Siete días, una galaxia de momentos
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Hold me down all the world's asleep
Need you now you've knocked me off my feet
I dream of you and we talk of growing old
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—Entonces, ¿me dirás qué es lo que está mal? —preguntó Leonard, después de verla golpear una bandita contra su muñeca diez veces en un lapso de cinco minutos— ¡Amy! —advirtió, sujetando su mano y viéndola a los ojos. Los desechos de lo que había sido un mal día aún teñidos en sus facciones.
Amy bufó y apoyó la mejilla cansadamente en el hombro de Leonard. Dejó que sus ojos se perdieran por los destellos anaranjados que dejaban ver las luces de las farolas a través de la ventanilla del autobús.
—Leonard —comenzó, con voz cálida—. Nada está mal, sólo estoy cansada… y, sinceramente, aunque tu intención de cocinar una cena de bienvenida para nuestros amigos, por ser la primera vez que pisan nuestro apartamento: es dulce, no estoy de humor para cocinar —Amy suspiró.
Leonard miró hacia abajo, rezagado. Ahí estaba otra vez: la inseguridad, el sentimiento maldito de haberse equivocado o de haber hecho lo incorrecto con Amy. Era algo que debía eliminar de su mente; Amy era de ese modo: directa. Incluso hubo un tiempo en el que era aún más fría… sacudió la cabeza, intentando difuminar las oscuras telarañas del pasado.
La primera semana conviviendo con la mujer que amaba debía ser un hito importante en una relación, merecía ser celebrado. Fueron siete días…
Lindos.
Deseaba describirlos con una palabra mucho más magnifica y extraña, de verdad que sí. Pero la realidad era otra. Después del primer amanecer cariñoso y aquél beso abrazador, la rutina los había vuelto a consumir. Los despertares eran frenéticos con besos robados apresurados. Incluso la magia de las noches se vio eclipsada por los gruesos libros de texto que debían leer. Pero aún así, cada noche, al meterse en la cama con ella sentía que el mundo era un lugar más brillante.
—No tienes que cocinar, podemos pedir comida china —Leonard le robó un beso, recibiendo una sonrisa a cambio—. Y Amy, vendrá otra persona —pudo sentir realmente la sangre de Amy latiendo en sus oídos y su cuerpo tensándose, una típica reacción al conocer nuevas personas— ¡Cálmate! Él es algo peculiar, pero estoy seguro de que te agradará —al ver que su novia comenzaba a hiperventilar, jugó su última carta— ¡Es un genio, tiene una memoria eidética! Y créeme, disfruta que revisen su cerebro… ¿no es el paraíso de un neurobiólogo? —Leonard levantó las cejas un par de veces, incitándola.
—¿Cómo lo conociste? —preguntó, entrecerrando los ojos sospechosamente.
—¡Conozco gente brillante, Amy! —exclamó Leonard, falsamente ofendido—. Pero si quieres saber la verdad —se revolvió incomodo en el asiento, esta vez enterrando la nariz en el cuello de Amy para darse valor— ¿Recuerdas el incidente con el súpercombustible? —preguntó, empequeñeciendo su voz.
—Oh, sí —confirmó Amy, acariciando su cabeza contra su hombro confortantemente. Ese día ambos se habían asustado hasta la muerte. Leonard no le había contado mucho sobre el problema; sólo que se sentía como un idiota, y algo sobre un ascensor averiado en el edificio de física.
—Bueno… él fue el responsable de que el ascensor haya sido la principal víctima de la explosión, en lugar de mi cuerpo —murmuró, dejando un beso vacilante en la curva de su cuello.
—Oye, si no paras eso, me obligarás a escribir un contrato anti muestras de afecto público —advirtió Amy, soltando un suspiro suave al recibir sus besos—. De acuerdo, cualquier persona que te salve la vida tiene un lugar disponible en nuestro círculo social —aceptó, después de recomponerse.
Leonard sonrió.
—Sé que te agradará —susurró, mientras le tendía la mano y se largaban juntos a una fría caminata hacia su edificio.
…
—¡Y entonces! ¿el señor se detiene a pedirme disculpas por derramar mi café? ¡No! —exclamó Amy, mientras acomodaba algunos cojines en el sofá— Lo que hizo, fue darme un absurdo y ridículo sermón sobre la exportación de café ¡dando a entender que yo no sé algo tan básico como cuáles son los principales exportadores de café en el mundo! —Amy le dirigió una mirada incrédula a su novio— ¿puedes creerlo?
Leonard asintió distraídamente, hipnotizado por la forma en la que el cabello de Amy caía, como el tono de su piel parecía deslumbrante bajo la luz naranja de la lámpara. Como el sonido de su voz molesta se mezclaba con la melodía de la canción que llenaba suavemente toda la sala. Sólo le provocaba ganas de besarla, y absorber todas sus palabras enojadas a través de sus labios.
—¿Porqué me miras así? —oyó que preguntaba ella, con un rastro de timidez flotando sobre sus palabras. Tuvo el deseo de cancelar la cena y ocupar la noche de un modo mucho más apasionado.
—Porque eres hermosa, Amy, muy hermosa —respondió, las palabras saliendo como aire de su boca. Era la única verdad: un motivo simple, sencillo, e irrevocablemente verdadero, ella era hermosa, estaba más allá de ser hermosa. Y era real. Y había allí una pizca de locura, lo podía sentir. Bonita, divertida y perfecta—. ¿Hace cuanto tiempo no te recuerdo lo hermosa que eres? —susurró, mientras se acercaba lentamente y le quitaba el cojín de las manos, lanzándolo al suelo.
—Lo dijiste por la mañana, supongo que fueron doce horas —musitó Amy, con los labios entreabiertos y perdiéndose en los ojos de Leonard.
—¿Qué clase de hombre soy al dejarte doce horas sin saber lo hermosa que eres? —no hubo más palabras.
Sus labios se encontraron con fuerza magnética. Bajo la luz anaranjada, similar a un ocaso, y la voz agrietada de algún cantante del que Leonard era fanático, se dejaron llevar. Hace una semana, vivir con Amy era casi un tabú innombrable; y aunque descubrió que cada momento no podía ser mágico y apasionado, estaban estos: momentos en los que podían vencer sus miedos y ser cursis, y románticos, y absolutamente despreocupados de su entorno para hacer el amor.
O sólo para besarse, ya que fueron interrumpidos por un extraño sonido.
Toc, toc, toc—¿Leonard Hofstadter? —toc, toc, toc— ¿Leonard Hofstadter? —toc, toc, toc— ¿Leonard Hofstadter?
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California era diferente a Texas. En primer lugar, el otoño podía vivirse como más que un calor vacilante y árido, con algunos tornados arrancando las chimeneas de las casas. Y lo más importante: en California estaban las oportunidades.
Lejos de su hogar cómodo en un pueblo ignorante plagado de fanáticos religiosos, podría explayar sus ideas. Ahora estaba en un lugar donde seguían considerándolo loco; pero al menos, uno mucho más inteligente que cualquier otro.
Aunque cambios tan drásticos como mudarse a otro estado, lo llevarían normalmente al pánico, estaba adecuándose fantásticamente a su nuevo entorno…
Bueno, estaba intentándolo.
CalTech le ofreció un puesto sólido, una pizarra blanca, y un sueldo mensual. Era más de lo que podía conseguir permaneciendo en Texas. Su madre le había gritado, mientras lo golpeaba con una biblia, que su familia era más importante que trabajar en su "Teoría de los hilos" —en sus propias palabras, claro está—; esto sólo sirvió como un gran aliento: el Dr. Sheldon Lee Cooper no se detiene ante pequeñeces como los sentimientos, la nostalgia, o los lazos afectivos fraternales.
Aún así, debía admitir que tuvo algunos inconvenientes…
El primero llegó un soleado miércoles a la media tarde, cuando se permitió salir de su oficina, dirigiéndose a la cafetería en busca de un plato de avena sin sabor —su favorita—, porque, aunque la avena no estaba en el menú de ese día: ¿qué era la vida sin un capricho? Sin embargo, su deseo de avena se vio truncado por una despistada chica que se interpuso en su completamente claro camino. ¡Él no había tenido la culpa, caminar en zigzag era entretenido! Debido a su torpeza, la mujer creó un desastre de café en el suelo de la cafetería.
—¿Te quedarás ahí, o me pedirás disculpas? —le había reclamado la joven, mientras se arrodillaba… ¡en el suelo de una cafetería infestada de gérmenes! Y limpiaba su estropicio con pañuelos de papel.
—Las disculpas son una convención social no opcional cuando una persona infortuna de un modo adrede a otra; en ese caso, creo que tú eres la que me debe disculpas —había respondido racionalmente, aún juraba haber visto un destello de agresividad violenta atravesando sus ojos verdes—. Un dato curioso sobre el café: Brasil no es sólo el primer productor, sino que también es el primer exportador de café del mundo. Le siguen Vietnam...
¡Pero su intento de calmar la ira irracional de aquella mujer fue totalmente truncado!
Se había levantado del suelo, murmurando un "¡Increíble!" —aunque Sheldon sospechaba que podría ser sarcástico; era eso o la mujer era conocedora de su inteligencia—, y se marchó como una tormenta de suéteres y ojos verdes, doblando la esquina y perdiéndose.
Se encogió de hombros ante ese pequeño percance, el segundo fue aún mayor.
No había abandonado Texas para socializar con estudiantes ineptos que aspiraban a ser físicos, o peor: ingenieros. De ser así, habría permanecido en Texas, haciendo migas con los hijos de las amigas de su madre.
Pero al parecer, salvarle la vida alguien crea un vínculo fraternal implícito entre ambas partes. De ese modo, Sheldon se vio perseguido por tres estudiantes que insistían en crear algún tipo de amistad con él.
Sus presencias eran en extremo tediosas, aunque en ocasiones, podían ser útiles. Resultó cómodo hablar con seres que compartían su mismo nivel de conocimiento sobre ciencia ficción y cómics. Una pequeña charla ociosa con otros seres humanos no haría daño si se aplicaba en dosis pequeñas y controladas.
Leonard Hofstadter no comprendía lo que implicaba una relación "contralada y en pequeñas dosis". En sólo cuatro días, había acogido el molesto hábito de sentarse en su mesa a la hora del almuerzo, arrastrando con él al aspirante a ingeniero y a Koothrappali, un tipo que parecía tener un nulo conocimiento sobre la cultura de su país. Leonard hablaba de su novia, una estudiante, al igual que él: nada que le interese en ese punto. La biología sólo se trataba de cosas asquerosas y viscosas.
Pero esos tres hombres fueron astutos, apelando a su obvio apego a las convenciones sociales, manipularon su mente para obligarlo a asistir a una tediosa y aburrida cena en el apartamento de Leonard. Su madre solía decir que rechazar las invitaciones era descortés, la sociedad decía que era descortés, Leonard decía que era descortés. Estaba atrapado.
¡Y llegar a un encuentro con horas de retraso también era descortés! Si sólo pudiera despegarse de la llorosa voz de su hermana —la cual había adquirido la costumbre de llamarlo constantemente desde que abandonó Texas. Sospechaba que habían hablado más en esa última semana, que en sus 19 años de vida, lo calcularía más tarde—.
—Sinceramente, Missy, no podría importarme menos el motivo por el que tu novio te abandonó —respondió Sheldon, con el teléfono presionado en su oreja y eligiendo la corbata adecuada para ir a cenar a la casa de un casi-desconocido—… ¡No, no puedo hacer un experimento para averiguarlo! —Sheldon rodó los ojos—. Efectivamente, soy un genio. No malgastaré mi tiempo con investigaciones sociales sobre algo tan estúpido como el amor —escupió, decidiendo dejar la corbata de lado—. Adiós Missy, come un helado.
No se le habría ocurrido, que al pararse frente a la puerta del 5C, y observando a la pareja que residía dentro, la idea del experimento no sonaría tan disparatada. Era un tópico interesante: universitarios, ambos aspirantes a científicos, conviviendo en un ambiente a simple vista barato y deprimente. La chica del café parecía incomoda, Leonard tenía una sonrisa en el rostro.
Efectivamente, un experimento social no sonaba nada disparatado. ¿Qué era la vida sin un capricho?
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Lo recordaba.
El chico irrespetuoso de las dos camisetas que había derramado su café. ¿Realmente era un genio? Se sintió enrojecer al ser escaneada por su mirada. La ropa revuelta y su cabello despeinado indicaban muy claramente lo que habían estado haciendo. O intentando hacer.
—… escucha Sheldon, realmente no es un buen momento. Lo siento, Amy tiene dolor de cabeza, haremos un cambio de planes —escuchó la insolente mentira de Leonard con el ceño fruncido. El chico parecía realmente contrariado. Un tic rápido cruzó por su rostro antes de asentir lentamente.
—Si me permites, Leonard, ¿Cuánto tiempo de relación llevas con tu novia? —preguntó, arqueando las cejas y estirando su cuello hacia delante, de un modo extraño.
—Dos años y medio —respondió, sin dudar un segundo— mi primera y única novia… oye, ¿porqué? —Leonard frunció el ceño, saliendo finalmente de un trance inducido por la sobrecarga de afecto físico.
—Sólo por curiosidad científica. Buenas noches —sin más, se retiró. Amy llegó a escucharlo susurrar algo sobre variables, datos, relación, antes de que se adentrara en el ascensor.
Era, sin duda, un personaje interesante.
Sintió las manos de Leonard en su cintura, y sus labios dejando un sendero de besos en su nuca. Le encantaría volver a sumergirse en la adrenalina romántica que los había zambullido antes de la interrupción, pero era imposible. Leonard pareció notarlo.
Él siempre lo notaba.
Se acurrucó con Leonard en el sofá, él rodeándola con el brazo y dando un tierno beso en su cabeza. Extendieron su mentira sobre la jaqueca hacia Raj y Howard, y se prepararon para otra noche de abrazos que ansiaban llegar más allá, caricias que no bastaban, y besos cortos que querían durar eternamente.
Más tarde esa noche, mientras dormía con los brazos de Leonard alrededor de su cintura, tiró de la bandita en su muñeca con algo más de fuerza.
La intimidad era difícil.
Aún escuchaba las palabras variables, datos, relación, cuando cerró los ojos. Sintiéndose, aunque amada, frustrada.
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Nota de autora:
¡Gracias por los comentarios!
Espero que la estructura de este capítulo no les haya resultado molesta. Creo que Sheldon está algo (o muy) fuera de carácter. No es como él perder el tiempo en relaciones sociales… bueno, después de todo es un AU.
¿Críticas?
