Buena noche de jueves/viernes, queridos lectores~ Aquí os dejo sin más preámbulos con el capítulo 14:


—Cloud… ¡Cloud!

Alguien le llamaba en la oscuridad. Una fuerte ansiedad le atenazó al oír aquella voz. Sonaba a asustada, como si algo malo estuviera a punto de suceder. Cloud abrió los ojos pero no vio nada; estaba rodeado de negrura. Alzó las manos ante sus ojos, distinguiéndolas en la oscuridad, pero nada más allá de su propio cuerpo.

¡Cloud!

Esta vez la oyó a su espalda; se giró con premura. Y abrió los ojos como platos.

¡Aeris!

Corrió hacia ella. Antes de darse cuenta la envolvía con sus brazos; sintió cómo ella le rodeaba el cuello con los suyos. Estaba allí, de nuevo, por fin… O eso creyó.

Una fuerte detonación le dejó sordo y le hizo brincar. Notó que Aeris se separaba y buscó su rostro. Vio sorpresa en sus ojos… y dolor. Al seguir la dirección de su mirada descubrió sangre en su vestido. Y él, en su propia mano… enarbolaba una pistola.

No… —exclamó Cloud. Él no la había cogido, no la tenía antes, ¿por qué...?

Tú la mataste —murmuró una voz ajena.

Soltó la pistola, horrorizado. El arma humeante golpeó el suelo con estrépito. Cloud se llevó las manos a la cabeza, respirando agitadamente. Aeris había desaparecido. La llamó en aquella inmensa oscuridad, pero no la encontró.

Unos pasos resonaron en el silencio y un par de pies se detuvieron delante de la pistola. Una mano la recogió delicadamente del suelo y su portador se acercó despacio a Cloud.

Prueba otra vez.

Cloud miró con estupor a la persona que se hallaba ahora frente a él. Rufus Shinra, luciendo una sutil sonrisa en el rostro, alargaba el revólver hacia él con la culata por delante, ofreciéndoselo.

Vamos, Cloud —le instigó, tomando su mano y colocando entre sus dedos el arma, antes de dirigir el cañón hacia su propia frente. Él mismo la amartilló. Le siguió mirando ladino desde el final de su brazo, sin temor alguno—. Mátame.

Cloud se quedó unos segundos paralizado, con el arma a dos centímetros de la cabeza de Rufus. Pero una potente cólera se adueñó de él rápidamente, invadiéndole como un relámpago, tornando su expresión en furia y cargando de fuerza sus dedos para apretar el gatillo.

Un chasquido inesperado le sorprendió al disparar. En el rostro de Rufus se dibujó una repugnante sonrisa. Cloud torció el gesto, contrariado.

Está descargada —afirmó el ex-SOLDADO con rabia.

No —rió Rufus. Sin quitarle la pistola, empujó el tambor para sacarlo y dejar que Cloud viera su contenido. Inexplicablemente, estaba lleno. Shinra armó de nuevo el revólver y tomó a Cloud de la muñeca—. Puedes hacerlo si quieres —Bajó la mano del ex-SOLDADO y acortó distancia entre ellos, aproximándose tanto a su rostro que podían respirar el uno el aire del otro. Rufus dejó que la pistola apuntara a su cuello mientras miraba intensamente a los ojos de Cloud—. La cuestión es… ¿Quieres?

Unos fuertes latidos palpitaban en su sien. Cloud empezó a temblar. Bajo el influjo de aquellos ojos heladores, empezó a sentirse perdido. Una pregunta tan simple como aquella y era incapaz de responderla. Rufus comenzó a acercarse más. El cañón de la pistola se clavó sobre su nuez, pero no pareció importarle, pues su objetivo estaba fijado en los labios entreabiertos del ex-SOLDADO. Cloud jadeó, nervioso, y pegó un leve respingo cuando los labios ajenos se posaron en los suyos. Cerró los ojos con fuerza y contuvo la respiración. Apretó el arma entre sus dedos… Pero no logró disparar.

Bajó la mano lentamente. La lengua de Rufus se abrió paso a su boca sin obstáculo en el camino. El cuerpo de Cloud comenzaba a relajarse; ladeó la cabeza para acoplarse al beso. En ese momento, algo, no supo qué, le hizo abrir los ojos… Y horrorizado contempló, por encima del hombro de Shinra, cómo Aeris le miraba con un profundo dolor. Se apretaba el pecho con las manos mientras los dedos se le teñían de escarlata y parecía a punto de romper a llorar. Y cuando lo hizo, lágrimas de sangre brotaron de sus ojos trazando sendos surcos por su rostro afligido. Era la viva expresión del desconsuelo. Moría, lentamente, mientras Cloud se entregaba a los brazos de su verdugo…

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Despertó entre espasmos y sudor frío. Abrió los ojos con pavor, boqueando, tratando de recuperarse de lo que acaba de ver y asimilar que sólo había sido un sueño. Sintió humedad en su rostro y se llevó una mano temblorosa a la comisura del ojo. Entre la penumbra, distinguió aliviado que eran lágrimas. Había esperado ver sangre.

Se cubrió los ojos con el brazo e intentó tranquilizarse. Aquella última imagen había sido tan horrible que bastó para despertarle. Despacio, se fue incorporando sin dejar de temblar, como si hubiera estado tendido sobre hielo. Le dolía la cabeza y sentía el cuerpo agarrotado; y no sin motivo, pues no se hallaba en su cama. Le costó entender por qué estaba durmiendo en el suelo, hasta que recordó cómo había acabado allí: la discusión con Rufus, cuando intentó atacarle, las esposas…

Se encogió sobre sí mismo, tirando de su cuerpo con movimientos lentos y cautos. Aún se sentía sobrecogido por aquel horrible sueño. Apoyó la espalda contra la pared y enfocó el vacío. Todavía podía ver esa mirada llena de dolor en los verdes ojos de Aeris. ¿Por qué su mente le torturaba así? ¿Por qué le hacía ver algo tan horrible? Él nunca quiso que ocurriera, no quería causarle la muerte… ¡Por Dios, la amaba! Pero el terrible sentimiento de culpa no desaparecía. Y le atormentaba aún más insistentemente desde que se lo escuchó decir a Rufus a viva voz.

Odiaba a ese cabrón… Le odiaba con toda su alma, más de lo que nunca llegó a odiar a Hojo, incluso a Sephiroth… Pero entonces, ¿qué era aquella extraña contradicción, qué intentaba decirle su sueño? Su mente parecía haberse quebrado en mil pedazos y ya no podía pensar con claridad. Estaba cansado, tan cansado… Nunca creyó que llegaría el momento que más temía, el de verse vencido. Se sentía roto por dentro. Estaba seguro de haber alcanzado su límite; ya no tenía fuerza ni ganas de luchar más. Rufus había exprimido su último aliento. ¿Cómo lo había conseguido? ¿En qué le estaba convirtiendo?

Estaba a punto de averiguarlo.

Una serie de chasquidos precedieron al rayo de luz que incidió dentro de su habitación al abrirse la puerta. Una figura en el umbral proyectaba su sombra sobre el suelo. Cloud levantó la mirada hacia él. Un mal presagio le invadió.

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Eran las dos de la madrugada. Las luces del edificio Shinra no se apagaban en toda la noche. Sin embargo no era tan habitual que, a esa hora, las del despacho del presidente continuaran encendidas. Rufus solía abandonarlo hacia las siete, pero esa tarde se había enclaustrado en él y ni siquiera había salido para cenar. Llevaba más de seis horas encerrado y sin recibir a nadie, con la única compañía de Dark Nation, su fiero perro guardián quien, recostado tranquilamente en el amplio sofá de tres plazas, no apartaba la vista de su amo, intrigado con su extraño comportamiento.

La tormenta seguía arreciando en el exterior, golpeando los cristales con tesón. La temperatura fuera debía ser fría, a juzgar por el vaho que empañaba las ventanas, incrementado por el calor casi sofocante que inundaba el despacho. El sudor que se apreciaba en el rostro y la camisa de Rufus evidenciaba que hacía tiempo que debió bajar la potencia de la chimenea. Y quizás, también, dejar de vaciar botellas del mueble bar. Iba ya por su décima copa y no parecía tener intención de parar.

El estado de ánimo del presidente había ido variando conforme las horas pasaban y el alcohol invadía su sangre. Con la primera copa se sintió más relajado. Despejó sus tribulaciones y enfocó las cosas con más confianza, convenciéndose de nuevo de que él llevaba la batuta en aquel tira y afloja y que era cuestión de tiempo que la balanza cambiara. Pero, contrariamente a lo que esperaba, a medida que siguió bebiendo aquella embriagadora sensación de seguridad comenzó a disiparse. Más o menos a partir del cuarto trago, el alcohol se le volvió infecto, envenenándole la cabeza con turbios pensamientos y el alma con un desagradable y ponzoñoso sentimiento. Desde que dejó que su mente se desviara hacia AVALANCHA, Aeris y todo lo que representaba el mundo del ex-SOLDADO fuera de las paredes en las que le retenía. Una irritante voz comenzó a susurrarle ignominias, tildándole de ingenuo y lanzándole a la cara una nueva realidad en la que sus planes no sólo se verían frustrados, sino completamente destruidos.

Esto le sumergió de lleno en un bucle en el cual bebía más para intentar acallar aquella voz, y ésta cobraba mayor fuerza con cada nueva copa. Y ahora, borracho como una cuba, había perdido completamente la razón.

Otro vaso vacío golpeó con estrépito la mesa. Rufus se sujetó a ésta; el equilibrio y la propiocepción empezaban a fallarle. El reflejo del cristal de la ventana le devolvió una imagen de sí mismo en la que apenas se reconoció. Se pasó una mano por el flequillo sudoroso para cerciorarse de que ése era él. Resopló, soltando el vaso. Se dirigió hacia el sofá y se dejó caer a plomo sobre él. Dark Nation se apartó velozmente. Al notar su cuerpo hundirse entre los cojines, se sintió terriblemente cansado. Llevaba tanto rato paseando malhumorado de un lado a otro que podría haber horadado un surco en el suelo.

Ladeó con cansancio la cabeza hacia un lado y enfocó no sin dificultad al perro. Extendió una mano hacia él y recibió un gruñido. Sus toscos movimientos no debían transmitir mucha confianza al animal. Pero esa amenaza no acobardó a Shinra, que terminó agarrándolo por la nuca. Éste le enseñó los dientes, se resistió durante apenas un segundo y luego se rindió. Rufus lo acercó a sí, haciéndole apoyar la cabeza en su pierna y se dedicó a acariciarlo. El perro no se movió, completamente sumiso. Rufus se sonrió. No pudo evitar comparar aquella criatura con Cloud. También el ex-SOLDADO se resistía a él y trataba de rehuirle. Ambos eran animales feroces, no aceptaban las caricias ni podía esperar de ellos afecto. Pero respondían igual ante su amo cuando les mostraba autoridad. El resultado en Dark Nation era un fiero perro guardián, para nada una mascota, pero que acataba todas sus órdenes con automatismo. Le había costado meses de trabajo y un poco de ayuda de la fusta, pero finalmente ahí estaba el resultado: ya podría gruñirle y enseñarle los dientes, que jamás se atrevería a morderle. Y si se lo ordenaba, mataría y moriría por él.

Ése era el problema con Cloud; aún no le respetaba del todo. No quería verle ni en pintura, le aborrecía… Y eso tenía que cambiar. Rufus se quedó pensativo mientras rascaba el fino y oscuro pelo de la cabeza de Dark Nation. Tal vez… iba siendo hora de cumplir su promesa a Hojo. Quizás una temporada en otras manos, mucho peores que las suyas, enseñara a Cloud a atesorar su protección.

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Que las luces del edificio Shinra no se apagaran en toda la noche quería decir que siempre había alguien vigilando. Guardias apostados en las entradas, patrullando los pasillos, vigilando a los prisioneros… Y por supuesto, a todas horas alguien estaba a cargo de la seguridad del presidente. Ya fueran SOLDADOs… O los Turcos.

Esa noche, la casualidad quiso que quien estuviera de guardia fuera Tseng, líder de los hombres de negro. Y él fue el primero en escuchar la orden del presidente, a través del interfono de su mesa. Exigió que le trajeran de inmediato a Strife. Aquella demanda no iba dirigida expresamente para él; era el reducido y selecto grupo encargado de la vigilancia y escolta de Cloud Strife quien debía trasladarle siempre que el presidente lo exigiese. Pero esa noche, intrigado, no pudo resistir la tentación de acudir en persona en lugar de desviar la orden. Para ese entonces ya había descubierto la ubicación del muchacho. No en vano, lideraba el servicio de inteligencia de la compañía; ni siquiera el presidente podía ocultarle información. Cuando llegó hasta la alcoba y abrió la puerta, pudo al fin ver, por primera vez en todo el mes que llevaba cautivo, al joven ex-SOLDADO. Le sorprendió, no sólo por no hallarlo durmiendo dada la hora, sino por el aspecto tan consumido que presentaba. Cuando notó sus ojos imbuidos de Mako clavarse sobre él, le pareció que le atravesaban sin mirarle. Y no dio muestras de sorpresa cuando le exigió que le siguiera; simplemente se levantó con movimientos débiles y obedeció sin decir una palabra. Era la viva imagen de un hombre derrotado. Tseng no pudo menos que preguntarse qué habría hecho Shinra con él para lograr quebrar su férrea voluntad.

Acompañado de los dos escoltas que custodiaban la habitación, guio al joven hasta la puerta del despacho del presidente. Llamó educadamente, ésta se abrió y Strife ingresó solo sin hacerse de rogar. La puerta se cerró inmediatamente, dejando a Tseng fuera y más intrigado aún que antes. Mas sus preguntas no tendrían que esperar demasiado para ser resueltas…

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Cloud sintió un escalofrío nada más cruzar el umbral. La atmósfera que le recibió no le dio buena espina. La luz de la chimenea, la cual veía por primera vez encendida, era abrumadora y lo invadía todo, y el sonido del crepitar del fuego se mezclaba con el repiqueteo de la copiosa lluvia en los ventanales. Un gruñido amenazante le recibió desde una esquina. Al volver la mirada, descubrió al enorme y feo perro de Rufus recostado en el sofá blanco, fulminándole con sus pequeños ojos rojos. Era un animal aborrecible, con aspecto de acabar de salir de una alcantarilla, con más huesos a la vista que pelo. El can hizo amago de bajar del sofá, enseñándole sus formidables dientes, pero, de inmediato, un chasquido de dedos lo detuvo. Dirigió sus largas orejas puntiagudas hacia su amo y volvió a acostarse obedientemente.

Rufus se hallaba en el centro de la habitación, de espaldas a la puerta. Ni siquiera tras detener al perro se dignó a girarse hacia su «invitado». Cloud notó enseguida en él algo extraño, y no sólo por su aspecto desarreglado, luciendo una sudorosa y arrugada camisa arremangada hasta los codos. Había en él un aura siniestra que le puso la carne de gallina. Su postura encorvada, con las manos sobre el escritorio y su silencio sepulcral transmitían una sensación intimidante. Algo malo se avecinaba. Algo que, a todas luces, anunciaba peligro.

Rufus se volvió despacio y mostró un rostro para nada tranquilizador. Su tez pálida y sofocada, sudorosa, sus ojos enrojecidos y su fija mirada ratificaron el mal presentimiento de Cloud. Por primera vez, aunque no conociera aún la razón, pudo decir que le inspiró miedo.

—Buenas noches, Cloud —Su voz sonó mortecina. Apoyó las lumbares y las manos en la mesa con aire relajado.

«No para ti, parece», pensó, pero prefirió mantener la boca cerrada. Ciertamente, el aspecto de Rufus era horrible. Parecía enfermo. Éste ni aguardó respuesta ni pareció que la esperara; continuó, hablándole en un tono de voz bajo y un timbre ronco.

—Lo siento por la hora. Lamento si te he despertado. Pero tengo una buena noticia para ti— Cloud notó que arrastraba mucho las palabras al hablar. Rufus entrelazó las manos por delante de su cuerpo mientras esbozaba una leve sonrisa—: esta noche decidiré qué voy a hacer contigo.

El ex-SOLDADO sintió un escalofrío nada alentador.

—¿Y qué va a ser? —se atrevió a preguntar.

—Pues eso depende de ti —Rufus se sonrió más. Había mezquindad en esa sonrisa—. Verás… dentro de un par de días debo viajar a Junon y estaré allí por un tiempo, aún no sé cuánto. Puede que una semana o dos. Y en ese tiempo en que estaré fuera, puedo hacer dos cosas: mantener nuestro trato de liberar a uno de tus compañeros cada dos días a cambio de tu comportamiento impecable en mi ausencia… —Hizo una larga pausa antes del «o» en la que se dedicó a taladrar a Cloud con una mirada afilada, maligna. El ex-SOLDADO la sintió atravesarle como agujas—… O puedo quitarme de problemas pegándoles un tiro… y entregar tu custodia a alguien que parece muy interesado en volver a echarte el guante… Hojo.

Apenas escuchó el nombre del científico, los ojos de Cloud se abrieron como platos y su corazón pegó un vuelco. Debió quedarse blanco, pues sintió tal frío repentino que notó toda su sangre abandonarle. Si había algo peor en este mundo que ser el esclavo de Rufus, era volver a las garras del profesor Hojo, el hombre que le había arruinado la vida.

—Rufus… —comenzó Cloud, pero en seguida éste le interrumpió.

—Si eres capaz —Alzó la voz para acallarle y que le escuchara bien— de darme dos motivos —Levantó los correspondientes dedos de la mano—, sólo dos, para que no lo haga, tus amigos vivirán y tú no tendrás que verle la cara a Hojo —Shinra se puso entonces más serio y comenzó a pasear por el despacho. Su voz se tornó gélida, rencorosa—. ¿Sabes? Tuviste razón en algo que dijiste esta tarde: creo que sí que me he hartado un poco de ti. Me he cansado de tu constante arrogancia, de tus miradas desafiantes y tus impertinencias. Has agotado definitivamente mi paciencia, Cloud. Tal vez Hojo logre quitarte un poco de esa insolencia tuya… Aunque no puedo asegurar de qué forma lo haga ni en qué estado termines. Pero creo que no te hace falta que te haga un croquis.

Un agobio y una angustia sobrehumanos invadieron cada rincón del cuerpo de Cloud. Sabía que la discusión de aquella tarde le pasaría factura, aunque jamás imaginó un castigo así. Por culpa de su indomable lengua ahora se enfrentaba a su peor pesadilla: no poder salvar a los suyos y volver al mayor infierno que había conocido. Ahora sí que estaba arrinconado. Tenía que salir de esa como fuera, no importaba el precio.

—¿Qué quieres de mí? —le inquirió con una voz que delataba que haría lo que fuera. Pero Rufus pareció insensible a ella.

—Ya te lo he dicho: dame dos motivos. Es todo cuanto tienes que hacer —repitió mirándole con aquellos extraños ojos que parecían diez veces más fríos de lo habitual—. Dime por qué no debería terminar con todo esto de una vez… Vamos, Cloud, piensa.

Shinra se detuvo frente al sofá y se sentó junto a su horrible perro, al que comenzó a rascar la cabeza. El animal no apartó ni un segundo su mirada fija de Cloud. Ahora, dos pares de ojos le observaban con intensidad. El ex-SOLDADO empezó a notar un sudor frío resbalar por su nuca. Rufus aguardaba cómodamente, esperando curioso y expectante la respuesta que se le ocurriría a Cloud. Ahora mostraba más que nunca la imagen de un amo poderoso y cruel.

«La próxima vez que te hagas el listo conmigo, bajaré aquí, le volaré la cabeza a cualquiera de tus amigos y te follaré delante del resto». La última amenaza proferida por Shinra daba vueltas por la cabeza de Cloud. Había cometido el error que no creerle capaz de cumplirlas. Volvía a sentir el mismo miedo que aquella vez, cuando acabó cediendo a los deseos de Rufus para salvarle la vida a Vincent. Ahora se trataba de todos. Y la culpa volvía a ser suya. No se dio cuenta de que, provocándole, en lugar de cavar su propia tumba, estaba cavando otras cuatro. No atinaba a pensar qué respuesta podía hallar ahora que arreglara aquel desastre.

Inspiró hondo, tratando muy difícilmente de mantener la cabeza fría. Se tomó unos severos segundos para pensar, hasta que encontró un tambaleante cimiento desde el que partir.

—Tú maquinaste todo esto —se aventuró a hablar, con un deje inseguro. Estaba tan tenso que sentía su cuerpo como una estaca. Rufus elevó una ceja, interesado; Cloud continuó—. Planeaste el secuestro de Aeris para atraerme, capturaste al resto para tener con qué chantajearme. Movilizaste SOLDADOs, guardias y Turcos, sólo para conseguirme.

—¿Insinúas que debo tomar eso como un motivo? —Rufus presionó aún más con su heladora mirada sobre los ojos de Cloud. Éste se contuvo de tragar saliva. Durante unos instantes, aquellos témpanos le taladraron, leyendo su miedo, su angustia y haciéndole sudar. Hasta que, finalmente, los cerró suspirando resignado— Bueno… Tiempo y esfuerzo invertidos por mi parte, supongo que es algo a tener en cuenta. Y ya que no me gusta gastarlos en vano, te lo aceptaré —concedió mirándole con desdén—. Llevas uno. Te queda otro. Pero si eso es todo lo que tienes para defenderte, vas muy mal…

Se acomodó más ancho en el sofá, pasando un brazo sobre el cuerpo del perro y cruzando las piernas. Cloud respiró hondo. Había pasado el ecuador de aquella dura prueba, pero ahora se encontraba perdido. Ni siquiera lo primero que había dicho podía considerarse válido, ¿cómo hallar otra razón más? Rufus debió notar su aprieto.

—Está bien, deja que te ayude —Se puso en pie, no sin antes tomar de la mesa frente a él una copa medio vacía de algún licor ambarino. Caminó despacio hacia Cloud—. Te enumeraré los contras, a ver si eso te inspira: me has costado mucho esfuerzo que apenas he visto recompensado —Fue alzando los dedos de la mano libre según contaba—, me has insultado, agredido, desobedecido y toreado a pesar de mis advertencias; has puesto a prueba constantemente mi paciencia y mis nervios; y si nos ponemos a hablar ya de gastos, tanto tú como tus amigos me costáis cientos de guiles al día entre daros de comer y vigilancia… —concluyó lanzándole una mirada desdeñosa— Tendrás que encontrar muy buenos pros que compensen todo eso.

Viéndose acorralado, el ex-SOLDADO sólo halló una salida.

—Si no les haces daño —comenzó, siguiendo a Rufus con los ojos en lo que éste se paseaba y bebía de su copa—… haré lo que me pidas. Libérales y te prometo…

—Hmm, no —le interrumpió Shinra antes de que pudiera seguir—. Ya he oído eso antes y el resultado fue bastante decepcionante —Sin mirarle, continuó con su deambular lento y algo adormecido—. Verás, lo malo de esto es que yo doy el primer paso, ¿entiendes? Primero debo tomar la decisión y después ver los resultados, y eso me da muy poca confianza. Así que nada de promesas ni de ruegos, no te van a servir. Convénceme.

—¿Qué quieres oír? —demandó Cloud, desesperado. Rufus le devolvió una expresión malévola.

—Averígualo… No es fácil, ¿verdad?—inquirió, perverso. Sus ojos gélidos le atravesaron con crueldad mientras sonreía.

Guardó silencio, dándole la oportunidad de volverlo a intentar. Cloud le miró derrotado. Shinra le había cercado esta vez en torno al borde del tablero, sin salida y sin refugio. La única solución era tan sencilla como entregarle una razón para no darle jaque mate. Pero por más que buscara, parecía más fácil simplemente lanzarse al vacío y no prolongar más esa agonía.

—No sabes qué decir —observó Rufus ante su apuro, sin dejar de arrastrar las palabras, que parecían escapar de su boca como volutas de humo—. ¿Sabes por qué? Porque los dos sabemos que eres incapaz de mentir —Los pasos del presidente comenzaron a trazar un círculo a su alrededor, caminando lenta y exasperantemente—. Y porque sabes que, después de tu comportamiento, no hay nada que puedas decir para salvar tu pellejo… —Su gélida voz le arañó el cuello al pasar por su espalda. Le notó asomarse por encima de su hombro y sintió su aliento contra la oreja— Última oportunidad. Convénceme. O ellos mueren y tú… serás carne de laboratorio.

Cloud se tensó más, conteniendo sus temblores. Fijó la mirada firmemente en algún punto frente a sí y apretó los puños. Tragó saliva. La respiración de Rufus le arañaba la piel, consiguiendo hacerle estremecer. Notar su presencia a la espalda era como sentir a La Muerte tanteándole. Inspiró y espiró varias veces, buscando en los últimos rincones de su mente la respuesta que tanto necesitaba. Apenas halló una tenue luz pendiendo de un hilo, pero fue todo cuanto pudo pensar. Y, confiando su suerte a ésta, ladeó levemente la cabeza para mirar a Shinra por el rabillo del ojo, quien, muy pegado a él, aguardaba con malicia.

—¿Ha merecido la pena… en algún momento? —titubeó.

Sus ojos se cruzaron. Inquietos los de Cloud e inexpresivos los de Rufus. Finalmente, el ex-SOLDADO pudo ver cómo los delgados labios del presidente se curvaban en una sutil sonrisa.

—Sí —admitió en un susurro. Sus ojos expresaron lascivia—. Alguna vez… —Sus dedos acudieron suaves a acariciar el mentón del ex-SOLDADO.

La boca de Rufus se acercaba despacio, tanteando la suya. Cloud liberó un sutil suspiro de alivio y sintió su corazón relajarse un poco. Pero antes de que terminara de creerse a salvo, Shinra pulverizó todas sus esperanzas.

—… Pero no lo suficiente —sentenció, echándole el aliento en la cara. Cloud arrugó la nariz al notar un fuerte olor a alcohol. Shinra le dio la espalda y se alejó—. Has perdido.

—¿Qué? No… —Cloud sintió de nuevo el peso de la angustia— Rufus, por favor, ¡escúchame! —Avanzó hacia él, desesperado.

—¡Cállate! — Esa orden sonó peligrosamente tajante. Rufus se había girado hacia él y le apuntaba con un dedo amenazador. Su expresión volvía a ser glacial—. Sólo tenías una posible respuesta válida y no has acertado. Porque eres tan incapaz de decirlo en voz alta como de conseguir que me lo crea.

Cloud supo a qué se estaba refiriendo. Pero Rufus tenía razón. Ni aunque se forzara a decirlo, conseguiría que sonara a verdad. El ex-SOLDADO le miró lleno de enojo.

—Si lo sabes, entonces, ¿de qué iba esto? Ya habías tomado una decisión; la tenías tomada antes de que yo entrara —masculló con rabia. Ahora lo veía claro. Se sentía de nuevo tan humillado... Ni aunque hubiera conseguido darle dos razones válidas, habría perdonado la vida a los suyos. Le vio beber, negándole la mirada. Aquello le enfureció más—. Aparte de tomarte unas cuantas cosas más... —Rufus le miró enarcando una ceja y esbozó una sonrisa desdeñosa. Negó con la cabeza para sí, rodando los ojos y volvió a dar cuenta del vaso mientras se dirigía de nuevo hacia el sofá—Te has tirado la noche aquí, poniéndote como una cuba, planeando cómo podías joderme más para despacharte a gusto… No querías nada; sólo estás borracho —escupió el ex-SOLDADO con cólera contenida. Le miró luego con repulsa—… No me había dado cuenta de lo mucho que bebes. Siempre que entro aquí, estás con una copa en la mano…

—Eso no es cierto —refutó Shinra con voz adormecida y burlona—. A veces me la sirvo cuando ya has entrado.

—Sólo querías verme intentarlo, ¿verdad? —La rabia que trataba de contener hacía que le temblaran los puños y le ardieran los ojos.

—Tal vez —musitó Shinra, despreocupado—. Y debo decir que ha sido magnífico ver cómo te desesperabas por salvarles… Casi consigues que me apiade —sonrió, lanzándole una mirada pérfida—. Pero luego me he acordado de todo lo que dijiste esta tarde y se me ha pasado…

—Eres un capullo… —increpó el ex-SOLDADO.

—Cuidado, Cloud —Le advirtió severamente—. Que esté borracho no quiere decir que esté sordo. No eches más tierra sobre tu ataúd.

—No tienes nada más que quítame, cerdo cabrón —espetó, abatido. Mostraba ahora los hombros caídos en una actitud derrotada. Sentía ganas de llorar de rabia… o de destrozar todo el despacho. Si no supiera que ese perro espantoso, cuyos ojos no se despegaban de él, se le abalanzaría en cuanto hiciera un mínimo movimiento.

—Claro que sí. Nunca dudes de eso —señaló Rufus con una voz muy diferente, dejando de avanzar hacia el sofá y girando su cuerpo para enfrentar al ex-SOLDADO—. Puedo hacerte sufrir todavía más, hasta que me supliques que te mate. ¿No es eso lo que se me da mejor? ¿Ser un monstruo? —inquirió con un tono de rencor.

Cloud le lanzó una mirada de odio a través de sus ojos entrecerrados. ¿Cómo se atrevía a echarle en cara sus palabras? Si no hacía más que demostrarle que tenía razón. Rufus se acabó su copa de un trago sin despegar de Cloud una mirada vanidosa y regresó sobre sus pasos para ir a servirse una nueva del mueblebar. Tomó una robusta botella de lo que parecía whisky.

—Pues adelante, haz honor a ese nombre —La voz de Cloud sonó áspera, agotada. No tenía fuerzas de luchar más. Y con Rufus en ese estado, sabía que era inútil suplicar—. Envíame con Hojo. Nada puede ser peor que tú...

Nunca imaginó lo que esa simple recriminación desencadenaría. Un fuerte estallido de cristales hizo que pegara un brinco por el sobresalto. Rufus acababa de romper su copa al estrellarla contra la mesa con una furiosa fuerza. El sonido logró enmudecer a Cloud y advertirle… al ver la iracunda mirada en los ojos de Shinra cuando se volvieron hacia él.

—¡¿Que nada puede ser peor?! —bramó con furia. Incluso el perro se había asustado, poniéndose en pie sobre los cojines del sofá y observando a su amo con inquietud. Rufus sacudió su mano, que no sostenía ya más que cristales rotos, y caminó hacia Cloud con aire amenazador. En la otra mano, portaba la botella— ¡¿Quieres ponerme a prueba?! Sigue diciendo esa gilipollez y voy a hacer que te arrepientas por el resto de tu vida —Le señaló con el índice. El ex-SOLDADO recayó en la sangre que teñía sus dedos.

Rufus estaba fuera de sí. El alcohol y la furia habían creado una peligrosa combinación. Su cuerpo entró en la trayectoria de la chimenea y proyectó una sombra grande e imperiosa sobre el suelo. La intensa luz hizo brillar las gotas de sangre que caían desde su mano herida por el vidrio como perlas de rubí. No parecía percatarse de ello; su atención se centraba completamente sobre el ex-SOLDADO.

—¡Haré que vengas a rogarme perdón! —Sus ojos se clavaron sobre Cloud con oscura inquina— Vas a caer en semejante infierno que sólo desearás que baje a rescatarte, porque es la única manera de que aprendas a respetarme de una vez… ¡Y de que aprendas por fin a amarme!

Guiada por la furia, su mano voló con fuerza y arrojó hacia un lado rabiosamente la botella que portaba. El recipiente entró de lleno en la chimenea y ésta, de inmediato, devolvió una violenta explosión, de tal calibre que las paredes temblaron cuando una intensa llamarada salió despedida, inundándolo todo por unas milésimas de segundo.

El calor abrasador y el estallido obligaron a Cloud a cubrirse con los brazos para protegerse. Cuando volvió a mirar, Rufus estaba de pie en el centro del despacho. La llamarada no le había tocado. Pero lo más asombroso fue que parecía no haberse dado cuenta de la explosión. Pues sus enrojecidos y brillantes ojos aún continuaban fijos sobre Cloud. El ex-SOLDADO se le quedó mirando, sobrecogido por un temor como nunca hasta entonces le había transmitido el perverso presidente Shinra.

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Fin del decimocuarto capítulo.


Psst... Sigue leyendo. La escena continúa en el siguiente cap~