Eren suspiró aliviado, había estado esperando que la señorita Zoe le contactara. Ella era hija de los dueños de la veterinaria, tenía veintitrés años y estaba terminando la carrera de medicina. Era muy inteligente por lo que había terminado la carrera de veterinaria muy rápido, era muy buena en todo lo que decidía hacer. Lo único bueno es que había sabido entenderle y se sentía agradecido por eso.
En todo ese tiempo Eren no le había mencionado a nadie su encuentro con su nuevo amigo peludo, no quería decir nada si no era cien por ciento seguro. No es que él fuera una persona pesimista, pero no podía evitar pensar que, quizás, hubiera llegado tarde. El pobre gatito estaba a punto de morir cuando se había topado con él, fue pura suerte encontrarlo.
Fue el destino, tal vez.
Tanto Carla como Grisha, eran doctores, por lo casi que no tenían mucho tiempo para estar en casa. No es que Eren se molestara, sabía que ellos lo hacían por él, para darle la mejor vida por eso no podría molestarse. Además, había escuchado que su madre se retiraría dentro de un par de años y aquello la hacía feliz. Eran amaba a sus padres y ellos a él. De igual manera, siempre intentaban regresar los fines de semana.
Eren había aprendido a cuidarse solo, en un principio lo dejaban con niñeras o con un adulto de confianza, pero cuando cumplió catorce años pidió que eso acabara. Quería poder empezar a independizarse, quería ser una persona en que sus padres pudieran confiar.
Lo que Eren no terminaba de entender, es que ya lo era.
Su hijo era su orgullo y corazón.
Eso nunca cambiaria.
—¿Cómo podría ponerle? —se dijo a sí mismo, sonriendo, estaba emocionado. Quería ir a recoger, por fin, a su gatito. Deseaba mimarlo, darle un nuevo hogar, cariño y amor. De seguro lo habría pasado muy mal en la calle, quería que todo eso quedara en el pasado.
