Levi esperó, por varias horas, a que su mocoso se calmara. Estaban acostado en la cama, acurrucados uno contra el otro. Justo antes de que el niño idiota se quedara dormido, dio varios golpecitos con sus patitas en su rostro, para llamar su atención, una vez que lo obtuvo, saltó de la cama. Comenzó a caminar, esperando que lo siguiera, y así fue, lo hizo.
—¿Qué ocurre Capitán? ¿Pasó algo mientras no estuve?
Se detuvieron en el lugar que quería, el librero. Ese era, a su parecer, el lugar con más polvo acumulado. Se quedó mirando fijamente el lugar, esperando que su niño idiota entendería el mensaje.
—Uh… ¿pasa algo con el librero?
«Este niño es más estúpido de lo que pensaba.»
Movió su cola ligeramente y, con un movimiento de cabeza, señaló el librero y luego el polvo. El inútil-en-la-limpieza-hasta-nuevo-aviso soltó una pequeña risa nerviosa, por fin había entendido el mensaje. No era tan complicado de entenderlo, pero no esperaba que su pequeño amigo fuera quien le dijera, indirectamente, que limpiara.
—¿A Capitán le molesta la suciedad?
Lo único que obtuvo fue un maullido. Uno muy suave, apenas perceptible. Eren podría ser idiota, pero no tan idiota como para no entender el mensaje. Era bastante claro. Observó de reojo toda la casa, hacía, al menos, dos semanas que no limpiaba. Tenía mucho trabajo que hacer. Sabía que debía limpiar muy bien toda la casa para mantener al capitán contento.
Detrás de lo exquisito de este mundo siempre se oculta una tragedia.
