monstruo y desapareció de su vida.
Fueron los 60 años más largos de su existencia.
Célibe, mientras ella estuvo viva, contempló con horror cómo ella se casó con un comerciante y le dio hijos. Hijos que debieron ser suyos. Murió de anciana, rodeada de su familia y, aunque con su muerte, Damian había encontrado su libertad, con ella murieron sus esperanzas de tener descendencia.
Una vez más, como cada siglo para esta fecha, Damian había saltado en el tiempo, al lugar donde la conoció. Un recordatorio de lo que fue y jamás sería. Un recordatorio de su soledad.
Estaba a punto de saltar a su época, cuando aquella rara mujer lo encontró.
Mujer... Una forma extraña de llamarla.
Más bien debía llamarla demonio.
Akra Apollymi le manda a llamar
Vestida de negro, al igual que su cabello, se notaba que estaba fuera de lugar. Tenía ojos rojos con destellos naranja. Sus alas estaban ocultas mas no sus cuernos. Era hermosa, de forma macabra.
Damian no era experto en la mitología Atlante, pero sí que sabía quién era Apollymi. Diosa del caos y la destrucción, le había dado las armas a sus primos los apolitas para sobrevivir más allá de los 27 años que el cabrón dios Apolo había sentenciado cuando los maldijo. Bien, si aquello no podía ser más extraño, la curiosidad se infiltró en su cerebro. ¿Que quería Apollymi con él?
Bien. Llevadme a ella.
En un instante contemplaba París, al siguiente estaba en un lugar totalmente desconocido. La Charonte tomó su verdadera forma mientras con gracia felina lo guiaba ante la diosa. Él se hubiera reído de estar en una situación menos extraña. ¿Que podía querer la diosa atlante con un simple Were Hunter como él? Si bien su raza era la más rara de todos, él no era el mayor de su familia, quién sí tenía un título como centinela. Damian siempre había crecido bajo la sombra de su hermano mayor y bien que, al haber decidido quedarse solo, era más bien considerado un paria para su familia. Un cero a la izquierda, aunque siempre fue mejor guerrero que su padre y hermanos.
La diosa estaba recostada frente a una fuente. Damian perdió el aliento. Tan hermosa como jamás la hubiera imaginado, sabía por las historias de sus ancestros que, con ella jamás se podría jugar. Podía arrancarte el corazón y hacértelo comer antes de caer muerto a sus pies.
Apollymi le sonrió cuando sus miradas se encontraron y se puso en pie con la gracia que sólo una diosa posee.
Damian Aristo. He esperado un siglo para encontrarte.
Dijo ella, mirándolo de pies a cabeza. El dragón dentro de él gruñó de excitación tan pronto escuchó su voz y el humano en él se puso duro. ¿Que le pasaba?
De haber sabido que me buscaba, habría aparecido antes, mi diosa.
Dijo Damian con respeto y ella volvió a sonreirle. Era un encuentro raro, bizarro. Pero, ¿que no había sido raro en su existencia?
Ella chasqueó sus dedos y los Charonte a su alrededor se evaporaron. El vello de su nuca se erizó al saberse a solas con ella. Todas sus alarmas se encendieron al instante. Para un hombre de más de dos metros de estatura, sonaba ridículo ponerse nervioso ante una mujer tan menuda como lo era la diosa. Pero, aquellos ojos lo miraban con una curiosidad y con un hambre que nunca había experimentado.
Hablaron por horas de todo y de nada. Damian no lograba relajarse. Cada minuto frente a ella, incendiaba aún mas su deseo. Por algún motivo pensó que la diosa lo seducía a propósito. De ser así, no tenía nada que envidiarle a la diosa del amor y la lujuria. A ella le salía perfecto.
Una cosa llevó a la otra y, antes de registrar lo ocurrido, ella mordía de su cuello mientras él se corría en su interior. Hicieron el amor más veces de las que Damian había tenido sexo desde su nacimiento. Agotado y satisfecho, Apollymi le había acariciado su cabello hasta quedarse dormido.
Luego lo regresó a su tiempo. Probablemente el Were Hunter pensaría que había soñado todo. Mejor así. Mucho mejor así. Él no era necesario en sus planes. No por buen tiempo. Ahora sólo era cuestión de esperar.
