Experimentando con un pasado perdido

Parte 2—

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And all the roads we have to walk are winding

And all the lights that lead us there are blinding

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La vida está llena de interrupciones y complicaciones, Leonard era sumamente consciente de eso.

Desde su infancia, sus deseos y esperanzas sobre el futuro fueron truncados por su estricta madre, su indiferente padre, y las constantes torturas de sus compañeros de clases. En medio de ese cóctel degradante, él perdió su confianza y autoestima.

Por eso, ahora que se encontraba en un punto alto de su vida; enamorado, casi autosuficiente, relativamente lejos de su madre y viviendo una relación sólida basada en buena comunicación, respeto mutuo y amor... no podía evitar sentirse algo presumido.

Cada mañana, la visión del despeinado cabello de Amy sobre la almohada, los solitarios cepillos de dientes descansando dentro del mismo vaso, la ropa mezclada, le dejaban una potente sensación de orgullo y una sonrisa imborrable. Tenía todo lo que deseaba a los quince años: estar fuera de casa y vivir con una chica hermosa. Un plus era poseer una vida social cada vez más creciente y emocionante.

El estrés por los estudios no logró opacar su alegría y entusiasmo, mucho menos cuando estaba en proceso de poseer un nuevo amigo.

El Dr. Sheldon Lee Cooper.

Hombre extraño, sin duda. Pero aún así, innegablemente brillante, era el condimento ideal que hacía falta en su perfecto grupo social: un ser excéntrico, aún más que Amy. Y si permitía que la voz de su madre se metiera en su cabeza, debía reconocer que las conexiones que tenía Sheldon con personas relativamente influyentes en el campo de la física, eran atractivas.

Más allá de su inteligencia, había algo en Sheldon que resultaba magnético. La potente sensación de que estaban destinados a ser amigos, quizás mejores amigos; claro que esto era estúpido, él no creía en cosas como el destino, ni mucho menos.

En síntesis, Leonard estaba conforme con el rumbo que había tomado su vida. Sabía que le esperaban desniveles en el camino, sabía que podrían existir peleas y estrés, pero lo afrontaría. Quizás fue esa nueva seguridad descubierta hacia su relación con Amy, la que lo llevó a descuidarla. O por lo menos, pasar menos de su tiempo con ella. Nunca habían sido muy empalagosos, sin embargo últimamente los besos habían disminuido de forma alarmante para ser reemplazados con maratones de películas en la casa de Raj, y rondas de juegos con Howard. En ocasiones, al caer la noche, se sorprendería rememorando sus acciones en el día y descubriendo la casi total ausencia de Amy en ellas.

De todas formas, esa pequeña luz roja de alarma no se transformó en más; y eso no le impidió dejar a su novia sola en casa un sábado, para así poder disfrutar de una tarde plagada de dragones, duendes, y dados. Algunas conversaciones masculinas, y seguir sorprendiéndose por las idiosincrasias de Sheldon.

Lo que no sabía Leonard, era que Sheldon tenía preparado un juego muy diferente.

Después de seguir la detallada serie de instrucciones proporcionadas por Sheldon, llegó al edificio. Golpeó la puerta del 4A con creciente emoción, mientras sus otros dos amigos lo seguían algo más atrás, rezagados.

—Sigo creyendo que esto es un error —dijo Raj, en tono de advertencia—. Leonard, si algo nos enseñan las películas románticas es que un cambio de planes puede destruir incluso a la pareja más fuerte. Destino, amigo.

Leonard rodó los ojos con impaciencia.

—Él tiene razón —concordó Howard—, debes ser el único tipo en el mundo que elige jugar Calabozos y Dragones en la casa de un loco, en vez de divertirse con su novia... ¿sabes lo que haría yo...? —comenzó, con la característica voz pegajosa que ponía cuando estaba a punto de decir algo completamente inapropiado, asqueroso, o morboso.

—No me interesa lo que crean, Howard —gimió Leonard—. Amy no está molesta conmigo —agregó, no tan confiadamente como antes.

La conversación fue interrumpida por un fuerte carraspeo. Sheldon sostenía la puerta con un ademán excesivamente invitante, y una extraña sonrisa en el rostro.

Sonriendo como El Grinch cuando se encuentra a punto de arruinar la Navidad, Sheldon los guio dentro de su apartamento.

La sala de estar estaba aún menos amueblada que su propio apartamento. Sólo contaba con varias sillas de plástico apiladas, pizarras colmadas de ecuaciones. Un pequeño escritorio dónde descansaba un ordenador situado en una esquina, y en el centro el televisor con la infaltable consola de videojuegos.

De repente, Leonard se sintió algo torpe. No parecía el tipo de lugar donde podrías sacarte la chaqueta y tirarla sobre una silla tranquilamente, y su anfitrión no era el tipo de persona que permitiría que lo hagas, de todas modos. Con Howard y Raj pisándole los talones como dos gacelas escudándose de un molesto león, intentó establecer un tema de conversación. Lo habían hecho antes: hablar, incluso tomarse el pelo, molestar a Sheldon sin que se diera cuenta y utilizar excesivamente el sarcasmo y la ironía para confundirlo aún más. Sin embargo, había algo en el cambio de ambiente que los retenía. Necesitaban un territorio neutral, dosis controladas de la esencia Cooper: demasiadas reglas juntas, podían volver las cosas aún más incómodas de lo que ya eran cuando se trataba con Sheldon.

De todas formas, Sheldon no parecía percatarse de su incomodidad. Jamás lo hacía.

—Caballeros ¿puedo ofrecerles una bebida caliente? —preguntó. Leonard pensó que se manejaba como un robot, cuyas acciones ya habían sido predeterminadas y arraigadas en lo profundo de su mecanismo interno. Negó con la cabeza al igual que Raj y Howard.

Oyó a Sheldon murmurar: 《terminemos con esto》.

Una vez que el tablero fue colocado, los dados listos para ser lanzados, y los cuatro sujetos aferrados a sus asientos; Leonard se preparó para una de las partidas más extrañas de su vida.

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Después de pasearse por programas de TV que en realidad no le interesaban en lo más mínimo, Amy decidió que no iba a derrochar una soleada y agradable tarde haciendo zapping en su televisor en busca de algo que probablemente vería a medias, esperando a Leonard como una anticuada dama virgen.

Suspiró ante su pensamiento, lanzó una risita y saltó fuera del sofá. Mientras buscaba ropa apropiada para dirigirse hacia "donde sea", repasó los últimos días en su mente. No importaba desde qué ángulo lo viera, la verdad absoluta era sólo una: Leonard tenía una vida más allá de su relación, y ella también debería tenerla.

Talvez podría visitar a la Señora Wolowitz, o llamar a su padre... sacudió la cabeza: más ironía.

Desde hace años, su única familia habían sido sus amigos, con la esporádica presencia de su padre y los consejos de índole maternal que le proporcionaba la Señora Wolowitz. Pero la realidad era que en momentos como estos: un sábado donde todos sus amigos tenían planes, donde ella se encontraba sola y aburrida, deseaba tener una amiga.

Raj era genial, sí; era lo más cercano que tenía a una "mejor amiga", a menudo se comportaba de un modo suave que Amy sólo había visto en las películas sobre amistades adolescentes. Y eso era fantástico, pero ella deseaba una vida más allá de sus amigos y su novio.

Abrió los ojos como platos ante la "revelación". Efectivamente, el ser humano es una máquina programada para ser inconformista y desear más, más y más. Y aunque amaba lo que tenía: un novio amoroso, dos amigos geniales... incluso amaba algo a su padre ausente, no podía evitar querer más.

No era egoísta anhelar una vida social más independiente, ¿no? Pensó en eso mientras bajaba en el ascensor, con un libro en su bolso y un gorro de lana sobre su cabeza.

Algo de viento soplaba en su nuca cuando caminó hacia el parque que estaba frente a su cafetería preferida. Siendo un fin de semana, el parque estaba lleno de familias, niños inquietos con las narices sucias que corrían y raspaban sus rodillas, para luego volver a caer y raspar sus codos. Madres gritonas y despeinadas que corrían detrás de los niños y los sujetaban de las trenzas o las orejas, o padres encapsulados en sus celulares que de vez en cuando les regalaban una mirada de soslayo a sus hiperactivos retoños.

Era un caos.

Se ubicó en un banco alejado, detrás de unos columpios oxidados y debajo de un roble cuyas hojas eran desprendidas por el viento. Abrió el libro y deslizó sus ojos por las líneas de cinco páginas, sin absorber una sola palabra.

Si su vida fuera un película, ese sería el preciso momento en el que conocería a su mejor amiga. La persona que abriría su mundo a nuevas experiencias y le regalaría nuevas amistades y un nuevo sentido de independencia.

Sacudió la cabeza ante sus pensamientos fantasiosos. La vida no es una película, y un viaje impulsivo al parque no iba a cambiar su aburrida monotonía. Debía aceptar y apreciar lo que tenía.

¿Acaso ahora buscaba aventuras? Bufó ante la idea; sólo estaba aburrida. Excesivamente aburrida.

—¡MIKE, JURO QUE SI NO REGRESAS AQUÍ EN ESTE INSTANTE APLASTARÉ TUS DEDOS EN EL TOSTADOR! —los tímpanos de Amy no habían sufrido tal tortura desde la última noche de karaoke con Wolowitz. Temerosa, levantó los ojos buscando a la dueña de los agudos y violentos gritos.

A lo lejos, observó una pequeña figura atareada de bolsos y arrastrando a cuatro niños pequeños con ella, la figura avanzó hasta los columpios, cogió a los niños en sus brazos y los metió dentro del artefacto. Luego, lanzando los bolsos al suelo con fuerza, les dio a cada niño un fuerte empujón que los dejaría balanceándose durante minutos. Observando su hazaña con una sonrisa de satisfacción, la figura dio una vuelta y caminó directamente hacia el banco que Amy estaba ocupando.

Amy aguantó la respiración. ¿Y si esa pequeña y feroz muchacha quería socializar? ¿Y si estaba en busca de alguien adecuado para descargar su enojo? ¿Y si moría aplastada por el peso de sus bolsos gigantes?

Pero nada de eso ocurrió. Una vez sentada junto a Amy, la chica dejó escapar un suspiro derrotado y estiró sus miembros como un gato. Parecía agotada.

—"Cuida a tus hermanos, sé una buena chica, sé un canguro católico y adorable" ¡Diablos! Prometo que si vuelvo a escuchar un llanto más en el día de hoy, alguien saldrá herido. ¡Y no seré yo, hermana! —exclamó la muchacha repentinamente. Amy la miró, captando sus facciones por primera vez.

Tenía gafas de montura elegante, un rostro pequeño enmarcado por una melena rubia ondulada y un flequillo. Amy sospechaba que su inusual tono de voz permanecería para siempre en su oídos.

La chica la miró asustada, dándose cuenta, quizás, que podía resultar algo aterradora.

—¿Tus hermanos te dan problemas? —preguntó Amy. Aunque odiaba confirmar lo obvio, decidió lanzarle un salvavidas a esa inusual muchacha gritona. Conocía de primera mano la incomodidad social, más aún cuando es con personas del mismo género y edad: la secundaria aún hacía mella en su memoria.

—Ellos son los problemas —replicó—. Son pequeñas pulgas molestas y feroces —la voz de la chica volvió a tornarse insoportablemente aguda.

Amy asintió lentamente y dirigió su mirada al libro otra vez. Quería continuar esa conversación, de verdad que sí; pero no sabía qué decir sobre ese tema en particular. ¿Sería desubicado insultar a sus hermanos apoyando el hecho de que eran tan insoportables como el resto de los niños del parque, de los alrededores, y del mundo en sí?

A menudo, con la socialización, simplemente se rendía: ese día no sería diferente.

Levantó el libro e intentó sumergirse nuevamente en la biografía no autorizada de Louis Pasteur, cuando su ahora tranquila compañera emitió un chillido.

—Oh chica, tú estás de mi lado —dijo, con una sonrisa creciente—... a no ser que estés leyendo ese libro para impresionar a un chico, claro —añadió, con una mirada de desconfianza. Al parecer había una historia detrás de eso.

Amy frunció el ceño mientras miraba la imagen en blanco y negro del científico en la portada del libro, y se preguntaba de qué forma podrían utilizarlo para impresionar.

—¡Discúlpame! Aunque no sea mi campo de estudio, en un momento consideré la microbiología como carrera a seguir... supongo que fue a los nueve años. De todas formas, me extraña que sepas quién es —replicó Amy, sin pelos en la lengua y con más de su característica sinceridad brutal. No era un hecho desconocido lo difícil que resultaba encontrar personas jóvenes interesadas en la ciencia; al menos, no se encontraban por pura coincidencia.

—¿Qué clase de aspirante a microbióloga sería si no conociera a Louis Pasteur? —respondió ella, interesándose cada vez más en la conversación e ignorando el hecho de que sus hermanos habían bajado de los columpios y ahora corrían libre y salvajemente por el parque.

—No lo sé... ¿una que sólo sigue esa carrera para impresionar a un chico? —respondió Amy, con humor.

La chica dio una risita y extendió su mano, Amy la tomó.

—Me llamo Bernadette —se presentó, intentando ignorar el caos familiar de niños rubios que se extendía más allá.

—Amy —dijo, sonriente.

Quizás ese día sí resultaba ser como una película.

—Espérame un momento, Amy. Debo llevar a estos niños hasta el auto de papá antes de que mueran por picaduras de abejas o asfixiados.

Amy observó como Bernadette escoltaba a la hilera de niños y arrastraba los bolsos hasta una patrulla de policía. Arqueó las cejas mientras observaba como uno a uno iban introduciéndose en el vehículo tranquilamente.

Después de unos instantes, Bernadette volvió.

—Estoy tan gastada; no es que tenga algo de tiempo libre, y cuando lo tengo, sólo lo puedo ocupar cuidando niños. ¿Para qué diablos estudio si puedo abrir mi propia guardería? —se quejó, tomando cada vez más confianza.

Amy contempló qué decir unos segundos. Luego hizo algo que jamás había hecho antes: mandar la planificación al demonio. Ser espontanea servía con sus amigos, y aún los mantenía. Si iba a compartir una charla con Bernadette, lo haría sin analizar cada una de sus palabras.

—Mi amigo Raj, siempre dice que no hay nada que un muffin de manzana no pueda resolver —Amy se frotó la barbilla, pensativa—. Aquí entre nosotras, soy una fiel creyente de que el chocolate es el mejor aliado en las crisis. ¿Fruta? ¡Por favor! —Amy soltó un pequeño suspiro— ¿Te gustaría ir a tomar un café? —preguntó finalmente.

Bernadette sonrió.

—¿Descafeinado? —susurró, entrecerrando los ojos.

—¡Claro que no!

—¡Oye, has pasado la prueba de Bernie! ¿Quién bebe café descafeinado?

Las dos figuras atravesaron el parque caminando mansamente.

De repente, el aburrimiento se había esfumado de la mente de Amy. La promesa de una nueva amistad iluminaba la tarde.

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Deseó por enésima vez en el día haberse quedado en casa con Amy, ver una película, abrazarla, y cocinar junto a ella. Pero era demasiado tarde para admitir que no estaba disfrutando para nada esto.

Howard y Raj parecían a punto de caerse rendidos en el suelo del apartamento, mientras Sheldon avanzaba en el juego casi con desinterés; de hecho, parecía más interesado en interrumpir el mismo con preguntas extrañas.

Fue cuando le pidió que calificara en una escala del uno al diez cuán satisfactorio era el coito con Amy, que Leonard no pudo seguir soportándolo.

—¡Sheldon! entiendo que seas... diferente; pero no soy estúpido. Realmente, ¿adónde quieres llegar preguntando este tipo de cosas? —lo enfrentó. Dentro suyo sólo quería que los minutos pasaran y regresar a casa.

Sheldon se chupó el labio con fuerza. Después de unos minutos de lucha interna, encontró las palabras adecuadas para responder eso sin mentir, sin revelar nada comprometedor, y esperaba; sin recibir más que respuestas cortas o miradas extrañadas.

—Leonard... has sido una compañía aceptable. Sorprendentemente, pude adecuarme a tu presencia con algo de rapidez —Sheldon se preparó para suprimir un tic facial—. Me veo... queriendo incluirme en tu grupo social —su ojo izquierdo parpadeó rápidamente, aunque nadie pareció notarlo—, pero para eso, necesito información del mismo... tu novia: Amy, parece una mujer interesante —para sorpresa de Sheldon, no sintió ningún movimiento involuntario. Decir que esa mujer desconocida era interesante, se sintió tan cierto como lo era la verdad.

Eso era interesante.

Leonard lo observó por un momento, sintiendo lástima de aquél genio brillante y solitario.

Experimentó un sentimiento muy familiar, algo que sintió años atrás con Amy: el deseo de proteger a una persona solitaria y perdida, oculta tras una capa de cosas extrañas y kilos de egocentrismo e impertinencia.

Quizás Sheldon Cooper sólo necesitaba su amistad.

—Bueno... —aceptó Leonard, intercambiando una mirada con Howard y Raj—. Amy tiene un coeficiente intelectual de 182, toca el arpa, le gusta el cine francés y teje sus propios suéteres —dejó salir rápidamente, mientras cerraba su chaqueta y miraba su reloj. Era hora de irse, y realmente no estaba apenado por eso.

—¿Su familia? ¿madre, padre, hermanos? —cuestionó Sheldon, preparado para archivar en su cerebro cualquier información que fuera proporcionada.

De haber tenido la simple cualidad de reconocer los gestos faciales, habría notado el endurecimiento en los rasgos de Leonard, la mandíbula apretada de Howard y los ojos grandes de Raj.

Finalmente, Leonard habló, con una voz que incluso Sheldon pudo reconocer como el punto final de la conversación.

—Amy jamás habla de ellos, y nosotros tampoco. Gracias por la hospitalidad, Sheldon. Nos vemos.

Sin más, los tres hombres salieron del apartamento.

Sheldon observó la puerta cerrada un instante, sacudió la cabeza y regresó a su rutina diaria.

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—¡Y entonces esta chica sostiene el libro al revés, y parpadea cinco veces seguidas como en un comercial de lápiz labial! —exclamó Bernadette entre risas, tomo un sorbo de café e intentó recuperar el aliento—... y ¿qué crees? ¡Su técnica funcionó! Aún siguen saliendo.

—¡No! —respondió Amy, ahogando una carcajada.

—¡Sí! Realmente podría haberlo atrapado sin el libro... maldita —susurró con resentimiento.

Las últimas horas habían sido el paraíso para Amy. Bernadette era amable y divertida, no se horrorizaba del todo cuando decía cosas extrañas, e incluso ella compartía sus excentricidades; como el ferviente deseo de trabajar con bacterias devoradoras de carne.

Intercambiaron números telefónicos y Bernadette prometió contactarla. Amy esperaba que lo hiciera, pero de no ser así, al menos tendría un bello recuerdo y algo de práctica para las relaciones sociales en el futuro. Se despidieron cuando el sol ya comenzaba a ocultarse, Amy pidió el último café para llevar y lo bebió mientras caminaba hacia su apartamento, el frío estaba mucho más presente para ese entonces.

Esperaba que Leonard llegara pronto, tenía planeado ver una película de terror por la noche y no creía poder lograrlo sin algo de apoyo moral, o un brazo cálido rodeándola.

Cuando llegó al edificio, el cielo estaba tan negro como el fondo de su café. Tiró el recipiente en un contenedor de basura y se adentró en el complejo de apartamentos, esta vez optando por usar las escaleras y entrar en calor.

Una vez que su llave dio una vuelta en la cerradura y la puerta se abrió, se llevó una sorpresa gigante.

Ahí estaba Leonard, sentado en el sofá con el ceño fruncido como un padre preocupado esperando a su hija adolescente y renegada. Usaba su bata roja y pantuflas, parecía haber salido de la ducha.

—Vaya, llegaste temprano —comentó Amy, mientras se sacaba el gorro y lo dejaba sobre el sofá. Caminó hacia la cocina y se sirvió un vaso de agua, aún esperando una respuesta de Leonard.

—¿Eso es todo lo que dirás? —preguntó él, mordazmente.

Amy alzó las cejas sorprendida. Había algo que se estaba perdiendo.

—¿Porqué estás enojado? —preguntó, sin ganas de jugar a la novia paciente— ¿no ganaste en tu juego de duendes?

El ceño de Leonard se profundizó.

—El sol ya se puso Amy, y tú estabas sola allá afuera, no contestaste mis mensajes; creía que te encontraría aquí y...

Leonard fue cortado por la mirada de láser de Amy.

—No tengo porqué esperar a que regreses, Leonard. Tú cambiaste tus planes para hoy, yo cambié los míos también: simple —replicó, empezando a enfadarse.

Ahí estaba otra vez: el molesto sentimiento de dependencia.

—Sería amable que aprecies mi preocupación —murmuró, suspirando y yendo a la habitación.

Las preguntas de Sheldon habían removido la memoria de Leonard. Recuerdos dolorosos sobre Amy, situaciones feas y desagradables. Sólo quería llegar a casa y disculparse por haberla dejado, darle unos besos y hacerla sentir confortada aún cuando no lo necesitara.

Sin embargo, mayúscula fue su sorpresa cuando encontró el apartamento vacío y sin ni una nota. Su celular estaba apagado y no tenía idea de en dónde podría estar. Quizás estaba exagerando, quizás sólo deseaba que hubiese sido un sábado normal y rutinario.

Durmió durante unas horas, cuando un chillido asustado proveniente de la sala de estar lo despertó. Se dio vuelta, buscando a Amy por instinto, sólo para recordar algo sobre una película de terror que quería ver.

Decidiendo no extender la ley del hielo entre ellos por unas estúpidas palabras ásperas, salió de la cama, cogió unas cobijas y caminó hacia el sofá donde se encontró con un par de asustados ojos verdes cubiertos de almohadas.

Amy saltó a sus brazos y él la envolvió con la cobija.

—Te amo —susurró, pensando en lo poco que había dicho esas palabras en los últimos días.

—Yo también te amo —respondió ella, fundiéndose en su abrazo y relajándose.

Mientras miraba la pantalla del televisor con ojos desenfocados, Amy no pudo dejar de pensar en esas personas inconformistas que siempre deseaban más de lo que tenían.

Y como nunca quería ser de ese modo; tenía amor en su vida, ¿no debería bastar?

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El sujeto L.H. no resulta nada enigmático. Gracias a un increíble libro escrito por la Dr. B.H., he tenido acceso a los más profundos rasgos de su personalidad.

Por otro lado, el sujeto A.F. continúa siendo inaccesible, me veo obligado a tomar medidas drásticas: adentrarme aún más en el hábitat de estos sujetos.

A.F. es poseedora de una magnífica inteligencia, vida familiar aún pendiente y pasatiempos nada apasionantes.

Aún sin conclusiones.

Escribió Sheldon, acabando un extenso texto. Suspiró, lo que era raro en él.

Jamás pensó que un experimento social podría ser tan atrapante como uno de física.

Jamás pensó que el sujeto de un experimento despertara tal curiosidad en él.

Interesante, de hecho.

Nota de autora:

¡Gracias por su paciencia!

Espero que este capítulo sea de su agrado.

¿Críticas?