Levi estaba recostado sobre la almohada de su mocoso, ahora denominado inútil-en-la-limpieza-hasta-nuevo-aviso, aburrido. Muchas personas dicen que hubieran deseado ser un gato, pero no saben de lo que hablan, después de todo, no hay mucho qué hacer como un gato. O, por lo menos, a él le aburría ser un gato. Si fuera humano podría leer, limpiar, hacer ejercicio, hacer cualquier cosa para matar el tiempo. Lo único que podía hacer era dormir.
¿Alguna vez has sentido que, cuando cierres los ojos, no volverás a despertar?
Porque Levi tiene ese presentimiento.
Porque él tiene ese miedo.
Se acomodó, otra vez, sobre la almohada. Le olfateó un poco y se sintió a gusto, amaba su olor. Le hacía sentir completo. Sin embargo, a pesar de todo, no podía dejar sentir que algo iba mal, había algo que no encajaba. Al menos no para él. Creía estar pasando por alucinaciones auditivas y olfativas. Y eso le inquietaba un poco.
Levi tiene miedo de irse y no regresar.
De no poder disfrutar el calor que su mocoso tiene para darle.
De no poder ver más su sonrisa.
No poder ver su sonrisa.
No poder estar a su lado.
