Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.
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CAPÍTULO XIV
PEQUEÑOS ACERCAMIENTOS
¡Oh, gran idiota que era! ¡¿Cómo pudo ser capaz de decirle eso?! Se había pasado. No se había tocado el corazón para despreciarla enfrente de todos esos desconocidos. ¡Dios!, una daga se hundía en su pecho al rememorar sus ojos embotados de agua, sus manos temblar al recoger la comida, que suponía, con dificultad había preparado para él.
Se agarró los cabellos, al tiempo que refunfuñaba por la lentitud del taxi que lo llevaba.
—Señor, ¿no puede ir más rápido?—inquirió azorado—.No es la hora pico y la carretera está vacía. Tengo mucha prisa.
—Claro que sí, muchacho—contestó después de un largo letargo—. Veo que estás urgido en llegar a tu destino.
Deseó responderle con un irónico, "¿usted cree?"; pero por le edad del anciano se limitó a asentar con la cabeza.
—Tu problema es una mujer, verdad—no hizo falta que él secundara aquello, el veterano figuró deducir su respuesta—. Te voy a dar un consejo hijo, espero que sepas valorarlo.
El rubio rezongó, contrariado; había encontrado el sustituto molesto de Shikamaru.
—No permitas que nimiedades acaben con algo que podría ser una duradera relación. Si estás enamorado lucha por ese amor… Sabes algo, yo soy de los que digo que existen dos amores; tu primer amor y el amor de tu vida. Si tu caso es el segundo, no dudes y avasalla contra todos y con todo por tu felicidad.
—No todos los casos son iguales… es muy diferente cuando sólo uno de los dos está enamorado—confesó, severamente desanimado por sus palabras. Se sintió apenado cuando se percató que desde el retrovisor el longevo lo escrutaba en silencio.
De inmediato, trató de mejorar su postura.
— ¿Estás seguro que esa jovencita no siente lo mismo por ti?
—Completamente. Me lo dejó claro cuando nada le importó besarse con otro en el umbral de su casa. Honestamente, hay qué ser estúpido para que después de ese tipo de muestra pública, se crea en el amor que el otro le profese.
— ¿Pero tú la amas?
—No escuchó lo que dije abuelo. Si ella no siente lo mismo, para qué exponerme. Lo único que lograría sería la infelicidad de ambos.
—Muchacho tonto, estás pensando con la cabeza y no con el corazón—golpeó sin fuerza el timón, tocando accidentalmente el claxon—. ¡No seas tan derrotista!
El Uzumaki se sorprendió al sentir el auto detenerse. No se había percatado del momento en que el anciano aceleró; inclusive, había llegado más rápido de lo que supuso en un principio.
— ¿Cuánto le debo?
—Pierde cuidado, el viaje ha sido gratis.
—Gracias, abuelo.
—No hay de qué. Y recuerda, que si ella no comparte tus sentimientos, dependerá de ti hacerla cambiar. ¡Vamos!—exclamó jubiloso, traspasándole algo de energía al ojiazul—. ¡Eres joven y galán, algo se te ocurrirá para conquistarla!
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Indeciso, entró al apartamento. Sintió un frío que sólo la desazón de la culpa producía. Estaba todo impecable; nada de polvo o ropa alborotada, imagen opuesta con la que se encontraba cuando él era el encargado de la limpieza.
Enclavó la puerta y siguió camino a la habitación. Reflexionó en tocar o sólo entrar. Se decidió por lo segundo. No correría el riesgo de obtener una negativa y permanecer detrás de ésta.
Tal vez su comportamiento fue el de un crío infantil, pero le fue imposible no contener la respiración cuando la encontró acomodando, sin paciencia, unas prendas en su maleta. Se le notaba alterada, indudablemente por su causa.
— ¿Qué haces?
Vio como ella respingó al escucharlo. En definitiva, no lo esperaba.
Con cuidado cerró la puerta de la recamara y se acercó hasta el dosel de la cama, ubicándose justo a su lado. Sin considerarlo, se inclinó un poco y buscó tener pista de su semblante; no obstante, ella advirtiendo cualquier cosa rehuyó a su examen.
—No tienes porqué marcharte.
Sus palabras fueron escuetas; quizás, demasiado frías para el ímpetu que aquello merecía.
—No pretendo permanecer un segundo más en este lugar. Ya he abusado demasiado de tu hospitalidad.
—Sí es por lo que ha sucedido hoy…
— ¡Es por todo! —replicó impetuosa, tirando la maleta al suelo y motivando el desparrame de todas sus pertenencias—. ¡Es evidente que no soportas mi presencia, y que si me has permitido pasar estos días en tu casa ha sido por pura caridad!... No quiero seguir obligándote a tolerarme.
Naruto la tomó delicadamente del brazo. El perfil femenino se sonrojó; aun así, no se doblegó.
—Hinata…—prorrumpió, con una pesadez que la puso a temblar, y que inexplicablemente, lo dejó en la misma situación. En ese instante experimentó una terrible necesidad de agasajarla, de dejarle saber la agonía de su alma; pero cuando ella erradicó su tacto con la más grande dureza y simplicidad, no quiso prolongar su amabilidad ¡Esa mujer no se merecía nada más que su repulsa!—. ¡Deja de portarte como una chiquilla caprichosa, de creerte el centro del mundo! ¡Eres tan imprudente y tozuda que ni siquiera te das cuenta de lo que sucede a tu alrededor!
Ella separó los ojos de la pared color hueso y volvió a verlo; y él de inmediato pudo advertir algo de humedad en sus orbes.
—Por ejemplo hoy—continuó, inflexible—. Anduviste recorriendo uno de los lugares más peligrosos de todo Japón. Ese supermercado es un nido de ladrones, de la escoria más baja que te puedas imaginar; sicarios, dementes… ¿Sabes cuántas personas han salido muertas por robos? ¿Cuántas mujeres han aparecido ultrajadas en el lugar donde tú te paseabas?—ella bufó y él no pudo soportar el furor por su estupor—. ¡¿Sabes cuántas, maldita sea?!
—No veo el porqué de tu angustia— comentó, con un sarcasmo que le sacó el aire de golpe—. El que me pasara algo hubiera sido perfecto para ti, así te hubieras librado de mí, ¿no piensas así?
Él permaneció enmudecido. De pronto su cuerpo había ganado el triple de peso, y la fuerte claridad proveniente de la ventana, no se veía más. Sus figuras pronto se encontrarían sumergidas en la más profunda oscuridad.
—No deseo seguirte atormentando, Naruto. Me iré y recargaré en otro la penosa labor de cuidarme…De todos modos, gracias.
Ella hizo el intento de agacharse y recoger el tiradero de su ropa; sin embargo, el Uzumaki, más ágil y vigoroso, la tomó sorpresivamente por la cintura, eliminando a su gusto, la distancia que los separaba. Hinata no protestó con su cuerpo, fueron sus ojos los encargados de lapidar su proceder.
— ¡No me importa lo que pienses, te quedarás!
— ¿Es otra orden?
—Tómalo como quieras— de pronto, no se sintió tan complaciente; y su ímpetu valió más que la escasa sensatez que guardaba consigo, ¿qué se proponía?, ¿obligarla?—. Te quedarás el tiempo que yo desee y de la forma que me apetezca.
En un impulso apretó más su cintura y dejó ir sus labios contra los suyos, sofocado, deseoso de reconocer en ella su misma necesidad. La decepción que prosiguió fue enorme; era como si se hubiese estampado contra un bloque de hielo. No reaccionaba a su caricia, no se estremecía ante su roce, nada.
¿Tanta aberración sentía porque fuera él y no otro quien la tocara?
Enfureció. Estaba profundamente desilusionado y herido. Brusco, separó sus labios y en seguida quiso ver su rostro, pero ella se escondió bajo su perfil.
—Admítelo, no tienes a dónde ir—susurró ronco, al tiempo que enjaulaba con su mirada sus tiritantes labios sonrosados—. De lo contrario te hubieras ido desde el primer día. Necesitas de mi…—se aproximó a su cuello, embriagándose de la fragancia de su ser y la tersura de su piel. Hasta ese instante, pudo apreciar las convulsiones que su tacto le producía.
Al final ella no era de hielo; y al igual que cualquier otra mujer, sucumbía ante el apetito de la carne.
No se detuvo, más animado, subió una de sus manos e inició a recorrer su espalda, mientras que con la otra se aventuraba a repasar el estómago femenino, llegando hasta la cumbre de sus senos. No caviló y los palpó a su gusto, sintiéndose arrastrado por una fiera exigencia al atender un anhelado quejido de los labios de su amada.
Aprovechó la oportunidad y volvió contra su boca. Esta vez sí fue aceptado. Para su deleite, Hinata atrapaba sus labios con una premura sólo comparable con la suya. Lo deseaba, tanto como él la deseaba. El beso se intensificaba y de igual forma el peligro… Llevaba meses de abstinencia, y el hambre ya era una molestia. Rudo la separó de él y la dejó sobre el dosel. Se miraba encantadora con su rostro iluminado y sus brazos puestos sobre su pecho. ¿Temía?, pues hacía bien. Sin titubear se desprendió de su camisa.
Él no alargó más el momento y se pegó descaradamente contra ella, deleitándose con los pasmos de aceptación que le procuraba. Debía de reconocer que en ese momento buscaba únicamente su placer. Desde hace tiempo que la anhelaba, y el autocontrol no cabía en su vocabulario… Le tomó por las muñecas y las puso por arriba de su cabeza. Sin la más mínima delicadeza inició a despojarla de su ropa; comenzó por la blusa y no tardó más en destrozarle el sostén. Ella remilgó cuando se abalanzó febril a sus senos; no era para nada amable, los succionaba y mordía sin consideración, deseoso de dejar una marca permanente en su amante.
¡Se estaba comportando como una bestia, un bruto animal salvaje! ¡Pero Dios, cuántas veces había fantaseado con aquella complicidad; qué noche no se había entusiasmado con sueños calientes de ambos retozando en la cama!
No era un ángel.
No era un demonio.
¡Era un simple ser humano!
Tomó su cintura y la sujetó con vigor, imprimiendo dureza a su postura al tiempo que se acercaba, con más ardor, a su piel… Quedó de piedra al atender unos toques desde la puerta principal.
Maldita suerte.
Soltó el primer bufido al escuchar la repetición de aquellos golpes acompañados de una imperdible voz.
— ¡Hey, Naruto! ¡Sé qué estás aquí!... ¡Ábreme, el jefe está muy enojado por tu ausencia!
¡Era inaudito, ese incapaz de Shikamaru no podía ser más inoportuno! ¡En definitiva, tenía que pensar cambiar de amistades!
Contrariado, se separó de su entretención y le dio un ardoroso beso a la Hyuga; uno, que prometía y exigía más. Sin pretenderlo, se quedó un momento más, quieto, disfrutando del turbante roce de sus cuerpos y las mezclas de sus alientos. Descaradamente, dejó su vista contemplar el curvilíneo cuerpo femenino. Ella se lo permitió, con un bochorno que extrañamente se traspasó a él. Ya la había visto una vez desnuda, pero ahora era diferente… Aún caliente, descendió un poco los dedos y rozó la carne expuesta que tanto lo incitaba y que poco pudo probar…
— ¿Así me cobrarás mi estadía?— le interrogó ella, con una medrosa voz que sólo ambos, con aquella inexistente proximidad, podrían haberla escuchado.
—No puedo ser incoherente con mis actos. Es evidente que me gustas, me atraes mucho…— besó castamente su boca, sólo deteniéndose al notar los ojos brillosos de la chica.
No era indolente, por supuesto que la adoraba, y que le hubiera gustado dejárselo saber. Pero ya una vez lo había traicionado, y no podía dejarse llevar.
—Pero eso no quiere decir más—continuó, sabiendo de antemano que así destrozaría cualquier ilusión—. Me excitas y sólo requiero de ti como mujer. No te asustes, que no demandaré de ti continuamente. Sólo servirás para calentar mi cama por las noches.
Su alma se partió al divisar una solitaria lagrimilla resbalar por aquellas sonrosadas mejillas.
Era un miserable.
— ¡Hey Naruto, sigo esperando!
Los gritos de nuevo lo descuadraron. Probablemente, quiso decirle más, contrarrestar la insensibilidad de sus palabras; pero, su orgullo no se lo permitió. Robándole un último beso agarró su camisa y salió con un sonoro estruendo de la habitación; ignorando a su consciencia y respaldando su cobardía.
— ¡Ya voy, Shikamaru! ¡Qué fastidioso que eres!
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El golpe de la puerta la despertó. Se había quedado dormida entre gimoteos y páginas llenas de su diario. Se frotó los ojos y el dolor la hizo detenerse en el acto; éstos habían crecido en tamaño, sin duda era la consecuencia de tanto llanto. Se arrimó un poco a la orilla de la cama y encendió una pequeña lamparita de noche. Su mirada se fue directo al reloj; eran la 01:35 de la madrugada. Por instinto, tal vez por temor, subió la sabana hasta tapar sus pechos cubiertos por su pijama. No estaba desnuda, aun así, se sentía completamente expuesta.
Él se lo había dicho. En sus cinco sentidos le había dejado saber que la convertiría en su mujer… En otra circunstancia su rostro se coloraría y cientos de amonestaciones florecerían en su mente; pero todas de ellas gratas, porque eso era lo que siempre había deseado, lo que escasas horas atrás habría estado dispuesta a hacer… No obstante, ahora, luego de saber que para él sólo era una mujer más, alguien con quien quitarse la calentura, su corazón sangraba.
Escuchó unos ruidos provenientes de la cocina, quizás una cazuela o unas tazas, y un sudor frío invadió su frente. Tenía miedo, claro que estaba aterrorizada; pero no por él, sino por ella. Sentía terror de ceder a sus demandas y embelesarse con sus caricias, prendarse de su calor y compañía. ¿Qué haría entonces? Mejor dicho, ¡¿qué hacía aún ahí, esperándolo?!
¿Dónde había quedado su juicio y dignidad? Si bien era cierto que no tenía con quien recurrir sin ser delatada, pudo haber reunido el poco efectivo que tenía y pagar un modesto hotel, cualquier cosa con tal de no ser sometida… Un pitido se asentó en sus oídos cuando el silencio la consumió. Todo estaba en extraña calma; no más pasos, no más nada…
Tragó pesado al considerar que él podría estar a punto de entrar y reclamar el cobro de su estancia. Las piernas le empezaron a temblar y una molesta sensación se acomodó en su estómago. Experimentando furia contra sí, fue consciente de su callada aspiración, de lo temblores originados por su criticable apetencia e insensatez.
¡Si, lo deseaba y lo repudiaba con la misma estúpida intensidad!
Atenta, el tiempo fue pasando, llegando a transcurrir unos quince minutos sin que nada pasara. Conducida por un impulso, bajó los pies al piso, deshaciéndose en el proceso de las sábanas que la envolvían. A hurtadillas y procurando hacer el menos ruido posible se condujo hasta la puerta de la habitación, desenclavándola y echando una rápida mirada hacia la estancia. Hubiera estado todo oscuro sino fuera por la luminosidad de un adorno sobre la plancheta; se trataba de un brillante sapo con bata de chef.
Enseguida dio con él. Miró su cuerpo inerte y sus zapatos salidos del sofá; al parecer había llegado a caer, sin energías para cambiarse. Imprudente abandonó el respaldo de madera y se arrimó a un extremo del sofá. Sus mejillas se incendiaron al notar su yerro; al menos le había dado tiempo de quitarse la camisa. Oteó con fascinación el abdomen ejercitado que no pudo tocar antes. Naruto era muy atractivo, definitivamente la fantasía de cualquier mujer, su fantasía…
Dejándose llevar se hincó justo a su lado, convirtiendo su espacio personal en inexistente. Él dormía plácidamente y de esa forma ella lo observaba. Sus facciones estaban relajadas, sus molletes algo sonrojados y sus labios… izó los dedos y tuvo la intención, tonta, de tocarlos. Desistió a tiempo, y en su lugar, descendió a sus pectorales; no dudando al rozar aquella larga cicatriz. Una ínfima sonrisa surcó su boca. Casi lo había olvidado, la gran deuda que tenía con él; más cara que unos días de hospedaje, menos en comparación con lo que le pedía…
—Será como tú quieras…—murmuró, inclinándose y llevando su boca a la marca. Lo besó—. Si me deseas de esa manera así me tendrás. No pondré resistencia, aunque…—volvió a su rostro y le apartó un mechón de cabello. Decidida, depositó un casto beso en sus labios. El joven durmiente no se inmutó, y ella sonrió avergonzada—, juro que te enamoras de mí. Es una promesa.
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Hola a todos! Me discipliné para poder actualizar. Creo que hoy más tarde subiré el otro capi, para que no se queden con ansias de más BD.
Mil gracias a: Ale, sou,Cristal311, Jade, sourian y Ememoho por sus comentarios. Este capi es para ustedes!
Nos leemos más tarde!
