Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.

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CAPÍTULO XVIII

COMPROMISO

— ¿Estás molesto?

—No.

—De acuerdo.

Era la cuarta vez que le preguntaba, e igual que las tres primeras veces sus ojos no voltearon a verla, ni sus manos pararon de hacer picadillo el sobre-desarrollado jitomate sobre la tabla; sin embargo, las imperceptibles arrugas en las comisuras de sus labios le dieron la certeza definitiva. Naruto no estaba molesto, estaba cabreado.

Hinata, demasiado emocionada para ser correcto, esbozó una sonrisa y alzó las manos hacia la alacena que yacía encima de la cocina. Sacó un frasco de mayonesa y otro a la mitad de mostaza. Miró de reojo hacia la plancheta a su espalda, y no pudo evitar decir lo siguiente:

—Creo que no pedí todo lo que necesitábamos…—vaciló—. Olvidé las aceitunas y la sal. Estaría bien pedir algo de pimienta y otro frasco de mostaza para no quedar escasos, ¿qué dices?

El ojiazul no contestó, inclusive, no figuró inmutarse. Hina, quiso probar el límite de su indiferencia.

—Me da un poco de pena por Jūgo…—lo mencionó, y el cuchillo en la mano del Uzumaki se desvió—. El supermercado se encuentra a una buena distancia del apartamento. Si hago el pedido el pobre tendrá que recorrer esos ocho kilómetros de nuevo. Si tuviera alguna motoneta no me preocuparía, pero Jūgo debe movilizarse a pie…

Otra vez lo mencionó, y ahora el cuchillo fue depositado con un ruido sonoro contra la tabla de madera. Naruto al fin le levantó la mirada, pero sólo fue para sostenérsela un instante. Con gruñidos acercó una barra de pan a su lado. Inició a cortar.

La ojiperla, cada vez más excitada y juguetona, se volteó, apoyando el trasero contra el lavaplatos. Internamente, debatió las palabras que diría a continuación. Honestamente, ella no hubiera considerado aquella broma si él no le hubiera sonreído coquetamente a la vecina el día anterior. De alguna forma quería demostrarle que él no podía ser el único coqueto en ese apartamento. ¡El sólo remembrar su sonrisa bobalicona le generaban unas ganas enormes de ponerle unas anteojeras de por vida!

Fingió un suspiro al tiempo que se aproximaba a su "frío" ángel rubio.

—No tengo otra opción. Tendré que llamar de nuevo a la tienda y hacer el nuevo pedido.

Ladeó la cabeza, atenta de una réplica.

La obtuvo.

—Está bien, llama.

No. Esa estoica reacción no era la que deseaba.

—Lo haré. Pero antes procuraré tenerle un refresco a Jūgo...

— ¡¿Qué?!— depositó los panes bañados de mayonesa en un largo plato de vidrio y tiró el cuchillo a cualquier lado. Esta vez sí tenía su total atención.

Hinata se hizo la interesante, ubicando su dedo índice sobre los labios.

— ¿Qué le gustaría más, un refresco de manzana o de mango? Tal vez, un batido con ambas frutas estaría mejor.

—A mí nunca me has preparado…

— ¡Ya sé!—no lo dejó terminar, y esto sí caló en la anatomía del ojiazul—. Trataré de recrear la receta que vi ayer. Qué mejor para hidratar a un joven tan fuerte como él que un rico batido de verduras.

Se separó de su reposo con la intención de dirigirse al refrigerador, no obstante, su caminata no se emprendió. Naruto la había tomado del codo y vuelto hacia atrás. Un suspiro y ya tenía a su irritado hombre de frente, encerrándola entre sus brazos. Infló los molletes para no reír.

—Tú no le harás nada a ese imbécil, ¿entendido?

— ¿Qué sucede contigo, Naruto? Estás comportándote irracional.

— ¿Yo, irracional?—repitió, ofendido. Hinata trató de apartarlo, consiguiendo un efecto contrario—. ¿Cómo puedes decir eso cuándo eres tú la que se le dio por ser amable con ese tonto musculoso sin cerebro? Con los demás siempre eres recta y correcta, ¡pero con esa escoria te desvives en atenciones que no deberías tener!

La ojiperla notó diáfano enojo en el tono del Uzumaki. Sin duda, la broma se le estaba escapando de las manos.

—B-bueno, no tengo porque hacerle ese refresco. Olvida lo que dije— curvó los labios, nerviosa. De nuevo lo empujo, aunque levemente; la masa muscular no se movió un ápice—. Naru, me das lugar por favor. Tengo que alistar tu uniforme de mañana…

— ¿Te gusta?— La pregunta la pilló desprevenida, y su rostro debió evidenciarla—. Pensé que te atraían los rubios, no los peli naranjas oxigenados— él acercó sus labios, y Hina quedó esperando un beso que se lo concedió el aire. Naruto fue directo a su cuello, y sus caricias le causaron un cosquilleo inmediato.

—No…—prorrumpió confusa cuando los besos bajaron un poco—. Digo, sí. A lo que me refiero es que sí me gustan los rubios…

El Uzumaki mordió una zona sensible y la ojiperla no pudo reprimir un airado musitar.

—Con que te gustan los rubios en general— bajó el tono de su voz mientras su boca tatuaba bélicas caricias en la piel nívea. Descendió un poco más y le preguntó: — ¿O será que te atrae uno en especial?

— ¿Uno?— la voz se le quebró—. Sin duda me gusta uno…

Los pensamientos se le extraviaron al sentir las manos masculinas desabrochar los botones de su camisa y explorar el cuerpo ya conquistado. El primer roce y casi se desvaneció. Anheló movilizar sus manos y participar en la lucha de egos; él no se lo permitió. Sólo él podía tocar, sólo él podía saborear. Casi sintió rencor cuando sus agasajos comenzaron a tornarse agónicamente lentos y excesivamente sugerentes.

¿Quién hacía sufrir a quién?

—Dilo— le ordenó.

—No.

—Dilo— insistió, descendiendo su atención a la zona más vulnerable. Hina se tragó un suspiro—. Si no lo haces, no terminaré con esto.

—Tú…

— ¿Yo qué?— pellizcó, y el gemido que ocasionó ensanchó su burlona sonrisa complacida.

— ¡Tú, eres el único!

—Quiero mi nombre—otro pellizco.

— ¡Tú eres el único, Uzumaki Naruto!

—De nuevo— esta vez fue su boca la que provocó su dolor.

— ¡Uzumaki Naruto!—exclamó enteramente enrojecida.

El rubio, con una mirada tan evocadora como maliciosa, dio unos pasos atrás. Contempló a su presa y su fisonomía pasó de fiera a divertida.

Hinata no lo comprendió, aunque más que confusión, se sentía cautiva de la frustración. Trató de recomponerse y alejar su espalda del lavaplatos. Estaba a punto de reprocharle, cuando él se aproximó y dejó un casto beso en sus labios.

—Eso es para que no pienses en otro hombre que no sea yo— sus facciones continuaban afables, pero su tono era inflexible—. Nadie podrá hacerte sentir lo que experimentas cuando estás en mis brazos. No me mires así, no es ego. Es sólo que… estamos hecho el uno para al otro. Me perteneces, Hinata…

Besó de nuevos sus labios, está vez con la intención de iniciar un juego perverso. Hinata agarró el anzuelo, y la desilusión fue instantánea cuando él se alejó definitivamente. Lo vio de espaldas y se mordió los labios. Quiso jugar con fuego y al final había salido quemada… No obstante, las quemaduras no habían alcanzado el nivel que hubiera deseado. Lo repaso de pies a cabeza, y movida por un impulso lo sorprendió con un estruje en la firmeza de su trasero.

—Quiero que digas mi nombre— prorrumpió ahora Hinata, con una severidad que no pudo mantener cuando se vio alzada por aquellos brazos que mil veces podían hacerla suspirar.

Ni pensar que era así como solía pasar una tarde de domingo, rodeada por el calor de su amado y con la esperanza de un fructífero futuro juntos… Ahora, ese recuerdo sería su maldición y salvavidas... Despertó. Alguien la llamaba.

—Señorita, ¿se encuentra usted bien?

Hinata observó a la mujer, que en una mano sostenía su espesa cabellera y en la otra un cepillo de palo de madera. Era la quinta vez que le hacía la misma pregunta en la hora que llevaba arreglándola. Debía de verse realmente mal para que una empleada insistiera en atosigarla con sus preocupaciones. Hina no hizo caso y optó por el silencio. La veterana, no dijo más y continuó alaciando sus cabellos.

La Hyuga regresó a verse al espejo. Le habían pintado y cubierto con la mejor prenda de su antiguo guardarropa; y dos horas antes, habían entrado arbitrariamente a su habitación y arreglado las uñas de sus manos y pies. No había tenido la potestad de decidir absolutamente nada; las mujeres encargadas de aquella labor habían resuelto retocarla a sus gustos, sin siquiera molestarse en preguntarle, ¿debió de mortificarse?, probablemente; pero la verdad era que, desde que había puesto un pie en la mansión, yacía perdida.

Era irrisorio, pero sentía como todo pasaba a una velocidad demasiado rápida para asimilarla. Si en un momento se había entretenido con las formas y colores de sus antiguas ropas, sólo bastaba un pestañeo para verse de pie frente al cristal y siendo ataviada con un sin número de singulares vestidos; o un fugaz pensamiento, para tomar consciencia de la entrega de su cabello a otras manos. Así habían transcurrido cuatro horas, en dónde, escasamente, sólo rememoraba un cuarto de ellas…

El toque de la puerta la despabiló. De inmediato vio el reloj sobre la cómoda y se percató de su ausencia de veinte minutos.

—Disculpe, señorita— pronunció una muchacha, sacando apenas el rostro de la puerta—. Su padre, el señor Hiashi, requiere de su presencia en la estancia…

— ¡Ya he terminado!— interrumpió la otra fémina desde el interior, guardando con gran velocidad los utensilios que yacían regados sobre el tocador—. Bueno, es mejor que me retire. Ha quedado usted muy bien— retornó al afligido reflejo, aprovechando para acomodar unos tres mechones sueltos—; sólo procure no remover la diadema, así el moño se mantendrá igual de prolijo.

Ignorando cualquier posible comentario, la mujer cerró el mediano maletín azul y se marchó de la habitación; tomando como un hecho, dado sus cuchicheos con la servidumbre, la pronta salida de la joven.

Hina volvió a perderse.

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— ¡Rápido, rápido! ¡Me urgen los brownies y los turrones!

— ¡Yo me estoy encargando de los brownies, en ocho salen del horno!

— ¡Los turrones tardarán un poco!

— ¡Velocidad novatos, que los comensales esperan!

Naruto aceleró sus manos, tratando que el corte juliana de los pimientos saliera perfecto. Esa semana le había tocado encargarse de las entradas, por lo que agradecía no estar soportando la excesiva presión del grupo de postres o platos fuertes. Definitivamente Jiraya era inclemente con los tiempos de los pedidos. Sus pobres compañeros no tenían más opción que pedir a gritos el nacimiento de nuevas extremidades para cumplir.

El día, aparte de los ajetreos propios del trabajo, había pasado sin ninguna relevancia. Eso sí, su ánimo no podía encontrarse más encendido. ¿Y cómo no?, cualquier hombre a horas de hacer tal petición estaría en el mismo vilo de humor.

Se había levantado más temprano de lo habitual; aún con la oscuridad llenando las calles había agarrado una pequeña maleta de mano e introducido un par de pantalones negros y una camisa azul oscuro. Frente al espejo había pasado quince minutos revolviendo sus cabellos, buscando el acomodamiento idóneo. Una vez listo, había contemplado a la perfecta mujer que descansaba en la cama, e instintivamente, había sacado una cajita negra de su bolsillo. Con los ojos brillosos, casi de la misma intensidad de la joya, había susurrado las palabras que dentro de poco marcarían el resto de sus vidas.

"Hyuga Hinata, ¿te casarías conmigo?"

Por supuesto que le había llevado mucho tiempo tomar esa decisión. Habían pasado varios meses juntos, y pese que ella se había entregado a él sin restricciones, con amor y segura, el Uzumaki no podía borrar la sombra de desconfianza de su mente. En ocasiones se encontraba solo, meditando en un rincón de la cocina sobre sus sentimientos. Era más que estúpido negar lo evidente, la propia Hinata debió de haberse percatado de su sentir. Lo tenía embobado; y sus obsequios, su cuido y hasta sus celos, lo descubrían terriblemente.

En un comienzo, trató que la cercanía no nublara su juicio, pero mientras los días pasaban y su complicidad acrecentaba, le era más difícil sostener los argumentos que lo separaban de ella. El punto de quiebre fue la noche en donde la joven, con sus ojos llorosos y su alma puesta en bandeja, lo había enfrentado sobre su indiferencia. ¡Oh, maravillo ser! Nunca estimó, que la mujer que reemplazara sus pasados afectos e inclinaciones, incitara aquella penosa confesión…

Pasó un brazo por su frente y agarró otra docena de pimientos, para luego repetir la misma rutina de corte. El bochorno dentro de la cocina era enorme, lo que hacía común que los Chefs guardaran en sus delantales pañuelos para secarse el sudor. Naruto, sufriendo de este mal natural, metió la mano en su mandil y sacó una tela blanca; topándose irremediablemente con la parpadeante luz de su celular. Tenía terminantemente prohibido el uso de ese aparato dentro de la cocina; sin embargo, el cosquilleo que se asentó en su estómago al pensar que se trataba de su Hina, le coaccionó a tomar el celular y chequear las notificaciones.

Cualquier júbilo se fue disipando al dejar atrás cada escueta línea del mensaje.

"Lo he visto en las noticas. Lo siento mucho, Naruto. Yo quise prevenirte de cómo era esa mujer y el tiempo terminó de darme la razón…"

El ojiazul frunció el entrecejo al determinar el dueño de aquel número, Haruno Sakura.

"No pensé que la boda sería tan pronto; pero qué se puede esperar cuando han anunciado que el compromiso se celebrará hoy. La mansión Hyuga estará atestada de gente, pero yo no asistiré en solidaridad contigo. Confío en que hayas terminado esa relación a tiempo; así este dolor no lo sentirás tanto…"

Con lentitud dejó el celular sobre su mesa de trabajo, y bajando la cabeza, apoyó sus manos en la fría cerámica blanca; éstas temblaban. No lo creía. Volvió a repasar el mensaje y el escrito era el mismo; se sintió próximo a enloquecer. El martilleo de su corazón se trasladaba a sus oídos, a sus sienes, a su estómago; recorría todo su cuerpo, angustiándolo, añorando su descontrol. Aquel era un golpe bajo, peor que la primera vez; porque ahora, sus sentimientos habían agarrado fuerza, y el derecho nacido de su intimidad, lo sofocaba con la razón y la estimulación de su cólera...

— ¡Naruto, ¿qué haces descansando?! ¡Los clientes aumentan y necesito cinco entradas! ¡No te quedes sin hacer nada muchacho!

El rubio alzó la vista, y sin necesidad de una palabra, contestó el adusto mandato. El veterano carraspeó y lo examinó en silencio; gastando unos segundos más para alejarse y descargar sus malestares con otra reciente promesa… El Uzumaki no perdió más tiempo, e igual que una tempestuosa tormenta, salió corriendo con una única dirección en mente; la mansión Hyuga.

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La molestia que profesaba en su espalda era inmensa; era tal, que no podía mantenerse recta y prolongar la admirable forma de su silueta. No mucho podía rescatarse de sus facciones, que se veían afectadas por el dolor punzante de su cabeza y la incomodidad nacida de su garganta. Se percibía mal; enferma, somnolienta, desanimada. Caminaba, y lo hacía por reflejo, inconsciente de dónde se dirigía e ignorante de su comportamiento.

Al salir y pisar con sus zancos la inestable grama sintió el sereno pegarle de lleno. Dos estornudos delataron su gripe y su necesidad de reposo; no obstante, su padre, quién había aparecido de la nada, la tomó del brazo y la jaló hacia la algarabía. Un gran centro de mesa con un colosal pastel le esperaban. Por primera vez en su vida ignoró el dulce olor de tan delicioso manjar; que en esa ocasión, lo único que le provocó fue náuseas... Los invitados; entre los cuales, unos jamás había visto; y otros, apenas había cruzado escasas dos palabras, se desbordaron en halagos hacia su persona, y claro,… hacia el otro agasajado que recién aparecía.

Algo de sentido cobró al verlo. Sus ojos, tan críticos como siempre, le hicieron rememorar la razón por la que se encontraba ahí, y por supuesto, el precio que pagaría por su desobediencia. Lo odió. Valoró que con un poco más de fuerzas en las manos ya las hubiera dejado ir en su contra. Ya poco le importaba su desconocimiento de las artimañas utilizadas por su padre; porque sí, sabía que él ignoraba el enjambre entorno a su compromiso. El propio Hiashi le había prohibido mencionarle media palabra sobre el chantaje y sus amoríos; sin embargo, no podía simplemente eximirlo. ¡Lo culpaba!, por su necedad estaba dónde estaba. ¿Qué es lo que ganaba?, ¿de dónde le nacía tanto amor?...

Volteó el rostro y apretó la mandíbula. En un momento, el regocijo de la gente cesó y las copas fueron levantadas al aire en un brindis por la eterna felicidad de los novios.

¡Por la inminente unión de las familias Hyuga y Uchiha! ¡En hora buena!

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—Toma, debes de tener frío.

Se deshizo del saco y lo acercó a los hombros femeninos. Hina, que había permanecido ajena durante el cuarto de hora, alzó la mirada y despreció el gesto. De igual manera, él dejó caer la tela. La Hyuga no tardó en reaccionar, y en un arranque la tiró de su cuerpo; importándole muy poco que ésta cayera a los pies de la silla.

De inmediato atendió el chasquido del azabache, e irrisoriamente, se profesó complacida.

—Ven conmigo— la profunda voz masculina la hizo estremecer. Esperaba que él tuviera un poco de compasión y la privara de su conversación; pero no iba a ser así.

No se movió.

—No seas malcriada y acompáñame. No quiero figurarme que contraeré matrimonio con una niñita caprichosa.

Su comentario le aceleró el corazón. Tenía unas ganas indescriptibles de refutar aquella tontería, de espetarle cuán insoportable le resultaba; sin embargo, la filosa vista de su padre desde la distancia, le ordenó la forma correcta de proceder.

Con más tortura por el erguimiento de su cuerpo que de su sumisión, le siguió. La tos y los estornudos le hicieron compañía durante el revelador redescubrimiento de los jardines. Quizás era el exceso de personas que no dejaban ver los exóticos árboles antiguos, o la escases de luz que no permitía apreciar la calidez de sus predilectos crisantemos; pero todo aquello había perdido el encanto que más de una vez había dejado marcado en las páginas de su diario.

Sin darse cuenta habían rodeado los muros y encaminado hacia la fuente de la entrada.

El eco del agua golpeteó en sus oídos.

—Con todo este alboroto he perdido el tacto y ni siquiera te he preguntado cómo has estado— sentándose en la roca más lisa, extendió su mano y la invitó a imitarlo—. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.

Ella lo rechazó; y él, superior, revocó su atención sin protestar.

—Creo… No, estoy seguro que te debo una disculpa. Sé que no me comporté adecuadamente, y que lo que sucedió después fue en gran parte por mi causa— movió la cabeza a la espesa lejanía. En la noche no se divisaba mucho, pero los ojos negros simularon encontrar algo de interés—. No consideré lo mucho que te sorprendería la noticia, y honestamente, tomé tu reacción como una ofensa contra mi orgullo y no como lo que era, el inocente desconcierto…

—No quiero hablar de eso— se abrazó a sí misma, dirigiendo su curiosidad a la tenebrosa negrura que había capturado al Uchiha. Sin querer sus dientes castañearon; se mordió para parar—. No tengo el deseo que aclares el pasado. A estas instancias cualquier cosa que digas no tiene importancia. Dentro de cuatro semanas nos casaremos...

— ¿No tiene importancia?— el azabache se reincorporó con agilidad, y en un soplo estuvo frente a ella—. Nuestro compromiso no debe ser un deber. Al principio surgió como tal, pero ahora…

—Las cosas siguen igual. Tú ayudas a mi familia y yo cumplo con la parte del trato. No pretendas…

El azabache ganó dos pasos y Hina no retrocedió ninguno. La tozudez que estaba demostrando era tan nueva para él como para ella.

Sasuke no se contuvo.

— ¿Es ese el comportamiento que adoptas después del yerro que cometiste? Creí que regresarías diferente, consciente de tu actitud y agradecida por la oportuni…

— Jamás sentiría gratitud, ¡nunca!— los ojos se le humedecieron al tiempo que el calor de su interior se intensificaba. Tonos rojizos se manifestaban en su exterior—. ¡Las circunstancias me han obligado a estar aquí! ¡En absoluto consideraría acceder a tal mentira de matrimonio sino fuera por…!— calló y se aguantó.

El viento arrastró las hojas caídas, llevándose en el proceso las lágrimas que escaparon, libertinas, de sus cuencas. Quiso reprimirse… Volvió a la fuente y notó el líquido fluir de entre las piedras, cayendo apaciblemente en el pozo. Una gota chapoteó y otra resbaló por su cuello.

—Sé que es difícil— paleó, sosteniéndola firmemente por los hombros—. No soy indiferente a tus sentimientos…— aflojó la presión de la mandíbula y ladeó rostro; figurando penetrar en los vacíos ojos grises que lo lapidaban—. Te aseguro que no te pediré más de lo que me puedas dar. Y sobre todo, te prometo que gozarás de plena libertad. De ningún modo te impondré mi compañía.

— ¿Entonces, por qué te casarás?— inquirió, con burla.

— ¿Por qué no?

Su contestación la desconcertó; sobre todo, por la expresión de envidiable serenidad que embargó su talante. Dos segundos más fueron suficientes para que tuviera una resolución; ¡no lo toleraría! Irascible, apartó las manos de su ser y se aproximó más, envalentonándose con la lluvia de ingratas visiones de su futuro juntos.

— Retráctate— le ordenó—. Estás a tiempo.

El joven negó con la cabeza.

— ¡¿Qué clase de matrimonio tendríamos?!— regresó, impaciente. El fresco ya iniciaba a hacer mella en su salud; prueba de ello era el irregular carraspeo de su respiración—. En nuestro último encuentro tus palabras fueron diferentes. Sin contemplaciones me dijiste que solo me esperaría una vida de zozobras y llena de problemas— alzó la barbilla—, y ahora, sin más, quieres que confíe. ¡¿A qué juegas?!

Sasuke terminó de exterminar la distancia, recorriendo con su torso los metros ya ganados por sus brazos. Hinata se mantuvo quieta al sentir el calor rodeándola. Por alguna extraña circunstancia no repeló a su tacto. Estaba demasiado cansada para hacerlo.

Con gran sorpresa se vio cediendo a la blandura del pecho masculino. El Uchiha estaba cálido, y ella, vibraba de frío.

—Aléjate de mí— protestó débilmente; inconsciente de su voluntaria adherencia a él—. No te quiero cerca

Sin objetar, dejó que los dedos masculinos recorrieran sus mejillas y barrieran la humedad. Ya no discernía la realidad de la fantasía. Cerraba los ojos y se transportaba al templado apartamento de Bunkyo, jugueteando en la cocina mientras su vista se escabullía impaciente hacia la puerta, esperando el regreso de su rubio tormento... Era un desastre. ¡Por todos los cielos!; sólo habían pasado horas desde su partida y la agonía que afrontaba era la de años de ausencia.

¡¿Cómo soportaría así el pasar del tiempo?!

¿Sobreviviría?

—No soy el monstro que insistes en imaginar— soltó en un halo de aire, que incitó la salida de sus recuerdos. Tiritando más, se vio imposibilitada de defenderse—. Entiendo que las razones de mis acciones te confundan; pero aún no estoy listo para hablarte con sinceridad… No temas de mí— intensificó su mimo, y la Hyuga repudió su suavidad—. Pase lo que pase, te cuidaré Hinata; incluso, de ti misma…

Atendió su voz como una tonada fantasmal; honda y melancólica. Sasuke… Aunque su resentimiento le impidiera reconocerlo, había extrañado el apoyo de su fraternidad. Él, a consciencia o no, había hecho muchas veces de su soporte, convirtiéndose así en la base de su bizarría. ¡¿Cuántas veces no la había animado?! ¡¿O interesado por su salud y la decadencia de sus notas?! Tal vez, por eso no transigía. No era lo caótico de los acontecimientos, sino, la pérdida de quien hacía poco consideraba su mejor amigo.

Ambicionándolo, se fue sumergiendo en un adormecimiento que debilitaba sus piernas y restringía sus movimientos. Su alma comenzaba a descansar. La jaqueca ya era algo lejano, y la incomodidad de su nariz, una leyenda urbana contada por la creciente afonía natural… Todo se oscurecía… y de nuevo lo volvía a escuchar. Percibía su inconfundible voz llamándola, incitándola a despertar. ¿Cómo era posible? Enloquecía; estaba a un paso de la demencia…

— ¡Hinata!

Accedió y otra vez despertó.

Cómo pudo se deshizo de aquel agarre y se estabilizó en la flacidez de sus pies. De la grama fue subiendo lentamente la mirada, descubriendo, con dulce angustia, la tangibilidad de su tristeza.

Juntó los labios e intentó pronunciar su nombre; pero su garganta padecía del mismo impedimento que su voluntad; ambas estaban coartadas.

—Después de todo, ¿es esto lo qué me merezco?... ¡Hinata!

Naruto…— logró mascullar, soportando la pesadez de sus reprensiones, y las suyas propias.

Bruscamente, el agua dejó correr; y su llanto, inició a brotar en su lugar.

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Hola! Ya adaptándome de nuevo a la rutina de escritura. Hace mucho que no me quedaba hasta las 3 a.m. escribiendo, y se siente muy bien XD

Espero que este capítulo les haya gustado. Personalmente a mí sí. No sé, me pongo en el lugar de Hina y me deprimo mucho T-T

Mil gracias por sus follows, favorites y reviews, porque me dan ese push para continuar.

Nos leemos muy pronto!