Mi lema va a acabar convirtiéndose en Más vale tarde que nunca a este paso... ¡Feliz noche de viernes, mis idolatradísimos lectores! Disfrutad de la lectura y agarraos que vienen curvas~
Los pasos del Turco resonaban por el desierto pasillo. A través de los amplios ventanales se atisbaba por fin un hermoso cielo despejado, una visión casi quimérica tras los días de continua lluvia que estuvieron azotando la ciudad. La luz del sol matinal proyectaba la sombra del caminante sobre la pared mientras se dirigía hacia el despacho del presidente. No al habitual, que estaba siendo sometido a una intensa operación de limpieza para arreglar los destrozos ocasionados por la alarma de incendios la noche pasada, y no estaría disponible durante un par de días. Seguramente, el presidente no volviera a pisarlo antes de su viaje a Junon. El despacho provisional se había instalado en un estudio de una de las plantas de oficinas de La Compañía. Era pequeño y poco práctico en comparación al original, pero para dos días era lo suficientemente funcional.
El Turco alcanzó la puerta de la oficina y llamó suavemente con la mano libre. En la otra cargaba con un taco de documentos. Una voz al otro lado le dio permiso y Tseng ingresó con cautela. En interior estaba en penumbra; las persianas estaban bajadas, dejando entrar apenas luz por sus rejillas y por la puerta ahora abierta. Rufus Shinra se hallaba sentado al escritorio, acodado sobre la mesa y sosteniendo su cabeza entre las manos.
—Buenos días, señor Presidente —saludó cortés el Turco. No recibió respuesta. Tseng le ojeó discretamente, notando su malestar. Desde primera hora, el presidente había anunciado que sufría jaqueca y pedido que no se le molestara si no era de extrema importancia.
Tseng se aproximó al escritorio dejando sobre la mesa el montón de folios con suavidad, procurando que no hiciera excesivo ruido.
—El informe sobre las investigaciones en Junon, señor —anunció el Turco—. Todo está listo para el viaje, a la espera de que usted dé el visto bueno.
El presidente no respondió, la única señal que dio de oírle fue un leve asentimiento. Su rostro quedaba oculto por la mano en su frente. Lucía un vendaje ligero en la palma y algunos dedos.
—Señor… ¿se encuentra bien? —inquirió Tseng con cautela— Tal vez debería ir a descansar.
De nuevo no obtuvo respuesta. Shinra emitió un profundo suspiro de cansancio y alargó la mano hacia un papel que tenía a su izquierda. Se lo tendió al Turco por encima de la mesa.
—Entrégale esto a Hojo —musitó con voz ronca. Tseng tomó el papel examinando su contenido. Cuando concluyó de leer, buscó la mirada de Shinra con un deje de sorpresa.
—¿Está seguro?
Pareció que se tomaba un segundo para pensar en la respuesta. Tseng notó que vacilaba.
—Completamente.
Intrigado por su resolución pero sin osar poner en duda la decisión del presidente, el Turco inclinó la cabeza en señal de asentimiento y guardó el papel en un bolsillo de su solapa.
—Y esto —El presidente le tendió otro papel que acababa de terminar de firmar, imprimiendo en él el sello de La Compañía, dando a entender que se trataba de un documento de vital importancia— a los guardias.
Tseng lo tomó y examinó con interés. Se trataba de la lista de prisioneros de AVALANCHA con fecha y hora para su liberación escrita al lado de cada nombre, con una diferencia de dos días entre ellas.
—Debe cumplirse mientras yo esté fuera. Y en ese orden concreto —añadió Shinra mientras rebuscaba en el cajón de la mesa. Sacó un frasco de píldoras—. Empezando por Barret Wallace hoy. Lo quiero fuera de mi edificio lo antes posible.
El Turco observó cómo el presidente sacaba uno de los comprimidos y se lo tomaba con ayuda de una botella de agua. Suspiró con gesto agotado después.
—¿También Cait Sith? —advirtió Tseng, cuya fecha estaba fijada como la penúltima— Mis hombres aún están investigando a Reeve Tuesti. ¿No es arriesgado, hasta que nos cercioremos realmente de su lealtad?
Shinra posó al fin sus ojos sobre él mientras cerraba el frasco de píldoras y lo volvía a guardar.
—Ya lo he tenido en cuenta —musitó con desdén. Acto seguido tomó una carpeta con una pegatina de «confidencial» en la cubierta. La abrió y fue pasando folios hasta que dio con el que buscaba, extendiéndoselo también al Turco—. Ten. Asegúrate que Reeve halle esta información. Pero no se lo entregues tú, sólo encárgate de que la obtenga. Que no sepa que queremos que esté al tanto de esto, ¿entendido?
El Turco leyó velozmente el contenido del documento. Al descubrir la naturaleza de la información que recogía, no pudo por menos que sentirse intrigado ante los planes que cruzaban por la cabeza del presidente. Le miró por encima del papel con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Es falsa?
—No exactamente.
—¿Se trata entonces de una trampa?
—Sólo si es tan estúpido como para caer en ella —puntualizó Shinra. Se reclinó hacia atrás en la silla con aspecto agotado y sacudió la mano—. Ahora vete. Luego te llamaré por lo del viaje.
Tseng hizo una corta reverencia antes de obedecer. Cerró la puerta con suavidad, dejándole a solas en la sombría habitación. Mientras abandonaba el área de oficinas, no dejó de preguntarse por qué querría Shinra seguir adelante con el viaje a Junon, cuando estaba claro que lo único que ocupaba su mente eran AVALANCHA y Cloud Strife. Todos los documentos que le había entregado giraban en torno a ello. Y desde lo que había presenciado la noche anterior en el despacho del presidente con su inoportuna irrupción, el asunto había adquirido unos tintes realmente intrigantes. No estaba en su naturaleza cuestionar los motivos de las órdenes del presidente, simplemente, las acataba. Pero desde esa noche, no podía quitarse de la cabeza lo que había visto y las preguntas se agolpaban sin cesar en su mente, comenzando a dudar de si, tras el secuestro de Aeris Gainsborough y la captura de AVALANCHA, no habría un mero capricho personal y no un asunto de interés para La Compañía. Rufus Shinra era célebre por su férrea gestión de la empresa, cuidando de no derrochar el dinero de la forma en que lo había hecho su padre y dedicando cada guil a un propósito bien estudiado. Esta forma de actuar, en cambio, era de lo más impropia en él.
Sus pensamientos se vieron aparcados cuando, al llegar a los ascensores, las puertas del primer elevador se abrieron, revelando a un ocupante cuya expresión demostró que se sorprendía tanto de verle a él como el Turco.
—Director Tuesti —saludó Tseng, sin hacerse a un lado para dejarle salir del ascensor— ¿Sube o baja?
—En realidad bajaba aquí —respondió Reeve, mal disimulando un deje de nerviosismo. Seguramente la última persona a la que habría deseado encontrarse sería a un Turco. Intentó esquivar al hombre de negro para continuar su camino, pero éste no se lo permitió.
—¿Qué busca en esta planta?
—Vengo a ver al Presidente —contestó éste con cierto tono molesto.
—El Presidente no se encuentra bien. Ha solicitado que no se le moleste.
—Lo sé, pero necesito hablar con él urgentemente… —Reeve dio un paso al frente con intención de salir del ascensor. El Turco interpuso su brazo apoyando bruscamente la mano en el dintel, provocando que las puertas del elevador vibraran. Le clavó una mirada de advertencia.
—Me temo que debo insistir.
—Pero, ¡¿qué…?! —Reeve se vio presa de la mano del Turco, que le empujaba de vuelta al ascensor mientras entraba con él. Tseng le arrinconó al fondo del habitáculo y presionó el botón de bajada. Tuesti le miró con cólera— ¿Se puede saber por qué no se me permite ni pasear por el edificio?
—Tengo órdenes estrictas de impedir que se moleste al Presidente —musitó sobriamente el Turco, entrelazando las manos a la espalda.
—Querrás decir, de impedir que le moleste yo —increpó Reeve. Recibió una mirada fría por parte del otro que no le hizo rendirse—. Tseng, necesito verle, es importante.
—¿Tiene algo que ver con AVALANCHA o Strife? —aventuró éste.
—Claro que tiene que ver, soy su espía —contestó con impaciencia.
El elevador se detuvo en una planta y las puertas se abrieron ante una ejecutiva que trató de entrar. Pero para su sorpresa, el Turco la detuvo con un gesto de la mano y, musitando un «coja el siguiente», presionó el botón de cerrar puertas. Cuando el ascensor retomó su marcha, Tseng activó el sistema de parada, dejándolos a ambos encerrados en el estrecho espacio. Se volvió hacia Reeve con una mirada más severa.
—Para serlo, permíteme decirte que descuidas mucho las formas —señaló el Turco con severidad, dejando las formalidades—. Y cuando el Presidente advierte sospecha y nos envía a nosotros, es que las cosas van muy mal.
Reeve abrió los ojos con sorpresa ante esa revelación.
—¿Los Turcos me están investigando? —inquirió llevándose una mano al pecho. Tseng no respondió, pero su silencio decía mucho. Reeve se acercó más — Mira, Tseng… Hay algo que Rufus me oculta, no sé por qué ni sé qué es, pero hasta ahora, había tratado todo lo referente a AVALANCHA conmigo en primer lugar. Ni siquiera me comentó que Aeris había muerto. Y algo raro ocurre con Cloud. Sólo quiero saber qué hay detrás de todo esto para que lo mantenga en secreto hasta para mí —Se inclinó hacia delante buscando su mirada— ¿Tú sabes dónde está, verdad?
—El Presidente no me ha dado esa información —contestó escuetamente.
—Con eso no respondes a mi pregunta —refutó Reeve—. Nada ocurre en Shinra sin que tú y los tuyos lo sepáis. Por favor, si no puedo hablar con Rufus, sólo dime dónde está Cloud y qué están haciendo con él.
—No te inmiscuyas —respondió simplemente.
Presionó de nuevo el botón de bajada, reactivando el movimiento del ascensor y dando por zanjada así la conversación. Pero apenas un segundo después, Reeve lo detuvo otra vez. Él no había terminado.
—¿Que no me inmiscuya en qué? —insistió Tuesti acercándose aún más a Teng para evitar que rehuyera su mirada— Le da un golpe maestro a AVALANCHA encerrando al grupo entero y luego empieza a liberarlos. ¿Y por qué mantiene apartado a Strife? ¿Qué puede querer de él? No puedo hacer mi trabajo si no me cuenta nada.
Reeve no pudo continuar hablando, pues sintió de pronto las manos del Turco agarrando con fuerza las solapas de su traje. En un abrir y cerrar de ojos, Tseng le aprisionaba contra la pared. Tuesti emitió un leve quejido por el golpe. El ascensor entero tembló.
—¿Y para quién trabajas realmente? —La pregunta del Turco sonó tan amenazante como el brillo de sus negros ojos. Reeve le aguantaba la mirada conteniendo la respiración. Pero logró tranquilizarse lo suficiente para volver a hablar.
—Para el mismo que tú. Dime que nunca has puesto en duda una sola orden del Presidente. Tanto de Shinra padre como de Rufus —provocó—. Tan sólo intento averiguar qué huele tan mal detrás de todo esto. No me digas que a ti no te escama.
Los oscuros ojos de Tseng se clavaron sobre los de Tuesti durante unos eternos segundos, sin dejar de empujarle contra la pared. Si confesara los pensamientos que habían estado cruzando por su cabeza desde la noche anterior, sin duda no le quedaría más remedio que darle la razón. Pero no era su cometido cuestionar nada. Era cumplir con sus órdenes. Aflojó el agarre sobre Reeve, liberándole y recobrando el semblante serio y estoico que le caracterizaba.
—No es de mis hombres de quien debes preocuparte más. Hay otros ojos puestos sobre ti. Y como sigas haciendo ruido, se te echarán encima —le advirtió, sin responder a sus insinuaciones. Volvió a reactivar el ascensor y se giró hacia la puerta, dándole la espalda—. Ten cuidado con las averiguaciones que tratas de hacer. Tal vez haya algo que prefieras no saber.
—¿Qué…? —Aún apoyado en la pared, Reeve frunció el ceño y ladeó la cabeza. Aquella respuesta era muy intrigante— Tseng, ¿qué sabes?
Pero el ascensor había llegado a su destino y abierto la puerta. El Turco hizo caso omiso de las preguntas de Tuesti, dejándole en el ascensor mientras las puertas se cerraban. Reeve jadeó, con la mirada perdida, más intrigado y frustrado que antes. Pero cuando bajó la vista, sus ojos recayeron en algo a sus pies. Un papel. Se agachó a recogerlo, suponiendo sin otra posibilidad que se le habría caído al Turco al forcejear con él. Y cuando leyó lo que contenía, sus ojos se abrieron como platos.
—¿Pero qué…? —escapó de sus labios mientras revisaba el escrito una y otra vez— No me jodas… Cloud…
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Con uno de los tres documentos ya entregado, Tseng se encaminó por el sombrío pasillo hacia su segundo destino. Entró sin llamar a una amplia sala repleta de mesas y estanterías con libros y frascos de contenido dudoso. Entre los varios hombres con bata blanca que pululaban por ella, sus ojos buscaron a uno en concreto, hallándolo sentado frente a un microscopio, absorto en su visión. El Turco se acercó quedando a su espalda.
—Profesor —llamó para hacerse notar.
Hojo se volvió, examinándole tras sus gafas con gesto torcido. Cuando le reconoció, su expresión molesta no cambió demasiado, aguardando con una ceja arqueada inquiriéndole en silencio. Tseng sacó del bolsillo de su solapa un pequeño papel escrito a mano y firmado con la rúbrica de Rufus Shinra.
—De parte del Presidente.
El científico acentuó su ceño fruncido. Giró del todo la silla hacia el Turco y tomó el papel que le tendía. En cuanto leyó, una pérfida sonrisa se dibujó en su cara.
—Bueno… Esto sí que son buenas noticias… —murmuró mientras se levantaba de la silla con el papel entre las manos. Se dirigió a uno de sus ayudantes— Preparad la sala tres para un nuevo espécimen —Cuando el muchacho asintió, Hojo se volvió hacia el Turco con aquella siniestra expresión de satisfacción y las manos entrelazadas a la espalda—. Transmítele mi agradecimiento al Presidente…
El sol trazó su arco competo sobre la ciudad de Midgar. La tarde caía y los rayos de sol poniente se colaban por el pequeño ventanuco de la celda, ocupada solamente ya por tres prisioneros. El cuarto hasta entonces restante había sido liberado esa misma mañana. Cid aspiró el aire viciado de la ciudad que llegaba hasta ahí arriba. El humo de los reactores era lo más similar a su anhelado tabaco. Había pasado unos días terribles resistiendo el mono y, ahora que ya no iba a estar Barret, de repente echaba de menos alguien con quien discutir pata aliviar su frustración. Vincent era mucho mejor compañía, sí… Pero con él no podría descargar sus gritos. Ojalá supiera cómo lo hacía el pistolero para mantener aquella sempiterna calma. Si no, siempre podía darle patadas a Cait Sith.
—En fin… —suspiró el aviador, separándose de la minúscula ventana y volviéndose hacia el interior de la celda. El pequeño gato robot se hallaba desconectado en un rincón. Vincent, reposando en uno de los camastros— Parece que esto se acaba. Primero las chicas, luego Red, ahora Barret… Si no me equivoco, en dos días soltarán a otro —Se dejó caer en el jergón de enfrente. En la estrecha estancia, solo tres metros los separaban—. En seis como máximo, estaremos todos fuera.
Gracias a Cait Sith podían tener la certeza de que, realmente, sus compañeros eran puestos en libertad una vez salían de aquella celda y ello resultaba tranquilizador. Pero todavía había algo inquietante respecto a ese tema.
—Eso es lo que me preocupa —La profunda voz de Vincent surgió de repente, sobresaltando a Cid. El piloto le miró con el ceño fruncido.
—¿Por qué? —Vincent no respondió. Se limitó a transmitirle sus pensamientos a través de sus rojizos ojos y a esperar a que el otro los captara. Cid alzó el mentón y aventuró una respuesta— Hm… El motivo…
Vincent asintió en silencio y desvió la mirada. Cid pudo percibir su turbación. El pistolero llevaba días encerrado en un meditabundo silencio aún más prolongado de lo habitual. Se le notaba sinceramente intranquilo.
—A mí también me preocupa —reconoció el piloto— ¿Por qué crees que lo hace?
—Creo que tiene que ver con Cloud —musitó el hombre de la capa roja.
—Sí, yo también lo he pensado —coincidió Cid. Se acodó sobre las rodillas, inclinándose más hacia Vincent y buscando su mirada— Pero no alcanzo a entender por qué… Es decir, si nos suelta porque Cloud se lo pide o algo… ¿Qué obtiene él a cambio? Porque algo estará consiguiendo a cambio. El Diablo nunca da sin recibir —añadió con desprecio. Vio que Vincent seguía absorto en su propia mente; no le escuchaba. Quizás éste tenía una idea más acertada de lo que ocurría. Se atrevió a indagar en ello— ¿Qué notaste cuando les viste?
El pistolero volvió su atención de forma repentina hacia su compañero. Los grises ojos de Cid esperaban una respuesta. Una que Valentine se negaba a expresar en voz alta desde que presenciara lo que presenció, hace casi una semana.
—Nada… —mintió, desviando los ojos de nuevo.
—Algo tuviste que notar —insistió Cid más impaciente— ¿Dijo Shinra algo concreto, le exigió algo?
—No lo sé…
—Joder Vincent, algo se dirían, ¿de qué hablaron? ¿Qué coño le pidió a cambio de no matarte?
—No lo sé —Esta vez sonó más contundente. Su mirada se clavó sobre Cid con cierta fiereza. Al ver la expresión de sorpresa que éste le devolvía, trató de explicarse—. Fue muy rápido, Cid. Apenas hablaron y desde luego de nada que yo pudiera interpretar. Fue muy confuso… —concluyó con sinceridad, arrebujándose en su capa— Pero recuerdo que Cloud me dijo «saldréis de aquí pronto, te lo prometo».
—¿Cloud dijo eso?
—Sí... Y es lo que más intranquilo me tiene.
—O sea que sí es cosa suya —murmuró Cid mesándose la perilla—. ¿No te mencionó nada del porqué?
Vincent negó con la cabeza.
—No tuvimos tiempo de decirnos más. Yo le inquirí sobre Aeris y esa fue su respuesta. Eso es todo —musitó abatido. Todavía recordaba la expresión en el rostro de Cloud cuando le tomó del brazo y la forma en que dijo aquello. Miró su mano, con la que le había agarrado. Y recordó algo más—. Estaba débil… —Cid le miró con interés. Vincent no hacía más que observarse las manos— Recuerdo que llevaba unos extraños grilletes… Uno en cada muñeca, pero sin estar encadenados. Tenían un insólito brillo verdoso. Como de…
—… Mako —completó su compañero. Vincent le miró a los ojos y asintió. El piloto desvió la mirada lanzando un bufido despectivo—. Hijo de perra… Así es como le domina. Sabe que con toda su fuerza, Cloud le arrancaría la cabeza de una simple bofetada —Volvió a centrar sus ojos inquietos sobre Vincent— ¿Estaba herido?
—No me lo pareció. Sólo muy debilitado.
—¿Crees que le habrá torturado? —aventuró Cid con reserva.
Esta vez, Vincent prefirió guardar su opinión. Ambos permanecieron en silencio unos segundos, sin querer presagiar nada en ese respecto. El piloto resopló y se echó hacia atrás, haciéndose almohada con las manos tras la cabeza y se dispuso a hacer repaso de lo poco que sabían.
—Shinra retiene a Cloud y nos utiliza a nosotros como moneda de cambio para conseguir algo de él... ¿Pero qué? —Puso énfasis a la incógnita— Te juro que por más vueltas que le doy, no logro entenderlo. Ya nos ha cogido, no tenemos nada. No hay nada que Cloud pueda decirle que él no sepa y menos aún que darle… En qué coño estará pensando ese desgraciado de Rufus…
Los ojos carmesí de Valentine miraron de reojo al piloto. Respiró profundamente para sí. Vincent tenía un dato más que no había compartido con nadie, pues su propia mente bloqueaba el hilo de pensamiento que se formaba cuando evocaba… Aquel beso. No había sido algo puntual. No hubo sorpresa en Cloud; pareció esperarlo. Eso le decía que no era el primero. Y resultaba inquietante pensar qué se escondía detrás de ello. La clave estaba en la cuestión ¿qué quería Shinra de Cloud? Pero la posible respuesta que se dibujaba en la mente de Vincent era tan perturbadora que se negaba a pensar en ella. Simplemente, porque no quería contemplarla.
—Bueno, mira —Cid se levantó del camastro y se acercó al moreno mientras se mesaba la espalda—, no importa el motivo. Cuanto antes estemos todos fuera, antes podremos ayudarle. En cuanto nos reunamos, trazaremos un plan, uno bien trazado —puntualizó— y sacaremos a Cloud de aquí de una puta vez. Seguro que los demás ya están planeando algo. ¿No es verdad, gato de mierda?
Inquirió hacia Caith Sith, aún en standby en su rincón. Lo que no esperaba era que, al momento, el pequeño robot sacudiera la cabeza y se levantara, reactivándose.
—Coño… —masculló Cid con ligera sorpresa.
Ambos hombres volvieron su atención hacia el robot mientras éste se acercaba con aspecto exaltado.
—¡Chicos, chicos! ¡He descubierto algo! Lo descubrí esta mañana, pero he necesitado tiempo para contrastarlo… No estaba seguro de su veracidad, pero ahora sí, y es muy importante, tengo que decíroslo, y a los demás…
—¡Pero dilo ya, joder! —gritó Cid, exasperado.
El gato se cubrió la boca con las manos, interrumpiendo su verborrea. Cuando se hubo centrado, se acercó a los dos hombres. Atendió con una de sus orejas a la puerta para cerciorarse que no los escuchaban, y pasó a contarles lo que había descubierto gracias a cierto documento que cayó en sus manos. Cid y Vincent intercambiaron sendas miradas de inquietud cuando terminó su relato.
—¿Estás seguro? —inquirió Cid señalándole con el dedo.
—Completamente. Lo he comprobado en los archivos.
—¿Has dicho dentro de siete días? —habló ahora Vincent. El gato robot asintió. El pistolero miró a su compañero— Ya nos habrán liberado a todos…
—Y Rufus Shinra no estará aquí —añadió Cait Sith—. Va a viajar a Junon y estará fuera una semana o dos. Creo que ha adelantado el viaje; pretende salir esta misma noche.
Los tres intercambiaron miradas de entendimiento.
—Es la oportunidad perfecta —murmuró Cid, irguiéndose con los brazos en jarras—. No habrá otra mejor. Hay que comentárselo a los demás; iremos macerando el plan mientras esperamos —Los otros dos asintieron. Cid puso una mano sobre el hombro de Vincent, transmitiéndole confianza mientras esbozaba una sonrisa arrogante—. Vamos a sacar a Cloud de aquí.
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El sol ya se había puesto. Apenas un resplandor anaranjado quedaba de su trazado, despidiéndose hasta el día siguiente. Un cielo de tonalidades cálidas se observaba desde una sala de estar de la septuagésima planta. Dos ojos azules, fríos e impávidos, centraban su atención en la ventana, dejando que su mente divagara por sentimientos contradictorios, comprendidos entre lo que debía y lo que deseaba hacer. Se dijo a sí mismo por enésima vez que había tomado la decisión correcta. Cerró los ojos liberando un suspiro. Unos golpes en la puerta llamaron su atención; tras la orden de «adelante», una figura ataviada en traje negro se asomó por ella.
—Todo está listo, señor Presidente —anunció una vocecilla aguda y femenina—. El helicóptero espera.
Rufus volvió su mirada hacia la joven Turco que aguardaba en el dintel. Aún no se movió. Con las manos en los bolsillos, contempló el último estertor de la puesta de sol. Junto a él, una maleta esperaba para emprender el viaje.
—¿Señor…? —La joven insistió, notándole ausente.
—Lleva mi equipaje al helicóptero, Elena —murmuró el presidente sin volverse—. Yo iré en diez minutos.
—Muy bien —La Turco se adentró, tomando la pequeña maleta de ruedas y llevándosela consigo.
Sólo una vez la joven hubo desaparecido, Shinra apartó su mirada de la ventana y salió de la sala también. Con paso lento, sin prisa alguna, recorrió el pasillo de su residencia hacia otra habitación. Le quedaba algo que hacer antes de irse.
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Olor a sábanas limpias. Tacto suave bajo la piel. Fue lo primero que notó mientras se abría paso por las brumas del sueño y regresaba a la realidad. Cloud abrió los ojos con placidez, descubriéndose entre blancas sábanas y blancos almohadones. Estaba acostado bocabajo sobre una amplia cama con dosel, enfocando el otro extremo vacío de la misma. Por reflejo, deslizo el brazo sobre éste, notándolo frío. No había yacido nadie en esa cama salvo él, al menos durante las últimas horas. Que, hablando de eso… ¿cuántas horas habrían sido? Giró el cuello con pereza hacia el otro lado, buscando en la mesilla el reloj que recordaba que estaría allí. Las agujas marcaban las siete. Y como la luz de las ventanas no transmitía la impresión de que fueran las siete de la mañana, dedujo que eran de la tarde. Había dormido todo el día. Después de lo poco y lo mal que llevaba descansado las últimas noches, su cuerpo se había rendido al agotamiento y restaurado su energía por medio de un larguísimo sueño. Se sentía renovado, descansado. Pero al mismo tiempo, se sentía inerte.
Se incorporó con un quejido, sintiendo sus huesos crujir. Levantó su cuerpo del colchón estirando los brazos y con la cabeza gacha, dejando que su flequillo cubriera toda su visión. Cuando se hubo estirado un poco, se echó hacia atrás para sentarse. Se sentía muy aletargado, como aturdido. Miró a su alrededor, reconociendo la habitación de Rufus, pero sin hallar rastro de él. Poco a poco, comenzó a recordar cómo había llegado hasta ella.
Debido a su estado mental terriblemente aturdido por el cansancio, el Mako de sus esposas y las abrumadoras sensaciones de esa noche, tenía algunas lagunas de lo que había pasado. Recordaba haber tenido el cuello de Shinra entre las manos, pero todo se volvía borroso a partir de ahí; su mente se nublaba cuando intentaba evocar porqué le había soltado. Por ejemplo, no recordaba el trayecto pero sí haber llegado a la habitación de Rufus sin oponer resistencia. Como tampoco la opuso cuando éste, con la excusa de la ropa mojada de ambos, comenzó a desnudarle. Mientras Shinra acariciaba su cuerpo con ávidas manos y su deseo despertaba de nuevo, Cloud había insistido una vez más por la seguridad de sus compañeros. Y finalmente, conseguido que Rufus le diera su palabra. Pero, dado el avanzado estado de embriaguez de Shinra, el ex-SOLDADO desconfió de que pudiera recordarlo, y logró que Rufus, para calmar al fin sus inquietudes, acabara entregándole un papel donde le hizo escribir el orden en que quería que sus compañeros fueran liberados. Tuvo que hacerlo mientras el presidente se deleitaba con su cuerpo, algo que se apreció en su letra temblorosa. No se resistió entonces tampoco ni cuando le tomó de nuevo en su cama.
Cloud se mesó el cuello, quejicoso. Le dolía todo. Lucía marcas por toda la piel; incluso sentía aún los brazos de Rufus abrazándole durante la noche. Era una extraña sensación, pues no sentía la misma repulsa que las últimas veces. Sería que se estaba inmunizando… Se levantó desnudo de la cama, buscando su ropa; no le agradaba seguir en ese estado en la habitación de Shinra. Sus prendas estaban tiradas por el suelo, por fortuna, ya secas. Pero apenas se puso los pantalones, volvió a dejarse caer en la cama como si se quedara sin fuerzas, mirando el dosel con ojos perdidos. Se sentía muy extraño, algo no iba bien. No se encontraba a sí mismo. Era como hallarse en un cuerpo vacío, sin emoción, sin pensamiento… No sentía odio, asco, repulsión, arrepentimiento, cansancio… Simplemente, no sentía nada.
El crujido de la puerta al abrirse atrajo sus ojos un segundo. Una voz muy conocida le llamó por su nombre.
—¿Cloud? —Rufus se paró en el umbral, observándole. El ex-SOLDADO yacía en la cama de lado a lado, desnudo de cintura para arriba. Shinra le observó en silencio antes de entrar al cuarto, dejando abierta la puerta.
Se adentró hasta la cama, sentándose junto a Cloud. Éste tenía un brazo alzando y flexionado por detrás de la cabeza, la otra mano sobre el vientre y la cabeza ladeada hacia el cabecero, con los ojos abiertos y la mirada perdida. Respiraba pausadamente, sin alterarse por su cercanía; se podría decir, ignorándole. Rufus alargó la mano derecha vendada y acarició su pectoral desnudo, notando su piel caliente y su corazón relajado. Cloud no reaccionó ante el contacto; estaba ausente. Pero Shinra no tardó en captar su atención.
—Salgo ahora mismo para Junon —anunció—. El helicóptero está esperando arriba.
Cloud volvió la cabeza y centró de inmediato sus intensos ojos celestes en él, observándole sorprendido y con cierto deje de inquietud. En teoría, tal viaje no estaba previsto hasta dentro de dos días, le extrañaba que lo hubiera adelantado. Shinra acarició su rostro con aire tranquilizador, sin dejar de mirarle con expresión seria pero obnubilada. Tendido entre las blancas sábanas de su cama, con los cabellos dorados revueltos, su piel nívea bajo aquella tenue luz y sus arrebatadores ojos mirándole, se veía encantador y fascinante. Rufus suspiró posando la mano al otro lado del cuerpo del joven.
—Tranquilo —musitó con voz cansada—. Nuestro trato seguirá en pie. Ya he dejado instrucciones.
Notó un suspiro de alivio en el sutil movimiento del pecho de Cloud. Shinra se recostó sobre el cuerpo del joven de un flanco al otro, apoyándose en el codo para evitar cargar todo su peso sobre Cloud. En ese momento, el ex-SOLDADO pareció tensarse un poco por la cercanía y, en especial, por la confianza de Rufus. Su forma de echarse sobre él transmitía un nivel de intimidad que en nada reflejaba la relación que existía entre ellos dos. Aún a pesar de la cruda realidad, parecía que a Rufus le gustaba fingir que las cosas eran como él las imaginaba.
—Ojalá pudiera quedarme en esta cama contigo otra noche —musitó sin sonreír. Apoyó la cabeza en la mano para observarle con calma—. No soporto la idea de dejarte ahora mismo…
—¿Cuánto tiempo estarás fuera?
Rufus no pudo evitar sorprenderse con la pregunta. Pero en los ojos de Cloud no había emoción alguna. Una amarga sonrisa se dibujó en el rostro del presidente. Por un momento, le habría gustado imaginar que el joven le iba a echar de menos… En lugar de contar los días que podría estar sin verle.
—Una o dos semanas. Depende de cómo vayan las cosas. La cuestión es que te librarás de mí durante un tiempo —musitó. De pronto su sonrisa se congeló y una sombra cruzó sus ojos; su mente pareció evocar algo turbador. Cloud lo notó y le miró intrigado. Pero, tras tomar aire, aquella expresión en el rostro de Shinra había desaparecido—. Aunque yo sí te voy a echar de menos…
Rufus se inclinó a besarle con suavidad, distrayéndole de aquel lapsus. Despacio, se fue cerniendo sobre él. Cloud posó las manos en los brazos de Shinra, permitiendo el beso y respondiendo de forma ya automática cuando el presidente lo profundizó. Apenas duró unos segundos; Shinra se separó con un jadeo y dejó caer el rostro sobre el cuello de Cloud. Con su respiración le estremeció toda la piel.
—O tal vez sí lo hagas… —La voz de Rufus sonó distinta, abstraída.
Cloud sintió un escalofrío. No supo por qué, su ritmo cardíaco se aceleró de repente y buscó por el rabillo del ojo a Shinra. Éste estaba prácticamente echado encima suyo, rehuyendo el momento de marcharse. Pero había algo más. Algo en su tono de voz, su manera de hablar y de abrazarle. Podía notar que su mente estaba lejos. Y que le ocultaba algo.
—¿Por qué lo crees? —indagó Cloud en un susurro.
Muy despacio, Rufus se separó de su cuello y sus ojos se clavaron en los contrarios. Los orbes pálidos del presidente se mostraban inexpresivos, pero los del ex-SOLDADO supieron ver entre aquellos fríos témpanos. Leyó que había una respuesta.
—Lo siento, Cloud… —musitó en un susurro casi inaudible mientras ladeaba la cabeza lánguidamente— Créeme que lo siento mucho…
Se separó, incorporándose despacio y alejándose de él. Aquella extraña respuesta logró hacer que Cloud también se irguiera sobre los codos, persiguiendo su mirada con inquietud. Rufus no cortó el contacto visual mientras se apartaba de la cama, devolviéndole una enigmática expresión. Cloud frunció el ceño y abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiera preguntarle nada, la respuesta llegó por sí misma. Sólo que no vino del presidente.
Cloud volvió la cabeza bruscamente hacia la puerta abierta. En el umbral acababan de aparecer varios guardias armados. El ex-SOLDADO miró con sorpresa alternativamente a éstos y a Rufus, quien en ese instante intercambiaba su mirada con el capitán de la patrulla. Le hizo un gesto con la cabeza. Y éste dirigió a sus hombres hacia Cloud.
Ante su cara de asombro, los soldados le agarraron, levantándole de la cama y poniéndole en pie. Sin comprender qué estaba ocurriendo, Cloud se resistió mientras éstos le aferraban de los brazos y le tiraban del cabello. Entretanto Shinra observaba la escena sin intervenir.
—¡Rufus…! ¿Qué estás haciendo, qué es esto? —inquirió Cloud empezando a ponerse seriamente nervioso.
Pero el presidente no se dignó a contestarle. Mientras forcejeaba con los soldados, pudo captar cómo éste hurgaba en el bolsillo de su pantalón, sacando el puño cerrado en torno a un pequeño objeto. Cuando sus dedos se abrieron y Cloud pudo ver que se trataba del regulador de las esposas, un severo estremecimiento le recorrió, haciéndole tensar todo su cuerpo con pavor. Pero para su mayor sorpresa, en lugar de accionarlo, Rufus se lo entregó en mano al capitán, murmurándole algo que arrojó luz al fin a lo que estaba sucediendo allí.
—Dáselo a Hojo.
Cloud se sintió de repente quedar sin aire. Dejó de luchar, invadido por una impresión demasiado grande para ser capaz de reaccionar a ella. Según veía como el capitán asentía y guardaba el mando en su bolsillo, algo dentro de Cloud comenzó a hervir. Y en cuanto notó que los ojos de Rufus incidían durante un segundo sobre él, usó toda su fuerza para arrojarse hacia éste, aún con dos soldados sujetándole firmemente que impidieron que avanzara más de la cuenta.
—¡¿Qué haces!? —le increpó, lleno de pánico y de indignación— ¡Me diste tu palabra!
La expresión en el rostro de Shinra no fue ni mucho menos la que habría esperado ver. No había orgullo ni jactancia en su mirada. Todo lo contrario. Parecía inclusive… afligido cuando se acercó a él. Cloud jadeaba entre dientes, mirándole intensamente a los ojos esperando una respuesta al porqué de semejante incongruencia. Rufus suspiró apesadumbrado y alargó una mano para acariciarle el rostro con suma gentileza.
—Créeme que esto me duele más a mí que a ti… —susurró con voz queda, mirándole a los ojos con lo que parecía sincera consternación. Pero para Cloud apestó a hipocresía.
En los ojos del ex-SOLDADO se pudo leer estupor, confusión, angustia… y un rencor colosal. No podía creer que después de todo lo ocurrido esa noche, ahora se atreviera a hacerle aquello… Le había traicionado. El muy cerdo, pese a todo, le había vendido a Hojo.
Estaba tan atónito que no pudo abrir la boca. En su cabeza los insultos se agolpaban, su voz gritaba y maldecía una y otra vez el nombre de Rufus Shinra y el suyo propio por haberse dejado engañar una vez más. El presidente deslizó los dedos por su mentón con delicadeza y terminó dejándole libre, apartando la mirada con aflicción. Aunque Cloud no supo discernir hasta qué punto era fingida. Sólo mientras los soldados lo arrastraban fuera de la habitación, el peso de la angustia cobró en él la suficiente fuerza para, sin dejar de mirar a Shinra, gritarle entre forcejeos desesperados. Mientras, éste no hizo más que mantener la vista apartada, tratando de hacer oídos sordos en un pueril gesto de remordimiento.
Durante todo el trayecto, Cloud no dejó de resistirse. El pánico que durante mucho tiempo había logrado contener afloraba ahora como un géiser, respondiendo a su desesperada llamada de socorro. Hizo todo lo que pudo por tratar de escapar para martirio de sus captores, quienes, a pesar de bregar con un ex-SOLDADO con las fuerzas mermadas, se vieron en dificultades para reducirlo. Al final, cuatro agentes le llevaban literalmente a rastras por los pasillos y ascensores de Shinra, hasta llegar a su destino. Completamente inmovilizado y con los brazos, las costillas y el cuero cabelludo terriblemente doloridos, Cloud fue conducido directamente hasta la sala de experimentación del Departamento Científico. Nada más entrar, le obligaron a ponerse de rodillas, mientras un soldado le clavaba una rodilla entre las escápulas y otro le levantaba la cabeza tirándole del pelo. Emitió un leve quejido apretando con fuerza los dientes. Y aguardó lo que ya era inevitable.
—Cuanto tiempo sin vernos, mi preciado espécimen…
Cloud abrió los ojos como platos al oír aquella aguda y desagradable voz. Desde su rígida postura, buscó con los ojos a su dueño. Y a los pocos segundos, unos lentos pasos cercanos colocaron en su campo de visión una figura encorvada que conocía muy bien. Le gruñó enseñándole los dientes mientras recibía de éste una sórdida sonrisa.
—Profesor Hojo —El capitán de la patrulla se adelantó—. El Presidente nos ha ordenado que le entreguemos en custodia al preso…
—Sí, sí, ya lo estoy viendo, gracias —interrumpió Hojo sin mucho interés. No despegaba su mirada de Cloud.
—También me pidió que le entregara esto.
El capitán le extendió el objeto que portaba. Por fin, los ojos del científico le prestaron atención y tomó el pequeño instrumento. En cuanto lo hubo examinado entre sus largos y delgados dedos, una sonrisa artera se dibujó en sus labios. Miró a Cloud alzando el objeto y notó por su reacción que lo reconocía. El ex-SOLDADO se sacudió y empezó a respirar más deprisa.
—Supongo que pensó que lo necesitaría para hacerme contigo, ¿hm? Qué considerado por su parte… —A través del brillo de sus gafas, Cloud pudo notar los oscuros y crueles ojos del científico clavados con sadismo sobre él— Veamos qué tal funciona… Atrás, caballeros.
Según terminó de hablar, posó el pulgar sobre el regulador y lo elevó un par de centímetros. Cloud no tuvo ni tiempo de verlo venir antes de que una intensa descarga le sacudiera. Los agentes que le sujetaban le soltaron de inmediato cuando vieron cómo el cuerpo del ex-SOLDADO se agitaba violentamente y sus músculos se tensaban en hiperextensión, arqueando la espalda. Los ojos se le abrieron tanto que parecían a punto de salirse de sus órbitas, mientras un fulgor azul intenso los invadía. Cloud sintió aquel fuego líquido recorrer sus venas desde el corazón hasta la cabeza, notando ésta a punto de estallarle. Y cuando creyó que ya no aguantaría más sin desmayarse, la descarga cesó. Cayó como un fardo inerte al suelo, donde, cuando logró al fin hacer uso de sus pulmones, comenzó a respirar con notable dificultad. Una risa desdeñosa se hizo oír por encima de sus jadeos.
—Maravilloso… —La insidiosa voz de Hojo denotaba orgullo mientras observaba al joven ex-SOLDADO retorcerse en el suelo— Pueden irse, caballeros. Creo que me basto para controlarle.
El suelo retumbó en los oídos de Cloud cuando varios pares de pies emprendieron la marcha para salir de la sala. En cuanto escuchó la puerta cerrarse, hizo acopio de fuerzas para incorporarse, pero su cuerpo aún no le respondía con normalidad. La cabeza le daba vueltas y el dolor no había terminado de disiparse. Logró encontrar con sus ojos la figura de Hojo y vio cómo éste guardaba el mando en el bolsillo de su bata.
—Veo que las pulseras que fabriqué para ti funcionan a la perfección… Tal como imaginaba. Aún no había tenido oportunidad de probarlas. Debo decir que me asombra hasta a mí su efectividad —El científico avanzó un paso hacia él. Cloud trató de dominar sus brazos y piernas para alejarse, pero no lo logró—. Pero tranquilo… En realidad no creo que vaya a necesitarlo. No… Yo tengo otros medios para doblegarte mucho más eficaces y lucrativos…
Tendido irremediablemente sobre el frío suelo, Cloud percibió a través de su vista nublada cómo Hojo sacaba la mano del bolsillo portando otra cosa… Al mostrársela al joven, la luz de un reflectante del techo incidió sobre el pequeño objeto que sostenía entre índice y pulgar manifestando un revelador brillo rosado. Cloud abrió los ojos con pavor.
—Durante una semana eres completamente mío, muchacho —Mientras hablaba, la otra mano del científico se mostró portando una jeringa, y la fue acercando despacio hacia la pequeña ampolla con el suero—. Y tengo luz verde para hacer contigo lo que quiera…
Pinchó la cápsula y cargó la jeringuilla, enarbolándola luego con jactancia sin abandonar aquella asquerosa sonrisa. La respiración de Cloud era histérica.
—Nos lo vamos a pasar bien, ¿verdad?
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Fin del decimosexto capítulo.
Mucho secundón chupando plano en este capítulo, ¿eh? Espero no haberos aburrido. Pero los necesitaba para asentar las bases de lo que va a venir ahora... No vayáis a perderos. ¿Qué contendrá ese extraño documento "accidentalmente" hayado por Reeve y que parece ser la clave para liberar a Cloud? ¿Qué macabras perversiones estarán cruzando la mente del simpaticuelo Profesor Hojo con respecto a nuestro pobre y sufrido ex-SOLDADO? Sólo lo averiguaréis si seguís pendientes~
Y hablando de eso, me temo que tengo malas noticias... Este era mi último capítulo colchón. Y a pesar de que he tratado de evitar que ocurriera, me veo obligada a avisaros de antemano que... El próximo jueves no habrá capítulo T_T Un oportuno examen ese día me impedirá escribir y tener el capítulo a punto. Lo siento mucho. Sólo espero que comprendáis que realmente vuelco todo mi interés en cada actualización, procurando que sean siempre lo mejor posible, no escribiendo si no me siento inspirada para no tener que arrepentirme luego y repasando cada capítulo siempre antes de subirlo en busca de errores o mejoras. Si me emperrara en entregaros un capítulo a toda costa la próxima semana, estaría haciendo lo que no quiero: escribir rápido y mal. Puede que esto sólo sea un fanfic y lo haga por puro entretenimiento, pero para mí merece la pena dar lo mejor de mí.
Un millón de gracias a todos los que me seguís y otro millón por vuestra comprensión, especialmente si os dignáis a leer todo este tochaco. Y ahora, ya sabéis: acepto críticas, amenazas, injurias, adulaciones, declaraciones de amor, declaraciones de odio, recetas de cocina, consejos y opiniones en general de toda índole. Si bien me encanta ver cómo sube el contador de visitas, me gusta aún más conocer vuestra opinión sobre la historia de primera mano con un review ;)
Un besazo enorme y que paséis buen puente y buen finde siguiente. ¡Hasta dentro de dos semanas! ^0^/
