Joy and Pain

Hacía varias noches que no conciliaba el sueño. Todo lo que tenía en la cabeza eran las palabras de Ruby. Palabras que estaban impregnadas de verdad y dolor. Me levanté de la cama y me refresqué la cara. No me reconocía. Ojos hundidos y cabellos despeinados. David dormía en nuestra cama. Lo observé dormir. Todavía lo quería mucho, pero no lograba sentir lo mismo por él. Sabía lo que debía hacer, pero no sabía cómo. David se dio la vuelta en la cama y siguió durmiendo.

Cogí sus camisas y puse la lavadora. Descubrí una mancha en el cuello. Lápiz de labio rojo. El mío no era seguro. Tragué en seco varias veces. ¿Me estaba engañando? Olfateé la camisa y el olor a mujer no se me escapó. La dejé caer al suelo disgustada. Cerré la puerta del baño tan fuerte que lo desperté. Su mirada era de fastidio.

«¿Qué haces amor? Vuelve a la cama» balbuceó y yo le tiré los zapatos encima. Los esquivó a duras penas.

«Pero, ¿te has vuelto loca?» gritó enfadado. Salió de la cama e intentó acercarse.

Le mostré la señal del pintalabios en la camisa y su rostro palideció.

«Me das asco…y todas aquellas veces que decías que amabas, que sin mí estabas perdido»

«Yo…ya no hacíamos el amor y…»

«¿Te parece un motivo para engañarme?» grité. Ni siquiera lloré. Estaba tan disgustada con él que lo abofeteé.

«No quiero verte más. Se acabó. Esta tarde me mudo otra vez a casa de Emma» me moví buscando ropa que ponerme, mientras David intentaba excusarse, pedirme perdón.

Nada que hacer. Me marché llevándome lo esencial. Una rabia me había apresado. ¿Cómo había podido mentirme de esa manera? ¿Follar con otra y después lamentarse de que no lo hacíamos? Ni siquiera estaba enfadada con él. Quizás más conmigo misma. Me había quedado a su lado, aunque mi corazón estaba ocupado por Ruby. La había herido repetidamente. Sentí un dolor en el corazón. Me dirigí hasta el apartamento de Emma. Toqué y tuve que esperar varios minutos antes de que hubiera señales de vida. Me abrió solo vestida con la ropa interior. No me sentí incómoda. Ya la había visto muchas veces así e incluso desnuda.

«¿Mary Margaret?» preguntó con la voz pastosa del sueño. Me miró interrogativa y yo simplemente entré en el que una vez había sido nuestro apartamento.

«Debo pedirte perdón. He dicho cosas que realmente no pensaba, ha sido una época absurda y…» intenté explicarme, pero mis palabras no fluían como quería. Ella levantó las manos como diciendo que no me preocupara.

«No te excuses. También yo he dicho cosas que haríamos mejor en olvidar. Ya está rodo resuelto y ahora ven a darme un abrazo»

Me hundí en sus amables brazos y comencé a desahogarme. Le conté todo y ella fue muy comprensiva. Sacó el helado y empezamos a comer, hablando cada una de nuestras complicadas situaciones. Me contó sobre ella y Regina, sobre cómo las cosas estaban transcurriendo entre ellas. Me puse muy feliz. Parecía que volvía a sonreír, también con los ojos.

«¿Y Ruby?» me preguntó. Me tomé la cabeza entre las manos

«Buen desastre…en fin, ahora estoy libre. Pero sé que la he herido. No puedo presentarme delante de ella y decirle: Hey, estoy soltera, ¿nos juntamos? No tendría sentido»

«Tienes razón…quizás podrías comenzar por reconstruir la relación desde el comienzo, como ir a Granny's y desayunar juntas, comer juntas, salir…»

No estaba mal la idea, es más era mejor que todas las que se me habían venido a la cabeza, entre las que estaba tirarme a sus pies y pedirle que se casara conmigo, sí estaba corriendo un poco. Le sonreí y la abracé.

«¿Puedo quedarme aquí contigo?» le pregunté y ella asintió. Me empujó un poco.

«Claro, maestra roba corazones»

Nos echamos a reír juntas. Pasamos el resto del día riendo y bromeando.

Pasé un paño por la barra para limpiar las últimas manchas y lo tiré entre las cosas para lavar. Tomé algunas comandas y me marché a prepararlas. Una mañana bastante tranquila. Ninguna prisa. La campana sonó y un nuevo cliente entró. Fui a servir y después busqué al recién llegado. Me mordí el labio. Mary Margaret.

Me acerqué y la saludé cortésmente. Me miraba con dulzura. Había algo distinto en ella.

«Ehm…¿qué te traigo?» le pregunté. Jugueteaba con un mechón mientras esperaba a que leyese el menú. Sabía qué pediría: chocolate blanco caliente y un brioche con jugo de manzana. Como cada domingo.

«Pensaba pedir…el chocolate caliente…el blanco, un brioche y después el jugo de manzana»

¿Qué había dicho? Le sonreí y regresé con su pedido. Estaba dando la vuelta para marcharme cuando me sujetó la mano.

«¿Quieres desayunar conmigo?» me preguntó. Me tomó por sorpresa.

Me quedé mirándola por unos instantes, indecisa sobre qué hacer. Después separé la silla que tenía enfrente y me senté.

«Entonces…¿cómo estás?» me preguntó con un hilo de voz. De repente parecía nerviosa como si no se hubiese esperado que me sentase con ella.

«Soy…estoy bien» suspiré mirándola a los ojos «¿Y tú?»

«Mejor…han cambiado muchas cosas y creo que he vuelto de nuevo a la vida»

«Entiendo. ¿Qué tipo de novedad?» pregunté intentando no parecer curiosa, pero al mismo tiempo muriendo de las ganas de saber qué la había cambiado.

«David y yo lo hemos dejado» respondió con tranquilidad. Casi me ahogué con el pedazo de brioche que tenía en la boca.

«¿Qué? ¿Cuándo?» logré decir después de haberme recompuesto. Estaba riendo.

«Hace un par de semanas» ¿Hace tan poco? ¿Y viene a mí ahora? ¿Piensa que ahora que lo han dejado puede juntarse conmigo?

«Ah y…si se me permite preguntar, ¿cómo fue?» pregunté

«Ya tenía en la cabeza esa idea dese hace algún tiempo, pero lo que me ha hecho decidirme de verdad es lo que me dijiste aquella mañana. Me abriste los ojos»

Oh Dios, ¿quería eso decir que no era por dolor que ahora probaba de nuevo conmigo?

«¿Y después qué ha pasado? ¿Cómo se lo ha tomado?» pregunté emocionada de repente. Una pequeña esperanza comenzó a palpitar en mi corazón.

«Después, la mañana en que había decidido dejarlo, él me ha facilitado las cosas. Me había engañado y tenía la prueba. Ni siquiera ha intentado negarlo. Simplemente me marché y me mudé con Emma»

¿David? ¿Engañar a Mary Margaret? ¿Cómo era eso posible?

«Lo que quiero dejarte claro es que no solo lo he dejado porque me haya engañado, sino porque realmente no lo amaba. Porque estaba hiriendo a muchos y sobre todo a mí misma» un momento de pausa «Mi corazón pertenecía solo a una persona»

Se me paró la respiración. ¿Estaba diciendo lo que mis oídos estaban escuchando?

«Pertenecía y pertenece…a ti»

Abrí y cerré los ojos incrédula. Deglutí completamente asombrada y feliz. Estiró la mano hacia mí y yo, sin dudar, se la apreté. Ambas teníamos lágrimas en los ojos.

«Bueno…di algo» me incitó. Parecía extremadamente nerviosa, pero la mano seguía en la mía.

«Tú ya sabes lo que siento y creo que este es el día más feliz de mi vida»

Me levanté y ella también lo hizo. Después se me lanzó a los brazos y estrecharla fue como estrechar mi propia alma. Aún más emocionante y único fue cuando la besé. Un coro estupefacto se oyó a nuestras espaldas. Y después cuando nos separamos un sonoro aplauso. La apreté más contra mí y le dije a la abuela que no podía quedarme esa mañana. Para mi gran sorpresa no replicó nada. La tomé de la mano y salimos del local. Ella pegada a mí y yo con una felicidad indescriptible.

Me incliné sobre la barra para darle un dulce beso en los labios a Mary Margaret.

«Amor, ¿qué te parece si esta tarde vamos al cine a ver una buena película?» me preguntó dándome uno de sus estupendas sonrisas. La besé otra vez.

«¿Por qué no alquilamos una y la vemos en casa…en la cama?» susurré en su oído. Ella sonrió cómplice.

«No estaría mal, en efecto» me dejó un beso en la mejilla y salió del local.

Hacía poco que salíamos juntas. Casi un mes, pero aún no habíamos hecho el amor. Queríamos esperar el momento especial. Por ella podría esperar toda la vida.

El día pasó tranquilo. Le mandé un mensaje por la tarde, y después comencé mi turno, compilando los últimos pedidos. David entró en el restaurante. Parecía destrozado. Se había dejado barba y tenía los ojos hundidos. La ropa estaba sucia. Realmente se había abandonado. Pidió vino y se sentó en una esquina. Lo observé durante un momento, preocupada. Poco después entró Mary Margaret, no se dio cuenta de que estaba David, y llegó hacia mí a saludarme, dándome un largo beso. Debía haberme echado mucho de menos.

«Entonces, ¿nos vamos?» me preguntó y yo fui a la parte de atrás a recoger la chaqueta. Unos gritos llegaron a mis oídos. Me precipité de nuevo al restaurante y allí estaban un David furioso que le gritaba a una Mary Margaret calma y razonable.

«Si tú, por favor, te calmases, David, nosotras…» intentaba decir mi novia a su ex, pero este continuaba gritando que no se calmaría porque ella era solamente suya y de nadie más. Di un paso hacia delante y me coloqué al lado de Mary Margaret. Coloqué una mano en el hombro de David para calmarlo. La aparto violentamente.

«¡Estate fuera, tú, lesbiana de mierda! Me has robado a la novia y haré que te arrepientas. Ahora muévete, Mary Margaret, vamos a casa. Ella no es como tú» dijo dirigiéndose a mí.

Mary suspiró y alejó el brazo de David que la estaba apretando.

«No. Yo no voy a ninguna parte. Estoy en casa…con ella» me dedicó una dulcísima sonrisa que yo le devolví. La tomé la mano e incité a David a que se fuera o llamaría a Emma.

«¡La otra lesbiana!» se echó a reír. No lo soporté más, podía insultarme, pero que no se atreviera a decir nada más sobre mis amigos o mi novia. Lo empujé hacia atrás y se tambaleó por un momento. Estaba borracho. Los ojos se entrecerraron en dos hendiduras.

«No deberías haberlo hecho…» me agarró con las manos. Comenzamos a darnos puñetazos. Me tiro al suelo, pero me levanté deprisa. Mary Margaret gritaba que parásemos. La vi teclear un número. Emma.

Perdí el apoyo y él logró aferrarme la garganta y apretarla. Comencé a ahogarme. Intenté liberarme. De repente Mary Margaret se lanzó encima de él para detenerlo, pero no pudo hacer nada. Con un empujón demasiado fuerte la lanzó hacia atrás. Cuando la vi caer, me sobresalté. Escuché la cabeza golpear en el suelo. Intenté gritar ante aquella terrible escena. Mary Margaret no se movía. No abría los ojos. David me soltó, asustado. Corrí al lado de Mary Margaret. Comprobé los signos vitales. Había pulso. Con las lágrimas que no podía contener, llamé a la ambulancia. Los pocos presentes se alejaron para dejarle aire.

«Lo siento…no quería…» intentó excusarse David, pero lo empujé.

«Márchate…no quiero verte…vete…¡VETE!» rabia y miedo invadieron mi mente. Sentía un dolor lacerante en el corazón. Debería haber gritado, pero ya no tenía voz. ¿Dónde estaría la maldita ambulancia? Le apreté las manos, observando su rostro y recé para que se dieran prisa.