Explosión cósmica, galaxia naciente
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I'm not saying right is wrong
It's up to us to make
The best of all things that come our way
And all the things that came have past
The answer's in the looking glass
There's four and twenty million doors
Down life's endless corridor
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Disfrutaba de los domingos tanto como todas las personas del mundo. Los domingos, Amy y él solían dar largos paseos por el parque, armar rompecabezas, y Leonard intentaría explicarle por enésima vez el orden cronológico de las películas de Star Wars, mientras ella intentaba que no se durmiera viendo una aburrida película en blanco y negro y con subtítulos que empeoraban su miopía en porcentajes alarmantes.
La mañana de ese domingo, sin embargo, lo encontró con los ojos abiertos al máximo y el cuello acalambrado.
—Debemos dejar de dormir en el sofá —pensó, mientras intentaba acomodar su cuerpo sin despertar a su novia. Un movimiento brusco de sus piernas provocó que Amy suspirara y envolviera sus propias piernas alrededor de su cadera; quedando tan enredados como luces navideñas. Definitivamente, ese había sido un mal movimiento.
Ahora su cuello no era lo único que le provocaba incomodidad.
Se mordió el labio, conteniendo un gemido frustrado, y aunque su pensamiento lógico le gritaba que huyera lo más lejos posible antes de que Amy lo viera en esa situación embarazosa, sus impulsos lo obligaron a quedarse.
Sus impulsos, o el disimulado anhelo de obtener algo de alivio con su novia: como se suponía que debía hacerse en esas situaciones.
—Sólo relaja la pelvis, Leonard, sólo relaja la pelvis... —repitió como un mantra, intentando calmar la situación que se expandía más abajo de su cintura.
Con los dientes apretados, bajó la vista al rostro de Amy, sus gafas colgaban de sus orejas y su cabello tenía ese aspecto desenfadado y rizado que tanto amaba. Deslizó sus ojos más abajo, deteniéndose en sus labios por unos segundos perdidos y cayendo vorazmente en la curva de su cuello y en los botones deshechos de su camisón.
Esa no era una buena forma de calmarse. Para nada.
Suspiró ásperamente al sentir el aliento caliente de su novia en la oreja, empeorando su situación en proporciones épicas. Un pequeño sentimiento de culpa lo alcanzó al disfrutar más de lo que debería de los movimientos absolutamente inocentes —e inconscientes— de su novia dormida.
—¡Buenos días, Hofstadter!
Bueno, no tan dormida.
Leonard se sintió acorralado, más aún cuando Amy levantó los anteojos de su rostro y los calzó sobre su cabeza, como si llevara gafas de sol. Ese simple movimiento la convertía en toda una seductora empedernida; si no lo supiera mejor, sospecharía que se movía de ese modo adrede, para fastidiarlo. Para encenderlo.
Pero Amy no hacía esas cosas y nunca las haría. Ella no manejaba de ese modo la intimidad.
—Buenos días, Fowler —respondió después de un momento, dándole un beso corto en los labios y saltando fuera del sofá con una almohada cubriendo su cintura, en lo que esperaba, fuera una pose casual y disimulada—. ¡Arriba, Amy! En cuarenta minutos debemos encontrarnos con los chicos en la cafetería... estaba pensando que luego podemos ir al cine, hay una película que Raj...
—Leonard, está bien, ve a ducharte —lo cortó Amy suavemente, notando su situación incomoda. Recibió una sonrisa apenada de su novio y lo observó meterse al cuarto de baño.
Amy arregló sus gafas y tomó su teléfono celular, decidiendo disfrutar sus últimos momentos en la comodidad del sofá antes de tener que largarse al mundo, a la socialización, y a los amigos. Antes de tener que participar otra vez en los planes que Leonard organizaba solo.
—Dependencia, dependencia, dependencia... —murmuró entre dientes.
Por eso, grata fue su sorpresa al notar que había recibido un mensaje de voz de la chica del parque, Bernadette.
Amy no pudo contener una carcajada, mientras apretaba una almohada contra su cara para no gritar como una niña preadolescente a la que le compran su primer sostén.
Calmando su respiración y conteniendo su emoción, presionó el botón de reproducir.
—¡Hola Amy!... escucha, quizás sea algo pronto, pero realmente me agradaste, y en los concursos de belleza te enseñan que cuando alguien te agrada: ¡debes marcarla como parte de tu equipo antes de que las rivales te la arrebaten! —la voz chillona de Bernadette adquirió una entonación digna de un sargento adicto al tabaco—... por eso, me preguntaba si estarías disponible hoy a las cinco, podemos encontrarnos en el parque y...
—¡¿Me llevarás al parque?! —la voz de un niño se escuchó por detrás de la de Bernadette.
—¡Largo de mi habitación, Mike! —Amy esperó con una sonrisa a que los ruidos de lucha cesaran— ok... sólo escríbeme si puedes, adiós.
Desbordando felicidad, Amy escribió una respuesta en su celular, confirmando su encuentro.
El sol filtrándose por las persianas la sacó de su ensoñación, con las cejas fruncidas, comenzó a recoger las cobijas del sofá, agradecida de que los domingos Leonard era el responsable de hacer el aseo.
Y hablando de cosas limpias... Él estaba ahí, con una toalla envuelta alrededor de su cintura y agua deslizándose por su torso. El cabello mojado de Leonard siempre causaba que se inundara en un mar de hormonas y fantasías para personas mayores de 18 años; la hacía pensar en cosas para las que todavía no estaban listos. "Todavía no estamos ahí" se recordó.
Pero eso no impidió que sus ojos devoraran a Leonard como si fuese una apetitosa hamburguesa.
—¿Amy? —preguntó Leonard, una sonrisa presumida curvaba sus pequeños ojos.
En ese mismo momento quiso rendirse, y tomarlo allí mismo. Sabía que ella tenía el poder en ese sentido; sabía que ella era la que los estaba reteniendo.
—Mmmh yo... sólo iré a... ¡Es tu turno de hacer el aseo! —gritó, mientras corría a su habitación como una niña hiperactiva. Del otro lado de la puerta, dejó escapar un suspiro de alivio.
Mientras Leonard, en la sala, hacía lo mismo.
La intimidad era difícil, sin duda; pero divertida.
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—¡Es que no entiendo qué es lo que quiere! —exclamó Leonard, balanceando la mano de Amy mientras levantaba su brazo para remarcar su indignación.
Amy suspiró. Sólo Beverly Hofstadter podía arruinar un día que prometía ser hermoso.
No era un secreto que la madre de Leonard disfrutaba metiéndose en la cabeza de todas las personas a su alcance. Amy había tenido años de práctica con los propios métodos de su madre para hacerla sentir menos, al lado de ella, Beverly era sólo una voz molesta flotando sobre sus oídos. Por ese motivo, era entendible el temor de Leonard al recibir un correo electrónico de su madre citándolo a una reunión "De suma importancia".
—Estoy segura de que todo saldrá bien —Amy apretó su mano. En el interior, estaba sumamente aliviada de no haber sido citada también.
Leonard dejó escapar un sonido indefinido y enojado, mientras pateaba un montón de hojas con una actitud infantil. El resto del camino a la cafetería de recorrió en un casi-silencio interrumpido por los constantes gemidos de Leonard. Literalmente, Amy podía escuchar la mente de su novio trabajando a toda máquina en busca de una escusa que convenza a su madre de que no podía asistir. Y no le iba muy bien.
Amy suspiró de alivio al llegar a la cafetería. Arrastró a su enfurruñado novio del brazo y lo guio hacia adentro, esperando que la perspectiva de un desayuno entre amigos mejorara su humor. Los divisó desde el mostrador, sentados como siempre en una mesa alejada en una esquina. Raj, como lo hacía habitualmente, ya estaba saboreando un pastel de chocolate —para probablemente después echarles la culpa de que su tardanza lo había llevado a romper su dieta baja en carbohidratos—, Howard también estaba disfrutando de un placer prohibido: molestar a Sheldon con sus tontos trucos de magia.
Y éste último sólo estaba sentado recto, con el ceño fruncido y una servilleta sobre el regazo.
—Disculpen la tardanza, Leonard ha recibido una llamada del Diablo —se excusó Amy, mientras se sentaba frente a Sheldon y compartía una mirada conocedora con Raj, quien ya parecía haber afilado su lengua para arremeter contra "el Diablo".
—Oh... pasarán un lindo día ustedes dos. ¿Una reunión familiar, Leonard? Eso es como una convención de témpanos de hielo —bromeó Howard, dándole una palmada en la espalda a su amigo de anteojos.
—No estoy familiarizado con esa jerga.
Cuatro pares de ojos se posaron en el alto físico teórico, que los observaba con una expresión de aburrimiento en el rostro. —De todas formas, si están hablando de la Doctora Beverly Hofstadter, no entiendo porqué las quejas. Es una líder en su campo —agregó.
—Realmente es una científica brillante... aunque no esté de acuerdo con sus teorías. En cuanto a "Témpanos de hielo", Howard se refería a la frialdad analítica de la madre de Leonard —explicó Amy.
—Una interesante analogía —aceptó Sheldon, archivando esa conversación en su mente; ya le serviría más tarde.
Después de eso, la conversación se relajó en un tema que a Amy no le interesaba, como pasaba cada mañana: no importaba cuánta atención prestara, no podía entender la pasión de esos hombre por las películas espaciales o los hombres voladores en ropa interior ajustada. Se distrajo con su teléfono mientras ellos continuaban su acalorado debate.
Dejó escapar una gran carcajada al recibir una fotografía de Bernadette, con los ojos en blanco mientras detrás suyo sus pequeños hermanos rubios jugaban a las luchas. Sin duda, ella estaba teniendo una mañana mucho más complicada que la suya.
—¿De qué te ríes? —le preguntó Leonard, estirando el cuello con curiosidad. Amy apagó la pantalla de su celular y lo guardó.
—Me han enviado una fotografía graciosa —respondió, notando como Raj parecía emocionado por este extraño suceso (ella jamás había socializado con alguien más que ellos), y Leonard fruncía el ceño.
—Saben, ver a este tipo celoso es muy emocionante y todo... pero yo iré a ver porqué no han traído nuestro desayuno —anunció Howard, mientras movía sus piernas envueltas en un ajustado pantalón lila a toda velocidad, acercándose a una atractiva mesera.
—No estoy celoso, sólo hice una simple pregunta —refutó Leonard, pareciendo otra vez de mal humor.
—Lo sé —respondió Amy extrañada. Realmente todo parecía una conversación tonta nacida por algo banal. Contuvo el impulso de rodar los ojos, mientras Sheldon los rodaba sin reparo.
—Te amo con todas mis fuerzas, ¿lo sabes? —expresó Leonard en una súbita muestra de afecto apasionado, mientras la abrazaba.
—Oh, por favor —bufó Sheldon, harto de tanta cursilería—. De acuerdo a la Segunda Ley de Newton, la suma de todas las fuerzas sobre un objeto es igual a cero. En el sentido técnico, amar a alguien con todas tus fuerzas es el equivalente a vivir un romance nulo y aburrido —Sheldon ignoró la mirada impactada de todos en la mesa—... yo tendría cuidado con eso Amy Farrah Fowler —la advirtió, levantando las cejas un par de veces.
—Eso tiene bastante sentido —admitió Amy con humor. La mano de Leonard la presionó más junto a él.
—¡Adivinen quién consiguió nuestro desayuno... y el número telefónico de Lily, nuestra radiante mesera! —gritó Howard con voz cantarina, mientras depositaba una bandeja sobre la mesa y repartía las bebidas, haciendo el trabajo de Lily.
—No comeré eso, lo tocaste —dijo Sheldon, alejando el muffin y el café que Howard había puesto frente a él, para luego extraer una pequeña botella de desinfectante del bolsillo de su pantalón y aplicar una generosa cantidad en sus manos.
Howard rodó los ojos y arrebató el muffin del plato, lo sostuvo un momento y luego sonrió, decidido a comportarse como un pequeño diablo rojo. Disimuladamente y bajo la mirada cómplice de Raj, depositó el alimento manoseado en la servilleta de Sheldon.
Y una vez más, la mano de Sheldon hizo contacto con el muffin; sólo que esta vez saltó tan lejos de la mesa como pudo, casi como si hubiera recibido una descarga eléctrica y con los ojos abiertos al máximo.
—¡Relájate amigo, es sólo un muffin! —rio Howard, lanzándole unas migas de su propio muffin y provocándole un nuevo salto.
Un coro de risas flotó sobre la mesa. Amy sintió la risa ahogada de Leonard contra su cabeza, y tuvo suficiente.
—Eres un idiota Wolowitz —sentenció, apartándose del abrazo de Leonard con un movimiento brusco y siguiendo a Sheldon, el cual se escabullía rápidamente por la puerta delantera.
No sabía muy qué era lo que había pasado, pero sí entendía perfectamente las fobias. Desde el primer momento que tuvo contacto con Sheldon Cooper, supo que era una persona extremadamente peculiar y poseedora de bastantes manías y problemas. Howard, Raj, e incluso Leonard podían burlarse de esos problemas; a ella le preocupaban.
Lo encontró de píe contra una banca del parque, frotando más desinfectante en sus manos y con la respiración agitada.
Ahora bien, ¿qué se le decía a una persona prácticamente desconocida con la que no había intercambiado más de una conversación corta, para evitar que sufriera un ataque de pánico?
—¿Sheldon? Sabes que los ataques de pánico pueden conducir a los desmayos con frecuencia... si te desmayas, tu cuerpo estará en contacto con todo tipo de microorganismos dañinos —le dijo, utilizando el mismo tono de voz que usaba al dar exposiciones.
Sheldon se fijó en ella por primera vez, abriendo los ojos como una vaca enloquecida.
《¡Genial Amy, asusta más al tipo!》
—Infórmale a Wolowitz que se ha ganado un lugar muy alto en mi lista de enemigos mortales —le informó, después de unos segundos de silencio y una cuantas respiraciones profundas.
No supo porqué, pero eso fue recibido con una carcajada de parte de Amy. ¿Acaso le daba gracia la perspectiva de que su amigo inferior intelectualmente sea desintegrado por un rayo de la muerte? Esa mujer era extraña.
Ella dio un paso en su dirección. Sheldon sintió su cuerpo tensándose. ¿Acaso planeaba tocarlo?
Pero no lo hizo. Observó como rebuscaba en su bolso, hasta sacar una nueva botella de desinfectante. Se la tendió tímidamente.
—Volveré. Aún no he desayunado y debo gritarle un poco a Howard... ten un buen día, Sheldon Cooper —se despidió Amy, dándose la vuelta y caminando otra vez hacia la cafetería.
Sheldon vio la botella de desinfectante entre sus manos. La etiqueta verde que cubría el envase era similar al color de los ojos de Amy Farrah Fowler.
Y notar eso no tenía nada de raro.
…
Leonard la observó caminar hacia ellos con las manos en las caderas y la cara de piedra. Se encogió en su asiento, dándole una mirada fulminante a Howard; todo era su culpa. Raj, por otro lado, comía su desayuno sin prestarle atención a la furia de Amy: ese era uno de los beneficios del mejor amigo, ella jamás se enfadaba con él.
Leonard se movió de lugar ante la ceja alzada de Amy, sin más, ella comenzó a desayunar, dejando a los tres hombres viviendo un suspenso tortuoso generado por su silencio.
Howard no pareció soportarlo más. Dejando sus cubiertos sobre la mesa, tomó una bocanada de aire y comenzó a elaborar su disculpa, conocía bastante bien la técnica de Amy. Ella siempre resultaba ganadora al aplicar la Ley del hielo.
—¡De acuerdo, ya basta! Lo admito, estuve mal; sólo fueron unas migas —exclamó, sin recibir respuestas.
Howard comenzó a sufrir un tic en su pierna, moviéndola contra el suelo.
—¡Oh, por favor! ¿no te dio gracia? —mal movimiento. Amy levantó la mirada con lentitud digna de una película de horror—... esta bien; soy un idiota.
Amy sonrió mientras mordía su muffin.
.
—No dejes que se meta en tu cabeza, Leonard —se despidió de él más tarde. Leonard asintió dignamente.
Sólo esperaba que su madre tuviera buenas noticias.
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La casa se sentía demasiado fría, apática, tal como la recordaba. Jamás se sintió como un hogar, sólo una mansión estéril y blanca, donde no se podía correr ni hablar con demasiada fuerza. Pero ese día había algo diferente. Algo se sentía incluso más apagado que de costumbre, o algo estaba a punto de estallar. Lo notó en la larga mirada extraña que le dio su padre cuando entró por la puerta, y en las ojeras mucho más notorias de su madre.
Algo había pasado.
Quizás sí había existido una pequeña llama de calidez en su familia; porque ahora que había desaparecido por completo, se notaba en sus huesos lo que era la completa frialdad.
En el comedor, sólo se escuchaba el sonido de los cubiertos chocando contra los platos, y el esporádico goteo de la botella de vino cada vez que su padre rellenaba su copa.
Su padre jamás bebía.
—Terminemos con esto —dijo Beverly, cuando la vajilla fue recogida y en la mesa sólo flotaba aquél silencio que aguardaba catástrofes.
Leonard deseó tener a Amy junto a él, sujetándole la mano por debajo de la mesa o susurrándole palabras calmantes. De vez en cuando, ella enfrentaría a su madre, y a veces, la dejaría con la boca cerrada; lo que le provocaba ganas de besarla en una casa donde el contacto físico romántico era una blasfemia.
—Tu padre cree que aún tienes ocho años, y que debemos mostrar algún tipo de contención para ti a la hora de darte estas noticias... que, por cierto, no deben incumbirte. Leonard, tu padre y yo nos divorciaremos —explicó con indiferencia, mirándolo a través de sus gafas con un gesto aburrido.
Debería haberlo sabido. De hecho, siempre supo que el matrimonio de sus padres era sólo una bomba de tiempo. En el fondo, creía que se guardaban algo de amor. Debería haberlo sabido.
De repente, apoyó a su padre respecto a sentirse de ocho años; porque se sintió desprotegido, impactado, y con ganas de un abrazo. Claro que no lo demostró. No se permitió derramar esa lágrima que amenazó con escaparse de sus ojos. Debía afrontar el hecho de una forma adulta.
—Lo siento —dijo sinceramente. Su padre tenía la mirada clavada en sus zapatos.
—Yo no —respondió Beverly—. Una vez que deshagamos nuestra unión nupcial, tu padre será capaz de acostarse con cuantas camareras jóvenes se le crucen por el camino —Beverly se levantó de la mesa, saliendo del cuarto y dejando a padre e hijo solos, luchando con el peso de su revelación.
Esta vez, Leonard no se contuvo.
—¿Qué...?
—Sabías que en algún momento pasaría, Leonard. Lo único bueno que me ha dado tu madre eres tú y tus hermanos —Leonard escuchó a su padre con incredulidad—. Soy un hombre mayor, Leonard. He vivido bajo la sombra de tu madre por demasiado tiempo; ahora, necesito salir de aquí, buscar afecto, y dejar que tu madre escriba un nuevo libro ridiculizando a nuestra familia... no importa, soy libre.
—¡Tú la engañaste! —Leonard saltó de la silla, aparentemente sin haber escuchado una palabra.
Cuando era niño, y su madre lo aterraba, siempre podía contar con la cálida sonrisa de su padre. Él era el progenitor bueno, el padre confortable, alguien digno de confianza. Realmente, amaba más a su padre que a su madre; lo tenía en un pedestal más alto de lo que se hubiera imaginado.
Jamás se habría imaginado que él pudiera hacer algo así: ser infiel. Todo aquello, simplemente, le daba asco.
—Efectivamente —aceptó su padre, con una sonrisa triste— espero que puedas perdonarme, hijo. Tú también lo vivirás. En un momento estás seguro de que ella es única y extraordinaria... pero la cultura general nos dice que al final... no hay sólo una persona para cada uno de nosotros.
Leonard sintió los latidos frenéticos de su corazón, su lengua estaba lista para disparar palabras hirientes y sus miembros incluso podrían atacar a su padre.
¿Cómo se atrevía a insinuar que Amy y él acabarían de un modo tan degradante?
Tuvo que salir de esa casa antes de cometer una locura, y cuando estrelló la puerta de entrada, le dio una mirada de soslayo a los ventanales de la planta superior. Deseó no volver a ese lugar nunca más. Era un lugar frío, apático, y muerto; al igual que su familia.
…
Cuando llegó a su apartamento, el sol comenzaba a ocultarse, aunque no eran más de las seis de la tarde. Amy no estaba en él, otra vez. Y realmente la necesitaba. Se pasó la mano por los rizos desesperadamente. Contempló dormir, salir a caminar, o incluso correr. Pero su mente sólo servía para caminar de un lado a otra de la sala, con una mirada peligrosa en el rostro y revisando la hora a cada rato.
Eran cerca de las siete de la tarde cuando ella regresó, con una sonrisa enorme en el rostro y sin notar el humor oscuro que envolvía a su novio. Tiró de la boina que cubría su cabeza, y la dejó sobre el sofá. Aún con la sonrisa presente en sus labios, se acercó a Leonard, depositando un beso suave en su boca.
Una sentimiento ardiente se expandió dentro suyo como un vapor tóxico. La necesitaba.
En un movimiento audaz, separó lentamente los labios de Amy, pasando la lengua en medio de estos. Una vez que tuvo acceso al interior de su boca, su mente se perdió. Sacando fuerzas de donde no tenía, tomó a Amy por las caderas y la llevó hasta el sofá, tragándose su gemido sorprendido.
Los besos aumentaron de intensidad y las caricias se tornaron fuertes, Amy recibía su afecto distraídamente. Fue cuando Leonard deslizó sus dedos más arriba de su muslo, que Amy se mostró reticente.
—¿Leonard? —susurró, mirándolo a los ojos y notando por primera vez el rostro caído de su novio.
—Quiero hacer el amor, Amy; por favor.
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... dentro del grupo social donde se mueven ambos sujetos, A.F. es, sin duda, el miembro más brillante.
Sheldon estiró sus dedos acalambrados mientras leía orgullosamente la nueva entrada de su experimento.
Sabía que debería hacer sacrificios al relacionarse con los sujetos; el verse obligado a compartir el desayuno con un aspirante a ingeniero era sólo el primero.
Al apagar las luces de la sala, su mirada se posó en la pequeña botella de desinfectante para manos que Amy Farrah Fowler le había dado. No debería haberla aceptado, ¿ella lo consideraba un regalo? ¿estaría esperando algo a cambio? No debería haberlo tocado.
Ahora, cada vez que vea una botella de desinfectante, la imagen de sus ojos verdes le llegaba a la cabeza.
Interesante. Pero no era un dato de mayor importancia para su experimento.
Los ojos de Amy Farrah Fowler no merecían ser nombrados en los documentos; pero aún así permanecieron en su mente.
Y eso no era extraño.
—
Nota de autora:
Este capítulo tardó algo más de lo que creía, me disculpo.
¡Oh, "primer encuentro" -primera conversación larga y directa entre ellos, para variar- Shamy! ¿Qué opinan de la interacción entre Sheldon y Amy?
Por otro lado, el pobre Leonard necesita consuelo…
¿Críticas?
