Aquel día, la esperanza, tuvo un sueño singular. Vestía ropa extraña, habitaba un mundo que no recordaba haber visto, sujetaba armas desconocidas. Y, a su lado, se encontraba un extraño.

Uno que hacía latir con fuerza su corazón.

Con mucha dulzura besó la cabeza de Capitán. En verdad deseó verlo con todo su ser, no entendía por qué, ni mucho menos por qué seguía haciéndolo. Capitán está ahí, con él, a su lado. ¿Por qué seguía deseando encontrar, ver, estar con el capitán? No lo tenía del todo claro. Volvió a sentirse completo, o bueno, casi completo, estaba a gusto. Un poco confundido sobre varias cosas, pero ya pensaría después en eso. Ahora quería disfrutar de esa pequeña felicidad que sentía cuando estaba a su lado.

El silencio es sagrado; tiene la capacidad de unir a las personas, porque solo aquellos que se sienten cómodos en compañía de otro pueden estar juntos sin hablar.

Se quedaron mirando fijamente, de nuevo, parecía que las palabras no eran necesarias. Y en verdad no lo eran. Sus corazones gritaban todo lo que no podían decir. Eren se enterneció al ver a Capitán mover, ligeramente, sus orejas. Quiso darle un beso en la nariz, de hecho, lo intentó, pero su pequeño amigo le dio ligeros golpes en el rostro para que se detuviera. Soltó una pequeña risa, aquello le causa mucha más ternura. Sus patitas son suaves y lindas. Aprovechando que seguía recibiendo pequeños golpes por en su rostro, tomó una de sus pata y le dio un beso. Capitán se removió, incluso le gruñó, pero no se le alejó. Sonrió, con cariño, aquello se le hizo tan nostálgico, tan cálido, como si no fuera la primera vez que veía una reacción así. Como si no fuera la primera vez que esos ojos le decían tanto y a la vez nada.

A Levi siempre le había sorprendido la forma en que su mocoso tiene de mirar, la vida, el mundo, a él. Tanto en el pasado, como en el presente.

—¿Quiere regresar a casa, Capitán?—preguntó. Las personas podrían llamarle loco o idiota, por hablarle a un gato, por esperar su respuesta. Le gustaba hablarle, amaba hacerlo. No es tan raro hablarle a tus mascotas, todos lo hacen. Recibió un maullido en respuesta, sin dejar de sonreír, lo dejó con cuidado en la cama y se levantó. Sintió algo de dolor en cuerpo, en especial en el trasero, esperaba, realmente esperaba, que fuera por el golpe. Pudo divisar su mochila en un rincón cercano, se acercó y la tomó. Luego preguntaría quién tuvo la amabilidad de llevarle su mochila, tenía que agradecerle. Regresó su vista a la pequeña, y linda, bola de pelos que estaba observándole, lo tomó entre sus brazos y acarició su mentón.—Es hora de irnos, Capitán.

El corazón es como una palomita de maíz. Basta con calentarlo y añadir un poco de aceite de buena voluntad para que florezca en pétalos de piel.

Levi ronroneó, a veces odiaba sus instintos gatunos. Pero a su mocoso parecían encantarle, por lo que no debía quejarse, no demasiado. Salieron de la enfermería y caminaron por el pasillo, podía escuchar como su niño idiota tarareaba una canción. Seguía sonriendo de oreja a oreja. Y Levi estaba encantando con ello, amaba esa sonrisa. Su corazón se sentía cálido. Eran momentos así en los que pensaba que no le importaba ser un gato. Peor es nada. Por lo menos podía estar con él. Verlo sonreír. Verlo feliz. No le importaría vivir el resto de su vida con un amor unilateral. Estaba feliz de haberlo encontrado.

Cada segundo que pasa a su lado, es un beso que señala tiempo, una marca para recordar que ese instante no se ha perdido. No se ha olvidado. No se ha desvanecido.

Se encontraron con Armin, Mikasa y Hanji, en el final del pasillo. Los demás habían regresado a sus casas. Eren suspiró, lo complicado iba a empezar. Tardó unos diez minutos en convencer a sus amigos, en especial a Mikasa, de que se encontraba bien. Alegó que era por cansancio, después de todo, últimamente no dormía lo suficiente. Después de pasar otros quince minutos más diciendo que podía regresar a casa solo, terminó cediendo ante la oferta de ser llevado por Hanji. Armin y Mikasa se sentían más tranquilos de ese modo. Hanji le pidió que se adelantara, indicándole dónde se encontraba su auto. Estuvo tentado a irse, aprovechando que lo habían dejado solo, pero sabía que terminaría teniendo problemas con sus amigos y era lo que menos quería.

—¿Seguros que no quieren que los lleve también?

—No se preocupe, señorita Zo-.

—Pequeño, puedes decirme Hanji.

—Uh, está bien. No se preocupe, Hanji, Mikasa y yo debemos terminar un par de cosas antes. Nos tardaremos un poco.

—Oh, ya veo.~ Entonces nos vemos, chicos.—Tomó algo de aire y comenzó a correr— ¡No terminen demasiado sudados después de su sesión de ejercicio!

—¡E-Espere! ¡¿Q-Qu-Qué quiere decir con eso?!

No obtuvieron respuesta, Hanji había desaparecido. Se quedaron de pie, uno al lado de otro, con las caras completamente rojas. ¿Qué era exactamente lo que había entendido con su comentario? Ellos no tenían ese tipo de relación, estaban tan avergonzados que no podían mirarse a los ojos. Ni siquiera se habían movido. Estaban quietos, tanto que parecían maniquís.

—Solo... vayamos a terminar esa maldita pancarta.

—S-Sí, se-será lo mejor...

El corazón es cómo un pájaro nocturno. Espera algo en silencio y, cuando llega el momento, alza el vuelo dirigiéndose en línea recta hacia ello.