Como el anterior capítulo fue corto y tardé mucho en subirlo (Lo siento de nuevo) he intentado darme más prisa en este episodio y aquí lo tenéis.

Nos acercamos al final de esta historia... aunque no será la última.


Su cuerpo temblaba como si la tierra se estuviera sacudiendo bajo sus pies en el terremoto más grande que existiría en el mundo. Las manos no le dejaban llamar tranquilo a la puerta mientras se aferraban al collar que había estado preparando durante estos últimos días. ¿Y si estaba cometiendo una estupidez?¿Y si Katara realmente no tenía intención de quedarse con él cuando la guerra acabase?¿Y si la gente de la Nación del Fuego la rechazaba por ser una chica de la Tribu del Agua? Algo iba mal, algo iba muy mal. No sabía decir el qué pero tenía una mala sensación en el pecho. Después de coger todo el aire que pudo y soltarlo muy lentamente se atrevió a dar unos golpes en la puerta. Tras varios segundos sin respuesta giró el pomo y entró. La habitación estaba completamente vacía, la cama deshecha, y algo brillaba en el suelo gracias a la luz de la luna llena que entraba por la ventana. Ya hacía más de dos meses que Katara y él habían comenzado a compartir habitación. Más de un mes desde la primera vez que tuvo acceso a lo que nadie había disfrutado antes en ella. Cogió con cuidado el adorno para el pelo que le había regalado a Katara, aunque ahora estaba roto en mil pedazos. Recogió cuidadosamente cada uno de los pequeños trocitos que pudo encontrar y lo guardó en su bolsillo. ¿Era esto una señal?¿Una manera de decirle que se diese por vencido? Y si era así ¿Dónde estaba ahora?¿No podía habérselo dicho directamente? Si tanto quería que se rindiera lo haría, pero no sin antes hablar con ella.


El agua que caía de la cascada hacia su cuerpo era poca, demasiado poca comparada con la que caía de sus ojos. Sus brazos frotaban incansables todo su cuerpo, algunas zonas ya irritadas de la fuerza y la continuidad de sus movimientos. Su pelo tapaba su cara, llegando hasta su pecho. Le daba igual que el agua estuviese helada, necesitaba limpiarse. Más. Mucho más. Esta suciedad nunca saldría de su cuerpo. No podía desprenderse de esto. Jamás. Por eso frotaba y frotaba, cada vez más fuerte, sus uñas haciendo pequeñas heridas en su piel, mezclando el agua con la sangre. Nunca más Katara. Esto es el único recuerdo que quedará de él.


Frente a él se mostraba la imagen más hermosa que vería jamás. O eso pensaba. Katara estaba sentada en una roca bajo la cascada, todo su cuerpo desnudo bañado por el agua, la luz de la luna iluminandola dulcemente, como si la misma luna quisiera abrazarla. Como si quisiera llevársela para consolarla. Se atrevió a salir a la luz aunque ella no estaba mirando. Dudaba que se hubiera dado cuenta de su presencia. Como una espada, su voz cortó el silencio de la noche, interrumpiendo incluso el sonido del agua cayendo sobre las rocas.

-'Tara.


Sólo una persona la llamaba así y era la única persona que no quería ver en este momento. Habría aceptado con gusto la visita del mismísimo Señor del Fuego, seguramente su muerte habría sido más rápido que esto. Había dejado de escuchar la cascada, el eco de su voz había sustituído sus pensamientos. Esa voz, ese nombre, le traían infinitos recuerdos. Recuerdos no tan lejanos que estaba haciendo lo posible por olvidar.

-Vete.

Su voz sonaba temblorosa pero decidida. Había sido su propia decisión alejarse de él y no iba a dejar que lo fastidiara. El silencio volvió a inundar los alrededores pero ninguno de los dos dio un paso. Ninguno de los dos hizo ningún movimiento.

-¿No me has escuchado?

En esta ocasión la voz era más contundente que en la anterior. No aceptaría un no por respuesta.

-Sí. Pero otra vez estás enfadada conmigo sin escucharme.

-He escuchado bastante. Estoy haciendo esto para limpiarme de ti. Ojalá pudiera purificar mi cuerpo, hacerle olvidar todo lo que hemos pasado.-Una sombra pasó por sus ojos, algo que nadie debía saber, un secreto que intentaría llevar a la tumba con ella.- Tú nunca cambiarás. Sigues siendo el mismo que en Ba Sing Se. Cuando alguien confía en ti le das la espalda, traicionas a todos los que se atreven a confiar en ti. Traicionaste a tu tío, traicionaste a Mai cuando la dejaste tirada en aquella prisión, me traicionaste a mí.-La voz de la maestra del agua se elevaba cada vez más, tanto que parecía estar gritándole.-¡Nadie debería confiar en ti!¡No sé cómo pude siquiera pensar que estaba enamorada de ti! De un gusano sin sentimientos que juega con todo el mundo a su alrededor para su propio beneficio. ¡Ni siquiera sé qué haces aquí!¡Deberías largarte y dejarnos a todos en paz, sería la única manera de que dejaras de hacer daño!

El príncipe de la Nación del Fuego había asimilado cada una de las palabras sin rechistar. Al fin y al cabo sabía que eran ciertas. ¿Quién era él para decirle nada? Aún así su pecho quemaba, sentía que podría salir ardiendo por completo si la dejaba decir una palabra más.

-Tienes razón. Aquí ya no soy necesario.

¿Qué? Esperaba una explicación, esperaba que le gritara, esperaba que discutiesen, que comenzara a lanzarle bolas de fuego. Pero ¿Qué estaba haciendo?¿Por qué aceptaba todo sin más? Lentamente bajó de la piedra, salió a la orilla y se quedó frente a él.

-Aang ya maneja bastante bien el fuego. Y está claro que tú no me quieres aquí.

Le dedicó una sonrisa mientras ponía su chaqueta sobre los hombros de Katara, escondiendo su desnudez y protegiéndola del frío. Los ojos de su compañera se cruzaron con los suyos, confusos. ¿Por qué tenía esa sonrisa tan dulce después de todo esto?¿Por qué lo estaba aceptando sin más?¿Acaso no iba a decirle su discurso de "He cambiado Katara"?¿Y qué pasaba con Suki?¿Su opinión no contaba en esto?¿Por qué se estaba sintiendo culpable?¿Acaso no era esto lo que quería?

-Cuando me vaya quiero que te quedes lo que hay en esos bolsillos. Al fin y al cabo era para ti. Me costó mucho inventarme algo para que Aang no sospechase así que será mejor que no dejes que él lo vea. Puedes quemarlo, romperlo o lo que te apetezca.

No. Espera. ¿De qué estás hablando? No puedes irte así. No me has hecho caso nunca, por qué me haces caso ahora. Pero sus labios se mantenían abiertos, incapaces de expresar algo que no fuera sorpresa, incapaces de pronunciar una sola palabra, mientras su cálida mano se alzaba para secar sus lágrimas una última vez.

-Siento haber hecho algo de lo que te arrepientes de esta manera. No tendrás que volver a preocuparte. Adiós 'Tara

Sin más, desapareció entre los árboles del bosque.

La maestra del agua cayó de rodillas al suelo, envuelta en lágrimas. ¿Qué narices acababa de pasar?¿De verdad pensaba irse?¿Tenía el coraje para perseguirlo? Una vez Zuko saliese de aquí no volvería a verlo, era demasiado bueno escondiéndose si no quería ser encontrado. ¿Estaba lista para esto? Lo había pedido ella pero realmente ni siquiera recordaba bien qué le había dicho. Sólo había querido verle sufrir como ella estaba sufriendo. Quería verlo llorar, que le dijese que todo había sido un malentendido, que volviese a decirle cuánto la amaba. Por qué había pasado esto. ¿Era un castigo de Tui y La por ser tan egoísta? Llevó las manos a su barriga, apretándola. Y entonces esto ¿Qué?¿Era acaso un castigo de Agni, un dios en el que ni siquiera creía, por jugar con fuego?¿Era una bendición porque sabía que era lo único que le quedaría de él? Al recordar las palabras de Zuko buscó rápidamente en los bolsillos. En uno reconoció el adorno roto que había dejado tirado en su habitación y en el otro… Sacó el contenido para observarlo mejor y, una vez que lo estuvo mirando durante lo que le parecieron horas, lo abrazó, incapaz de dejar de llorar, cuestionándose si podría dejar de llorar alguna vez en toda su vida después de esto.


La puerta dio un portazo tan sonoro que temía haber despertado a todos los demás. Tiró el primer cajón de la cómoda al suelo y recogió su bolsa de él. Había sido más difícil de lo que esperaba enfrentar a Katara en ese momento. Realmente tenía ganas de llorar, muchísimas, casi tantas como los días que había pasado completamente solo tras dejar tirado a su tío. Dolía aún más que la mano ardiente de su padre contra su cara. Pero Katara tenía razón. Sólo iba por el mundo creando dolor a aquellos que lo rodeaban. Y la principal afectada de todo esto era ella. ¿Cómo podía quedarse sabiendo que estaba dañando aquello que más apreciaba? Se tomó un momento para sentarse en la cama. Ahora, más que recuerdos de su infancia le venían recuerdos de unos ojos azules, de un cabello castaño enredándose con la almohada, del calor de su cuerpo abrazando al suyo hasta el amanecer. Acarició la cama como si aún pudiera sentirlo. Se dejó llevar hasta enterrar la cabeza en la almohada. Todavía olía un poco a ella: a sal, a arena, a nieve, de alguna manera. No volveré a hacerte daño, lo prometo.


Sus pies dolían. Se había clavado unas cuantas ramas en su carrera hacia la casa. Se había vestido pero había echado a correr antes de ponerse los zapatos, dejándose sobre los hombros la chaqueta del príncipe. No podía irse. No podía irse ahora. Tenía que disculparse. Sólo estaba intentando conseguir una explicación pero se había pasado. No era la primera vez, siempre era demasiado egoísta con estas cosas, siempre le echaba la culpa de cosas que realmente sabían que no era su culpa. Esta vez, era ella la que debía disculparse. Zuko no había hecho más que tratarla como si fuese lo mejor que le había pasado en la vida y ella se lo pagaba así. Otra rama se enredó en su pie, haciéndola caer al suelo. Pero casi tan rápido como cayó volvió a ponerse en pie. No podía dejarlo irse. Era ella la que siempre lo estaba tratando mal, la que nunca confiaba en él, la que dudaba de cada paso que daba. Pero esta vez no. Esta vez le diría todo lo que tenía que decirle. Esta vez de verdad.

En ese momento cayó en la cuenta de que nunca le había dicho a Zuko lo mucho que había llegado a amarlo. Había sido celosa, posesiva, controladora, le había gritado por cada minucia y había dudado de cada movimiento que hacía, pero nunca había sido completamente sincera con él. Y aún así él…

Aceleró el paso todo lo que pudo. Definitivamente no podía dejar que se marchara así.


Y… esa era la última. Se había tomado un momento para escribir unas pequeñas notas a cada uno de sus amigos, al fin y al cabo la única que sabe la verdad es Katara. Los demás merecían al menos una explicación. Dejó todas las cartas en la mesa, cada una con el nombre de su destinatario, y no se molestó en apagar la vela. Colgó sus espadas Dao a su espalda, junto con su pequeña bolsa con algo de ropa y un poco de comida, y bajó la máscara del espíritu azul hasta que cubría completamente su cara.


¡Llego a tiempo! Seguro que llego a tiempo. Sólo tengo que subir hasta su habitación. Todavía hay luz en ella. Déjame llegar a tiempo, por favor La. Por favor Yue. Por favor. Por favor.

Las escaleras crujían a su paso como si estuvieran soportando un huracán y la puerta no se abrió con más sutileza. El aire creado por ella se encargó de apagar la vela de la habitación vacía.

¡NO!¡NO, NO, NO!¡NO!

Sus piernas volvieron a sucumbir y toda la esperanza que tenía se desvaneció por completo. Se mantuvo así, de rodillas, abrazando la chaqueta de Zuko y el collar, durante unos eternos minutos hasta que escuchó pasos acercarse a ella.

-¿Qué es todo este jaleo? No hay quien pegue ojo con tanto entrar y salir.-Toph, acompañada por los demás, la miraban desde la puerta.

-Zuko se ha ido.-No podía mantener su voz tranquila, no podía dar una respuesta que no enseñase claramente el dolor que ahora mismo estaba sintiendo.

Suki fue la primera en aventurarse a entrar más en la habitación.

-Ha dejado cartas para nosotros parece. ¿Por qué no hay una carta para ti?

Sentía la presión de todos mirándola. Se puso en pie sin levantar la mirada del suelo.

-Porque yo soy el motivo por el que se ha ido.

Se hizo un incómodo silencio mientras todos los demás leían sus cartas. La maestra del agua tuvo que contener sus ganas de ir a buscarlo, de salir corriendo sin ningún rumbo hasta que se topase con él, o algún indicio de que iba en el camino correcto. Se sentía extremadamente estúpida, la peor persona en el universo. En este momento se daba más asco que el mismísimo Señor del fuego.

-No nos queda más que seguir con nuestro plan original. Zuko dice que él también lo hará y enfrentará a Azula el día del eclipse.-Sokka arrugó el papel de la carta entre sus dedos.-Nos queda una semana para prepararnos.-Y pasó su vista por todos sus compañeros, uno por uno, quienes asentían completamente conformes y seguros de sí mismos. El destino del mundo estaba en sus manos. De todos, pensó Katara, incluído del resultado de la pelea del príncipe con su hermana.

-Y, Katara, agradecería que por una vez te hubieras controlado y no hubieras expulsado a una de nuestras bazas más fuertes. ¡Estaba creando la estrategia con él!-Su hermano se llevó las manos a la cabeza pensando el trabajo que le quedaba por hacer, esta vez sólo con las instrucciones que quedaban en la carta.

-Es cierto Katara… pensaba que tú y Zuko habíais terminado vuestros roces hace tiempo.-El maestro del aire, siempre a favor de la paz, la comprensión y el perdón. En parte todo esto era por su culpa. Lo vio levantarse y abrazar a Suki, que se mantuvo en shock hasta que recordó su papel en todo esto y lo que Aang pensaba de su relación con Zuko. Entonces lo abrazó de vuelta, escondiendo su cabeza en su pecho,, que ahora estaba a su altura debido a que el maestro del aire estaba en pie mientras ella se mantenía sentada.

Necesito arreglar esto como sea. Zuko, hay algo que tienes que saber.