Una tumba solitaria yace en medio de un secarral, con una discreta lápida que reza "AurelGweillys" y sobre la cual alguien ha dejado una corona de flores con la inscripción "Gran persona, mala estudiante, peor escritora". De repente, la tierra se agita y una mano sale de ella con gesto victorioso...

¡Estoy VIIIIIIVAAAAA! Pero como deduzco que va a durar poco... (se echa al suelo y reverencia de rodillas una y otra vez hasta que le sangra la frente): dos millones de disculpas a todos... Tenéis derecho a odiarme, yo misma lo hago también. Seis meses de ausencia, Wow... Es para prederme fuego. Pero aunque sé que estáis deseando arrojar las antorchas, leed primero el capítulo, y ya abajo si queréis os dejo la justificación de mi larguísima ausencia, para no aburriros antes. Que disfrutéis de la lectura~


Abrió los ojos de golpe en medio de una oscuridad inusual. Su corazón latiéndole desbocado le despertó. Deslizó un brazo a un lado haciendo un barrido, tratando de averiguar sobre qué estaba tumbado, y acarició la suave superficie de unas sábanas. Suspiró aliviado, cerrando los párpados y hundiéndose en su confortable extensión. Su corazón se relajó. Por un instante, temió que despertaría en alguno de sus últimos «dormitorios». Después de pasar tantas noches maniatado en las más incómodas posturas o en la frialdad de una celda de duro suelo, aquejado de dolores, en la que dormir y descansar no eran lo mismo -y lo primero prácticamente imposible-, durante la espera entre una tortura y otra, aquella cama se sentía como el Cielo. Siguió disfrutando de su tacto y su comodidad varios minutos sin querer salir de ahí, dejándose atrapar. Podría pasar el día entero en ella…

Pero volvió a abrir los ojos, intrigado. Levantó la cabeza y miró en derredor. Todavía no estaba seguro de poder sentirse a salvo. ¿Por qué estaba tan oscuro? Alargó una mano hacia el borde de la cama y rozó una cortina con los dedos. El dosel. Negro. La cama de Rufus, claro… Lo descorrió un poco, dejando que de inmediato entrara una deslumbrante claridad que le obligó a guiñar los ojos. ¿Por qué le habría echado el dosel? Y hablando del diablo… ¿Dónde estaba Shinra?

Con movimientos lentos y pesados, se sacudió la sábana de encima y bajó las piernas de la cama. Estaba desnudo. Se observó un momento el cuerpo, repasándose la piel con los dedos. Tuvo la impresión de que le faltaban lesiones. No le dolía nada, no había heridas a la vista, ni tan siquiera los más recientes cardenales, y sentía su piel de una suavidad insólita. Un fugaz recuerdo del instante antes de caer dormido volvió a su mente y casi pudo percibir los besos de Shinra recorriendo su cuerpo. Sintió un escalofrío que le obligó a soltar un suspiro.

No había rastro de Rufus en la habitación, y con ello quería decir que ni tan siquiera había señal en la cama de que hubiera dormido con él. En una silla frente al armario había varias piezas de ropa perfectamente colocadas; todas de Cloud. Limpias, sin rastro de sangre ni descosidos. Se vistió y fue hacia la puerta, y cuál fue su sorpresa al tomar el tirador y ver que cedía sin impedimentos. ¿Había olvidado el presidente encerrarle, acaso? Se asomó al exterior con cautela y su asombro fue a más al no ver soldado, guardia o escolta alguno flanqueando la puerta. Nadie que le impidiera salir. Una extraña mezcla de ánimo y desconfianza le invadió.

Dejó atrás la habitación y se internó cauto por los pasillos en busca de algún alma. Se sentía como un ladrón, un intruso indeseado, deambulando nada menos que por los pasillos de la lujosa y privadísima residencia del presidente de La Compañía Shinra. Continuaba teniendo una persistente sensación de peligro… hasta que alcanzó una amplia y bien iluminada sala. Por la larga mesa que la ocupaba, dedujo que se trataba del comedor. Sus pies le internaron en él como si supieran dónde ir. Mientras cruzaba la sala, observó con el ceño fruncido un plato y sus respectivos cubiertos servidos a la mesa, tapado el primero por un cubreplatos. Reusó la tentación de levantarlo y siguió adelante, hacia una gran cristalera que parecía dar paso a una terraza, donde una silueta se asomaba de espaldas a la habitación.

—Buenos días —La voz de Rufus le saludó apenas puso un pie en el balcón. Ni siquiera se giró.

Cloud no devolvió el saludo; se acercó despacio. El cielo estaba cubierto por la habitual cúpula de nubes grises que apenas dejaba pasar el sol. Rufus las observaba apoyado en la baranda de cristal mientras daba caladas a un cigarrillo casi consumido.

—¿Cómo te encuentras? —inquirió cordial, al tiempo que espachurraba el pitillo contra el engarce metálico de la balaustrada y lo arrojaba luego al vacío. Se volvió hacia él con aire relajado y le evaluó de arriba abajo con una sutil sonrisa— Tienes mejor cara.

No lo diría por su expresión, seguramente, pues en ese momento el rostro de Cloud no manifestaba precisamente gentileza. Pero no pareció alterar a Rufus, que siguió hablando como si nada.

—¿Has dormido bien? —Despacio, se acercó a él, expresando en todo momento un gesto amable en su cara— Parecías tan cansado que no quise despertarte, perdona si te alarmaste al encontrarte solo —Cloud se limitaba a seguirle con los ojos, sin pronunciar aún palabra. Shinra llegó hasta él, le sonrió, alargó una mano y acarició levemente su cabello, mirándole con afecto mientras ladeaba la cabeza—. Pero veo que el descanso y la magia Cura te han hecho bien.

Los orbes zafiros de Cloud temblaban en sus órbitas, moviéndose inquietos escrutando sin cesar el rostro de Rufus. Un manojo indescifrable de emociones se apelotonaba en su pecho, costándole saber qué debía sentir ahora hacia el presidente Shinra. Pero le ayudó a averiguarlo que éste se inclinara gentilmente hacia su rostro, con intención de depositar un beso suave en sus labios, quedándose con la sorpresa pintada en la cara al vérselo negado por Cloud. El ex-SOLDADO había echado atrás el cuello y le miraba ahora con unos ojos entrecerrados que expresaban inquina.

—Me entregaste a Hojo.

No era una pregunta, aunque sí parecía llevar una implícita. Ante aquella fría mirada acusatoria, el presidente bajó la suya lanzando un sutil suspiro. Marcó distancia, alejándose hasta regresar a la barandilla, dándole la espalda unos instantes antes de volverse, apoyando las manos sobre ésta. Parecía estar meditando la respuesta, repasando el suelo con los ojos como si la fuera a hallar allí, mientras sentía los de Cloud siguiéndole tenaces. Tomó aire antes de levantar la mirada, elevando hacia él el mentón.

—Sí —admitió sin excusas. Sin salirse por la tangente. Sin defenderse. No lo iba a negar. Cloud le miró con más rencor.

—Después de prometérmelo —arremetió—. Dejaste que me lo creyera.

—Y no me resultó nada fácil —musitó, hablando lentamente y con aspecto pesaroso—. Nunca quise hacerlo. Aunque te pueda resultar increíble, Cloud, te juro que no tuve opción.

—¿Qué? ¿Tú? —increpó el ex-SOLDADO sin dar crédito— Eres el puto presidente.

—Sí, y hasta el puto presidente tiene que ceder ante Hojo —expuso alzando un poco la voz, molesto. Clavó sobre Cloud una mirada fría que se apresuró a relajar antes de seguir hablando—. No hace falta que te diga el poder que ostenta en esta empresa. Un poder que mi padre le concedió imprudentemente y que ahora ni siquiera yo puedo revocar —Agitó una mano con hastío, desviando la mirada y volviendo a darle la espalda. Paseó distraído los dedos por la baranda—. Desgraciadamente, me guste o no, tengo que darle cuanto me pida...

—Incluso si es a mí —asestó Cloud.

Rufus no supo cómo rebatir aquello. Le observó por encima del hombro y se quedó petrificado por la expresión que mostraban los intensos ojos del ex-SOLDADO, pues estos no sólo emanaban rencor, sino también un dolor inmenso. Se sentía traicionado.

—Cloud… —suspiró con ruego, bajando la cabeza y soltándose de la balaustrada.

Caminó sin rumbo por el balcón balanceando los brazos antes de meter las manos en los bolsillos, guardando silencio unos segundos mientras buscaba las palabras acertadas para aplacar la cólera que seguro atenaza a Cloud.

—Intuía que tendrías esta reacción cuanto te recuperaras —musitó resignadamente. Redirigió al fin sus pasos hacia él, mirándole de nuevo—. Entiendo que estés enfadado conmigo —Un bufido despectivo salió del contrario, pero Rufus no dejó que le impidiera seguir— y no puedo pedirte que me perdones inmediatamente. No te voy a obligar —Su voz bajó el tono a uno más suave. Sus dedos se aproximaron lentamente al rostro del joven ex-SOLDADO con intención de tomarlo entre sus manos—. Pero Cloud, si supieras cuánto me duele lo que te he hecho…

Se interrumpió ante la brusca reacción del otro. El joven apartó sus dedos de un manotazo y dio un paso atrás, alejándose a su alcance como si le quemara. Sus ojos destilaban rabia.

—No me vengas con esas —gruñó Cloud entre dientes— ¿Vas a decirme que no sabías lo que iba a pasar?... ¿O es que no conoces a Hojo tanto como yo?

—Sí, lo sabía, y no he dejado de pensar en ello. Todos los días —murmuró Rufus con insistencia, sin rendirse—. Cada día me sentía más miserable sabiendo lo que estarías pasando, consciente de que yo te había metido en ello…

—¿Y a mí qué coño me importa lo que tú sintieras o dejaras de sentir?... ¿Tienes idea de lo que he pasado mientras tú «te sentías miserable»? —espetó sin apenas separar los dientes, temblando de cólera.

—Tranquilízate —pidió Shinra, apaciguador. Le miró seriamente a los ojos—. Te puedo asegurar que han pagado por ello. Tanto esos SOLDADOs como Hojo por haberte dejado con ellos; yo nunca habría permitido que te pusieran la mano encima y lo sabes. Nadie volverá a tocarte. Me he asegurado que recibieran el mayor castigo…

—¿Y qué hay de ti? —aguijoneó Cloud.

Rufus se quedó sin habla. Parecía sinceramente consternado por su iracunda mirada. Sacudió la cabeza y agitó las manos para disipar el tema.

—Vale, vale… está bien. Vamos a hacer una cosa —Su voz volvía a sonar suave. Le miró con algo que podría calificarse de dulzura mientras sonreía con levedad—. Voy a compensarte por esto, ¿de acuerdo? Sé que ahora no estás muy receptivo conmigo, por eso… Déjame que lo arregle.

Cloud no se fiaba ni un pelo. Que Rufus hubiera sido tan amable con él la noche anterior, incluso rescatándole de aquel SOLDADO, no cambiaba que siguiera siendo el mismo de siempre. Le conocía demasiado bien para saber, ahora más que nunca, que no podía confiar ni un poco en su palabra, pues cada una que salía de su boca estaba envenenada.

Sin dejar de sonreír, Rufus se atrevió de nuevo a llevar una mano al rostro del ex-SOLDADO.

—Tengo una sorpresa para ti. Esta noche —susurró enigmático mientras deslizaba el dorso de sus dedos por la mejilla de Cloud. Éste frunció el ceño, receloso—. Ahora tengo trabajo que atender… pero vendré a buscarte a las ocho —Se remangó ligeramente la muñeca derecha para mirar su reloj de pulsera—. Son las dos de la tarde. Te sugiero que comas algo; tienes un plato preparado ahí dentro —Hablaba relajadamente, con renovado buen humor, sin dejar de sonreír—. Lo mandé calentar hace poco, pero si vuelve a estar frío sólo dilo y te lo calentarán de nuevo. Espero que te guste.

Al terminar de hablar, posó un beso fugaz sobre los labios de Cloud, tan rápido que esta vez no pudo esquivarle. Rufus se sonrió con picardía antes de dirigirse a la puerta del balcón, pero Cloud le detuvo, mostrando un gesto confuso.

—¿C-cómo? ¿Aquí? ¿No vas a llevarme a…?

Shinra se detuvo agarrando el dintel y girando medio cuerpo hacia Cloud. Observó divertido su expresión desorientada.

—No. No vas a volver a esa habitación; olvídala. Espero que no la eches de menos —añadió con sorna—. Eres libre de andar por esta planta. Nadie te lo impedirá. Tienes seis horas, haz lo que quieras… Hay una biblioteca… O ve la tele… Aunque, en tu caso, te sugiero que eches un vistazo a la tercera puerta al final de este pasillo. Creo que ahí encontrarás algo que te gustará más.

Y se fue. Cloud se quedó parado solo en medio de la terraza, de perfil a la puerta, más desconcertado aún que antes. Cuando logró hacer reaccionar de nuevo las piernas, regresó al salón y se acercó al cubierto que seguía aguardando sobre la mesa. Posó casi con temor los dedos en el cubreplatos y lo levantó. Un plato de pescado y verdura de aspecto enormemente apetecible esperaba debajo. Y parecía caliente. Sin salir de su estupor, Cloud dio un último vistazo a la puerta por la que Rufus acababa de irse antes de devolver sus ojos a la comida. Ya sí que no sabía que esperar del Shinra…

Devoró el plato con ansias, convencido de no haber probado algo tan rico jamás, aunque tal vez el hambre y la comparación con el último mes influyeran en parte. Cuando terminó, se atrevió a seguir la propuesta de Rufus y explorar la que parecía ser ahora su nueva «celda». El apartamento privado del Presidente de La Compañía de Energía Eléctrica Shinra era un título más que impresionante para cualquiera que supiera de quién se trataba… Y no había nadie, desde Midgar a Wutai, que no lo supiera. Seguramente no habría casa en todo el mundo más lujosa y exclusiva que aquella pues, para empezar, nadie en Gaia tenía más dinero. Desde luego no sólo cumplió las expectativas de Cloud, sino que las superó hasta lo inimaginable. Muebles de un aspecto carísimo, obras de arte, lujo y modernismo inundaban la casa, todo con un toque sobrio y elegante, sin barroquismos, y abundando en colores oscuros. Y todo aquello… para una sola persona. Cloud no sabía si sentirse más sobrecogido o asqueado. Después de vivir tanto tiempo las penurias de los suburbios de Midgar, aquello era como una bofetada de opulencia. Le sorprendía, comparando El Séptimo Cielo con aquel lugar, que no hubieran muerto ya todos de tétanos.

Pero lejos de pararse a admirar la biblioteca, el comedor, el salón principal o las dos o tres salas de estar y dormitorios, se dejó llevar por el consejo de Shinra y acudió a aquella misteriosa puerta al final del pasillo. No le costó saber a cuál se refería Rufus, pues lo supo nada más verla. Sus dedos se posaron sobre el picaporte de una gran puerta con cristalera y empujó hacia dentro… Conteniendo al instante la respiración. Lo último que habría esperado encontrar en un piso setenta sería un jardín… pero ahí estaba. Un inmenso patio cerrado, en el cual una enorme cristalera dotaba de luz natural a toda la estancia y la difundía al apartamento por las ventanas que daban desde ahí al interior. El suelo de mármol no era impedimento para que dejara crecer césped en algún espacio e incluso árboles de tamaño mediano perfectamente cuidados. Sillones, macetas, enredaderas, pasarelas de madera, gravilla y hasta un estanque rectangular con una cascada de pared eran algunos de los elementos que completaban aquel pequeño reducto natural, todo exhibiendo el mismo estilo modernista y elegante que en el interior de la casa. Cloud se sintió casi desmayar y entendió por qué Rufus le había sugerido ir ahí. Después de más de una semana encerrado entre cuatro angostas paredes, sin ver la luz del sol ni oler el aire, debió imaginar que aquello le sentaría bien.

¿Era aquella su forma de comprar su perdón?


.

Nada más abandonar a Cloud en el comedor, el presidente se encaminaba por el pasillo sin prisa. Tomó aire relajadamente y lo liberó con suma calma, cerrando los ojos un instante. Cuando los volvió a abrir, un azul gélido brillaba en ellos, tan malicioso como la sonrisa torcida que se pintó en sus labios. Una expresión de la que sólo él fue testigo.

Se dirigió hacia la puerta que marcaba el final de la que era en esa planta su residencia, y daba paso de nuevo a los dominios de La Compañía. Dos guardias le saludaron respetuosamente al verle salir. El siguiente ser vivo con el que se cruzó de camino a su despacho fue con Dark Nation, su fiel y monstruoso perro guardián, que levantó las orejas y se detuvo con una firme postura al verle, como otro soldado cuadrándose en su presencia. Rufus sonrió y le saludó con una caricia en la cabeza; el animal correspondió frotándose contra su mano.

—¿Tú también me has echado de menos? —musitó mientras rascaba su corto pelo negro.

El can le siguió pegado a su pierna cuando retomó la marcha e ingresó con él a su despacho. Rufus se sentó tras su amplio escritorio, con Dark Nation a su vera y giró su silla hacia el ventanal, observando cómodamente todo Midgar extenderse a los pies de su trono. Alargó la mano para seguir rascando la cabeza del perro. A los pocos minutos, el interfono de su mesa reclamó su atención.

La directora Scarlet ha llegado, señor Presidente.

—Hacedla pasar.

En seguida la puerta se abrió, recibiendo en su despacho a la altiva mujer de vestido rojo. Rufus se giró en su silla y la saludó con gesto afable.

—Ah, Scarlet… Justo a quien quería ver. Dime… —Se acodó en la mesa y entrelazó sus dedos, mirando a la mujer con una expresión de pura maldad— ¿Qué se ha hecho de mi desleal espía?


.

Un trueno sacudió el cielo gris. Dos ojos rojos como la sangre asomaron bajo una capucha y enfocaron hacia arriba. La última semana de glorioso cielo azul que había obsequiado a la ciudad tocaba a su fin. El aire se sentía enrarecido, perturbado por una presencia recién llegada que parecía contaminar el clima como un veneno ponzoñoso.

—El hijo pródigo ha regresado… —mustió para sí el encapuchado con un ronco murmullo sarcástico.

Continuó su marcha por la lóbrega calle. Los charcos del suelo evidenciaban el reciente chaparrón de aquella noche. La misteriosa figura se cobijaba entre las sombras, pasando desapercibida como un mendigo entre la gente que deambulaba en torno al edificio más imponente de la ciudad. Nadie parecía recaer en su presencia en el distinguido Sector 8, donde la más alta sociedad de Midgar se codeaba. Aquella soberbia indiferencia era lo que amparaba y permitía al encapuchado llevar a cabo su investigación sin ser detectado. Bastaba con bajar la cabeza y apoyarse con aire lánguido contra una pared cuando veía aparecer alguna patrulla.

Vincent se levantó ligeramente la capucha de aquella raída capa gris por la que había optado ese día, más discreta que su túnica escarlata. Se escurrió por una callejuela y continuó su camino con intención de regresar a los trenes de vuelta a los suburbios, desanimado por su infructuoso paseo. Pero, oportunamente, una tos cercana le detuvo antes de que saliera del callejón y le obligó a volver sobre sus pasos. Habría jurado que alguien le llamaba. Con cautela, se acercó al origen del sonido y escudriñó el interior de un recodo sombrío, donde lo único que apreciaba eran unos cuantos cubos de basura… hasta que algo se movió. El pistolero sacó veloz su arma y encañonó a la silueta que emergía de entre los contenedores.

—Vincent —Una voz rasposa y débil le llamó por su nombre. El ex-Turco abrió los ojos con sorpresa mientras el desconocido se acercaba, apoyándose penosamente contra las paredes. Finalmente, la luz indició en su rostro—… Soy yo.

—¡Reeve!

El pistolero se apresuró a ayudarle en vistas de lo que le costaba mantenerse en pie. Reeve emitió un quejido y se apoyó en él. Tenía un aspecto deplorable, sucio y lleno de magulladuras. Sus manos estaban engrilletadas.

—¿Qué te ha pasado? —inquirió preocupado. Parecía seriamente herido.

—Les… les he dado esquinazo —Una débil sonrisa orgullosa se mostró en los labios de Reeve.


.

Doce horas antes.

.

Las luces verdes arrancaban destellos sobre la cortina de lluvia cada vez más espesa que golpeaba Midgar. Debían ser cerca de las dos o tres de la madrugada. Desde aquella ventana, unos ojos castaños observaban el exterior con aire melancólico. El sonido del cerrojo le hizo volver su atención hacia la puerta, sintiendo un extraño alivio por dejar de encontrarse solo. Incluso a pesar de la compañía de quien se trataba.

Scarlet… —saludó Reeve desde el fondo de la sala, esposado y con las marcas aún evidentes de las uñas de la mujer en su cara, pero una actitud totalmente relajada. Hasta sonrió al verla.

Ella se limitó a devolverle el gesto con cierto desdén. Cerró la puerta donde dos escoltas vigilaban al detenido y avanzó despacio hacia él.

He oído el helicóptero —volvió a hablar Reeve— ¿Ha vuelto Rufus?

Sí… Pero ahora mismo tiene asuntos más urgentes que atender. Se ocupará de ti cuando considere oportuno —masculló la mujer con una desdeñosa sonrisa que no pareció afectar esta vez a Reeve. Pues él le devolvía una expresión aún más arrogante que la de ella.

¿Habéis atrapado al intruso?

Por la forma en que Scarlet congeló su sonrisa, pudo deducir lo mucho que le molestó la pregunta.

No… —admitió, tratando de disimular su frustración desviando la mirada y paseando por la sala. No se trataba de una celda ni de ningún otro tipo de calabozo. Puesto que no consideraban a Reeve alguien peligroso, se habían limitado a encerrarle en un despacho de la planta de oficinas, a la espera de que el presidente dictaminara qué hacer con él. Scarlet se acercó a la amplia ventana por la que él había estado oteando y perdió su malévola mirada en el lluvioso exterior— Pero no importa. Era a ti a quien queríamos pillar. Y te tenemos.

Reeve lanzó una leve risa despectiva. La mujer volvió sus ojos hacia él con sorpresa.

¿Qué te hace gracia? ¿Acaso no has tenido tiempo de asimilar lo jodido que estás o es que ríes por no llorar?

No… Río porque me parece curioso —musitó el hombre con absoluta calma. Dirigió también sus ojos a la ventana. Si no fuera por las esposas de él, darían la impresión de ser dos colegas manteniendo una relajada charla. No había atisbo de preocupación en el rostro o la voz de Reeve— ¿Sabes? Durante todo el tiempo que he estado jugando a dos bandas, sentía como si me faltara el aire. No podía dormir, apenas podía comer… Hasta he perdido pelo y me salió una piedra en el riñón. Me pasaba el día entero de los nervios, acojonado de que acabarais por descubrirme. Y ahora que ha ocurrido… Me siento extrañamente bien. Como si me hubiera quitado un peso de encima. El peso de tener que fingir ser alguien que no soy, supongo —Centró su mirada en Scarlet, quien le observaba con una ceja arqueada con escepticismo—. Debe ser lo que se siente cuando tienes al fin la certeza de estar en tu sitio. Es una paz… Maravillosa.

Vaya, así que al final sí te has vuelto un idealista redomado…

Más bien diría que me he quitado la venda de los ojos. He trabajado para Shinra toda mi vida pensando que hacía lo mejor para Midgar, protegiéndola de los que parecían amenazarla, cuando la realidad era que yo le daba de comer al monstruo. Ahora sé que, por primera vez, estoy en el bando correcto. Y te diré una cosa, Scarlet —La miró con placidez—, al final, los buenos siempre son los que ganan.

Eso sólo en los cuentos, cariño —rebatió ella con una afilada sonrisa —. En la vida real, gana el que tiene más poder.

Se sostuvieron la mirada durante un tenso silencio. Al final, Reeve desvió la suya sonriendo amargamente. Tomó aire y lo soltó con serenidad, volviendo a enfocar la ventana.

No siempre gana el que tiene más poder. A veces gana el más listo… ¿Sabes qué he descubierto en las dos horas que llevo aquí? —Su tono de voz mutó de repente, como si acabara de cambiar radicalmente de tema, mientras elevaba sus ojos observando el amplio ventanal.

¿Algo más?

Sí… Lo primero de todo, la increíble vista que hay desde este piso —Se asomó un poco más, oteando hacia abajo—. Estamos en la planta cuarenta y cinco, así que la perspectiva del suelo sería fabulosa, de no ser por esa escalera de incendios del piso cuarenta y tres que la estropea. También me he fijado en que la ventana no es de doble cristal, razón de que se cuele tanto el frío por aquí, y que está fijada a la pared con tornillos de cabeza plana, que son mucho menos resistentes que los que hay en las plantas superiores.

¿Vas a darme una lección de arquitectura a estas horas de la noche?

No… —La sonrisa de Reeve se amplió más. Parecía tener algo divertido en la cabeza que sólo él comprendía. Miró a Scarlet con una ceja alzada al tiempo que retrocedía, caminando hacia atrás— Lo que quiero decir, es que tenías razón… Tenías toda la razón en lo que me dijiste hace un par de semanas —Observó con deleite la expresión confusa en el rostro de la mujer antes de clavarle una mirada orgullosa—… Y que esta ventana no está hecha a prueba de impactos.

Antes de darle tiempo a comprender sus intenciones, ya estaba corriendo hacia el cristal, con la suficiente carrerilla para lanzarse contra éste y hacerlo saltar en pedazos, cubriéndose la cabeza con los brazos. Sobresaltada, Scarlet se protegió la cara de los restos de cristal antes de asomarse presurosa por la ventana rota. Vislumbró entre la lluvia cómo, dos pisos más abajo, Reeve luchaba por incorporarse dolorido tras aterrizar en la escalera de incendios. Sus ojos se cruzaron un segundo antes de que éste emprendiera una torpe huida. Scarlet lanzó una maldición airada y golpeó furiosa el suelo con sus tacones mientras se dirigía a la puerta y bramaba a los dos escoltas que esperaban en ella.

¡Dad la alarma! ¡Ha huido! ¡Atrapadlo! —Los empujó con apremio, fuera de sí de la cólera—¡Atrapadlo ahora mismo si no queréis ir detrás! —Volvió su iracunda mirada hacia el cristal roto por donde la lluvia se colaba— No te vas a escapar, rata…


.

La sonrisa de Rufus había desaparecido por completo. Se hallaba de pie junto al ventanal, con las manos en los bolsillos y dándole la espalda a la mujer que trataba de mantener la compostura mientras temblaba de miedo. Su nerviosismo estaba justificado. El presidente no era la clase de persona que se tomaba bien las malas noticias ni perdonaba fácilmente un error.

—Scarlet… —Su llamada le provocó un brinco por la tensión, pese a que la voz de Rufus no se había elevado más de lo necesario— ¿Puedes recordarme qué fue lo que te pedí antes de irme a Junon?

La directora tragó saliva, sin atreverse a responder. El presidente ofrecía una imagen atemorizante, con su regia figura erguida frente al amplio ventanal y ocultando su expresión. Scarlet bajó la mirada, encontrándose con el feroz perro de Rufus cómodamente acostado en la alfombra. Ese animal era como una prolongación de Shinra, amplificando el poder intimidante de su amo con sólo hallarse junto a él. A una sola orden suya, podía arrancarle la cara a quien fuera. Sólo saberlo hacía que uno midiera con cuidado sus palabras.

Pero Scarlet debió sobrepasar el tiempo límite, pues ante su silencio, el presidente volvió sus ojos hacia ella con peligrosidad.

—Te he hecho una pregunta —reclamó con un tono amenazante. Ella fijó su mirada de nuevo en él, sobresaltada—. Respóndeme cuando te hablo —demandó autoritariamente. Sus ojos fríos como témpanos le helaron la sangre— ¿Podrías repetir, lo más cercano a mis palabras textuales, lo que te ordené que hicieras?

Shinra no le dejaba escapatoria, aguardando su respuesta. La amonestaba como a una niña pequeña que no había cumplido el mandato de su padre, sabiendo lo que le costaba a la orgullosa mujer reconocer un error. Pero algo le dijo sabiamente a la directiva que era mejor no estirar más la paciencia del presidente.

—Atrapa a la rata —recitó.

Rufus asintió una vez con la cabeza, desviando la mirada al suelo y manteniéndose unos segundos en tenso silencio, como si cavilara para sí. Luego comenzó a deambular a pasos muy lentos por el despacho.

—Solamente te encargué una cosa —habló muy despacio y sin alzar el tono, asegurándose de que cada palabra llegaba clara hasta su interlocutora—… No tenías más que un trabajo. Todo lo demás que hicieras a lo largo de la semana dentro de tu departamento me importaba una mierda, yo sólo te pedí una cosa —enfatizó con vileza—. Ni siquiera te dije que te aseguraras de que no escapara, porque lo veía tan inverosímil que ni lo contemplé… Pero ahora me entero no sólo de que ha escapado, sino que lo ha hecho delante de tus mismas narices.

Los pies de Rufus se detuvieron y giraron sobre sus talones para encarar a la ahora empequeñecida Scarlet. Posiblemente él fuera el único ser humano en la faz de la tierra capaz de amedrentar a la cruel y despiadada directora del Departamento Armamentístico. Tal vez porque él era veinte veces más despiadado y cruel que ella.

—Dime, Scarlet, ¿posee Reeve Tuesti alguna habilidad especial sobrehumana que yo desconozca?

—No… —admitió con atrición, sin atreverse a mirarle a los ojos.

—Explícame entonces cómo puede ser que un ejecutivo trajeado, un gusano de oficina, compañero tuyo a quien conoces bien, saltara por la ventana de una habitación cerrada en la que nada menos que te encontrabas tú dentro, con las manos esposadas, y nadie lo haya podido detener —El perro levantó de pronto la cabeza y miró a su amo con sus pequeños ojos rojos y el cuerpo en tensión. Aquello le dio a Scarlet la inequívoca señal de que el humor de Rufus estaba tornándose peligroso. Y no erró, al notar la inmediata brusquedad en su voz— ¿Qué cojones estabas haciendo? ¿Me explicas por qué no lo encerraste en una celda? ¿Es acaso él increíblemente inteligente o eres tú rematadamente estúpida?

—Rufus, era imposible que escapara sin más, yo no...

No le dio tiempo a decir una palabra más. Una mano había volado hasta su cuello y cerrado firmemente en torno a su garganta. Abrió la boca en busca de aire y agarró esa muñeca mientras enfocaba frente a sí unos ojos que brillaban con furia.

—No era tan imposible, si es precisamente lo que ha logrado, ¿no te parece? —siseó Shinra entre dientes, con un notable y aterrador enfado— No te atrevas a mentirme a la cara…

—N-no te miento, Rufus… por favor… —balbuceó Scarlet mirándole implorante y muerta de miedo, mientras trataba de retroceder y zafarse de esa firme mano que la ahogaba.

—¿Pretendes tomarme por gilipollas, acaso?

—No, yo… R-Rufus, no… —Notó sus ojos llenarse de lágrimas de puro pánico, sin saber qué decir—No… No puedo… respirar…

El agarre se hizo más firme un segundo antes de liberarla, empujándola hacia atrás. Scarlet se tambaleó sobre sus tacones y cayó al suelo, agarrándose la garganta mientras resollaba penosamente entre roncos jadeos y toses. Por el rabillo del ojo, vio a Shinra darse la vuelta con parsimonia.

—Me siento terriblemente decepcionado —murmuró el presidente con total calma mientras le daba la espalda—. De todos los imbéciles que podían haberme fallado, tú eras de la que menos lo esperaba…

Un gruñido gutural se dejó oír. Aún recuperando el aliento, Scarlet enfocó con temor y entre lágrimas al presidente. Su horrendo perro se había puesto en pie y enseñaba los dientes a la mujer en el suelo con pose amenazante. Rufus se situó junto a él y le acarició vagamente el lomo. Al volver su mirada hacia Scarlet, posó sobre ella unos gélidos ojos que la hicieron temblar aún más. Pero, sin caber esperárselo, Shinra lanzó un suspiro de tedio y se acercó a ella. Le tendió la mano con desgana.

—Vamos, levanta. Que no es tu ejecución —ordenó con pereza, como si le molestara su actitud.

Sobrecogida, aceptó su mano y se incorporó cautelosamente. El perro subió el tono de su gruñido, pero Shinra lo acalló con un chasquido de dedos. Ambos quedaban ahora frente a frente, con la antes orgullosa mujer hecha un manojo de nervios, temblando como un flan ante su jefe. Éste no había soltado su mano; se la apretaba con violencia, sin dejarla escapar de su glacial mirada.

—¿Sabes qué es lo que me pide el cuerpo ahora, Scarlet? —Prácticamente susurró, con la seriedad de un amo despiadado—Deshacerme de ti igual que hago con los que me fallan y los que me traicionan. Pero eso, por desgracia, no va a arreglar mi problema, ¿a que no? Has cometido un error irreparable y ya no puedo pedirte que lo enmiendes. Pero tampoco puedo simplemente dejarlo pasar…

La soltó para regresar a su mesa, con la misma tranquilidad de antes, sin prisa, mientras continuaba hablando. Scarlet se mesó los dedos doloridos sin despegar sus ojos de él.

—… Así que, como creo que echarte es quizás demasiado drástico, lo que haré será ponerte a trabajar en algo más acorde a tus posibilidades —dijo enigmático, al tiempo que se detenía junto al escritorio y paseaba distraídamente una mano por un montículo de papeles. Como si lo que estaba por decir no tuviera la menor importancia—. Desde ahora, dejas de dirigir el Departamento Armamentístico.

—¿Q-qué? —Scarlet sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Le buscó ansiosa con su mirada descompuesta, sin que él le concediera la suya— Pero, entonces, ¿quién…?

—Heidegger ocupará tu lugar.

—¡¿Heidegger?! ¡¿Ese idiota?! ¡No, no puedes, Rufus…!

Iba a seguir dejándose llevar por su ataque de rabia cuando una mirada más afilada que un puñal la hizo al momento quedarse muda. Si en lugar de limitarse a mirarla, la hubiera disparado, no habría surtido mejor efecto. En aquellos ojos bullía una amenaza.

—Menos confianzas conmigo, señorita Scarlet. Le recuerdo que soy el presidente de esta compañía —La voz de Rufus había bajado una octava y, con ella, también parecía haber disminuido la temperatura de la habitación—… y usted una mera empleada. Retírese de mi despacho.

Deseaba suplicar, pedir disculpas, arrodillarse y humillarse si era necesario… pero estaba paralizada. Era como si el aura de Rufus le advirtiera que estaba a una sola palabra más de caer al vacío. El presidente no desvió esta vez su inclemente mirada ni un segundo hasta que, sabiamente, la mujer del vestido rojo optara por obedecer. Retrocediendo muy despacio, salió por la puerta del despacho con la sensación de llevar agujas clavadas por todo el cuerpo que la impedían moverse con propiedad. Hasta que se hallara fuera, a salvo de aquellos implacables ojos… Donde lanzó un aullido de rabioso dolor mientras se derrumbaba contra la pared.


.

La luz había ido disminuyendo progresivamente. Unos discretos farolillos se habían encendido y alumbraran ahora el jardín, aumentando su intensidad conforme menguaba la que aportaba la cristalera. Cloud apenas se había percatado. Se encontraba acostado sobre el césped, habiendo caído en el sueño sin pretenderlo. Podía parecer extraño, dado lo mucho que había dormido aquella noche, pero teniendo en cuenta el poco descanso que le fue concedido los últimos días, sumado al sonido relajante del agua y el frescor de la hierba, no había podido resistir. Sintió su cabello moverse ante lo que parecía una caricia, lo que le arrancó bruscamente del sueño y le hizo sacudirse, abriendo los ojos buscando el origen de ese contacto. Se topó con el rostro de Shinra.

—Hola… Veo que te ha gustado mi sugerencia.

Su voz sonaba suave y amable, como aquella mañana, y su rostro expresaba la misma sonrisa calma. Cloud se giró hacia él y se incorporó, pasándose una mano por el cabello para despejarse. Rufus se irguió de nuevo.

—¿Cuánto llevas ahí? —inquirió el ex-SOLDADO con voz ronca, sentado en el suelo.

—Sólo unos segundos. Ya son las ocho —informó mientras le observaba desde arriba, notando cómo Cloud miraba de un lado a otro comprobando el cambio de luz— ¿Has estado aquí toda la tarde?

—Casi toda —contestó escuetamente.

Shinra alzó la cabeza y paseó la mirada por el hermoso jardín. Unas pequeñas mariposas resplandecientes flotaban en el aire aleteando con soltura, casi sin desplazarse. Vio que Cloud las miraba con sorpresa, sin haber recaído antes en ellas. Rufus soltó una leve risa desdeñosa por la nariz.

—Son artificiales. Fue una idea de mi padre, igual que todo esto. A mí no es que me encante… No uso este sitio demasiado —murmuró distraído. Su tono hizo que Cloud le buscara con la mirada, intrigado. Se había puesto algo serio—. Si te gusta, es todo tuyo. Ven.

Giró sobre sus pies y se dirigió a la puerta, cambiando bruscamente de tema. Al notar que Cloud no le seguía, alzó la mirada por encima del hombro, dirigiéndole una invitadora sonrisa mientras le hacía una seña con la cabeza.

—Sígueme. Tengo una cosa para ti.

El ex-SOLDADO obedeció al fin. El presidente le guio por la lujosa mansión hasta un dormitorio en el que no había estado antes. Shinra abrió la puerta y la sostuvo, invitándole a ingresar primero. Cloud le dirigió una mirada recelosa antes de hacerlo, examinando la habitación con desconfianza.

A unos pocos metros de la puerta, un elemento significativo parecía aguardar a que recayeran sobre él. Cloud frunció el ceño nada más verlo y volvió sus ojos hacia Rufus, que ya se aproximaba con una sonrisa vanidosa en el rostro.

—¿Qué es esto? —preguntó Cloud con hosquedad.

—¿A ti qué te parece? —sondeó Shinra, relajado, mientras alargaba la mano hacia el perchero galán que sostenía un perfectamente colocado y planchado traje. Tomó una manga de la chaqueta y la manoseó levemente entre los dedos— Mi regalo para ti.

—No pienso ponerme eso.

—No puede hacerte ningún mal —arguyó Rufus con total calma, enfrentado la mirada de rechazo del ex-SOLDADO—. Vamos… Pruébatelo. ¿Qué puedes perder? —A continuación se acercó a él, bajando el tono de voz— Además, no es lo único que tengo para ti esta noche. Y te hará falta.

Esa última frase pintó la intriga en el rostro de Cloud, mas Shinra no se dignó a añadir nada que lo aclarase.

—Diez minutos.

Salió cerrando tras de sí. Cloud se quedó mirando la puerta, perplejo. ¿Iba en serio?

.

No sabía por qué estaba haciendo aquello… Pero lo cierto era que, diez minutos después, un Cloud en el que no se reconocía le devolvía una atribulada mirada desde el otro lado del espejo. El atuendo que le había proporcionado Shinra consistía en un conjunto enteramente negro de camisa, chaqueta, pantalones, zapatos y corbata, la cual seguía en el galán tras tres intentos fallidos de anudársela al cuello. Nunca había tragado ese invento absurdo. Sin apartar la vista de su reflejo, Cloud giró de un lado, giró del otro, se observó de arriba abajo, tironeó de las prendas… Y terminó por lanzar un bufido de despecho, nada convencido con el resultado. Jamás se había enfundado en uno de esos caros e incómodos trajes y jamás pensó que llegaría a hacerlo. Y no era porque le quedara mal precisamente, no… Rufus había tenido buen ojo para la talla. Pero vestirle a él de etiqueta ofrecía el mismo resultado que vestir de etiqueta a un perro: se mirara por donde se mirara, algo no encajaba.

Unos delicados golpes en la madera sonaron a su espalda, obligándole a desviar su atención del infame espejo, encontrándose con el presidente asomando la cabeza por el dintel de la puerta.

—¿Estás presentable? —Sin esperar respuesta, clavó sobre él una mirada de admiración y se adentró en el cuarto— Guau… Estás arrebatador —alabó con voz grave, embelesado.

Cloud sintió un repentino ardor de estómago y la urgencia incrementada de deshacerse de ese traje, si no fuera por lo violento que resultaba ver cómo Rufus le desnudaba con los ojos.

—Parezco un capullo —constató con aversión, lanzándole a Shinra una mirada reprobatoria.

—Entonces no destacarás —bromeó éste alcanzándole y comenzando a adecuarle el cuello de la camisa y las solapas de la chaqueta.

Cloud le observó con recelo. Pero el presidente parecía demasiado absorto en la imagen que tenía delante para prestar atención a su humor. El ex-SOLDADO examinó el atuendo de Shinra: lucía un traje blanco similar al habitual, pero destacablemente más fino y elegante, con corbata y chaleco pateados y el resto en color marfil.

—Definitivamente, el negro es tu color —aseveró Rufus, enigmático.

El presidente se apartó un poco para evaluar el resultado. Con el esmoquin y ese pelo lleno de aristas puntiagudas y la fiera expresión de su rostro, el ex-SOLDADO ofrecía un contraste de lo más sugestivo.

—Ahh… No sabes el esfuerzo que me está costando no arrancarte ahora mismo esa ropa —Rufus se inclinó sobre su oreja, deslizando por ella el dorso de su mano en una vaga caricia. Cloud se abstuvo de reconocer lo que deseaba él también deshacerse de aquel traje, por el malentendido que pudiera causar.

—¿Puedo saber para qué el disfraz de payaso?

Shinra se dignó a mirarle a los ojos, esbozando una misteriosa sonrisa. La incomodidad e inquietud en la mirada zafiro del otro eran más que notorias.

—¿No querrás que estropee la sorpresa? —La respuesta no satisfizo en absoluto a Cloud, cuyo recelo iba en aumento a cada segundo. En cambio, Rufus se veía a la legua que estaba disfrutando—… Y, aunque por mi parte no necesitarías nada más para mejorar lo presente —Alargó una mano hacia el galán, recogiendo de éste la corbata que Cloud había dejado de lado—, me temo que la etiqueta es la etiqueta.

El ex-SOLDADO arrugó el ceño en expresión de repulsa.

—Ni hablar.

—No es negociable.

A Cloud le sorprendió la tajante respuesta de Rufus. No había variado ni el tono ni la expresión de su rostro, pero sus ojos emitían una orden clara. Se recordó entonces que, pese a esa máscara de pura amabilidad, seguía estando frente al mismo hombre a quien conocía muy bien. No discutió, tomándolo Shinra por sumisión. Para sorpresa momentánea de Cloud, dejó la corbata en el perchero y tomó en su lugar otra prenda en la que éste no había recaído, debido a que ni siquiera conocía su uso, y la alzó ante él.

—Puede que te resulte un poco incómodo al principio, pero te olvidarás de él en unos minutos. Levanta los brazos —Sin darle tiempo a apartarse, Rufus introdujo las manos bajo la chaqueta de Cloud y rodeó su cintura con un pedazo de seda negra, abrochando los extremos sobre su ombligo. Ajustó el fajín y luego lo fue girando despacio para dejar el enganche a la espalda de Cloud, bien oculto por la chaqueta. Durante el proceso se aseguró de juntar su cuerpo al de él más de lo necesario; el ex-SOLDADO observaba tenso e incómodo. Colocado el fajín, Shinra cogió de nuevo la corbata. La pasó bajo el cuello de la camisa del joven, pero se detuvo ahí—. Date la vuelta. No se me da bien hacer el nudo así.

No sin reservas, Cloud le dio la espalda. Las manos de Rufus aparecieron sobre sus hombros y tomaron los extremos del lazo. De nuevo de cara al espejo, tuvo una visión perfecta del presidente pegado a su espalda, casi abrazándole, asomando la vista por encima de su hombro mientras manipulaba la prenda, bajo la abrumada mirada de Cloud. Shinra subió despacio el nudo hasta la nuez del joven, haciéndole tragar saliva. Una discreta sonrisa se atisbaba en los finos labios del presidente. Aflojó un poco el nudo y lo bajó de nuevo unos centímetros, ahuecando de paso el cuello de la camisa, dejando a la vista gran parte de su piel.

—Mejor —susurró más para sí que para él. Despacio, fue bajando las manos por los brazos de Cloud sin apartar los ojos del reflejo de ambos— ¿No es increíble el efecto que causa un simple esmoquin? Parece que lo hayas llevado toda la vida…

—El hábito no hace al monje.

—Pero lo finge muy bien.

Las manos de Rufus habían alcanzado las muñecas del ex-SOLDADO. Al notar cierto detalle, bajó la mirada a éstas. Instó a Cloud a girarse de nuevo hacia él, tomándole del brazo. La robusta esposa de Mako abultaba bajo la manga de la camisa. Cloud la alzó ante Shinra.

—¿Y esto no arruinará el disfraz? —insinuó el ex-SOLDADO, mirándole a los ojos.

Rufus esbozó una sonrisa torcida. Por respuesta, le arremangó la chaqueta y desabrochó el puño de la camisa para colocarlo concienzudamente por encima del grillete, haciendo que lo cubriera por completo. Amoldó luego la manga de la chaqueta, terminando de disimular la esposa bajo ambas prendas.

—No hay por qué precipitarse —concluyó mientras hacía lo mismo con la otra manga, devolviéndole al ex-SOLDADO una mirada artera, recibiendo de sus ojos una de rencor. La ignoró, pellizcándole fugazmente el mentón con ánimo— ¿Nos vamos?

Se encaminó hacia la puerta de la habitación. Aguardó sosteniéndola, sin abandonar su aviesa sonrisa, a que Cloud saliera. El ex-SOLDADO tomó aire a conciencia, armándose de valor, y obedeció.

Salieron por la puerta principal del edificio. Para no variar, llovía. Un coche esperaba fuera, flanqueado por los Turcos en pleno. Cloud se quedó un momento parado, observado el escenario. ¿Iban a salir?

—Vamos —le llamó Shinra al notar su inseguridad.

El fornido Turco negro, Rude, se acercó con un paraguas para acompañar al presidente hasta el vehículo; Cloud le siguió sin molestarse mucho en no mojarse. El Turco le abrió la puerta a Shinra para que pasara, guiando luego a Cloud al otro lado del coche. Ahí recibió una malévola mirada por parte de su compañero, Reno, el pelirrojo de los hombres de negro, quien sostenía el tirador de la puerta sin prisa por abrir. Le dedicó a Cloud una larga y burlona sonrisa.

Mademoiselle… —saludó socarrón mientras abría, haciendo una sutil reverencia sin despegar sus afilados ojos de Cloud.

Éste prácticamente le gruñó antes de entrar, llegando a oír la risa guasona que profirió el Turco previa a que cerrara la puerta. Se dejó caer en el amplio asiento trasero del coche, junto a Rufus, cuya mirada notó de inmediato posada con regodeo sobre él. A la orden del presidente, el vehículo se puso en marcha.

.

Fin del vigesimoprimer capítulo.


Mira al infinito, con un dedo metido en la nariz hurgando distraídamente hasta que se da cuenta de que alguien está leyendo...

¿Eh?... ¡Oh! ¿Habéis aguantado hasta el final? Qué valor... Tal vez este capítulo os haya resultado un poco flojo para la larga espera que habéis tenido de soportar, pero eso es porque lo emocionante viene en el siguiente ¬¬D Ahora sí, por si a alguien le interesa, dejo aquí el por qué de tan larga desaparición:

El último capítulo lo dejé antes de irme de vacaciones de verano, a una maratoniana sesión de ir y venir de todas partes y en la que era imposible encontrar tiempo para pararme a escribir. El capítulo estaba a medias, pero era imposible terminarlo. Cuando regresé en Septiembre, pensé que sería mi momento... Pero vino lo difícil, pues he entrado en el último curso de mi carrera y arrasó con todo mi tiempo libre de una forma que no me esperaba, además de una serie de asuntos familiares con los que no voy a aburriros... Como entenderéis, la carrera y mi vida personal son siempre lo primero, y si tenía que sacrificar algo, lamentablemente le tocó al fanfic.

La cuestión es que la musa desapareció, mi tiempo libre desapareció y yo misma creo que también he desaparecido... Pero ahora que ya he me vuelto a encontrar, le he quitado el polvo al fic y puesto en orden mis ideas para poder continuarlo con las mismas ganas que antes. A ver si tras este enorme paréntesis consigo volver a enganchar a los que seguíais esta cosa y a captar nuevos lectores ;) No puedo pasar por alto todos los mensajes que me han ido llegando, tanto en reviews como en correos, preocupándoos por la continuación de la historia y hasta por mi propio bienestar ^v^ Sois encantadores y me halaga ver que os interesa tanto esta cosa -y yo misma 8D- así que mil gracias a todos y, de nuevo, disculpas.

Y ahora, sólo una última cosa para los que habéis tenido el valor de leer esta mierda hasta el final: Como ofrenda de paz y compensación por haceros esperar tanto, os traeré un regalo especial. Pero tendréis que esperar a la próxima actualización para averiguar qué es... ¡Seguid pendientes!