Guten Nacht, queridos lectores ^^ Aquí viene un capitulillo nuevo que espero os ponga los dientes largos para los siguientes ¬¬3

En este día del padre, le dedico el capítulo a un padrazo de FFVII... ¡El profesor Hojo! xD Sí, bueno, puede que no lo sea, pero es el único padre que saldrá en este episodio. ¡Disfrutadlo! Nos leemos abajo~


Dos días pasaron sin que los ojos de Rufus y los de Cloud volvieran a cruzarse. Desde la escena en las celdas de prisioneros y el posterior encuentro en la de Cloud, Shinra no se había vuelto a acercar al ex-SOLDADO. Y esto era algo nuevo. Pues en todo el tiempo que llevaba siendo su prisionero, no había pasado un solo día sin verle aparecer. Solía ser hacia la noche; otros días incluso dos veces… Pero que culminara la jornada y no le hubiera hecho llamar a su despacho, a su habitación, o sin que bajara él mismo a visitarle a la suya, era innovador. Cloud podría agradecerlo más o menos, pero estaba convencido de que aquello sólo duraría unas horas más. Podía imaginar que Shinra sólo se estaba tomando un tiempo para aclarar sus ideas. Pues el ex-SOLDADO conocía la razón por la que no había acudido de nuevo a él en más de veinticuatro horas. Lo sabía desde que le vio marcharse con aquella acritud de su celda, después de violarle tan furiosamente.

Porque eso no era lo que Rufus había querido.

Varios pisos más arriba, otra mente atribulada libraba su propia batalla de pensamientos. Encerrado en su despacho, sentado desde hacía horas frente a su tablero de ajedrez para ayudarse a pensar, Rufus trataba de poner en orden las piezas de su rompecabezas. Había retrocedido una casilla en el tablero y ahora buscaba cómo volver a donde estaba, al momento del juego en que se sintió poderoso… Cuando tenía todo bajo control y parecía encajar en sus planes.

Sabía perfectamente qué era lo que le había hecho perder: La furia, el enfado, el sentir que de pronto algo se escapaba a su potestad. Esa mirada de suficiencia en el rostro de Cloud cuando se negó a seguir sus normas, le había hecho enfurecer como nunca. Descubrir que no le tenía tan atado como él pensaba. Y ese arrebato al final le había costado perderse a sí mismo. Había vuelto a usar la fuerza para conseguir lo que quería de él y el mal sabor de boca que le dejó le hacía sentir que no había merecido la pena esa amarga victoria.

Se echó hacia atrás en el sofá con un suspiro y rememoró aquella otra noche en su habitación, la de hacía tres días. Ese encuentro tan distinto a los demás… La disposición de Cloud, sus manos recorriéndole con caricias, sus besos por todo el cuerpo y esos gemidos tan deliciosos que salían de la boca del ex-SOLDADO y que Rufus juró que llegaron a delatar placer. Un cosquilleo le recorrió al recordar su voz. Aún tenía escalofríos cuando pensaba en esa noche. Suspiró cerrando los ojos y evocó su nombre en un susurro. Sintió su cuerpo estremecerse y llevó inconscientemente la mano hasta su entrepierna, acariciándola por encima del pantalón. Ya estaba excitándose otra vez. Cómo le deseaba…

Abrió los ojos y enfocó el techo con aire desanimado. Si quería volver a llevar a Cloud hasta un estado como el de esa noche, tendría que jugar muy bien sus piezas. Después del último trato al que le había sometido, intuía que el ex-SOLDADO estaría muy poco participativo.

Un hilo de pensamientos en particular condujo la memoria de Rufus hasta cierto elemento que creía olvidado. Lánguidamente, ladeó la cabeza y buscó con la mirada el mueble bar de su despacho. Entrecerró los ojos observando la puerta del pequeño mueble como si pudiera atravesarla con la mirada y enfocar en su interior el objeto en el que estaba pensando. Ahí dentro… Sí, ahí lo había metido. No se había decidido aún a usarlo, pero lo mantenía conservado. Creyó que no le haría falta. Y hasta ese momento, su opinión no había cambiado. Pero… quizás había llegado la hora de valerse de cierta ayuda extra.

No tenía por qué ser malo…


Hace una semana.

Martes.

.

Los muelles de la cama crujían bajo su peso, el cabecero se agitaba al ritmo de las sacudidas de los dos cuerpos. El sonido de las cadenas acompañaba cada una de las embestidas, cada vez más enérgicas, del que se encontraba encima.

Cloud resistía en precario silencio. Haciendo acopio de fuerzas, mantenía cerrados los ojos y apretadas las mandíbulas, denotando su dolor solamente a través de las manos con las que aferraba firmemente las cadenas de sus muñecas. A parte de eso, no ejercía ninguna resistencia. El día que se cumplía una semana de su cautiverio, tumbado bocarriba sobre la cama de su celda y atado al cabecero, ofrecía completamente su cuerpo a Shinra, con las piernas separadas dejándose penetrar una y otra vez. Era una tarea ardua y muy difícil mantener la concentración y dominar su cuerpo para no gritar, no revolverse, no patalear. Pero se lo había propuesto. Y parecía que, poco a poco, su extraño plan daba frutos.

Rufus había acogido de muy buena gana su inesperada actitud, convencido de que, tras el intenso castigo sufrido, Cloud había aprendido al fin a respetarle y a sentir algún temor hacia él. Sólo por precaución, le mantuvo encadenado al cabecero, para poder disfrutar mejor de él sin tener que preocuparse. Pero al cabo de un rato, aquella absoluta falta de reacciones comenzaba a serle aburrida, delatando el objetivo de Cloud. Ni aunque se echara más sobre su cuerpo, mordiera su piel desnuda, lamiera su cuello o incluso le penetrara más fuerte… Era como si para Strife no ocurriera nada a su alrededor. Podía discernir en su cuerpo un amago de dolor o un leve respingo, pero el ex-SOLDADO en seguida controlaba sus reacciones para hacerle ver no le afectaba lo suficiente. Y Shinra estaba empezando a frustrarse.

Algo andaba mal. Esa actitud, esa sumisión tan absoluta… No era Cloud. No era nada.

Arg… —Lanzando un gruñido irritado, Rufus salió de él, notándose perder el entusiasmo— Es como hacerlo con un cadáver…

Se apartó de Cloud con aversión y se levantó de la cama, subiéndose los pantalones. El ex-SOLDADO abrió los ojos despacio y comprobó que la erección de Rufus había disminuido considerablemente. Una discreta sonrisa de victoria acudió a su rostro. Lentamente, conteniendo los quejidos, tiró de sus cadenas para incorporarse un poco en la cama, recogiendo las piernas para sentarse contra el cabecero. Se notaba terriblemente dolorido, pero aquello no lograría empañar su triunfo.

A lo mejor deberías probarlo —murmuró por lo bajo, sin esperar que le oyera, mientras buscaba una postura cómoda para sentarse—. Sería el único dispuesto a acostarse contigo…

Se oyó chasquido y un ardiente dolor sacudió su mejilla, haciéndole girar la cara a un lado. El azote fue tan brusco que se golpeó la cabeza contra el cabecero. Abrió los ojos y enfocó a Rufus, de pie junto a él, a medio vestir y con la mano levantaba. Acaba de atizarle una bofetada tan rápida que ni la había visto venir. Pero, para frustración de Shinra, Cloud desvió la mirada con una socarrona sonrisa.

Ja… Oh, vaya… ¿El gran Rufus Shinra se deja ofender por escoria como yo?

Le dirigió al presidente una mirada agotada pero sagaz. Rufus le devolvió una cargada de tirria. Tamaña insolencia habría culminado normalmente con una descarga de Mako. Sin embargo, se limitó a frotarse el dorso de la mano, aparentemente dolorido, mientras recuperaba un semblante más autoritario.

No tolero las faltas de respeto —se justificó firmemente antes de darle la espada.

No, eso no ha sido una falta de respeto —replicó Cloud. No podría atacar a Rufus físicamente sin poner en peligro a sus compañeros, pero sí con palabras. Y juzgando lo vulnerable que estaba el orgullo de Shinra en ese instante, no pudo frenarse. Se apoyó en la almohada y le acribilló desde ahí con la mirada—… Es sincero desprecio. No puedo faltarte al respeto, porque no te tengo ninguno.

Rufus trató de fingir que estaba por encima de sus escarnios y no se dejaba ofender por sus palabras, continuando de espaldas a él. Pero Cloud notó la tensión en su cuerpo.

Eso no me hace sentir especial, supongo —murmuró el presidente mientras se vestía, aparentando indiferencia—. Dudo que le tengas respeto a nadie.

Te equivocas —Cloud continuó. Jadeaba aún por el cansancio y el dolor de su cuerpo, pero eso no le impedía seguir arremetiendo contra el orgullo herido de Rufus. Y hablando con una tranquilidad tal como si no viera el peligro en su osadía—. Admiro a quien lo merece. Incluso a hijos de puta mayores que tú.

Tal vez estaba pecando de falta de cautela, pero eran el odio y la victoria los que empujaban su lengua. Temblaba, deseoso de decirle mucho más, pero tanteando su suerte con cuidado. Una palabra de más, una insolencia demasiado grave y lo pagaría caro… Tanto él como los suyos. Abrochándose los botones de la camisa, Shinra le miró por encima del hombro con una ceja alzada con vanidad.

¿Cómo Sephiroth, por ejemplo?

Desde luego —se burló el ex-SOLDADO, clavándole la mirada. Shinra no la despegó de él esta vez—. Sephiroth al menos sabe tocarme las pelotas. Tú ni eso.

El presidente le fulminó con sus orbes heladores, con los dedos aún a medio abrochar el botón de una manga. Cloud aguardó en tensión, sin ablandar su mirada desafiante. Se la sostuvieron mutuamente por unos segundos. Finalmente, Rufus desvió la suya con desinterés y terminó de cerrarse la camisa. Por un momento, pareció que había tenido suficiente y abandonaría la habitación. Pero mientras pasaba al lado de la cama, súbitamente se lanzó sobre Cloud, abalanzando su mano hacia la entrepierna desnuda del ex-SOLDADO y agarró con fuerza sus testículos.

¡Agh…! —Cloud tiró de las cadenas de sus manos al echarse hacia delante, encogiéndose sobre sí mismo por la impresión y el dolor.

Rufus no le soltó, mirándole impertérrito con una siniestra expresión. Aguardó unos segundos sin decir nada, mientras veía a Cloud temblar y quejarse sin poder apartar esa mano que le apretaba con saña. No usó el controlador de las esposas. Aquello era una demostración de poder para enseñarle que no siempre requería de éste para castigarle; con sus propias manos podía dominarle. El ex-SOLDADO terminó cerrando los dientes, conteniendo los gemidos de dolor que pujaban por salir de su boca. Serio e indolente, Shinra buscó sus ojos acercando su rostro al contrario.

Ya veremos —susurró con una tranquila y peligrosa voz, acompañada de los resoplidos de Cloud. Rufus se acercó más, echándole el aliento al hablar— si no acabas pidiéndome que te lo haga más fuerte.

Cloud apretó los ojos y los dientes, aguantando la presión de los dedos de Shinra cerrados en torno a sus genitales. Las cadenas temblaban ante la tensión de sus brazos. Cuando logró sobreponerse por un instante, taladró a Rufus con el Mako de sus ojos destilando un profundo odio.

Ni en tus mejores sueños —siseó.

No pareció afectarle esa réplica. Los ojos de Shinra volvían a mostrar una vanidad desorbitada, aparentemente con su orgullo restaurado. Ambos se mantuvieron la mirada unos segundos más hasta que éste se decidiera a soltarle bruscamente, permitiendo a Cloud al fin respirar. El presidente se alejó, recogiendo su chaqueta para salir de la habitación. El ex-SOLDADO jadeó, recostándose de nuevo en la cama. Pero la voz de Rufus reclamó su atención una última vez antes de cerrar la puerta.

Piensa en lo que te digo siempre, Cloud. Hasta ahora, no he fallado.

Éste contuvo las ganas de gritarle una retahíla de insultos antes de que se fuera. Se mordió la lengua, apoyando dolorido la cabeza entre sus manos encadenadas. Un estremecimiento le atravesó sin pretenderlo. Pues no podía negar que había verdad en esa aseveración.

«Rufus Shinra siempre consigue lo que quiere.»

.

La puerta del laboratorio se abrió de golpe y una enfurecida figura irrumpió. El hombre que se mantenía encorvado sobre la hoja de datos no se inmutó demasiado. Sólo una persona se atrevería a invadir así sus dominios. Le bastó observar por el rabillo del ojo para confirmar su intuición, esbozando una sonrisa torcida después. Quién iba a ser, sino el amo y señor de todo aquello.

Buenas tardes, señor presidente —saludó Hojo con su hilarante voz.

El aludido no contestó. El profesor le notó resoplar furibundo mientras atravesaba el laboratorio hacia ningún punto en concreto.

¿Algún problema? —preguntó perspicaz. No dejó de atender sus quehaceres mientras le inquiría, prestando atención a la jaula que tenía frente a sus ojos y la carpeta que portaba en sus manos— ¿No funcionan bien esas pulseras que fabriqué para usted?

Shinra no respondió. Había dejado su deambular para acercarse a él, a la cómoda distancia de unos tres metros, y le observaba en silencio con las manos en los bolsillos y una mirada fría. Típica en él. Pero Hojo pudo percibir una tensión en el presidente mayor a la habitual.

Agradézcale a ese invento el dominio que tiene sobre él —continuó el profesor despreocupadamente—. De otra forma, le resultaría totalmente imposible controlarle así. Cualquier fuerza que tratara de ejercer sobre Strife, éste la quintuplicaría. No se puede dominar a un SOLDADO por la fuerza…

No es ese el problema que tengo ahora —interrumpió Rufus Shinra con impaciencia. Nunca le agradaba acercarse hasta ahí y tener que lidiar con el repulsivo científico. De modo que cuanto antes solventara su inconveniente, antes podría marcharse.

Oh… Entiendo —Una desagradable sonrisa se dibujó en los finos labios de Hojo. Colgó la carpeta en la puerta de la jaula que examinaba—. Creo saber cuál es…

Rufus frunció el ceño, intrigado. Le observó dirigirse hasta un armarito, de los muchos que adornaban las paredes del laboratorio. Con sus huesudos y blancos dedos, Hojo extrajo de él un pequeño objeto que mostró al presidente, girándose al fin hacia él.

¿Qué le parece esto? —Sujetándola entre los dedos corazón y pulgar, le enseñó una diminuta ampolla que contenía un líquido rosáceo. Shinra lo miró indiferente.

No me parece nada. ¿Qué es?

Mi suero mágico —se sonrió el profesor con orgullo. Un brillo siniestro incidió en el cristal de sus gafas con un oportuno efecto. Su figura encorvada se aproximó más hacia el presidente para que observara mejor el recipiente—. Las inseminaciones artificiales son muy costosas y requieren de un tiempo del que no dispongo. Esto me facilita las cosas. Me ayuda a fomentar la… «monta natural».

Rufus ladeó la cabeza y alzó una ceja, suspicaz. Un asomo de escepticismo cruzó sus ojos.

O sea, un afrodisíaco… —murmuró con menosprecio.

Nada más lejos, por favor —replicó Hojo ofendido, encerrando la ampolla en su puño—. Un afrodisíaco es lo que usaría un pobre desgraciado con disfunción eréctil para poder satisfacer a su mujer. No, esto es otra cosa… es el pentotal sódico de los afrodisíacos.

El presidente frunció el ceño, no estando del todo seguro de lo que quería decir, mientras Hojo le sonreía sagaz, jactándose de saber algo que él no. Rufus pareció empezar a interesarse.

¿Qué tiene de especial?

Este pequeño crea un efecto en el cuerpo tan potente que incide sobre el centro del control de la voluntad del cerebro —el profesor volvió a sacar el frasco y a mostrarlo a la luz, mientras acortaba a pasos lentos la distancia entre los dos, mirando el líquido como si se tratara de algo prodigioso—. Produce un deseo sexual tal, que el sujeto no puede desistir hasta verlo satisfecho. Con lo que sea que tenga delante —murmuró soltando una leve risa divertida. Miró a Shinra a los ojos con soberbia—. Por darle una cifra, he obtenido un cien por cien de éxito usándolo. Nada se le resiste.

Rufus parecía debatir la idea en su cabeza. Sus ojos azules examinaban el pequeño recipiente con intriga.

¿Es muy potente?

Increíblemente potente —afirmó Hojo sin atisbo de duda—. Requiere una dosis mínima para hacer efecto y se absorbe muy rápido.

¿Y no es peligroso? —El presidente entrecerró los ojos, desconfiado.

En absoluto. A excepción de sobredosis, como todo —El científico volvió a alzar la ampolla a la luz y a evaluarla algo abstraído—. Tal como se suele decir en química: «todo es veneno, la diferencia está en la dosis».

Una nueva expresión se mostró en el rostro de Shinra, aparentemente evaluando esa idea con más convicción a cada palabra que Hojo decía.

¿Cuánto tendría que darle?

Cero coma cero dos mililitros por kilo. En el caso de Strife, calculo que uno y medio, aproximadamente —midió el científico velozmente—. Tenga cuidado de no inyectárselo usted, no creo que quiera verse perder el control en la medida en que esto lo logra.

Shinra alargó una mano solicitando el objeto. Hojo lo depositó en su palma, permitiendo que lo examinara. El brillo rosado del suero se reflejó en los agudos ojos de Rufus mientras lo observaba. El profesor percibió esa mirada artera y juzgó oportuno darle un par de directrices más.

Sé que no está en su naturaleza aceptar consejos u órdenes, pero hágame caso —invitó cordialmente—. Dele la dosis que le digo y juzgue por los resultados. Le aseguro que quedará fascinado.

Poco más parecía ser ya necesario para convencer al cabeza de la compañía, a juzgar por la manera en que tanteaba el pequeño frasquito. Hojo sonrió satisfecho para sí mismo y le dejó con sus cavilaciones, dirigiéndose a su mesa de trabajo.

Otra cosa —recordó por el camino. Rufus dirigió la mirada hacia el científico, quien ahora le daba la espalda, hablándole al mismo tiempo que examinaba una montaña de papeles—. Podría tener problemas si no afianza su papel dominante sobre él con prontitud tras la administración. Siendo otro macho, podría intentar someterle. Y no creo que eso sea lo que está buscando —terminó con una sonrisa burlona.

Me las apañaré —masculló Shinra fríamente, algo molesto por el grafismo del profesor a la hora de hablar.

Bueno, el estímulo visual suele ayudar… —murmuró Hojo distraído. Echando un vistazo por encima de su hombro, vio que el presidente le miraba con el ceño fruncido, sin comprender. El científico suspiró, sacudiendo la cabeza mientras buscaba un equivalente en jerga más «mundana»— Veamos… Si ha sido usted quien le ha montado todas las veces anteriores, quizás lo busque en primer lugar. Aunque nunca se sabe.

Rufus prefirió no haber preguntado. Aquel individuo hablaba de todo el mundo como si se trataran de cobayas de laboratorio. Suspiró, desviando la mirada. «Llevas demasiado tiempo aquí metido, Hojo», pensó para sí.

Gracias profesor —musitó; éste asintió con la cabeza. Guardó el frasco en el bolsillo y se encaminó hacia la puerta, pero la voz de Hojo le detuvo.

Ah, y una cosa más —le llamó sin girarse. Ya estaba enfrascado en los múltiples papeles de su mesa—. Si pudiera pedirle un favor, me sería de gran utilidad que me aportara datos sobre el resultado.

Científicos obsesionados, pensó Shinra para sí. Siempre pensando en los datos.

Claro —contestó. No le suponía ningún trauma—. Gracias, Hojo.

A usted, presidente. Es quien lo paga…

Con una sensación muy diferente a la que tenía cuando entró, Rufus se dispuso a salir del laboratorio. Pero cuando tenía ya la mano en el picaporte, de nuevo la aguda voz del investigador interrumpió su avance.

Me sorprende… —le oyó murmurar con languidez. Su tono de voz era distinto ahora. Más sagaz, más intrigado— Usted podría tener a quién quisiera. No sólo es el amo y señor de aquí a Wutai y está podrido en dinero… Sino que además es joven y bien parecido. Con chasquear los dedos tendría una cola de interesados detrás de usted donde elegir. Vale, sí, el chico es una belleza, hay que reconocerlo, pero…

Hojo se detuvo un momento, levantando la mirada de su mesa para enfocarle, sinceramente interesado.

¿Por qué recurrir a esto? ¿Por qué tomarse tantas molestias?

Sin soltar la puerta, Rufus encaró al infame científico. Sus ojos volvían a ser los fríos témpanos que todo el mundo asociaba a su imagen.

Precisamente. Porque es él al que quiero.


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Rufus alzó ante sus ojos la diminuta ampolla, sostenida a la luz entre su índice y pulgar. El color rosáceo del misterioso líquido indició sobre el azul de su iris. El pequeño frasco seguía conteniendo el mismo volumen que cuando el profesor se lo otorgó. Sólo había intentado probarlo una vez, fallidamente, y ninguna más hasta ese momento.

Cuando entró hacía una semana al laboratorio de Hojo estaba furioso, indignado, y la idea de obligar a Cloud a expresar un deseo incontrolable hacia él le sedujo enormemente. Pero tiempo después, empezó a albergar dudas. Se debatía con un conflicto interno. Tener que recurrir a esa cosa para estimular al terco ex-SOLDADO lo consideraba un insulto a su propia hombría. Era como reconocer que él no era capaz de lograrlo sin la ayuda de una droga. Pero aunque lo había intentado… no tuvo éxito hasta la noche de hacía tres días. Esa noche… Pudo ver la excitación en los intensos ojos de Cloud, el ardor recorriendo todo su cuerpo y el placer impregnando su voz. Y estaba seguro que, de haber seguido un poco más, habría alcanzado el clímax.

Rufus rodeó el pequeño recipiente con los dedos, guardándolo en su mano. Ansiaba volver a ver esa imagen. Pero sabía bien que en ese instante la tensión entre ellos le impediría siquiera planteárselo. Cloud no se excitaría para él, jamás. Antes moriría. Era el momento de usar un pequeño incentivo…

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Fin del noveno capítulo.


Uuuuh~ Algo se está cociendo... n3n Perdón por un capítulo más corto en comparación con los anteriores, pero esto es sólo la antesala. Ya veremos qué pasará con el tema y qué pasó, pues ha quedado insinuado que Rufus intentó probar ya la pocimita del amor xD ¡No os lo perdáis, que se avecina algo gordo!

Dos millones trescientas mil cuatrocientas doce gracias a todos los que leéis y a mis reviwantes asiduos, ¡os quiero! ^3^/ Y a los que aún no sois asiduos, ya sabéis: por fa plis, mandadme vuestras sugerencias, amenazas, recetas, diagramas, virus o lo que queráis, ¡no puedo vivir sin vuestras opiniones, ni ese fic tampoco! \o0o/ Ayudadlo a mantenerse con vida.

¡Besazos! Nos leemos~