Days of rejoice

Como todas las mañanas me dirigí a Granny's y pedí un café solo, sin azúcar. No estaba muy activa tan temprano por las mañanas. Henry ya estaba en el colegio y hoy Regina se lo llevaría a casa.

Aún estaba confusa. Ya no estaba enfadada, solo es que no sabía cómo comportarme con ella. Era obvio que todavía la amaba. Pero, ¿qué debería hacer? Ella misma me había dicho que me esperaría y que no teníamos que volver juntas si yo no quería. Cosa justa por otra parte.

Cuando me había explicado sus razones, fue como recobrar la calma y también ella parecía más aliviada, como si se hubiese quitado un gran peso.

Mary Margaret estaba muy feliz junto a Ruby y se lo merecían después de todo lo que habían sufrido. Mi coinquilina mi incitaba a encontrar una respuesta a mis dudas. Después de todo, bastaba con volver a salir y vernos cada cierto tiempo, hacer arder de nuevo la chispa. Pero estaba el miedo. Miedo de ser traicionada, de ser herida y tener razón.

Cuando entré en el local, encontré a una Regina algo alterada. No es que estuviese gritando con nadie, solo sus cabellos estaban despeinados, la blusa, normalmente perfectamente planchada, estaba arrugada como si hubiese dormido con ella puesta. Yo no era la única que la estaba mirando. Algunos reían y le gastaban bromas, otros simplemente decían "que le estaba bien". Sin pararme a pensar, me acerqué a la mesa donde estaba sentada, y me coloqué delante de ella. Miraba el menú con expresión desesperada. Es más, había pedido la tarta de manzana de la abuela. Algo no iba bien.

«Hey…» dije, pero parecía no verme «Regina, ¿me oyes?» pregunté. Nada. Alargué la mano y tomé las suyas entre las mías. En ese momento, volvió en sí.

«Hola…perdona, solo…ha pasado todo tan rápido y…» comenzó, pero de nuevo las palabras murieron en sus labios. Apreté sus manos y comenzó de repente a llorar. No era un llanto desesperado y con gritos. Simplemente las lágrimas se deslizaban, regando su bellísimo rostro.

«Perdona…debo ir al despacho…debo…» balbuceó e intentó levantarse, pero resbaló. La tomé entré mis brazos por un pelo.

«Tú ahora vienes conmigo» recogí las cartas, pagué la cuenta y salimos del restaurante. La hice subir al coche y la llevé a mi casa. Mary Margaret estaba en el trabajo, así que no habría nadie.

Dejé las cartas en la isla de la cocina e hice sentar a Regina en el sofá. Preparé un té y se lo llevé. Me senté a su lado y empujada por la emoción, pasé mi brazo por sus hombros y le ofrecí un pequeño abrazo.

Nos quedamos en silencio. Ella bebió el té y después se dejó caer entre mis brazos y se durmió. No me moví, sino que me quedé a su lado toda la mañana. No sucedería nada en el departamento. Regina durmió hasta tarde. Llamé a Mary Margaret para que se llevara a Henry a jugar al parque o a GRanny's a comer cualquier cosa. No le expliqué por qué y ella no lo preguntó. Acosté a Regina en el sofá y fui a preparar otro té. Las cartas de Regina estaban todavía sobre la isla. ¿Debía leer o sería mejor que ella me lo contase?

Hacia las tres de la tarde sentí a Regina moverse y me acerqué a ella. Estaba limpiando la casa. No quería que viese en qué estado lamentable la tenía. Me arrodillé delante del sofá y la ayude a incorporarse. El maquillaje se le había corrido, pero siempre estaba hermosa. Sus ojos oscuros eran pozos de tristeza. ¿Qué había podido pasar?

«¿Dónde estoy?» preguntó. No se acordaba.

«Estás en mi casa, te he traído aquí desde el restaurante. ¿No te acuerdas?» Movió la cabeza. Se pasó la mano por el cabello y después comenzó a buscar algo a su alrededor.

«Las cartas están sobre la isla, si es lo que estás buscando»

«¿Las has leído?» parecía enfadada y asustada al mismo tiempo.

«No, no…» se levantó y se dirigió hacia la isla. Puso en orden los documentos y después se giró hacia mí.

«¿Puedo usar el baño?» me pidió «Quisiera darme una ducha y…» comenzó a explicar, pero la interrumpí.

«No te preocupes. Tomate el tiempo que necesites» La vi sonreír débilmente.

Se pasó casi una hora en el baño. Cuando salió, llevando mi albornoz, parecía más serena.

Se me acercó y me preguntó si le podía prestar algo de ropa. La suya estaba sucia y arrugada.

«Claro» le traje un par de vaqueros, una camisa a cuadros rojos y azules, y una camiseta blanca

«¿Van bien?» pregunté y ella asintió, agradeciendo.

Fue a cambiarse a mi habitación. Cuando salió, estaba aún más bella. La camisa era larga y las mangas le caían por las manos. Le llevé un par de zapatillas. Me sonrió, después le enrollé las mangas para que no le molestasen. Los cabellos estaban aún mojados, así que cogí el secador, la hice sentarse y comencé a secar las gotas de agua sobre su cabello. Cerró los ojos. Una pequeña sonrisa parecía haberse dibujado en sus labios.

«Ya está, hecho…» susurré. No abrió los ojos.

«Gracias…por todo» la voz estaba rota por el llanto. Me miró. Buscó mis manos y las encontró. Pasó un momento en silencio y después revelo lo que había pasado. «Mi padre ha muerto»

Sus brazos me rodearon rápidamente. No había más que decir. La tristeza me había invadido. Una carta y los papeles de la herencia. Mi madre había muerto unos años antes. Me he quedado sola. Me había ido a dormir con la ropa puesta y después sin darme ni cuenta me había encaminado a Granny's y pedido la tarta.

Después…Emma. Se había quedado allí conmigo y me había sacado de allí. A su casa. Hacía tanto que no me hallaba entre esas paredes. Me sentía segura. Después me acordé, Henry.

«¿Henry?» pregunté

«Está con Mary Margaret» Aún estaba entre sus brazos.

«¿Sabes cómo se llama…llamaba mi padre?»

«No…nunca me has hablado de tu familia»

«Se llamaba Henry. Adoraba contar historias y cuando en verano, íbamos al lago, me subía en sus hombros y caminábamos así. Cuando les dije a mis padres que era lesbiana, mi madre me echó de casa. Mi padre había intentado defenderme, pero mi madre no quería hablar del asunto. Me marché y después de algunos años vine aquí, con Henry» comenzamos a balancearnos como si hubiese música de fondo. «Los funerales ya han sido. Nadie me ha avisado. Solo el asegurador ha logrado encontrarme. Habría preferido que no me hubiese encontrado, que no hubiese…muerto nunca»

Caí de rodillas, pero no me soltó. Lloré y grité. Pero no me soltó.

«Vamos» fue lo único que pronunció cuando me calmé.

Me pasó una chaqueta, calcetines y unas zapatillas de gimnasia. No dijo a dónde, pero cogió las cartas. Las miró, sacó un mapa de carretera e hizo unos bocadillos. Telefoneó a Mary Margaret. No entendí qué dijo. Cuando salió, me tomó la mano y me condujo hacia fuera de la casa. Subimos al escarabajo. No entendía nada. Estaba trastornada.

«¿A dónde vamos?» pregunté titubeante

«A casa de tu padre»

Los edificios eran los mismos, solo que más viejos. Conduje a Emma hacia mi casa. Junto con las cartas también había recibido las llaves de mi casa. No las tenía cuando me había marchado.

La casa se abría a un jardín lleno de flores esplendidas, obra de mi padre. Pero algunas ya se estaban marchitando, no había nadie que las cuidara. Era extraño regresar a casa después de todo este tiempo, pero también era agradable reencontrarme con mi infancia y adolescencia.

Entré en la casa junto con Emma que decidió quedarse en la entrada. Comencé a vagar por aquellas estancias tan familiares, sin embargo tan lejanas y vacías. Cogí una fotografía en la que estábamos mi padre, mi madre y yo. Era pequeña y todo era normal. Todo iba bien. No cogí nada más. Bajé las escaleras y miré a Emma que se había dado la vuelta para mirar una foto. Me acerqué a ella.

«Cuando saqué el carnet de conducir, mi padre me llevó a tomar un helado y pido al vendedor que nos sacara una foto. Estaba él más feliz de lo que podía estarlo yo»

Su mano apretó la mía.

«¿Solo has cogido eso?» preguntó, mirando la foto

«Sí…mandaré a alguien a recoger todo. No puedo hacerlo»

«Vale»

Salimos y nos dirigimos al cementerio. De nuevo quería dejarme sola, pero esta vez le agarré la mano y la llevé conmigo. Mi padre había sido enterrado al lado de mi madre, como quería. Dejé una flor, una azucena, que había comprado poco antes, delante de la lápida. No logré contener las lágrimas.

«Papá…sigo viéndote en todas partes y te echo tanto de menos…» sentí los brazos de Emma alrededor de mi cintura.

«Regina, ha crecido tanto. Ahora tiene un hijo que la ama y se llama Henry. Es una alcaldesa maravillosa y todo lo que hace lo hace con pasión. No solo tiene un hijo sino también a alguien con quien pasar su vida. Han tenido periodos malos, pero están reconstruyendo esa relación. Sepa señor, que estará segura y feliz»

Estaba contando mi vida como si aún pudiera escucharla y aunque era imposible, me sentí mejor. Estaba allí conmigo.

«Lo seré. Lo siento, por todo» Con la mano mandé un beso al cielo y después me giré hacia Emma.

«Vámonos» dije

«¿A dónde?»

«A casa»

Dos años después

«Mary Margaret, ¿dónde está mi smoking?» grité, presa del pánico.

Surgió la dama de honor de mi futura mujer en un maravilloso vestido blanco vaporoso.

«¿No lo has recogido de la lavandería?» me preguntó a su vez. Mierda, había olvidado recogerlo.

«¡Oh Dios! ¡Te has olvidado!» gritó presa del pánico

«Hoy están cerrados. ¿Qué hago? Estoy muerta» comencé a desesperarme. Regina me mataría.

«Pensemos…Debe haber un viejo smoking de mi padre. Es antiguo, pero es culpa tuya si estás metida en esta situación» dijo Mary Margaret.

«Está bien. Es más, te debo agradecer y se siento honrada. Pero ¿estás segura?» pregunté

«Claro»

Se fue a su habitación y sacó un smoking blanco, muy de los 70 y me lo hizo probar. Me estaba de maravilla.

«Es maravilloso…tú estás maravillosa» dejó escapar Mary Margaret.

«¿Cómo es que lo tenías tú?» pregunté asombrada. Estaba en estupendas condiciones y no olía a viejo.

«Lo llevé a la lavandería el mes pasado. Lo llevo una vez al año. Tienes suerte de que lo haya hecho recientemente»

«¡Muchísimas gracias!»

La abracé y me fui a maquillar. Casi había arruinado el día más bello de Regina.

Henry ya estaba de chaqueta y corbata y tenía las alianzas.

Sin demora, nos encontramos en el parque donde había sido levantado un magnífico arco lleno de rosas color salmón. Los invitados habían llegado todos. Solo faltaba Regina.

Mientras la esperaba bajo el arco al lado de mi testigo, Ruby, de Mary Margaret, la dama de honor de Regina, y la abuela que celebraría la unión, pensé en todo lo que había pasado en esos dos años. Poco después de la muerte del padre, Regina y yo habíamos comenzados a volver a salir juntas y las cosas entre nosotras se habían arreglado. La ciudad se había sorprendido, pero al final, todo había sido aceptado. Me había mudado a casa de Regina y Ruby se había ido a vivir con Mary Margaret. Henry era más feliz que nunca y a mitad el año pasado le pedí matrimonio y después de una espera insoportable me dijo que sí. Pero la ceremonia se había aplazado varias veces: una vez porque Henry estaba enfermo y la otra porque algunos de nuestros amigos no podía venir. Pero hoy sería el día de nuestra boda y yo quería que fuese inolvidable.

Los violines comenzaron a tocar mientras Regina salía de la casa, cercana al parque donde todos estaban esperando su llegada, llevando un maravilloso vestido blanco y una larguísima cola. Venia acompañada de Henry, que le daba la mano. Como si fuera su padre quien la estuviera llevando hacia el altar. Sonreía y ni siquiera el sol era tan esplendido. Cuando se encontró frente a mí, estuve tentada de besarla y llevármela, pero debía aguantar.

La abuela, la cual se había investido de los poderes para celebrar aquella unión por un curso hecho en internet, comenzó a pronunciar el sermón hasta que nos tocó a nosotras pronunciar nuestros votos.

«Regina, la primera vez que te vi pensé que eras una madre estupenda, sobre todo porque eras la madre de mi hijo. Aunque te mostrases fría, al final descubrí tu corazón, que es puro y cálido. Te prometo que haré cualquier cosa para que nuestra vida juntas sea feliz y no desilusionarte nunca, y sí así lo hiciera, remediarlo. Lo prometo bajo el sol que brilla y la lluvia incesante. Te amo y no miento cuando digo que eres mi vida» concluí el discurso y vi que tenía lágrimas en los ojos. Cogí la alianza del cojín blanco que sostenía Henry, y la puse en su anular.

«Emma, la primera vez que ti pensé que serías una madre estupenda, que habías renunciado a tu hijo por su felicidad. Siempre has sido la más valiente y has escalado los muros de mi castillo y me has salvado del hielo que había en mi corazón. Te prometo que haré lo posible para hacer de ti la felicidad en persona y que si me comportara como una estúpida cometiendo algún error y haciéndote sufrir, te prometo remediarlo. Lo prometo bajo el árbol en otoño y en primavera. Te amo, y eres y serás mi vida, si me lo permites» me tocaba a mi llorar, aunque no me di cuenta de estar llorando porque estaba concentrada en sonreírle, mientras me ponía la alianza en el dedo.

«Os declaro mujer y mujer. Podéis besaros» pronunció fuerte la abuela.

Atraje hacia mí a Regina y la besé en un modo poco casto, pero no me importaba, nunca había estado tan feliz como en ese momento. Cuando nos separamos, le susurré

«Nunca he sido tan feliz»

«Yo tampoco» dijo ella.

Nos giramos hacia nuestros amigos dadas de la mano y recorrimos el pasillo central, hacia nuestra vida juntas.

Siete meses después

«¡Emma!» me llamó Regina, mi mujer, apenas entré en casa. Se me lanzó a los brazos y me besó

«¿Qué sucede, amor?» pregunté, sorprendida. Dejé la chaqueta en el sillón y me di la vuelta hacia ella, sonriendo.

«He recibido la noticia hoy, pero no quería decírtelo hasta que no estuvieras en casa» estaba emocionada como pocas veces, los ojos le brillaban.

«Dime amor. Venga, me que preocupas» la atraje para abrazarla

Se separó de mí y dijo con una sonrisa de oreja a oreja

«Cierra los ojos y dame la mano»

Cerré los ojos y extendí la mano.

«¡No mires!» me avisó, riendo.

Me tomó la mano y la llevó a su vientre.

«¿Lista?»

«Sí»

«Amor, estoy embarazada»

Abrí los ojos. Me convertiré en madre por segunda vez. No lo podía creer.

«Me han dado los análisis y el doctor los ha examinado. No hay duda alguna…así que…¿estás feliz?» preguntó al final vacilante, ya que aún no había dicho una palabra.

«¿Si soy feliz? Amor, ¡estoy en el séptimo cielo!» la tomé en mis brazos y la hice dar vueltas. «Te amo y me haces feliz a cada momento» la besé y la apreté más fuerte contra mí.

«Te amo y tú eres mi felicidad»

FIN