1 año después
Damian no podía quitarse aquella sensación de deja vu de la cabeza. Estaba en París nuevamente, como hacía un año atrás. Sin embargo, se sentía preso en su propia piel. No tenía nada que hacer allí, pero aquel maldito sueño que lo perseguía cada vez que cerraba los ojos, lo abatía enormemente. Algo había cambiado hacía exactamente un año atrás. Había despertado en su tiempo, en su cama. Pero no recordaba cómo llegó allí. La sensación de que había dejado atrás algo importante, le había robado el sueño desde entonces.
Sin saber porque había necesitado regresar, había decidido pasar un día o dos en ese tiempo. Necesitaba pensar.
No se dio cuenta del momento en que se quedó dormido. Pero supo que soñaba cuando vio nuevamente a la diosa que llevaba un año persiguiendo su subconsciente. Pero esta vez, no estaban en su cama. Estaban en un jardín. Ella parecía estar jugando con unas extrañas flores que él jamás había visto. Le daba la espalda pero Damian sabía que era ella, su diosa. Carraspeó bajo, para atraer su atención.
Ella se volteó, con un infante en sus brazos. Él instintivamente dio un paso hacia atrás.
No fue un sueño
Susurró para sí. Ella ladeó su rostro y asintió acercándose a él.
No te sientas usado, Damian Aristo. Lamentabas no tener descendencia. Yo sufría el no tener a mi Apostolos a mi lado. Ven. Déjame presentarte a tu hija. Ella es Abadonna Aristi.
El corazón se le contrajo tanto al humano como al dragón en él. Extendió sus brazos y la diosa puso a la bebé en sus brazos. De forma torpe la sostuvo. Tenía ya algunos meses, pero la sentía tan pequeña. Hebras rubias, casi blancas, adornaban su cabeza. Era pálida al punto de parecer muerta. Pero fueron sus ojos, los que lo cautivaron. Tan azules como el cielo mismo y así mismo de profundos. Era hermosa. Su hija. ¡Tenía una hija!
Es tiempo de que la lleves a tu mundo, Damian. Aquí está en peligro.
A Damian se le contrajo el corazón. Su pueblo estaba en guerra. Su hermano había intentado matarlo y casi de milagro no lo había conseguido. Había perdido su castillo, todo lo suyo. Prácticamente era un vagabundo. ¿Que podía darle a su pequeña?
No... No puedo. No tengo nada que ofrecerle, mi diosa. Moriría y prefiero morir por ella y por no tenerla conmigo.
Apollymi sonrió. Ella sabía lo ocurrido en la vida de Damian. Había sufrido por él. Pero para asegurarse de que la profecía era cierta, tenía que asegurarse de que Damian pondría a su hija por encima de sí mismo. Se acercó a ambos y besó la frente de su hija.
Ya una vez me separé de un hijo y lo dejé en el vientre de una reina. Pensé que estaría a salvo y sufrió una vida llena de abusos.
El tono de Apollymi se tornó vacío, lleno de ira e impotencia.
¿La amas?
Le preguntó y Damian la miró como si estuviera loca. Luego bajó la vista a su hija. Ella lo miraba con curiosidad. Era como si quisiera darle un lugar en su pequeño mundo. Él le acarició la mejilla y Abadonna agarró su meñique con su pequeña mano justo cuando él iba a apartar su mano. Fue una súplica silente de que no dejara de tocarla. El dragón en él, rugió con la fuerza sobrenatural de la protección.
Es parte de mi. La amo más que a mi vida, Apollymi. No hay rencor en mi.
Apollymi pareció sopesar sus opciones.
Entonces se quedará conmigo. No vamos a arriesgar a nuestra pequeña. Diré que la trajeron de una emboscada y que he de criarla. Si se sabe que nació de mi, antes de que sepa defenderse, no podré protegerla si la alejan de mi. Podrás verla cada vez que duermas.
Damian asintió aunque se rompía por dentro. Se la devolvió a su madre, con el corazón destrozado. Era por su bien. La dejaba segura por su bien.
Te veré pronto, hija mía. Mantenla a salvo, por favor.
Rogó aunque él jamás rogaba. En los brazos de la diosa estaba su vida, su alma. Ella asintió de forma solemne antes de que la imagen de ambas se fuese alejando cada vez más,
Hasta que despertó.
Era padre. Tenía una hija. Y él estaba en peligro de muerte a manos de su propia familia.
