Pérdidas dudosas, encuentro prometedor —Parte 2—
And time as it stands
Won't be held in my hands
Or living inside of my skin
And as it fell from the sky
I asked myself why
Can I never let anyone in?
o
El inicio de la semana acarreó con él a las inevitables obligaciones rutinarias. Y luego de dos días de descanso que fueron emocionalmente desgastantes, Leonard y Amy abrazaron el lunes y la vuelta a la universidad con emoción inusual. Habían dormido más de lo acostumbrado, saltándose la cena por ello. Leonard simplemente se permitió cerrar los ojos mientras Amy le acariciaba el cabello suavemente, eliminando cualquier rastro del estrés que la reunión con sus padres le provocó; al menos por el momento.
Pero el día se cernía sobre ellos y debían darse prisa, regresar a la zona práctica. Estaba agradecido por ello. La melancolía que reinó en su apartamento la tarde anterior fue disipada para dejarle paso al ya conocido sentimiento cálido que despertaba en él al observar el rostro dormido de Amy y su cabello despeinado.
Movió la nariz hacia el hombro de Amy, donde descansaban varios mechones de su cabello. Sonrió al percibir su aroma: menta. Plantó un pequeño beso allí, buscando despertarla del modo más suave posible. Si de él dependiera, no la despertaría por nada del mundo. Le encantaba observarla dormir, pero sabía que Amy se enfurecería si hacía algo como eso: no concebía la idea de llegar tarde a algún lugar. Ella se removió, aún adormilada. Leonard se incorporó en la cama. Si no lo hacía en ese momento, sucumbiría a la tentación de volver a los brazos de Amy y no salir de ellos jamás, pero también necesitaba una ducha y desayunar. Sacó las piernas de la cama lentamente y se frotó los ojos reprimiendo un bostezo. Parpadeó perezosamente, mirando el suelo por tiempo indeterminado. Su cabeza se balanceó peligrosamente hacia delante, mientras su espalda se curvaba. Estaba volviendo a dormirse…
—Creo que es hora de despertar, Leonard —la voz de Amy siempre era suave y nítida por las mañanas. Leonard levantó y giró la cabeza rápidamente, encontrándose con los ojos atentos de Amy. Apoyaba el codo en la almohada y sostenía su cara con el brazo flexionado, unas hebras de cabello molestaban en su rostro y ella las apartó de un soplido. Leonard sonrió—. ¿Cómo te sientes? —preguntó, al tiempo que se estiraba para darle una caricia en el brazo.
Leonard fijó su visión sutilmente borrosa en los movimientos de los dedos de Amy, ella jugaba con la piel de su antebrazo distraídamente, rastrillando las uñas por su carne del modo que sabía que le gustaba. Tragó saliva. Se sentía bien, de hecho. Se sacudió mentalmente; no era el momento adecuado para tener ese tipo de pensamientos. Acercándose, le dio un casto y corto beso de buenos días en los labios.
—Mucho mejor —respondió, para luego separarse de ella e iniciar sus actividades matutinas.
La mañana fue un borrón difuso luego del lento despertar. Lucharon por ocupar la ducha, el último round de su divertida pelea acabó cuando Amy, en un impulso de osadía, mordisqueó su oreja, distrayéndolo de cualquier objetivo coherente. Como resultado, ella ganó el agua caliente una vez más. Fue gracioso observarla ayudándolo a buscar sus calcetines sólo envuelta con una toalla, pero ya que ella los había retrasado, se lo debía. No hubo tiempo para desayunar, de hecho, apenas tuvieron tiempo para bloquear la puerta correctamente.
En el pasillo se encontraron con que el ascensor estaba en reparaciones, lo que los llevó a tener que descender por unas estrechas escaleras rodeadas por unos muros con pintura azul descascarada que parecían cerrarse como puertas automáticas buscando aplastarlos. Llegar al vestíbulo fue casi milagroso, eliminaron la sensación claustrofóbica de las escaleras trotando levemente hacia la parada de autobuses.
Era un día radiante, y Leonard sólo podía ser consciente del sutil escozor de su pulmones a causa de las risas y las rápidas caminatas. Sin embargo, en su inconsciente, los sucesos del día anterior seguían repitiéndose una y otra vez como un disco rayado.
Pero allí estaba Amy, con el cabello húmedo y la respiración agitada sujetándose como podía de la barra del autobús atestado para no caerse, y buscándolo, siempre buscándolo cuando se sentía abrumada por la sensación de tantas personas comprimiéndola como una lata de sardinas. Leonard se posicionó detrás de su espalda, sujetándose con el brazo derecho y tomando el bolso de Amy con el izquierdo, para que ella viajara más cómoda. Sabía que no tenía que hacerlo, Amy nunca fue el tipo de chica que lo obligaba a cargar sus cosas. Pero sentía que así debía ser.
La sintió removerse con curiosidad, después de unos segundos de silencio, supo que no diría nada. Se presionó más contra él, abrazándose sin los brazos aunque eso sonara ridículo. Leonard perdió la mirada por la ventanilla del autobús, observando los borrones grises y verdes de los árboles y los autos, de las personas apresuradas.
El autobús continuaba llenándose de personas retrasadas, el tiempo continuaba corriendo y el bolso de Amy estaba acalambrando su brazo.
Amy no podía permanecer junto a él todo el día para disipar su mal humor. Y los recuerdos que lo torturaban en su inconsciente, se filtraron a su consciencia, haciéndolo fruncir el ceño mientras descendía del autobús, sin escuchar a Amy deseándole que tuviera un buen día.
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Nadie debería preocuparse desde la primera hora de la mañana. Por eso se había permitido actuar con naturalidad y molestar a Leonard un poco, sacándole una sonrisa y robándole el agua caliente. Pero Amy no creía que todo se hubiera resuelto porque no habían hablado de ello al día siguiente.
Estaba pensando en esto mientras fingía estar atenta a la presentación de su profesor, de todas formas, eran cosas que ya sabía de memoria. Suspiró levemente mientras escribía un apunte resumido en su libreta…
¿Acaso ahora ignorarían para siempre al gran elefante bailando en la habitación? ¿Y si Leonard no deseaba volver a tocar el tema jamás? ¿Porqué estaba pensando tan rápidamente apenas transcurridas doce horas del hecho?
Amy se cubrió el rostro con su cuaderno, suprimiendo el impulso de girar los ojos al escuchar las dudas brutalmente obvias que los demás estudiantes le expresaban al profesor.
No todos los días tu novio, luego de una tremenda sacudida emocional, expresa con contundentes palabras el deseo de tener intimidad física.
Amy se sacudió, regresando a la realidad. No debería estar pensando en eso, mucho menos cuando debería estar estudiando. Lo importante en esa situación era garantizarle a Leonard equilibrio sentimental, eso es lo que los hijos necesitan después de un divorcio, y ella trataría de dárselo. Lo demás fue sólo un intento nacido desde lo más profundo de su desesperación momentánea para acallar su dolor; el sexo era un buen anestésico, y era una conducta naturalmente humana buscarlo en los momentos de mayor debilidad.
Cerró su cuaderno y lo guardó dentro de su bolso junto a sus lápices. Abandonó el auditorio, caminando lentamente detrás del tráfico de estudiantes con pies lentos que bloqueaban la salida. Una vez que estuvo fuera, atravesó los pasillos hasta la cafetería.
Con urgencia, necesitaba dejar de pensar en eso.
No solían planear sus almuerzos durante la semana, ya que seguían una rutina establecida desde hace demasiado tiempo —una rutina que solía romperse por las apariciones impertinentes de la pomposa cabeza de Sheldon Cooper—. Pero cuando Amy entró a la cafetería ese día, supo que le tocaría comer en otro lugar, no porque no la quisieran allí; sino porque cierto aspirante a astrofísico moreno la tomó del brazo y, como un huracán, la guio lejos de la cafetería chillando algo que sonaba como "¡Quiero todos los detalles!".
—¡Deberías haber llamado, señorita! —la reprendió Raj, caminando contra la marea de personas que se dirigían a la cafetería, y aún tirando de ella—. ¡Por Thor, Amy! ¿Dónde quedaron los códigos de los mejores amigos aquí? —Raj continuó su parloteo mientras Amy se dejaba arrastrar inútilmente.
Cuando algo se metía en la cabeza de Rajesh, no lo olvidaría jamás. Especialmente si sentía que había traicionado el "código de amistad". Amy rodó los ojos con humor, sólo Raj tenía esas libertades con ella. Cosas de mejores amigos, se encogió de hombros.
Pero la tranquilidad de Amy se evaporó cuando notó que Raj se detenía frente al tan conocido ascensor que los dirigía al techo del edificio de física, donde, durante las noches adecuadas, los astrónomos subían para observar las estrellas —y también dónde los estudiantes más osados subían para beber y fumar, claro que esto no era gritado a los cuatro vientos—. Raj la llevaba allí cuando estaba especialmente emocional. Aún recuerda la primera vez que estuvieron en ese lugar: Anyka, la novia virtual que Raj había conseguido en alguno de esos extraños juegos medievales en línea, lo había abandonado. Amy no lo tomó muy seriamente, por lo que sabía, Anyka podía ser un hombre de cuarenta años con una playera sucia y aliento a pizza. Pero ese fue el primer corazón roto de su amigo; y lo superaron lanzando rocas y mirando las estrellas.
Regresando al presente, Amy se paralizó frente al ascensor y le dio una mirada sucia a Raj.
—Oh, ¿de verdad? ¿qué sucedió ahora, descubriste que amas a la señora que sirve la sopa, o tienes sueños eróticos acerca del control de voz de tu celular? —Se burló Amy, pretendiendo dar media vuelta y abandonar la escena.
—¡De ningún modo, señorita! Esta vez no tiene nada que ver conmigo y lo sabes —negó Raj, metiéndose dentro del ascensor y dedicándole ésa mirada que no le dejaba ninguna otra salida más que acompañarlo— ¡Quieras o no! —susurró triunfante, mientras el ascensor se elevaba.
En el techo el viento corría con más fuerza, Amy podía sentir cada poro de su piel secándose ante la fuerte brisa otoñal que le azotó el rostro una vez que emergieron del ascensor. Una vez que vencía la primera sensación de vértigo, estar allí se sentía casi mágico. Seguro, estaba plagado de hojas secas y estaba segura de que los pájaros se habían divertido allí, al igual que los humanos con sus colillas de cigarrillos desparramadas. Pero la vista y la promesa de una charla privada con su mejor amigo lo valían. No había tenido una conversación profunda con Raj desde antes de mudarse con Leonard. Y sólo una vez que puso los pies sobre el techo se dio cuenta lo mucho que lo había echado de menos.
—Esto jamás cambia, ¿eh? —comentó él, acariciando un telescopio abandonado al límite de la barandilla, estaba oxidado y cubierto de polvo, casi siendo uno con el suelo. Raj lo había bautizado cariñosamente "Ralph", y juró que lo haría funcionar. Era imposible, pero se sentía bonito decirlo.
Amy asintió, demasiado perdida en la vista que le regalaban los árboles naranjas debajo de ella y las personas tan pequeñas como hormigas.
—¿Qué te dijo Leonard, Raj? —preguntó finalmente. Sólo había una cosa que podía haber hecho que Raj caminase por las paredes; y lo más emocionante que había ocurrido en su vida tenía que ver con Leonard. Como siempre.
—No sé a lo que te refieres —respondió, haciéndose el desentendido. Actitud inservible, ya que se moría por saber los detalles. Al captar la llameante mirada de Amy quemándose en él con incredulidad, dejó de fingir—. ¡De acuerdo! —Raj se separó de la barandilla, caminó hacia la otra esquina del techo, cerca del telescopio Ralph. Con parsimonia, bajó el cierre de su mochila y sacó de ésta una manta; la desdobló con cuidado y la colocó en el suelo. Se sentó en ella, con las piernas cruzadas como en una postura de yoga—. ¿Gustas acompañarme?
—¿Qué dijo Leonard, Raj? —siseó Amy, luego de sentarse a regañadientes.
—¡Hofstadter jamás me dirá nada, Amy!... al menos si no quiere que esa información llegue a tus oídos —reflexionó pensativamente—. De todas formas, regresaba de comprar mis galletas integrales sin gluten, cuando escuché a Leonard decirle a Howard: "¡No lo hice conscientemente, el sexo era lo último en mi cabeza!" —Raj se relamió los labios, emocionado—. A lo que Howard respondió: "Sin embargo, abordaste a tu novia como un desgraciado. ¡Perro!"… palabras más, palabras menos —Raj jugó con una pelusa imaginaria en su chaleco—. ¿Quieres completar la historia para mí, mi preciosa flor de jade?
Amy, quien había estado enrojeciendo y atragantándose durante el corto relato de su amigo, soltó una risotada. Sin saber cómo debería sentirse exactamente, decidió ser sincera y bajar la romántica cabeza de Raj de las nubes. No todo era tan bonito. Amy le contó la forma en la que estaba Leonard una vez que regresó de la cena de sus padres, justificando su comportamiento anormal como resultado del desequilibrio hormonal que el repentino estrés provocó en él. Al final de la explicación, Raj parecía más sereno pero no menos inflado. Le tomó un momento volver a hablar, y cuando lo hizo, expresó esa duda que la carcomía por dentro desde hace meses.
—¿Qué es lo que te retiene, Amy? —preguntó suavemente, y cuando no obtuvo respuesta alguna, continuó hablando—. El domingo actuaste raro —comentó exaltado, como si hubiera descubierto el resultado de una ecuación particularmente complicada—… jamás te había visto hacer la ley del hielo y defender a un desconocido. Mucho menos un desconocido como lo es Cooper… —Raj dejó el final de la frase flotando en el aire.
—¿Qué tiene eso que ver con algo? —bufó Amy, rodando los ojos—. Sólo… nadie merece ser torturado con sus fobias, sabes que conozco lo horrible que se siente —Amy frunció el ceño—. En cuanto a la primera pregunta, aún no lo sé —aceptó tímidamente, los dos se levantaron al ser conscientes de la hora.
No había vuelta atrás. Habían perdido dos clases por quedarse a chismorrear como un par de adolescentes irresponsables de preparatoria.
Y lo peor de todo fue que las charlas con Raj solían relajarla; pero en esta ocasión, sólo la llenaron de dudas.
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Leonard apoyó la mejilla contra la fría ventanilla del autobús, esperando que la frescura del vidrio detuviera ese dolor de cabeza que amenazaba con expandirse y crecer. La caricia que sintió en su brazo, de Amy, cuya mano estaba helada, no sirvió para calmarlo. Se alejó de ella lentamente.
Tuvo un pésimo día. Una mañana fantástica, seguro, pero una vez que puso un pie en la universidad todo se fue al Diablo. Su cabeza estaba en otro lado, específicamente, regresando una y otra vez a los acontecimientos del día anterior. Sus recuerdos pasaban por sus padres, las frases duras de su padre, la resignación enferma y violenta de su madre. Y luego viajaban a Amy. A cómo se había comportado con ella: como un completo atrevido.
¿Qué tipo de hombre era? Aún no estaban allí. Había intentado usarla egoístamente, sólo para calmar una tristeza con la que ella no tenía nada que ver. ¿Y si Amy hubiera cedido junto a él? ¿Y si esa noche hubiera sido su primera vez? Habrían hecho el amor sólo porque él estaba deprimido.
La culpa que sentía era abrumadora. Sabía que Amy no estaba enojada, ni siquiera le estaba dando vueltas al asunto; ella jamás se guardaba las cosas, las decía y buscaba maneras de arreglarlas. Amy entendía, estaba seguro de eso. Pero aún así no podía dejar de sentirse avergonzado. Era lo más íntimo que le había dicho a su novia, y fue eclipsado por todo lo que había detrás de esa declaración apasionada: quiso hacer el amor, porque no veía otra manera de lidiar con un sentimiento con el que no estaba acostumbrado a tratar.
Leonard se removió para ver qué estaba haciendo Amy. Ella estaba jugando con su banda en la muñeca; frunció el ceño. Había algo que la preocupaba, o estaba a punto de tener una ataque de ansiedad. Obligándose a dejar de ser un idiota enfadado, Leonard tomó su mano entre las suyas y las apretó.
Cuando llegaron a su edificio el ascensor ya había sido reparado, lo que fue aliviador, ya que no sonaba nada atractivo subir esas escalofriantes escaleras por la noche. Leonard no soltó la mano de Amy, y ella no hizo nada para separarse de su agarre; incluso se aferró a él con más fuerza.
Su dolor de cabeza, como temía, se expandió. Después de tomar una larga ducha y comer una porción de la tarta de espinacas que Amy había intentado preparar —era su turno en la cocina—, Leonard se marchó a dormir, murmurando un apagado "dulce sueños", que fue respondido con un beso corto en la mejilla y un analgésico dentro de su puño.
La cama se sentía fría sin Amy junto a él, pero ella seguía en la sala, mirando una película. Leonard cerró los ojos con frustración. Si ella estuviera enfadada con él, se lo diría. ¡Claro que lo haría! Así como si tuviera dudas o se sintiera incómoda; Amy no guardaba sus emociones… no más.
Lo que Leonard no sabía era que su novia, recostada en el sofá mientras estiraba la banda de su muñeca hasta un punto casi dolorosa, se preguntaba exactamente lo mismo.
Ellos no reprimían sus emociones; entonces, todo debería estar en orden.
Pero horas más tarde, cuando Amy ya dormía junto a él, Leonard se despertó con la urgente necesidad de tomar una ducha fría y un sentimiento de frustración que mutó a enfado de un modo que no le había sucedido jamás.
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Sheldon se reclinó en la silla, mirando la pantalla en blanco de su computadora con frustración.
Sujeto A.F: la eterna incógnita.
Ese día había optado por mantenerse alejado del grupo social de los sujetos. Hofstadter solía invitarlo a unirse a ellos durante los almuerzos. Sin embargo ese día no lo había hecho, y Sheldon no sabía cuál era el protocolo social a seguir en una situación así. Después de una milésima de lucha interna, se ubicó en una mesa y comenzó a comer su comida, disfrutando el hecho de que no había nadie metiendo sus sucios dedos en su comida o burlándose de sus hábitos de limpieza.
Aunque debía admitir que el silencio se sentía diferente. Tenía la sensación de que había perdido algo; lo que era imposible, ya que había registrado todas sus pertenencias y todo estaba en perfecto orden. Entonces tuvo la sensación de que había olvidado algo; lo que era aún más estúpido, ya que él no olvidaba.
Sólo descubrió que algo se sentía diferente estando en soledad. Quizás estaba a punto de resfriarse.
Un día libre de su experimento no tendría que molestarlo. En cuanto se comunicara con la doctora Hofstadter, todo cobraría forma.
Lo que Sheldon no sabía era que Beverly tenía otros planes para su experimento.
—
Nota de autora:
¡Realmente lo siento! Sé que demoré demasiado. Pero no tengo ninguna intención de abandonar las historias que escribo, de verdad. Estuve abrumada por otros proyectos, y otras cosas más allá de escribir, espero que sepan disculparme.
¡Si siguen ahí, gracias por esperar/seguir esta historia! Intentaré no demorar demasiado. No más de dos semanas.
¡Agradecería una crítica!
