In the garden
Estiré los músculos en la cama y salí de ella para dar mi carrera matutina. Era un modo para mantenerme en forma, y también para descargar toda la energía. En efecto, lo necesitaba. Desde que Regina y yo habíamos hablado, después del incidente con los leones, no lograba dormir bien, constantemente anclada en sus palabras. Le debía un favor, pero ¿qué quería? No me sorprendería si quisiera que no viera más a Henry. Borré inmediatamente ese pensamiento. No actuaría así, sin corazón. Corrí hasta el parque y ahí me detuve para hacer estiramientos y observar lo sereno que estaba el cielo. Inspiré profundamente y regresé a casa, corriendo al ritmo de la música. Me encontré con Granny.
«¿Ahora corres?» me preguntó. Tenía en las manos un plato de muffins con una pinta muy sabrosa.
«Siempre. ¿Y usted qué hace de paseo a esta hora? ¿No es aún un poco temprano?» le pregunté, concediéndole una dulce sonrisa
«No es temprano, es más, es tardísimo. Y si quisiese podría retarte, pero ahora no tengo tiempo» me picó el ojo y se marchó. Moví la cabeza. Era una mujer que valía mucho. Al llegar a mi casa, recogí el correo. Dos cartas. Una era publicidad sobre algún productor para la piel y la otra era de…Regina. Se me paró el corazón. Me quité los auriculares y miré alrededor, como si hubiese recibido un mensaje secreto del Presidente. Caminé y entré en casa. Dejé la carta sobre la isla de la cocina y me fue a duchar con la mente puesta en ese sobre. Me puse una camiseta blanca y pantalones de gimnasia grises. Me sequé el pelo con la toalla y a continuación me encontré frente al sobre.
La dirección estaba escrita a mano y no había sello. La había dejado en mano. Pasé los dedos sobre la tinta, ya seca y me imaginé su mano posada ahí. Rompí el lacre. Comencé a leer lo que aquel folio bien doblado contenía en su interior.
Emma,
Te escribo para recordarte una cuestión pendiente. No deseada por mí, sino dicha por ti. Me gustaría que vinieras a mi casa esta noche a las ocho. Te ruego que aceptes esta petición. Muchas gracias y hasta esta noche.
Regina Mills
El mensaje era mucho. ¿Esperaba hacer las paces? En fin, verdaderamente la echaba de menos, pero todavía me dolía. El resto de la mañana pasó demasiado deprisa y llegaron las tres. Era mi día libre y me paseé por la ciudad como civil. Mis pies me llevaron imprevistamente hasta delante de la casa de la alcaldesa. La cancela estaba abierta. Nunca la dejaba abierto. Entré y eché una ojeada al exterior. No parecía haber nada sospechoso. Pero me sorprendí al ver el estado en que se encontraba el manzano que estaba en el centro del jardín de Regina. Ella adoraba ese árbol y verlo con muchas ramas rotas me dio mucha pena. También ella debía estar mal. Pero, ¿qué había pasado? Recordé. La noche anterior el viento había soplado muy fuerte y había causado muchos daños. Seguramente Regina no habría tenido tiempo de recoger todo. Miré alrededor y comencé a caminar hacia el exterior cuando la idea de abandonar el árbol en ese estado me hizo dar la vuelta.
Cogí las escaleras y la motosierra. Me coloqué bien y empecé a cortar las ramas que no ya no podían quedarse en alto. Me llevo una hora devolverle su vivo aspecto. Guardé las escaleras y la motosierra y llamé para que se llevaran las ramas del jardín. Mientras el camión se estaba marchando, Regina se presentó y en su hermoso rostro se dibujó una mirada de puro estupor. Al ver su árbol sano y salvo, me dio una de aquellas sonrisas que casi me hizo olvidar mi dolor.
Me acerqué a ella.
«Emma…te esperaba más tarde» estaba perpleja y eso la hacía todavía más tierna. Cómo había cambiado desde que ya no estábamos juntas. Me intrigó esa nueva Regina.
«Sí…pasaba por aquí y he visto que la cancela estaba abierta. He echado un vistazo y después he visto el árbol…sé el cariño que le tienes, he hecho lo que he podido»
Se acercó al árbol y lo observó detenidamente. Se giró exhibiendo una sonrisa llena de alegría.
«Gracias»
Esa palabra me dio tal ternura que habría querido estrecharla en mis brazos. Fue solo un momento.
«Yo…bueno, me voy. Nos vemos más tarde»
Se recobró y dio unos pasos hacia mí.
«Espera…¿no querrías quedarte? Ya son las cinco y bueno…podrías descansar mientras cocino» propuso y sus ojos no abandonaron los míos.
«Ni siquiera tengo la ropa limpia» rebatí
«Todavía quedan ropas…tuyas en mi armario» confesó. ¿Las había guardado?
«Entonces creo que me quedaré si no molesto»
«Nunca molestas»
Me hizo entrar en casa y me llevo a nuestra…su habitación y allí recogí algunas viejas prendas que no me acordaba de tener y me dirigí al baño. Me di una lenta y cálida ducha, intentando nublarme la mente. Después me puse la camisa de cuadros rojos y azules y los vaqueros negros y bajé las escaleras. Lo que me golpeó fue el olor dulce que provenía de la cocina. Me dirigí hacia allí y vi a una Regina enfrascada preparando una tarta de manzana. Llevaba una falda negra, y en la parte de arriba una blusa blanca con las magas recogidas y un delantal con tenía escrito en negro "The Queen". Me paré ante aquella vista. Se lo había regalado yo.
«Hey…» la saludé de nuevo. ¿Por qué actuaba así? No era como si no nos hubiésemos visto hacía meses. ¿Por qué estaba tan nerviosa mientras ella, que era la culpable, parecía tan cómoda?
«Hola. Estoy preparando el postre para esta noche. Si quieres, puedes sentarte en el salón y leer. Te llevo algo para picar» me propuso y se separó de la cara un mechón, manchándose la mejilla de harina.
Se me escapó una risa. Ella me miró sorprendida. Me indiqué dónde se había manchado, pero continuaba manchándose más, así que me acerqué, y con un trapo, comencé a limpiarle el rostro que conocía a la perfección. Nuestros ojos se encontraron y de repente estábamos muy cerca. Se separó de mí y sonrió turbada. ¿Dónde estaba mi Regina, constantemente fría?
«Creo que será mejor si te echo una mano con esto» reí y ella rio conmigo.
«Está bien, entonces señorita-lo-sé-todo, ¿por qué no me cortas las manzanas?»
«En seguida, mademoiselle»
Me alejé y sobre la mesa de la cocina corté las manzanas en finas rodajas. No podía evitar lanzar algunas miradas hacia ella. Trabajaba con pasión. Una cosa que siempre había amado de ella era la pasión que ponía al hacer las cosas.
Juntas preparamos la cena. Pasta con salsa de carne, y como segundo asado y ensalada. Todo acompañado de un vino tinto. Como postre, la tarta de manzana. Nos sentamos a la mesa. La situación era bastante incómoda porque una estaba en una punta y la otra en el otro extremo. Me levanté de repente y arrastré mi silla cerca de ella y comenzamos a hablar de esto y de lo otro. Estaba agradablemente sorprendida.
La conversación fluía rápida y sin dificultad. Estábamos sonriendo y riendo. Yo deseé que las cosas pudiesen volver a cómo eran antes.
«¿Dónde está Henry?» le pregunté. Sus ojos se iluminaron de repente
«Con Granny» respondió. De repente me acordé del encuentro de esa mañana.
«Entonces…¿fue ella quien me dejó la carta?» pregunté y ella simplemente asintió. Aquella mujer tenía miles de recursos. Nos sentamos en el sofá a degustar la tarta y la encontré riquísima. Nos felicitamos por nuestro trabajo. Estiro sus sinuosas piernas sobre el sofá, casi tocando las mías y cerró los ojos. Me quedé observándola por un momento.
«Necesito descansar un momento» respondió a mi pregunta silenciosa.
Esperé unos segundos y después se acercó a mí. Supe en un momento lo que pasaría y no la detuve. Sentí sus labios en los míos. Los abrí, pero ella no entró. Solo quería darme un beso dulce. Nada más. Me tomó la mano y me miró atentamente antes de comenzar a hablar.
«Debes saber que aquella noche estaba borracha, pero no hubiera sido diferente si hubiese estado sobria. Lo que sentía en mi interior era un miedo atroz. No por lo que hubiera podido pensar la gente, sino por lo que sentía yo. Estábamos juntas desde hacía un tiempo y todo iba muy bien. Eras la única persona que había amado de verdad y eso me asustaba. Me sentía tan débil, tan vulnerable, aunque no lo mostraba. Pero lo que sentía en mi interior era un gran miedo a perderte, un miedo de no ser suficiente y que un día me dejaras porque te habrías cansado de mí. En cierto modo quería librarme de ese miedo. Quería no sufrir tanto y actuando así te traicioné. En el momento en que lo hice, me sentí todavía peor. Porque realmente te había hecho sufrir. Debes saber que ya no soy aquella mujer. He cambiado, pero sigo siendo la mujer que te ama y que siempre te ha amado. No te estoy pidiendo que volvamos juntas ahora. Sé que todavía estás mal y no puedo imaginarme cómo. Pero solo quiero preguntarte si podemos intentarlo. Despacio y a la luz del sol»
Ese discurso me conmovió en lo más profundo. Nunca me había hablado de esa manera. Tampoco yo se lo había puesto nunca fácil. Estaba bastante enfadada. Pero, hay que comprenderme, ¿cómo se supone que debería haber actuado? ¿Y ahora qué debía hacer?
Me levanté del sofá y me acerqué a la silla donde estaba colgada mi chaqueta. No se había dado la vuelta.
«¿Qué te parece si una de estas mañanas desayunamos juntas en Granny's?» propuse. Se dio la vuelta y me sonrió dulcemente. Inspiré profundamente y después salí, deseándole buenas noches.
