Pérdidas dudosas, encuentro prometedor —Parte 1—
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I don't know what it is that makes me feel alive
I don't know how to wake the things that sleep inside
I only want to see the light that shines behind your eyes
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—Quiero hacer el amor, Amy; por favor.
. . .
No tendría que haberse sorprendido. No era una confesión en sí misma. No, no fue la naturaleza del deseo de Leonard lo que la detuvo, sino la forma directa, brusca, y casi suplicante con la que inició sus acciones.
Se movió debajo de él, deshaciendo su abrazo e incorporándose. Algo estaba mal, y fuese lo que fuese; deberían hablar de ello. Leonard no solía guardarse los sentimientos... al menos no con ella. ¿Qué podría haber sido tan malo para llevarlo a creer que un coito espontaneo lo resolvería?
Cogió una bocanada de aire mientras descansaba sus ojos en el rostro de su novio. Sus pupilas estaban dilatadas detrás de sus anteojos, su cabello despeinado y sus mejillas sonrojadas. Lentamente, estiró una mano y la colocó en su rodilla, sintiendo como la mano de Leonard la cubría instantáneamente y casi por impulso.
—¿Qué sucedió, amor? —preguntó ella, casi en un suspiro. Amor: sólo se llamaban así en los momentos de máxima debilidad emocional. Esta situación parecía cumplir todas las características para ser apaciguada con un "amor".
—Mis padres... lo dejaron Amy, se están divorciando —respondió él. Su voz sonaba y ronca y Amy sintió como presionaba su mano con más fuerza.
Siempre fue sencillo con Amy. No necesitaba camuflar sus palabras ni suavizar sus emociones; a ella le gustaban las respuestas directas, odiaba los secretos, y si había algo que lo estaba lastimando; no descansaría hasta saber qué era y cómo podía ayudarlo. No, ella no lo juzgaría por comportarse como un niñito llorón.
Y lo confirmó cuando sintió sus brazos rodeándolo, brindándole ese calor que sólo ella era capaz de irradiar. Ella se sentía como en casa; sus brazos eran su hogar.
—Él la engañó —siguió Leonard, esta vez no tan fácilmente. Amy abrió la boca en shock—... ¿puedes creerlo? No puedo comprenderlo, Amy —añadió, con los ojos clavados en un punto invisible en el espacio.
Había pensado tanto en ello y se negaba a creer que todas las relaciones estaban destinadas a degradarse en odio e indiferencia. Habían amores eternos. Deberían haberlos. Él jamás tuvo un modelo a seguir en materia romántica, tampoco Amy; pero aún totalmente perdidos al inicio de su relación, sin saber cómo comportarse ni qué hacer, habían subsistido y evolucionado. Juntos. Eso era el amor.
Pero, a veces, los sentimientos invisibles no bastaban; aunque ellos aún no lo supieran.
¿Porqué había acorralado a su novia como un gran bebé necesitado de afecto? Porque, efectivamente, eso era: un gran bebé necesitado de afecto. Querer a alguien significa aceptar nuestras debilidades frente a esa persona, Leonard lo hacía.
—Cuando un hombre... un hombre de cualquier edad no tiene amor, tomará lo que pueda conseguir, de la manera en que pueda —susurró Amy frotando la cabeza contra su hombro; una acción que Leonard encontraba relajante y hermosa—. Sé que tu padre te ama, realmente lo puedo ver —añadió firmemente. Lo miró a los ojos por un segundo y le dio un beso en la mejilla.
Se quedó allí, desparramada en ese pequeño sofá con la cabeza de su novio apoyada en el pecho, dormitando bajo los latidos calmantes de su corazón.
—Tú sabes Leonard, nunca pensé que el amor fuera real. No lo hice. Y ahora creo que la vida no es real sin ello —confesó Amy, al tiempo que retiraba las gafas del rostro de su novio, permitiéndole dormir en paz.
Sabía que había quedado un gran asunto sin resolver. El peso de su intimidad inexistente se cernía sobre ellos como una nube colmada de tensión.
Sabía que amaba a Leonard y eso era todo. ¿Qué era, entonces, lo que la detenía?
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Estaba frustrado. Jamás, en todos sus años de formación educacional y carrera científica, llegó a pensar —ni siquiera como broma—, que un experimento social sería el que lo frustraría de tal modo.
Pero allí estaba, releyendo los datos recolectados de su investigación, y, confirmando lo que su cerebro siempre supo: estaba muy lejos de obtener una respuesta a la incógnita inicial de su investigación. En una palabra, estaba atascado. Perdido.
Aún debía ubicar en una escala del uno al diez cuán fuerte era el vínculo emocional de los sujetos. Hacer un balance de sus comportamientos en pareja y como individuos separados. Comparar círculos sociales antes y después de su unión.
Y estaba ese gran hueco denominado "Familia: A.F.".
Sus amigos no ayudaban en lo más mínimo. Sus preguntas eran respondidas con ojos rodando y gestos de cansancio "¿Porqué preguntas eso, Cooper?" "¿Cómo Diablos voy a saber eso, Cooper?" "¡Jamás se te ocurra repetir eso frente a Amy, Cooper!" Y la lista de exclamaciones absurdas seguía y seguía.
Debía aceptarlo aunque fuese un gran golpe a su ego: no era un experto en el ámbito de las relaciones sociales, sentimentales, o sexuales. Y esos eran los pilares de su investigación. Necesitaba ayuda.
La ayuda de un experto con la suficiente integridad científica como para dejar de lado dudas absurdas y enfocarse en conseguir respuestas. Alguien poseedor de una mente casi tan agua y analítica como la suya, alguien que tenga acceso a los sujetos, alguien que esté comprometido a llevar su investigación hasta las últimas consecuencias...
《¡Oh, gracias cerebro!》
Como un torbellino, Sheldon se marchó a su habitación, se colocó sus pantalones de autobús, e ignorando que pronto oscurecería, se marchó en busca de la única persona que podría ayudarlo.
. . .
—Dr. Cooper, ¿a qué le debo esta inesperada e inoportuna visita?
—Estoy trabajando en algo que, estoy seguro, le resultará interesante —respondió Sheldon, tendiéndole cautelosamente un sobre de papeles a la figura.
—Fascinante. Aunque un correo electrónico hubiera sido mucho más aceptable dada la hora. ¿Está de acuerdo en plantear una reunión para debatir algunos detalles de este nuevo proyecto?
Sheldon lo consideró por un momento.
—Espero su llamada, Doctora Hofstadter.
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