Beginning again
Me desperté del sueño que me había capturado. Levanté la cabeza para poder observar otra vez la misma escena: Mary Margaret en la cama del hospital, en coma. Le tomé la mano y comencé a trazar círculos en su dorso con mi pulgar. Los cabellos negros estaban despeinados, pero siempre estaba hermosa. Eran sus ojos lo que me faltaban, o mejor, me faltaba la luz que los invadía, una luz cálida y reconfortante.
De repente la puerta de la habitación se abrió y entraron Emma y Henry. Los saludé con la mano. No quería ser descortés, pero estaba sin fuerzas y realmente no había dormido desde el día del incidente, exactamente hacía tres días. Sentí el brazo de Emma apoyarse en mis hombros y darme un pequeño apretón.
«¿Cómo está? ¿Hay mejora?» me preguntó. También ella venía todos los días, pero también tenía que desempeñar su trabajo de sheriff y esto le dejaba poco tiempo. Siempre traía consigo a Henry o quizás era él el que quería venir. Un chico de oro, el alumno preferido de Mary Margaret…
«Las constantes son estables, pero los médicos no saben aún cuando despertará. Todo depende de ella»
Emma asintió. Henry se me acercó y me dio un libro. Era su libro preferido y quería que yo se lo leyese a Mary Margaret. Un libro de cuentos.
«Se lo leeré. Gracias, eres realmente un muchacho formidable» lo abracé fuerte, y después los dos tuvieron que irse: Henry al colegio y Emma al trabajo.
Dejé el libro en la mesita y fui al baño a refrescarme. Cuando volví, cogí el libro y lo abrí. Era de exquisita factura y parecía muy antiguo. Pasé las páginas despacio, no quería estropearlo. Estaban todos los cuentos y muchos no los reconocí. Estaba a punto de cerrar el libro cuando encontré el cuento preferido de Mary Margaret: Blancanieves.
Una vez me lo había leído, aunque yo ya lo conocía, pero escucharla a ella leer, aquello era mágico, parecía que me transportaba realmente a aquel cuento. Deje de recordar un momento porque las lágrimas me habían empañado los ojos. Las sequé y comencé a leer, intentando darle la misma intensidad que le había puesto ella.
Lo leí todo, pero solo una parte me había conmovido de verdad: cuando ella cae dormida y solo el verdadero beso de amor puede salvarla del sueño eterno. Levanté los ojos hacia Mary Margaret, dejé el libro con cuidado y me acerqué a ella. Con una mano le acaricié la frente y la mejilla y delicadamente acerqué mis labios a los suyos. No sé qué me empujó a hacerlo, quizás una efímera esperanza de que todo sucediese como en los cuentos, donde el príncipe llega y salva a su princesa. En este caso, son dos princesas, pero el amor tiene tantas formas, las más maravillosas y puras.
Cuando la besé, pensé en nuestro primer encuentro, en nuestros momentos felices juntas y en el primer beso que me dio. Retrocedí y observé las maquinas que la monitorizaban. No se había producido ningún cambio.
Me había ilusionado. La magia no existe y yo no soy su princesa que llega para salvarla. Me alejé de la cama y me dirigí a la ventana. Era un día lluvioso, sus preferidos. Le gustaba quedarse en casa, cerca del fuego, contando historias y bebiendo chocolate.
Volví a su lado y la velé hasta que me quedé dormida, vencida por el cansancio.
Un bip fastidioso me invadió los oídos. Abrí los ojos y sentí cómo la mano que agarraba me aferraba la mía. ¡Se había despertado! Aunque todavía tenía los ojos cerrados.
«¡Mary Margaret! ¡Amor, estoy aquí! ¿Me oyes?» grité presa de la agitación.
Lentamente sus ojos se abrieron y los clavó en los míos. Una sonrisa se dibujó en sus labios.
«Ruby…» susurró con voz ronca. Me abalancé sobre ella para abrazarla y aunque débil, también me devolvió el abrazo. ¡Cómo la había echado de menos! Fue como despertarse de una pesadilla.
Los médicos llegaron corriendo y comenzaron a controlar sus signos vitales, para asegurarse de que estuviese realmente bien. Me hicieron salir. Estaba feliz como nunca. Habría gritado de alegría, pero después me habrían encerrado en psiquiatría, mejor no arriesgar.
Llamé a Emma y la informé. Llegó corriendo en el coche del trabajo. Me abrazó fuerte.
«¿Podemos verla?» preguntó
«Todavía no. Los médicos quieren mantenerla en observación aún un poco más»
«Sería mejor que te marcharas a casa y te adecentaras para tu enamorada»
Tenía razón. Estaba en un estado lamentable. Me despedí de ella y me fui a casa. Informé a la abuela que me abrazó fuerte, uno de sus abrazos que te trituran.
«Ahora eres feliz» no era una pregunta, sino una constatación.
«Realmente lo soy»
Mary Margaret se recuperó del todo y David se fue de la ciudad. No sin antes pedirle perdón, al menos tuvo la decencia. Sucedió una mañana cuando Mary Margaret y yo estábamos desayunando en Granny's. Se acercó a nosotras. Se había afeitado y peinado, y vestía una sencilla camisa azul y vaqueros negros.
Mary Margaret se había acercado a mí y yo me levanté, dispuesta a defenderla.
«¿Qué quieres?» pregunté, cautamente.
Sus ojos se posaron en Mary Margaret que me aferraba el brazo.
«Siento mucho todo lo que te he hecho, todos mis errores, y no merezco tu perdón, solo quiero que comprendas que me he arrepentido. He decido dejar la ciudad e intentar recomenzar en otro lugar. Quiero que sepas que me has hecho feliz durante el tiempo que hemos estado juntos» hizo una señal de despedida y se giró para marcharse.
«Gracias y buena suerte» dijo Mary Margaret. Me asombraba siempre su amabilidad y generosidad. Incluso después de todo lo que había hecho, ella lo había perdonado. Yo me había contenido para no darle un puñetazo en la cara.
Cuando hubo salido, Mary Margaret me abrazó fuerte y yo le di un beso en la frente.
«Eres una persona maravillosa, ¿lo sabes?» le dije, sonriendo.
«Tú lo eres y esto aquí gracias a ti» respondió seria. La miré confusa, pero ella sonrió y no dijo nada más. «¿Qué te parece si salimos esta noche? Será una noche tranquila»
«No veo la hora» respondí y después la besé.
Preparé todo con extremo cuidado: una cesta de mimbre, bocadillos, ensalada y tarta de manzana (por supuesto de la abuela) y una botella de vino blanco, junto con vasos, cubiertos y servilletas. Estaba organizando un pic-nic, solo para mí y Ruby. Después de todo lo que habíamos pasado, quería que supiese lo que sentía por ella. Me levanté para vestirme para la velada.
Nos encontramos en Granny's y después nos alejamos hacia la colina que dominaba sobre toda la ciudad. Allí arriba había un pequeño claro. Cuando comprendió lo que quería hacer, se emocionó como nunca.
«¿Un pic-nic bajo las estrellas? ¿De verdad? ¡Es maravilloso! Eres magnífica»
Me sonrojé. No estaba muy acostumbrada a los cumplidos y ella se dio cuenta, me agarró por un brazo y atrajo hacia ella. Su calor me calentó la nariz helada y las manos. Habría podido pasar la vida estrechándola contra mí. Era un momento fuera del tiempo y guardé ese recuerdo en mi memoria.
Después desplegamos el mantel y preparamos todo para el pic-nic. Me coloqué delante de ella, de manera que nuestros cuerpos se abrazasen. La cena, aunque frugal, me pareció la mejor que había probado nunca. Se ofreció a cortar la tarta, ella era la experta, dijo. Al pasarme el pedazo, se rompió y se cayó al suelo. Me eché a reír.
«Experta, ¿eh?» bromeé.
Ella, como respuesta, cogió el pedazo que le había quedado en la mano y me lo tiró a la cara. Mi boca se abrió ante la sorpresa y después volví a echarme a reír. Tomé la ensalada que había sobrado y se la tiré encima. Al final, no quedó nada del dulce o de cualquier otra cosa comestible.
Me dejé caer encima de ella que me aferró fuertemente. Le aparté un mechón de la cara y la miré. Era bellísima y la sonrisa que tenía era indescriptible. Las palabras salieron de mi boca sin freno.
«Creo que siempre te he amado. Debe haber sido aquella vez que corríamos bajo la lluvia y tú me sostenías la mano tan fuerte que sabía que nunca me dejarías atrás. Tú no me dejas atrás, sino que me empujas hacia delante, a caminar juntas. Me haces fuerte, pero no eres mi fuerza, porque quieres que la fuerza venga de mí. Eres todo lo que necesito, todo lo que amo. Cuando estaba en coma, todo era un sueño y lo único que me mantenía con vida era tu recuerdo. Eres tú la que me has despertado. Ruby, te amo y querría detener este momento para siempre, por siempre contigo»
Las lágrimas se derramaban de sus ojos. Las recogí con pequeños besos. Agua salada. Me besó con un profundo beso y hundí mi rostro en el hueco de su cuello. Después fue su turno.
«Siempre has sido a la única que he querido. Nos hicimos amigas y poco a poco me fui enamorando de ti. Eres mi inspiración, mi fuerza, mi estrella polar. Cuanto más te conocía, más me enamoraba, y cada vez que nos rozábamos, el corazón latía a mil por hora. Quiero estar a tu lado en cada momento de flaqueza y de felicidad, quiero ser tu hombro y tu bastón, pero también el motivo por el que sonrías, por el que rías. No hago promesas, pero es esto lo que quiero: una oportunidad para hacerte feliz. Mary Margaret, te amo con todo mi corazón»
El corazón se me había parado ante aquellas palabras. Era ella. Solo y únicamente ella. Ahora lo sabía. No por las palabras, sino por la mirada, por los ojos. La besé y fue la noche más feliz de mi vida.
