Amanecer perdido, y un poco de café

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Now that you're mine

We'll find a way

Of chasing the sun

Let me be the one that shines with you

In the morning we don't know what to do.

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Despertó por el inconfundible y macabro sonido de la risa del Joker. Amy le había advertido a Leonard que si no cambiaba el sonido del despertador de su teléfono, tendría que reconsiderar su relación.

¡No se podía despertar de buen humor cuando lo que te sacaba del sueño era la risa de un psicópata! Pero Leonard era extraño, tenía gustos extraños… no más extraños que ella.

Amy sonrió al ver el rostro de su novio, los rizos le cubrían los ojos, su cabello estaba descansando de la eterna capa de fijador que lo contenía; a Amy le gustaba su pelo rebelde. Estiró la mano y le tocó la barbilla. Era agradable despertar a su lado… y algo nuevo, también.

Aunque habían pasado noches juntos, jamás tuvieron la suficiente intimidad como para tener un despertar romántico, como los de las novelas: con rayos de luz filtrados acariciando la piel, y besos dulces. No, ellos tenían a Beverly, el epítome de la frialdad, haciendo preguntas indiscretas: "¿Han podido derrumbar la última barrera de la intimidad? ¿Qué es lo que te impide mantener relaciones sexuales con Leonard, temes que sea ineficiente?" y la lista seguía interminablemente. Al despertar, lo único que deseaban era correr fuera de aquella casa, no había tiempo para amaneceres amorosos.

Amy enredó un rizo en su dedo, tiró un poco de él, haciendo que Leonard frunciera las cejas y abriera los ojos.

—Oye… —susurró él, antes de ahogar un bostezo— Así que… oficialmente estamos viviendo juntos —confirmó, después de vacilar por unos segundos.

Amy arqueó una ceja. No quería discutir los detalles técnicos de su convivencia, ni pelear por dónde meterían las figuras de acción de Leonard, o sus instrumentos gigantes.

Era la primera mañana de… una nueva etapa: Quería el romance despreocupado que siempre habían tenido. Mudarse juntos no debería extinguir el romance, ni volverlo serio.

—Leonard —habló contra su oído, recibiendo una mirada interrogativa y una sonrisa conocedora—… cállate.

Se lanzó sobre él, desarmando el nido de mantas en el que habían dormido y desparramando almohadas por el suelo. Su pequeña barba de recién levantado le hizo cosquillas en las mejillas.

Podría haber ocurrido en ese instante. Habría sido romántico hacer el amor por primera vez en una mañana cálida y ventosa de otoño, con la música suave que no paró de sonar en toda la noche de fondo… en el suelo, despeinados y rindiéndose.

Pero la desagradable risa del despertador volvió a escucharse en todo el apartamento, separándola de Leonard por puro instinto.

—Empiezo a creer que estabas en lo cierto acerca del despertador… es bastante irritante —murmuró Leonard, con los ojos fijos en los labios de Amy y rodeándole la cintura con las manos.

—Siempre estoy en lo cierto, Hofstadter —replicó ella, levantándose de un salto y colocándose las gafas sobre la nariz—. Si queremos llegar a tiempo, será mejor que nos apresuremos; Howard y Rajesh nos esperan en la cafetería. Iré a ducharme —Amy tenía la costumbre de hablar atropelladamente en los momentos prácticos, Leonard amaba la determinación de sus frases frenéticas—… ¡Y, por el bienestar del casero, espero que funcione el agua caliente! —exclamó, antes de cerrar la puerta del baño con fuerza, armada con una bata de baño.

Un minuto después escuchó el agua corriendo.

—¡Te amo! —gritó Leonard, esperando que su voz traspase la puerta del baño, al tiempo que ordenaba las cobijas en la habitación.

—¡Lo sé! —la amortiguada respuesta de Amy lo hizo sonreír.

—Espera un momento… ¿Estás citando a Han Solo?

—… ¿es un personaje de Star Trek?

Leonard suspiró, casi.

Tenía que admitir, que para ser su primera mañana conviviendo habían actuado bastante naturalmente… bueno, estaba ese apasionado saludo de buenos días que lo dejó temblando y sonrojado; pero luego volverían a su rutina. Sólo que al terminar el día, llegarían al mismo sitio, estudiarían en el mismo sitio, cenarían en el mismo sitio, dormirían en el mismo sitio.

Se encogió de hombros, decidido a no arruinar el día con sus dudas.

Se sobresaltó al sentir la fría mano de Amy tocando su cuello.

—Yo también te amo, Leonard —Amy le dio un beso en la mejilla, dejándolo mojado—. Será mejor que entres a la ducha, no quiero escuchar los lloriqueos de Rajesh —agregó, lanzándole una toalla y caminando hacia la habitación.

Leonard la vio de reojo, intentando no ser demasiado obvio; y fracasando estrepitosamente. Quizás tenía algo que ver con tener 18 años y ser virgen, o con tener a la mujer que amaba prácticamente desnuda y mojada frente a él; pero empezó a ansiar… más. Se sacudió. No debía pensar en eso: habían acordado que no estaban listos, que lo llevarían con calma, que aún no estaban allí.

Maldita sea. Una ducha fría estaba en orden.

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—¡Dijo que la gravedad cuántica de bucles es el futuro de la física, por encima de la Teoría de Cuerdas! —exclamó Leonard a Amy, mientras caminaban— ¿Puedes creerlo? Lo juro Amy, esa mujer sólo asiste a CalTech para fastidiarme.

—Bueno, personalmente creo que ambas teorías tienen bastante mérito… aunque, vamos, no puedo tomar enserio a alguien que piensa que el universo está compuesto por bucles —Amy bufó.

—¡Es exactamente lo que decía; definitivamente el universo está hecho de cuerditas!

Amy sonrió. Leonard era la primera persona que sentía tanta pasión hacia la ciencia como ella. De hecho, era la primera persona que compartía bastantes gustos y peculiaridades con ella; aunque, si era sincera, no había conocido a muchas personas a lo largo de su vida, pero eso no importaba.

Estaba viviendo una relación soñada con un hombre encantador y cariñoso al cual amaba, tenía dos amigos divertidos e inteligentes, era una de las mejores alumnas de California, y si se esforzaba, estaría a un año de conseguir su doctorado.

Arrastró a Leonard lejos de la acera, haciéndolos caminar sobre las hojas secas que adornaban el césped de un parque; era una de esas acciones que se hacían porque sí. Porque era otoño, porque le gustaba el color naranja, porque eran jóvenes y enamorados con la vida al alcance de las manos. Y aunque a los ojos de las personas populares y bellas, ellos eran raros, a ella no le importaba. Habían pasado años, pero finalmente podía sentirse bien en su propia piel, en sus propias emociones. Y todo eso era motivo suficiente para pisar hojas secas y robarle besos a Leonard.

Entraron a la cafetería ahogando risitas y jugando con ramas de árboles caídas, como dos niños… sería falso decir que no despertaron algunas miradas de desaprobación. Las paredes color mostaza los saludaron, así como la malhumorada cara de un hindú que las hacía señas furiosas desde una mesa alejada.

—¡Oh, miren quiénes se dignaron a aparecer! ¿Saben cuántos muffins adicionales comí mientras los esperaba? ¡Tres! —los saludó Raj una vez que se acomodaron en la mesa.

—Raj… no seas tan duro con los tortolitos, seguro estuvieron muy ocupados bendiciendo cada rincón del apartamento —Howard alzó las cejas un par de veces, mostrando una sonrisa que no cabía en su rostro—. ¿Recibiste algo de la máquina del amor Hofstadter, Amy?

Mientras Leonard enrojecía hasta las orejas, Amy examinaba el menú indiferentemente.

—Howard, ¿recuerdas cuando Leonard nos presentó? —Preguntó, aún con la vista fija en el menú.

—Ajá…

—¿Recuerdas que dije que si continuabas diciéndome chistes sucios te haría una lobotomía con una cuchara para ensalada? —Amy levantó los ojos hacia el asustado aspirante a ingeniero— La amenaza aún continúa en píe —le entregó el menú a una camarera con un movimiento fluido—… y Rajesh, deja de preocuparte por los carbohidratos —añadió, con voz más dulce, dejándolos atónitos con el repentino cambio de actitud.

—¡Ésa es mi chica! —festejó Leonard, plantando un beso en su cabeza.

Howard y Raj intercambiaron miradas asustadas; definitivamente, el Lamy siempre encontraba la forma de dejarlos sin palabras.

El silencio fue roto por la llegada de sus bebidas. Así, el pequeño grupo de amigos se zambulló en el rutinario desayuno de los martes: chocolate caliente y muffins de manzana.

Como lo habían hecho cada martes durante los últimos tres años.

Las risas volaban y sus alientos empañaban los vidrios de las ventanas, en las cuales Howard escribió sus últimas ecuaciones, haciendo alarde de su último proyecto y causando una tormenta ególatra que acabó con todos jurando ganar un premio Nobel, sin importar de qué fuese.

Fuera, el otoño era el perfecto final de una postal perfecta e equilibrada; lamentablemente, la perfección no existía.

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Volar era para él, un método de tortura. El miedo a caer, estallar y caer, ser víctima de un secuestro aéreo, eran miedos completamente racionales.

Volvió a sostenerse con fuerza de su cinturón de seguridad, aliviado por haberlo desinfectado con Purell antes de tocarlo.

Cerró los ojos y repasó los elementos de la tabla periódica en su cabeza, alternando sus pensamientos con respiraciones largas y profundas.

Descubrió un nuevo motivo por el que nunca regresaría a Texas: ¡No había forma en el mundo en el que lo convencieran de pisar un avión nuevamente! El único avión al que se subiría sería con destino a Estocolmo, dónde lo esperaría una reluciente medalla… algún día.

Sheldon se sacudió ante una nueva turbulencia. No sabía qué era lo que lo esperaba en California, sólo deseaba que no fuese tan caótico como volar en avión.

Pero, oh; el amor siempre es más caótico que el temor a las alturas.

Nota de autora:

¡Gracias a los que comentaron y siguieron esta historia!

Leonard y Amy son muy tiernos, y todo está genial, ¿no? ¿no comienzan a amarlos?

Por otro lado, Dunn, Dunn, Dunn, el huracán Cooper se aproxima desde Texas…

Bueno, esto va a ser un largo camino. Pero es otoño: perfecta estación para escribir algo largo y romántico, ¿porqué? No sé.

Bueno, ¿Críticas?