Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.

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CAPÍTULO XVII

RESIGNACIÓN

— ¿Cómo estuvo tu día?— Depositó unos platitos al lado del postre de chocolate, situado en el centro de la barra. Internamente, se felicitó por décimo quinta vez por haber elegido un hombre con don para la cocina ¡Es qué todo lo que preparaba era una delicia para su paladar, y por supuesto, una tortura para su peso! Jaló unos de los altos taburetes y se sentó de frente a él. No esperó a que su pregunta fuera contestada, más hambrienta de lo normal, empezó a devorar la torta con apetitosa crema.

Al ir casi por la mitad, se percató del par de ojos azules que la escrudiñaban divertidos. Los colores del rostro se le incendiaron, sobre todo cuando él, burlón y encantador, le ofreció su pedazo.

—Toma. Parece que tú la necesitas más que yo.

— ¡No te preocupes, estoy bien!— negó, atolondrada—. Es que cocinas realmente bien, y me es difícil resistirme. Me has mal acostumbrado a la buena comida…—sonrió, y por un microsegundo, le figuró ver la misma sonrisa en él—. No me has respondido, ¿Cómo te fue en el trabajo? ¿Jiraya continúa atiborrándote de deberes?

—Lo usual.

— ¿Y estás contento?

—No puedo quejarme.

Soltó un bostezo, y Hina reprimió un mal gesto. A regañadientes, se llevó otro pedazo de torta a la boca, masticándolo con más lentitud de la requerida. Se había propuesto tolerar la parquedad del Uzumaki, pero cada vez era peor. Aunque lo intentaba, aquella barrera no se rompía.

— ¿Cuándo estarás satisfecho?—insistió, alzando la voz para lograr su atención.

El ojiazul ladeó la cabeza, simulando vacilar en una contestación.

—Chef ejecutivo estaría bien; pero por el momento es algo imposible...

— ¿Por? ¡Tú eres muy capaz! Indudablemente posees cualidades superiores a otros chefs. Sólo hay que probar tu comida para caer en una adoración absoluta por ti. ¡Dios, eres maravilloso! ¡Tus habilidades son encomiables y…!— calló abruptamente al divisar en las facciones masculinas el significado escondido a sus alegatos—. B-bueno, no es ninguna novedad mi pensar sobre ti. Eres sorprendente.

—He pensado pedir un traslado.

Hina casi botó la taza de café que recién conducía a sus labios. Aquella noticia simuló ser un balde de agua fría para su brío orgulloso. ¿Qué significaba todo eso? ¿Un traslado? ¡No!. Las cosas entre ellos estaban yendo muy bien para que estuviera pensando en separarse de ella. Quizás, no eran un tipo de amantes muy comunicativos, pero en sus gestos y actos había un avance irrefutable.

—Ya veo…— Trató de recomponerse. Sorbió un trago y dejó el pocillo sobre la plancheta—. ¿Y a dónde sería ese traslado?, claro, si no te molesta que lo sepa.

—Italia.

Su mente voló. Italia, 9,728.23 kilómetros de distancia de Japón. País de abundante pasta y pizza. Se removió un poco sobre el taburete. Lugar repleto de mujeres altas, seguras y orgullosas. En perspectiva, todo lo contrario a lo que ella era. ¿Por eso se quería ir?, porque su compañía no era lo suficiente para…

De pronto, había perdido el apetito y el café lo profesó exageradamente amargo. Sintió su mirada fija sobre su cuerpo cohibido; y de inmediato anheló mostrar algo de aplomo. Tal vez, un comentario banal sobre Roma hubiera sido lo idóneo, pero la tristeza de sus ojos la hubiera delatado. Hina tuvo que bajar la cabeza hacia el postre incompleto. No se sentía con fuerza para confirmar la indiferencia de su estúpido gran amor.

—Nunca hablas de ti…—dijo, en un intento de huir de su desánimo—. A veces siento que no te conozco.

—Sabes lo suficiente— le cortó, austero.

—Me gustaría saber más. Por ejemplo, qué es lo que te disgusta o qué es lo que hace que tu día sea maravilloso. También sobre tu familia.

El rubio bufó de mala gana; pero menos duró su irritación que su sometida disposición a contestarle.

—Viven en Nagoya— apartó el platito de su sitio y cruzó los brazos sobre la cerámica. Su talante era serio—. Mi padre trabaja como cocinero y mi madre es florista.

— ¿Estás en contacto con ellos?

—Sí. Voy a visitarlos para las fiestas, y cuando mi trabajo y mis ingresos me dan para hacerlo. No tengo hermanos, si esa es tu próxima pregunta.

—Es una lástima. Hubiera sido encantador conocer a otro chico rubio y de ojos azules— contuvo un triste curves en sus labios—. Ya deberás de saber que tengo una pequeña debilidad por los hombres con esa descripción…—jugueteó un momento con el trozo de pastel. Esbozó un suspiro prolongado y se metió el pequeño bocado a la boca—. Naruto, dime, de qué color son los ojos de tu padre.

El Uzumaki se alzó repentinamente del asiento. Sin emular palabra alguna se dirigió al sofá y se dejó caer sobre éste, acomodándose hasta quedar totalmente acostado, con sólo sus manos cubriendo sus ojos de la tenue luz de la estancia.

La Hyuga no comprendió aquel exabrupto. La que tenía todo el derecho de estar molesta, patalear y pelear, era ella. ¿De dónde venía esa actitud? A veces su humor era tan incongruente como las predicciones climáticas de la zona. Con un mohín en los labios se dispuso a terminarse, presurosa, la torta. El silencio contribuyó a su ansiedad. Como flashback visualizó escenas de los momentos que habían vivido juntos; miradas, peleas y reconciliaciones, pasaron de ser simples recuerdos a sus más preciados tesoros. ¿Qué sería de ella sin el juicio divertido de aquellos ojos azules? El corazón se le oprimió ante la idea de que uno de esos días saliera, pero no volviera. ¿Y sí…? Temerosa, cerró los ojos y sus sensaciones se descontrolaron. En un parpadear se alzó de la prisión de sus miedos y se encaró a él.

Lo vio arrugar el rostro al sentir su presencia.

—Naruto, aún no me has contestado— siguió, acomodándose el vestido para sentarse sobre la alfombra, justo al lado donde él yacía descansando. Su voz había salido muy exaltada, por lo que trató de dosificarla—. Me gustaría hacerme una idea de cómo es él... Contéstame, tienes miedo que me enamore de tu padre— no pudo retener, recelosa; quizás, vengativa—. Porque la verdad es que…

Soltó un grito de susto al ser tomada por los brazos y dejada caer sobre una cálida lisura. Sorpresivamente se vio encima de él. Molesta, puso su peso sobre sus antebrazos y buscó impulsarse; no obstante, el ojiazul la estrechó con fuerza y la dejó quieta, totalmente a su merced.

—Suéltame, no deseo tenerte cerca— rezongó, cuando su cuerpo iniciaba a responder al llamado de unos labios tatuando su cuello—. Eres tan cerrado y apático… que…—gimió, y la mordedura que se dio en el labio por retener otro, le sacó un lagrimilla de dolor—. ¡Por qué no admites que sientes algo por mí!

Chilló, y él paró.

Estaba temblando entre su agarre, como si de repente hubiera sido diagnosticada con hipotermia. Por el contrario, él se veía calmado, pensativo.

— ¿Por qué huyes de mí, Naruto?…—lo vio de hito a hito y no pudo evitar lagrimear, mortificada—. No espero que tengas una confianza ciega en mí, o que de la noche a la mañana profeses aquello que yo deseo y que tú aborreces, pero… apreciaría mucho que te abrieras— borró unos cristales que descendían, insolentes, por su mejilla—. Que intentaras dejarme un espacio en tu corazón.

El sonrojo de su rostro lo pudo advertir a través del cristal traslucido de los ojos de su amado. Impedida de continuar, desvió la atención de sus palabras hacia sus actos. Con fineza, delineó las arrugas del rostro varonil y acarició la suave cabellera rubia, sedosa y perfumada.

Estando en esa posición, con la mirada de él fija sobre ella y su palpitar haciendo resonancia en el suyo, se percató del incremento de sus ojeras y el pagado brillo de su iris. Besó sus ojos. Lo había olvidado, Naruto trabajaba como perro, los siete días de la semana, de cinco de la mañana a doce de la noche; todo por ganar más y llenarla de obsequios. Vestidos, joyas, relojes, maquillaje; todo le compraba. En absoluto le había pedido nada; pero tampoco tenía la potestad de rechazarlos, él se lo prohibía. ¿Orgullo?

—Hubo una mujer— profirió él, rompiendo la calidez del mutismo. Hina titubeó por un segundo, pero pronto continuó con su cariño, ahora dirigido a su barbilla—. Me enamoré, lo reconozco. Ella era simplemente perfecta. Su cabello largo y rojizo. Su vestir, siempre corto y sugerente. Y su hablar…— contuvo la mueca de una sonrisa—, demasiado atrevido y popular para una joven delicada como ella.

—Parece que era alguien peculiar— dudó, experimentado como las paredes de la garganta se le cerraban. No se sentía nada cómoda avistando las nuevas reacciones en el rostro masculino. Tenía celos.

—Estaba trastornado. Al principio pensé que era pasajero, una más. Sólo sexo— se detuvo. La ojiperla sintió un bochorno enorme, claramente provocado por su confesión. ¿Esa era la relación que tenían? ¿Sólo sexo? Por Dios, hubiera deseado jamás tocar aquel tema. Ahora, la incertidumbre la atacaba sin tregua… Su encogimiento se disipó un poco al sentir el tacto caliente de unos dedos sobre sus mejillas. Se toparon miradas grisáceas y azules. No percibió ningún gesto de burla o ironía, y no supo cómo tomar aquello.

— ¿Y-y, qué pasó con ella?

—Me rechazó— esbozó en un débil halo de contrariedad.

Sin más palabras de por medio, se recompuso. Su repentino erguimiento la dejó fría. Poco después ella le imitó, quedando con los pies enrollados en el sofá mientras él se mantenía sentado, con la vista fija en la desolada mesita de al frente.

—La busqué—continuó, casi murmurando—. Le rogué sin detenerme a pensar en los inconvenientes que un noviazgo entre un mesero y la hija de un banquero podían ocasionar. Insistí hasta quedarme sin argumentos. Era obvio lo que sucedía; aun así, no quise creer.

—Era rica…

—Igual que tú— pronunció, en forma de reproche. Hinata palideció—. Cuando me expuso sus razones, superfluas y carentes de pasión, me derrumbé. Me desechó por mi pobreza, porque no cumplía con todas aquellas cualidades que los de su clase consideran indispensables; dinero, posición, amistades... Le avergonzaba, y a pesar de eso, estúpido, le pedí una oportunidad— esta vez sí sonrió, en un regocijo lacónico, lúgubre—. No aceptó, y yo jamás volví a confiar…

— ¿La amaste, aún le amas?— soltó, desesperada, y él finalmente la enfrentó. Su mirada brillaba con la luz de la melancolía. Al instante se arrepintió de la necedad de su curiosidad; aunque, más tardó en parpadear que en remendarse. Necesitaba saber, independientemente su respuesta, la dirección de sus afecciones.

Contuvo la respiración.

Él asentó con la cabeza y su idilio se fragmentó. Sin tener la oportunidad de izar las manos creyó ver cómo su corazón se le salía del pecho, y roto, se esparcía por su regazo. Volvió la vista abajo y casi pudo ver un hoyo negro amenazándola con consumirla. El pánico la dominó y tuvo que cumplir con la urgencia de mantenerse a salvo. Torpe, liberó sus piernas y trató de impulsarse.

Una mano gruesa sobre su antebrazo la paralizó. Quiso separarse de su dominio, pero con sólo la intención se dio cuenta que sus pies no la sostendrían si era liberada. Obedeció y se mantuvo quieta, aterrorizada entre el frío demonio y el pozo oscuro del rechazo.

—Es cierto que la amé como un loco— su voz sonó áspera. Hina vibró—…Puede que hasta hace unos meses mis recuerdos todavía me atormentaran, pero ahora es diferente.

La ojiperla exhaló y el mundo se le antojó extraño, descolorido.

— ¿Qué es lo diferente?—inquirió en un doloroso susurro que le raspó la garganta.

—Tú… Me gustas, Hinata. Me gustas mucho y tengo miedo que no sea reciproco… Eres más de lo que merezco.

No requirió de más. Sintiendo como el calor retornaba a su cuerpo y el pitido en sus oídos se desvanecía, se abalanzó a él, abrazándolo con un fervor que no permitía discusión. El Uzumaki se desequilibró al recibirla, cayendo irreversiblemente sobre la alfombra. El joven emuló un quejido al cargar la mayor parte del golpe; sin embargo, la Hyuga, renovada e ilusionada, calmó sus rabietas con largos besos de fuego, que pronto se fueron apaciguando entre sabanas y arrumacos.

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— ¿A dónde vamos?

Inquirió por décima quinta vez; pero al igual que las otras veces, Hinata lo ignoró, regalándole una espléndida sonrisa al tiempo que apretaba con más energía el enlace de sus manos. Habían salido del apartamento hacía menos de treinta minutos; el sol no se había posicionado en lo alto del cielo, aunque el calor ya hacía mella en sus cuerpos. Era lunes, y no era nada común que faltara al trabajo sobre todo un día en que el restaurante recibiría a unos clientes especiales; sin embargo, la Hyuga era demasiado insistente. De cualquier forma, ¿cómo hubiera podido negarse cuando se lo había pedido con aquella dulzura? Lo tenía comiendo de su mano.

El paisaje de altos edificios y el ruido del tráfico poco a poco fueron desapareciendo. Delante de él se extendió un amplio campo verde, atiborrado de diferentes árboles y algunas florecillas que hacían un camino improvisado que figuraba no tener fin. Vio atrás, sobre su hombro, y corroboró que estaban solos en aquel utópico paraíso. No tenía idea de lo que Hina tenía entre manos, pero apreciaba el hecho que hiciera esfuerzos por pasar en su compañía. Animado por el vigoroso aire mañanero, desunió sus manos y alzó un brazo sobre los hombros femeninos; la jaló hacia él y se complació profundamente al sentir la respiración de Hinata chocando contra su cuello. Él se permitió sonreír y sentirse, aunque fuera pasajero, el hombre más dichoso sobre la faz de la tierra.

— ¿Todavía no me dirás lo que has planeado?

—Aún no, es una sorpresa panecillo— puso intención en la última palabra y Naruto agarró el anzuelo.

Si ella de alguna forma no hubiera estado dirigiendo sus pasos, se hubiera detenido en seco. Se profesó cómo un estúpido atolondrado, pero oírla dirigirse tan cariñosamente hacía él era demasiado nuevo como para dirigirlo como cualquier cosa. A Hina se le daba bien lo de los apodos amorosos; bizcocho, tesoro, ranita. No obstante, sus ocurrencias cuando estaban compartiendo en la cama eran las mejores; Gran Rey, Divinidad, Amo y señor… Trató de calmarse al advertir la rápida respuesta de su cuerpo; ya que al menos que la Hyuga hubiera preparado un encuentro salvaje en el bosque, no podía permitirse dar riendas sueltas a sus instintos.

Ella, ingenua, le sonrió dulcemente, y él encajo en el papel del lobo feroz.

— ¡Hemos llegado!— exclamó, separándose de él y dirigiéndose a la sombra de un imponente árbol de cedro. Hasta ese momento Naruto se percató que no eran los únicos en el paraíso, y que alejados del caminito de flores yacían al menos unas quince parejas compartiendo de una merienda sobre mantas de colores llamativos.

Él volvió a ella cuando Hina lo llamó por su nombre. El rubio dio movimiento a sus pies mientras sus ojos divagaban en la manta celeste sobre la que se guardaban unas canastas de pan, jalea, quesos y otras golosinas.

—Entonces qué dices, ¿te ha gustado mi sorpresa?

—Es maravillosa, Hina. Muchas gracias.

Terminó con la poca distancia que los separaba y la encerró en un fuerte abrazo, que sin duda, le hizo dejar más de su alma en ella. La ojiperla fue la primera en separarse. En su necedad, resintió su lejanía; pero ya en la noche tendría la libertad suficiente para mantenerla pegada a él hasta que el sol volviera anunciar el inicio de un nuevo día. Mientras tanto, esperaría.

—Traté de conseguir todo lo que nos gusta. Ah, por supuesto que traje unos rollos de canela y un poco de ramen por si se te antoja— le dijo, sentándose sobre la manta y jalándolo para que él la imitara—.Sé que no puedes estar solicitando permiso, pero cada vez tus horas de trabajo son más largas. Por eso quiero que te relajes y pases unos momentos de tranquilidad. Por favor, olvida las nefastas peticiones de tu jefe y todo lo pendiente. El día de hoy quiero que seas un poco egoísta y… y que sólo pienses en mí— terminó, con un adorable rubor que le sacudió el corazón.

¡Por Dios, estando con ella en lo que menos pensaba era en el trabajo!

—Está bien. Lo prometo, pero con una condición.

—Condición— repitió, desconfiada—. ¿Cuál?

—Que me prometas que pase lo que pase, serás honesta conmigo.

Ella simuló querer replicar, pero el Uzumaki volvió a acaparar la conversación.

—Quiero que si algo te disgusta, si tienes algún problema o ves que hay algo en mí que está incorrecto, tengas la confianza suficiente para decírmelo. No importa la gravedad de la situación. Créeme que aunque a veces el temperamento me vence, contigo tendré todo el dominio posible. Sólo pido tu sinceridad.

—Qué curioso…—musitó Hina, repentinamente ingerida en la grama danzante alrededor de ellos—. Me pides sinceridad cuando no sólo mi franqueza te pertenece. Naruto— lo nombró y él tuvo que hacerle frente a las perlas brillosas de sus ojos—. Te amo, y te lo repetiré cuántas veces sea necesario. Te pertenezco. No tienes que hacer más que dejarme entrar en tu corazón.

El Uzumaki estuvo tentado a dejar que el declive de sus comisuras expusiera la emoción de su ser. Sabía que era un orgulloso y un terco, pero últimamente un estúpido también. Aunque no lo planeara, en ocasiones regurgitaba al hombre herido y desconfiado del pasado, y Hina, era quien sufría con su aparición. No era justificación, pero todo lo referente a ella lo trastornaba, lo convertía en otro.

¡En un monstro!... pero uno enamorado.

De ser un hombre gris y desconfiado se había transformado en un ser posesivo, huraño y doblemente suspicaz.

—Quisiera creerlo— murmuró, aproximándose a la mejilla femenina y depositando un beso inocente. Hinata separó un poco el rostro, y en su mirada, lo exhortó a concretar lo que su cobardía impedía de nuevo.

El ojiazul sonrió derrotado y pronto apresó sus labios con los suyos. El aire y el olor a flores silvestres lo motivaron a prolongar un mimo que con los segundos se tornó en todo menos en delicado. La Hyuga de nuevo fue la primera en detenerlo, y esta vez a él le fue imposible retener un gruñido de frustración.

Hinata lo entornó con cierta curiosidad.

—Naruto, me has pedido sinceridad y no quiero iniciar rompiendo mi promesa de hablarte con la verdad.

El Uzumaki se puso tieso. ¿Había sido muy brusco?

¿Acaso aquellos arrumacos no estaban permitidos en público?

De nuevo fue consciente de las gentes a su alrededor. Las parejas no estaban muy cerca, pero ninguna de ellas se estaban dando el tipo de festín que él proponía en ese momento.

Se regañó internamente.

—Creo que hicimos mal en salir— ella habló y Naruto se ensombreció.

—Hinata por favor, discúlpame. No quise ser… Es que tú y yo, ¡bueno! Soy humano y no puede ser indiferente a…

La ojiperla lo silenció con un sugestivo roce en los labios, y el Uzumaki no pudo coordinar ninguna idea.

— Vamos a casa, Divino.

Naruto al fin comprendió, y el regocijo de su rostro fue suficiente para que todas las curiosas parejas se percataran de su infinita felicidad. Hinata había cambiado su mundo, pero para bien. Ahora, la vida sin ella no podía existir.

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El día había amanecido con tonos de grises en el cielo, y el aire que entraba apaciblemente desde las ventanas, corría dejando su hielo por donde pasaba. Pronto llovería, aunque para ella, eso era lo que menos le podía importar. Su corazón no paraba de dar brincos de felicidad. Giraba a un lado y los colores de las cosas se intensificaban; inspiraba más hondo, y el olor de los panquecitos, azucarados, la atontaban.

Usualmente, gustaba ingerir su desayuno en la apacibilidad de la plancheta y acompañada del cacareo de sus pensamientos; sin embargo, esa mañana se le antojó algo diferente. Tomó su celular y configuró un maratón de canciones a las que les dejaría la labor de mantener su grado de regocijo, mientras ella, se ocupaba de engrandecer su desayuno. Le mortificaba un poco reconocerlo, pero los dos budines que siempre aguardaban por ella ya no eran suficientes para saciarla. Últimamente su estómago pedía por más, y no le quedaba de otra que complacerlo; aunque ello le costara unas libritas extras.

Abrió el refrigerador y sus ojos encontraron un supermercado completo; éste, yacía atiborrado de cualquier cantidad de frutas, carnes, enlatados, refrescos… Era una maravilla. Sin buscar mucho dio con lo que quería; huevos, tocino y leche. Empezó a sonar su canción favorita, "We like 2 party" de Big Bang, e inició quitar el plástico de la carne y preparar el fuego. Todo sugería que aquél sería un día normal, sin ningún sobresalto y propicio para acrecentar el amor de los dos jóvenes, ahora, más anuentes a formalizar una relación. No obstante, sólo tuvieron que pasar unos quince minutos para que la realidad rompiera la burbuja y dejara caer las obligaciones ignoradas.

La canción en turno cesó, y Hinata volteó.

Fue el acabose.

Los utensilios que cargaba en mano cayeron al piso, quedándose quietos al lado de sus pies. Ella no se movía. Pese a que su cabeza le exigía hacerlo, sus piernas estaban simplemente congeladas, inútiles de cumplir una sencilla acción como esa.

— Veo, tristemente, que has cambiado el pescado y el encurtido por inmundicias— él arrugó la nariz, figurando haber percibido algo desagradable—. La pobreza te ha sensibilizado respecto a tu paladar; en otras instancias jamás habrías probado comida como esa, menos pensado en prepararla.

—No es…

Él alzó la mano, y la ojiperla de inmediato acató la orden. Con los brazos jalados a la espalda, el longevo se dedicó a recorrer a paso lento la pequeña estancia. Escrudiñaba con la mirada cada cosa que le parecía insulsa y luego fruncía el entrecejo, contrariado. No había mucho que ver, así que no tardó demasiado en criticar en silencio la humildad del aposento.

—Con que éste es el lugar donde te has recluido—se detuvo justo delante del respaldar del sofá, cuidando, sin ocultarlo, que sus ropas no rozaran el mueble—. Pequeño, sucio e insignificante.

La Hyuga no pudo contradecirle. Sencillamente, no daba crédito a que la estampa a su frente era la de su padre. ¿Cómo la habría encontrado?, ¿quién se lo había dicho?... y lo más importante, ¿qué haría ahora?

— Ingenuamente— prosiguió Hiashi, con cara de circunspección—, pensé que tu futuro sería menos favorable que el de tu hermana Hanabi. Antes de iniciar con la búsqueda de un pretendiente, temí que a tu gusto buscarías un hombre de mediana posición para casarte, con los ingresos suficientes para llevarte con regularidad a los lugares que frecuentamos y dispuesto a ceder las tres cuartas partes de su capital para agradarme; pero no…— aclaró su garganta; y con pesada parsimonia, se fue acercando a ella. Hina se limitó a seguir sus pasos con la vista—. Veo que puse demasiadas esperanzas en una mala hija como tú…

— ¡Padre, permítame…!

— ¡No interrumpas cuando hablo!

—Pero...

— ¡Además de malagradecida, vulgar! ¡¿Crees qué estoy contento después de la estupidez qué cometiste?! ¡No te has puesto a pensar en los malabares que tuve que hacer para mantener las apariencias y que no fuéramos la entretención de toda la prensa nacional! ¡Maldición, Hinata! ¡Nos has condenado a la quiebra!

Rememorando sus enseñanzas bajó más la cabeza, facultando a su padre a continuar. El corazón le estrujó al dirigir sus ofensas. Sabía que ese día llegaría; pero lo que nunca había valorado era la forma como se sentiría. La culpa en la que flotaba era muy grande; tanto lo sentía, que por un segundo sopesó su huida como la más grande tontería.

Salió de sus cavilaciones al ser atacada con el fuerte perfume de su progenitor. Hiashi se encontraba a su lado; de seguro, maltratándola con su solo mirar.

—Agradece a Dios de que aún tengas posibilidad de redimirte. He considerado tu conducta y el castigo que has librado; sin embargo, he decidido que un juramento tuyo, prometiendo jamás desobedecerme, te librarán de mi condena. ¿Aceptarás?

—Lo que usted diga, padre.

— ¡Perfecto!—sonrió por primera vez, al tiempo que sacaba a la luz los ojos de su hija—. Mi primer mandato será que vuelvas a casa y te prepares para la reunión de hoy.

— ¿Reunión?—cuestionó, con las ideas revueltas y el temor subiendo como calosfrío desde sus pies.

—Así es. Ya no habrá más aplazamientos. Hoy te comprometerás con Uchiha Sasuke y se anunciará la fecha en que se celebrará su boda. No te preocupes— añadió, al simular ver el vacío en el iris de la joven—. La ceremonia se hará lo más pronto posible. He hablado con tu futuro esposo y hemos decido programarla dentro de cuatro semanas.

¡Al fin pudo mover las piernas! Tambaleando, se pegó a un murito de la altura de la cocina. Inconscientemente, llevó una mano a su frente y tanteó su temperatura. Estaba fría. Con el valor de un pollo, levantó la cabeza y lo escrudiñó. El Hyuga se encontraba perfectamente erguido, ataviado con un Kimono tradicional negro y sus gestos estirados y reprobatorios. Le inspiró miedo.

—Sasuke…—prorrumpió ella, en una débil ráfaga casi inaudible—, después de todo, ¿quiere casarse?

— Es encomiable, el heredero Uchiha ha demostrado ser un hombre de palabra; que pese al trago amargo que le resultó que fueras una pérdida, no retiró su oferta de hacerte su esposa. He de admitir que cuentas con una gran suerte, chiqui…

—No.

— ¿No?, ¡¿qué quieres decir con eso?!

Hina se separó de su reposo y se enderezó. Ojos grisáceos batallaron.

—No estoy dispuesta a acceder—musitó con ganado ahínco—. Siento si esto le causa un disgusto padre, pero no puedo obedecerle.

— ¡De qué tonterías hablas mala mujer! ¡Soy tu padre y me debes respeto!

—Y no se lo he faltado.

— ¡¿Es que aún no logras comprender?! ¡Estamos en la calle!— levantó ambas manos, dejándolas arriba hasta que una de ellas chocó contra una mejilla sonrojada, para después continuar con la siguiente. La pelinegra se retorció de dolor, y no fue capaz de mantener el mar de sus lágrimas—. ¡Necesitamos el dinero urgente, y Uchiha Sasuke está dispuesto a soltarlo sólo si te casas con él! ¡¿Eres imbécil?! ¡A ese hombre poco le ha importado la justa duda de tu pureza, te ama!

— ¡Pero yo no!— soltó, ahogada en llantos—. ¡Me he ido por eso, porque jamás podré quererle como se merece!...— dejó de sobar su cara y condujo sus señalamientos a su corazón, exaltada. Su progenitor se le aproximó más, lapidándola con el ardor de su furia—. ¡Desde hace tiempo he entregado mi corazón y mi cuerpo a alguien más! ¡Amo a otro, y sólo muerta lograrás sacarme de aquí!

Hinata se encorvó, preparando su ser para otra tanda de golpes. Vio los puños de Hiashi izarse y empezó la cuenta regresiva en espera de la dolencia de sus finezas… Éstas, nunca llegaron; pero no así, la respuesta a su resolución.

—Uzumaki Naruto— mencionó él, con una escalofriante serenidad que la impulsó a abrir los ojos y atenderlo a cabalidad—. 24 años de edad, asistente de Chef en Sanín, sin hermanos… Sus padres, Minato Namikaze y Kushina Uzumaki; buenas personas que se ganan la vida humildemente. Ambos viven en Nago…

—Qué pretende… Cómo es que sabe todo eso— la voz se le partió, y él, pareció regocijarse de su daño.

—He leído que es más digna la persuasión que la imposición; no obstante, a mí no me gusta pasearme entre ninguna de las dos. ¿Cómo decirlo?, prefiero algo más rápido y eficaz.

Sus sollozos no paraban, y un intranquilizador temblor dominaba sus extremidades y sus labios. De pronto, se sintió cansada, y sólo deseó responder al llamado de la oscuridad. Tenía sueño o algo parecido a la somnolencia, que estaba segura le quitaría la consciencia. Se volvió a palpar y ahora si estaba caliente, quemándose.

Llevó la mirada a él, y en silencio le suplicó el adormecimiento eterno de sus intenciones. No quería odiarlo, no a su sangre.

—Terminemos con esto— resolvió, tajante, insensible a la consunción de su primogénita—. Si te rehúsas a obedecer, mis amigos, harán una visita a Nagoya. Y no me hago responsable de sus acciones; así que si lees en el periódico un incidente ocurrido con el cocinero de un restaurantillo, o te das cuenta que una humilde florería quedó hecha cenizas después de un inexplicable incendio, no te alarmes tanto, porque has de saber quiénes… o mejor dicho, quién ha sido.

Tapó con su palma el grito de horror que buscó salir desde sus entrañas. El estómago se le revolvió, y los pequeños pellizcos que le había dado a sus budines, exigieron emerger presurosos de su interior. No lo pudo retener más, y aproximándose al fregadero de la cocina, vomitó.

—No te enfermes ahora querida, aún no te he dicho los planes que tienen mis amigos con el Uzumaki— se acercó y le sobó la espalda, ocasionando que su tacto acrecentara sus malestares—; para él hemos guardado la mejor parte. Lo único que no te prometo es que vuelvas a saber de él. La sorpresa que le tengo es tan grande que creo que su corazón no podrá soportarlo.

Echó el último resto de la bilis y abrió el grifo. Ausente, observó como el agua se llevaba todo el desperdicio y lo enterraba en el hoyo de la cañería. Luego, fueron las gotas de sus lagrimeos quienes se hicieron presentes ya en el limpio lavadero plateado.

Miró a su perfil y estaba sola. Escasos segundos transcurrieron para que oyera la voz de su padre, insistiéndole.

—Entonces, hija mía. ¿Cuál ha de ser tú decisión?

Hinata empuñó las manos e inició a susurrar. Naruto jamás se lo perdonaría. Los días pasarían y su rencor aumentaría, desvaneciendo el poco amor que le había conseguido arrebatar. Él se reprocharía por volver a confiar, y ella, en la soledad, se recriminaría por el padecimiento causado… La odiaría. Renegaría de su nombre la cantidad de veces en que ella lo murmuraría llamando a su recuerdo.

Se le partía el alma, pero no había lugar para lamentaciones. El peso de la muerte de tres personas y sobre todo, la de él, su amor, valía más que la suya; porque sí, no dudaba que la luz juvenil de su vida se vería apagada. La rutina y el desapego a su nueva existencia la irían mermando, hasta hacerla exhalar su último respiro. Y eso, era el único consuelo que le haría soportar sus precarios días en la tierra.

Ojalá hubiera tenido tiempo de despedirse… lo extrañaría demasiado.

—Vámonos, no es necesario que te lleves nada. El coche y tu nuevo futuro esperan.

Volteó y oteó a su padre tendiéndole la mano, como jamás lo había hecho. Sus ojos se le volvieron a aguar, y su corazón, casi inexistente, pareció dar sus últimos latidos al forzar sus pies y alcanzar aquella mano maldita.

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Hola! Tiempo sin actualizar, no? Bueno la culpa es de mi trabajo; pero ya he decido darme tiempo para mis gustitos.

Espero que les haya gustado este capítulo. Sí, está será la prueba de fuego para nuestros protagonistas T-T.

Nos estaremos leyendo pronto. No se olviden de comentar y compartir.

Adoro el Naruhina!