Levi había tardado en despertar. Lo primero que había visto fue una mancha borrosa, que parecía ser un hombre, con una jeringa. Después de eso, despertó en una tibia cama, junto dos platos, uno con leche y otro con comida. Lo único que podía preguntarse era ¿dónde estaba? Tardó un rato en recordar lo que había sucedido, levantó su cabeza y miró a todos lados, intentado buscar a su mocoso pero no lo encontró. Decir que no estaba decepcionado, hubiera sido una gran mentira, claro que lo estaba. Había estado buscándolo por tanto tiempo, que deseaba poder, por fin, estar con él.

—Oh, por fin despertaste—dijo una suave voz. No era de él, era de una mujer. Volteó a verla, se acomodó los lentes y sonrió—No has cambiado nada, Levi.

Se sentó en el suelo, junto a él. Levi simplemente la observó, no sabía qué decir, estaba sorprendido, es decir, él era un gato. Un jodido gato, ¿cómo demonios lo sabía? Isabel no lo había reconocido, lo más probable es que su jodido mocoso tampoco.

«¿Por qué tú sí has podido saber quién soy, quien fui

—No lo sé, te juro que no lo sé—respondió. Como si hubiera leído su mente, como si pudiera hacerlo—. Al ver su sonrisa… lo recordé todo, entonces, me di cuenta que eras tú. No sé cómo lo supe, no lo entiendo.

«¿Su sonrisa? ¿La sonrisa de mi mocoso?»

Hanji, en todo este tiempo, se quedó mirando el techo. Dudó un par de veces sobre dirigir su mirada hacia él, quien una vez, fue el humano más fuerte de la humanidad y, como le solía pensar en el pasado, el más pequeño y amargado.

—Tiene que ser difícil, ¿verdad? No poder…, no poder estar con nadie. Mucho menos con él—sonrió con algo de nostalgia, recordando el pasado, lo bueno de él—. Todavía estás tiempo, ¿crees poder renacer como humano? Tiene catorce años, todavía pueden estar juntos. Solo estarían invirtiendo las edades que tenían en ese tiempo.

Levi se había quedado mirando el tazón con leche, se veía tentador, podría tener hambre y sed pero se negaba a hacer algo con la cuatro ojos ahí. Posiblemente lo molestaría después.

—Nunca pensé que extrañaría tanto tus golpes o insultos, pero…—respiró bastante hondo, lo que estaba por decir era difícil, muy difícil, tenía unos enormes deseos de reír—¿¡Cómo te las arreglaste para ser más pequeño?! ¡JA, JA, JA! ¡Eso debe ser un record! ¡Cada vida te encojes más!

Levi gruñó en respuesta, sacó sus garras, tomó algo de impulso y le saltó encima intentando arañarla. Joder, quería arañarla, pero ella fue más rápida y fuerte. Rio como loca, tomándolo entre sus manos para alejarlo de su rostro.

—Sigues teniendo un mal temperamento, pero eso no quita que eres una lindura ¿cómo le haces para haces para ser siempre, pequeño, lindo, y amargado? ¡Un gato te queda como anillo al dedo!

Hanji comenzó a recibir diversas quejas, en lo que denominó lenguaje-gatuno-del-amargadín, decidió dejarlo solo para que comiera algo. No era tonta, sabía que él se negaría a hacerlo si ella estaba ahí. También tenía que desinfectarse los rasguños que le había hecho en manos y parte de sus brazos, podría haber salvado su rostro, pero no sus manos. Aun así, debía admitir que fue divertido, amaba molestarlo. Eso no cambiaría en ninguna de sus vidas.

Eren tenía catorce años, lo había descubierto cuando le pidió los datos, no pudo decirle que no a los ojos preocupados del niño. Habían hecho un trato, le había pedido el número, para que, de este modo, pudiera mantener el contacto y decirle cómo se encontraba el pequeño minino. Él había aceptado en un dos por tres, no entendía el por qué, pero no quería dejar solo a un pequeño e inocente gatito. Al menos no a ese gatito. Hanji le envió un mensaje al celular, diciendo que podía pasar a recogerlo en dos días, Levi ya se encontraba mejor. Y ella lo único que quería hacer era hablar un poco él, contarle un par de cosas y, más que nada, molestarlo.

El brillo de esta estrella es efímero, Levi.

No lo olvides.

O será demasiado tarde.