Levi dormía con tranquilidad, podía hacerlo, su inquieto corazón estaba calmado. Alguien ha podido reconocerlo, ha podido encontrar al duelo de esa maravillosa voz que ha estado buscando con desesperación desde que abrió los ojos. Sabía que Hanji estaría para él, como siempre, aunque no lo quisiera (lo quería, pero no lo admitiría en voz alta). Le había hablado varias cosas, tantas que en un determinado momento quiso morderla para que dejara de agobiarlo con información innecesaria. Ella se había encontrado con Erwin y, al parecer, él no recordaba nada del pasado y si lo hacía era bueno ocultándolo.

«Tal vez soy el único que siempre lo recordó todo… o casi todo».

Levi es consciente de que existen muchas lagunas entre sus recuerdos.

Aunque eso no es impedimento para él.

Eso era lo que pensaba, eso era lo que quería creer. Seguía sin entender el por qué, pero sabe que las cosas no se pueden solucionar lamentándose o quejándose. Claro que no. Él sabía, entendía, lo asqueroso y horrible que era el mundo. ¿Cómo no iba a entenderlo? Si parecía que Dios siempre lo atacaba con el mismo tipo de vida, la vida de las calles, el vives o mueres, cosas atroces para un niño, para un animal, la oscuridad del mundo parecía ser parte de su esencia.

Posiblemente lo era, ¿Dios solo estará jugando?

Solo queda esperar un milagro.

Pero el mundo muy pocas veces concede un milagro.

Y Levi estaba seguro de que a él no le concederían ninguno.